'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Pánico

Queso.– ¿Eres tú, queso, que vienes a visitarme? Te doy las gracias, viejo amigo, gracias. ¿Qué haría yo sin tu claridad y compañía? Tú y yo hemos tenidos ratos muy amenos. He navegado por tus bellos mares lácteos. Y ahora, en la hora postrera, no anhelo la compañía de mis hijos o esposa, asco. Te deseo solamente a ti, queso, con pan. 

El niño vio algo.– El niño vio algo. Fue algo que no olvidará. Un horror que encendió sus ojos, y su ser. Ese humo, ese olor, lo acompañarán siempre.

A la hora esa del café.– Te veo, a la hora esa del café, te veo con el otro, regresada a los brazos de quien yo no soy, en una geografía que me excede y me es negada, te veo, vesperal, desde el auto, y la mole de la tarde verdinegra cae sin ángulos, cruda, excrementicia, y en las aceras caminan los entes con sus hocicos anónimos,  ignorantes del amor que alguna vez tuvimos, de las máscaras que intercambiamos, de nuestros pechos mutuos y nuestros pedernales, y si pudiera la calle con ímpetu atravesar, decirte cosas de hierro y roca, cosas invulnerables, y poner sobre ellas la verdadera flor inmaculada, entonces todos los murciélagos, los rojos errores, saldrían volando, y quedaríamos los dos, esteparios, y el otro retrocedería humillado, con su tufo liso, quedaríamos nosotros, compañeros, amores, como antes…pero no atravieso la calle, y no te digo cosas de roca y hierro, y han pasado ya los años, y yo sigo en este carro, en este silencio, a la hora esa del café, y tú ya tienes hijos.

Día soleado.– Mira, mamá, hay sol afuera, dijo la pequeña lluvia, mirando por la ventana.

Clase de manejo.– El día que te mueras, recordarás el día en que aprendiste a manejar. Recordarás: el tráfico, los carros histéricos en la avenida, el miedo contenido en cada uno de tus músculos, recordarás el monólogo del instructor, y la forma como te humilló, el muy maldito, y cómo lloraste enfrente de él. En realidad nunca aprendiste a manejar.

Cuando me golpea.– Cuando me golpea, me golpea mucho en los ojos ojos. Por tanto no veo nada nada. Ni siquiera veo al nene nene. Con los brazos busco busco el sitio sitio donde llora llora. Pero eso es cuando cuando me pega pega en los ojos ojos. Cuando me golpea en la panza panza el nene nene no nace nace.

La saliva de los abandonados.– Vienen pasando por el sol largo y por la sed negra de los que no tienen casa ni patria en ningún horizonte. Vienen restados, por sí solos, en tristísima manada. Y acuérdense que traen niños, algunos en vientres, otros en vómitos, asustados, cubiertos por la sal indigna, y viendo todavía el relámpago nunca enfriado de la batalla en el desierto. Desierto que ya no pisarán, en el cuál ya no orarán, sobre el cual ya no escupirán la seca, áspera saliva de los abandonados. Ahora son solamente ellos, y sus hijos, como tiernas raíces arrancadas de tajo. El agua está llenando el bote, llevan las costillas frías. El mar es ese gran lamento mojado.

Pánico.– Pánico del anillo atrapado en el círculo.


(Buscando a Syd publicada el 23 de noviembre de 2017 en El Periódico.)

Mala noticia

Un hombre solo.– Un hombre solo, inquilino de un lugar en donde nadie vive, cansado ya de decir buenos días a personas que no conoce, fatigado ya de tantos inviernos, de arar y de toser, de acumular migajas, ha tomado una decisión viril que ya no podrá lamentar. Este hombre es como un minotauro; su nota de suicidio es su laberinto.

Les mostraré.– Desde esta esplendente terraza deseo compartir algo especial con ustedes, mis bellos amigos: puedo volar, el abajo no existe. La gravedad, lo veo con total claridad, es una superstición, que hemos peinado neciamente durante innumerables siglos. Lo cierto es que la conciencia no puede ser tocada por las cárceles de la materia. No, amigos, esto no tiene que ver con las catorce unidades de ácido que compré anteayer en esa fiesta. Puedo ver que no me creen: les mostraré.

Mala noticia.– No es la noticia que esperabas, ¿verdad? Abriste la almeja y había ahí una navaja. Esperabas miel, viejo, y te dieron un virus: rocío, cuando de súbito fuiste atropellado, a la salida del cine, por unos feroces corceles. ¿En qué momento aconteció todo esto? Si estabas tan bien, en el jardín abierto, bajo los árboles de frutos pronosticados. Si tenías puesto el guante lento de la calma. Y de golpe los negreros viéndote los dientes. El médico pronunciando las palabras temidas. Estoy embarazada, dijo ella, con su carita asustada.

La espera ha terminado.– Vístete: algo especial está pasando. Los carros se han llenado de heces. Los dientes se pusieron negrísimos. Y las encintas amanecieron cosidas. ¿No son esos los signos del Amo?

Seguirás perdiendo.– Es la verdad: no sabes soltar. Tú mismo retienes las jaurías que te están persiguiendo. ¿Cuándo entenderás, invidente, que esta preciosa fábula tuya es la membrana malva de tu cárcel? Hasta que aprendas a perder, seguirás perdiendo.

Los grandes.– Hay cabrones así: eximidos, fluidos, diurnos, vastos, completos. Al lado de ellos, los demás parecemos infrahumanos, subgentes. ¿Qué somos, en comparación? Entes de cartón, o algo parecido. Cuando nosotros cerramos los ojos, queda el terror de estar vivos. Cuando ellos cierran los ojos, reciben emanaciones de gracia pura. Nunca son tocados por la greda y la neurosis, pues son de relámpago, de alarido y de asombro, y sus pechos son como paraísos portátiles. Las bahías, las copas, los espejos, los cielos y murciélagos lo saben. Toda la existencia condicionada le rinde homenaje a estos grandes. Los demás, humildes, los miramos; y los detestamos, en silencio.

Entre las hojas hay vacíos. Algo me dice que no siga ese camino; pero algo me dice que siga adelante. El fondo son los árboles del domingo; el sonido, en coro, de los pájaros. Todo parece tan campestre y tan diurno. Salvo que no lo es. Entre las hojas hay vacíos; y entre la luz hay varias sombras. Avanzo por el sendero, vencido por una curiosidad ciega, por una sed, que es otro lamento. Por fin llego a la cabaña; ahí estoy yo, esperándome, con un revolver en la sien. Y la niebla lo repite todo.


(Buscando a Syd publicada el 16 de noviembre de 2017 en El Periódico.)

Los espejos

Se te acabó la gas.– Estos días y los otros se acaban. La espuma se va terminando. Lo compuesto dice adiós. El traje se deshace ante tus ojos cansados. El espejo libera todos sus reflejos. Se te acabó la gas, colega. Qué noche renga, y última. Su perfume, el de la orina. Sin embargo hay algo de cristalino. Todos los soles mueren, pero mueren en el sol.

El conductor.– Manejo por las brutales calles del ciempiés. En las esquinas hay decadencia y hay fornicio. Este es mi sendero quemado, entre semáforos. En las aceras hay laúdes rotos, y esos enanos locos de beber ajenjo con sus labios gangrenados. Suenan disparos en ciertos segmentos cercanos de la noche municipal, y las sucias parentelas se desplazan como manadas turbias de coyotes, huyendo de un cadáver acabado de liquidar. Pedazos y astillas de espejo reflejan las tinieblas de los otros callejones, y un hombre muestra sus muñones a la noche, mientras grita refranes bíblicos, que nadie está en razón de entender. Miro todo este caos, mas jamás me detengo. Muy pronto llegaré a casa: abrazaré a mi hija.

Los espejos.– Estamos aquí para juzgarte, para pesar una a una tus cuchillas, tus joyas, tus modos, tus viscosas madrugadas. No hables. Nosotros, los espejos, hablaremos, y tú, el reducido, escucharás. Estamos aquí para saber exactamente cuántos hogares has desmantelado, lo ancho de tus valles, si eres suave o eres duro, tenue o reptil o espada. Que no hables. Que no hables. Hablará tu oro o tu greda, tu gratitud o tus años cargados de bocanadas de tedio. Hablarás a través de nosotros.

El mercado.– Este es el mercado, el de los hombres. Aquí a diario alguien compra, alguien es liquidado. Esos membrillos están todos envenenados, por ejemplo. Si fuera tú, no me acercaría mucho a ninguno de ellos. Ni tampoco a esos sujetos adosados al muro. Cuando terminen de dibujarte, te sacarán un riñón. Sí, compadre, este lugar no es estrictamente seguro. Aquí están los fragmentos de las almas que acusan muerte.  Como si en vez de órganos tuvieran ratas vivas. Este mercado es un abismo pleno de odio y sofocación.

Sabiduría.– No te quites la vida hasta que puedas producir con tus manos la soga con la cual vas a ahorcarte.

Drive away.– Fueron, sí, los gritos de mamá, y fue papá asesinando las cosas, loco de alcohol y rabia, de vacío. Fue la arcilla del asco acumulado, y las incontables palabras ateridas, en ese punto negro en la garganta. Tomé el carro, y nunca más me detuve. Cuando el propio carro se inmovilizó, tomé otro carro, y luego otro más. Manejé por las rutas largas de noviembre, vi atardeceres que eran turbias rosas, rosas que eran sublimes escorpiones. Y los gritos de mamá se borraron y se borraron papá y sus botellas y el punto negro también se borró. De acuerdo: Vd. me puede enviar a la cárcel, señor Juez, por haber robado uno a uno esos vehículos. Pero entonces tiene que saber algo: cuando abran esos duros umbrales, y salga libre, yo seguiré manejando.


(Buscando a Syd publicada el 9 de noviembre de 2017 en El Periódico.)

La dura verdad

Las cosas están vivas.– Verdaderamente son cosas, pero están vivas. Pasa que viven en un gran río de olvido. A las cosas (y los cráneos) nadie les pone atención. Bueno: a veces les ponemos alguna atención, pero es sobre todo para ponernos atención a nosotros mismos. Usamos a las cosas y las quebramos. Es por eso que las cosas nos odian tanto. Lo hacen en silencio, claro: no pueden hablar. Tampoco pueden caminar hacia otras cosas: por tanto se sienten muy solas, muy equidistantes. Las cosas son como unos gorriones tensos y asustados. Su tragedia es que no pueden temblar.

Página en blanco.­– Página en blanco exige matar. Exige: asesinar algo, a machetazos, mientras los quince monos de la tarde gritan histéricos la gloria de la sangre. En tal sentido el escritor tiene una enorme presión. Si no consigue redactar por lo menos un párrafo, saldrá a las calles a buscar algún perrito vencido, lo llevará a su departamento, después a su cuarto. Una gran presión para el escritor, sí. Por mi parte, estoy salvado: terminé esta línea.

Una torre.– Esta es una de esas fiestas. Las hiperdrogas comienzan a liberarse por todo tu organismo: ya todo es fuego. Circulas por muchos cuartos (y muchos tiene la mansión) en donde las bestias jetonas, y de extrañas cervices, fornican con blancas modelos esqueléticas. Te acodas en balcones a platicar con influyentes y otros notables, que ríen de exageradas maneras, mirando, abajo, los altos jardines, en forma de gigantes pentáculos. Laberintos, realmente, en donde corren los súbitos cuerpos de máscaras torcidas. Más allá, al fondo del parque, hay una torre hidalga y oscura. Has oído hablar seis veces de ella, de los buitres que la van cubriendo. Hacia esa torre te encaminas.

El espanto en tu rostro.– Amigo: enciende una vela. Nada cambiará, es cierto. Los dioses no existen. Pero veré por lo menos el espanto en tu rostro. Las ratas que se juntan para comernos los pies.

El pintor.– Por fin has encontrado, en el jardín, al pintor. El que supo captar la personalidad de tus manos y rostro. El que tiñera para ti tantísimas sombras y fulgores. El mismo que ha dispuesto los elementos de tu crucial escenario. Te gustaría preguntarle tantas cosas, pero ya te está borrando.

En el carro.– En el carro vamos ambos y un silencio. Es mejor así. La lluvia es ya lo opaco de la lluvia, lo derrumbado de la lluvia. La calle sigue pero no tiene remedio.

Urna suave y súbita.– Perdiste al nene. Era una pequeña niebla de nervios, una urna suave y súbita en tu vientre. A esa casi ausencia le hablabas, a ese cordero apenas siluetado, a ese pedazo de fe y de mañana. Y ya sentías en ti la sed de su vida, tierna vibración forjando una historia. Ayer lo perdiste. No por innacido está menos muerto.

La dura verdad.– Lo suyo es gemir sin consideración. Su vagina carece de presumible medida. Su saliva se ha mezclado con el semen de innumerables varones: ellos captan que le encanta ser pisoteada, humillada. No es que seas un padre celoso o macho. Es que tu hija, tu pequeña hija, es una puta.


(Buscando a Syd publicada el 2 de noviembre de 2017 en El Periódico.)

1001 noches

El sábado asistí a la inauguración del  proyecto 1001 noches. Este start up cultural apuesta de un modo muy explícito por la expresión urbana, en una ciudad con pocas metáforas, y busca socializarse con alguna frescura.
           
En su página de facebook se definen como una plataforma de encuentro y creación. En su website, como un espacio efímero donde convergen cultura y comercio.
           
Parece que detrás de 1001 noches hay un equipo inteligente y procurante, que además trabaja con múltiples curadores, para definir las experiencias del centro. Hasta dónde van a poder mantener la exploración, es algo que aún está por verse, como ya dijera el maestro zen.
           
Leí por cierto con algún interés un comunicado de Disco Inferno/Analógicos, en donde estos básicamente acusan a 1001 noches de conservadores e informales, en razón a una fiesta que no se dio. Ignoro los detalles, y supongo que cada cual tendrá su punto de vista.            
           
Especulo que la pita de 1001 noches no es infinita, porque, a mi entender, están haciendo sharecropping en lo que solía ser la sede del Transurbano –antes un banco, si recuerdan. Y por lo tanto seguramente tienen que complacer a cierto patriciado, y hacer los malabares del caso. Sería por cierto interesante ver de cerca su modelo de negocios.
           
Pero el proyecto está ya operativo y armado, y durará tres años exactamente (de ahí que lo califiquen como efímero). En él se llevarán a cabo, de un modo regular y continuado, eventos artísticos y estéticos, desde plurales disciplinas. De hecho, están recibiendo propuestas, en mística abierta de colaboración, por si a alguno interesa. Estoy seguro que veremos por ahí un par de cosas estimulantes, como las hemos visto en otros espacios (pienso en la Erre) en su momento.
           
No todo tiene por qué ser interesante, claro. Lo del sábado estuvo correcto, pero decir que reventó mi cerebro sería jalarlo, y eso que era opening night. Vi los neones, caminé sobre el piedrín, escuché la música atmosférica de Alex Hentze, olí los altos perfumes de las guapas de turno, y habría comido libanés, si no hubiera cenado ya.
           
Correcto, como dije.
           
El lugar de sí da para mucho, bajo este esquema de refuncionalización cultural y gentrificación creativa, especialmente porque permite toda clase de juegos espaciales y monumentalidades y derivas…           
           
Solo esperamos que las mismas no sean cortocircuitadas por las otras derivas, las comerciales. Pongo por caso la ridículamente larga fila de gente que vi el sábado, para comprar una mísera tarjeta cashless, y cortando a la mitad la entrada al evento, en un horroroso antifeng chui, no el mejor de los presagios.
           
Tampoco es que adverse yo la parte comercial, conformada actualmente, según el website, por un estudio de yoga, una boutique de diseño, una empresa de aplicaciones, un espacio coworking, y una universidad digital. Más abajo, el Bar Zacapa, o como se llame eso.
           
Y bueno, el food court, que reunió, durante la inauguración, a un ecléctico grupo, de lo familiar a lo poshipster, entre lo relajado y lo levemente esnob.


(Buscando a Syd publicada el 26 de octubre de 2017 en El Periódico.)

Carretera

Luego de un cuarto de siglo de vivir en el mismo lugar, mis padres se mudaron de casa. Los ayudé el otro día a llevar algunas cosas a su nueva residencia. Para lo cual subí a Carretera a El Salvador, que es donde han vivido todo este tiempo, donde yo mismo alguna vez viví.
           
Mientras subía por la autopista hinchada, prostática, recordé que antes antes, cuando era nomás un chirisito, Carretera a El Salvador era coordenada entre adánica y feral, ni siquiera estaba asfaltada, propiamente.  
           
Y quedaba hasta la chingada: era como ir a Pana o qué sé yo. Una Mongolia lejana de árboles y aserraderos. Presentemente Carretera a El Salvador (así le quedó el nombre: genérico y topográfico) nos parece a todos una zona superevidente y cercana.

Cuando nos fuimos a vivir ahí con mis padres, en aquella última adolescencia, Carretera ya estaba poblándose bastante, pero era todavía un área relativamente calma e idílica. No se daba el tráfico maldito que hay en la actualidad. El mar del desarrollo no había fagocitado la zona.

Ahora, al entrar en ella, contemplo con desprecio todos los comercios que existen y que le otorgan un semblante vulgar de consumo y establecimiento. La voracidad comercial e inmobiliaria han convertido a Carretera en un laberinto inclemente de negocios y condominios oportunistas, para una clase media encumbrada y aspiracional, que quema así su pisto, y cree que eso es vivir. No hay signos de cultura ni cohabitación más allá de la vitrina y la hartazón.

Llegando a mi antigua casa, aproveché para recorrerla, dado que era la última vez que, acaso, la vería. Caminé por los cuartos del hogar perdido, también por sus jardines fríos, sublimes y mohosos.

Parece que hay belleza y algo lamartiniano en todo esto, pero en verdad la vida en condominio representa, en mi opinión, la domesticación y muerte del espíritu. Especialmente para un ser urbano como yo, que necesita estar en contacto con las fuerzas vivas de la ciudad. Para mientras, esas comunidades cerradas se autosaturan de irrealidad, en tanto que dan la espalda a la gente y sus vicisitudes. Sus habitantes ni siquiera comunican entre ellos mismos. Es una narrativa posesiva, monádica e insular, que los torna medio paranoicos y semipsicópatas.

Seres de cámara, talanquera y razor ribbon.

Cargué mi carro con las cosas de mis padres, y después salí del condominio, quizá para no volver, dándome cuenta que aquellas casas, entonces tan señoriales y bonitas, actualmente estaban más bien derruidas, despintadas y pasadas de moda. De seguro devaluadas también. Así es como mueren los sueños pequeñoburgueses.

Manejando nuevamente por la carretera –pero esta vez para abajo– es posible que yo alcanzara a ver, en un tramo o curva, la gritante ciudad de Guatemala. Esa ciudad, alguna vez tan campechana y transitable, con sus superficies confortables y dominicales, hoy está de rodillas ante un tráfico atroz, y sobre todo traspasada por la miseria y la inseguridad. Es lo que ocurre cuando no se reparten bien las cosas. 

Por supuesto, los pocos y privilegiados van detectando nuevos centros de reclusión o paraísos del high–rise, lejos de la mugre y la sangre, más sellados y protegidos. ¿Pero cuánto van a aguantar los preciosos muros de sus castillos, antes que ingrese el extraño invitado de la Máscara Roja?
           
En fin, me apresto a sacar mi identificación: seguramente van a pedírmela, cuando llegue a la nueva casa de mis padres.


(Buscando a Syd publicada el 19 de octubre de 2017 en El Periódico.)

Dialógico (2)

El diálogo –talismán de toda sociedad pluralista– solo funciona en precisas condiciones.
           
Están las condiciones primarias o esenciales: que haya pues voluntad de diálogo; que haya un diálogo coherente; y que haya capacidad de diálogo. En Guatemala estas condiciones primarias de diálogo son muy limitadas, por la sencilla razón de que no existe cultura de diálogo propiamente. Semejante cultura es responsabilidad de todos, claro, pero lo es, en particular, del gobierno, por ser el órgano metaoperativo de la nación. ¿Cómo puede un gobierno que no tiene ningún programa serio de diálogo reclamar diálogo en estos o aquellos momentos? Eso es como un koan zen.
           
Aparte de las condiciones primarias, hay un espectro de condiciones secundarias. Hablamos de la construcción de un diálogo justo, no solo en el sentido de ecuánime, sino además en el sentido de adecuado, en términos de fondo y forma. Un diálogo correcto hecho por las razones correctas, sin propósitos ulteriores u ocultos. Un diálogo tan riguroso como abierto, lo mismo enérgico que sensible. En suma bien diseñado, con un formato de límites y derechos que sea orgánico y funcional, claro y dinámico, que empodere a los interlocutores necesarios, y que opere en los lugares y momentos significativos y precisos. Sobre todo, un diálogo que refleje un sistema evolucionado de intercambio. Liderado por personas con competencias especiales que comprendan que no se trata de hacer meros repartos y coaliciones, sino de formular lazos entre sistemas, inteligencias y jurisdicciones de valoración. Con la clase de integridad negociante que les permita modular los flujos de conversación sin timbrar un beneficio. Y cuya aspiración incontestada sea solo la de servir el proceso dialógico como tal.
           
Cuando no existen condiciones para el diálogo, entonces simplemente no conviene dialogar. El diálogo, contrario a lo que dice el truismo, no es siempre la mejor salida a una crisis. Para todo se saca el diálogo, como si el diálogo fuera el comodín mágico que va a zurcir nuestro vasto paisaje de heridas sociales. Pero yo pregunto: ¿se podía pues dialogar con el francotirador de Las Vegas? ¿O con los orcos que arrollaron a los catalanes? No. De la misma manera que no se puede dialogar con un abusador crónico o un adicto terminal de crack. Con un enfermo así, no se sienta uno a tomar el té: se le pone presión, se le pone límites.
           
Va para nuestros poderes actuales, con los cuales ya no es posible sostener ningún fiat lux dialogal. Si alguna vez hubo opciones para ese diálogo, quedaron muy muy atrás. Se dijo: «En estas condiciones no queremos elecciones». Cuánta razón llevaban. Mi consideración es que aquel que se siente hoy por hoy en una mesa de diálogo está podrido, y como diría famosamente don Corleone, es el traidor. Los grupos y agencias fácticas que desean mantener esta fachada de conversación solo buscan legitimar lo ilegitimable. En estas condiciones, no dialogar es, en verdad, honrar el diálogo.  


(Buscando a Syd publicada el 12 de octubre de 2017 en El Periódico.)

Dialógico

Se habló del diálogo la semana pasada, pero no se vio ningún mapeo. Lo que se vio, por el contrario, es una gran premura por establecer pseudodiálogos. Y de esos hay como varios.
           
Está, para empezar, el diálogo inútil, inoperante. Diálogos que son como ese puente de Chinautla que costó 24 millones y no lleva a ninguna parte: muy onerosos, en términos de energía y recursos, mas no sirven de nada. En lo particular soy de los que creen –contra el culto y dictadura de lo consensual– que las mesas de diálogo, aisladas de otras formas de decisión, están condenadas a la desfoliación y el fracaso. Terminan encallando en pactos blandos o llana burocracia.
           
Desde luego está el diálogo decorativo, el falso diálogo, el postizo. El del Presidente, que habla de una conversación nacional, y jura tener las puertas abiertas, cuando él mismo es un inaccesible, un contraído, que solo da la cara para vernos la cara. Un ejemplo de diálogo retórico es el diálogo ostracista que se cierra a otras formas de diálogo, aún siendo estas significativas. Es el diálogo que excluye el diálogo. Liderado siempre por el más sellado statu quo y siempre operado por alguna cepa de rapaz supraindividualidad. Ese vivero de oportunistas y cínicos verificados que no poseen real voluntad de cambio comunal ­­–todo lo contrario– pero siempre desean comer del mismo. Para lo cual cooptan el discurso del consenso.
           
Esto tiene que ver con otro modo de pseudodiálogo: el diálogo no representativo. El que no toma en cuenta las afluencias periféricas –no por periféricas menos importantes– de la plática. El que prohíbe la entrada a actores limpios por incómodos (y si los dejan entrar, los colocan en una situación claramente asimétrica).

También tiene que ver con el diálogo ilegítimo: operado, manipulado y controlado por grupos manchados de interés. ¿Se puede ser juez y parte en estos asuntos? ¿Cómo es que terminan siempre los mismos expoliadores en las mismas mesas dando la misma distribución de la ideología, el capital y las oportunidades nacionales? Y sin embargo ellos ya dialogaron antes, ya fallaron, ya le fallaron al país.
           
En términos globales, el pseudodiálogo es uno en donde las partes no quieren, saben o pueden realmente dialogar. Esto incluye, desde luego, a quienes moderan y gestionan el dicho diálogo. No es cuestión de buscar instituciones más o menos patriarcales y honorables para guiar la conversación: dichas instituciones no cuentan con el cerebro o nivel de consciencia para formular soluciones colectivas relevantes, no obsoletas (viven en otras calendas), para la clase de complejidad que estamos viviendo. Un sistema cuya concepción de unidad es limitada no puede formular un proyecto de unidad superior. Se requiere un tesauro más sofisticado: códigos conceptuales y también pragmáticos más fluidos e integrales.
           
A la vista de nuestra situación actual, de veras no es necesario pontificar demasiado sobre los peligros de que el intercambio no figure en nuestro mercado de valores. Todos los conocemos bien, esos peligros. Pero sí es de resaltar que hablar de diálogo sin antes hablar de las condiciones del mismo es más que un despropósito. Puede parecer lento y lioso, pero es absolutamente necesario. Despacio que tengo dignidad.
           
Por supuesto, siempre queda otra opción: el no diálogo, que no es otra cosa que diálogo alterno: contradiálogo.
           

(Buscando a Syd publicada el 5 de octubre de 2017 en El Periódico.)

Sanar cuesta

No sé qué día me puse a ver una película –con mucho de obra de teatro– de Salma Hayek llamada Beatriz at Dinner. La película es relevante y actualísima por varias razones que van de lo inmigracional a lo ecológico. Sin embargo aquí la estoy citando por un parlamento preciso en donde el personaje de Hayek –una sanadora– le dice algo al personaje de John Litgow –un perfecto Trump–. Le dice: «¿Cree usted que matar es difícil? Intente sanar algo. Puede romper algo en dos segundos, pero toma una eternidad arreglarlo».

Qué insight.  Sanar cuesta. Cuesta un huevo sanar. Sanar a otro. Sanarse uno mismo.         

Cuesta, para empezar, dinero. Dinero que solo algunos tienen y en este país prácticamente nadie (el caradura del Presidente, él sí ha de tenerlo). ¿Quién aquí puede pagar un seguro, una consulta privada, una intervención quirúrgica? ¿Quién tiene el espacio suficiente y el tiempo específico para regenerarse como Dios manda? ¿Quién puede, por ejemplo, salir de las presionantes dinámicas rutinarias y laborales para dedicarse a una recuperación de verdad, quién cuenta con un entorno adecuado para convalecer como se debe?
           
Por cierto que alguien colgaba la otra vez en Facebook una foto de un hospital público, en donde los enfermos estaban forzados a compartir cama. Guardo conmigo la imagen de un camastro estrecho y miserable, con dos alicaídos, uno con la cabeza en la cabecera, el otro en sentido inverso.

¿No es acaso suficiente con la incomodidad de la dolencia, se precisa padecer tales miserias?
           
Crear condiciones de salud demanda no poca energía, la clase de energía que el enfermo en toda evidencia no tiene. Por tanto es imperativo ayudarle a navegar las incertidumbres de su aflicción. Todos hemos sentido lo que es tener una perturbación fisiológica y no saber ni siquiera qué tenemos, ni para dónde agarrar. A veces los criterios médicos solo multiplican la confusión y la burocracia, sin hallar un diagnóstico y ruta de sanación cabales.
           
Ni decir que se va creando en el afectado una atmósfera de miedo y contracción (que no queda solo en su persona, sino va infectando su sistema entero de relaciones). Advienen las ansiedades, los desajustes psicológicos.

Es todo muy alienante.
           
En semejante situación, ¿cómo puede el afectado organizar una vida y una logística en torno a su padecimiento y establecer un plan de acción coherente para resolverlo? La mayoría de los enfermos carecen del entendimiento, los medios y la voluntad para sortear una tormenta tal, tormenta que, adicionalmente, los pone en contacto con el horror profundo de la contingencia y la muerte. Ni decir que son muy pocos los que cuentan con el capital interior para enfrentarse a todo ello. Se dejan caer o entran en una peligrosa zona de negación o complacencia.
           
¿Cómo culparlos? Lo verdad es que cuesta mucho sanar. El precio de sanar es muy alto. Y a veces ni pagándolo sana uno.


(Buscando a Syd publicada el 28 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Ratas



Visto el documental de Morgan Spurlock, llamado Rats (1916, pueden verlo en Netflix). Miren que me he quedado con los pelos parados. No es un documental para estómagos blandos, eso de plano. Para cuando uno termina de verlo ya está vomitando profusamente.
           
En efecto, es gory y es espeluznante. Espeluznante la capacidad de sobrevivir y adaptarse de estos animales, el peligro que representan como focos infecciosos y portadores de parásitos. El docu se encarga de mostrarnos con lujo de footage el reinado repugnante de estos roedores, reinado que ha atravesado los siglos, sembrando enfermedades nada primaverales (célebremente, la peste bubónica). En verdad, hay una razón biológica por la cual las detestamos tanto. Y como las detestamos tanto, les hacemos la guerra; pero  ellas siempre encuentran, simbióticamente, rutas alternas de sobrevivencia.
           
Rats nos lleva a distintas ciudades, para observar este fenómeno, este insomnio de pelos y hambre que son las ratas. Empieza –cómo iba a ser de otro modo– en Nueva York. Quien ha estado en Nueva York ha visto esos promontorios ciegos de basura, que es el festín de millones de peludas, las cuales ya ni se molestan en esconderse (ahora recuerdo haber estado en Paris y comer en un restaurante y verlas pasar en fila, como si nada, de una pared a otra, cuál tu Ratatouille). Están en todos lados, las malditas, todo lo permean. Nueva York se levanta sobre una ciudad subterránea de ratas, ratas por demás extremadamente estratégicas e inteligentes, aparte de malignas.
           
Genéticamente se adaptan a cualquier cosa. Los pesticidas ya nos les hacen mella (ahora son capaces de ingerir 2000 veces la cantidad de veneno que consumían otrora). Es decir que no mueren. Y entretanto, sus poblaciones crecen a ritmos exponenciales. De cuya cuenta los humanos prueban métodos distintos para exterminarlas. Así, en Inglaterra, un grupo de cazadores utilizan terriers para destazarlas en las haciendas. Los chuchos quedan con los hociquillos decorados de sangre.
           
En Nueva Orleans, unos científicos muy ascéticos proceden a mostrarnos los bichos que infestan –por dentro y por fuera– a nuestros roedores. Ni decir que es importantísimo maniobrarlos con extremo cuidado. Empero, las condiciones sanitarias es algo que nada importa a un equipo de asesinos de ratas en Mumbai, una ciudad atacada por la leptospirosis. Las matan con las propias manos, esos separados, esos salvajes.
           
En Camboya, te pagan las ratas por el kilo. De ahí se las llevan a Vietnam. ¿Qué hacen con ellas en Vietnam? Las transforman en comida, evidentemente. Y les diré esto: una cosa es saberlo, y otra es verlo directamente: ver cómo las ahogan, las cortan, las fríen, y te las sirven asadas o en curry o como lo desee el comensal (muy distinto al trato que les dan en el templo hindú de Karma Mata, por cierto, en donde alimentan unas treinta cinco mil de ellas: los devotos las consideran sus familiares reencarnados).
           
Rats nos habla de la plaga de estas alimañas, de lo infectas que son, pero no falla en mostrarnos lo infectos que somos nosotros, también. Se podría decir de hecho que la plaga de la humanidad propaga la plaga de las ratas. Son plagas compañeras.


(Buscando a Syd publicada el 21 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Una vida confinada

Implosiono por tres razones: me rinde una vida significativa; me rinde una vida privada; me rinde una vida segura, no poca cosa, especialmente en este sumidero de fuego–sangre, llamado Guatesádica.
           
Una vida significativa, entonces. Que en mi caso quiere decir una vida reflexiva, contemplativa, literaria. No soy ningún monje, pero en realidad sí un poco: un monje seglar. La cuestión es evitar muchas experiencias para así demarcar otras, más tasadas, más exclusivas, más saturadas de sentido. Es tan fácil extraviarse, desperdiciar la existencia en cosas banales. Y las personas se vuelven hoarders de esas vivencias, poniéndolas todas en un inacabable altar. Conozco gente que invierte una fantástica cantidad de tiempo y energía en ir a fiestas y bares, por ejemplo, el gravamen siendo enorme. Tomen en cuenta que yo conozco ese mundo, lo exploré profundamente. Pero ni la fiesta más extraordinaria ni la droga más exquisita pueden compararse con el gozo real de una vida interior. Descuiden, no estoy vestido de blanco, ni nada por el estilo.  No voy persiguiendo Gurús en la India. De hecho, me parece que eso de desplazar el cuerpo en tierras exóticas para perseguir experiencias espirituales puede tener algo de muy pueril y supersticioso. ¿Cómo se va a trascender el viaje viajando, por demás? Eso es para mocosos. La libertad será aquí y ahora o no será.
           
Aparte de una vida significativa, lo que me parece irrevocablemente necesario es tener un espacio privado, un espacio propio. Ese mismo espacio que los móviles y las redes sociales vinieron a derrocar. Comprendo que esto puede degenerar fácilmente en egoísmo, en aislamiento, en indiferencia, pero de otra parte hay retiros que son muy generosos, muy sensibles y muy creativos. Yo siempre pienso en Kant escribiendo sus cositas, sin jamás salir de su pueblo. Leía la otra vez una entrevista con un autor español, en donde este decía que si Kant hubiese salido de su pueblo, hubiese sido un filósofo menor. Por mi parte, también pienso en aquel yogui metido en una cueva: desde esa profunda reclusión mística salva a la humanidad tanto o más que aquel cuya dedicación consiste en dar de comer a los mismísimos hambrientos. La intimidad no es un error. Es una dimensión extremadamente importante, no solo para el individuo: para la sociedad. Como sea, a mí me gusta. Es la forma en que estoy cableado, y a mi juicio merece ser honrada.
           
Desde luego, aislarse rinde paz, seguridad y confort, confort del cual nunca he sido enemigo. Argumentarán que el que siempre busca seguridad termina de cobarde. Y en cierto modo llevan la razón. Precisamos salir de la zona de confort, porque eso nos ofrece nuevas competencias y registros, y por supuesto expande nuestro mundo y nos da algún coraje. Por ello en una época me dediqué a generar toda clase de aventuras rurales o urbanas, con un hacha temeraria en la mano. Mi percepción es que meterme a esos lugares hoy en día no solo no agrandaría significativamente lo que ya sé y entiendo: sería llanamente irresponsable. Esa integridad, la física, es que tampoco hay que darla por sentada. A mi modo de verlo, no hay nada de heroico en morir en manos de un orco. De otra parte, soy de los que piensa que el universo entero está en nosotros: la beatitud y la miseria, la luz y la densa oscuridad.
           
Así pues, hay quienes consideran que vivir es vivir afuera, pero para mí hay tanta o más vida en lo confinado.


(Buscando a Syd publicada el 14 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Diario abierto

El hecho es que cada cierto tiempo me pregunto sobre el rol y función de Buscando a Syd. Es un ejercicio sano, para cualquier emisor formal de opinión, revisar los fines y motivaciones de su espacio columnístico. En mi caso, viene a ser un ejercicio que hago con alguna frecuencia. Y cuando lo hago, siempre hay dos opciones que me saltan mucho: orientarme hacia lo íntimo o movilizarme hacia lo colectivo.
           
Empecemos por la última opción. Me refiero a la posibilidad de hacer de Buscando a Syd una columna de análisis político, por ejemplo. Cosa que podría hacer no mal, incluso; mejor que algunos, parece.
           
Yo siempre voy dando toda suerte de criterios políticos en mi página de Facebook, y ahí pueden rastrearlos. Sin embargo tengo un problema con convertir eso en un ejercicio formal y es que esa tablilla es la misma que dan casi todos los columnistas en el país. En verdad, hay demasiados putos analistas, sin contar los de las redes. Levanta uno una piedra y aparece otro de esos, muy dentón.
           
De otra parte, escruto a todos esos amigos míos que les fascina observar la vasta y escabrosa criatura administrativa, compruebo que son seres del género amargado. Lo cual es lógico: es un patio muy convulso, ese de la opinión coyuntural, con sus ayeres fallidos y sus mañanas sin mañana. Qué reinado violento y paranoico. Todo el tiempo hay que pelearse con seres brutos, fanáticos, demagogos, cuchilleros, todo el tiempo. La forma más segura de conservar la paz interior es manteniéndose al margen, sin duda. Luego también es cierto que uno se harta de hablar de tanto carterista o caradura que abunda en el aparato del poder.
           
Ahí es donde yo prefiero hablar de cosas más cercanas, y además casi nadie lo está haciendo. Entiendo que la tendencia ha sido (aún más en los últimos años) la de politizar al individuo, elevar su temperatura ciudadana, pero aquí es todo lo contrario: subjetivar lo público, por medio de un diario abierto. En realidad, tal fue desde un principio la mística de Buscando a Syd. Un lugar autoral que, por su fondo y forma, estuviera en pugna con esas otras columnas de tono editorializante. Individualidad y literatura, entonces la fórmula.
           
Hoy no parece una fórmula particularmente notable, con tanta intimidad y gramática en el Twitter, pero en aquel tiempo no había sitio para eso. Los medios y plumas siempre opinaban de la situación del país como si la persona no tuviera su situación también. Se hablaba del cáncer del sistema, pero nada del propio cáncer, pues. Hasta la fecha, la persona sigue sin existir en algunos medios de opinión. Y si existe, existe de un modo muy banal o bien de un modo altamente ideologizado, en proclama. Que no tiene nada de malo en sí, pero yo estoy hablando de otra cosa y de otra cosa quiero hablar. ¿De qué? De la vida privada, que además da una bonita y orgánica coherencia a la propia columna, en el tiempo, según me he dado cuenta. 


(Buscando a Syd publicada el 7 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Milanesa (2)

La probidad monolítica es propio de sistemas culturales poco desarrollados. Conforme un sistema cultural crece, crece su complejidad ética. Ello no quiere decir –ojo– que estamos en libertad de prescindir impunemente de aquellas rectitudes pasadas. Es frecuente que el aparato de normatividades más evolucionado condene el más primitivo, sin tomar en cuenta que, sin este, ni siquiera existiría, o podría sostenerse. Hay un tipo de revisionismo barato que, en su egolatría histórica, no entiende lo recto como algo diacrónico.
           
Es tremendamente cómodo, e injusto, evaluar la moral de ayer con la moral de hoy. Como de hecho es injusto evaluar la moral de hoy con la moral de ayer. Si algo hemos de agradecer a la posmodernidad es el que nos haya mostrado que no hay tal cosa como una virtud única, congelada: toda virtud varía en el tiempo y el espacio, dinámicamente, es pertinente y específica a las culturas, los contextos, los circunstancias y los individuos. Sin contar que muchas zonas de la experiencia humana ni siquiera entran francamente en esfera de corrección alguna.
           
En términos generales, eso que podemos llamar vagamente lo “honorable” es mucho más inasible y complejo de lo que estamos dispuestos a admitir. El arte –el cine, por ejemplo– es muy bueno para presentar situaciones ambiguas, en donde las cosas son buenas y malas al mismo tiempo. En la vida real es precisamente lo mismo. Hace muy poco tuve que tomar una decisión de vida que, desde una perspectiva, es vergonzosa y deleznable, pero desde otra, entendible y aconsejable. Lo cual me puso en un sensible y complicado yoga moral (uno que me estoy exigiendo vivir en todo el rango de su intensidad).
           
El reinado de los principios es, por naturaleza, contradictorio. Honrar un compromiso virtuoso es transgredir otro. Anular cierto valor ético es afirmar un segundo. Lo cuál dificulta el juicio de las obligaciones de modo considerable.
           
Y todo se complica aún más cuando consideramos las virtudes de la inmoralidad, o lo que el poeta llamó, con gran tino, “las flores del mal”. Últimamente, he pensado mucho en aquellos filósofos y escritores que supieron dar algún valor a la transgresión y descubrir en ella la rutilante putrefacción que las buenas conciencias rechazan con asco. Cancelar lo obsceno traería muchos desajustes en el orden de las cosas. Una asepsia total ciertamente desregularía nuestro sistema de anticuerpos. Hay bases bacterianas que son de todo punto necesarias, en cualquier organismo, fisiológico o social.
           
No hablo solo de las inmoralidades débiles, como comprar discos pirata, sino incluso de inmoralidades más pesadas. Por ejemplo, matar. Que en algunas circunstancias bien puede ser lo más correcto. Hay historias del Buda que nos aleccionan al respecto. Aclaro: esas historias nada tienen que ver con esa sed de sangre social que ha poblado las redes sociales en las últimas semanas.
           
Quizá sea un buen momento para traer aquí el arquetipo del forajido. Es un arquetipo muy útil cuando la atmósfera de hipocresía y legalismo se está poniendo en extremo pesada. Un arquetipo importante, porque desconfía tanto de la moral única como de la doble moral.  Me viene a la mente aquella frase de Asturias: «En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar». Ahí hablaba de Antigua, pero se puede aplicar a la Guatemala entera de hoy, donde todos y todas se las llevan de sheriff, y donde interrogar los recatos colectivos de turno es percibido ya sea como connivencia o como complacencia.
           
Por supuesto, es de leer la letra pequeña: «Para vivir fuera de la ley, tienes que ser honesto». La frase es de Dylan y es una ley en sí misma. ¿Son nuestros crímenes honestos? Cuando el forajido renuncia a su honestidad (o cuando empieza a matizar demasiado) entonces precisa volver, como en un círculo, a la pura integridad.
           
¿Pura? No sé. Quizá lo esclarecido no es caer en el dogmatismo térrico de las funciones y los deberes recibidos ni en la desobediencia líquida de las desvergüenzas y los cinismos. Solo en semejante zona intermedia podrá emerger, entonces, una auténtica creatividad moral.
           
Estoy hablado de un ámbito excepcional para trascender la ética procelosa de las polaridades, y accesar lo que se podría llamar, si me permiten tanta expresión, una ética mística, una ética abierta...


(Buscando a Syd publicada el 31 de agosto de 2017 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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