'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Médicos



Me cuento entre los privilegiados que tiene, aún si no siempre, acceso a médicos privados. Sin embargo confieso que mantengo una relación difícil e insatisfactoria con no pocos de estos galenos de clínica y consultorio. No siempre es culpa de ellos, admito. Admito que soy un paciente invasivo, escéptico, difícil, desobediente, dramático y muy dado a la conmiseración. La clase de pacientes que los doctores detestan –y con harta razón. ¿Cómo pueden apreciar a un paciente que en el fondo los percibe como rígidos, insensibles, ineficientes y acolmillados? Ah, y frustrados, incluso cuando está en el mayor de los éxitos profesionales.

Hay, en toda evidencia, médicos que son grandes soles de la medicina, que aman su profesión, su profesión les ama a ellos. Por esta clase de especímenes solo cabe mostrar continua admiración y respeto. Se trata de individuos que han estudiado mucho y practicado más. Dignos representantes de las artes curativas, que defienden con sumo rigor. Poseen las habilidades clínicas, pero luego también las humanas, tan importantes. Eso de ser consciente de las necesidades y subjetividades del paciente. De entregarse al mismo y acompañarlo en serio y escuchar de veras. De acatar rectamente su ajenidad de enfermo y ayudarle a que desarrolle su propia intuición medicinal. El afectado es quien está viviendo, desde dentro, la patología; por tanto, en lugar de descartar sus percepciones, las reconoce como cruciales. Sabemos por demás que hay médicos que irradian casto calor y son extremadamente agradables. Que comunican sus hallazgos con gran tino, desde el tacto o yendo al punto, siempre que lo dicte la ocasión. Algunos incluso no cobran tan caro.

Pero así como hay buenos médicos, los hay ineficientes, los hay cuya medicina más bien nos enferma, y que nos someten a largos procesos  errados que tienden a empeorarlo todo. ¿Quién no ha pagado fantásticas cantidades de dinero a un galeno por resultados magros e incluso contraproducentes?  Pasa además que muchos médicos padecen ellos mismos de un mal: el mal hirviente del dinero. Y en ese sentido, más que un consultorio, tienen montada una operación de carácter neofordiano, destinada a exprimir a los alicaídos hasta el último centavo. Ahí no encontrará el doliente lo que viene a buscar –una relación terapéutica rica, productiva y funcional. Lo que encontrará más bien es gasto inmisericorde, a más de prisa y presunción. Profesionales fríos estos que, no solo no entran en el universo del paciente, le niegan todo discernimiento, afecto y vulnerabilidad, obteniendo así un paisaje limitado de sus necesidades. Los conocemos, esos médicos: ásperos, distantes, plomosos y como enrejados. Aparte de no dar tiempo, no dan explicaciones. Es proverbial el arquetipo del doctor insoportable, que transpira excesiva confianza en sus propias competencias y en su propia autoridad, mientras camina altanero e inflexible por los pasillos raudos de algún hospital insomne. Es un producto empinado de la ciencia médica, que a veces va presentando como algo infalible. Sobre esta pirámide pétrea, el médico pasa a ser el sacerdote inexpugnable. Para mientras, el paciente se convierte en un bicho a vencer, cuyas capacidades de observación y experimentación son básicamente irrelevantes. Y es cierto que hay enfermos que ya se creen más doctores que los propios doctores –especialmente en esta era tremenda de la información– pero ello no quiere decir que los pacientes en general no tengan nada que decir, o preguntar.

La relación paciente/médico no siempre es fácil y se vive a menudo como una tensión –no siempre creativa. Es porque, como todas las relaciones, esta es una relación de poder, y navegarla puede ser difícil y complejo para todas las partes involucradas.


(Buscando a Syd publicada el 27 de julio de 2017 en El Periódico.)

Postescritores

Muchas personas que hubieran sido en otra época escritores clásicos han quedado en escritores de posts, es decir postescritores.

Esto ya lo he dicho antes: la libido literaria que otrora se destinaba a ensamblar un corpus literario hoy se reparte en una miríada de comunicaciones automáticas. Aquella prescripción clásica y persuadida de escribir cinco, diez o quince libros estimables a lo largo de una vida se ha ido francamente erosionando.

Todo empezó con el blogging, el articulismo corto, la opinión rápida. Luego pasamos al microblogging, es decir al tuiteo. La reverberante Gloria Literaria, entendida como la proeza de perdurar en la memoria humana a través de la palabra, cedió lugar a lo instantáneo, desalojando toda linealidad diacrónica. El espacio gramatical se concentró en mónadas apretadísimas de sentido. Estos chicos de ahora son brillantes para escribir frases, pero no saben, o no quieren, unirlas en estructuras de aliento.

Yo también –incluso proviniendo de otra era y otra forma de entender la escritura– he sucumbido a esta tendencia, reforzada por el hecho de que no hay actividad más frustrante que publicar a la antigua, especialmente en este país, por las condiciones generales y porque a nadie realmente le importa (dicen que sí, pero no es cierto). Y si bien sigo escribiendo libros, ya no lo hago como antes, cuando escribir era escribir una obra. Y por obra no quiero decir un libro, sino una bibliografía. Levantar una bibliografía: tal era el dictum de la cultura textual en la cual yo nací y me crié.

Es un dictum que por estos días me va dando lo mismo. Incluso puedo decir que desde que escribo en las redes sociales, escribo peor. Lo cual tampoco está mal: a veces lo peor es lo digno, como lo dejó claro el punk y el no future. Ya en términos globales, no estoy de humor para condenar la literatura de la atomización, que en realidad es solo otra forma de entender la palabra y propagarla. De hecho yo siento que las redes sociales trajeron mucha vitalidad al universo escrito, además de permitir el ingreso al club escritural a las mayorías, cuando antes solo podían entrar los esnobs de siempre.

Dicho lo anterior, a mí me parece que de nuestras preciosas redes sociales no surgirán los futuros Cervantes, Prousts, Stephen Kings, Foster Wallaces, Bolaños. Es decir: puede que estos escriban en las redes sociales, pero no será gracias a ellas que consagrarán vastas obras monolíticas. La mayoría de postescritores rendirán un thread inconexo de tuits, como florecillas silvestres, poco más.

Que alguien en el futuro se tome la molestia de leerlos, esos tuits y posts, en su totalidad y como algo coherente, es una imposibilidad, porque el espíritu de los soportes que los contiene no es particularmente retroactivo y narrativo (es cierto que algunos llevan sus tuits al viejo contenedor impreso, pero eso es más anecdótico que otra cosa).
           
Realmente: ¿quién querría leer en el futuro una masa de apuntes en diáspora, apenas unificados por una cotidianidad sin relevancia, y una repetitiva opinión sobre el miasmático estado de las cosas?

Es otra cosa: la trascendencia literaria implica la abolición del narcisismo, y digamos que a las redes sociales, tal y como están planteadas hoy en día, no es que les fascine agenda semejante.


(Buscando a Syd publicada el 20 de julio de 2017 en El Periódico.)

Plenitud laboral

Es extremadamente difícil que un regular ser humano se sienta pleno en su trabajo.
           
¿Por qué? Porque para que la actividad laboral traiga plenitud debe tener al menos cinco características esenciales: 1) utilidad; 2) gozo; 3) conexión; 4) integridad; y 5) sentido.
           
Por utilidad, comprendamos por igual funcionalidad y rédito. Eso que hacemos deberá tocar tierra de alguna manera, darnos alguna suerte de propósito práctico y estabilidad concreta. Sin esta cualidad térrica, derrapamos en el aire. Le pasa a no pocos poetas por cierto: sus letras están grávidas de belleza, voz e inspiración, pero muy pocos (más bien ninguno) conocen lo que es vivir de su oficio, y eso es frustrante como ninguna cosa. Es algo que inclusive nos puede hacer perder la cabeza, puesto que todo trabajo que carece de raíces pragmáticas conduce, en mayor o menor grado, a la locura.  
           
Otra condición para la plenitud es que disfrutemos lo que hacemos, que nos traiga gozo, magia y esplendor. Todos conocemos personas que hacen cosas muy útiles, cosas que sirven al prójimo, que son básicamente correctas, incluso nobles, pero de otra parte son cosas extremadamente aburridas o clónicas. Entonces una especie de moho o marchitamiento general se apodera pronto de sus venas. Uno puede imaginar fácilmente aquí a un funcionario, a un burócrata perdido en un Ministerio. Desde luego, está el caso contrario: labores que provocan increíbles dosis de ansiedad, como podría ser el caso de un periodista hardcore. Pero, como dejó muy claro Csikszentmihalyi, el flow es algo que no está situado ni en la zona del aburrimiento ni en la zona de la ansiedad. Quien no conozca ese placer íntimo de trabajar que es a la vez relajación excitante y exaltada serenidad difícilmente podrá hablar de plenitud laboral.
           
La conexión es otro factor a considerar, obviamente. La realización propia es importante, quién lo duda, pero siempre viene manca cuando no es una realización compartida, cuando no incluye, en cierta medida, al otro. Hay trabajos tremendamente solitarios que no implican ningún lazo con demás seres. Lo cual es perfecto… hasta que ya no lo es. Oficio aislado puede ser el del freelancer radical, que trabaja implosivamente en casa, cortado de todo entorno vital, o el del programador amurado en un mundo de algoritmos.
           
Por supuesto, sin ética, sin eso que el Buda llamó “rectos medios de vida”, ¿cómo puede ser uno feliz en el trabajo? ¿Es Trump feliz? ¿Lo es un narcotraficante? ¿Un empresario mañoso? Dudosamente. Es crucial mantener la coherencia.

Y por supuesto el sentido. En efecto, nada más horrible que hacer algo sin sentido. ¿Cuántas personas trabajan sin formar parte de un relato particularmente significativo e inspirador, cuántas personas no consideran que están aportando algo ideal al mundo por medio de su obrar? Incluso lo contrario: sienten que están acrecentando el caos y la gratuidad.  Ni doy ejemplo: son tantos.
           
Cuéntenme, ¿se sienten ustedes plenos, laboralmente?


(Buscando a Syd publicada el 13 de julio de 2017 en El Periódico.)

El bunker (2)

Con todo y talanqueras, en la calle de la Embajada de los Estados Unidos, quiero decir en la avenida, no impiden el paso, al menos el peatonal.

Cosa aparte es pedir visa. Cuando de visa se trata, no dejan pasar a cualquiera.

Aunque hace mucho mucho tiempo que no viajo a los Estados Unidos –desde que me di cuenta que no me gusta viajar– aún recuerdo la última vez que fui a pedir el documento. Se respiraba la cruda energía del terror, ante los cancerberos y sus preguntas milimétricas y más que nada burocráticas.

Ríanse ustedes del castillo de Kafka.

¿Cuántos frustrados –denegados, rebotados­– vomitó este edificio? Uno piensa en todos aquellos a quienes no quedó otro remedio que agarrar el tren de la muerte y ser pisados por el sol sangrante de los indocumentados. O bien tuvieron que permanecer en en el país, en donde viven en la ultramarginalidad, como los preteridos nacionales que son.

Allá, en la esquina, van haciendo fila, o pululan en los alrededores, muchos de estos solicitantes. Así es como la Embajada ha generado todo un ecosistema alrededor de sí misma. Pequeña economía gravitante tirando a informal, que incluye comedores ejecutivos, parqueos formales o informales, servicios de fotos y fotocopias, asistencia migracional de toda índole. Que no le pongan, dice un rótulo de la embajada, en tales u otras palabras.

Este hormigueo a ratos superlativo ha de contrastar con el ambiente interior de la Embajada, en donde reuniones de alto nivel a buen seguro ocurren. Uno solo puede sospechar las cosas que se discuten ahí dentro. Desde mi ventana, veo a todos esos personajes encorbatados en procesión. ¿Quiénes son esos sujetos? No sé. Ignoro si son crápulas o respetables. Si estuviera atento al acontecer nacional, a lo mejor sabría.
           
La Embajada tiene eso de eminentemente político. Es realmente el símbolo de un sistema. Todas las manifestaciones sociales, con sus pancartas respectivas, hacen parada obligatoria, enfrente. Es un automatismo. Yo mismo fui a manifestar ahí hace muchos años, por lo de Irak. Le dábamos flores a los pilotos vehiculares, como si estuviéramos en el verano del amor. El evento le regaló una escena a mi novelita Labios.
           
Esta Embajada se ha constituido como un pedazo crucial y muchas veces filibustero en la historia de nuestro país, para rabia de muchos, que odian a los Estados Unidos, a quienes ven como los verdaderos dueños de la zafra y la finca.
             
Es así. Lo que no sé es hasta qué punto y en qué grado. Pero desde luego, la influencia es innegable. En otra columna –llamada “Amor prohibido”– dije que nunca caigo en el error de confundir a la globalidad de estadounidenses con sus gerencias y administraciones. ¿Decir esto le cuesta la visa a uno? A saber.
           
Lo que sí sé es que no es para nada fácil tener acceso a territorio estadounidense en estos tiempos. Según mis cálculos, sería mucho más sencillo matarse y renacer en territorio gringo: las probabilidades son de veras más altas.


(Buscando a Syd publicada el 6 de julio de 2017 en El Periódico.)

El bunker (1)



Vivo a un centímetro de la Embajada de los Estados Unidos, ese edificio eterno que ya todos conocemos, como de hormigón, y que pesa tanto que la Reforma se hunde ligeramente de un lado.        
           
Parece un bunker o una de esas horribles prisiones estatales, de los Estados Unidos justamente. Todo lo contrario a la Embajada de México, que está como a una cuadra (nos encontramos en una zona muy diplomática) y es una pieza arquitectónica menos sentada, pero más sentida.
           
La Embajada de los Estados Unidos se ha hecho de muchas de las propiedades circundantes, no sé si por compra o alquiler, o ambas cosas. Ese galeote tiene harta influencia en el ambiente del barrio, compréndase.
           
Un par de veces han hecho esos locos el soundcheck del sistema de amplificación, y eso como a las dos de la mañana, por demás. ¿Han escuchado ese sistema? Es muy potente. A lo mejor no era un soundcheck sino un empleado gringo que había fumado demasiada hierba medicinal, y decidió poner una rolita para olvidarse un rato del trabajo y de las amargas promesas de América la bella.
           
Yo ando y des–ando mucho la zona–Embajada. Por tanto utilizo bastante la primera avenida, y en particular el tramo entre la octava y sexta calles. No es como que voy a ir a dar siempre la vuelta hasta la Iglesia. Me pregunto en qué medida y con qué derecho se apropiaron de ese tramo, cuál es el trato pues. ¿Es territorio estadounidense, como la Embajada misma? Lo dudo. Pero si no lo es, ¿a qué vienen los filtros físicos, los privilegios? Tampoco alego demasiado, porque siento que la Embajada viene a poner al área una seguridad y una paz que de otro modo no existiría. Pero no puedo dejar de considerar que es una rúa por completo cooptada, cooptada por el tío Sam.
           
Gringos rostros. Pero también hay locales laborando, guardias de seguridad, choferes, en grandes camionetas Ford. Luego puede que haya otros trabajando de incognito. No sé. A mí un día un portero de mi edificio me dijo que el lustrador o chiclero que siempre está en la octava avenida es un espía de la Embajada. Ignoro si decía la verdad o no, pero desde entonces ya no lo veo de la misma manera.
           
Muchos entran y mucho salen de este lugar. La lógica por supuesto es de protección y autorización, y la estética de comunidad cerrada y acamerada. Pero por otro lado, y en contraste, también se les ve bastante relajados, a los chatos. El policía de la talenquera, tan silbante, es un ejemplo. Yo nunca descarto que desde la Embajada propiamente me anden observando con un telefoto, pero en toda honestidad nunca me he sentido realmente vigilado o intimidado por estas gentes.
           
Mi problema es que soy un gran paranoico. Al punto que, cuando vivía en la zona 9, siempre me sentía visto desde la sinagoga. Escribí en una ocasión una columna al respecto, y un judío muy simpático me invitó a entrar y ver todo el edificio por dentro, para que se me quitara la angustia. Agradecí el trato preferencial, porque ese templo también es un bunker, y no dejan entrar a cualquiera.


(Buscando a Syd publicada el 29 de junio de 2017 en El Periódico.)

Plástico y espuma



Camino con los brazos cruzados por la espalda, cual Napoleón en Santa Elena. Camino sobre la arena muda de Monterrico, mientras el atardecer me ofrece su decorado rosado, como un gigante carcinoma.
           
El momento, se diría, es propicio para contemplar el espectáculo corcovado de las olas, pero lo que termino contemplando son los poderes del plástico. Plástico que se ha depositado a lo largo de la playa, y que el océano expele y engulle rítmicamente, como un borracho que arrojara y tragara su propio vómito.
           
No me refiero a una bolsa por aquí, a una botella por allá. No. Estoy hablando de una franja solazada, tetona, cortesana, licenciosa, libertina, caberetera y prostibularia de residuos vagamente domésticos. Estoy hablando del perfecto concubinato del asco y el mar. 
           
Y tengan en cuenta que aquí me limito a señalar lo más corpóreo, lo más exotérico, lo palmario. Tendría que agregar, si fuera más inclusivo y cabal, la contaminación industrial, e incluso la radioactiva, que ya en toda evidencia habrá tocado costas chapinas, cortesía de Fukushima.
           
El momento, se diría, es propicio para tomar la actitud estentórea del indignado, y promocionar grandes reflexiones al respecto: «¿Pero qué hemos hecho con nuestra exquisita morada?»
           
Por supuesto, no pasaría de ser histrionismo y molierismo de mi parte. En realidad, nada de esto me asombra, y quizá ya ni siquiera me importa. El destino irrevocable de todos nuestros pseudoparaísos –que aparte de ser cunas de atracos, violaciones de todo orden, horribles accidentes y episodios sociales violentos– es la completa extenuación ecológica.
           
Algunos ingenuos –oh hasta qué punto lo son– creen todavía que podrán revertir este ominoso proceso. Lo cierto es que el muerto ya no tiene ningún pulso, aún si por partes continúa rosadón. El momentum viene ya demasiado crecido. Es como un tráiler loco y sin frenos por la carretera indiscernible.
           
Otra historia sería si, en lugar de medio propagar una consciencia y una cultura ambiental de escuelita, hubiéramos diseñado partidos verdes y estructuras de legalidad, al servicio de la savia, que pudieran darse a respetar. Si hubiéramos gravado nuestros hábitos deletéreos de consumo. Si hubiéramos minado los privilegios veleidosos que reinan sobre la vida misma.
           
Otra historia, en efecto, si hubiéramos esquinado a todos los coyotes congresiles que ceden el país a un empresariado cínico, sin ética atmósferica. Si hubiéramos expurgado a todos los mierdecillas departamentales que transan nuestras aguas y francos paisajes. Si hubiésemos embrocado a tanto cabrón narcocuatrero que continúa talando jovialmente las selvas, mermando a gusto la república de la fotosíntesis.
           
Pontifico por pontificar, como ya dije, porque yo creo que todo esto ya se fue para la pura verga. Y no hablo meramente de Guatemala. Lo que nos queda, en términos de especie, es morir con alguna dignidad y decoro, elementos que necesitaremos especialmente cuando vengan las hidroguerras y las hambrunas.      

En todo caso, siempre quedará la opción de avanzar, con los brazos cruzados por la espalda, hacia el mar de Monterrico, para así ahogarnos entre el plástico y la espuma, ante el penúltimo atardecer.

El momento, se diría, es propicio.


(Buscando a Syd publicada el 22 de junio de 2017 en El Periódico.)

Quince de junio

Una costumbre que he tenido a lo largo de ya varias décadas es la de juntarme a cenar cada martes con mi madre.
           
No es fácil, para una persona como yo, privada, solitaria, una persona que gusta de bunkerizarse, fantásticamente paranoica, cultivar una relación de largo aliento (tengo, de esas, dos).
           
Quizá es la manera de ser de ella, respetuosa, receptiva, siempre generosa, y abierta, la que ha permitido que yo cumpla con ese contrato tácito, esta cita nuestra, y sobre todo que no la sienta yo como una obligación meramente social o familiar, sino, más bien, como una genuina expresión de la amistad que puede a veces darse entre una madre y su hijo.
           
Pero no es porque sea mi madre –aclaro– que yo he dado continuidad a este ritual. No creo en los lazos o imposiciones de la sangre. Tampoco en la política familiar. En lo único que creo es en la afinidad profunda y en la intimidad auténtica.
           
Por supuesto, alguien podría preguntarme: ¿qué sabe usted de intimidad, si siempre la rehúye? Es un buen punto, y no tengo los argumentos para rebatirlo. Aún así, y de todos modos, me atreveré a afirmar que mucho que lo que las personas llaman intimidad no es otra cosa que pseudointimidad, codependencia.
           
Quiten ustedes los filtros, los comercios, los miedos, las complacencias, las pasividades, las manipulaciones, las opresiones, los sojuzgamientos, las intolerancias, las condescendencias, las intrusiones, los moralismos, los gravámenes, las crueldades, las rebeldías, las ínfulas, los rechazos, las descortesías, las conmiseraciones, los teatros, las inmadureces, las indiferencias, las abdicaciones, en fin, todas las formas persuadidas en que usamos al otro para confirmarnos a nosotros mismos, y quedará ya muy poca cosa.
           
Así son la mayoría de intercambios. No todos, sin embargo, y no este. Y no porque yo sea una persona precisamente fácil: aguantarme a mí no es así nomás. Soy una persona repetitiva, acerba, neurótica, y como ya sugerí, tiro y tiendo al aislamiento. Así pues, sentarse a comer conmigo es recibir una masa de angustias, de prescripciones, de burlas, de crudezas, de silencios. ¿Quién puede driblar todo eso? Mi madre, al parecer.
           
Con lo cual tampoco pretendo celestializarla. Ella también tiene sus cosas: sus indecisiones, sus edulcoraciones, sus inaceptables connivencias. Y si está dispuesta a cenar conmigo, martes a martes, por algún triste karma será.  
           
Pero más allá de eso puedo decir que mi madre y yo podemos vernos a los ojos y saber que no somos ni crudos demonios ni áureos elfos: solo seres humanos en este viaje de la condición humana.
           
Cuántas veces, en cuántas mesas, en cuántos restaurantes, hemos intercambiado –entre desencantos, tedios e iluminaciones– palabras solidarias y amigas. Es un vocabulario compartido, un juego de signos y mensajes, el de nosotros, que se ha desarrollado lenta, geológicamente, a lo largo de años. Por esto, por esta cercanía y por esta reverberación, solamente, es que vale la pena esta vida, que ella me otorgó. Ojalá que la suya continúe por mucho tiempo más.
           
Hoy es quince de junio.


(Buscando a Syd publicada el 15 de junio de 2017 en El Periódico.)

Comer bien

Y comer mal. Lo mío es ingerir consuetudinariamente bombas de glucosa y sucios carbohidratos. Han sido tan innobles los atracones, tan dionisiacas las embauladas, tan senatoriales los embuches.
           
Según mi lógica torcida y columbrada, como no puedo darle rienda suelta a otros tipos de neurosis, que es lo que en el fondo y seguramente me gustaría, entonces tengo el derecho a envenenarme con lo que como, y con lo que sea. Realmente podría decir que yo me harto mis problemas.
           
Pero no hay tal cosa como un paraíso péptico. Últimamente, he puesto un poquito de atención a mis hábitos nutricionales. No, no es por verme pura muchachita, no es para que me quede la lencería sexi. La figura a mí me la suda por completo. Las razones son extra–estéticas y más salutíferas que eso.
           
Una de ellas tiene que ver con desintoxicar lo que está claramente intoxicado. Nuestros alimentos ya vienen sin nutrientes y como muy acancerados. A puras hormonas y preservantes y pesticidas nos tienen funcionando, esos malditos. ¿Ustedes recuerdan lo que era una manzana antes y lo que es una manzana hoy? Hoy es veneno. Así pues, nuestros cuerpos se sienten enfermos, incompletos, derrotados, porque son los laboratorios y fosas sépticas de la industria alimenticia. No me extrañaría nada que un día las uñas se nos caigan, mientras nos damos un baño, o que nos salga un ojo mutante en la axila, lo cual, dada nuestra actual ingesta, sería harto normal.
           
Ni siquiera es de explicarlo mucho: con un poco que se rectifique la dieta, uno siente ya los resultados. Es así de milagroso. Pasa que comer bien es un brete y una profesión. Y yo no soy exactamente uno de esos seres aureolados y vestales y gnósticos que a buen seguro leen las etiquetas del producto y premeditan el menú en los pasillos del súper. Mi mujer sí, gracias a Dios, y si no por fuera por ella es que yo no llego ni a octubre.
           
Otra cosa es que vivimos en una cultura que no solo no privilegia lo orgánico, sino que por el contrario pretende alimentar a las poblaciones con chancropanes de carretilla, Tortrix y orina embotellada. Si me lo preguntan, es una cultura prevaricadora y criminal. Y se tiene que decir algo al respecto.
           
Por supuesto, así como comer mal y mucho es una obsesión rabiosa, también ha de serlo, y lo es, y lo ha sido por mucho tiempo, comer bien y comer menos. A veces viene todo junto, como es el caso de esas chupadas y deformes criaturas que devoran y vomitan, y entre ambos movimientos antitéticos, se cortan delicadamente las venas, produciendo y pringando un Pollock estratificado de bilis y sangre en la alfombra de su cuarto rosadito, que los padres descubren con horror al día siguiente, junto a la bulímica mellada y sin vida.            
           
En lo que a mí respecta, mis respetables, no quiero que comer bien se convierta en un nuevo problema, una nueva pesadumbre, una nueva asfixia, una nueva obsesión, un nuevo integrismo de mi propia personalidad.
           
Pero definitivamente quiero comer mejor.


(Buscando a Syd publicada el 8 de junio de 2017 en El Periódico.)

Seattle blues (2)



Cofradías de jovenes con Camisas de Franela se juntaban a extenuar colillas angustiadas, y cuando estaban solos escribían sus cositas leprosarias y posdadá, en cuadernos que decoraban con runas y dibujos de venas cortadas.
           
Me estoy burlando, en cierto modo, pero en otro modo fue todo muy bello, en principio. Lo interesante en cualquier caso fue ver a todas esas desadaptadas y tristes criaturas formar una comunidad que terminó siendo mundial. El grunge fue quizá el último movimiento de música planetario realmente macizo. En Guatemala nos cayó como anillo al dedo: esa marejada de sonidos nihilistas rimaba con el momento que vivíamos, saliendo como estábamos de una guerra que no había dejado nada.
           
Ascenso y entropía. La droga fue el escape y la prisión. Ya sabemos que todos esos músicos siempre habían sido dipsómanos y bonzos avant la lettre. La muerte de Andrew Wood imprimió el sello para todo el movimiento. No solo en el movimiento grunge (Layne Staley, Weiland) sino también en otras zonas del alternativo  (Bradley Nowell).
           
Tanta sensibilidad herida y rabia congelada mutó en suicidio directo o indirecto. Eran todos unos freaks; nadie los mataba; decidieron hacerlo ellos mismos. Y los suicidados no fueron los meros artistas: cuántos en la audiencia se quitaron la vida ellos también.
           
Puede que uno de los momentos más paradigmáticos de mi generación fuera cuando Kurt Cobain se metió un (todavía lo escuchamos) escopetazo. Debo decir que, para cuando Cobain se suicidó, yo ya estaba harto de Nirvana y todo eso. No me hizo mella alguna (más me afectara la muerte de Shannon Hoon, o de Jeff Buckley, hace precisamente veinte años). Y sin embargo tendría que hacerme demasiado el pendejo para disociarme de este geni loci generacional, por razones compartidas y a la vez personales. No puedo dejar de pensar que uno de mis mejores amigos de esa época se terminó ahorcando, como luego ya lo hiciera Cornell. A ese mismo Cornell que escuchábamos juntos, qué ironía. Y aún recuerdo cómo nos codeprimíamos oyendo a Mother Love Bone.
           
El hígado generacional colapsó. Y no ayudó mucho que los cuchilleros de siempre espectacularizaran el fenómeno y lo vaciaran de toda genuinidad. Todo se entonteció muy rápido, y surgieron innumerables apropiaciones y copicats (aquí no digamos). Cuando ese bello–sentimiento–underground se volvió mainstream, fueron las mismas bandas quienes se dieron cuenta que habían arruinado algo muy decente. Es lo malo con la inocencia: rapidito se deja engatusar por el canis lupus. 
           
En rigor, todos contribuimos a matar al grunge. Siempre me jacto de haber sido el primero que tuvo una t–shirt de Nirvana en Guatemala (no exagero) pero realmente no puede ser motivo de orgullo.
           
Lo que terminó ocurriendo fue triste. Así como el glam barato le pavimentó el camino al grunge, el grunge le pavimentó el camino a Britney Spears. Porque después del grunge, la gente solo quería liviandad. Liviandad obtuvieron.


(Buscando a Syd publicada el 1 de junio de 2017 en El Periódico.)

Seattle blues (1)


La muerte–suicidio la semana pasada de Chris Cornell nos dio la oportunidad de revisar uno de los más importantes episodios culturales de mi generación: el grunge, y el alternativo en general. Reconozco que es muy delicado hablar de un fenómeno cultural tan situado como este para hablar de toda una franja generacional. Pero no podemos negar que fue un fenómeno artístico que tocó una cuerda muy sensible en los noventa, ya no solo en Seattle, no solo en los Estados Unidos, sino en el mundo entero.
           
A veces me gusta pensar en las generaciones en términos de órganos corporales. Así por ejemplo, los baby boomers fueron el corazón, con sus legados pluralistas y reivindicaciones folksociales. Otro ejemplo sería el de los millennial, que asocio a un cerebro: en efecto, es una generación que procesa y genera formidables cantidades de data. La mía fue más bien la generación–hígado: rabiosa, cínica y visceral.
           
Al parecer, todas esas promesas civiles de los baby boomers, ya mutados a yuppies y gekkos en los ochenta, nunca se hicieron realidad. Real fue la paliza que le metieron a Rodney King un 3 de marzo de 1991, fruto de una década de fundamental republicanismo y rapacidad financiera que no habían dejado nada, salvo un colosal vacío. Y no había superavit que pudiera llenarlo, ese vacío, dado que este era el resultado del superavit mismo, de la gratuidad cubicular de la civilización. ¿Para qué subir? ¿Subir a dónde? Así era el spleen (¿o debiera decir liver?) de los genexers.

Todos esos padres divorciados no sabían qué hacer con sus hijos disfemistas, que eran hijos de una cultura mutante de tetas falsarias, por un lado, y emergente corrección política, por el otro. Nosotros mismos no sabíamos qué hacer con nosotros mismos. Ni siquiera podíamos realmente tocarnos, porque el SIDA nos tenía cooptado el sexo, y en ese entonces no había tal cosa como una red social, para distraerse y escapar.
           
La ironía permeó la cultura popular, y esos se ve obras hallmark de la época, desde Generation X (1991), de Coupland, hasta la archifamosa teleserie Seinfeld, pasando por el himno de los perdedores, la película indie Clerks (1994).

Pero a la par del humor, y como complemento brutal, a muchos nos acompañaba un sentimiento ratil de inadecuación, de inutilidad, de total implosión.
           
Lo interesante es cómo de toda esa implosión brotó reactivamente una respetable explosión de libertad creativa. Era una libertad con sabor a decadencia, sí, pero no la decadencia superficial de finales de los ochenta, sino había ahí una introspección y un inconformismo frescos. De la escena grunge brotaron muchas rapsodias para adolescentes densos y subjetivos, cuya alma era una morgue.
           
Era una inocencia oscura y una subcultura perdularia que, al principio, antes del label alternativo, fue cosa muy genuina, derivada de cosas muy honorables y muy underground (referencias personales para mí fueron Fugazi o Sonic Youth). Yo recuerdo haber leído una entrevista de Jani Lane, en la cual él mismo recordaba el día en que él y su banda llegaron a su compañía disquera, donde tradicionalmente había una foto de Warrant, y ahora había una de Alice in Chains. Caput mortuum. El soundtrack de nuestra vida había cambiado (muy literalmente: pensemos en las bandas sonoras de las películas clásicas de la época: Pump up the volume, Singles, Reality Bites).

Me pregunto si alguien recuerda la autenticidad que trajo el grunge al principio, en un momento cuando todo parecía inverídico y superficial. Hay que ver la música cochina, señorita, verdulera y fenicia que ponían en la radio antes del malaise del grunge. Era un flan muy desagradable, si me lo preguntan.


(Buscando a Syd publicada el 25 de mayo de 2017 en El Periódico.)

Play

Estoy haciendo lo más irresponsable, escribir poesía.
           
Lo estoy haciendo además en el momento menos apropiado, en el que menos puedo permitírmelo. Y sin embargo, es de todo punto necesario.

Verán: he estado amurado en estos días en una torre de ansiedad. Y escribir poesía es para mí una forma de deshacer eso.

O sea una manera de hacer algo (ya que hacer nada de hecho crea y produce más ansiedad) pero hacer algo imaginativo, espacioso y libre. Como cuando a los locos los ponen a pintar acuarelas. Qué mierdas de dibujos los que hacen, pero los mantiene como quietos, a los pisados.
             
En mi caso, no es cosa de acudir a pastillas y ansiolíticos rosados: me gustan demasiado. Así que recurro a otras formas de adelgazarme la pálida. Como la meditación (con sus párpados de ataraxia) o la escritura, como ya bien dije.

Bueno, cierto tipo de escritura, porque luego hay otros tipos de escribir que en cambio patrocinan aún más presión y depresión, y me van dejando con el sistema nervioso hecho pedazos y ya marinado para el rebonito.
           
Son muchos, muchos, quienes viven ciegos en el desván  bermejo y sucio de la ansiedad, entre ráfagas de terror, leyendo un libro puro de incertidumbre. Lo torpe es que responden a la presión presionándose más y cuando se relajan lo hacen desde un sentido fijo de obligación. Su play es exigencia, lo cual nunca funciona. ¿No dijo el chino que la rigidez es amiga de la muerte?
           
La otra vez me puse a ver, nuevamente, el documental sobre Ramírez Amaya llamado El Pájaro Sobreviviente. Y ahí el maestro dice en su momento: “Lo único que he hecho toda la vida es jugar y seguir jugando”. De los niños será el reino de los cielos. Follow your bliss, recomendaba Joseph Campbell.
           
Tampoco estoy invitando a tirar todos los compromisos por la ventana. Está muy bien aquella rola noventera que decía: porque yo no quiero trabajar, no quiero ir a estudiar, etc. Pero si va a tocar la guitarra, colega, por el amor de Dios tóquela con alguna consistencia. Ramírez Amaya juega, pero juega seriamente, juega hasta las últimas consecuencias, por ello le admiramos. La poesía demanda responsabilidad y estructura. Incluso en su modalidad más play, requiere dirección y compromiso.
           
Con un espíritu de relajación, pero alerta, uno se va curando las desesperanzas. Y quizá lo mismo aplique a la comarca entera. Los psicorrígidos quieren salvar el país con su cara perpetua de ano, pero la sola manera de salvar este país será jugando, poniéndonos liminales y creativos. Es el estilo aéreo de los cerbataneros. Como escribí en un texto alguna vez: “No son el tipo de superhéroe fornido, sacrificial o ideológico. Hay que percibirlos más bien compactos, ingeniosos, ágiles, medio cabrones y difíciles de timar, porque ellos mismos son los últimos timadores, los últimos tricksters”.
           
Son chingones, esos gemelos.


(Buscando a Syd publicada el 18 de mayo de 2017 en El Periódico.)

Payasos


Podríamos hablar de ese arquetipo poderoso: el payaso.
           
Hay payasos de espíritu muy noble, payasos productores de alegría, angelicales payasos –puro amor y candidez. Regalan perritos de globo mientras el sol de la tarde reverbera sobre la tierna cocacola, ya servida en vasitos de plástico. A esos payasos los queremos bastante.
           
O no. Hay mara que frikea con los payasos (en cuenta, si recuerdan, Kramer, de Seinfeld) y es porque hay algo de frikeante en ellos. Será porque el payaso representa, en su atuendo extravagante, lo Otro amenazante, portador de una magia oscura: el humor, portal a nuestros demonios más privados, a nuestras fatales menudencias, a nuestros sentimientos más intensos de inadecuación. ¿Nunca han estado en un circo rezando porque el payaso no los elija de entre el público? Yo sí.
           
La cultura popular no ayuda, pues abunda en referencias de payasos para nada solares, así por ejemplo el clásico Guasón, de Batman, o el payaso de It, del gran Stephen King. Cuando yo era adolescente escuchaba una banda de metal llamada Dangerous Toys. Y miraba con fascinación las portadas de sus discos, en donde aparecía un payaso extravagante y mala taza. Payasos de dientes podridos que han alimentado nuestras más sinceras pesadillas.
           
Ese payaso eterno de la noche, como sacado de una oscura teúrgia, y que, desde su macabra sonrisa, nos comanda y nos hipnotiza, y nos congela la voluntad. La única forma de lidiar con un payaso así es quebrándole una botella de vidrio e insertándole el chaye en la yugular, para que mane una ola de sangre, cosa que he hecho un par de veces.
           
De otro modo será el payaso quien nos liquidará a nosotros, y será él quien nos irá jalando de una pierna sin vida a través de algún pasillo oscuro, iluminado intermitentemente por los fogonazos de alguna tormenta. Así funcionan estas cosas.
           
Aparte de los payasos alegres o los que dan miedo, los hay que dan y destilan asco. Todos nos hemos encontrado alguna vez con un payaso bolo y sucio y tosiente y patético. ¿Nunca vieron esa película de humor negro, Shakes The Clown (1991)? Pues algo así.      
           
Payasos como esos son muy fáciles de encontrar en cualquier país del tercer mundo que se respete, por virtud de esos pequeños circos repugnantes y descosidos que lo van recorriendo (siempre hay un gazmoño que pretende sublimarlos). O payasos de la calle, como ese que vi la otra vez, el más triste que he visto en toda mi ramera vida. A lo mejor Arjona lo agarra y le da brete en su nueva gira, como a Panchorizo.
           
También están los payasos ridículos. Argumentará el listo del salón que esa y no otra es la intención de todo payaso: la ridiculez. Pero yo distingo entre la ridiculez virtuosa y la ridiculez involuntaria. En esta última categoría entra el Presidente, que inveteradamente recibe memes insaciables al respecto. Por muy serio, director y moralista que se ponga, por muy sermoneador y gendarme, ese mote de fantoche es que jamás se le quita. Como no se quita la percepción de que su gobierno es una broma de mal gusto.


(Buscando a Syd publicada el 11 de mayo de 2017 en El Periódico.)



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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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