'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Cansado

Cada día estás más cansado. Es una cosa muy seria esa de abrir los ojos, por la mañana, y sentir esa enfermedad siniestra en el cuerpo: el cansancio.
           
La idea era amanecer radiante, abrir la ventana, salir al jardín, si lo hubiera, y sentir las sílfides acariciarte la piel y, acto seguido, hacer ejercicios, pues todo el mundo sabe que haciendo ejercicios se llega al nirvana y se curan todas las enfermedades sociales…
           
Pero lo cierto es que cada día que pasa estás más cansado, y tus uñas se están cayendo del cansancio, y es como decir que tus dientes se están cayendo del cansancio, y el cansancio entonces te ablanda y te endurece.
           
Hoy tampoco harás ejercicio.
           
Vas al baño, y observas en el espejo tu rostro, tu rostro y sus arrugas como cicatrices, como costuras sin fuerza. Y te bañas, pero no de forma viril, invulnerable, más bien catatónicamente. Ablución debiera significar despertar, quitarse las modorras, los letargos de encima, las breas del dormir, pero en este caso es como si el agua te fuera cubriendo de una capa extra de fatiga, y te sientes como un loco en un manicomio, al cual estuvieran limpiando sin su consentimiento, pero también sin su indignación. Solo estás ahí, y mientras te enjabonas, inercialmente, te preguntas si el peso del jabón en tu mano no terminará siendo como ese yunque que te hunda en el lago–agotamiento, en la sopa–extenuación.
           
Cierras la llave del agua. ¿Podrás tú, el ultra–cansado, vestirte, ahora? ¿Hay motivo para pensar que podrás ponerte los calcetines? ¿Cabe siquiera pensar en la posibilidad de que te coloques el cincho? Es como si hubieran agarrado tu cuerpo físico, y tu cuerpo pránico, todos tus cuerpos, a batazos.
           
De alguna forma que no puede ser calificada sino de milagrosa consigues ponerte la ropa, pero en cambio el esfuerzo hace que te desmayes en el pasillo, al salir del baño.  
           
¿Cuánto tiempo transcurre? Es muy difícil saberlo. Por fin vuelves a la consciencia, y al principio no puedes ni moverte, es como si estuvieras dentro de un traje de látex sumamente incómodo y apretado. Con atroz dolor mueves tu dedo meñique, luego tu mano, luego un poco el brazo, luego el otro.
           
Y ahora te arrastras a la cocina (y pasas al lado de un antílope muerto, en la mitad de la sala) y cuando por fin llegas a la cafetera, después de un esfuerzo inconmensurable, tomas la jeringa y te inyectas el café.
           
El café te da la suficiente estamina para salir a la terraza, si la hubiera, y observar la ciudad mortuoria, sepultada ella también en consunción. Piensas en esos individuos que están todavía más cansados que tú y que se levantaron más temprano que tu propia persona para ir a cumplir con un trabajo que es más cansante que el tuyo. Uno de esos individuos ahora mismo se encuentra en un bus y está rezando: rezando porque un ladrón asalte el vehículo, y de paso le pegue un tiro, le quite ese maldito cansancio.   
Te pones triste por ese individuo, pero no mucho, porque estás demasiado cansado para sentir compasión, y el día apenas empieza.


(Buscando a Syd publicada el 30 de marzo de 2017 en El Periódico.)

El Jardín Azul


Caminando no poco en los pasillos de un hospital, y aguardando no menos en sus salas de espera, pensé mucho en el Buda de la Medicina y su esplendente reinado. 
           
La mitogonía budista ha dibujado un amplio panteón de seres superiores que residen más allá de los fastidios crudos de la existencia condicionada. De estos seres emanan Tierras Puras: paraísos si quieren, en donde se puede trabajar a gusto por el bienestar de todos los seres, porque las condiciones son espiritualmente excepcionales.
           
No quiero ignorar una de estas extraordinarias residencias, la de Bhaiṣajyaguru, el Maestro de la Medicina, cuyo fulgor lapislázuli difunde regeneración y libertad inconmensurables.
           
Si la Tierra Pura de Vaidūryanirbhāsa –tal es su nombre– es un lugar ubicable en el continuo espacio–temporal, o se trata más bien de una morada de otro orden, es algo a debatir. Como sea, está ligada mítica u objetivamente al Este. Desde un punto inefable –que en realidad es todos los puntos– nació y nacerá siempre el Maestro de la Medicina con su unción cicatrizante y su mandala magnífico.
           
Sentado sobre una flor de loto de tenues pétalos luminiscentes, este Buda es la matriz coemergente de la apariencia más pura y el inefable vacío. Su mano derecha sujeta una rama de la planta arura. Su concentrada mano izquierda levanta el néctar trascendental. Doce juramentos o votos nobilísimos comprometen al Buda–Médico con todos los seres.
           
Cuando las letras del mantra búdico giran, poderes insondables eflorecen de Bhaiṣajyaguru, que desde su formidable samadhi compasivo, beneficia a los transmigrantes de los tres tiempos y las diez direcciones. En virtud de su actividad prodigiosa, innumerables dolencias físicas son removidas. Pero el Rey de los Médicos no solo alivia la enfermedad tangible, sino además ofrece el amrita de la sabiduría, que remueve el veneno del samsara.  
           
La Tierra Pura del Gurú de la Medicina es un vasto y esplendente jardín balsámico compuesto por comunidades de maestros iluminados, ocupados en la sanación de todos los seres sintientes. Senderos geométricos, constelados de gemas curativas y cruzados por arroyos de aguas milagrosas. Plantas restauradoras que deconstruyen los cánceres de todos los universos. Animales cuya mera presencia y aliento rejuvenecen. Monjes–médicos que se dedican constantemente a poderosos rituales místicos y espagíricos, con el fin de reponer a los infinitos enfermos. Radiantes ángeles, reconstituyendo todo lo que está cortado. Edificios diamantinos custodiando incontables tecnologías medicinales. La Tierra Pura irradia bendición iluminada al espacio todo.
           
Ay, cuando pienso en la dura salud de nuestro país, y en los muertos que van quedando en este estero, en esta profunda gusanera, en este nido de gorgonas, imploro al Buda Lapislázuli: ven a cumplir con la promesa de tu planta, danos tu pan azul, limpia la escoria de nuestros cuerpos y la confusión de nuestras mentes, protege la vida. Que cualquiera que lea este texto pueda alcanzar la salud suprema.


(Buscando a Syd publicada el 23 de marzo de 2017 en El Periódico.)

Netcenter

Día en que un plano cenital de tipo cósmico (la tierra es redonda, es azul, moteada de retazos de blanco, estilo ectoplasma) se acerca en vertiginoso zoom in, traspasa los cielos de Guatemala, se posiciona encima de nuestra malcarada ciudad, y, específicamente, sobre un específico edificio gris, traspasa sucesivos techos, y se detiene en un cuarto o cámara en donde un grupo de netcenteros trabaja con el rictus de quien sabe exactamente lo que está haciendo, aunque no del todo por qué.
             
¿Qué percibimos de estos seres, en esta caverna luminiscente, en este resplandor ensombrado? Percibimos sus manos tecno–mórficas, que teclean incesantes y con cierta compulsión no impostada, y se hacen acompañar de bebidas hipertónicas (latas siempre más vacías que llenas, pues el turno va avanzado). A veces se toman un descanso para ver una página porno, en donde ahora una mujer dilata considerablemente el ano, que boquea esperma, y los netcenteros lo contemplan todo, entre bromas pueriles y misóginas, próximas al bestialismo, en tanto que el screensaver de otra computadora proyecta diseños psicotrópicos de fúlgidos colores carmín, por igual líquidos y fractales, aceitosos y geométricos.
           
Esto, todo esto que llaman un netcenter, todo este fervoroso e insomne nido de pantallas, es financiado por un señor bovino–funcionarial, él mismo un sobrado ignorante en cuestiones digitales, pero empleador de este tipo de estrategias muy poco dominicales, obtenidas, metabolizadas, estas estrategias, a través de ya unos años de posturas rastreras, en este siglo veintiuno que siempre sí tiene algo de neblinoso y medieval.  
           
Ninguno de los netcenteros conocerá nunca a su magno patrono imperial, eso es un hecho; y sin embargo todos trabajan para él con cierto brío acerado, desposesionados de cualquier requerimiento ético, de toda custodia moral, de este o aquel escrúpulo significativo, mientras monitorean las redes sociales, propician una calumnia migada de mala onda, o cranean doctamente un hackeo.
           
En particular uno de ellos destaca por su angulosa entrega, por su afiliación entre mercenaria y fanática, entre pirata y soldadesca, entre furtiva y patriota. De sus dedos, de las junturas magras de sus dedos brota todo un conjunto de defensas desproporcionadas y ataques vergonzantes; tendencias con olor a cloaca y hashtags exultantes; campañas negrísimas y adscripciones bíblicas; troleos babilónicos y apologías viscerales; portentosas difamaciones y prestigios retóricos; falsos perfiles y perfiles falsos…
           
No se hable más: el empleo es hacer y deshacer personas. Y todo eso en contra y a favor sale a la sociosfera digital con inderrumbable convicción, con salitrosa certidumbre, con hervido compromiso, como una quilla memética, para convertirse en un devorador y tóxico trending topic, sobre el yunque crepuscular y gimiente de la opinión pública. El honorable, ebrio de criterios, se subirá a no dudarlo a esta ola impura.
             

(Buscando a Syd publicada el 16 de marzo de 2017 en El Periódico.)

El Papa Joven


1. The Young Pope, de Paolo Sorrentino, es una serie para toda una generación de espectadores que ya han sido afectados por materiales televisivos inteligentes y bien hechos, y ahora están listos para recibir algo sublime.

Quizá hace un par de décadas hubiera sido más difícil que la industria de contenidos absorbiese una ficción seriada como esta, pero hoy en día la televisión no tiene ningún problema con llevar una emisión audiovisual a las últimas consecuencias autorales (y promoverla con una App, el caso de Fox Premium, que este domingo estrena The Young Pope en América Latina). Esto es la creatividad y tradición cinematográfica italiana en todo su esplendor. The Young Pope, siendo una serie, es algo así como una larga película de Sorrentino, fraccionada en capítulos.  

Gracias a Dios ya tiene segunda temporada.
           
2. The Young Pope nos coloca enfrente a un memorable Jude Law, que hace aquí de Papa gringo, de Papa joven, y de Papa autoritario, un Papa que es a la vez falso y verdadero, y con quien las audiencias televisivas ateas y las católicas conectarán por igual.
           
Es porque The Young Pope nos abre la puerta al corazón de la Iglesia, la alta y la otra. Una tarea que no pudo ser sencilla, porque el Vaticano no necesariamente es la institución más abierta del mundo. El reto entonces fue retratarla por dentro, pero desde fuera, a través de lo que termina siendo una hagiografía delirante.
           
Poderosas descripciones de los ambientes físicos del Papa –en este caso, inventado– pero además un sondeo de sus imprevisibles atmósferas subjetivas. Nuestra serie empieza con la llegada de Lenny Belardo, Papa Pío XIII, el nuevo dueño del changarro papal (nuevo en el sentido de inédito, y nuevo pues por joven) entregándonos, en flashbacks, las vicisitudes de su infancia, y en presente sus demonios interiores y fricciones con el establishment vaticano. Todo relevo de Papa es ya difícil, pero este es ya absurdo.

3. Queda claro que este Papa es joven, que joven es, pero resulta que termina siendo, al menos en apariencia, el más antiguo y reaccionario de todos. Es el personaje perfecto para que nos adentremos en la política del espíritu y en el espíritu de la política y, junto a ello, en esos delicados temas perennes: la orfandad, la hipocresía, el pecado. El pecado o esa tenue línea que separa la virtud del pecado.
           
Los graves problemas que vive la Santa en estos momentos, incluyendo la pederastia o el alcoholismo de sotana, no son descartados sino aprovechados mucho por Sorrentino, desjugados. La Iglesia tal y como es hoy, como vive y muere hoy. Esa iglesia que no puede ser sino política, ese pueblo católico que no puede estar sino en crisis.
           
Si el Papa Francisco, que es inverso al joven Papa–Lenny–Law, dijo que un poco de misericordia hace el mundo menos frío y más justo,  Pío XIII en cambio nos da una cátedra de cómo lo gélido nos hace más reales y cómicos.
           
Y más populares, puesto que lo popular es invisible a los ojos. El oscurantismo como estrategia de PR: es lo que pasa cuando se lleva a Daft Punk, Banksy, Kubrick y Salinger al Vaticano, mandala absoluto de la serie.
           
Así es este Papa Pío XIII: urdidor, luciferino, sardónico, secretivo, inasible, tirano y ateo. Pero también es admirable en otro sentido: determinado, imaginativo, y por si fuera poco, santo. Eso lo sabe Sor Maria, su madre adoptiva, monja ella misma, a cargo de Diane Keaton. Y lo sabe el mismo Cardenal Voiello, tatascán del Vaticano, puesto ahí por Silvio Orlando. Estas y otras relaciones íntimas y de poder texturan la serie, que es por igual sensible y conspirativa, y es lúcida y loca, como el mismo Pío XIII.   

4. Siendo una pieza narrativa tan clara, está lo mismo cubierta por esa bruma imaginal sorrentiniana, ese profundo onirismo suyo, lo que en otro lado he llamado su surrealismo seráfico. Una narrativa simbólica, realmente, porque Sorrentino es un gran maestro del símbolo, lo cual da fuerza poética y esotérica a todo lo que hace. Pero el símbolo no sustituye la palabra (ni el silencio, para el caso) que es usada con enorme virtuosismo y contundencia –Sorrentino es el dialoguista más exquisito.

La mirada culta y enterada del director genovés, grave, numinosa, pero también maliciosa y humorística, penetra las intimidades de sus personajes, con toda suerte de comentarios, de insights estéticos. Es lo que uno espera del cineasta europeo más clásicamente europeo que hay en este momento.
           
Sabemos sí que Sorrentino es el rey del esteticismo, y lo que otros hacen muy bien, Sorrentino hace con la sensibilidad de un ángel. Este lenguaje suyo no descuida un color, un hilo narrativo, una palabra.
           
Maestro del detalle, altamente visual, altamente auditivo, altamente audiovisual y narrativo, nos ofrece todo el tiempo imprevistas soluciones de cámara, que lo dejan a uno con la boca abierta, cromatismos exuberantes, formidables perspectivas, drapeados de raccords, un soundtrack sin competencia (Sorrentino es el mejor constructor de bandas sonoras, y quien diga otra cosa será quemado en la hoguera) y una miríada de frases apodícticas y necesarias.
           
Ya la introducción de la serie –con el meteoro viajando a la par del Papa, de cuadro en cuadro, y cayendo por fin en Juan Pablo Segundo, homenaje a La Nona Ora– nos introduce a full a esa formidable atmósfera sorrentiniana.
           
Ópera suficientemente compleja, con una puntuación muy elaborada, pero que no obstante no sofoca su misterio y su sentido. Una ópera infinita en donde un Dios omnilatente estuviera pendiente de todos y cada uno de los instrumentos.


(Buscando a Syd publicada el 9 de marzo de 2017 en El Periódico.)

Carros


Contemplaba el otro día los dos o tres rayones nuevos que hay en la superficie de mi vehículo –cortesía de la prepotencia de una de las vecinas del edificio en donde vivo– y me puse a pensar, entonces, en los carros que he tenido.
           
El primero fue una cucaracha amarilla, del año 74. Alemana. Ese carro se utilizó en casa de mis padres durante tantísimos años (viajábamos en ella por el puente Belice, por las noches, hacia la zona 18, que era donde vivíamos). Como era de esperarse, eventualmente heredé la mentada carcacha. Fue bautizado Cucal por los cuates del colegio. Si les contara las  patoaventuras que viví en esa cosa. Nunca me dejó tirado, a pesar de que jamás tenía gasolina, y de que estaba bastante vergueada. El piso, todo oxidado, literalmente se estaba cayendo, de tal manera que mientras manejaba podía ver la calle. Y sin embargo en otro sentido el carro era muy sólido y Cucal resistió como un campeón toda clase de embates. Lo que no resistió es el robo: me lo robaron a punta de pistola, frente al portón de mi casa. ¿Quién querría robar un carro tan viejo como ese, me pregunto?
           
En fin, después tuve un Daihatsu, que no era exactamente el automóvil más fiable y seguro del mundo. Aún así me llevó a lugares, y entre esos lugares algunos muy nocturnos. Yo agarraba, como siempre agarraba, para el Gallito, para comprar lo que tenía que comprar, escuchando Da Game is to be Sold, Not to be Told de Snoop Dogg, porque yo me creía un chico muy duro. Siendo la clase de drogadicto/alcohólico que era sin embargo no fui yo el que causó el accidente. Me refiero a esa vez cuando una conductora, en la zona 1, tarde ya, decidió prescindir del mensaje enviado por el semáforo en rojo, provocando que mi carro diera vueltas y colisionara ostentosamente. El carro no quedó muy bien que digamos, luego del choque, aunque se reparó como se pudo.
           
Cuando lo terminé vendiendo por nada, yo ya vivía con CL6, que tenía un Golf precioso que eligió darnos una buena dosis de felicidad, y que nos llevó por las carreteras salvajes del país.
           
Más tarde vendría la Negra Tomasa, que es como le decimos a nuestra camioneta actual (el golfito lo terminamos vendiendo, pues no teníamos dónde parquearlo). La Negra Tomasa nos ha acompañado hasta la fecha, realmente nos ha hecho huevos. Así por ejemplo cuando nos fuimos a vivir a Pana (vivíamos en Pana pero siempre había que venir mucho a la ciudad y era entonces una manejadera). A la Negra Tomasa siempre procuramos cuidarla, por el cariño que le tenemos, pero nunca falta el ingrato, o ingrata, que no solo provoca algún accidente, además no asume las responsabilidades del caso. El último de esos percances fue la semana antepasada, por culpa de esa vecina que ya les cuento provocó todos esos rayones, y tampoco quiso pagar ni verga.
           
Veo los rayones del auto, y me duele un poco. Dirán algunos: “¡Pero si solo es un carro!”. No me quiero poner excesivamente místico aquí, pero creo que tenemos derecho a sufrir por lo que, quizá de un modo equivocado, llamamos inanimado, y eso incluye nuestros carros. No es materialismo pues –nunca he sido una persona especialmente materialista– sino todo lo contrario.


(Buscando a Syd publicada el 2 de marzo de 2017 en El Periódico.)

El centro espiritual

Las personas que no se mueven en el ámbito religioso formal no tienen que lidiar con las tribulaciones propias de tener una relación con una religión (o con varias).
           
Las personas que sí lo hacen viven toda suerte de desafíos en dicho ámbito, y uno de ellos tiene que ver con la relación específica que surge con la iglesia, congregación, grupo, sociedad o sangha a la cual pertenecen. Que, para no utilizar distintas terminologías, llamaré, simplemente, centro espiritual. 
           
No soy de los que creen que ir al centro espiritual es a puro tubo estúpido y alienante. Todo depende de la situación del interesado, del momento elegido, del centro por supuesto. Es cierto que hay centros a los cuales yo bajo ninguna circunstancia asistiría, porque en mi consciencia los catalogo como lobotomizantes. Pero de otra parte lo que percibo como malo o bueno para mi persona no tiene que serlo para alguien más, y ni siquiera para mí mismo. Cada quien tiene su propio camino, y ese camino es muchos caminos, y son caminos que cambian, y me parece que las generalizaciones aquí no son extremadamente sabias.
           
No he asistido a muchos centros espirituales, pero sí a un par. Yo diría que mi relación con ellos siempre ha sido compleja. Hay personas que van a un centro y ya no se apartan. Su forma de ser les permite sentirse muy cómodas en esa estabilidad. No comentaré al respecto, simplemente diré que yo nunca podría ser como estas personas, y no lo digo, o no por fuerza, derogatoriamente. No se me puede acusar de que no lo he intentado; pasa que mis propias propensiones son tales que eventualmente necesito un cambio de aires.
           
Aunque a veces sí he tenido alguna clase de compenetración con determinado centro. Y ha sido una cosa de asistir con regularidad, ir a todos los retiros, hacer enorme servicio, todo el rollo. Y me he beneficiado grandemente de ello, y he aprendido mucho. Y este enfoque (que llevado al extremo daría el enfoque monacal convencional) cuenta con la enorme ventaja de que ya todo viene hecho, la comunidad dispone la dirección, y uno simplemente se limita a seguirla. Desde luego hay centros que son más porosos que otros con eso de la iniciativa personal, pero lo que yo he sentido es que el centro a menudo ha frenado mi propio desarrollo, limitado mis capacidades o talentos espirituales. Y además no me ha gustado ese modelo escolástico de alguien enfrente explicándome la cosa y diciéndome como debo llevarla. Aquí hablo de los centros espirituales convencionales, los que típicamente encontramos en Guatemala. Reconozco que es posible encontrar otro tipo de centros, que son más circulares.
           
Pero aún siendo más circulares, siempre imponen una cadencia. Y es ahí en donde me he apartado: para encontrar mi propio ritmo y mi propia evolución y satisfacer mis propias pulsiones de curiosidad. Es el viaje del eremita o yogui arquetípico que prefiere la soledad contemplativa a la vida en comunidad. Una cosa a subrayar es que el ermitaño (que puede serlo en la naturaleza pero lo mismo en un medio urbano) alcanza notables picos estando sin compañía, pero a la vez se priva de ciertas situaciones de crecimiento e integración que solo se pueden dar en relación, en un contexto compartido y en una comunidad intencional. 
           
Otros optan por un modelo anfibio: participan laxamente en un centro –o varios– y a la vez facultan su propia onda. Este modelo retiene lo mejor de ambos mundos, pero de otra parte puede que no consiga realmente comprometerse con ninguno. Todos conocemos esta clase de practicantes light.
           
En lo personal, he circulado (y sigo circulando) por cada uno de estos modos de relacionamiento con los centros espirituales. Todos tienen sus ventajas y desventajas. Agrego nomás que ninguno se da en puridad, puesto que siempre viene con algo de los otros.

(Buscando a Syd publicada el 23 de febrero de 2017 en El Periódico.)

Trabajar en paro

1. Caminaba por la calle el otro día, y me fijé que había un serotal haciendo cola, cola que daba la vuelta a la cuadra. Parecía una de esas colas para sacar los penales, pero de hecho la onda era para una entrevista de trabajo. Es lo que toca a los que no poseen –no poseemos– los medios de producción. En la gran orgía demográfica, unos muy pocos se han champanizado y faisanizado la existencia, y el resto no tiene ni para comprarse el último cigarro. Los trabajos se desplazan veloz y viscosamente muy lejos de nosotros. En estos lares, ya ni digamos. No es por gusto que la mara va a morirse a los desiertos. Es porque se está muriendo de hambre. Pero el hambre ya tiene su muro, y la recesión económica le está haciendo camita a unos karmitas espantosos.
           
2. Por estos días he estado  bastante pisado de trabajo. Conmigo el problema es que vivo trabajando en tierras ajenas –haciendo aparcería, pues– y eso es siempre una mala idea, tirando a pésima. Del periodismo es ya imposible vivir, aunque del mismo se puede morir de muchas maneras. Ya las oportunidades de conseguir una página honesta y remunerada son bastante nulas. Eso me ha hecho moverme a otras zonas laborales. Pasa que la pelusilla corporativa y publicitaria rapidito le saca a uno las alergias. Y eso de estar haciendo corte a los patricios y los cuadros de marketing... ni hablar. Ultimadamente le hago huevos, claro, pero a una persona como yo, subnormal para el networking y todo, es más bien empinado. ¿Qué hay de sus libros?, me preguntan los inocentes. Con mis regalías de mis libros yo no compro un libro. Parece que estoy exagerando, pero no. Si no pongo números es porque me da vergüenza. Así pues, en la parte creativa, la cosa no pasa de concursos literarios (que han experimentado una significativa entropía) y becas, que no son otra cosa que una forma sofisticada de caridad cultural.
           
3. Problemas laborales los he tenido desde siempre. La vida del redactor viene por ciclos de miseria. Aún viniendo del sector privilegiado de la población, y gozando activamente de esos privilegios, me ha cargado, como se dice, candanga. Termino vendiendo nimiedades en portales digitales.
           
Lo bueno es que cuando uno ya no sabe cómo va vivir la próxima semana (o la presente, para el caso) empieza a huevos a ponerse creativo. Como yo lo veo, el trabajador del mañana –es decir, de hoy– ya no podrá limitarse a ser alguien que cumpla una función predeterminada, sino de plano tendrá que asumirse como un diseñador de posibilidades laborales. Los laborantes actuales son criaturas más que nada mutantes, que nada tienen que ver con aquellos monigotes fordianos del siglo pasado.
           
Los trabajadores, si quieren sobrevivir en estos tiempos, deberán convertirse en seres muy panorámicos y visionarios, capaces de diseñar productos y servicios relevantes, y dotar todo eso de identidad, operatividad, organización, comunicación, gestionabilidad. Se ve que no es poca cosa.
           
Pero además las leyes de la cacería laboral hoy se benefician de ciertos principios. Una de ellos es el principio de la independencia, que nos libera de la dependencia compulsiva. El enfoque dependiente tiene por supuesto toda suerte de virtudes… ¡siempre que efectivamente exista! Una cosa que te da el freelanceo es que estás siempre sin trabajo, en cierta manera, ese es tu modo default, y con un poco de inteligencia, aprendés a operar en ese modo, sin que la pálida te congele. Lo escalofriante es cuando esas personas que viven totalmente subordinadas –y que se han endeudado grandemente en base a esa subordinación– pierden el brete.
           
No endeudarse es una buena idea. No amarrarse es una buena idea. No centralizarse es una buena idea. El modelo aquí es más bien móvil, desmontable y es dinámico. Se precisa el olfato del ciego y la sed del lazarillo. También la flexibilidad del taoísta y la mutabilidad del caoísta. ¿Para qué encerrarse en títulos y roles fijos? Por supuesto que la identidad laboral es importante, pero hoy semejante identidad demanda más bien hibridación y la hibridación desindentidad, que libera opciones intrigantes. El secreto es interseccionar habilidades, en un mundo que reclama cada vez más especialización y diferenciación. Es la guerra a los encuadres profesionales comoditizados y salitrados y monolíticos. La auténticas necesidades y oportunidades y sincronicidades competitivas se hallan en los entre–estados laborales, en la crepuscularidad del mercado, en los márgenes. Quizá el Tercer Mundo es el mundo de la oportunidad y ventaja, contrario a lo que creemos. Menos mal que muchas personas del Primer Mundo no se han dado cuenta de que aquí existen tantísimas alternativas intocadas –o solamente tocadas por la mediocridad– porque de lo contrario muchos locales ya estarían sin trabajo.
           
Pero lo cierto es que ya lo están. Y de eso va esta columna. Trabajar en un mundo parado, trabajar en un mundo en paro, será para todos uno de los mayores retos del siglo veintiuno.


(Buscando a Syd publicada el 16 de febrero de 2017 en El Periódico.)

Puertas


Una cosa sé de las puertas. Sé que se abren y que se cierran, todo el tiempo. Tal es su cultura, su manera de ser.
           
Unas son monumentales, otras chiquititas, como las de Alicia; unas bellas y otras chuecas; unas cuadradas y otras octaédricas; unas convencionales, otras son como portales alien; unas, ya se sabe, puertas al cielo, otras van directamente al infierno; las hay que se abren y cierran muy poco, pero otras no cesan de funcionar, porque son puertas fecundas. 
           
Lo que de plano tienen en común estas puertas es que se abren y se cierran. Desde el exterior, desde el interior, o desde el exterior y el interior.
           
Puertas: he abierto y he cerrado muchas. He tenido la fortuna de abrir una puerta y encontrar al otro lado una moneda o una nutria o el amor de mi existencia. Han sido experiencias muy dignas de ser vividas. Por supuesto, me ha ocurrido también que he abierto una puerta y del otro lado no había nadie, solo nada: una nada esbelta y escarlata.
           
Confieso que también he cerrado puertas. Discreta y leve y afelpadamente, o bien de un portazo (era la única manera). No pocas veces me cerré una puerta a mí mismo. Así, por ejemplo, puertas laborales. Mato mis contactos, me peleo con todos, un desastre. Desde luego he abierto y cerrado puertas a otros. Cuando era adolescente cerraba la puerta de mi cuarto, que era como cerrar la puerta de mi mundo, y del otro lado quedaban los que no importaban, que eran todos. Cerrar una puerta en este caso era como implosionar.
           
Se ha visto que hay países enteros que implosionan. Una forma de cerrar una puerta es poner un muro. Trump, más del infierno de lo que incluso creíamos, parece que está cerrando muchas puertas.
           
Por supuesto, otros me han abierto y cerrado puertas a mí. Y yo he quedado afuera o he quedado adentro, según el caso.     
           
Pongamos que me quedé afuera. Entonces exijo que me dejen entrar, que me digan qué está pasando ahí adentro. Otras veces ya ni me importa y ya ni pregunto. Y sin embargo en algunas ocasiones hay que ver qué onda. Peor si son funcionarios los encerrados. Esos víboras.
           
No sé si ustedes tienen clara la función de una puerta, pero básicamente es para dejar entrar y para dejar salir, y para no dejar entrar y para no dejar salir. Todo depende del grado de disponibilidad de la persona que está a cargo de la puerta.
           
Cerrar y abrir puertas es una ciencia y un arte y por momentos un misterio. Puertas, por ejemplo, que se abren y se cierran simultáneamente, cuánticamente. O bien eso que contaba Rumi de que tocaba y tocaba para que le abrieran, para luego darse cuenta que había estado tocando desde dentro.
           
Muy valiosas, las puertas. Yo me he enamorado de muchas de ellas, que por supuesto son entes, son personas. ¿Qué haríamos sin puertas? ¿Saben ustedes que hay universos en donde desconocen el concepto de puerta?
           
Hay desesperados que quieren cerrar la puerta de su existencia. Con lo cual procedo a explicarles que el espacio que hay antes y después de toda puerta es irrevocablemente el mismo. Eso los calma, o los desespera aún más.
           

(Buscando a Syd publicada el 9 de febrero de 2017 en El Periódico.)

Eureka



En mañanas como esta me siento particularmente creativo. Particularmente si me tomo una larga larga ducha.
           
Me pregunto por qué, debajo de la regadera, mi cerebro estalla en ideas y promociona tantísimos ajás. CL6 me lo explicó alguna vez. No sé qué de la ionización negativa. Es todo lo que recuerdo. Tendré que preguntarle de nuevo.
           
Para mí que el regaderazo se lleva la suciedad física y conjuntamente se lleva la suciedad imaginativa, y las ideas empiezan a fluir. No es del todo distinto a ser tocado directamente por la musa Polimnia cuya influencia multiplica las stanzas nobles y los delirios geométricos.           
           
Un buen aseo garantiza una penúltima decente, un cuento chilero, un post irrevocable. También me pasa que mientras me limpio la chilaca de golpe recibo mucha luz respecto a un determinado asunto de mi vida laboral o personal, o de mi devenir general. Algo que no tenía mucho sentido de pronto se cristaliza en una fórmula elegante. Claridad acaece.
           
Se dice que Arquímedes estaba un día dándose una tina, tal vez una paja, cuando comprendió que el peso de su cuerpo era análogo al peso del fluido desplazado por el sumergimiento del mismo. Se fue por las calles, en estado priápico, gritando Eureka. Ya ni se vino. Qué momento.
           
Recuerdo haber leído un artículo, escrito por uno de esos muchos autoproclamados genios de la publicidad, que enumeraba todas las cosas requeridas para tener buenas ideas, y una de ellas era darse largas largas duchas.
           
Yo no tengo problema con darme largas largas duchas. Son largas largas y muy placenteras, aunque también repletas de culpa ecológica (por el líquido desperdiciado), culpa de clase (por el privilegio del agua, mientras hay colonias, barriadas, pueblos y caseríos que nunca la tienen) y culpa general sensocéntrica (cuando pienso por ejemplo en esas zonas africanas en donde precisan caminar millas y millas para abastecerse de una miseria hídrica y en donde solo hay costillares de animales represaliados por la sequía y el sol que hemorragia calor y muerte). La Tierra se mueve para unos. Para otros no tanto.
           
Lo que compensa toda esa culpa es el hecho de que, en la regadera, o Caja Sináptica, como ya le llamo, emanan toda suerte de insights creativos, intelectuales y hasta místicos. Las revelaciones no serán ante el altar, sino ante el Head & Shoulders.
           
Tanto que ahora mantengo un cuaderno de apuntes en el baño, y nomás termina la ablución, salgo hecho pistola a apuntar todo eso. Si pudiera tomar tales apuntes durante la ablución, lo haría. Estoy seguro que algún día, por la urgencia de una anotación, me resbalaré y desnucaré. Pero entiendan que tengo cuarenta años y cada vez menos ideas y las pocas que tengo las procuro guardar. Ese capital visionario es que hay que cuidarlo.

¿No hay ideas? ¿Sufre de página en blanco? Tome una larga larga ducha. No se sorprenda si resuelve la Conjetura de Hodge o incluso la situación del país. Pero para resolver eso último necesitaría una larga larga ducha de cómo un año. Miento. De mil.


(Buscando a Syd publicada el 2 de febrero de 2017 en El Periódico.)

Egológica (2)

Ego es una palabra indefinida y sobredefinida y maldefinida, en la cultura popular. A menudo se confunde el ego con ciertas aflicciones suyas, como el egocentrismo o el egoísmo. Y aún con la salvedad de que el egocentrismo y el egoísmo bien pueden ser respuestas naturales y sanas en determinadas momentos, situaciones y contextos. Así, por ejemplo, es hasta cierto punto normal que un niño muestre un fuerte impulso egoico en determinada etapa de su crecimiento. 
           
En la cultura de todos los días el ego se entiende como una suerte de superávit de autoestima. Esta clase de entendimiento no es necesariamente desdeñable, y puede quizá ayudar a moderar nuestra imagen personal.
           
Pero también puede hacerle no poco daño. A veces nos acusan, o acusamos a otros, de tener un ego grande. Y sí, hay egos grandes como grandes personas, pero no por grandes están dañadas, a menos que tengan algún trastorno de crecimiento.

Análogamente un ego grande puede ser grande y ser normal, a menos que tenga alguna suerte de hipertrofia o hinchamiento. Es decir que la cantidad de ego no necesariamente está vinculado a su calidad. Todo esto es por supuesto una metáfora ­–y una muy engañosa– puesto que un ego no es algo que ocurre en el espacio y por tanto no tiene medida. No es algo que podamos señalar y medir como si fuera un objeto. Esa espacialización del ego es bastante común.
           
Una definición un tanto más seria y clásica del ego es aquella que lo entiende como una suerte de mediador o zona intermedia entre lo impulsivo/instintual y los esquemas normativizadores de la psique. O como un umbral entre la experiencia organizadora interior y la experiencia somática y sensible –por tanto el mundo externo, en el esquema dualista clásico.   
           
Otra definición poderosa del ego es aquella que lo concibe como un posibilitador de identidad e individualización, en tanto que gesto separativo elemental. La manera como establece esta separación es diferenciándose a sí mismo, hasta el punto de considerarse una entidad autosuficiente. Distintas disciplinas, desde la cibernética al budismo, critican esta clase de pretensión ontológica.  
           
Lo cierto es que el ego es algo que podemos deconstruir con relativa facilidad. La meditación, por ejemplo, nos muestra que hay muchos egos burbujeando constantemente. Muchos egos no solamente porque hay muchas personas, pero además muchos egos en cada persona, cristalizándose y descristalizándose, instante a instante. Cada instante es un ego.
           
Con lo cual hemos pasado a temporalizar el ego, como antes lo estábamos espacializando. Pero al final el ego es menos un momento o una extensión que una función. En ese sentido, podría ser más claro hablar, no del ego, sino del egoizar, de una actividad egoificante, pues, con la particularidad de que esta actividad se substantiviza constantemente, ya que tal es su tendencia.
           
Al plantear el ego de esta forma, no queremos desestimarlo o anularlo. Si el ego es un factor de interlocución y una actividad reificadora tan significativa, seguramente no es sabio restarle categoría. Más bien se precisa reestablecer la relevancia de un ego fuerte y sano, capaz de dar al aparato biopsíquico estabilidad y seguridad, y de regular sus distintos niveles de experiencia, desde lo más orgánico y primal hasta lo más sofisticado y transpersonal. Sin el ego simplemente no podríamos funcionar.
           
Hay quienes miran un bebé o un niño pequeñito y dice: me gustaría tener su naturalidad y su libertad. Es usual valorar la libertad pre–egoica por encima de la libertad egoica, prestándole cualidades edénicas. Pero la verdad es que el ego nos permite hacer toda clase de cosas (y en términos de especie, nos faculta una enorme ventaja evolucionaria y estimula increíbles avances, aunque por supuesto ya enfermo el ego ha utilizado esa ventaja y esos avances para los peores fines). ¿Podemos comparar la libertad de un niño con la libertad de un adulto, realmente?
           
Por otra parte, en la espiritualidad se habla mucho de deshacerse del ego, pero lo cierto es que sin el ego seríamos incapaces de avanzar a estados sutiles y transegoicos. Podemos inclusive decir que sin el ego nuestra naturaleza absoluta sería incapaz de reconocerse a sí misma. El ego posibilita la devoción y el amor personal. Afirmamos la importancia de transcender el ego pero para poder transcenderlo necesitamos incluirlo en nuestro proyecto de trascendencia.
           
Todo esto nos hace ver el valor de tener un ego. La cuestión es aprender a distinguir entre un ego sano y un ego enfermo. Un ego enfermo es aquel que ya no se limita solo a responder a las inseguridades del caso, sino que, en un movimiento ulterior, las produce activamente. Lo cual puede verse como un mecanismo muy perverso por parte del ego. Pero hay que entender su ansiedad: para un ego no maduro, son las inseguridades y los placeres infinitos los que encumbran su función y su existencia. Desde luego, con un ego malcriado y sobreprotegido no se llega muy lejos en la vida. Lamentablemente, vivimos en una cultura –una egocultura– que tiende a deformar los egos.
           
Un ego completo y sano es uno capaz de relacionarse consigo mismo, con los demás y con la realidad como tal. Estamos hablando de un ego que se autoconoce y sabe regular sus propias pasiones. Que puede interrelacionarse con otros egos. Y que reconoce su posición en el orden y jerarquía de las cosas.


(Buscando a Syd publicada el 12 de enero de 2017 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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