'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







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De otro lado, hay que entender aquí que nuestra rigidez identitaria ha adoptado un carácter patrilineal. De manera que cuando nuestro espíritu guerrero –profundamente masculino– se une con nuestra intensa inercia atávica eso se traduce como patriarcado. Es la tradición de la violencia ­–resentida, miedosa, fanática, maniquea, iracunda– y nuestras mujeres son por ello las más agredidas. En general es lo que asesinamos, culturalmente: el espacio femenino, imaginativo, horizontal, de la vida patria.

En eso de la intimidad, somos totalmente subdesarrollados. Podríamos ser individuos abrigadores de tiempo completo, seres cuidadores y receptivos, pero la tradición de la agresión se ha sobreimpuesto sobre nuestra delicadeza, por un lado, y por el otro sobre nuestro sentido de resistencia y sacrificio, un rasgo muy admirable (siempre y cuando no se convierta en martirologio y autoflagelo). La violencia verticalista, unida a nuestra sempiterna indiferencia cínica, explica por qué siendo tan gregarios somos incapaces de crear movimientos, organizaciones y manifestaciones que de veras transformen el imaginario y orden social.

En esta cultura patriarcal, lo único que nos sacude y nos importa es el éxito y el poder, con su solemnidad, su falta de humor sano, su gravedad basal. Esa gravedad es el medio de cultivo de dictadores y represores y en general de tantos paisanos–Napoleones que siempre quieren llevar la razón y regimentar demagógicamente los espacios de los demás. 

Lo mejor que pude haber hecho, a los veinte años, es irme emputado de la casa paternal: no hay cosa más urgente que matar al padre. Hay personas, en este país, que a los treinta todavía cohabitan con sus viejos y viejas y hablan y actúan como ellos. Es triste y una vergüenza.

Y cuando por fin se van, los jala la (asquerosa) querencia. Es decir: nunca se van del todo.

La otra vez, estando en un restaurante (supuestamente contemporáneo) de la zona 10, me di cuenta que la música que tenían allí puesta era música de hace más de tres décadas. El puro cáncer de la nostalgia.


(Columna publicada el 26 de junio de 2014.)

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Conservadores somos, y de hueso colorado. Comedidos, contenidos y catequistas. Es una represión asumida y callada. Pero luego hay otra clase de represión, más explosiva y abierta, que se activa cuando mezclamos los propios credos e idearios con las más carnívoras predilecciones marciales, en cuyo caso pasamos de la prédica deprimida y desdentada a una especie de orgía enfogonada de supremacía moral y bíblica (todo lo cual aplica a lo político y lo ideológico también). Se ve que somos tan católicos como evangélicos.

¿Qué más? Cuando estamos inscritos en una línea, en un engranaje, nos sentimos perfectamente en casa, pronto incluso nos inflamos, nos abultamos lo indecible. Eso explica el mal modo de aquellos que han estado demasiado en un puesto, y lo perciben ganado. Cuántos burócratas, ratas de escritorio, funcionarios pálidescentes, y protectores públicos o privados creen que por ser parte de un sistema están exonerados de dar una sonrisa, supurando apatía o agresión. En el sector servicio, lo mismo.

Luego hay que decir lo obvio: el verticalismo en su manifestación enferma se traduce como prepotencia injusta, como opresión jerárquica, y desde luego como exclusión, en múltiples variantes: segregación económica, gélido clasismo, nacionalismo egótico, racismo tan profundo, discriminación por género y de orientación sexual. La homofobia es rampante, dando lugar a toda clase de vidas reprimidas y existencias de clóset, muchas de doble rasero.

En fin, es el guatemalteco que establece un nauseabundo sentido de superioridad sobre sus compatriotas. O, recíprocamente, un nauseabundo sentido de inferioridad, de sumisión, ya sea en relación a otros guatemaltecos, o bien a un grupo de extranjeros (por ejemplo a los gringos, como se vio en 1954).

Porque atacamos y devaluamos al otro, y porque nos atacamos y devaluamos a nosotros mismos, es que nuestra autoestima colectiva está por los suelos. Es la guerra de los estereotipos.


(Columna publicada el 19 de junio de 2014.)

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Seguir es lo que nos gusta: sigamos pues.

Tradiciones mayas, criollas y mestizas: las hay para todos los gustos. Nos cautiva lo milenario y lo que huele al armario de la abuela. No cambiamos mucho ni rápido, aunque para decir lo justo, cuando por fin cambiamos, el cambio es solido, no es aire.

Pareciera que el mundo del guatemalteco es uno muy definido, excesivamente estable. Incluso como ruptores somos tradicionalistas –y no aceptamos que alguien difiera de modo distinto. El guatemalteco siempre quiere redimirse a sí mismo a través de la continuidad. No hay ninguna cosa demasiado repentina en el llamado chapín: el connacional ama las configuraciones inalterables, paternales, incluso las que odia, incluso aquellas que lo tienen de rodillas. Eso le hace un ser constante, por un lado, pero por el otro le convierte en un inmovilista, y asimismo en alguien que inmoviliza al vecino. Sencillamente no le gusta que avance, incluso adora que retroceda. Lo de la olla de cangrejos es completamente real, pasa que es una analogía que a veces se utiliza tendenciosamente para alejar la crítica, y eso tampoco lo vamos a permitir. Por demás, refrenar la crítica también es una forma de ser “cangrejos”.

Añadamos que el guatemalteco es ligeramente xenófobo, en el sentido genérico de que desconfía del Otro pues trae aires de alteridad (“¡injerencia extranjera!”, exclaman, violáceos) y porque el Otro es aquel que le refleja sus propias inconsistencias. Un ejemplo: da risa, es decir tristeza, cuando el guatemalteco se pone a hablar tanta mierda de los mexicanos (más recientemente de los suizos).

Por supuesto, aquel que se atreva a salir del orden establecido será inyectado con una amarillenta dosis de culpa. La culpa heredada y colectiva transforma diabólicamente la pureza de un pueblo en un puritanismo degradado y artificial.


(Columna publicada el 12 de junio de 2014.)

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De nuestra espíritu gregario y acomodaticio se puede decir muchísimo, pero diré poco.

Diré que el guatemalteco no es de la clase de habitante ruinoso que le pedís una dirección y te devuelve un escupitajo rugiente. Muchos consideran, y yo entre ellos, que aún podemos encontrar buenas maneras en el pabellón de la convivencia nacional.

Es correcto decir que la vida urbana –la vida moderna– ha traído indiferencia, ha traído frialdad al espacio intersubjetivo. Es verdad que las condiciones de vida actuales –con sus oleajes de miedo y agresión– nos dificultan regalar una sonrisa. Estamos viviendo un momento de contracción en nuestra consciencia relacional, pero ello no tiene por qué ser algo definitivo. De hecho, pervive en el guatemalteco una cierta amigabilidad, una especie de energía considerada, y me arriesgaré a decir que, en ciertos momentos crepitantes, incluso alguna camaradería empática.

Lo malo es que a menudo esa energía brota como hipertrofiada complacencia, que por supuesto da asco; otras veces degenera en manipulación, a ratos muy ladina; o bien se transforma en populismo, en chumul, pues.   

Como ya dije, los guatemaltecos somos profundamente gregarios–vicarios–súbditos, y damos muy poco lugar al individuo, o lo que es lo mismo, al disentimiento. Al guatemalteco, ya de sí, le gusta ahorrarse a veces los enfrentamientos y las comunicaciones frontales, por su forma de ser tan retentiva, pero ello combinado con su pretensión de no desagradar, se vuelve una receta letal para la conflictividad congelada, que revienta como violencia, o encalla en depresión.

Otra cosa que he comprobado es que en su afán de quedar bien y ser aprobado por el otro, o de impresionarlo, el guatemalteco gustosamente se transforma en un charlatán, en una cotorra.


(Columna publicada el 5 de junio de 2014.)

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Si bien lo matizamos a ratos con cierta pulsión conciliatoria, nuestro humor puede lo mismo llegar a ponerse muy pesado. De que nos pasamos, nos pasamos, con eso de la sátira: nos resulta fácil caricaturizar hasta la crueldad, hasta la más pura mierda indiferencia.

Insoportables ya éramos, pero algunos nos pusimos más insoportables el día en que la posmodernidad atracó en la república bananera. Despertó en nosotros la ironía más ramera que nuestros axones neurales jamás habían procesado. El chiste neurótico, la irreverencia sin amarras, la procacidad orgiástica, el memenazismo, justificado por el relativismo–cocaína. Escribí algo al respecto en una columna llamada Humores que matan (disponible en mi blog de Buscando a Syd).

Me autocito: “Bromeando olvidamos que esos asuntos que tan ramplonamente convertimos en bufonerías chafas son de vida y muerte. Y así vamos manchando nuestra ironía de sangre”.

Una cosa que me deja perplejo es como los guatemaltecos toman a broma lo que viene en serio, y en serio lo que viene a broma. Y la capacidad que tenemos para devaluar, todo el puto tiempo. Ni se le ocurra a Vd. celebrar o admirar a un tercero. En ese mismo momento será acusado de complacencia y compadrazgo, y puesto en el patíbulo de la ridiculización pública. También es ridiculizado aquel que busque un poco de profundidad en la vida, de honor y de palabra. Todo eso es fuente de grandes risotadas, para empezar en la mesa.

Lo único permitido es el chisme y la farsa. Farsantes somos una buena fracción de la extensiva chapinada. Por farsante y por fulano es que yo me pongo a escribir de virtualmente cualquier cosa, sin saber nada de ninguna. Es, ya expliqué, un instinto de sobrevivencia literario.

Pues sí. Vivimos en un país pequeño. En un país bufón.


(Columna publicada el 29 de mayo de 2014.)

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Bretea el lazarillo, porque ni modo, pero también le fascina el peluche. Nuestra morosidad nacional viene sintetizada en una expresión cósmica guatemalteca, que todos conocemos: “Fíjese que”.

Usted va a recoger un mueble al tapicero, y el tapicero le dice: “Fíjese que”. Usted va con el mecánico, y el mecánico argumenta: “Fíjese que”. Usted le pide cuentas al marido, y el marido responde, el hijueputa: “Fijáte que”.           

Huh.

Cínicos, malhablados, impuntuales, parasitarios, chapuceros, y sobre todo holgazanes. Escatimadores de esfuerzos y recursos. Expertos en salvoconductos y justificaciones. Ya sé que antes había dicho que tenemos algo de remachones. Pero como yo lo veo, somos huevones y jornaleros al mismo tiempo. Es otra de nuestras contradicciones identitarias, salvo que en eso de la identidad no hay contradicciones.

Lo lazarillo y lo payaso. Hermoso mosaico bufón el nuestro, hecho de teselas en forma de guasa pulida. ¿Han escuchado a los contadores de cuentos de Zacapa? ¿Leído alguna vez a Marco Augusto Quiroa, al increíble Monterroso? ¿Analizado la capacidad que tienen unos compatriotas para poner apodos (aquí recordé a Marco Antonio Flores)? ¿Visto los memes de los chapines, tan idiosincráticos? Aún recuerdo aquel sagrado momento cuando, siendo un ichoco de cerebrito inocente, abrí por primera vez una Extra, y, ah, recibí esa esplendente guaca visual/verbal, en todo su octanaje.

Por supuesto hay que mencionar la Huelga de Dolores, muestra total de nuestro genio chocarrero; a mi forma de verlo, el desfile bufo es un evento extraordinario y único en el mundo, con todas las críticas que uno pueda realizarle.


(Columna publicada el 22 de mayo de 2014.)

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Algo así: somos por un lado inocentes, por el otro nada inocentes. La dimensión marrullera desmiente nuestro bon sauvage. Nos referimos a cierto espíritu socarrón y astuto que caracteriza al guatemalteco. A veces es un espíritu con gracia y puntería, pero luego también es sucio, tosco, crudo, mamarracho como ninguno. El abogadillo artero, el grasiento diputado en tribuna, allí tienen ustedes un par de ejemplos de ello.

De los españoles heredamos muchas cosas, y en cuenta un estilo de ser picaresco. El mismo está muy presente en guatemalteco amestizado, pero también es a ratos rastreable en el indígena, que tiene lo suyo de trickster.

Del lazarillo local ya he hablado antes en mis escritos. Así por ejemplo en una entrevista que le hice a Velorio (Velorio: ladino y lazarillo, la pueden googlear). En términos generales,  yo creo que sin el arquetipo del lazarillo, el guatemalteco no aguantaría la vara, psicotizaría en el acto. Es un arquetipo para nosotros muy necesario, porque nuestro medio es muy, muy pesado. El lazarillismo da el ingenio necesario para vadear la ingrata cotidianidad. Alguna vez escribí que Guatemala es un gran país–Lazarillo.

Si usted funge como bandera en un barrio duro, si ha puesto a jugar sus habilidades como merolico, si sabe lo que es ser brocha en una camioneta, si cumple como guajero en la entraña hedionda de la bestiabasura, entonces usted es, a no dudarlo, un lazarillo. También aplica en algún grado si es escritor en Guatemala (a menos, claro, que sea Francisco Pérez de Antón) pues la escritura aquí es un oficio marginal que demanda que recurramos a las más ingeniosas y sátrapas técnicas de sobrevivencia literaria.



(Columna publicada el 15 de mayo de 2014.)

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Y el problema con fortificar es que no ingresan aires nuevos. Rígidos porteros, guardianes medievales, nuestros límites no son orgánicos, inteligentes o flexibles.

Esta mentalidad defensiva muy pronto se pone anticipatoria, hiperprotectiva, paranoica: ya ofensiva.

Lo que hacemos es imaginar un enemigo, inventarle agendas hostiles, luego adoptar el credo: “la mejor defensa es el ataque”. Atacando, creamos al adversario que tanto temíamos. Nuestra tendencia guerrera, en su versión demoniaca, ya se ha apoderado, víricamente, de nuestra personalidad preservadora (lo cual explica por qué, siendo tan acreditados conservadores, somos tan pésimos conservacionistas). Hemos sido intervenidos por el terror y la lógica ellos–nosotros, a menudo puesta allí por los regresivos curadores del statu quo, con solo un interés en mente: proteger su dinero, su ideología, su vino en la cava, y su hueso en el poder.

Es completamente cierto que a ratos nos preocupamos por la seguridad e integridad del otro y del medio. Pero de un tiempo hacia acá no hacemos más que abrigar nuestro pavor, nuestros pueriles escapes, todas las cosas equivocadas. ¿Por qué no custodiar mejor el coraje y la ternura?

Añado que cuando hallamos una manera de hacer las cosas, un protocolo, no nos cuenta seguirlo, pero nos cuesta un montón deseguirlo. De allí sacamos la disciplina remachona. Sin ser monjes zen en sesshin, un sentido de vigilancia tenemos. Ordenaditos, cautos, incluso consistentes.   

Eso hasta que se nos se nos mete lo cínico y lo lazarillo, de lo cual hablaremos seguidamente.


(Columna publicada el 8 de mayo de 2014.)

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Quizá debí hablar antes de nuestra tendencia a conservar. En efecto, los guatemaltecos somos conservadores.

Hay guatemaltecos puntuales que vanguardizan, es cierto. No sé: un Cardoza y Aragón, un Luis von Ahn. Pero ello no significa que el guatemalteco sea genéricamente explorador, innovador, ni mucho menos. Nuestra cultura no facilita el encuentro con lo inédito, no estimula el toque de lo original. Así pues, los antes citados tuvieron que irse, más bien corriendo, a la chingada. De otro modo no habrían hecho lo que hicieron, o por lo menos no de la misma manera. Nuestra fijeza cultural, pétrea y térrica, los habría en una medida paralizado. 

No hay lugar aquí para los individuos, solo para los inseguros y los congregados. Somos profundamente vicarios y súbditos, e intolerantes con la crítica. Eso se vio en nuestros llamados movimientos revolucionarios, que no revolucionaron nada, se enhielaron sin remedio.

Nos movemos en chumul, por tanto con gran lentitud, con gran burocracia, con gran régimen. No tomamos grandes riesgos; por el contrario, una existencia previsora, ahorrada, arraigada, predicadora, apaciguada, escrupulosa y nada ardiente es la que mejor nos agrada, colectivamente hablando. Tata y guachimán, combinación terrible. Cuando nuestro lado conservador y nuestro verticalismo autoritario se ponen en connivencia, es la catástrofe de lo estático.

Eso es vivir la vida con avaricia, sin entrega. Hasta nuestros supuestos iconoclastas son seres francamente moderados, y terminan deglutidos por la masa, salvo honrosas excepciones y personajes, muy pronto crucificados, o condenados a la indiferencia. Individualistas no: pasa que, aún siendo tan gregarios, tenemos una tendencia a aislarnos: a fortificar.


(Columna publicada el 1 de mayo de 2014.)

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Cierto que por ser luchadores aguerridos hemos aguantado los peores infiernos; pero a veces hemos creado esos peores infiernos por ser aguerridos luchadores. Es un catch–22.

Una lástima que no hayamos aprendido a sublimar nuestros impulsos belicosos para ponerlos al servicio de la noble resistencia, la sociedad alumbrada. Más bien lo contrario, Guatemala es el perfecto machote del sadomasoquismo navajero a escala estatal. Siendo como somos de la tierra, hemos traído a la tierra guerra, garra y muerte.

Hace unos meses, una nota periodística nos explicaba que la Monja Blanca se ha extinguido de los bosques del país. De ser cierto, bien podría metaforizar lo mucho que hemos dado la espalda a nuestra propia ternura y a toda fineza. Felicitaciones, hermanos chapines: nos hemos convertido en cuatreros, violadores, mareros, secuestradores y victimarios de tiempo completo. Cuando el peatón cruza la calle, el carro acelera.

El horror más grande, el sacrilegio más incomparable, es cuando el guerrero mata al quetzal. O ya fuera del territorio mítico, cuando una madre ixil y su hija de siete años son profanadas simultáneamente por una jauría de soldados. Es cuando el combatiente guatemalteco, en vez de velar por lo frágil, lo aniquila.

Quisiera añadir que, al mezclar nuestra ingenuidad terrenal con nuestra energía confrontacional, caemos en zonas peligrosamente regresivas: convicciones religiosas mítico–integristas y creencias políticas crudas y predadoras (o la mezcla de ambas: Ríos Montt). Y decir que cuando el guerrero se une al bufón que hay en nosotros, surge, muy simplemente, el bully: el que se burla coercitivamente de todos, mientras les baja a vergazos los dientes.


(Columna publicada el 24 de abril de 2014.)

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Así nuestra reciente guerra civil que, sin alcanzar la dimensión de otros conflictos similares en el orbe, fue una cosa en realidad inmedible. Pervive entre no pocos guatemaltecos un gran respeto por los combatientes que allí obraron, sean de la guerrilla o del ejército.

Del ejército por supuesto hay que hablar. No extraña que haya sido y continúe siendo una institución tan autorizada en el país, y que muchos de nuestros líderes, gobernantes o dictadores hayan sido de hecho militares, creando escenarios históricamente catastróficos. Está claro que el rol de los guerreros puros no debiera ser en ningún caso el de gobernar, porque gobernar es –lo es en principio– una actividad del conocimiento.

Y sin embargo, la idea no es negar la inclinación combatiente ni su nobleza, que la tiene. ¿Dudaremos que la lucha ha tenido un rol a veces necesario en la historia humana? A veces, el uso de soldados, estruendos y conflagraciones es legítimo. Y nunca es recomendable olvidar cómo defenderse.

Innumerables guerras han tenido que darse para que un pacifista pueda despreciar la guerra. Su postura es una prerrogativa producto de muchas batallas y crisis evolutivas. A menudo, es una postura no examinada. Es de leer las críticas de Krishnamurti o Aurobindo a Gandhi. La noción de ahimsa presenta toda clase de complejidades.

Por otro lado hay que entender lo obvio: la dimensión guerrera no tiene que pasar por fuerza por las armas, siendo por supuesto la idea trascenderlas. Un arma es un karma. Más cuando no obedece a ningún principio de consciencia, condición mínima. En tanto que sociedad altamente armada, damos rasgos de un irracionalismo fascistado.

(Columna publicada el 10 de abril de 2014.)

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Como yo lo veo, si vamos a tener un escudo de armas, como el horrible que tenemos, lo mejor es que lleve un quetzal incorporado, un toque de sensibilidad.

La verdad es que necesitamos toda la delicadeza de la cual podamos echar mano. En el guatemalteco, hay una criatura inflamada que adora darse verga. Subvenciona toda clase de afrentas –de pensamiento, palabra, obra, o pasivoagresiva omisión.

A veces nuestros ataques son los de un estratega milimétrico. A veces estamos tan enojados que simplemente psicotizamos. Y cuando despertamos de esa bruma hermética y paranoide resulta que tenemos las manos llenas de sangre: hemos matado operáticamente a nuestra esposa o bien agarrado a machetazos a un desconocido en la cantina.

Ya sea por la vía de la metódica provocación (que yo llamaría conformidad violenta) o de la explosiva hostilidad (violenta inconformidad) impregnamos nuestra esfera colectiva de un aura de tensión. Ojalá fuera tensión creativa, conflicto creativo. Rara vez lo es.

Nadie podrá jamás negar que los guatemaltecos somos seres profundamente marciales. Incluso contamos con una facción predadora de élite, los llamados kaibiles.

Esto viene de atrás. Sabemos que la sociedad maya del pasado era una sociedad con fuertes latencias belicosas. De ishto, se me inculcó la idea de que aquella era una sociedad técnica, epistémica y sacerdotal, lejos de las cábalas de la sangre. Nada más falso. En realidad, esos señores también tenían lo suyo de crueles sombríos cabrones.

En términos generales, nuestra historia prehispánica, colonial, moderna y posmoderna está repleta de episodios salvajes de atropello, tortura y sepulcro.



(Columna publicada el 3 de abril de 2014.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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