'Buscando a Syd'... De todas las columnas de opinión, seguramente la más puta de todas: y no por arrendada, por andar de alquiler, sino por abrirse a cualquiera cosa, temas, lenguajes, y tonos… El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Un escritor de relámpagos… Es lo que soy... Maurice Echeverría

El patojo y el caballo


Volví a ver en la tele esa película de Tom Hanks tan burlesca, tan sensible: Charlie Wilson´s War. La historia real de un senador que decide apoyar a los afganos en plena guerra fría. Un tiro que le salió muy por la culata. Todos sabemos que las incursiones de la CIA en Afganistán pavimentaron el 11/S.

Hay muchas cosas relevantes en esta lica, pero una muy especial es cuando el asesor de la CIA Gust Avrakotos relata la historia zen del patojo y el caballo.

Es una historia muy conocida entre nosotros los budistas. No recuerdo exactamente cómo la cuenta Phillip Seymour Hoffman –quien hace de Avrakatos en el filme– pero les improviso una versión.

A un patojo le regalan un hermoso caballo. Y el patojo refeliz, con su caballo nuevo. Y la gente diciéndole vos qué lindo caballo vos. Pero el padre del patojo no parece tan entusiasmado: “Ya veremos”, dice. Un día el caballo se le huye al patojo. “Qué metida de huevo”, exclama el patojo. Por toda respuesta, el padre expresa: “Ya veremos”. El caballo vuelve, y además con otro caballo. “Mirá qué lujo de bestia”, le comunica a su padre el patojo. Y el padre: “Ya veremos”. El patojo decide montar el nuevo corcel, y el animal lo tira al suelo, con lo cual el patojo se quiebra la pata. “La vida es una mierda”, deduce el patojo. “Ya veremos”.

Y es cuando llega el ejército a reclutar a la fuerza a todos los jóvenes del pueblo. Pero al patojo no se lo llevan. ¡Como no puede caminar...! Ésa es la historia.

Por supuesto, la historia no termina aquí. El caso Rosenberg no termina aquí. Las hordas afiebradas salieron a las calles, con una urgencia que nada bueno prometía, y a los que dijeron “ya veremos” se les acusó de antipatriotas. Hoy se están hartando varias de sus palabras, para regocijo de otros triunfalistas. Pero éstos no deberían regocijarse demasiado, pues como diría un personaje de Onetti, “a ellos también les llegará su fracaso”. Ya verán.


(Columna publicada el 28 de enero de 2010.)

La vieja


La vieja –¿cómo se llamaba la vieja?– sintió el terremoto y su colección de sacudidas, no como una amenaza, sino como una aceleración, un embrujo. Había temblado muy fuerte en Puerto Príncipe.

Cuando finalmente pudo salir de su casa –o de lo que quedaba de ella– le tomó un cierto tiempo ordenar las figuras, lo que aparecía enfrente: los gritos, la sangre bronceándose, las materias humanas, los fantasmas flotando sobre los pedazos de algo, las negras tribus pidiendo alguna clase de gitana justicia. Miraba a las madres ya sin hijos, y a los hijos ya sin madres. El terremoto se había alargado como un lamento. Pero no un lamento: un rugido, una decisión de la tierra. Parecía ser que la tierra había por fin tomado una decisión, en provecho de quién sabe cuáles dioses bestiales.

La vieja pensó en su marido: su amarillento y negro esposo, tomando de botellas siempre llenas de alcohol y saliva repulsiva. Ese viejo –¿cómo se llamaba el viejo?– le había pegado durante una vida entera, la había envuelto en una oscuridad de insultos, la había engañado con incontables mujeres. Ahora yacía con el rostro desfigurado bajo una piedra formidable. Primero le había caído un segmento del muro, sobre la pierna, ajusticiándola, pulverizándola. “Ayuda, ayuda”, dijo él con voz muy suave, una voz descendente. Sus casi irreales sollozos no fueron oídos por nadie, salvo por la vieja. Ella entendió que había llegado por fin el momento. Así que tomó la piedra. No se sabe de dónde sacó las fuerzas necesarias para levantarla, pero lo hizo, y luego la dejó caer sobre la cara implorante del viejo.

En los próximos días, se pusieron a quemar a los muertos, toscamente en la calle. O los pusieron en grandes fosas comunes, para que coagularan mutuamente. Pero muchos quedaron sepultados entre los escombros. Entre ellos, un viejo decrépito y alcohólico. En la ciudad, un espíritu muy lento, muy lento, se había establecido.


(Columna publicada el 21 de enero de 2010.)

El freelance

Ninguna clase de título académico cuelga de las paredes del exitoso bufete que no tengo. No hay universidad que me acredite como alguien viable para resolver excitantes dilemas en el terreno de las úlceras pépticas. Es evidente que no sabría hacer un plan de marketing para una compañía telefónica, y jamás he leído la obra de Toynbee, ni puedo catalogar coleópteros o diseñar estructuras fractales, y mi experiencia como actor es lamentable. Cuando otros estudiaban para ser arquitectos, yo espiaba supernovas a través del humo de los cigarros de la madrugada. Y escribía poemas. Es decir que yo era un vago, pues.

Sería deshonesto decir que sigo siendo un vago, pero para no desacreditar una identidad que me tomó demasiados años elaborar, diré que soy algo que se le parece bastante: un redactor freelance. Se puede decir que un freelance es algo así como un vago funcional. El freelance es dueño de sí mismo. Si trabaja en casa, se podrá rascar a gusto los huevos sin que alguna colega adyacente de módulo –la famosa colega modular– se indigne y ponga queja. Trabaja a la hora que le plazca y parte a Monterrico cuando le da la gana. Pone un viejo álbum de los Stooges a full volumen sin temor a represalias por parte del criterio colectivo. Lo apadrina un cierto espíritu de trovador errante, que canta canciones de libertad en los caminos autrótofos de los servicios independientes.

No todo es glamour. A veces pasan las semanas, y no cae ningún brete. De allí que el freelancer no siempre esté en condiciones de escoger sus trabajos, contrariamente a lo que dice el mito. De hecho, a veces se ve obligado a realizar los encargos más ingratos por una paga que no cabe calificar sino de asquerosa. Y además sin IGSS o Bono 14, ni cheque inequívoco al final de mes. Pero hay de todos modos en toda esa incertidumbre un cierto pequeño heroísmo antisistema, una minúscula pero digna autonomía periférica, que me atrevo a elogiar.


(Columna publicada el 14 de enero de 2010.)

Dos filos

El gobierno circunvala como puede lo evidentísimo –la seguridad pública, la vergüenza atómica de esta administración– y en vez de optar por una admisión elegante de calado, que le haría mucho bien, responde para otro lado.

La verdad tan nuestra es que todo el mundo le está poniendo a todo el mundo. Ya ven que terminando el año me asaltaron, en el Barrio Ciudad Vieja: dos cuates bajaron de un carro negro, con vidrios polarizados, me ofrecieron matarme. Consideré por un segundo la oferta, que no dejaba de ser sugestiva, pero preferí darles el celular & la billetera. Estoy hablando del Barrio Ciudad Vieja, que no es exactamente un barrio rojo. Por el contrario, alberga dos embajadas –la de México y la de Estados Unidos– a las cuales por cierto les va a encantar la idea de que un carro negro esté peinando las calles del área en busca de mártires urbanos, sin importar que sean turistas chilangos o canchitos beatos de Iowa.

No es la primera vez que me asaltan (ni segunda, tercera o cuarta) ni será la última. Y como yo, miles. Sin hablar de toda esa actividad criminal que nunca emerge a la consciencia pública. Cuando puse la denuncia en la Estación de Policía –más para recuperar la licencia que por otra cosa– me fijé que en la pizarra en donde van apuntando las estadísticas criminales de todo el año, no aparecía un solo secuestro. Lo cual es simbólico. Naturalmente, secuestros se dieron en paleta en el 2009. Es un hecho que Gobernación les pide a las víctimas devueltas que mantengan el asunto en secreto. Hay varias razones para ello, no todas se me figura democráticas.

Lo peor de todo esto es que en las próximas elecciones los guatemaltecos no buscarán un presidente o un estadista: buscarán un maldito guardaespaldas. Pero sepan que todo guardaespaldas es siempre un arma loca de dos filos.


(Columna publicada el 7 de enero de 2010.)

Los cuetes del futuro

Hay siempre una Dirección General de Caminos pavimentando con buenas intenciones toda una variedad de carreteras al infierno.

Un ejemplo: invitaron al hijo del guardián a celebrar la Navidad. Y es indudable que el hijo del guardián estaba feliz, y suyo era el gozo de quemar cuetes, y alagrán como se hartaba de chocolates y marshmallows, y es como si las luces chinas no estuvieran reventando en el cielo sino en su alma misma. A las doce, dieron las doce, y todos se fueron adentro, a abrir los regalos, junto al fuego bien próspero de la chimenea.

Los niños abrieron los regalos. No abrieron un regalo: abrieron dos y cinco y siete y diez y cien regalos. Se formó una ciudad echa de papel de regalo por tanto regalo que los niños abrían.

Pero entre tanta alegría y entre tanto cueterío había un silencio: el hijo del guardián lo estaba mirando todo, sentadito en el sofá, hijo del guardián, es cierto pero como huérfano a la vez, porque no había ni un regalo para él. Y ese silencio fue impregnando el ambiente festivo, y todos en el cuarto se fueron sintiendo progresivamente amierdados. ¿Quién, díganme quién en ese momento se atrevió a ponerle una mano al patojo sobre la cabeza, y decirle que este mundo es justo? El mundo es lo amarillo del mundo y nada más. Es cierto que alguien con un sentido de decencia le deslizó un billete al niño, pero no es lo mismo un billete improvisado a un regalo como Dios manda, envuelto en mil fotones de colores y con su moña respectiva.

Después el silencio se fue deshaciendo como hielo en un vaso de whiskey, y enseguida estaban todos de vuelta quemando cuetes en la calle. Incluido el mismo hijo del guardián, que pronto olvidó el episodio de los regalos: se le vio eufórico, y se le vio riendo. Pero algún día recordará este momento, oyendo los cuetes del futuro, y se sentirá triste, y beberá.


(Columna publicada el 31 de diciembre de 2009.)

El robo de Auschwitz


Como ustedes saben, la semana pasada robaron la famosa inscripción que aguardaba al necroturista a la entrada de Auschwitz, y que decía: “El trabajo os hará libres”.

¿Cómo es que nadie lo había hecho antes?

¿Será por razones de logística? Está claro que un operativo de esta naturaleza impone ciertos rigores de coordinación, pero tampoco tenemos por qué considerarlo un trabajo especialmente imposible. En realidad, el portavoz de la policía local dijo que para remover la señal lo único que tuvieron que hacer fue desatornillarla de un lado y arrancarla del otro. Para una banda de profesionales con visión –de la clase que ingresan a una fortaleza de la cultura y se roban una pieza cumbre de la plástica surrealista y en el acto se pasan a la Interpol por el zereguete– esto no pasa de ser algo así como robarse un marcador en un Hiperpaiz. De hecho, quienes robaron la inscripción no eran precisamente Danny Ocean y sus finos colegas, más bien un grupo de ordinarios cuatreros eslavos.

¿Será que no robaron la placa antes por falta de compradores? Seguramente existen en el mundo suficientes extravagantes coleccionistas con una avidez vampira por estos fetiches, o inclusive millonarios nazisimpatizantes –muy delgados, bigotillos pulcros y sardónicos, de esos que invierten cantidades obscenas de dinero en desislamizar a Europa– con un enorme interés en reunir estos artefactos para ponerlos luego en una recámara especial, junto a los guantes de un oficial de la SS, o las osamentas de una niña judía.

Y es aquí a donde quiero llegar. En realidad, sólo puedo pensar en una razón por la cuál no se robó este signo antes, y es porque semejante acto exige una colisión directa con la indignación total de la humanidad. No fueron los acortados 1,200 euros propuestos por la policía polaca quienes hallaron a los culpables del atraco, me parece. Fue una fuerza mucho más sensible, más poderosa, y superior.


(Columna publicada el 24 de diciembre de 2009.)

22 Escarabajos


Cuando Dios cayó en cuenta que en su vasto universo había una cierta grieta por donde goteaba el mal, entonces a modo de enmienda, hizo a los Beatles. Los hizo ni muy aguados ni muy rígidos. Los hizo con masa de tortilla.

Es lo que dicen unos teólogos. Otros dicen que el Creador tiene exactamente cuatro largos dedos, con los cuáles se mantiene tocando a perpetuidad en el piano la melodía bruja de I am the walrus. Lo cuál resulta bastante más plausible.

Como sea. Lo que de plano es incuestionable es que la divinidad y los Beatles van siempre de la mano. Y que todo hombre temeroso de Dios está en la obligación de honrar al cuarteto de Liverpool, o corre el riesgo real de ser eviscerado durante eones por pequeños enanos hostiles envueltos en papel de celofán, mientras pantallas de televisión emiten una y otra vez la semifinal de la Academia.

Esa clase de castigo no estoy dispuesto a soportar.

Por eso, cuando el escritor español Mario Cuenca Sandoval me invita a colaborar en su antología 22 Escarabajos (Antología hispánica del cuento Beatle) yo le digo a huevos sí y faltaba más. Las obligaciones místicas, antes que nada.

Me puso, y yo agradecido, junto a mara de loco talento –Creyentes, a no dudarlo– y autores que van engrudeciendo el nuevo panorama literario de nuestra lengua, y que se nota no necesitan tecomates para nadar. Especialmente los hay algunos en la segunda parte del libro –Javier Fernández, Xavier Velasco, Roberto Valencia, Leonardo Aguirre– que producen vibraciones literarias superespeciales de tonos muy profundos y violetas.

Yo, que soy un lazarillo y un pelado y un polizonte nada más, espero por mi cuenta no haber traicionado demasiado al Todopoderoso ni a Lennon (acaso lo mismo) con el homenaje nativo que a éste le hice. Dios nos guarde de los homenajes chafas.


(Columna publicada el 17 de diciembre de 2009.)

Sin pedo en Pana

Si algún infeliz me hubiera asegurado el año pasado que: 1) en cuestión de meses ya no iba a poder nadar más en las aguas del lago, so pena de que una entidad toxicomutante celebrara quién sabe qué clase de aquelarre infeccioso en mi organismo; 2) y además que hordas de híspidos individuos iban a quemar patrullas y a achicharrar indeseables como marshmallows en la pinche Santander, yo no le habría creído.

Mentira. La verdad es que sí le habría creído. De hecho era lógico que ocurriese. De hecho siempre me había preguntado porque esa práctica tan sololateca de pulverizar cacos no había viajado los pocos cientos de metros que la mantenían apartada de las riberas del lago y se había asentado a sus anchas en las consciencias sensibles y paranoicas de los nativos –o nativos extranjeros– y no es para menos que fueran paranoicas si hasta los mareros ya andaban pergeñando su impuesto de guerra en los negocios, sicilianamente.

En mi tiempo de vivir en Pana, pude presenciar no pocas muestras de agresión, con lo cuál terminé de deshacerme de esa idea supersticiosa de que el lago es una especie de burbuja buena onda y afelpada en donde uno puede vivir sin pedo socializando con almas melodiosas hasta descubrir los secretos del Infinito.

En Pana hay una ira maldita, más bien. Y en el lago, miles de miles de personas viviendo como chuchos famélicos, y no se entiende cómo es que hay multimillonarios que llegan a sus casas buriladas, enormes, ajardinadas y patricias, sin tomarse la molestia de voltear a ver el nivel de vida de los verdaderos habitantes del área.

No, nada de lo que está ocurriendo me toma por sorpresa. En lo que respecta a la situación ecológica del lago, recuerdo cuando en las tardes me iba a caminar como insolvente a la playa pública y alrededores y me detenía a contemplar el embarcadero, y su desagüe contiguo a los ojos de todos, a ver cómo toda esa mierda gorgoteante civilizaba nuestro mejor enclave turístico. Sobre aviso no hay engaño.


(Columna publicada el 10 de diciembre de 2009.)

Los dinks

Supongo que mi esposa y yo entramos en la categoría de los dinks. El término dink se refiere a aquellas parejas que decidieron conscientemente no tener hijos.

Dinks los hay de muchos colores. Muchos dinks desean expandir un espacio de crecimiento personal y generar un programa de simplicidad voluntaria. Algunos no tienen hijos porque quieren más dinero. O desean vivir una vida de pareja más plena, o viajar. O es que no se consideran especialmente capacitados para ser padres. Otros son dinks por razones fisiológicas –casos de esterilidad– o porque carecen de opción: los homosexuales, que no pueden procrear. Hay dinks que opinan que tener hijos es una forma de subordinación al sistema. Los hay que piensan que existen formas alternativas de dar una semilla a la humanidad, por ejemplo dejar una obra literaria. Hay quienes piensan que es inmoral traer a alguien al mundo. A otros sencillamente les desagradan los niños.

También están los dinks maltusianos, y es un poco mi caso. En efecto, creo que la filosofía childfree desoculta la agenda irracional de la especie, y nos advierte sobre esa compulsiva afición a construir ciudades genéticas, liquidando otras formas de vida. Es preciso apartarse del género humano para apreciar su naturaleza agresiva y parasitaria. En lo personal, estoy en contra de las calistenias despóticas del antropocentrismo, y creo que el problema ecológico de la tierra es el hombre, sin más. Si el hombre quiere salvar la tierra, pues, debe abstenerse de reproducirse. En este contexto, la abstinencia genética es un imperativo a favor de la vida y no en su contra. Tener hoy en día más de dos hijos es un acto nada generoso; es de hecho un acto tremendamente egoísta. Pero nos gustamos demasiado y en cierta medida somos nuestras propias mascotas; nuestros hijos son coca colas de sentido, y modos de elongar nuestra identidad personal.


(Columna publicada el 3 de diciembre de 2009.)

Los beneficiados


Tragedia la de Chávez: la de haber nacido en un mundo posrevolucionario, enfermo como nunca, contradictorio como siempre, pero bajo el predicado amodorrado de la caída del muro de Berlín. ¿Cómo se grita socialismo o muerte en un ambiente hemipléjico? Sólo queda crear artificialmente los conflictos, ponerse las pelucas, pues. El programa de Chávez, su tamal ideológico, sólo funciona si hay alguien para repudiarlo. No es la guerra lo que quiere Chávez: es sólo el desprecio (con el ejército colombiano no se juega, exactamente).

Hay un dicho famoso e infalible, quizá taoísta: “Siéntate pacientemente junto al río, y verás pasar flotando el cadáver de tu enemigo”. Que, contextualizado, queda así: “Siéntate pacientemente junto al Táchira, y verás pasar flotando el cadáver del Mico”.

Por supuesto, a Uribe no le interesa ni el taoísmo ni el pasivo avistaje de cadáveres, lo que le interesa es poner bases americanas en puntos estratégicos. No hay que ser un físico de las supercuerdas para entender lo que en verdad está en juego aquí. América Latina terminó siendo la gran procrastinación de la era Bush, pero ahora la guillotina se pone más y más pesada y emprende el viaje vertical a regiones sudamericanas; por lo menos, mientras empieza una nueva saga en los desiertos. Se le acusó a Venezuela de facilitar armas a las FARC. Pero nosotros sabemos que hoy en día no es la guerra la que lleva a las armas: son las armas las que llevan a la guerra. Si éstas existen o son un invento (o las dos cosas, el caso venezolano) es irrelevante.

Dijo Jorge Volpi el otro día en Madrid: de esta confrontación, tanto Uribe como Chávez salen beneficiados. “Es como si todo el tiempo se necesitasen”, ha dicho. Se ve que tiene el hocico atorado de razón.


(Columna publicada el 26 de noviembre de 2009.)

La oreja en tu mano


Hay fiebres. Por ejemplo ahora estamos viviendo –diré reviviendo, reciclando por enésima vez– la fiebre de los vampiros. Y hay una suma de artefactos de consumo en torno al tema (Twilight, True Blood) emperrados en zamparnos la estética y estilo de los fang fans.

Los vampiros forman parte de otra categoría más grande, con la cuál también estamos afiebrados, obsesionados, me refiero a la categoría de los asesinos en serie.

La misma posee su propio arco de productos culturales que han inundado e inundan el cine (desde Norman Bates hasta Mr. Brooks, pasando por todas los slashers habidos y por haber), la literatura (como el Patrick Bateman de Bret Easton Ellis) y la tele (“Puedo matar a un hombre, desmembrar su cuerpo, y llegar a tiempo a casa para ver a Letterman”, Dexter dixit). Algunos asesinos seriales consiguieron un exitoso crossover de la realidad a la ficción, y hoy son de naturaleza anfibia, tal el caso de Perry Edward Smith o el de Gary Gilmore.

Yo también he querido adicionarme a la lista de autores cercanos al tema, y así es como he escrito un mi librillo de poemas –se llama La oreja en tu mano– que busca introducirse a la mente de un asesino de mujeres, y que he subido a la web en forma de blog. La idea era sobre todo asomarse a la mente de un homicida serial, pero hacerlo desde un género inhabitual al tópico –la poesía, parnasianamente– y no, como es costumbre, desde la narración.

Las asesinadas de mi libro son prostitutas pues eso de liquidar prostitutas es toda una tradición por derecho propio, y porque un crimen sexualizado es dos veces un crimen, según enseñan los manuales.

Cuando escribí el libro, hace ya un tiempo, estaba todo ese buzz de las mujeres asesinadas en Guatemala, que se apagó luego, aunque a las mujeres igual las siguen destazando como reses, muy románticamente.

El link: http://laorejaentumano.blogspot.com/


(Columna publicada el 19 de noviembre 2009.)

Las ecomunis

Podríamos crear un género alterno de municipalidades, dedicadas por completo a establecer soluciones ecológicas. ¿Y por qué no? Las ecomunis.

Se entiende que las ecomunis funcionarían del todo aparte de las municipalidades que hoy conocemos. De hecho, mantendrían una especie de vigilancia sobre éstas.

El propósito de las ecomunis vendría a ser el de preservar la cordura ecológica. Actuarían en ciudades y pueblos –poniendo en marcha esquemas viables de interacción ambiental– pero también en zonas naturales. ¿Por qué llamarlas municipalidades, entonces? ¿No está el concepto de municipalidad vinculado estrictamente al ágora urbana?

Comprendamos que un lago, una selva, un barranco, son lugares de socialización avanzada, auténticas ciudades por derecho propio, pero no ciudades humanas de concreto y hormigón, sino biociudades, y como tales, administrables también. ¿Cómo se administra una biociudad? En primer lugar, defendiéndola, a toda costa. Es un enfoque de bastión. Pero sobre todo, no estorbando el orden natural en ella presente: un enfoque de abstinencia.

¿Quiénes estarían al frente de estas ecomunis? Hay en Guatemala personas comprometidas con la causa ecológica, brillantes, preparadas, muy intrépidas personas, y decentes, dueñas de una energía envidiable, una sensibilidad conmovedora. Que sean estas personas las encargadas de hacer que crezca la nación ecológica, fomentando el millaje ambiental, la formación y expansión de parques, y persiguiendo –junto a un equipo penetrante de abogados– a los culpables de la expoliación biosférica, resistiendo pues la amenaza, la prebenda. A la vez buscarían estimular el ecoturismo, ofrecer diseños de sostenibilidad, dar educación ecológica, no sólo a los propios empleados, sino a la comunidad toda, por medio de talleres y propuestas formidables de comunicación y dignas del siglo XXI.

(Columna publicada el 12 de noviembre de 2009.)

Hablar es barato

Además del lago de Atitlán, está asimismo el caso de Amatitlán, que ya en el imaginario colectivo es algo más pretérito que presente, lo cuál no deja de ser conveniente para el imaginario colectivo: en cierta forma, se trata de una cómoda forma de deshacerse de la responsabilidad de salvarlo. Cuando surgió la hidrilla, en el Lago de Izabal, lo que se hizo fue lanzar al agua unas bombas químicas en dobles litros de gaseosa que resolvieron el problema, aunque no queda muy claro a costa de qué. Y escuchaba la otra vez a alguien decir que la laguna de Yaxhá ya se ha visto afectada por problemas ecológicos.

Se requiere, para resolver de estas cuestiones, de una vigilancia ambiental muy determinada. Esta clase de vigilancia nada tiene en común con esos súbitos y festoneados despliegues de consciencia conservacionista que surgen en los medios cada cierto tiempo, y que se van tan pronto como vinieron. Piense usted en esos comedores compulsivos que optan por una dieta exterminadora nacida de una culpa no menos exterminadora, y la dieta les dura apenas unos días y a veces sólo unas cuántas horas, ganando más frustración de la que ya había antes.

Lo importante no es indignarse –lo importante jamás ha sido indignarse– sino cranear con paciencia, y ejecutar fríamente. De lo contrario vamos a terminar convirtiéndonos en caricaturas, algo así como esos judíos separatistas que aparecen en la película de Monthy Python, The Life of Brian, envueltos en discursos incendiarios, pero sin aterrizar nunca una mendiga iniciativa. En Facebook circulan miles y miles de causas todos los días –pontificias, sublimes, hiperbóreas– y todo el mundo se adhiere a las mismas, como si ello bastara mágicamente para activarlas. Eso es ilusión de acción y no acción en sí misma. En inglés hay un dicho: talk is cheap (hablar es barato). Es una gran verdad que, siendo columnista de opinión, conozco demasiado bien.


(Columna publicada el 5 de noviembre de 2009.)

¿Cultura del café?

El café ha tardado varios siglos en convertirse en un instante de ocio. El fulano que se toma tan tranquilo cualquier bebida caliente en un coffee house de la zona 10 ignora acaso que para que ello ocurriera han tenido que darse toda clase de traslaciones históricas y adecuaciones lentas, casi peristálticas, en el plantel productivo y social. Este momento tan ordinario –un chai tea o cappuccino envuelto en música lounge– es, no obstante su platitud aparente, la expresión de un largo y problemático proceso global.

Y doméstico. Como en la mayoría de economías periféricas, se erigió en nuestro país también un protocolo compulsivo de mediación (colonial primero, criollo y familiar después, con impregnaciones transnacionales de un tiempo para acá) entre los frutos de nuestra tierra y nuestro derecho a disponer física y culturalmente de ellos. No deja de ser una franca ironía que fueran guatemaltecos quienes inventaran el procedimiento del café soluble, quedando el mérito en otro lado. Si hay metáforas históricas, ésta queda en el top five.

Hasta hace muy poco éramos un país caficultor sin cultura del café. No estoy seguro, pero me parece que cuando yo era niño la percoladora eléctrica no era ese miembro más de la familia que es ahora en un montón de casas. Recuerdo que en mis tiempos de escritor, yo iba buscando cafés en donde redactar mis cositas, pero los mismos eran inexistentes, y si alguno había, tratábase de una bronca excepción. Hoy, cafés los hay en todos lados. Pero no son cafés sinceros, nacidos de lo íntimo y lo urbano, sino cafés inspirados en un modelo foráneo –Starbucks– de valor añadido. Es decir que actualmente hay una cultura metropolitana de café, pero es una cultura injertada que no es propia, que no deja de ser para los más pocos, vamos, y que a decir verdad es apenas cultura. Pobres poetas, soñaban con el Café de Flore: van a tener que conformarse con un McCafé.

(Columna publicada el 29 de octubre de 2009.)

Pasión y muerte de un barrilete

El barrilete escapó de las manos del niño.

¿A dónde? Sabemos que voló por encima de la colonia El Limón, donde fue avistado por cuatro mareros. Luego se elevó unos doscientos metros, y procedió a salir de la ciudad. Un grupo de ciclistas, que entrenaban para la Vuelta, lo vieron movilizarse hacia Región Occidente. Entre Xela y Cantel, en las faldas del cerro Chichigüitán, exactamente, planeó encima de una plantación de amapola, poco después hallada por la PNC, por cierto.

El barrilete iba ligero, porque en unas horas ya estaba sobrevolando una –es decir, otra– balacera en Guerrero, México, y lueguito ya se encontraba en la frontera con Estados Unidos, en donde un grupo de mojados medio muertos pudo percibirlo, un segundo antes de que un miliciano patriota estadounidense los agarrara a tiros. Se dice que el barrilete fue advertido en un concierto de Beyoncé, en Miami, pero eso sí seguro es casaca porque Beyoncé y su enorme culo andaban en ese momento de gira en el Asia. Pero lo que es innegable es que el barrilete trabó amistad con un aerostático anarquista que hace unos días tuvo a todo el Colorado en vilo, presuntamente por secuestrar a un niño, lo cuál resultó ser una –es decir, otra– mentira mediática.

Luego al mentado barrilete se le vio en un montón de lados: el mismo Zelaya confirmó haberlo visto desde una de las ventanas de la embajada brasileña; fue distinguido encima de una sesión de entrenamiento del Boca Juniors; volando cerca de la Villa Certosa, sobre una de las orgías de Berlusconi.

Finalmente, fue herido por una bala de la Guardia Revolucionaria Iraní. Sangrando, se mantuvo en el aire como pudo, pero al perder mucha sangre fue cayendo y cayendo. Cayó. Justo encima del lugar en donde presuntamente está enterrado un famoso maricón español, y poeta, de apellido Lorca. Cualquier intento por mantenerlo con vida fue inútil.


(Columna publicada el 22 de octubre de 2009.)

Mundo Brasil


Con la cosa de la embajada, el gobierno brasileño dio un golpe sólido de interpretación… Enorme sentido de oportunidad, credos aparte. El refugio a Zelaya magnetizó una especie de momentum público, con suficiente beneplácito y venia, o por lo menos atención, robándole cámara al habitual Chávez, con lo cuál queda demostrado cómo un gesto sobre todo simbólico es mucho más poderoso que cualquier apoyo logístico de envergadura. Fue una movida arriesgada, pero precisa: y un mensaje tan claro: estamos aquí, vanguardizando, mírennos la jeta democrática.

El tino consistió en no manejarlo como un protagonismo estrictamente de rostro, teatral, chavista, justamente, sino de rol y de confluencia. Fue así como Lula mantuvo esa clase de equilibrio entre dos voluminosas corrientes latinoamericanas, y hay que darle un crédito por ello.

En general podemos decir que el Brasil ha establecido dos juegos simultáneos. Un juego es horizontal, de enlace, comunal, de apertura, casi nutricio. Pero también hay otro juego, más penetrante, retador (hay pretensiones nucleares), buscando la influencia y el liderazgo, un lugar en la cima del mundo.

Es un lugar que ya se lo están dando, y si no que lo diga el COI. Silencio en Chicago, silencio en Tokio, silencio en Madrid... ¡Río de Janeiro! Cardenalicio centro de las finanzas, medusa tántrica y recreacional: en vez de paralizar, menea a sus víctimas, las pone a bailar, a gastar…

Pero no podemos olvidar esa visión famélica –y favélica– del Brasil. El lunes veíamos con gran escándalo cómo, en una favela de Sau Paulo, el fuego maceraba unas 350 viviendas, obligando a miles al desalojo. Un signo infausto.

En un mundo perfecto, el gran Niemeyer –que por cierto ya ha sido de alta, tras reciente hospitalización– estaría construyendo un hábitat completo y digno para tantas y tantas personas. Pero en este mundo no todo es tan perfecto.


(Columna publicada el 15 de octubre de 2009.)

El arte de no estar


Me invitan a que participe en actividades –mesas redondas, entrevistas, lecturas, cosas– pero yo por lo general digo no muchas gracias.

Me considero retirado de la comunidad de afanosos y craquelantes entusiastas que consideran que por medio de la actividad artística compulsiva o el intercambio social programático van a mejorar las cosas, aquí o en cualquier lado. Le añaden además un toque franciscano a sus iniciativas, al no pagarte un centavo por tu tiempo y trabajo, con lo cuál básicamente lo están devaluando, y el de todos aquellos que hacen lo mismo.

Antes me encantaba esta vida de escaparate, hablar de mis ideas como si fueran las del mismo Hegel, o leer poemas con voz grave, editorializada, retumbante, el numerito, pues. Luego me bajaba del estrado, me iba a casa, y ya bien solito en mi cuarto, le preguntaba al televisor, a la mesa de noche, a la manija de la puerta, qué pensaban de mi brillante personalidad y de mi magno aporte a la cultura nacional, y a eso le seguía un gran silencio. Era un silencio muy penoso.

Cuarenta años han transcurrido desde el concierto de Woodstock: Hendrix, Richie Havens, Jefferson Airplane, Joan Baez, The Who, Crosby Stills & Nash, y tantos más. Un hecho gigantesco. ¿Pero algo cambió, realmente? ¿Terminaron las guerras, las colisiones cósmicas? A mí siempre me pareció particularmente brillante por parte de Bob Dylan que no participara en el mítico concierto, a pesar de que era su concierto –él era en cierta manera el mensajero divino de aquella generación– y además vivía en Woodstock, era su pueblo. Digamos que este relegarse de Dylan ha sido para mí más significativo que el vanitas más célebre de cualquier superdistinguido pintor holandés. De tan hermosa abdicación, un inmenso silencio poético se desprende, como un asterisco en el vacío del espacio. No hay nada penoso en esta clase de silencio: hay una enorme integridad por el contrario, que yo admiro.


(Columna publicada el 8 de octubre de 2009.)

Amazing Race

Hay que ver cómo se fueron todos corriendito a postularse. Se han visto famélicos de Calcuta que mendigan rupias con más elegancia. Ya sabíamos de abogadillos que son todos unos maestros en la épica de la lascivia, pero esto fue como ver un capítulo cardiaco de The Amazing Race.

Grandes o menuditos, hombres y ellas, rectos y tan torcidos, ignotos o pop stars de la mayonesa legal, todos arrejuntando documentos, como adolescentes urgentes tras la licencia de conducir. Evidentemente no todos consiguieron aglutinar lo Solicitado. Muchos no pasaron el temido examen ético–académico–profesional. Y ahora estos rechazados deberán esperar las próximas olimpiadas... Los demás, no obstante, seguirán corre y corre: componendas, lobbying, botox, mamaditas, lo que haga falta.

El país también está corriendo, por buscarle salida al sumidero. Es entendible, dado la atmósfera general de descalabro. Pero tanta prisa no deja de ser peligrosa. Un proceso tan masivo… Es como enviar una nave espacial a la luna... Hay que cuidar los detalles… Millones de cosas que pueden gotear, si no ponemos atención…

Y si el Proceso no fragua, vamos a quedar aún peor que el lazarillo: por pensar que ya hemos dado con el “sabroso licor” de la transparencia, ni vamos a sentir cuando el ciego nos deje caer el jarro en el hocico. No sólo habrán toda clase de corruptos en el poder, serán corruptos legitimados. Por el Proceso. Y por los diputados, claro está. Con lo cuál se infiere que cepillar la CSJ implicar cepillar el Congreso, y por eso alguien pidió que no exista secretividad en las votaciones.

En fin, este tema de la justicia promete toda clase de sensaciones subcutáneas de carácter malsano. Y si no, que lo diga Polanski, que fue a Suiza a que le acariciaran el ego, y lo agarraron por cepillarse (cepillar, qué palabra) a una chiquilla de trece años, hace mucho, mucho tiempo, en una remota galaxia. ¿El fin de su sorprendente carrera? Eso sólo Harris Whitbeck puede decirlo.

(Columna publicada el 1 de octubre de 2009.)

La vecina de Sánchez

Esto me lo contó Sánchez, yo lo voy a consignar.

Resulta que estaba Sánchez en su apartamento, ayer, o anteayer, no sé, con Sabina de fondo, que es lo que invariablemente escucha, y ni modo se queda sin cigarros, y no quiere escuchar a Sabina y no fumar, y decide ir a comprar un paquete nuevo, pero saliendo de su departamento, se topa con su vecina, la anciana, que está toda cubierta de sangre, la vieja.

Puta, dice, no puede evitar decirlo, y a usted qué le pasó. Ella nunca ha sido una persona muy cabal de la cabeza, pero en ese momento posee un particular semblante firmado Poe. Balbucea las mismas ininteligibles palabras. Se agarra con los puños los mechones canados y epilépticos. Está en necesidad de una diazepán o algo.

Sánchez mejor se mete al apartamento de la señora, a ver qué onda. Escucha distante el ronroneo de una lavadora de ropa (una veterana y escéptica General Electric, pudo comprobar luego) mientras se va moviendo por los espacios del departamento, con la misma sagacidad de aquellos tiempos en que andaba, dice él, enmontañado. En el cuarto de doña María del Carmen, que así se llama ella, no hay nadie, ni nada, salvo una revista Hola del año del caldo, sobre el edredón espeso. Sánchez continúa escrutando: el otro cuarto, la sala, el comedor. Al llegar a la cocina, da al fin con el cuerpo, esto es: el cuerpo de la empleada de doña María del Carmen, que ha sido acuchillado unas bastantes veces, y presenta coloraciones ya tirando a psicodélicas. Es una muchachita, diecisiete a lo sumo. La vecina, de pie al lado de un Sánchez atónito, por fin interrumpe su mantra insondable y levanta la voz con claridad sobrecogedora:

–Le dije que dejara de hablar por teléfono, y no hizo caso.

Sánchez percibe: aún en la mano de la niña, el celular. La vieja agarró un cuchillo y, ya senil, se lo plantó con la fuerza que a veces tienen los ancianos, cuando están locos.

Con el mismo celular de la patoja, Sánchez llama a la policía.


(Columna publicada el 24 de septiembre de 2009.)

Desprohibir la droga


Dos clases de simpatizantes de la despenalización y/o legalización de la droga. En primer lugar, aquel que quiere ver en la droga una nueva forma de ciudadanía, y un derecho. Esto es: el derecho secular a disponer de las propias esferas sensoriales y psíquicas, ya sea para fines recreacionales, humanitarios (el alivio de enfermedades terminales, mayormente), o espirituales (la droga como catalizador de nuevas formas de subjetividad significativa). Aún tratándose de un derecho laico, es posible que en el futuro tenga matices religiosos (de hecho ya posee sus propios insoportables integristas).

Otra tipo de simpatizante cree que la despenalización y/o legalización de la droga será una forma de acabar con el reinado oscuro que ésta detenta, sublimándolo alquímicamente hacia fuentes de normatividad. Un argumento habitual es que la sociedad precisa empoderarse respecto a sus propios rituales de evasión, rituales que por ser de evasión no deben ser gaseados con medidas de califato, porque entonces tienden a ser reforzados desde una óptica de ansiedad. Se adiciona un segundo argumento que dice que la droga ilegal es fuente de fetichismo. Por último, se dice que la represión no sólo no elimina sino además robustece la narcoadministración, que crece mejor en la sombra, en donde es libre de adulterar los productos con los cuáles envenena a sus consumidores, y además no paga impuestos, ni financia corrientes de responsabilidad social. La idea es abrir espacios de control por una vía no restrictiva, y modos de vigilancia diurnas, que abran las puertas al debate.

¿Hasta qué punto son válidos estos argumentos? Lo veremos pronto, en México o Argentina. El riesgo más evidente, en todo esto, es que la droga se convierta en otro feroz estandarte de una economía de mercado que no vela ni jamás ha velado por el bienestar de los seres.


(Columna publicada el 17 de septiembre de 2009.)

Chupar llanta


Puede ser cosa de mi fantasía, un invento mío a lo mejor, pero yo recuerdo más bien como auténtica una frase que le atribuyo siempre a Onetti, y que, fidedigna o imaginada, me marcó significativamente, en su momento, y me sigue marcando. Onetti dijo alguna vez –¿entrevista, pasaje que escribió?– que un estilo literario personal era el resultado de asimilar varios estilos literarios que no son propios. De haberlo dicho, no lo habrá dicho así, por cierto; lo habrá dicho contundentemente, con ese modo tan suyo de decir las cosas –sobrio y a la vez tan complicado– y con ese estilo que, justamente, si hemos de tomarle la palabra, estaba hecho de múltiples estilos ajenos.

Citaré a Umbral ahora; y esta cita sí seguro Umbral la dijo, la dijo en Las palabras de la tribu: “Sólo robando de otro se aprende a escribir y por eso la literatura está entre los delitos comunes”.

Hay personas que se piensan muy camp: creen flotar por encima de sus colegas. Les duele admitir que lo que hacen es meramente la extensión de una obra, no un punto de partida. Yo por mi lado estoy decidido a conservar mi lugar en este argumento, y a defender el arte de chupar llanta y residir en el campo de lenguaje e inspiración de otros. Picasso se pasaba copiando a Velásquez y Rembrandt.

Lo cuál no lo convirtió exactamente en un incapaz. Estamos hablando de un proceso delicado de aprendizaje, que nada tiene que ver con el fusile, el calco estúpido, las logias de plagiarios, que copiando sólo imitan, cuando la idea al copiar es conectarse con las fuerzas transpersonales de la creatividad. Estrictamente, no soy yo quien pinta en un lienzo, puesto que yo mismo soy un lienzo que está siendo pintado. Y eso que me pinta es radicalmente externo a mí mismo. ¿Entonces quién hace qué? Desde semejante punto de vista, la moral del artista consiste sobre todo en dejarse impregnar por los óleos extraños de una tradición misteriosa que no es ni será jamás de ninguno ni de nadie.


(Columna publicada el 10 de septiembre de 2009.)

La selva de cuchillas

De vez en cuando, me topo con tristes criaturas cuya vida es un perfecto caos (o no, pero ellas piensan que lo es) y que andan publicando el hecho de que se van a suicidar ya ya. ¿Es un bluff? Regularmente. Preferible de todos modos tomarlas en serio, porque ha pasado que, por no atenderlas, estas personas luego se pegan un sutil escopetazo, de noche o de día. No soy partidario de perder la elegancia por vía del sermón, pero a veces se requiere predicar, o se corre el riesgo de ser el peor imbécil o retrasado moral en toda la faz de la tierra. Con frecuencia le pregunto, al probable disidente: ¿y a vos quién exactamente te da la seguridad de que tu sufrimiento concluye con apenas rebanarte las venas? Por lo menos será otra clase de sufrimiento, responde con orgullo byroniano (se ponen bastante decimonónicos, algunos). En cuyo caso le zampo un follow up question: ¿y qué tal si se trata del mismo exacto sufrimiento, sólo que además incrementado un millón de veces? Es una pregunta que, si se hace con la entonación debida y una teatral mirada estilo Rasputín, los deja ya un poco más fluctuantes e indecisos, a estos frágiles filósofos. Lo cuál no significa que los esté manipulando para que no se suiciden: yo de veras creo en los malos viajes, y de veras creo que las cosas pueden ponerse más pesadas. Torsos semiabiertos arrastrándose en el pasillo. Motocicletas sangrando el nombre de un hijo muerto. Un palacio de dientes, con sordos músicos sacándose continuadamente los ojos. No podemos auxiliar en todos los casos a aquellos con intenciones de matarse. Si no somos profesionales, es importante que además no siempre procuremos hacerlo. Hay quienes están tan sumergidos en su sistema de sufrimiento de predilección, tan ahogados en su oscura exuberancia dendrítica, que es como querer sacar a un cordero de una selva de cuchillas... Se precisa de una intervención más delicada. En fin, no claudiquen.


(Columna publicada el 3 de septiembre de 2009.)

Ciudad tiesa

De la Reforma a la Diagonal Seis, de la Zona Viva a la llamada Pequeña Manhattan: la ciudad tiesa, siempre buscando un alivio de codeína en las nubes...

¡Qué sed de no ser suelo! Cualquier parche horizontal será dado en holocausto a los dioses de los diez mil pisos, a los dioses del skyline. Franjas urbanas que en el pasado fueron ultraserenas, casi franciscanas, hoy están siendo renderizadas por arquitectos voraces.

Muchas personas, no obstante, no buscan pertrecharse en las alturas: más bien buscan la seguridad demoníaca de las comunidades cerradas. Verán: cualquier posibilidad de yuxtaposición, de contacto, les aterra. Profundamente. Y de esa cuenta optan por establecer un pacto fáustico en donde sacrifican su propio sentido de solidaridad y de apertura por el césped de una cárcel en suburbia. Ciudadelas prístinas, en donde las residencias son todas –burtonianamente– iguales, y padres prósperos de familia pagan con gran puntualidad las cuotas de mantenimiento y lamen sus gárgolas de marca, y los niños van en bicicleta, mientras aguardan su turno de ser asesinos.

Pero no todos cuentan con el lujo de una talanquera. Están aquellos que simplemente son refundidos en barrios marginales y asentamientos sobrepoblados en donde te desuellan vivo por no bajar la mirada, y hay escenas de sangre todas las noches y todas las mañanas, y cuerpos tirados en las banquetas que un fotorreportero ebrio y díscolo nunca alcanza a fotografiar del todo.

También se da el fenómeno del exilio: las ciudades satélite. Ustedes saben: muchedumbres virales, viajando horas en bus para ir a trabajar –¡a trabajar!– y siempre alguien les termina apuntando con una pistola cochambrosa, les quita el celular, y de paso la vida.

Por último, están aquellos que no viven en casas: viven en carros. Y allí envejecen, extrañando a sus hijos. La ciudad de Guatemala es ese vudú doll en donde un alma enferma practica la brujería de la multiplicación.


(Columna publicada el 27 de agosto de 2009.)

Call center

En la calle, hay un grupito de personas, cinco, seis, todas trabajan en el call center, todas han salido básicamente a fumar. El asunto es fumar, distenderse un poco. Un receso, antes de volver a ingresar al edificio, establecerse en el lugar establecido, y repetir el ritual de unir las palabras de un modo mecánico y servicial para alguien que vive en un país más rico y cuya vida sobre todo ignoran, pero intuyen; para alguien que pregunta algo, declara algo, y exige algo, circularmente.

Así que son cinco, seis; ensayan una carcajada fértil, liberadora: se adivina que alguno entre los presentes ha contado un chiste, con éxito. Y ahora una chica –es tan joven– está saliendo por la puerta, y saluda al guardia, le dice: “¿Qué pasó, poli?” Lo ha dicho sin demasiada condescendencia, inclusive con algún cariño, pero sin la posibilidad de un contacto humano auténtico –cosa que ambos, tanto ella, como el guardia, saben. La chica se une al grupo, saca a su vez un cigarro, pide fuego, en poco tiempo está riendo, con los demás.

Pero no es ella quien realmente nos interesa, no: es otra chica, que de hecho no está en el grupo, está más lejos, sola, del otro lado de la calle. Y habla por teléfono, y por alguna razón está llorando. ¿Conversa con un amante que ya no la desea? ¿Estará recibiendo noticias hiperbólicas, digamos trágicas? ¿Acaso le comunican que su padre tiene cáncer, que su mejor amiga murió en un confuso accidente de carro? La chica vindica, solloza, no se anima a decir nada, pero casi grita, de pronto. Este momento, de incontrolable dolor y belleza, parece no terminar nunca.

Y sin embargo, pasados unos diez o quince minutos, el momento ha terminado. La chica se arregla el rostro, recobra la compostura, entra al edificio (y el policía la mira como queriéndole decir algo, pero no se atreve) y la chica procede, como todos los días, a contestar llamadas, en el call center.


(Columna publicada el 20 de agosto de 2009.)

Volver a casa


Durante una semanas estuve ansioso por conocer el documental ecológico Home, del francés Yann Arthus–Bertrand, y producido por Luc Besson. Por fin el viernes pasado, me hice un espacio para verlo.

Un proyecto lindo como ninguno, empezando por su espíritu desinteresado: sepan que la distribución se dio de un modo gratuito; así pues, que hay un modo muy directo de conseguirlo, en You Tube, en donde sus creadores lo han colgado, expresamente, para nosotros.

Yan Arthus–Bertrand es un fotógrafo dedicado a escanear las más insondables parcelas terrestres –landscapes imprevistos desde globos aerostáticos– que más parecen los diseños de un artista consumado: de hecho lo son, siendo tal artista la vida, la vida misma.

La vida que lleva haciendo su labor desde hace, literalmente, miles de millones de años, mezclando los más variados óleos geológicos y genéticos.

Es un lado del documental: mostrarnos los edenes vehementes de nuestro planeta.

Otro lado del documental es indicarnos cómo lo estamos haciendo todo básicamente mierda. Y para esto era necesario apelar a una perspectiva aérea, flotante. Hay algo en ello parecido a una exhumación. El director nos coloca por encima de nuestro propio ensimismamiento, y nos invita a contemplar nuestras eminentes destrucciones. El documental cumple con inventariar los tantísimos modos en que estamos rompiendo la paz ecológica. Uno de ellos siendo, por supuesto, nuestra fiebre y compulsión por conseguir las mermeladas densas de la tierra: el petróleo.

El eslogan del documental es bastante inteligente: “Es muy tarde para ser pesimistas”. A esta frase le podemos atribuir dos sentidos. El primero: ser pesimistas es un lujo que ya no podemos darnos. Y el segundo: la semilla de la consciencia ecológica está plantada, queriendo decir que ya no hay retorno: la especie abrió su ojo perfecto y carnal: una visión de angustia y éxtasis ha nacido.


(Columna publicada el 13 de agosto de 2009.)

Una novela con jugo


Está bien decir que Los jueces, de Arnoldo Gálvez Suárez, es un clásico instantáneo de nuestra literatura. Esta novela –Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo 2009– está por encima de un montón de libros made in Guatemala que no vamos a mencionar aquí, porque después seguro seguro nos arrancan los genitales, con esa misma brutalidad con la cuál se los desarraigan a uno de los personajes del libro.

Esta ficción es una de substancia oscura, perpetúa una tradición local de la ignominia que como lectores no tenemos por qué andar renegando: es una tradición noble, rastreable en autores como Martínez Sobral, asumida bastante en Asturias, presente en escritos posteriores (Rin–78, por ejemplo), activa totalmente en los autores de la posguerra.

Lo ideal es no llevar esta ignominia al retorcimiento chabacano. Gálvez Suárez se detiene elegantemente un paso exacto antes del morbo, lo cuál, en literatura, es una abstinencia necesaria (muchos no lo logran). El libro, grávido de detalles vergonzosos, de karmas miserables, posee no obstante la cualidad de trasladar lo sucio sin hacerle altar.

Pero jugo tiene. Esos cuadros de una crueldad socarrona, como la entrevista de la muchacha del vestidito rojo, que al final del libro termina sin dientes. Y hay una violación (dos de hecho, a la misma mujer, en un loop digno de Polanski) que le hace a uno bajar momentáneamente el libro... muy intensa. Y así la gelatina de la novela se va haciendo más densa y absurda, más bastante guatemalteca, mientras una comunidad de vecinos decide matar a un violador, como acto de justicia autoasumida. Crueldad social y crueldad individual se rechazan y exigen mutuamente. Son opuestas; pero a la vez se necesitan.

Con discreto, y por ello efectivísimo toque de humor, Arnoldo Gálvez Suárez nos entrega un relato del todo nítido y algo extravagante, y que en medio de su aura absurda jamás traiciona la realidad de las cosas.


(Columna publicada el 6 de agosto de 2009.)

Tres alegrías literarias

Hay razones para estar felices, en lo que toca a literatura. Por ejemplo, que hoy se presenta en eso de FILGUA la nueva novela de Rodrigo Rey Rosa, El material humano, y allí hay evidencia de un escritor que no vive de glorias pasadas o replicantes, sino que consistentemente orbita, entrega. Y aún después se llevará a cabo un evento en torno al libro El arte del asesinato político –la versión en español de Anagrama– de Francisco Goldman. Posiblemente el evento editorial más relevante del año. Será la traductora del libro –Claudia Méndez– y seré yo quienes entrevistaremos públicamente a Goldman, a modo de presentación. Y una tercera razón para alegrarse es que mañana le confieren el Premio Nacional de Literatura a Gerardo Guinea. Si alguien lo merece pues es él, porque, al igual que Rey Rosa, no da la impresión de estar sacando dividendos morales de una bibliografía clausurada y básicamente incompleta (como si viene a ser el caso de otros Premios Nacionales de Literatura, vamos) sino que por el contrario a la obra ya acumulada le añade volúmenes de múltiples registros verbales. Gerardo continúa escribiendo. Y cuando digo escribiendo, quiero decir públicamente: es decir publicando. Lo que la gente a veces no comprende es que publicar es a veces tan difícil como escribir: se trata de la doble esoteria de un oficio malpagado y malparido, las dos alas torpes de un albatros más sudorífico que mitológico, más anémico que celestial. Y Gerardo bien podría autopublicarse, siendo él mismo dueño de una editorial literaria, pero se permite a veces un escrúpulo elegante: no caer en el consabido y sistemático narcisismo editorial. Así que muchos de sus libros no llevan por fuerza el sello Magna Terra. Pero en cambio sí que ha publicado a muchos otros escritores guatemaltecos contemporáneos, porque hay una gran generosidad en su persona. Se puede decir que cuando Gerardo vino de vuelta de México, vino a dar.


(Columna publicada el 30 de julio de 2009.)

Laptop

Tengo una laptop, pero desde hoy en la mañana la laptop me tiene a mí. Es decir que soy prisionero de mi propia laptop.

Es mejor explicar. Como todos los días, tomé el café, leí el periódico, me dispuse a terminar otro artículo de encargo. Encendí la compu: el sistema operativo se activó sin más, todo parecía de lo más normal. Fue sólo cuando quise buscar el documento, el artículo... no estaba. Y créanme: soy harto cuidadoso con estas cosas. Abrí muchos folders, registré como loco. Procuré hacerlo de un modo sistemático, peinando los distintos conglomerados de archivos, con un cuidado similar al de un desactivador de minas antipersonales en Angola.

Piensen por favor en el grado de dificultad: un folder bien puede contener otros diez subfolders, que a su vez guarda otra decena de subfolders, que a su vez... Y está el hecho de que a veces se abren ciertos files repugnantes: viejos, decrépitos documentos; vulgares y estúpidos poemas que uno escribió hace un millón de años; trozos de una novela que sólo traen vergüenza a la raza humana; oscuras prosas que más parecen trombosis de palabras. Es cierto que es posible circunvalar algunos de esos files, pero en muchas otras ocasiones no existen rutas alternativas. No queda sino meterse a las aguas del pantano, infestado de lagartos y otras bestias inmisericordes. Devorado por los mosquitos, me fui adentrando más en esa jungla. En un momento, comprobé con enorme pánico que estaba perdido, perdido en las entrañas de mi laptop.

He encontrado un lugar en donde refugiarme, subido en un árbol, en una de las esquinas áridas de un documento guardado hace muchos años, de aire vagamente memorialista. Escribo estas palabras con la esperanza de que alguien alguna vez las lea.

Por favor, si hay alguien leyéndolas: no repita mi historia: deshágase de su laptop: éstas son las palabras de un hombre muerto.


(Columna publicada el 23 de julio de 2009.)

Maestros de infancia

Mi abuela solía poseer hace un resto de años un Chevrolet Impala, de color celeste. Mi abuela lo manejó por algún tiempo ella misma, más tarde contrató a un chofer, que se encargó de convertirlo en una especie de basurero ambulante. Y es que uno abría la cajuela –bastante holgada, así eran los Impala– y era de ver ese universo de cachivaches ilógicos que el señor se empeñaba en recopilar, acompañado de un tufillo atípico. Ese chofer a mí sólo me hablaba de prostitutas. Un sexólico bastante sholco, y cuyo mayor sueño en la vida era ganarse el Festival de la OTI. Suyo era un cuaderno en donde garabateaba toda clase de letras muy pulidas, con las más hermosas faltas de ortografía de todo el universo. O sea que el señor era un songwriter. Un viejo bastardo sin esperanza, pero él quería ser una especie de Arjona. Y en ese empeño había una especie de pureza, que contrastaba con la atmósfera general de su persona. Y lo recuerdo aquí en este momento, porque considero que siempre en mi infancia tuve contacto con personas heroicas que se encargaron de darme una visión alternativa de las cosas, la clase de educación que yo ávidamente buscaba y ningún colegio ni hogar podían darme. Otro señor que trabajó para la familia por ejemplo me contó con lujo de detalles sus múltiples experiencias de cuando era kaibil, y de cómo eso lo enfermó para siempre. Fue otra lección primordial. Yo escuchaba, embelesado. Y aquella mujer –aquella mujer nos cocinaba– que me enseñó el pecho, salvo que el pecho ya no estaba allí, porque a esas alturas ya se lo había arrancado para siempre el cáncer. Ese pecho ausente era la muerte. También quiero rememorar aquel guardián que me enseñó a chapear, cuánto se lo agradezco, es lo único que he continuado haciendo a lo largo de la vida, chapear y chapear, aunque sea metafóricamente, las inexpugnables malezas. Todos ellos y tantos más me mostraron las cosas vitales de la vida, mis gurús.


(Columna publicada el 16 de julio de 2009.)

Cine y consciencia


No es necesariamente fácil ir al cine. Hay por un lado el riesgo de caer en un modelo de absorción acondicionado: uno pasa a formar parte de una comunidad de entretención más o menos vulgar, en donde todos los poderes críticos han sido desarticulados, a puros fogonazos. El espectador se identifica sistemáticamente con los cadáveres oníricos que transcurren en la pantalla; vive las historias de los personajes, llora, ríe, se domicilia en la trama, somatiza: es triste y expoliante.

Está, por supuesto, el riesgo antitético: el de establecerse en una atalaya sobrepreñada de referencias, una especie de prefectura culturalista, sin habilidad ya para generar una intimidad real y directa con el hecho fílmico. Aquí el espectador se ha puesto más bien del lado del proyector, sucumbe a la tentación de codirigir la película mientras la mira, generando toda clase de pequeñas desavenencias, de filtros, de lecturas, de retrospectivas. La observa pero sobre todo la deshace y la rehace. Es un gesto de megalomanía, un ademán demiúrgico.

Hay un tercer nivel de experiencia en una sala de cine. Y es: estoy ausente: pensando si acaso dejé la estufa prendida o no: o directamente durmiendo: todo ha dejado de existir.

En realidad, lo importante es honrar todos los niveles de vivencia cinematográfica, para así salvaguardar la posibilidad subversiva y espiritual del cine, que aún puede fungir como representación completa de la consciencia. Sospecho que existe una opción para el espectador que no consiste en arrodillarse ante la pantalla ni en refundirse en la ruina de la subjetividad crítica, o peor, en el olvido inconsciente, sino en absorber de una manera totalizadora todos estos estadios experienciales, y aún de tocar la felpa amable del asiento, y de escuchar las risas tontas y deliciosas de los vecinos de la fila de atrás.


(Columna publicada el 9 de julio de 2009.)

Emejota

El domingo me la pasé todo el día encajado en cama, enfermo. Viendo noticieros que excretaban una pasta deletérea compuesta a base de Irán, Honduras, y de Michael Jackson. Vaya momento para enfermarse.

Murió Jackson y es como si se me hubiera muerto la pinche infancia. Claro que recuerdo cuando conseguí mi LP de Thriller –esa cromada pieza maestra producida por el maestro Quincy Jones– y no puede decirse que yo no estaba obsesionado con este ángel eléctrico, ionizado, que bailaba sobre un espejo en donde se reflejaban todas las estrellas del universo.

Todos queríamos ser así de ligeros. No importaba si eras: a) teenager en Leningrado; b) patojo descalzo de Haití viendo tele en el comedor del barrio; c) un Joe cualquiera nacido en lo más profundo del Bible Belt; d) etc.

El reto era vibrar como Michael Jackson, ser tan aproximadamente rítmico y negro como él, formar parte de su descoyuntador campo de poder.

Ese campo de poder que, hélas, se fue haciendo más y más descomunal, más y más difícil de controlar. Estamos hablando de una energía malditamente poderosa. La clase de energía que ni los yoguis más realizados se atreverían jamás a manipular. Naturalmente, un cuerpo tan menudo como el de Michael Jackson no pudo con semejante radiación: pronto habría de mostrar innovaciones y evoluciones aterradoras, mientras la mente del Rey del Pop a su vez empezó a desvariar hacia una progresiva disfuncionalidad sin retorno.

Los resultados no dejaron de ser interesantes. Michael Jackson se convirtió en el adalid involuntario de lo transexual y lo transracial y lo transgeneracional. No hace falta destacar lo fascinante que es que tantas coordenadas mutacionales coincidan en un solo individuo. Todas las sociologías del siglo XXI encuentran un linaje común en Michael Jackson, y por eso, y por darle algo notable a mi niñez, yo lo seguiré más o menos respetando.


(Columna publicada el 2 de julio de 2009.)

De la pulsión escópica


Ustedes a lo mejor ya escucharon de (Ex) Céntrico, el espacio que el Centro Cultural de España puso a funcionar en la zona 1 de unos meses para acá. Personalmente no conozco el lugar pero pondré pie muy pronto, ya que he sido invitado a intervenir en una de sus actividades, llamada De la pulsión escópica y otros delirios amorosos. Eso hoy en la noche.

Y la idea era, es, viene siendo, que yo y otros leamos textos –nunca me dijeron si prosa o verso o qué– a partir de una foto que me fue proveída, una foto tomada hasta donde se por Andrea Aragón, que en cuanto a retrato social y antisocial se refiere, es la artista más dotada, lo mejorcito.

No pienso leer textos míos, para qué, sino textos de terceros. Y ya decidí que voy a leer poesía. Verán: en esa foto que me dieron hay dos cuerpos tocándose, y rápido se da cuenta uno que entre esos dos cuerpos de la fotografía sólo cabe algo tan extremadamente fino y sutil como un poema.

Aparte hubiera sido que la foto tratase de una escena asquerosa en un motel del Cerrito del Carmen. Cosa que hubiera sido por demás interesante, pero a veces hay que darle la silla a lo sensible, hay que ponerse clásicos. Después de todo, ¡no todo pezón fue creado para regar los jardines pornosinápticos de maniacos sexólicos!, ¡no todo culo diseñado para ser visto por medio de los vidrios crepusculares de un peep show!, ¡no todo encuentro sensual una carnicería estilo división panzer de la SS! En un mundo hipersexuado en donde tu niña de doce ya se acostó con, al menos, trece, no cae del todo mal volver a la magia simple de una nalga, de una clavícula, de una espalda, a un erotismo inocente, a una sexualidad Rosebud. Así que agradezco que por lo menos a mí –no se si a los otros invitados de la noche– me haya tocado una foto en donde aún pueda externar, al verla, un poema del siglo pasado.


(Columna publicada el 25 de junio de 2009.)

No maten al mensajero


Ya se sabe de riquillos y hasta millonetas de Harley que van de levantiscos el domingo, aunque el lunes se vuelvan a poner la corbata y establezcan de nuevo relación sentimental con una victoriana blackberry. Por fortuna, ellos son los menos, y aunque se estén retorciendo como un soldado herido en la Batalla de Somme –por esas disposiciones recientes del Ministerio Público, que les lastimó el estilo– apenas si nos interesan.

Los auténticamente interesantes, digo yo, son los mensajeros. Los que menudean, los que van hechos pistola bajo la lluvia que vino sin prevenir como en una redada policial. El mensajero es un lazarillo en motocicleta.

En el banco, se le ve al mensajero la angustia genuina, porque antes de él hay otros doce mensajeros haciendo cola, y todos con cara de querer realizar aprox unas doce operaciones bancarias.

Lo que le falta a los mensajeros es tiempo. A los mensajeros el tiempo se les fue retirado de su patrimonio. Digamos que es una noción epicúrea que no aplica a ellos. En tal sentido es que los mensajeros se parecen a los prisioneros: no disponen de sus propias horas, no es como que se puedan ir a tomar un chai tea a Barista, y planificar por celular con la amante la próxima encerrona.

Ahora se parecen más a los prisioneros, por llevar uniforme. Claxonazos, humos ciegos de ciudad eran antes el vestido de los mensajeros. Eso les devolvía una dignidad urbana que ya la prisa les había arrebatado. Pero hoy les han puesto el chaleco negro, y los mensajeros ya no representan otra cosa que la monotonía y la legalidad ministerial.

Procuraron, sí; gesticularon, sí; hicieron su tierna bulla gremializada. Pero fue inútil. El ahogado, de apellido Gándara, pateó más fuerte. Es cierto que hay una guerra en las calles, pero en este caso el MP mató al mensajero.


(Columna publicada el 18 de junio de 2009.)

Padme sueña

Allí está echada mi gata Padme. Como todas las gatas del universo, la Padme se la pasa durmiendo gran parte del día. A veces la sorprendo teniendo pesadillas.

¿Qué es eso que empaña su dormir, la pone complicadamente a titilar? ¿Qué hilo nace de la nocturnidad de su cerebro?

No lo sé. En realidad, es una cosa que ni se de mí mismo: por lo general, jamás me acuerdo en la mañana de lo que he soñado durante la noche.

Sólo ahora, que estuve llevando un diario de sueños, empecé a familiarizarme un poquito con la dimensión apabullante del soñar.

Muchos se interesan en los sueños como vehículos de contenidos, ya sea proféticos o psicoanalíticos. Desde siempre hubo personas que atribuyeron a los sueños el rol de ser espejos de información espiritual, y de allí surge la oniromancia. Entra en lo posible, por qué no, pero me parece que sólo ocurre en consciencias muy notables. Siempre hay un convencido que dice que Dios le platicó en un sueño, cuando a lo mejor sólo hubo movimientos en sus niveles de sodio, por decir, y eso se correlativizó en su producción de imágenes mentales. Por otro lado, no me parece que sea tan relevante pasarse una vida entera durmiendo con un libro de papá Freud debajo de la almohada, interpretando compulsivamente los silogismos del inconsciente.

Me interesa más el fenómeno de los sueños porque abren fuentes insospechadas de energía poética (“el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”). Y porque los sueños son esos maestros que nos muestran que en realidad aplicamos las mismas estructuras oníricas de la vida nocturna a nuestra vida diurna. Visto desde este punto de vista, no son los contenidos lo importante: lo son las formas. Formas que se repiten una y otra vez, sin que nos demos cuenta de ello, como en una alucinación o impostura sin fin…

Padme, despierta, Padme…


(Columna publicada el 11 de junio de 2009.)

Paralelo 38


Muy interesado por saber cómo el Consejo de Seguridad piensa abordar la cosa de Corea del Norte.

Una palabra que se ha usado mucho es esa palabra “sanción”. Nada conciliatoria, no es un pastel de manzana, pero es una palabra bastante prudente en un conflicto que ya ha rebasado ciertos límites designables. Es un término sobre todo comunicacional y público, destinado a hacernos creer que vivimos en un mundo en donde la niñera tiene aún la última palabra. Presupone que ya todas las reglas han sido ensayadas y poseen un peso exacto. Como si estuviéramos viviendo un campeonato de la FIFA. Se cree que después de dos guerras mundiales, una guerra fría, y un deshielo, las sanciones deben funcionar. No como prácticas lisérgicas, experimentales. Más bien como expresiones de un derecho de piso inapelable: el fruto de una supuesta lucidez civilizatoria que tuvo que hacer innumerables sacrificios para erigirse como tal.

Pero a esa perspectiva tan tranquilizadora e inmune se oponen por lo menos dos escenarios “regresivos”. Por un lado, una escalada de tonos que amenaza con estallar en el paralelo 38. Una crisis frontal y clásica entre Pyongyang y Seúl, con factibles grados de operatividad bélica. Y por otro lado, se ha establecido un retrocontexto propio de la Guerra Fría, en donde se rehabilita el chantaje atómico como fuente infinita de especulación. Corea del Norte pudo haber realizado solamente ensayos nucleares. También pudo haber realizado solamente ensayos con misiles. Lo cierto es que hizo ambas cosas. Un mejor desafío a la llamada pax americana sería imposible de igualar. En pleno Siglo XXI, las armas siguen siendo los únicos naipes que imponen respeto, en la carnicería de las voluntades.


(Columna publicada el 4 de junio de 2009.)

33

El último monólogo del libro Criaturas del aire, de Fernando Savater, empieza con una frase que no carece de efecto:

“Hoy he cometido una impertinencia de la que me he arrepentido casi al instante: he cumplido treinta y dos años”.

Una impertinencia, para qué dudarlo.

Mucho más tóxica, mucho más sucia, mucho más bacterial y asquerosa es la impertinencia que yo mismo he cometido esta semana: he cumplido treinta y tres años.

Incluso, por la cifra, podría decirse que se trata de una impertinencia crística. Pero eso no sería más que perpetuar el eterno guión de autoimportancia que no ha representado más que desdicha en mi vida –desdicha millonaria… donaldtrumpiana– y a decir verdad, ya tengo más que suficiente con la importancia que me dan los piensan que soy un intolerable pedazo de imbécil, que no son por fuerza pocos.

En el monólogo citado, Savater hace un repaso de aquellas cosas que ya a sus treinta y dos años ha experimentado, cosas de las que habla con cierto orgullo vitalista, beber los mejores vinos, viajar a Venecia, escuchar a Rostropovich, por ejemplo.

Es curioso: todas esas cosas las he experimentado también, pero a diferencia de Savater, las recuerdo siempre con notoria indiferencia, con un sentimiento inaudito de puerilidad.

No me privé de nada: sedas y viandas, apasionantes fármacos de diseño, mujeres sinceras o cinematográficas, encuentros con personas fecundas, los más refinados universos intelectuales, 100 000 conciertos de rock´n´roll…

No gané tanto con ello.

En cambio, perdí lo indecible.

Les parecerá el argumento de un infeliz. Pero la verdad es que soy el hombre más feliz del mundo. Ya desilusionado de todo, espero con creciente ilusión lo que ya es a todas luces la segunda mitad de mi existencia. Y en ese estado de júbilo exaltado, me dispongo a lavar los platos.


(Columna publicada el 28 de mayo de 2009.)

La falacia Balú


El caso Rosenberg explotó con una carga de paroxismo escénico y emocionalidad operática.

Tanta teatralidad terminará presumiblemente por vaciar los depósitos de actividad civil: terminados los fuegos artificiales, una especie de entumecimiento se apoderará de los instintos políticos, una especie de sopor poseyaculatorio.

Fue en suma lo que ocurrió con el caso Gerardi. El interés por el mismo se terminó derrumbando. Mucho se debe a la desinformación, a los bloques contradictorios de datos, que quemaron el cerebro de los guatemaltecos.

Aquello que se escucha del caso Gerardi son a menudo opiniones irritadas, berrinchudas.

El libro de Francisco Goldman, El arte del asesinato político –recientemente traducido al español– viene a contrarrestar esa tendencia, devolviéndonos nuestra habilidad de indignación razonada. El reportaje aquí funciona como una cámara de descompresión, desde donde podemos pasar a un nuevo nivel de observación discursiva. Lo que dará este libro es claridad, incluso a sus detractores, lo cuál también es bueno.

No me parece que Goldman esté al servicio de la instrumentalización política o teledirigida. Su libro está escrito no desde el protagonismo ideológico o de ninguna clase, sino desde el sentido común. Y eso se nota en el lenguaje, que no formula planos adjetivales, y se nota en la seriedad periodística, que ofrece momentos tremendamente concretos de alteridad informativa.

Lo que no le impide al autor tener al fin de cuentas una posición (y como dice Maruja Torres: “Creo en la objetividad periodística: pero detesto la neutralidad”), y de esa cuenta pasarle un sobrio y firme acuso de recibo a Maite Rojas y la Grange –a Vargas Llosa– y a Pérez Molina, y asimismo reivindicar al grupo de la ODHA.


(Columna publicada el 21 de mayo de 2009.)

Calatrava


Ya habré hojeado una veintena de veces, en maniatadas reuniones sociales, los libros estilo Casa Guatemalteca, que proliferan en tantas residencias con obcecante monotonía.

Desconfío bastante de esta clase de publicaciones, en donde el efecto sublimatorio es llevado a la n potencia. En especial, los libros decorativos que retratan a Guatemala como una especie de jardín de las delicias y no como el angustiante y deforestado proscenio de blocks a medio terminar que en realidad ya es.

Ocurre no obstante que de vez en cuando uno encuentra, sobre una mesita, algún libro auténticamente espléndido. Así fue como de hecho conocí hace un tiempo, en casa de un conocido, la obra de Calatrava.

Mi amigo había traído de uno de sus interminables viajes un tremendo mamotreto llamado Calatrava Bridges, lo había puesto en su sala de estar, y para mí fue lo mismo que si hubiera puesto una carga de explosivo en el centro de mi corteza cerebral.

En verdad, los diseños de Calatreva poseen la fuerza de un tsunami. Pero lo más inaudito es que todo ese poder arquitectónico de Calatrava parece hallarse al servicio de una sutileza casi extraterrestre, una delicadeza completamente evolucionada. Podemos estar seguros que los diseños de Calatrava coinciden con las energías más enigmáticas del universo. Si alguien nos convierte, en tanto que especie, en una raza del futuro, es Calatrava.

Naturalmente, no deja de incomodarme la clase de dinero que se requiere para sostener su visión. Leí recientemente, en una nota del New York Times, que el proyecto Zona Cero ya va por los 3,2 billones de dólares.

¿Es moral tanta grandeza? Sólo sé que no es igual a invertir cantidades místicas de dinero en bolas de tennis de plutonio.


(Columna publicada el 14 de mayo de 2009.)

2400 horas


Dije y escribí de George Bush un montón de cosas. Pero nunca una palabra apreciativa. Me parece que la sola vez que redacté algo no atrabiliario de él fue en relación a su receptividad para con el Dalai Lama: permitió que le dieran al gran líder religioso la medalla del Congreso. Y eso fue todo.

Con Obama es distinto. Digamos que me sigue dando cierta confianza, 2400 horas después que tomó el mando. No es solamente que reconozca su intenso magnetismo –siendo Obama un orador de excepción– o que me deje engañar –horror– por el modelo telemático de su familia. Es que me doy cuenta que es una persona todo menos monolítica.

En una entrevista, Bob Dylan expresa muy bien esa característica de Obama: “Dice cosas realmente escandalosas. Puede estar mirando una cabeza reducida en la vitrina de un museo con muchas otras personas y se pregunta si alguna de ellas se da cuenta de que podrían estar delante de uno de sus antepasados.”

No es un rasgo vindicativo o agitador. Obama sabe perfectamente guardar los criterios del diálogo. De hecho, ha optado directamente por bajar el tono altisonante –como durante la reunión del G–20. Promueve pacientemente una expresión relajada (el reverso de Bush, lo más parecido a un glande en estado de fimosis). Cuando fue todo ese asunto de Tom Dashle, reconoció inteligentemente su falta, sin cuota alguna de autojustificación, y con la naturalidad de quien sabe que cagar es humano.

Sin embargo la distensión de Obama no sugiere complacencia. Su apertura al cambio va más allá de ser un mero punto fotogénico, y expresa una firmeza palpable. No se puede decir que no ha tomado decisiones riesgosas. Desde cerrar Guantanamo hasta adelantar un paquete de estímulo de casi 800 billones para atizar la bestia económica. Todo le puede salir por la culata.


(Columna publicada el 7 de mayo de 2009.)

Cómo grito


Cómo grito. Grito en la mañana, y en el carro, y a la hora en que no se grita. Grito y no escucho pero eso sí escucho mis gritos gritar. Grito porque soy un hombre sin una noción muy clara de justicia, un bárbaro, un buscador de oro. Grito sangre a sangre la memoria de la raza. Grito cuando hojeo silenciosamente los libros que no gritan. Grito a caballo y grito a pie. Hay gritos artísticos, gritos Debussy. Hay gritos atrapados en las cien bartolinas del miedo. Mis gritos se elongan en el tiempo, como estrellas muertas. Gritar es dar el pan que se desvanece. Grito porque canto. En tanto que pájaro, en tanto que zombi, en tanto que Jehová comiéndose las uñas en su alcoba cósmica, yo grito. Grito a vuestros hijos que ya me están gritando ellos de vuelta. Por despertar el hígado de las cosas grito. Y por no decir, entonces grito, pues de decir está hecha la miseria barata de los días. Grito sin curiosidad. Grito agritadamente. Grito y en el acto defino con gran precisión lo que es gritar. Grito de dormir. Grito suavecito. Grito gatos degollados. Y cuando no estoy gritando, pues también grito. Vivo en un edén de gritos. Grito contra el muro y grito fusilando. Miren cómo gritar es dar navajazos en la noche. Es ampliar las posibilidades nerviosas de otro ser humano. Desolado es mi grito, óseo es mi grito, grito mi cueva. Es tiempo de gritar. Y también es tiempo de dejar ir el grito, que se vaya al Petén salvaje. Grito y embeleso a los que apenas saben gritar. Tu grito como el mío saben a mermelada, a tierna muerte conyugal. Gritos que se arrastran sobre la nieve, como torturados monjes tibetanos. Ya no seré jamás aquel que escribía poemas a la orilla de los mares, sino sólo ese adusto hombre que ya está harto de parquear el carro, y grita. Y se mira las manos gritantes. Y grita.


(Columna publicada el 30 de abril de 2009.)

La salud de los jabones

Dos y tres enfermaron. Luego cuarenta, y luego mil, y luego cuarenta mil, y luego todos.

Los jabones. Presentaron de la noche a la mañana pústulas bastante repugnantes. Estaban como ausentes, sólo boqueaban, ya negros, en los lavamanos.

¿Y ahora cómo vamos a bañar a nuestros hijos?, se lamentaron todas las madres.

Alguien especuló: que los jabones habían enfermado por sucios. Y dijo: que si bien contribuían a la cultura higiénica del ser humano, los jabones jamás se autolavaban. Expresó: que esa falta de cultura sanitaria de los jabones trajo consigo la plaga y la calamidad.

Recuerdo haber puesto el jabón de la bañera en una cajita, sobre un pañuelo, con gran delicadeza. Le hice el reiki. Me gasté un dineral en medicinas. Pero se murió lo mismo.

Se mandaron a hacer grandes fosas comunes, para tanto cadáver de jabón.

Los humanos dejaron de lavarse. El olor, Dios mío.

Y así cómo los jabones presentaron de la noche a la mañana síntomas de descomposición, el humano se terminó enfermando él también, y largas epidemias azotaron las ciudades. Al final, jabones enfermos y humanos enfermos terminaron compartiendo los mismos cuartos de hospital, en una especie de insólita amistad entre lo animado y lo inanimado. Era hasta cierto punto hermoso, a pesar de trágico.

Pero las personas aún sanas mostraron en cambio gran resistencia a involucrarse con los jabones, a quienes culparon de toda la tragedia. Propusieron de esa cuenta hacer jabones con los humanos que iban muriendo, ya saben, como en los campos de concentración. Y en efecto los jabones nuevos hechos de grasa humana demostraron propiedades genéticas superiores, y ya no enfermaron.

Los nuevos jabones eran fuertes y arios. Y así volvió a la tierra la salud de los jabones.


(Columna publicada el 23 de abril de 2009.)

La moral de los artilleros


¿Es que hay pueblo más psicológicamente receptivo a las bondades de una Glock? Los portadores de armas recurren a argumentos ni siquiera alambicados para defender su punto de vista. Por lo general, reivindican el derecho a jugar a los vaqueros en la calle. El Estado, en una posición más bien ambigua, recorta los derechos de los artilleros pero a la vez estimula sus ademanes, e insiste en que hay que darle a la gente “los medios adecuados y racionales para defenderse”. Por racionales entiéndase hábiles como para vaporizarle la masa encefálica a un vecino, asegurándose de esa cuenta el disparador incontables eones de vagancia en los reinos infernales de la existencia cíclica. Pero la Ley de Armas y Municiones dice: “medios adecuados y racionales”. No me cabe duda de que los diputados, antes de tomar cada decisión parlamentaria, visitan sus anaqueles privados en busca de Kant de quien por supuesto compusieron en tiempos de Universidad alguna tesis avanzada. Así de puros y sabios son nuestros legisladores. Y de esa cuenta, luego de revisar concienzudamente el concepto de imperativo categórico, ellos deciden que lo más lúcido –y moralmente fructífero– es situarse por encimita de la misma ley que buscan promover. Una auténtica ética del ejemplo, la de esos cabrones. Muchos le colocan una estrellita en la frente a dicha ordenanza pero a mí no me engañan y me parece que se quedaron ultracortos. Es lo que pasa cuando se adelanta una iniciativa en un contexto volátil, y quizá montado (la fotocomposición fría y escabrosa de los choferes muertos). ¿Tres armas? Una en cada mano, y otra en el botín. Cowboys, les digo. No es que no le tenga miedo a un marero con un MS13 en la frente. Pero le tengo aún más miedo a los psicópatas Lacoste que van por las calles con una 9 milímetros en la guantera.


(Columna publicada el 16 de abril de 2009.)

Gurús urbanos



(Foto: Eny Roland)

Lo que no podemos dejar es que nos arrebaten la ciudad. Confesionario total, erial pantagruélico, playground para seres de dos cabezas. La ciudad es todo eso y es más.

Rendimos pleitesía a los que nos han revelado los secretos de la urbe. Allí está –poderosamente sugestivo– el concepto de deriva propuesto por los situacionistas, con el gran Débord a la cabeza.

Y es Débord quien escribe, en Teoría de la deriva: “Una o varias personas que se abandonan a la deriva renuncian durante un tiempo más o menos largo a los motivos para desplazarse o actuar normales en las relaciones, trabajos y entretenimientos que les son propios, para dejarse llevar por las solicitaciones del terreno y los encuentros que a él corresponden”.

Rendimos pleitesía a los que nos han revelado los secretos de la urbe. Por ejemplo, al Walter Benjamin que señaló eternamente: “No poder encontrar un lugar en una ciudad puede ser poco interesante y banal. Pero perderse en una ciudad –como se pierde uno en un bosque– requiere un entrenamiento muy distinto”.

Walter Benjamin es especial referencia para cualquier urbanofrik que se precie de serlo, y que ya tendrá en su bibliografía quintaesencial el Libro de los pasajes. Fue Walter Benjamin por cierto quien hizo el upgrade definitivo para entender al primer poeta de la ciudad: Baudelaire. El desdén de Baudelaire por el campo y lo rural –en contraposición a la visión romántica lamartiniana– le llevó a escribir en una carta: “Nunca creeré que el alma de los Dioses habite en las plantas”.

Rendimos pleitesía a los que nos han revelado los secretos de la urbe. Párrafos mineralmente heroicos del venezolano José Balza, ministerios de la cotidianidad de José Joaquín Blanco, melodramas psicopoéticos de la ciudad cortazariana, en donde Oliveira procura –inútilmente– encender un cigarro, bajo la lluvia.


(Columna publicada el 2 de abril de 2009.)

Benedictus Africanae


La visión que occidente tiene de África es moralista y fantasiosa. Occidente siempre ha querido ver al África desde muy arribita. Digamos: desde el balcón VIP de un lujosísimo y dubaiesco Faro de Alejandría –mientras toma el té y lee a Tintin y mata con mira telescópica cosas vivas como leones o niños y también opositores de multinacionales, por qué no.

Nada en este sentido debe sorprendernos, por ejemplo que Ratzinger emprenda su cruzada tercermundista invitando a las negras a la virginidad. Es todo parte de esa misma mirada literaria con que África es percibida. Una mirada que ya en sí misma es una expoliación. Incluso versiones no colonialistas del África –como la conradiana de El Corazón de las Tinieblas, o algunas narrativas promovidas por el altruismo televisivo– adolecen de cierta esquina de patetismo que no necesariamente concuerda con la realidad africana.

Lo cuál no quiere decir que la realidad africada no sea patética por derecho propio. Sólo en lo que respecta al HIV/SIDA, las estadísticas nos hablan de 25 millones de infectados. En un contexto como éste, no deja de dar cierta pena que Ratzinger diga que los condones agravan el problema del VIH. Uno puede esperar un comentario como ése de un compañero de la oficina luego de seis o siete chibolas en el Portalito, pero no del máximo jerarca de la iglesia antes de realizar su primer viaje apostólico al continente con mayor crecimiento católico del mundo. Sólo le faltó hablar de los baños fríos, por Dios. Y quien sabe, a lo mejor se disponía a hacerlo. Algún asesor despierto, previendo un monumental descuido, se lo habrá impedido, con gran sutileza. Recordándole al anciano, muy cerca al oído, el sensible tópico de la crisis de agua dulce en África
–especialmente en regiones subsaharianas…


(Columna publicada el 26 de marzo de 2009.)

Rara avis

He presenciado la muerte de mis sagas personales con una sonrisa satisfecha. No importa si se trata del skating, las drogas, la ciudad, esta o aquella corriente ideológica, y todo el resto de caprichos y cabarets neocorticales que surcaron mis décadas: todo acabó derrumbándose. Lo cuál es perfecto: un recorte necesario para que la vida siguiera en pleno funcionamiento.

Recientemente me pasó con la literatura. Me levanté un día de la cama, y decidí que ya estaba hasta la coronilla de las letras.

Desde el punto de vista de la sanidad, escribir es una actividad sumamente degenerada. El escritor que se toma demasiado en serio a sí mismo está condenado a toda clase de atrofias físicas, disfunciones neurales y llagas psicoanómalas de orden diverso, además de una desoladora megalomanía. Ni el vitalista Hemingway pudo escapar a la enfermedad mental.

La cosa no termina con el escritor. La misma sociedad se empeña en crear fantasías y supersticiones en torno a la gramática. Se ha llegado a pensar, desde Diderot a nuestros días, que un libro es el vehículo perfecto de la libertad. De tantas religiones, la religión del libro es la peor, porque sus seguidores están convencidos de que no son religiosos ellos mismos, y de que no creen en un Dios barato, cuando la realidad es hartamente lo contrario.

Por fortuna, el internet ha democratizado la escritura y habrá más posibilidades de que el humano de a pie –no el pío intelectual que en las fiestas nos agota ducalmente a todos con mortales clasificaciones– al ponerse a escribir él también, comprenda por fin el fiasco inherente al procedimiento literario, y de una vez se pase por el culo los mandos editoriales, los museos, los pénsums, los centenarios, y el resto de plastilinas que ensamblan nuestro repugnante engreimiento cultural.


(Columna publicada el 19 de marzo de 2009.)

Choferes y ayudantes

Universo moral es la calle, y ahí se salva uno o se inferniza. Hay conductores que van retranquilos, como encima de una esponjosa nube de mota, y dan paso, y sonríen, y otros que sencillamente van construyendo ciudadelas de pólipos cancerosos en alguna pared interna de su organismo, a fuerza de masacrar mentalmente a todo el mundo, y especialmente a los choferes de camioneta.

Así que si su rollo en este momento consiste en purificar una vida de improperio, biliosidad, maledicencia crónica en la retícula urbana, semafóricamente hablando, entonces yo le digo, de una vez, que no existe acción más retributiva que darle paso a un chofer de autobús.

No le nace, yo lo sé. Pero déjeme decirle que hay un karma vial, y darle vía al bus, eso es golden karma. Siempre los vemos, a los choferes, como la mugre de la mugre, y por macizos los odiamos. Pero son macizos porque nadie jamás les da vía, un círculo drogadicto.

Especialmente ahora hay que darles cariño. Por las calles los van asesinando, a la luz de la impunidad. Si Vd. desea la vanagloria de lo extremo, puede por caso elegir ser corresponsal de guerra, guachimán de narco, cuidador de gorila o chofer de bus en Guatemala.

El chofer de camioneta nunca leyó a Stevenson, pero ya recibió, de las manos de un pirata tatuado en forma de marero, la negrísima marca.

¿Cómo vamos a solidarizarnos con ellos, los hermosos, los castrados, los infinitos choferes de camioneta? ¿Cuándo caminaremos en masa, para que ellos puedan manejar tranquilos? ¿Y cuándo seremos nosotros por fin sus ayudantes, y los ayudantes de sus ayudantes? ¿O será que ya vamos tarde para el gimnasio? ¿O será que ya no le llegamos a la telenovela? Los choferes, ellos, no tienen prisa de morir. Y sin embargo tienen que salir a trabajar.


(Guatemala 12 de marzo de 2009.)

Vallejo


Una moral hay en el poeta: es la moral de no pertenecer ni al lenguaje ni al silencio. El poeta, cuando es auténtico, usa todas esas palabras, pero a un tiempo vive en el puro revés del idioma. Se podría decir que reside en una especie de área fronteriza en donde la forma y lo informe se lamen a gusto. Agreguemos que en esta área fronteriza lo que no hay son –cabalmente– fronteras; siempre colapsan.

Ya con esto en mente, podemos agregar que no hay poeta más poeta que César Vallejo. Vallejo no se deja agarrar por las estructuras del idioma, los corsés. Vallejo es Houdini. Siempre rompe las prisiones agostas del idioma en busca del espacio formidable. No tiene miedo al aire, y siempre le vemos saltando al vacío gramatical.

Salta, pero jamás se suicida. Suicidarse en este contexto quiere decir renunciar completamente al sentido. La locura es una forma de comodidad, pero Vallejo trasciende todos los irracionalismos. De hecho, Vallejo está más allá de toda vanguardia. Es un liberado, no un vulgar terrorista. Ni se deja caer como un estúpido. Es un pájaro que vuela con gracia y luego se para en la misma cornisa vieja y luego se echa a volar otra vez. No dice no a lo blando y no dice no a lo duro. Vallejo jamás desprecia lo relativo en nombre de la libertad.

De hecho ama lo relativo, y todo lo relativo encuentra en la poesía de Vallejo a una madre muy buena. Allí se va juntando el inmenso dolor de lo pequeño. El crístico dolor de lo cotidiano. Cada verso suyo es como un nervio dos veces doliéndonos. Y porque Vallejo ama lo relativo, Vallejo ama al ser humano, y defiende al ser humano y del ser humano mismo lo defiende (“¡Cuídate, España, de tu propia España!”).

De Vallejo son los enfermos, los pobres, los muertos de granizo y los asangrados. Allí los tiene, jateados en poemas, que son barcazas ardiendo, sobre el Sena helado.


(Columna publicada el 5 de marzo de 2009.)

El resplandor


Brisa de seconal en una playa de El Salvador. Quédese usted delante de esta brisa, ella se encargará de disolver con su blando salitre cualquier resquicio de neurosis. Así lo he hecho yo, y las lentas acumulaciones, las cóleras, las corcovadas violencias enterradas en el cuerpo se van fundiendo con el formidable calor.

Me encuentro en una ribera llamada Costa del Sol, y no hay nadie a la vista, en la vasta arena. Es posible que los salvadoreños se hayan mudado a más excitantes litorales. Los chalés están pornográficamente desiertos.

Por mi parte, me he hospedado en un hotel muy viejo –el Tesoro Beach– y soy literalmente el único huésped. Es como estar en The shining, en su versión ecuatorial. Habitaciones y habitaciones vacantes.

Cuando era chiquito, vine con mis padres a este mismísimo hotel. Con la diferencia radical de que el Tesoro Beach era entonces un lugar hormigueante.

Oh sí, recuerdo aquellos viajes de infancia… Nos íbamos en carro… San Salvador… De vez en cuando se escuchaban disparos… ¿Reales, imaginados? No lo sé... Pequeños disparos ominosos que no me podían tocar, pues yo estaba envuelto en una felicidad mullida de toalla Hilasal…

Los tiempos han cambiado. El Tesoro Beach es hoy un hotel muerto, sustituido por proyectos fabulosos en otras costas de El Salvador. El Frente Farabundo Martí es el gran favorito para las venideras elecciones (para crispación de las “catorce familias”). Es un escenario electoral completamente maniqueo –muy distinto al que hemos vivido en Guatemala, el nuestro siendo más bien atomizado y oportunista, y por supuesto, sin una izquierda representativa. La derecha guanaca proseletiza: “Vota con sabiduría”. Por otro lado, he visto al Che Guevara junto a la estampa del FMLN pintado en las paredes de algún pueblo del interior.

Me voy de vuelta a mi habitación. Caminando por el largo corredor de cuartos vacíos, no sé si soy un turista o un fantasma.


(Columna publicada el 26 de febrero de 2009.)

En La Terminal con Cosita

“Te vas a ir de culo”, me aseguró el Cosita. “Sólo buenas chivas”, dijo también. “Vas a ver”, recalcó.

El Cosita (no, nunca le he preguntado por qué lo llaman el Cosita) prometió llevarme a una paca de la terminal, con el objetivo de que me fuera a comprar unos mis tennis, luego de leer una columna mía en el periódico, en donde al parecer yo decía que los tiempos no estaban para comprar tennis nuevos. “Eso es por qué no sabes donde comprarlos”, filosofó el Cosita.

“Pero yo sí”. Y aún añadió: “Por menos de lo que te pagan una de tus columnas sin gracia”.

Enfilamos a la terminal, pasando entre los puteritos, entre los charitas virtuosos, entre los sucesivos puestos de verduras, y las ventas de pomadas que curan hasta el cáncer de colon fase terminal. Hallamos la paca, que resultó ser una paca más grande que Los Próceres. Se daba gusto el gentío, compraba el gentío, salía con diez y ocho bolsas, el gentío, y el reggaeton daba aire para seguir hurgando, y las voces ondulaban, y las señoritas ya no sabían ni cómo contar tanto billete, y el Cosita ya le estaba endulzando el oído a alguna, con su casaca de siempre. Un guardia se rascaba decorosamente un huevo.

En efecto, ahí estaban los tennis. Usados y nuevos. Nuevos también. A trescientas varas el par. De marca. Y tanta ropa. Me puse a menear mugre yo también, las t–shirts, las chumpas, los jeans. Encontré preciados tesoros, prendas invaluables.

Y luego toqué algo, entre la ropa. Al principio no computé. Palpé bien, para ver. Era una especie de abrigo de piel, entre las faldas, entre los sweateres. Con todas las fuerzas, jalé. Todos los presentes retrocedimos, asustados, cuando conseguí sacar lo que después de todo no era un abrigo de piel (y con el frío que había en esos días) sino, sencillamente, un chucho muerto. El Cosita me estaba viendo, desde el otro lado del cuarto, se cagaba de la risa, el muy infame.


(Columna publicada el 19 de febrero de 2009.)

Lama Ole


Lama Ole dará charla el lunes en la Marroquín. Lama Ole se me figura como una emanación del mismo Odín, un Odín pasado a tibetano. Todo en él es fuerza y conquista. Ha fundado todos esos centros del Camino del Diamante –seiscientos– en innumerables países, con una voluntad que le hubiera sacado las babas al mismo Nietzsche. Los hay en los márgenes más impensables (Guatemala). Allí donde se pensaría que la doctrina del Buda jamás iba a florecer. Pues florece. Y eso gracias al espíritu guerrero de Ole, y a un horario bestial –viaja cada dos días y medio, me dicen– que sigue manteniendo a sus casi setenta años. Lama Ole es la persona más ocupada del mundo –y no ocupada en miserias, sino ocupado en el despertar.

Le repugna lo políticamente correcto, y ello lo convierte de entrada en un maestro muy bellamente grosero. Y, a veces, en uno feamente grosero. Su visión antiislámica es conocida. Los cuál nos choca a todos, o por lo menos me choca a mí. Para mí Rumi no es menos importante que Milarepa o que San Juan de la Cruz. Pero se agradece que Lama Ole no promueva un budismo chueco y maricón de lounge espiritual, sino un budismo comprometido, resistente, incluso combativo. El año pasado, durante una meditación guiada, se exaltaba porque no decíamos el mantra con fuerza: “¡Díganlo más alto! ¡No somos una secta cualquiera, somos una religión mundial!”, exclamó.

Lama Ole es un vitalista al servicio del gozo y el espacio. Hay una jovialidad envidiable en Lama Ole (por cierto fanático de los deportes extremos, el paracaidismo y las motocicletas) que lo aleja de cualquier solemnidad sepulcral. No enfatiza en catatónicos estudios sino en el esfuerzo directo de la meditación. Su trabajo como maestro budista ha sido uno de descomplicación, de vulgarización en el sentido óptimo de la palabra, de desprendimiento de pesadas vestimentas culturales, y de ligar el budismo de una manera práctica al occidente.


(Columna publicada el 12 de febrero de 2009.)

Los buenos chicos


En los últimos años, he tratado de ser un buen chico: decirle buenos días a la gente, regar las plantas, dormir temprano, esa clase de cosas. Ya saben, un boy scout. Y hasta cierto punto, he conseguido no meterme en problemas. Pero donde no he logrado nada en cambio es cuando voy en carro. Ha sido mi propia batalla de Verdún.

Vean: para mí manejar es una regresión a estadios primarios de imbecilidad que me hacen dudar del concepto entero de “progreso”, como diría mi terapeuta si tuviera alguno. A veces estoy en el parqueo de Multimédica (por decir algo) o en el Bulevar Liberación (por decir una cosa más) y se me sale del pecho un toro satánico con jerga de puta que pone a temblar de vergüenza ajena a mis copilotos. Vaya budista el que he resultado ser.

No soy el único animal con estas características. A lo largo y ancho de la ciudad, proliferan los choques emblemáticos de callejeo verbal, a veces con consecuencias atroces y feroces, porque el problema es que a más de alguien se le termina colando un vergazo, o un tiro. Ojalá fuera todo imprecación. Ojalá fuera todo blasfemia. Ojalá fuera todo como esa historia de la señora a la que le gritan vieja puta y la señora va tras el tipo, hasta darle alcance, y le dice: “Lo de puta se lo paso –pero lo de vieja…”

Ojalá fuera todo el bravo humor de los insultos. Pero en la calle todo pasa a una Dimensión Más Complicada.

Me parece que todo este rollo del road rage proviene de una ilusión que se forma en la mente del conductor: la ilusión de estar muy contenido, protegido, afelpado, individualizado y separado en su vehículo, cuando en realidad se encuentra en la ultrasalvaje vía pública. Quiero decir que no conozco nada parecido a una orgía segura. Aunque todos usaran condón, a la larga a más de alguno se le terminaría rompiendo. O se lo acabaría quitando, por eso de sentir más. Así son los buenos chicos.


(Columna publicada el 5 de febrero de 2009.)

Ciudad Citi


A finales del año pasado nos inundaron la ciudad con el logo de citi.

La historia de ese logo es un caso bien resuelto de identidad gráfica. Surgió cuando se dio el merger entre dos mamuts: The Travelers Group y Citicorp, de donde brotó Citigroup.

No sé si recordaran el logo manejado por citibank hace un cuarto de siglo: un logo austrolopiteco, achacoso, y ochentero a más no poder. The Traveler Group, por su lado, tenía como referente gráfico una sombrilla, pero una sombrilla didáctica que no se atrevía a dar el salto hacia la abstracción total.

Por supuesto, una nueva era se anunciaba, con un énfasis genial al poder icónico de las marcas y los isotipos, en el mundo de la depredación ultravisual.

Del merger mencionado tenía que surgir un ícono que pudiera ingresar con elegancia y poder al siglo XXI. El resultado no fue nada horrible: una síntesis impresionante del espíritu de las dos marcas originales, un esfuerzo calculado de ecuanimidad y respeto por ambas instituciones.

Se quedó el nombre “Citi” –que remite de sí a un hábitat dinámico y funcional. “Citi” funge como poderoso prefijo para todas las subramas de la corporación. La sombrilla ya mencionada fue decantada dando la noción de techo sobre las dos columnas (las dos íes) y en medio una “t” que era tan de Citi como de The Travelers Group; de ambos grupos se extrajo el color azul y el rojo, respectivamente.

Y ése es logo que hoy vemos por todos lados, en Guatemala. La cantidad de moopies y vallas que pusieron a finales del año pasado fue apabullante. Todo realizado en un pésimo timing, puesto que Citigroup estaba de hecho viviendo una crisis histórica que puso a temblar a todos los santos del almanaque, una crisis que los dioses crediticios recordarán por eones. Fue tan así que tuvieron que buscar –en una movida muy poco elegante en términos de libre mercado– fondos federales, para no romperse, como espejo sucio, en mil pedazos.


(Columna publicada el 29 de enero de 2009.)

Un zanate en la ventana


Me lo han preguntado, y yo he contestado cada vez: el primer libro de literatura–literatura que leí, cuando estaba lejos de dar pelo, fue un libro de Edgar Allan Poe. Traducido por Baudelaire. Lo cuál –a criterio de Borges, que lo promocionaba bastante– es mejor, puesto que el francés, dijo el argentino, contaba con una mejor sensibilidad poética.

Fue Borges asimismo quien dijo que a Poe no lo cegó “el mármol sepulcral sino la rosa”. Es decir su prima, una menor de edad.

Por cosas así es que Poe nos sigue fascinando. Por cosas así y por lo que nos va contando en su literatura, que aún hoy en el 2009 –su bicentenario– resigue apareciendo con la misma tesitura formidable.

Nada ha envejecido, porque la locura no envejece. Hay momentos en la vida de todo antropoide sensible cuando empieza a ver gatos tapiados en las paredes, y corazones hundidos en el suelo, como relojes del horror. O crípticos zanates cantando nuncamás, nuncamás. En el hotel del mito, Poe reside en la habitación Paranoia.

Está claro que uno también ha vomitado en las tabernas septicémicas de Baltimore. O no, pero sí en varias tantalizantes de la zona 1, en donde por cierto tampoco existe la electricidad, como en 1849, y ni siquiera hay un farolito de gas para alumbrarle a uno la matraca.

Fue de ese modo que la vida de Poe transcurrió: entre un montón de cerotas tinieblas. Inclusive su muerte reviste lobreguez. Todas las teorías de la muerte de Poe son inclaras. El inventor del género policiaco murió en la sombra de un enigma. Y sin embargo, Poe nos enseña cómo del abismo nace una navaja de lucidez, una forma completamente autoconsciente de asumir el hecho literario.

La literatura es como uno de esos animales subacuáticos que mimetizan el fondo individual en que se encuentran. Sólo eso explica a Whitman. Y sólo eso explica a Poe.


(Columna publicada el 22 de enero de 2009.)

Reflexiones bollywoodenses


La India irradia su ciudadanía hacia el resto del mundo. Lo vimos hace poco en los Globos de Oro: atención masiva otorgada a Slumdog Millionaire, y no debe entenderse esto como un evento diseccionado, individual, sino como el deliberado reconocimiento de un mercado fílmico –Bollywood– que dinamita cualquier presión autocentrante por parte de la industria de cine norteamericana.

Pero el fenómeno va mucho más allá del cine. La geografía de los mandos mundiales no tardará ni un pedo en reformularse, con la emergencia de nuevas tribunas demográficas, nucleares, e industriales. Las potencias actuales deberán decidir muy pronto un nuevo sistema de alianzas, antes de que algún mesianismo nacionalista decida limpiar la banqueta del vecino. Como las luces Campero pero en más bestia.

Estados Unidos encuentra en la India una opción natural, por democrática, y la única que puede formalmente escupir en la tumba de Malthus, esto es: mirar a los chinos a los rasgados ojos sin ofuscarse demasiado. Estamos hablando de 1,100 millones de indios. Es sabido que para el año 2,050 habrá más indios que chinos en el mundo. De momento, las diferencias demográficas son rápidamente zanjadas por el arbitrio tecnológico. De allí surge un acuerdo de cooperación nuclear, con fines presuntamente civiles, entre el Primer Ministro indio Manmohan Singh y el florido Bush. Pero no hay tal cosa como tecnología no militar.

Por supuesto, no cabe un descuido en las interconexiones sinoamericanas, y las partes involucradas saben ciertamente el billete que éstas representan. Pero si en algo creen los Estados Unidos es en la paranoia como comportamiento político, y en la máxima que reza: todos los hombres son un peligro. La máxima la hallarán ustedes en el súper, sección John Adams, recientemente puesto de moda otra vez gracias al papel espléndido de Paul Giamatti en el filme de HBO (y a quien premiaron también el domingo). ¿Habrá un remake, por cierto, en Bombay?


(Columna publicada el 15 de enero de 2009.)

De unos zapatos


Señores: habrá que comenzar por lo primero, y lo primero son los zapatos. Mejor si nuevos, pero eso no siempre se puede. Cada año me regalo para Navidad de mí para mí un par de tennis ultrablandos de esos que le musican a uno los pasos por dentro. Tennis de viejito, qué se entiende. Pero ni modo que este año no me los pude comprar. Y quién. La tribu está atribulada por tanta crisis y por tanta maldita guerra. ¿Cómo se sentirá caminar descalzo entre el cadaveral de palestinos?

No queda más remedio que renunciar a los nuevos, ultrablandos tennis de viejito. Se hace mucho más fácil el sacrificio luego de ver cómo un periodista honorable lanza al florido Bush su calzado, con lo cuál comprendo que los tiempos piden zapatos duros, y entre más duros mejor. Ese periodista iraquí logra volver poner de moda ya no solamente un tipo particular de zapato sino al Zapato en sí, al refuncionalizarlo en un impulso politíco–estrambótico, que es a la vez cándido–poético.

Me quedo con mis tennis viejos. No les guardo ningún rechazo, en realidad. En realidad los encuentro bastante bellos. Van Gogh halla una gran belleza heideggeriana en un par de zapatos campesinos, y yo encuentro una gran belleza heideggeriana en mis nike municipales.

Nuevos o apaleados, hay que amarrase los zapatos, porque hay que caminar. Y los huevos. Amarrarse los zapatos y amarrarse los huevos son dos actividades enérgicas que van perfectamente de la mano. Con los zapatos firmes y con una firme determinación nos embarcamos en las aguas friks del 2009. A mí en lo personal me esperanza el hecho de que el ya mencionado florido Bush –factótum mundial durante una década– se va finalmente del Despacho Oval, en cuya alfombra mullida deambuló no pocas veces la muerte.


(Columna publicada el 8 de enero de 2009.)

Peña de Oro


Qué triste ha quedado el Lago sin aquellos que se fueron. Pero más tristes nos quedamos los que nos fuimos del Lago y nos quedamos sin él.

Cosas que extrañaré del Lago:

La gata Mishmush, que se nos vino a regalar a CL6 y a mí, haciéndose en el acto dueña vitalicia de nuestros corazones. A veces, escuchaba un ruido salivoso, regurgitante; venía de debajo de la cama; levantaba el edredón y era la Mishmush, hartándose un pájaro, sangre y huesos, orgía de asesina serial.

Extrañaré mis caminatas al borde de la carretera, traspasando los mil espejos de la mañana, y saludando a decenas de corredores, siempre hay alguien corriendo en Pana, o nadando.

Extrañaré los innumerables pueblos del pueblo de Panajachel. Pana como yuxtaposición de tribus y sociedades. Es un lugar extremadamente más avanzado en términos de alteridad que la ciudad, toda fragmentada, bunkerizada.

Extrañaré los panaperros, los jucanyacanes.

Los pájaros me harán falta, y las arañas.

La vista de Cerro de Oro, que algunos juran es la inspiración de la boa–sombrero de Saint Exupéry.

Extrañaré la imagen de CL6 bajando por el senderito, rielante ella, parque ella, reinventada ella, a un millón de años luz de los empleados de la queja, ella.

Pensaré ciertamente en los compas del San Francisco, vivos cuarenta y dos años después.

Echaré de menos mis diligencias por la Santander, tan presuroso, tan amargado, tan feliz.

Los cafés, poderosos y pontificios y rehabilitadores cafés del Crossroads.

Cómo me van a hacer falta los amigos de Panajachel, los locales y los extranjeros y los extraterrestres.

Y nadar en la grave sustancia del Lago.

El fuego, el agua, el viento, la tierra azul y profética.

Y talvez, de vez en cuando, escribir algún poema, en Peña de Oro, en donde ya otro Maurice quedó enterrado.


(Columna publicada el 18 de diciembre de 2008.)

Mil ventanas vacías

El atardecer la golpeó, a Elsa, como los pájaros golpean a veces los vidrios perfectamente transparentes. Detrás de los volcanes, otro volcán, de colores –el crepúsculo.

Elsa caminó al balcón. Abrió la puerta. Elsa caminó al balcón y abrió la puerta y supo que en el férvido ajedrez que era usualmente su vida por fin había dado una jugada maestra: se había cambiado de casa.

Por supuesto, le causaba una ligera incomodidad la muchedumbre de cajas apiladas, aún sin abrir, por ordenar. Aún le faltaba sacudir el polvo, guardar las cosas de la cocina, sacar los libros, los libros. Pero de momento, ahora, siempre, estaba viendo el atardecer y una tibia indiferencia le nació estival en el pecho. Y todo –la ropa, los discos, las cosas del baño, la total bruma de artefactos– se apartó y Elsa sintió más que nada paz, mientras contempló las mil ventanas vacías de los edificios.

Así estuvo un momento, dos momentos. Pero de pronto, la duda: perfecta, cortante, lúcida como ninguna. ¿Y el Objeto?, se preguntó Elsa. Ah sí, en el maletín rojo. Y Elsa va al cuarto a buscar el Objeto. Pero no está. Una creciente ansiedad empieza a subirle por la garganta. A lo mejor lo puso en el maletín negro. Pero tampoco. Entonces tiene que estar en una de las cajas, piensa Elsa. Y Elsa se da a la tarea de, compulsivamente, abrir cajas y cajas, y sacar todas, y una a una, sus posesiones, y el desorden se agiganta en el apartamento como un organismo. Es un caos de entes y formas. Elsa se pasa dos horas buscando el Objeto, sin éxito.

Quizá el Objeto se perdió en la mudanza, concluye Elsa. O a lo mejor, el Objeto nunca existió y sólo está imaginando que alguna vez existió, que alguna vez lo tuvo. O a lo mejor era el Objeto el que la tenía a ella, de una manera tan tiránica y absoluta, que, para huir del Objeto, Elsa debió cambiarse de casa. Entre tanto chunche, Elsa va perdiendo la calma, y la razón.


(Columna publicada el 11 de diciembre de 2008.)

Zopiloteando


Los columnistas pertenecen a la raza de los malparidos. Así que si usted tiene contemplado convertirse en columnista, piénselo dos veces, y si le da la mollera mejor si cuatro.

Siempre le quedará al columnista (si su oficio no le ha convertido ya en un obcecado y en un fanático) la sensación de que lo que dijo es absurdamente relativo. Como caer eternamente en la garganta del vacío. Claro, los hay que juegan a ser muy equilibrados, pero el equilibrio en sí mismo es una postura excluyente, en sí mismo una postura totalitaria.

Los columnistas no son otra cosa que las aves carroñeras que zopilotean sobre el cuerpo putrefacto de la realidad.

Varios son los casos de columnistas que terminan en alguna cuneta (la cuneta antisocial, la cuneta depresiva, o simplemente en la cuneta literal, bien plomazeados). Los he visto: gravitan acabados y espectrales, ajenos al Gozo y la Felicidad. Algunos se autoejecutan, al estilo Larra.

La opinión, al moverse en el universo dualista, amargo y jadeante de los contrarios, promete permanente oposición y desencuentro. Hay miles de vibraciones infectas siempre dirigidas al columnista, por ser el Receptáculo de las Frustraciones Matutinas de un Resto de Lectores. De lo único que podemos estar seguros es que nadie los llamará jamás para desearles un feliz día del periodista. Eso les pasa (nos pasa) por echarle gasolina al fuego prometeico del moralismo laico. Por supuesto, los que mejor odian a los columnistas son los columnistas. Y sobre todo, los columnistas que carecen de columna. Porque en este caso además del infortunio de tener una Sagrada Opinión, sobrellevan la frustración de no poder Expresarla, a no ser en la sección on–line de comentarios, que como se sabe es un nido de resentidos.

Al igual que el vampiro, el columnista necesita de colmillos y de mucha sangre para poder vivir.


(Columna publicada el 4 de diciembre de 2008.)

Alex Grey


Este pintor norteamericano adquirió un peso interesante y se hizo famoso por sus anatomías envueltas en halos numenosos y fulgores luminiscentes. La suya es una imaginería inspirada que busca capturar los nexos misteriosos entre biología y energía divina. Ken Wilber (acaso su equivalente en el terreno del pensamiento) lo llamó “el artista vivo más significativo”. Son muchos los seguidores de su arte, y bandas como Tool o Beastie Boys han incluido las visiones de Grey en sus booklets.

Arte místico en pleno siglo XXI. Después de todas las revoluciones en nuestra comprensión de las actividades orgánicas, se hace preciso vehicular una espiritualidad que tome en cuenta seriamente nuestros sustratos corporales. Por lo tanto, un arte místico del siglo XXI es más que nunca un arte glandular, muscular, morfológico, neurológico, bioquímico. Se enraíza profundamente en la fisiología. Pero a partir de allí nos describe el gran simposio de los planos energéticos y hace un sondeo totalizante de la experiencia humana. Los lienzos de Alex Grey son verdaderas representaciones de la actividad consciente.

Desconfío de aquellos que llaman al arte de Alex Grey “arte psicodélico”. Pues está claro que su arte busca capturar algo que está mucho más allá de las burdas veleidades psíquicas: más bien, apunta a cualidades resurrectoras de la imaginación. No estamos hablando de meras infatuaciones en el seno de la mente, sino de enfoques vitalmente sagrados en torno a la luz, el color y la forma, tal y como lo encontramos en ciertas tradiciones esotéricas, así en el budismo tántrico vajrayana. Yo le aconsejaría vivamente a cualquiera que esté deprimido que contemple estas obras durante un largo rato. En poco tiempo, comenzará a sentirse mejor.


(Columna publicada el 27 de noviembre de 2008.)

Virtudes del silencio


Hay esa frase de Wittgenstein, esa frase que es como apedrear a alguien en la cabeza: “Todo lo que puede decirse puede decirse claramente, y lo que no puede decirse más vale dejarlo a un lado en silencio.” Estoy seguro que Wittgenstein dijo esa frase en un contexto muy específico; me tomaré igual la libertad de ponerla al lado de otra frase, esta vez de Pedro Salinas: “La poesía se explica por sí sola; si no, no se explica”.

La otra vez procuraba yo exponer a un israelí por qué el lago de Atitlán me resulta un lugar tan extraordinario. Y le dije un montón de cosas, pero al final opté por callar, pues lo que puede decirse del lago sólo puede decirse en un lenguaje muy especial –visionario, metanoico– que yo en ese momento no estaba en todo caso generando.

A lo mejor es útil hablar de las cosas en un lenguaje secundario, periodístico, a condición de que todos estemos bien conscientes de que estamos jugando al fin un juego –el juego de la vulgaridad. En ese nivel hay un millón de cosas que pueden decirse del lago de Atitlán.

Lo que de plano no se aguanta es cuando las comunicaciones además de vulgares, pretendan agenciarse un calambre publicitario. Por ejemplo, la campaña del Banco Industrial “Las siete maravillas de Guatemala”.

Una campaña nada original, porque se hizo a la par de otra iniciativa ya en desarrollo, Las Siete Maravillas Naturales del Mundo. Cuando vi el anuncio del BI en la tele, pensé: “Como son de cretinos, le van a quitar momentum a la otra votación” (y el lago de Atitlán ya estaba consiguiendo su puestecito). No sólo le quitaron momentum, ahora me entero que hicieron que Guatemala quedará descalificada. Si a los de Seven Wonders se les pasó la mano es harina de otro costal. Lo que quiero dejar claro es que el chovinismo–patrioterismo de nuestras comunicaciones (con Gallo a la cabeza) es –además de inoperante como forma de revelarnos nuestra identidad profunda– asquerosamente oportunista.


(Columna publicada el 20 de noviembre de 2008.)

Zeitgeist


Un nuevo presidente mundial ablanda el corazón estamental de las muchedumbres: se ha formado la ilusión de una mudanza. Por fortuna, hay productos culturales destinados a mantenernos vigilantes. Uno de ellos es el filme Zeitgeist –disponible gratuitamente en la web, con subtítulos en español.

En realidad, no es un filme, son dos. El que realmente vale la pena a mi parecer es el primero (Zeitgest: The Movie, 2007). Comienza analizando con premura y gran lucidez cómo nuestras creencias religiosas no son otra cosa que una suerte de palimpsesto, un reciclaje de cuerpos doctrinarios del pasado, mayormente “paganos”. Es una brillante exposición de cómo es imposible extraer de la mitoconsciencia de la humanidad un extensivo relato y actualizarlo formalmente como realidad en nuestra strata de creencias.

Esta primera parte sirve como excelente introducción para la segunda, en donde básicamente se investiga el 11/S, con el escenario apabullante de que el ataque a las torres gemelas se fraguó internamente para desatar una agenda económica visceral. Lo cual no es nada nuevo, ya lo hemos oído mil veces. Pero siempre en un contexto vago y por lo mismo soso, inofensivo. Nunca es lo mismo comerciar con vaguedades –esos axiomas conspiracionales fraguados en absurdas pláticas poscannabis– que en verdad ponerse a experimentar con los detalles. El mérito de Zeitgest –aún y con su carácter frontalmente especulativo– es observar ciertas esquinas de información, sacarlas del engrudo perceptual, y colocarlas intrépidamente, ordenadamente, en un contexto diacrónico, retador, que es todo lo opuesto a lo que hacen los medios de comunicación hoy en día.

La parte más intensa del filme –la tercera parte– es aquella que nos describe la historia, naturaleza y modus operandi de la Reserva Federal, lo cual es ya meterse con el capitalismo a manos llenas.


(Columna publicada el 13 de noviembre de 2008.)

El lugar sin máscaras


He visto las noticias, he externado mis opiniones, he seguido de cerca el gran delirio electoral en los Estados Unidos. Pero comprendan que eso nomás es un juego para mí –un juego de columnista, si gustan– porque en realidad yo lo que más deseo en esta vida es alejarme de todo aquello que tenga que ver con la política estadounidense, lujosa en miseria moral.

A veces, cuando pienso que El hombre unidimensional, de Marcuse, fue escrito hace casi cincuenta años, me da una tristeza que encanece. Porque todo sigue igual. Aunque no por mucho tiempo, creo yo. Pronto –muy pronto– habrá un colapso aterrador. El dólar no valdrá nada. Será otra Guerra de Secesión. Será memorable.

Muchos sienten una gran necesidad de agarrar para otro lado, de hallar otra manera de vivir, una más simple, menos vecina del consumo paranoico, su insaciable pozo bramando. Desean migrar hacia un lugar sin máscaras.

Entre las nociones que han surgido o resurgido con cierta intensidad últimamente está la de “simplicidad voluntaria”. La simplicidad voluntaria no es ascetismo; o es una visión muy realista del ascetismo tradicional. Consiste en renunciar inteligentemente a la acumulación compulsiva (no sólo material, sino también social, intelectual, espiritual) y en desechar intrépidamente lo inesencial (lo cuál implica trabajar sensiblemente menos) en pos de una existencia reveladora, ya sea artística, meditativa, filosófica, familiar, ecológica, o filantrópica, pero cuidándonos de no hacer de dicha existencia otra finca, otro patrimonio a cuidar.

No es que la “simplicidad voluntaria” aborrezca de las posesiones, ni mucho menos, pero de cierto no está al servicio de ellas, y en muchas maneras tiende hacia una frugalidad funcional que nos permita repensar radicalmente el concepto de tiempo libre. Es, si se quiere, una rajadura de monacato en el universo secular.


(Columna publicada el 6 de noviembre de 2008.)

El surfer


La sala de espera del centro de diagnóstico cuenta con un televisor, en donde corre uno de esos mismos videos que ponen a veces en los bancos para entretener a los que hacen fila.

Videos de perros haciendo malabarismos; virtuosos del yoyo; personas cayéndose torpemente... En la pantalla, ahora, un surfer progresa a toda velocidad a lo largo de una ola brillante, bajo un impecable cielo azul.

Los rostros de las personas –esperando acaso compungidos los resultados de algún examen delicado– son duros y son intensos. De vez en cuando una señora, entrada en años, suspira. Se nota que está enferma. Algo triste y sucio y amarillo se ha encriptado en su piel.

Hay un niño también. Primero es el niño quien mira a la señora y luego es la señora quien mira al niño, y en el niño crece entonces un miedo a morirse como nunca ha sentido alguno. A lo mejor ella recoge este instante de pavor, porque su mirada se hace de hecho más fría, más acuchillante.

No es que la señora sea una mala persona, es sólo que está cansada, y sobre todo está brava: hoy por la mañana ha tenido que ver de nuevo a ese doctor que tanto detesta (su hijo la obligó a hacerlo con un contundente: “te vestís y te callás”). Y el doctor la recibió con el mismo trato expeditivo, malhumorado, insensible de siempre. Un momento de gran humillación.

La señora vuelve a buscar al niño con la mirada, pero el niño ya la ha olvidado, y ahora está absorto viendo al surfer sobre la ola perfecta. Entonces la señora sube la mirada y mira la pantalla radiante, el mar resplandeciendo como un pedazo de eternidad. Hasta que su hijo, que estaba hasta ahora recogiendo los exámenes, aparece y dice, secamente: “ya estuvo”. Ella se levanta.

Y el niño –que también en ciertas mañanas vomita sin quererlo– decide que, cuando sea grande, va a ser surfer.


(Columna publicada el 30 de octubre de 2008.)

Los deportados de Elea


Se ha vivido en Guatemala el fenómeno cruel del exilio. Ahora se da el fenómeno no menos cruel del contraexilio.

Después de ver cómo nuestros seres más queridos partieron (por razones políticas, o económicas, porque fueron objetos de alguna delincuencia radical, como el secuestro o la extorsión) tuvimos que llenar el vacío de su partida asignándoles un rol cultural muy extraño: el de dar legitimidad a todas nuestras frustraciones por medio del mito de los ausentes. Es una re–versión si se quiere del arquetipo del fantasma: la difuminación del sujeto asegura paradójicamente su perpetuidad, y de paso la nuestra. A lo mejor el fantasma nos traerá noticias auspiciosas de un mundo mejor, nociones radicales de welfare, promesas de comunidades avanzadas, ecualizadas, extraterrestres, spielberianas... La remesa nos da esa clase de levantón propio de las mesas parlantes, y nos extrae momentáneamente de la laceración mecánica, monótona y aplicada del statu quo. Hablar con los muertos siempre ha sido cosa muy entretenida.

Pero estamos viendo cómo el diseño de las patologías migratorias está revirtiendo esta dinámica, dándonos de vuelta a nuestros muertos. Una cosa era recibir noticias ocasionales de los exiliados, encontrarse en el limbo divertido del skype o en el interregno emocional de la nostalgia y otra es reconcretizarlos en el orden social. En ese momento pierden instantáneamente su papel de muertos significativos y vuelven a ser burdos ciudadanos, con necesidades muy definidas en el paisaje laboral. Y no sólo eso: lejos de traernos buenas noticias, nos refieren la muerte del vergel capitalista. En el acto, se desmantela asimismo la ilusión de un flux regenerador, y nos enteramos que en la realidad nunca nada se mueve, como en la aporía de Zenón. En cierto sentido, todos los deportados provienen de Elea.


(Columna publicada el 23 de octubre de 2008.)

Los tuc tucs


Pana hormiguea de tuc tucs. Están allí como una infección. Son muy prácticos para aquellos que necesitan movilizarse con celeridad por el pueblo. Sin embargo, tanto peatones como automovilistas los detestan. Los peatones, porque siempre corren riesgo de ser atropellados por estas máquinas endiabladas; y los automovilistas, porque su propia locomoción se ve entorpecida por los itinerarios oportunistas y groseros de los moto–taxis. Digamos que los tuctuqueros saben tocar ese acorde, el acorde de la ira.

Mi relación con los tuctuqueros no es exactamente l´amour fou. Ya la otra vez tuve un problema con un tuctuquero, en la calle, porque me echó prácticamente encima el armatoste, y yo le dije: cuidado, tranquilo, vos. El cuate me imprecó. Entonces le di, en un fosforazo, una patada al tuc tuc. Él salió de su vehículo de hojalata y me dejó ir un golpe tieso y contundente. En esta clase de encuentros, lo mejor es pegar siempre de primero. Cosa que no hice. Lo bueno es que en un pueblo los enemigos se los encuentra uno todo el tiempo, y la retaliación siempre es factible.

Los tuc tucs son pequeñas placentas móviles que llevan en su interior a polacos o locales, por igual, y avanzan, velocitan, a un ritmo nada desdeñable. Los viajeros que van dentro se agarran a lo que pueden, hipnotizados por las maniobras virtuosas del chofer, que de cuando en cuando para de golpe, como en staccato. Cualquiera de nuestros choferes sololatecos podría vivir con grandísima dignidad en Dehli o Pakistán, eso es palpable.

El tuc tuc parece una solución al problema de la proliferación de automóviles, pero luego hay tantos que se vuelven ellos mismos un problema por derecho propio. Y sin embargo –y dicho todo lo anterior– yo les guardo alguna clase de extraño cariño a los tuc tucs, a lo mejor porque hay una belleza tercermundista en ellos que trasciende todas las pequeñas familiaridades.


(Columna publicada el 16 de octubre de 2008.)

Los grandes polemistas


La otra vez estuve viendo el debate de los vicepresidenciables, de lo más interesado. (Y de lo más asustado a la vez por lo que dijo y lo que es Sarah Palin, una avispa… muy avispada.) Antes había visto debatir a Obama vs. McCain, y no me deja de parecer una victoria trascendental –aunque eso sí, patéticamente tardía en el juego de la historia– que por fin un negro ocupe esa clase de tribuna.

Eso del debate no es poca cosa en Estados Unidos. Es algo de hecho que ya desde las escuelas les están inculcando a los niños, y que en la universidad toma visos ilustrados y antológicos. Hay polemistas altamente desarrollados, que han hecho de este oficio una especialidad incomparable, con a veces grandes réditos de por medio. Se trata de un método de ofensa y contraofensa –se dice y se desdice– que se apoya en la lógica, la memoria, la retórica avanzada y un respetable cúmulo de información, y de todo ello nace una danza de palabras y gestos, establecido en un marco rigurosamente formal para mantener la sanidad del diálogo. No olvidemos que los Estados Unidos es un país de oradores formidables, en cuenta Martin Luther King.

Recién el fin de semana pude ver la muy hermosa película de Denzel Washington, The great debaters, que narra libremente la historia del primer debate interétnico que hubo en los Estados Unidos –muy precisamente entre el afroamericano Wiley College y Harvard (aunque luego supe que en la realidad no fue Harvard sino la Universidad del Sur de California, quien por entonces dominaba en debate).

Cuando se observa la llegada de Obama al podio bajo la perspectiva de aquellos hombres y mujeres negros de los años treinta –los desollaban, los quemaban vivos– entonces hay algo muy conmovedor, algo que –seamos o no demócratas, seamos o no estadounidenses– no podemos dejar de ponderar con cierto sentido de gratitud histórica.

Aunque, naturalmente, ya habrá alguno diciendo: “Es debatible”.


(Columna publicada el 9 de octubre de 2008.)

La glándula infinita


La poesía debería de ser un ejercicio espiritual de gran pureza, no una nigromancia para conseguir una reputación o una identidad. Lamentablemente, no hay poeta que no use en algún momento la poesía para fines cicateros y personales. Yo lo he hecho infinidad de veces: resulta de ello siempre una verdadera catástrofe neural, y un desencanto respecto a todo lo que tiene ver con el oficio de las letras.

No se trata de convertirse programáticamente en poeta, sino de columbrar con gran naturalidad al poeta que uno ya es y que uno ha sido desde que brotó zonzo y sangriento de las entrañas de la propia madre. Los poemas más valiosos no son por fuerza ésos patricios destinados a cumplir con una pretenciosa agenda artística –una Obra– sino acaso esos poemas que sencillamente se dieron, en el instante improbable. Puede sí que los otros sean mejores –es más: seguramente son mejores– pero la poesía no debería siempre coincidir con esa anfetamínica moralidad estética, que a menudo sólo interesa a personas por demás intolerables.

Poemas “naturales”, poemas “sin libro”, los he escrito en noches de insomnio, o por pasar el rato en suaves tardes, o yendo en bus a cobrar un cheque, o cuando estaba letalmente aburrido, o viajando.

He decidido subir estos poemas al internet, no por traicionar su condición bastarda, atomizada, y vagabunda, sino para verlos jateaditos, como a veces se colocan los charitas en noches de frío. Los he reunido en un espacio titulado “La glándula infinita” (la dirección: http://glandulainfinita.blogspot.com/). Por favor, siéntanse libres de visitar. Y si todavía les queda un tiempito, pueden leer otro conjunto personal de poemas, “Setenta y dos ángeles tullidos”, en la siguiente dirección: http://setentaydosangelestullidos.blogspot.com.

Verso a verso voy haciendo mi olvido.


(Columna publicada el 2 de octubre de 2008.)

Una nueva era

Hay argumentos para creer que la guerra del narcotráfico cobrará más y más presencia en Guatemala. No hay nada qué hacer. Se trata de una decisión que alguien más ya tomó por nosotros.

El peligro consiste en que Guatemala, aparte de ser un mero canal para la droga, se convierta en sí misma en una glándula de decisiones en la operatividad del narcotráfico.

De alguna forma, la presencia de “El Cachetes” en una cárcel guatemalteca –y antes la sorda matanza en Zacapa– es simbólica y representa una nueva era, por demás más oscura y más pesadillesca para todos nosotros.

Antes de ello, ya nos habíamos enterado de los nexos espesos que había entre agentes kaibiles y narcotraficantes mexicanos del cartel del Golfo.

Sobre todo, hay que considerar que Guatemala es un lugar propicio para generar zonas estables de ilegalidad, por lo menos secundarias o de soporte. La corrupción, los sucesivos fracasos en el ámbito de la vigilancia, el boom del lavado, la precariedad en nuestras cárceles, la orgánica relación entre militares locales y narcoactividad… Las condiciones no dejan de ser sumamente estimulantes para los zares de la droga.

Pero no sólo los narcos tienen intereses en países como el nuestro. De su lado, la gran administración antidroga está interesada en optimizar estos pequeños países para que funcionen como trampas de ratas. En ese sentido, se trata de descolombianizar el conflicto, desmexicanizar el conflicto, y llevarlo a latitudes más confinadas y controladas, geográficamente hablando. De alguna forma, nos han estado preparando para esto durante diez años.

Si bien, como ya dije, la decisión ya fue tomada por nosotros, eso no quiere decir que no podamos capitalizar esta situación. Ya Dina Posada hablaba en su columna de esta semana, atinadamente, de pedir la cabeza de Portillo. El reto consiste en aprender a negociar espacios en un contexto de narcoguerra.


(Columna publicada el 25 de septiembre de 2008.)

Que viva Cardenal


Ernesto Cardenal, un gran hombre, acosado por Ortega, un pequeño hombre. Ortega ha congelado las cuentas de Cardenal, orientando un juicio artero (un juicio que por demás ya estaba cerrado) en contra del poeta nicaragüense. Hay ciertos dictadorzuelos de catre subtropical que confunden su poder con el poder de Napoleón durante la Batalla de los Tres Emperadores. Y Cardenal con 83 años, carajo. Pero sigue diciendo la verdad, y Ortega, como se sabe, es radicalmente alérgico a la misma.

Cardenal no es meramente importante como poeta, sino tanto y también como criatura espiritual, y como revolucionario. Pero lo más interesante es cómo le ha dado a estas actividades un aspecto profundamente consubstancial, unitivo, místico, y trinitario.

Como poeta, por supuesto me parece fenomenal su enfoque exteriorista, en donde la realidad –tractores, olores– surgen con intensa, crasa inmediatez, sin hipocresía simbólica. Cardenal, después de Darío, o junto a él, es el gran poeta nicaragüense.

Como hombre religioso, creo que su devoción es un ejemplo para todos, y celebraré siempre su amistad trapense con Thomas Merton, empezada en Gethsemani (Merton para mí representa un guía poderosísimo, aún sin ser yo católico). Lean ustedes Cántico Cósmico, si no lo han hecho, y podrán ver por cuenta propia la seriedad espiritual de Cardenal.

Y claro, allí está el compromiso, la teología de la liberación, todo eso. La puteada que le metió el Papa Juan Pablo II... Recordemos a la vez la responsabilidad de Cardenal durante varios años como Ministro de Cultura, establecido el sandinismo, del cuál se distanció naturalmente luego.

La solidaridad con Cardenal se ha dejado sentir como una gran cólera: han firmado su protesta formal grandes personalidades, y entre ellos no pocos escritores, y entre ellos gente enorme como Gelman, Saramago, Galeano. Me uno –sin merecerlo, está claro– a estas voces. ¡Que viva el Padre Cardenal!


(Columna publicada el 18 de septiembre de 2008.)

Qué lluvia

Qué lluvia. Entonces para calentarme un poco me voy a comprar leña, y resulta que la casa de la familia que me la vende ahora ya tiene piscina: un cenagal de por lo menos treinta centímetros de alto, y allí viven. ¿Cómo diablos van a sacar toda esa agua, me pregunto yo? El patojo me va trayendo los maderos como si fuese survivorman en los pantanos.

El río de Pana circula con aire violento, por debajo del puente de los coreanos, que por cierto se arruinó hace meses, y no hay señales de que alguien considere repararlo.

La vez pasada que se vino el huracán hasta depresión me paró dando. Sólo de andar respirando tanta atmósfera fungosa. La lluvia se quita la máscara de aguacero, pero queda su rostro de charco envenenado.

Nel, me dije: en condiciones como ésta sólo hay una cosa digna por hacer: migrar a la playa.

Y eso hice: a Monterrico. Agarré el carro; tuve que esquivar como, más o menos, cuatrocientos tres derrumbes, traspasar neblinas sólo vistas en pésimas adaptaciones cinematográficas de libros de Stephen King, y rezar porque en el Pacífico las cosas estuvieran más pacíficas, climáticamente hablando.

Y en efecto, el sol rielaba en el canal hasta el éxtasis. Igual pasar el carro no fue fácil, porque también acá el chaparrón había dejado su larva de humedades. De hecho, me fui por Taxisco, porque el otro lado estaba casi inutilizable: las llantas que desaparecen por completo en las pozas de agua, y si su carro es chiquito ya se lo llevó la gran diabla. El camino al hotel ya más parecía un recorrido para avistaje en aerolancha que un simple sendero de arena.

Lo bueno, como ya dije, es que no llovió, en todo el tiempo que anduve allí. Aunque la vacunada con la cuenta del hotel se encargó de desmoralizarme igual: como si el huracán Ike todito se me hubiera metido a la billetera. Tampoco me quejo tanto: puedo estar agradecido que mi casa no es ningún cenagal. Los guatemaltecos decimos a veces, acertadamente: nos está lloviendo verga.


(Columna publicada el 11 de septiembre de 2008.)

Los gusanos de la noche

Son las 4:21 de la mañana y una hora buena como cualquiera para escribir una columna. La avenida allá abajo (vivo en un quinto piso) está muerta. Muerta, no: ocasionalmente un taxi (¿con cuáles criaturas últimas y fermentadas, viniendo de cuáles orgías memorables?) pasa con un cierto sentido de discreción clandestina. En otros tiempos era yo quien traspasaba la ciudad a estas horas, completamente desfigurado por el pánico de haber vivido aventuras ciertamente varonas. De toda esa época me queda en el corazón una vieja esquina de aguardiente que jamás se borrará del todo.

Un avión (caerá más tarde o no) va desplazándose con pesadez y con gran estruendo; incluso alguna alarma de carro se ha activado. Se aleja. Su vuelo deja una estela que tarda en desaparecer, como la atmósfera de ciertos amigos que ya no están. A las 4:30 de la mañana el aire es más limpio (los gusanos de la noche se han encargado de limpiarlo) y está libre del smog que volverá a saturar samsáricamente el espacio a lo largo del día.

En verdad una hora magnífica, y recuerdo esa canción tocada por Wynton Marsalis, In the wee small hours of the morning. Yo diría que es una hora claramente biográfica: mi historia entera se agolpa en una sola imagen sintetizada, en una manera del farol de proyectar su luz, serenamente. Es factible decir –a estas alturas– que ya no seré mucho menos egoísta de lo que he llegado a ser
y eso, naturalmente, entristece a cualquiera.

Tantos ruidos que uno puede absorber en una madrugada como ésta. Por ejemplo, disparos: alguien vaciando, en una catarsis corta y descarriada, la tolva al aire. O los pasos breves, irregulares, sinódicos, de unos tacones a lo lejos (parece muy cinematográfico, pero pasa). Y si uno de veras se pone atento, podrá incluso escuchar el ruido de alguien que prende un cigarro mientras mira el semáforo parpadear, y sin tener donde dormir.


(Columna publicada el 4 de septiembre de 2008.)

Georgia on my mind…

No podemos decir que Georgia no se encuentra ubicado en un lugar interesante: justo ahí donde desemboca el mar negro, sirve de símbolo geográfico de las remanentes tensiones de Rusia y la Europa otanizada. En otra columna de otro periódico dejaba yo escrito que estas tensiones no habían desaparecido, sino permanecían latentes como esos viruses que eventualmente despiertan con un cambio de temperatura (originado por varias razones, una de ellas, muy fuerte, siendo la carrera energética). Hablaba yo también de una neoguerra fría: “la guerra fría (o traslado de conflictos frontales a los márgenes) siguen dándose aún, por supuesto, con el emplazamiento de nuevos contratos globales”. En junio de 2007 Putin pujaba el volumen de sus declaraciones amenazando inclusive con dar el misilazo. Hoy Medvedev, sustancialmente provocador, apoya Abjasia y Osetia del Sur, con gran indignación por parte de la UE (que ya mandó una receta muy precisa de cómo quiere desarticular este conflicto) y a la par el enfriamiento de las relaciones Washington–Moscú. Rusia –por lo menos hasta este momento, en que escribo estas palabras (martes por la mañana)– está haciendo caso omiso de esta doble presión, reivindicando un derecho a la mediación armada que por demás los Estados Unidos se toma monopólicamente todo el tiempo, y poniendo en entredicho el arbitraje general de la Alianza Atlántica. Un gesto huevudo si los hay. Y un poco imbécil. Y muchos lo saben, poco coherente con decisiones políticas tomadas por el Kremlin en el pasado, por ejemplo en Chechenia. Estoy viendo las últimas noticias en mi browser, y hay una publicada hace 27 minutos, con el titular siguiente: “Detendremos cualquier intento de desintegrar a Georgia: EU”.


(Columna publicada el 28 de agosto de 2008.)

Ceniza al instante

Si hay un género literario que me trastorna es el aforismo. No es que los demás géneros me parezcan poca cosa, pero es que sólo el aforismo lleva esa corona esplendente de ser a partes iguales el más práctico y el más espiritual, incluso antes que el poema, incluso antes que el haiku.

Cuando digo práctico quiero decir aéreo. Y por aéreo indico incorpóreo, instantáneo: practicable, por ejemplo, en el momento de la agonía, en el momento sin fuerzas de la muerte. El aforismo prescinde del tiempo, incluso del esfuerzo. Una sinapsis y nada más.

Pero siendo tan leve es tan poderoso. Una granada de mano. Algo sumamente espiritual. Una fuerza divina que produce ceniza al instante. Contradiciéndome incluso con lo que he dicho en el párrafo anterior, yo diría que el aforismo demanda del pensador su ser entero, una dosis fabulosa de continuidad y concentración, y un estado sobrenatural de síntesis.

Pero no me siento nada mal al contradecirme, hablando del aforismo, puesto que el reino del aforismo es el reino perfecto de la contradicción. Cada aforismo es una grieta en lo moral, por donde el vacío silba su tonadilla irritante.

Aforistas admirables, aforistas misteriosos, aforistas aureolados, aforistas que he leído con fruición han sido: Nietzsche, La Rochefoucauld, Canetti, Lichtenberg, Bufalino, Wilde, Cioran, Cardoza, mil veces, cuya prosa es un edificio ecléctico de aforismos.

Después de leer a semejantes genios, que han laminado las sentencias más incorruptibles de todos los tiempos desde Hipócrates, no dan ganitas de escribir aforismos propios. Y sin embargo me he atrevido a semejante fastidio. Y hasta tuve la osadía de aficharlos en un libro–blog, llamado Es sólo sangre, cuyo link es el siguiente: www.essolosangre.blogspot.com


(Columna publicada el 21 de agosto de 2008.)

Nadar y nadar


No soy ningún engazado, en realidad poco me interesan las Olimpiadas, en comparación a otras personas, pero me puse a ver un rato la natación de mujeres, el otro día.

Revisité mi historia personal como nadador, y concluí, luego de un largo suspiro, que como muchas otras cosas que he emprendido en la vida, no tengo nada muy glorioso que decir al respecto. Felizmente, estas columnas no están hechas de gloria, sino de humillación, demérito y deshonra incalculables.

Así por ejemplo, recuerdo aquella desagradable ocasión cuando por accidente una chava me empujó impróvidamente a la piscina, siendo yo un miserable chipuste, una micropartícula de ser humano. Ella por verme en calzoneta asumió que yo sabía flotar, y desde luego no era el caso. Y no sólo me empujó sino que después continuó tal cual su camino, sin advertir que yo me estaba ahogando allí abajo. Tuve que salir solito, luego de tragarme la piscina clorada entera.

Eventualmente, mi madre me metió a clases de natación. Se trata de esas clases de natación en donde el profesor, el muy ingrato, te pide que nadés hacia él pero se va haciendo subrepticiamente hacia atrás, de modo que terminás nadando el triple de la distancia original concertada, y no hace falta decir que cuando llegás finalmente a sus brazos, es precisando resucitación cardiopulmonar.

En el colegio, cuánto odiaba yo ir a nadar a la piscina, cuyas aguas bien podían emular las aguas del ártico. Ya de por sí, es un tanto conflictuante eso de cambiarse en el vestidor junto a otros pisaditos del mismo sexo –un auténtico destazadero freudiano. Pero además comprobar, ya metido en la piscina, que quedaba yo entre los últimos, entre los friks, entre los parias del deporte... Esta clase de recuerdos me asaltan, mientras la zimbabuense Kirsty Coventry bate récord mundial, en 100 metros espalda.


(Columna publicada el 14 de agosto de 2007.)

Los asesinos de la Santander


Agarraron a Radovan Karadzic, y el tipo ya se había construido toda una planta de renunciante que no dejaba de ser funcional.

Muy parecido por cierto a no pocos peatones que miro tediosamente pasar por la Santander mientras me tomo un café a las cinco de la tarde, hora lorquiana.

Individuos que poseen una barba tan tupida y lo suficientemente descuidada como para albergar varias especies de coleópteros. Quién sabe, a lo mejor alguno de ellos es también un Satanás de los Balcanes. Estos lugares como Panajachel –a la vez muy turísticos pero a la vez muy discretos– son los que siempre reciben la honrosa visita de algún ocasional Hannibal Lecter, y de ese modo se da que el tipo con el cual te ha tocado compartir lancha a San Pedro se ha cargado a unos ocho mil musulmanes por ideología y sobre todo por deporte, y anda tomando fotos con su Fujifilm FinePix S700 y una gran sonrisa de abuelito, y además dándote excelente conversación. Porque encima son cultos. Como Hannibal Lecter, Karadzic es muy dado a las bellas artes, y en su biografía siempre lo caracterizan como poeta, además de genocida, y ha ganado no pocos premios por sus versos.

El turismo y los asesinos van de la mano. Ya ven que precisamente una agencia organizó un tour de todos los lugares que el fugitivo Karadzic frecuentaba en Belgrado, antes de su arresto. ¿Cómo es que en Guatemala no hemos pensado en semejante táctica? Ya hubiéramos hecho billetales. Imaginen al guía turístico explicando a un europeo gordo y rosadón, bajo el sol improductivo de Zacapa: “Éste es el lugar en donde las llamas bailaban alegremente alrededor del cuerpo convulso de Otto René Castillo, mientras era inmolado vivo”, etc.

Vamos a ver si Karadzic no se nos duerme a medio palo, como ese otro koala, Milosevic. Para mientras, seguiré escrutando a los asesinos seriales de la Santander, a la cinco de la tarde, hora lorquiana.


(Columna publicada el 7 de agosto de 2008.)

La mariposa y el alfiler


Lloran por la Mocosita sin querer ver lo más evidente: que esa pobre criatura fue una prisionera hasta el día de su muerte –cadena perpetua, sin derecho a apelar.

Los zoológicos son cárceles de animales, diseñados para el entretenimiento centrífugo del hombre. Usamos los animales como fuente de distracción, como consoladores emocionales, como cosas. Son nuestra comida desdeñada y los receptáculos de nuestra agresión infinita. Pálidos comodines sin voz en un mórbido juego de naipes. Los esclavizamos, explotamos, asesinamos, luego nos hacemos los cultos. La mariposa y el alfiler.

Piensan como unos idiotas los que creen que hay que poner más atención a los hombres que a los animales. En principio, proteger a los animales es proteger a los hombres (basta con ver lo que la industria cárnica representa en términos de emisión de gases invernaderos). Pero además los animales constituyen una vasta puerta de entrada a nuestra propia humanidad. Un maestro budista nos recordaba el profundo amor que tenía Hitler por sus perros (en You Tube hay un video magnífico al respecto). El poco amor que había en él, sólo era capaz de darlo a un animal. ¿No es significativo esto? Sobre todo, un animal posee un sistema nervioso: registra tanto dolor como nosotros, y eso le da ya el estatuto de ser nuestro equivalente.

Hace falta una reideologización que tome en cuenta los derechos de los animales de manera radical, y por eso a la larga seguiré simpatizando con PETA. Son esta clase de organizaciones las que me han devuelto el amor por el compromiso político. Por cierto que por estos días he tenido la oportunidad de ver I am an animal, en HBO, sobre la fundadora de PETA, Ingrid Newkirk. La considero, con todo y sus sombras, una verdadera misionera del siglo XXI. También acabo de ver y recomiendo el filme chino Fría tempestad, sobre las matanzas de antílopes tibetanos.


(Columna publicada el 31 de julio de 2008.)

La poesía de los idiotas


Está la controversia en torno a esa portada del New Yorker que coloca a Obama vestido de musulmán, y a su mujer de terrorista, generando un revuelo que uno podría juzgar de barbárico y completamente incoherente, si no fuera por el contrario tan ordenado y lívidamente diseñado: la cretinización–ultraderechización–escletorización de la consciencia mediática estadounidense. Es una vergüenza cómo una revista acreditada por unas ocho décadas de trabajo como el New Yorker es carne de carroña de tantos programitas oportunistas nacidos bajo la era Bush, poesía política para idiotas.

Con este episodio se corrobora lo que ya sabíamos: que para un montón de gringos la categoría musulmán es lo mismo que la categoría mierda. Pero además queda en evidencia algo también triste: que Obama –que se supone es medio listo– es preocupantemente elemental como sus adversarios, declarando que la caricatura es un insulto para los musulmanes. Una de tres: o el buen Obama está esquivando, o no entiende nada de nada, o es un oportunista cuatrero él también, y todas las soluciones son igual de miserables.

Lo que dijo es pobre. Es tan absurdo como decir que Goya era bonapartista por pintar a los franceses fusilando a sus compatriotas. O que Passolini era un pedófilo colaboracionista mussoliniano por filmar Saló o los 120 días de Sodoma. Quiere decir esto que lo que se ha perdido –además de la ironía, el estado cumbre de toda civilización– es esa cualidad cinematográfica, sofisticada y profunda de representar miradas ajenas, sin que se le transfiera –chamánica, primitiva, y supersticiosamente– al artista o intelectual el efecto de ser en alguna medida propias. La alteridad misma se fue al caño.


(Columna publicada el 24 de julio de 2008.)

Aceite hirviendo

Alvaro Arzú perpetúa su arquetipo de doncella en fase de posviolación, y ya comienza a calentarnos a todos los huevos con eso de victimizarse todo el maldito tiempo.

Lo vimos en la tele, en donde puso los nombres de todos los periodistas que nunca llegaron a su convocatoria –en su mente un gesto contundente, provocador, casi artaudiano– porque además de nene es un moralista sin solución.

Le vimos en la tele los primeros dos minutos, pero rapidito zapeamos, y nos pusimos a ver el canal más alejado del canal en donde él estaba. Apenas si alcanzamos a escucharlo decir que con la Ley de Acceso a la Información Pública habrían miles de personas pidiéndole cuentas cada mañana (cosa incierta) y que no le alcanzarían las fotocopiadoras para tanta demanda. Pues lo pone todo en Internet y santísimo remedio, carajo. Arzú seguirá siendo el Fantasma de la Comuna aunque pretenda ahora darse al diálogo, porque en sus genes hay vastos yacimientos de solipsismo brutal, encubridor, y su silencio advocativo es un territorio que no se limita a los fideicomisos. Oh, negrísimo silencio de posguerra, puro aceite hirviendo. No se saldrá con la suya, pero queda claro que su larga vida en la administración pública le ha enseñado a hacer control de daños y procrastinación calculada, y en eso está, aguando la tinta.

Con lo del IUSI le da la espalda a mucha de la gente que lo puso otra vez en el puesto, dando una lección perenne de autosabotaje político. Todos los adictos del poder terminan generando esta clase de deslices, tarde o temprano. Los medios por demás no dejarán de recordarle que los problemas monumentales –los grandes tikales de la administración municipal– quedan aún por resolver.

Arzú se olvida que no está en donde está por su genialidad –no hay tal cosa– ni por sus reconocimientos (que son la carne de la muerte) sino porque no había, sinceramente, otro.


(Columna publicada el 17 de julio de 2008.)

Las dos locuras


La locura de Ofelia no es la locura de Hamlet. La segunda anhela transubstanciarse, convertirse, en la primera, con gran fatiga. La locura de Hamlet es la locura del arte (de la venganza, en este caso). La de Ofelia, en cambio, es desesperación real, sin mezcla: allí no hay dualidad alguna, no hay conciencia. El loco verdadero no sabe que está loco. El loco falso, en cambio, todo el tiempo habla de su locura (my wit´s diseased), y se ufana de ello (¿piensas que soy más fácil de tocar que una flauta?, pregunta el Príncipe).

Los enajenados falsos son malos, porque compensan su carencia con crueldad. Son los que llevan a los locos verdaderos a la locura genuina. En tal y otros sentidos, la locura falsa es muy peligrosa. Es por tal razón que la sociedad se empeña en llevar al loco simulado a una locura más seria. La sociedad registra los daños, y en su inventario se da cuenta que por lo general el loco aparente es homicida en potencia, mientras que el loco verdadero, un suicida en soledad: él mismo se ocupa de borrarse. En términos sanitarios, es más deseable el segundo al primero. Si la traslación no funciona, al loco falso se le termina enviando a Inglaterra, o se le coloca dos venenos: uno en la copa, y otro en la espada.

El loco ilusorio, si remacha lo suficiente, llegará a la locura intensa. Pero para ello debe franquear el umbral de la muerte. El loco indiscutible es quién no le teme a la muerte. Hamlet aún le tiene demasiado temor a su padre. Ser o no ser, sublima, verbaliza, patológicamente. Pero el que no teme a la muerte cede a la verdadera demencia liberadora, al gran silencio sin límites, a la gloria auténtica.

La locura es el único tópico que me sigue visitando: como el Príncipe es visitado, en una noche glacial, por el Rey Muerto.

Una última cosa: aún no estoy loco de verdad. Para mientras, estaré loco de literatura.


(Columna publicada el 10 de julio de 2008.)

Plegarias Mutantes


Hasta la coronilla de una mediación cultural que en Guatemala no es más que una de vaqueros –un chiste de pésimo puto gusto– he decidido yo mismo publicar mis propios libros, en la blogósfera, con un sello propio completamente informal, Editorial Zanate.

Y es que el escritor, cuando empieza a acumular libros que no ven salida impresa, que se quedan menesterosamente en el disco duro, es propenso a la peor de las indigestiones. La maquinaria cultural se supone que debe existir para proveerle al escritor un medio de deshacerse de sus propios libros, al liberarlos a la sociedad. Es una situación gana–gana, como dirían los pendejos del marketing. Se trata en el fondo de que las editoriales provean las enzimas necesarias para deconstruir el objeto narcisista–artístico y convertirlo en algo útil, nutritivo, comunitario, que por demás le traerá al escritor una sensación de cierre psicológico: a los cadáveres hay que enterrarlos, o lo persiguen a uno desde la trasvida.

Al principio estaba reacio a la idea de regalar mis libros, pero vi que Trent Reznor sacó el último de los Nine Inch Nails bajo licencia Creative Commons, para libre distribución, y eso me decidió y entendí que el que no puede regalar su poesía es que no puede regalar nada.

Lo primero que voy a subir a la internet es Plegarias Mutantes, un librillo propio de poemas, uno de esas cosas que uno escribe feliz de la vida, para y desde la diversión de crear versos líricamente insolentes.

La gente no se le cree, pero yo tengo una vida espiritual muy activa, y ha pasado por toda clase de fases y enfoques, desde el ateísmo más hostil hasta el teísmo hardcore. Pues justamente en un momento de teísmo sensible, decidí hacer un libro de plegarias, pero vanguardizadas, inestables, y de allí el nombre y tendencia del libro.

Por cierto que el libro es para la Jessica, mi hermana. Lo encuentran en la dirección: http://www.plegariasmutantes.blogspot.com/



(Columna publicada el 3 de julio de 2008.)

La revolución incompleta


En el poderosísimo, estimulante libro Rastros de carmín –sobre los Sex Pistols, imaginen– Greil Marcus escribe lo siguiente:

"Pero al recordar mi viaje por el tiempo a Guatemala en la sala de microfilmes, me preguntaba qué importancia tendría para la historia de los Sex Pistols, si es que tenía alguna, el hecho de que en el verano de 1954 los redactores de Potlatch (Gil J. Wolman, Michèle Bernstein y los otros cuatro que en aquel momento firmaban sus páginas) hubieran escogido el derrocamiento del reformista Arbenz por parte de la CIA como un hecho social clave, una metáfora, un medio para llegar al lenguaje del "viejo mundo" que afirmaban iban a destruir, de la "nueva civilización" que iban a crear."

Y es que un poco antes, Marcus ha escrito:

"(...) encontrar por casualidad las primeras noticias del derrocamiento del gobierno de Arbenz en Guatemala, leer noticias antiguas como si fuesen una burda parodia de la desinformación de la CIA, y luego coger los periódicos del día y seguir las consecuencias: caras de ciudadanos sospechosos borrados del mapa por medio de bayonetas, dice el reportero en 1984, tres décadas después de que Arbenz pasara a ser un microfilme, cuelgan ahora de los árboles para secarse hasta quedar convertidas en máscaras. El tiempo prosigue su marcha."

También dice Marcus:

“(…) Potlatch hacía volver a Saint-Just de su guillotina para que celebrara un "juicio anticipado" al rechazo de Arbenz a armar a los obreros guatemaltecos contra el inevitable golpe de Estado”.

La gente del Potlatch utiliza entonces una frase lapidaria, que no cesa de retumbar en mis oídos: "Aquellos que sólo hacen la revolución a medias están cavando su propia tumba".

Una revolución a medias. Un aborto de donde nace un árbol de abortos.


(Columna publicada el 26 de junio de 2008.)

En tratamiento


Un par de programas que me han llamado este año la atención son Californication, con David Duchovny, de Showtime; y de HBO, el intrigante In treatment, producido por Mark Walhberg –adaptación de una serie israelí– del cuál hablaré a continuación.

Después de Irak –esa crisis nerviosa– Estados Unidos estaba más que listo para ir a tratarse sus cochinadas mentales. Toda guerra es la gloria de los consultorios terapéuticos. Un buen momento para sacar un programa que abordara el asunto de la psicoterapia por medio del encuadre puro y el overshoulder puntilloso, intensivo, totalizante.

In treatment procura mostrarnos no sólo la disfuncionalidad de los pacientes, sino para empezar la del terapeuta mismo, consiguiendo establecer una tensión de honestidad que sacude los cimientos mismos de la relación psicoanalítica. A partir de la humanidad de la historias presentadas, de allí van brotando las contradicciones.

El analista en este caso es Paul, representado por Gabriel Byrne, de quien yo me enamorara en aquella vieja y deliciosa película de los hermanos Coen: Miller’ s crossing. Cada capítulo nos muestra una sesión específica con un paciente distinto (por momentos parece que estuviéramos viendo teatro, no tv): los lunes, Laura, en donde se da un estimulante caso de transferencia; los martes, Alex, un chafarote paranoide –¿gay?– al borde de la desintegración emocional; los miércoles, Sophie, gimnasta y Lolita suicida; los jueves, la pareja, Jake y Amy: agonía, desconexión, frustración infinitas; y Gina, los viernes, que en realidad no es una paciente, sino la terapeuta misma de Paul, con lo cual se cierra el anillo de Ouroboros que propone el programa: la salud como enfermedad; la enfermedad como salud.

Recomendable.


(Columna publicada el 19 de junio de 2008.)

Las Penúltimas Primarias


Las primarias en EU es algo que ha venido evolucionando mucho, desde Roosevelt. Actualmente, las primarias son todo un espectáculo, una lucha de artistas marciales a lo Ang Lee. No podemos nosotros los guatemaltecos saber del todo lo complejas que pueden llegar éstas a ser, lo inflamables, lo sumamente carbonatadas, lo vertiginosamente cambiantes, siendo las nuestras relativamente burdas. Lo mismo que comparar la escritura cuneiforme sumeria con el lenguaje algorítmico, o con el Ulises de Joyce.

En las primarias de EU las cosas se mueven al minuto. Ganarlas es una cuestión meramente de pinceladas, como lo demostró el reciente, ya acabado, episodio Clinton–Obama. Allí están los contundentes 18 millones de votos –1930 delegados– a favor de la Hillary, pero en las variaciones está el resultado, y si hay algo que Obama posee es el arte de variar. Él en sí mismo es una variación, tiene algo de mutante. Y resultó que la senadora craneal, la sobreviviente del Apocalipsis doméstico, la mujer de la sonrisa implacable, la que quiso para sí el entero hueso de la civilización, perdió las primarias. La Primera Dama quedó en segundo lugar.

Un pionero que pierde ante un conservador queda como un héroe, se da un efecto mártir. Pero un pionero que pierde ante un pionero queda raro. Es posible que un descalabro semejante le rompa el espíritu a la Hillary. Esperemos que no le pase lo que a Al Gore: verse succionada por una agenda interminable de conferencias –en su caso, sobre el sistema de salud, su cuco– y una medallita Nóbel en el regazo. La Primera Dama quedó en segundo lugar.

Por lo menos, dio una lucha feroz. No pronto volverán unas primarias como éstas a los Estados Unidos. Les llamaremos, en honor a la batalla: las Penúltimas Primarias.



(Columna publicada el 12 de junio de 2008.)

A estas alturas del partido


A estas alturas del partido, y muy paradójicamente, y visto desde el punto extensivo de la especie, yo diría que tener hijos es el peor de los crímenes, una actividad profundamente egoísta. Deberíamos probar no tener hijos. Me pronuncio completamente por la adopción. Me parece que hay que facilitar las estructuras de la adopción lo más posible. Pero hijos propios ya no. A la humanidad no le quedan más de doscientos años, quizá menos. Y serán años repugnantes. Habrán medidas maltusianas radicales, vendrán las matanzas ecológicas, “ecogenocidios”, la nueva Solución Final. La carrera espacial –aquel naipe de arcoiris– no resultó ser nada milagroso. Al contrario, el cosmos sólo nos ha servido como basurero y depósito de nuestra peluda carroña tecnológica.

He decidido no tener hijos. No me interesa prolongar mis genes. No son míos. Ni son de mi madre. Ni son de mi abuelo. La noción de descendencia es un error cognitivo. Y la familia, un modelo demasiado estrecho, un modelo que resulta preciso trascender. “Pero eso va en contra de la vida”, dirán. La verdad es que hemos llegado al punto en donde la abstinencia reproductiva es lo que la vida misma desea de nosotros. La vida se expande y se contrae, como la respiración. Y ahora comienza una era de contracción. Toca que en nombre de la salud planetaria nos despidamos con dignidad como especie, detengamos el pornopillaje del llamado progreso, y le devolvamos al mundo el rostro que tenía antes que el hombre lo desfigurara con su cuchillo de indiferencia. Demos lo mejor de nosotros en estos tiempos finales. Porque el bartender ha anunciado el fin de la velada. Cantemos la última canción, y por favor tratemos de afinar esta vez. Bebimos y reímos. Nos pusimos todas las máscaras. Pero ha llegado la madrugada. Es hora de volver a casa.



(Columna publicada el 5 de junio de 2008.)

Ostrakon


Hay que buscar los orígenes del ostracismo en la antigua Atenas, en donde los miembros de la Asamblea depositaban en una vasija rota (ostrakon) el nombre del político que deseaban desterrar.

Por supuesto, el ostracismo, más que un mecanismo para garantizar la inoculación de los excesos de poder, es un medio de cultivar la hegemonía del mismo. Hasta la fecha sigue dándose, y hay que ver en los recientes eventos en torno al diputado Mario Taracena una prueba de ello.

Y bueno, no trato de justificar a Mario Taracena, de eso no va la columna. Pero sí quiero destacar que no son sanos algunos de los argumentos con los cuales se le pretende enfriar su práctica política. Porque incluso se le ha tildado, parece, de loco. Lo cuál es ya ostracismo a la enésima potencia. Locos estamos todos, y bastaría ponernos una cámara encima durante todo un día para ratificar este punto.

A veces las calladas masas desesperadas no se callan, sino moralizan a la cola de los artículos publicados en internet, en la sección de comentarios.

También se le ha tildado a Taracena de carecer de elegancia, de vulgar. Pero yo he visto hablar a las princesas… y se lo que quieren en la cama. No me trago ni por un segundo ese fariseísmo de guante blanco. Mi punto es que en este caso la estética no precede a la ética, y que habrán otros diputados que merecen aún más el Purgatorio.

Al momento de escribir esta nota (martes) no se aún en que va a parar lo del llamado Tribunal de Honor. En fin, me voy a regar las plantas, que ya van dando signos de decadencia.



(Columna publicada el 29 de mayo de 2008.)

Los generales oscuros


Hoy en día eso de la transmisión literaria se ha devaluado bastante, en parte porque estamos viviendo una era de desacralización –de descreimiento, de soberbia– por parte de los poetas salientes, y en parte porque ya no hay, es la verdad, Nerudas o D´Annunzios para alumbrar el camino. Los gigantes o están muertos o es como si lo estuvieran. Por fortuna, siempre habrá una excepción notable a toda regla, y la que sobre todo es preciso citar aquí es la de Gelman.

Juan Gelman sigue produciendo magisterio poético y conculcando escuela en las nuevas generaciones. En él como en nadie las potencias del lenguaje están vivas. Lo admirable es cómo Gelman siguió adelante escribiendo, a pesar que la vida –esa puta nazi– lo puso en el embudo más negro.

Pero no fue tanto la vida quien allí lo puso sino ellos, los generales oscuros de un nefando ´76 (que tienen apellidos y por las mañanas salen a correr, por orden del cardiólogo, orden inútil por demás, pues jamás tuvieron corazón). Fueron ellos quienes secuestraron a sus dos hijos y a su nuera, además embarazada. A su hijo Marcelo –digamos por favor su nombre: Marcelo– le zamparon un plomazo en la nuca y lo enviaron en un tonel con cemento al fondo de un río. A la nuera la llevaron clandestinamente a Montevideo y allí murió, imaginen cómo, y su nieta fue dada a una pareja uruguaya, a la usanza del Plan Cóndor.

Gelman entonces no sólo nos ha regalado un magisterio poético, sino además un magisterio acerca de lo humano y respecto a la dignidad y sobre la memoria. En la entrega del Premio Cervantes, este año, dijo: Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas.



(Columna publicada el 22 de mayo de 2008.)

Mayo 68, en entredicho


Es un truísmo a estas alturas citar la mancuerna Rimbaud–Marx: “cambiar la vida, transformar el mundo”. Pero mayo es un mes de mancuernas, y su signo mágico será para siempre géminis –especialmente si estamos hablando de mayo del 68.

Hélas, hasta mayo ha de terminar, y con él el maridaje fabuloso Marx–Rimbaud. Fueron los mismos comunistas quienes se encargaron de defenestrar a los situacionistas y los líricos, con esa frase lapidaria de Georges Séguy: “No a la aventura”. Para luego pactar la pax franca con De Gaulle –en los acuerdos de Grenelle– y sus sucesivas medusas de tedio sindical.

Nunca volverá a darse un escenario parecido como aquel de mayo del 68, como de hecho lo demostraron las protestas en Francia del 2005. Y lo peor es que nada –nada, carajo– cambió. Y no sólo nada cambió sino llegó al poder el enemigo número uno del 68, como lo dejó más que claro en su campaña, Sarkozy. En los inmigrantes Sarkozy lo que mira son inmundos sarracenos, y en el 68 el cáncer más grande de la historia de Francia.

Lo curioso es que no sólo Sarkozy está en contra del mayo francés. Quisiéramos que fuera nomás eso. Porque esa cantaleta suya sobre el relativismo moral del 68 es banal a lo sumo, más después del famoso “racaille” (escoria) con que definió a los árabes de los suburbios. Pero es que además están los intelectuales, entre ellos algunos muy lúcidos como André Glucksmann, haciendo contrapeso. En cierto sentido, podemos decir que se está dando toda una ola de desmitificación en Francia al respecto de las protestas del 68, inclusive por parte de Cohn–Bendit, “Dany el rojo”, quien fuera su líder más sugestivo: “Mi consigna es que olviden mayo del 68”, ha dicho.

El 68 ha sufrido la peor de las suertes: primero una deshonrosa asimilación à la Marcuse (lo cuál no deja de ser irónico) y encima una capa de revisionismo rapaz.


(Columna publicada el 15 de mayo de 2008.)

Radical libre


Respirar es una actividad sumamente corrosiva. Cada vez que respiras tu cuerpo se muere otro poco. Con cada respiración te degradas un tanto más (estrés oxidativo, por exceso de radicales libres). Para tanta metáfora mierda sobre el aire, resulta que igual nos mata, indirectamente. Este aserto de la ciencia invalida la creencia universal de que respirar es parejo a vivir. Podríamos decir que respirar es una cuarenta y cinco que alguien ha colocado en la sien de tu sangre.

Si respirar es venenoso, lo menos que puede hacer uno es respirar en el Lugar Correcto. Es un arte eso de respirar en el Lugar Correcto. El Lugar Correcto no es un lugar único, sino un lugar cambiante. Se mueve, es casi irritante lo que se mueve. Y mi discernimiento me dice que ahora el Lugar Correcto es –quién lo hubiera dicho– el Lago de Atitlán.

Oh no, no soy ningún seminarista del LSD, freak ecológico, marxista new age, ni he sido amancebado por los extraterrestres, que yo sepa. Es sólo que cuando vi esa amable casita –camino a Santa Catarina Palopó– con su inesperada terraza y sus gatos y su chimenea y su senderito que baja y que baja, algo me dijo: ah sí, esto es.

Hay que amolar la cuchilla. Hay que defenderse en esta vida. Hay que buscar el Lugar Correcto.

La belleza del Lago es bestial. Observo, percibo, contemplo, embelesado, a esta hora crepuscular, los mil reflejos dorados, que se desorganizan para dar a luz otro palimpsesto extasiante. Lo moral sería desangrarse viendo esta escena tremenda. Es lo que buscan todos esos pálidos turistas; para eso vienen a Hispanoamérica, en búsqueda de otra cosa que un seguro social.

Fuera de la intriga presupuestaria, y de ciertos inconvenientes previsibles que supone vivir lejos de la capital, estoy completamente emocionado. No soy inmune a los malditos radicales libres, pero sépase que soy un radical libre yo también.


(Columna publicada el 8 de mayo de 2008.)

Los muertos ya


Se puede hablar de sucesivas pérdidas de inocencia, en el ámbito mediático. El mercado de la información, luego de un primer asombro ante el espejo, pronto dio pie a una ingeniería rapaz –una sutil manipulación de las conciencias– que a su vez ha dado lugar a un embotamiento más crudo y caótico por vía de la saturación no discriminativa. Pronto comenzará una era en donde incluso los ingenieros sociales y los sujetos orwellianos que presionan los botoncitos y editan la realidad serán absolutamente prescindibles: y ese día será el acabose, puesto ellos son los últimos referentes de una conciencia moral, aún destructiva, cayendo en el propio sueño o alucinación que ellos mismos habían antes creado.

Es en tal infranqueable viscosidad en donde actualmente chapoteamos, pobres patos en petróleo. Al final, un regular ciudadano no sabría decir se la guerra en Irak ha terminado o no. Las actuales elecciones presidenciales en EU homologan la estrategia pública de la guerra: un género de puntillismo mediático –millones de apariciones públicas, multiplicadas por un número no menor de glosas y comentarios– que al fin provocan un efecto disuasorio: el espectador, impotente ante semejante masa de datos, se abstiene de opinar activamente, u opina desde el más cómodo maniqueísmo –el maniqueísmo siendo el estado propicio de la inercia en este momento global.

Es nuestra atención lo que está en juego aquí, y la atención es el valor raíz, del cuál todos el resto de acordes axiológicos no son más que subsidiarios. La trampa consiste en que los mecanismos especializados de vinculación social ahora están al servicio de la negligencia acrítica y desingularizadora. Y nunca está de más recordar la sentencia lapidaria del Buda: “Los inatentos son como si ya hubieran muerto”.


(Columna publicada el 1 de mayo de 2008.)

Blues del obispo


Tengo cerca de mi escritorio un calendario de Gerardi, y éste se ha convertido en una presencia regular mientras hago mis cosas. Hoy por fin dedico una columna a Gerardi.

No hay nada más tantalizador para un guatemalteco que el caso hirviente de este hombre, asesinado en el garage de una casa parroquial. Su muerte, como sabemos, no es sólo una: hay varias en el mercado exegético, dos ya claramente oficiales, y ambas –con sus subsecuentes narrativas y desenlaces– muestran ángulos sórdidos de la manera en que politizamos la realidad. Se da un efecto en donde a fuerza de abanderizar y saturar el ambiente con lecturas y divergencias, se ha enajenado al ciudadano respecto a la obra misma de Gerardi, y hoy a diez años de su muerte, hace falta, como el hijo pródigo, que volvamos significativamente a ella.

Y por obra no me refiero en especial al REMHI, sino incluyo aquí el patrón general de su biografía eclesiástica, su tarea evangelizadora toda, diacrónicamente. Esto quizá nos permita abrir un plexo más vasto de interpretación de su persona, con el fin último de descaricaturizarlo y posicionarlo más ricamente en la historia general de Guatemala.

No quiere decir esto que se abandonen las expectativas sobre el esclarecimiento absoluto de su asesinato. Hay un derecho aquí que es de todos. Y un blues desgarrado que seguiremos cantando hasta que se de ese cierre expresivo y liberador que aún no se ha dado, y que necesitamos con grandísima premura.

Tampoco vamos a quitar los ojos de ese suceso puntual y nodal: el REMHI, que tiene algo de Biblia, a lo mejor no divina, pero qué más da: tan humana. Dos Biblias y una verdad que desenmascara. Dos Biblias para sanar a los de quebrantado corazón y publicar el rostro cárdeno del asesino. Dos obras y una piedra. Gerardi, arteria y anhelo. Palomas ciegas en la catedral. Por el obispo cantaremos.


(Columna publicada el 24 de abril de 2008.)

Un libro


Pase lo que pase, un libro. Un libro–coleóptero. Un libro–Pitágoras. Un libro–fósforo, quemando todos los demás libros. Un libro es paciencia, y es huevo y fundación de mil generaciones. Me gusta, por encima de todas las cosas, estudiar las glándulas de los libros, y la realidad craneal de los libros, y lo que ellos los pudorosos libros deponen y defecan en las noches cuando nadie está viendo. Un libro es algo que come alpiste, como el canario. Un libro no tiene segundas intenciones, cose y derriba. ¡Bichos! ¡Dioses! ¡Libros! Entre una página y otra página hay un psicópata que nos saca los ojos con un largo cuchillo. ¡Ay el cuchillo largo de la tinta y de lo impreso! He ahí lo que se salvó de Hitler, un libro. He ahí lo que estuvo encarcelado en los monasterios medievales, un libro. He ahí lo que el reptil torturaba en su cerebro, un libro. Pero nació el libro y nació lo humano. ¿Quién no dice su propio nombre cuando dice libro? ¿No entrega –el libro– un margen, un orden, un mundo posible? Y en la noche, ¿una noción de cielo? Que los cientos y los miles y los millones, que todas las criaturas aladas y no aladas lleven un libro pardo por debajo de la axila. Los libros transmutan, alquimizan… Interesa que los libros salgan esta vez de las alcantarillas y nos cuenten su aventura. Importa leer hasta sangrar. Las potestades de lo oscuro tiemblan ante un mero lector. Vean el tierno, el gris llorar de los libros y aprendan pues a llorar también. Son puros; el oro; el alcohol más fino. Sigo haciendo libros porque me siguen haciendo. Me construyen la casa basáltica. No me dan de comer pero me dan de vivir. Siempre habrá un libro antes de vos y siempre habrá un libro después de vos. Un libro siempre entre las palomas y las lombrices. Un libro.


(Columna publicada el 17 de abril de 2008.)

El Arca


Salvador Luis –peruano, entusiasta de las letras– me invitó a participar en un proyecto editorial de lo más divertido, un libro llamado El Arca, cuajado con la mexicana Cecilia Eudave. Una antología en donde se convocó a una treintena de escritores hispanoamericanos más o menos jóvenes, a cada uno de los cuales se le fue asignada una letra del abecedario y se le pidió que hiciera un cuento que girase en torno o aludiera a un animal cuyo nombre empezara con la letra asignada (así por ejemplo en la letra Y del bestiario encontrará el lector un relato con una Yegua). Pero no todos los animales escogidos son reales; muchos son completamente imaginarios; algunos ni siquiera son animales.

Tanta libertad dada a los participantes es la que dio al fin el resultado: un libro fresco, que cumple con mostrar lo que los escritores emergentes –no por ello necesariamente bisoños– de Latinoamérica están haciendo. Así que este abecedario–bestiario tiene otra función alterna, quizá no consciente: reunificar aquel espíritu literario continental que ya se había perdido, y de la cuál ya sólo fue quedando un eidolon de magras dimensiones, dinamitado por demás en multitud de fragmentos incomunicados. La aglutinación no es algo que pueda darse artificialmente. Es preciso pegar los pedazos con ternura editorial.

Me pidieron un cuento, a pesar de que ya no había espacio en la antología, es decir que ya todas las letras estaban tomadas, así que inventaron eso de un cuento–polizón, lo cuál me cuadra perfectamente, porque yo siempre me he sentido polizón en esta puta vida, un ilegal, y un arrimado. Pero en este caso, soy un polizón a quien han tratado como capitán, lujosamente. El cuento que mandé es correcto, aunque contiene un gravísimo error… que no voy a revelar.


(Columna publicada el 10 de abril de 2008.)

Mirá qué linda la gimnasta


Que las Olimpiadas sirven como fuerza escenificadora de las contradicciones políticas mundiales no es nada nuevo. Es como juntar a la familia en Navidad: pronto empiezan a surgir las bajas pasiones: tío alcohólico, padre violador, hermana adúltera, en fin, el freakario en pleno. Y familias disfuncionales es que nunca faltan, por las fechas olímpicas: Berlín 1936, Tlatelolco 1968, Münich, 1972. Y hoy, miseria, el Tíbet.

El caso del Tíbet tiene no obstante algo de fallido, puesto que el timing de su matanza –su matanza olímpica– vino demasiado pronto y antes y mal. En un mundo warholiano, de franja estelar, en donde el attention spam es diabólicamente corto, podemos especular que para cuando llegue el acto de inauguración en Beijing, al espectador promedio le dará concluyentemente igual el centenar de muertos en Lhasa y todos en gran romance con Lao Tse y mirá qué linda la gimnasta.

Algunos consideran que las Olimpiadas no deberían de mezclarse con la política. Es decir: el derecho –ese derecho algo monarcal– a no intervenir. Pero este grado de discrecionalidad queda en entredicho cuando analizamos de cerca lo que este asunto de Olimpiadas en realidad es: un maelstrón económico de poderes incalculables que debate el futuro geopolítico de las grandes ciudades del mundo, y crateriza significativamente, por así decirlo así, el espacio mediático. El espectáculo también genera superpotencias.

Otra cosa es que el foro olímpico se ha constituido como un esquema singularmente monópolico de la gloria deportiva. Para un, por decir, escritor, rehusarse a visitar un determinado país, o bien rechazar un premio, en nombre de la decencia y la ética elementales, es algo factible, incluso aconsejable, y alguno ya ha ninguneado incluso el Nóbel (Sartre). Pero para un atleta rechazar la oportunidad olímpica es algo genuinamente delicado –lo cuál no quiere decir que no deba de hacerlo.

(Columna publicada el 3 de abril de 2008.)

De las manos del escritor frustrado

Si hay algo parecido a la gloria literaria, se me pasó hace varias horas la parada. Con lo que me agencio de regalías no me alcanzaría siquiera para invitar a una cena decente a mi editora. Me encuentro frente al ordenador, tecleando y retecleando, pero con dos manos sumamente invisibles. Al principio se pusieron bastante pálidas, digamos incoloras. Perdieron el color. A la larga desaparecieron del todo. Soy eso que Handke llamaría… pero ¿para qué citar Handke, a tales alturas? Si hay alguien que no necesita ser citado (puesto que todo el mundo lo cita excesivamente) es a Handke. De plano cuando él escribe no le cuesta nada verse las propias manos. Seguro las tiene hasta chapuditas, de lo tan acreditadas. Si yo fuera un poco más envidioso (de lo que en toda evidencia soy) ya estaría buscando un machete largo como la noche, para coleccionar un buen par de manos austriacas y meterlas en la nevera, junto al helado Pops. Y es que bufar se puede. Pero en última instancia no se trata de eso. A veces se me acercan los indecisos, a preguntarme si vale tanto la pena, el viaje del escritor. Y yo les muestro las manos. Ligerito se van por donde vinieron. Mi punto exactamente: para escribir hay que saber dialogar con el desierto. Si no sabés dialogar con el desierto, entonces no te metás a esta mierda de la escritura. Ser escritor viene a ser lo mismo que exiliado polaco en Ecuador en los años cincuenta por decir algo. Y como ya dije: bufar se vale, incluso perder la fe, pero lloriquear, eso jamás. Hay tantos escritores que, miserablemente, le echan la culpa a Guatemala, porque nunca levantó vuelo su carrera. Tan congestionados, tan sobradamente frustrados están que necesitan imputar culpas a una abstracción. Frustrados estamos todos, pero nos ahorramos las bajezas. La literatura es una mujer por quien bien vale perder la cabeza. Y las manos.


(Columna publicada el 27 de marzo de 2008.)

Fobia

Al festival a ver a Fobia faltaba más. Si me pidieran una lista de las diez bandas que más me trastornan yo pondría en algún puesto a Fobia, irrefutablemente. Es una afición que me viene creo del colegio, cuando me iba a la Plaza Berlín en la (legendaria) cucaracha amarilla, a tomar litros, muchos, cuantos. Pablo (¿qué será de Pablo?) me hizo un mix –un cassette, todavía– de miedo, una antología fulminante, con rolas de Leche, Mundo Feliz (qué disco) y Fobia. Esos tres momentos conforman una especie de santísima trinidad discográfica, que por demás casi fue destruida por Amor Chiquito, una placa en donde toda la riqueza anterior se va al traste (el humor así), lo cual significó una tremenda decepción para no pocos de sus seguidores preliminares. Irónicamente, Amor Chiquito dio grosor y reconocimiento a esta banda mexicana. Pero se puede perfectamente tomar Rosa Venus como honroso comeback.

Ahora ya están un poco más ruquitos, han inhalado graves solemnes rayas de fama y fortuna (en Fobia y afuera). Pero lo real es que estos cuates provienen de un lugar muy auténtico y seminal dentro del rock mexicano y por eso les mantengo algún cariño.

Lamento que hayan quedado en tan mal día en el festival. Lo ideal hubiera sido que a los Enanitos Verdes los colocaran el jueves (talvez así se habrían ahorrado el insulto de la Molotov) y pusieran el viernes a Fobia. Se veía que esperaban más del público chapín y que venían con expectativas, por supuesto destruidas ante un público granítico que apenas los conocía, y medio cantaba las más famosas rolas, pero no supo distinguir otras como El diablo, o Dios bendiga a los gusanos. Yo digo que un centenar de esos muertos sin tumba que todavía dialogan extrajudicialmente con el polvo hubieran respondido con más carisma que todos esos asistentes de palo. Pero aún sin fans evidentes, ellos tocaron de a huevo.


(Columna publicada el 13 de marzo de 2008.)

Los necrocanes

A eso de las tres de la mañana un ejército de perros fantasmales atraviesa el lago, corriendo crísticamente sobre sus aguas, hasta que toca las orillas de Panajachel, y recorre sus calles en busca de sangre.

Siempre hay un gringo drogado y desprevenido que hace las veces de víctima. Los demás ya estamos enterados. Detrás de las puertas cerradas, escuchamos sus horrendos gritos. Todas las noches otra carnicería.

¿De qué plano es que surgen estas criaturas infernales? ¿Qué oscuro pecado estamos expiando? ¿Qué narrativa ancestral se purga con semejante inmolación sin nombre?

Los habitantes hacen lo que pueden para ocultar la maldición. Después de todo, Panajachel es un pueblo netamente turístico. Así que a primeras horas de la mañana, allí están: los locales, desesperados, limpiando los restos del horrífico acontecimiento. Cuando un periodista se presenta, haciendo preguntas, muy pronto desaparece: y nadie sabe nada.

He compilado una serie de anécdotas sobre los chuchos, y todas coinciden en algo: esos chuchos están muertos, son chuchos zombis. ¿Y quién soy yo para rebatir tales sensibles historias?

De hecho, yo mismo he sentido el olor pestífero, abisal, que se levanta cada noche, a eso de las tres de la mañana.

Al día siguiente, en la playa, siempre quedan –escena bíblica, apocalíptica– millares de cadáveres de pulgas.

Los ancianos aseguran que esos perros son dioses que vienen a recordarnos algo muy importante. Me he entrevistado con varios de esos ancianos (arrugas arcaicas, quebradizas) y no me cabe la menor duda que hay algo de verdad en lo que dicen.

He prometido no divulgar la documentación que he venido reuniendo en torno a los necrocanes. Los locales confían en mí. Pero eso sí: me vigilan. Un paso en falso y…


(Columna publicada el 6 de marzo de 2008.)

Barrio Marianao

Hay un Maurice nítidamente cubano (como de hecho hay un Maurice nítidamente inglés, o un Maurice mexicano –el güey– y no mucho más allá está el congolés, o el paquistaní, o el gringo, etcétera). El Maurice cubano es y será siempre de Marianao.

Marianao fue mi barrio, durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, hace una década, que es como si fueran dos. Eternasempiternamente está viendo a una mujer que baila –oh– y que recita versos de Martí y se llama –juro que no me lo estoy inventando– Ariadna. Puta, qué mujer.

Durante el Festival –y en algún momento nebuloso de las veintiún borracheras que me puse en la Isla– alcancé a medio enfocar la vista y percibir a Silvio Rodríguez, que habrá cantado una de sus bellas canciones de cuna.

En otro momento de enfoque contemplé al Comandante, nada menos, que allí estaba para eterno éxtasis del freakiario izquierdoso universal, presente como jamás. Y yo en medio de todo eso. Entendí el verso, ya citado antes en esta columna, de Piñera: la maldita circunstancia del agua por todas partes. Pero no era el agua: eran ellos. De veras querían que Fidel se quedara por un millón de eones. Talvez me tocó estar allí para purgar la deuda kármica que tenemos los guatemaltecos con Cuba, por la inmensa grosería de Bahía de Cochinos. Como sea, allí me encontraba –un lector de Onetti– naufragando en fluidos revolucionarios, y pensando en la bella Ariadna, a esas alturas talvez en brazos de un argentino o un español.

Hasta que al fin pude salir del alfaque. Me fui corriendito a mi barrio. Un señor –un viejito bullanguero y bueno onda– vio que venía yo todo paranoide y sofocado, entonces me llamó, abrió las puertas de su casa, me invitó a tomar ron, me trató como un hermano. Había peleado para Cienfuegos. No hay nada como volver a casa.


(Columna publicada el 28 de diciembre de 2008.)

Canto Trigésimo Tercero


Por fin, después de tantas sombrías aventuras, y remachando, Dante llega al cielo, lógicamente emocionado ante la perspectiva de conocer al Más Hermoso. Es, entre otras cosas, su gran momento espiritual.

En efecto, no puede ser todo más perfecto: la oración de Virgilio, la santísima Virgen, la luz, cegadora, y los tres círculos...

Dante está –como se dice– sin palabras.

No obstante, y de pronto, a tanta luz le da por girar vertiginosamente, formando un remolino sorpresivo: por un minúsculo agujero en la mitad del cuarto, la luz, oficialmente, se está escapando.

Es como cuando el agua de la tina se va por el desagüe.

El cuarto queda completamente vacío, salvo por el enano.

Hay un enano en el cuarto.

Es Dios.

Dios, sin el maquillaje.

Y se está riendo.

Dante siente como una brisa muy oscura en los puros huesos.

“¿En dónde me hallo?”, reclama Dante, confundido.

“¿Cómo en dónde? En el cielo”, responde Dios, divertido.

Dante echa un vistazo al cuarto: un triste bombillo alumbra las grietas, las paredes sucias, las glaciales ventanas rotas, y una puerta más bien ordinaria. Nada más.

“¿Y Virgilio? ¿Qué has hecho con Virgilio, embustero?”, reclama, resentido, Dante.

“Oh, los poetas”, contesta Dios. “Están todos sobrevaluados”.

“Esto no está pasando”, se dice Dante: “Es una prueba, una última rigidez por parte de la Providencia”.

Carcajadas espectaculares del enano, que se menea en convulsiones. En realidad, más que una risa es como el sonido de una tiza estridente contra un pizarrón, multiplicado un millón de veces. Dante procura taparse –el muy ingenuo– los oídos. Sale finalmente por la puerta, desquiciado.

Del otro lado, una selva obscura. Un hombre se acerca. Una voz: “No soy ya hombre, pero lo he sido…”


(Columna publicada el 21 de febrero de 2008.)

Fundación Marco Antonio

Indignante que el hemiciclo retirara los fondos a la Fundación Marco Antonio y a la Cínica Yaloc. No me cabe la menor duda que un piedrómano hundido en el más craso motel de la ciudad tiene más y mejor corazón que la mayor parte de individuos que trapichean en el congreso, gesticulan con una mano y con la otra se rascan profesionalmente el asterisco. Queda bastante claro que no están para nada conscientes de que el África no está del otro lado del océano sino del otro lado de la calle, y que los próximos infectados serán posiblemente sus hijos. En el contexto del VIH/SIDA, diez millones de quetzales no es nada, y hay que ver lo que se gastan los diputados en nebulosos viajes a Paris o el Canadá.

Es de recordar el documental del Discovery: Salma Hayek y Ashley Judd interactuando con unos pacientes del hospital Marco Antonio, un momento sensible.

Aquella fue una visita muy publicada y, si mal no recuerdo, Juanes –quien también acompañaba a las actrices– tuvo incluso que complacer a Berger, que le pidió una rolita, como a un mariachi de Garibaldi. Es exactamente la clase de seriedad que les damos a los enfermos de SIDA.

El hospital Marco Antonio está administrado con rigor y dignidad impecables. Todos los que allí trabajan merecen el más grande respeto, y deseo mencionar particularmente a Ana Castillo y a Ana Lucía Saravia. Ana Lucía Saravia es una mujer tenaz, su motivación nace de un lugar muy auténtico, muy emocional. Esa tenacidad la llevó a hacer mucha bulla, pedir audiencias, mover cielo y tierra para que se restituyeran los fondos. La batalla parecía perdida. Felizmente, la Primera Dama terminó metiendo las manos en el asunto (lo cuál habla bien de la Primera Dama) y una transferencia, entiendo, viene en camino.

Se legisla a partir de un espíritu de vida o se legisla a partir de un espíritu de muerte.


(Columna publicada el 14 de febrero de 2008.)

Vulcanología

Desde el hostal (y lo mejor es subir al techo directamente, por la metálica escalerilla en espiral) se aprecia una visión excelente, me refiero a los tres volcanes.

El Volcán de Fuego carece de vegetación en la cumbre, y va exhalando sus densidades, sus espesores, sus insaciables eructos. A un lado, el Acatenango, con sus casi cuatro mil metros, un templo al cuál los peregrinos–montañistas acuden con devoción, para apartarse de las bajas regiones de lo cotidiano, y escrutar esa coordenada inexpresable en donde la tierra se vuelve aire. Más allá, el Volcán de Agua, Hunahpú, preparando su Segunda Ira, y ya sabemos que toda auténtica vendetta está hecha de paciencia y siempre –lo saben algunos sutiles terroristas, lo saben ciertos personajes de Shakespeare– se sirve fría.

Es muy tonto que el volcán no forme parte de nuestros símbolos patrios. Con la ayuda de un volcán como referente metafórico, podríamos hacer lo que se nos diera la gana. El volcán es lo sereno y lo irracional, lo pasivo y lo activo, anima y animus, totalidad inexpugnable. Un volcán es eterno, aún siendo provisional. Pero preferimos un símbolo patrio que está en peligro de extinción. De eso está hecho nuestro imaginario.

Por otro lado, quizá es mejor que el volcán no figure entre nuestros símbolos patrios, pues ya nos habríamos encargado de arruinar su fuerza a fuerza de amaneramientos. De hecho, la relación que tenemos hoy con los volcanes es completamente amanerada. Hemos utilizado los volcanes meramente para recrear nuestra vista, en un sentido burdamente paisajístico –el volcán como postal, como evasión. Shelley en contraposición a Nietzsche. Eso lo explica muy bien Bachelard en uno de los ensayos de El aire y los sueños, en donde habla de “psiquismo ascensional”.

“Shelley y Nietzsche”, dice Bachelard, “son dos genios que, en una misma patria aérea, han adorado dioses opuestos”.


(Columna publicada el 7 de febrero de 2008.)

Roma arde

Es una situación agusanada: un Senado que ha optado por honrar sus muy mediterráneas tendencias circenses, un Primer Ministro de centroizquierda naufragando a sólo veinte meses de haber iniciado su mandato, y un Berlusconi que es como un lobo que bebe de las ubres de un nene.

El nene –que jamás termina de nacer– es entonces la política italiana. Un editorial de El País lo pone más claro: “el secuestro de cualquier actividad gubernamental por grupúsculos muchas veces con intereses parroquiales”. Como caer con todo y Vespa por un acantilado de rocas muy costilludas. En el Senado se vieron rituales que sólo se han visto en las cantinas más desalmadas (ultrajes, escupitajos, desmayos).

El Presidente Napolitano le había advertido a Prodi que no navegara en esas aguas. Sobre aviso no hay engaño. Digamos que ahora no podrá repetir, como el César: “¿También tú, Bruto?”.

La política no es más que el sumo ejercicio de la compensación. No haber percibido esta definición le costó el poder a Prodi, quien ya en 1998 había caído, en condiciones similares, aunque aquella vez fueron los comunistas quienes le retiraron el apoyo. Ahora, se dio eso de la investigación del Ministro de Justicia Clemente Mastella, quien renunció el 16 de enero, y se llevó consigo la única esperanza de salvar la coalición. Los democristianos se la cobraron bien cara a Prodi. Un auténtico Blitzkrieg.

¿Transición o diligencia? Sabemos que Berlusconi tensiona para que se den las elecciones anticipadas (Berlusconi, en palabras de Eco, posee “una elevada inteligencia operativa”). Napolitano, por su lado, ha empujado ayer solamente una propuesta de carácter interino.

Siempre nos ha parecido que Italia tiene algo de latinoamericana. Estar en Italia se siente un poco como estar en casa.


(Columna publicada el 31 de enero de 2008.)

Peligroso encuentro con Jabba


Por estos días estoy terminando un nuevo libro, lo cuál en vez de darme el esparcimiento que viene con toda tarea acabada, me inunda de una sensación de pánico: ¿y ahora qué?

Mi problema nunca ha sido la página en blanco. Llenar cuartillas nunca me ha representado ningún problema; es el dejar de hacerlo lo que de veras me angustia: he allí mi horror vacui.

La novela es un cristal creado por el prosista por virtud del cual le resulta más fácil ver el vacío. Retirado ese cristal, la nada adiposa se establece en el cuarto como Jabba the Hutt.

La nada puede ser muy gorda, muy opaca, o por el contrario puede ser muy luminosa. Una dimensión de libertad –miríada bacteriológica de posibilidades– tremendamente enceguecedora. Como si un simple pecador corriese la cortina del Sancta Santorum. Qué impresión acuchillante.

Sería interesante hacer cualquier cosa menos escribir, por el mero espíritu de investigación. Trabajar en Burger King, cortar leña, proxeneta etc. ¿Podría yo cambiar de oficio? ¿O es que volvería urgentemente al lenguaje como el adicto vuelve al crack (la pipa, la piedra, el screener)? Hay tumbas que son gramaticales. Pero es que uno siempre ha tenido ese complejo de minero. Seguir cavando, hasta encontrar el oro. El oro lírico. Lo que pasa es que todo minero digno, buscando el metal sagrado, va dejando los pulmones en ello, la capacidad misma de respirar, de procesar convenientemente la vida. Adviene la pregunta más bien maileriana: ¿y si en lugar de desarrollar mi sensibilidad, la estoy explotando, la estoy machacando, la estoy al fin asesinando?

Lo mejor en tal caso sería callarse. Ingresar a la tercera cámara del templo, empequeñecerse, no decir absolutamente nada, escuchar. Como cuando uno va a Atitlán y se queda viendo el lago, humilde. Así, hasta que un día, el milagro: la palabra delicada, nueva, viva, en surgimiento...


(Columna publicada el 24 de enero de 2008.)

Con bastón y todo

En el pasado, la llegada de un indígena a un cargo como el de Ministro de Cultura fue excelente, bajo el entendido de que se trataba de un paso transicional. Tratábase de ceder espacios de poder a figuras indígenas, para romper hábitos endogámicamente excluyentes en el seno de la administración pública.

A partir de allí, quedaban dos posibles modelos a seguir, los dos sanos, aunque ideológicamente distintos: 1) entregar espacios aún más claros y decisivos de expresión política a indígenas competentes; 2) abandonar cualquier vestigio paternalista fomentando libremente el mercado de los méritos.

Ambos modelos buscan de hecho abandonar la adulteración –cada cual a su modo– del sujeto indígena.

El primer modelo nos recuerda que con darle el Ministerio de Cultura a un indígena no se van a socavar las bases racistas del estado guatemalteco. Ningún Ministro de Cultura (o para el caso ningún Embajador de los Pueblos Indígenas) detenta ningún poder efectivo: ese puesto no empodera a nadie.

Por lo cuál la idea es crear espacios para crear condiciones.

El segundo modelo nos recuerda que las designaciones administrativas no pueden convertirse en condescendencia culturalista ni limosna o, peor aún, prebenda. No es posible adjudicar un puesto en base a la procedencia étnica. En su forma más refinada, este modelo concibe el paternalismo como la forma más humillante de segregación.

Por lo cuál la idea es crear condiciones para crear espacios.

Colom no optó por ninguno de los dos modelos citados. Las palabras tan líricas del lunes –con bastón y todo– no encajan con su esquema ministerial. El suyo por el contrario es el modelo de la inercia, que de plano no había que tomar. Con el nombramiento de Jerónimo Lancerio, no se está empoderando a la comunidad indígena, ni se está estimulando la meritocracia.


(Columna publicada el 17 de enero de 2007.)

Bhutto


Benazir Bhutto llevaba el signo trágico en la frente de los heraldos y los mártires y los místicos de la política. Su muerte es escandalosa, es indignante, pero no es sorpresiva. Esta mujer, quien fuera Primera Ministra dos veces en Pakistán (y removida del cargo en ambas ocasiones) ha estado en la mira de no pocos zopilotes desde hace varios años. Y aquí hablamos en particular de las facciones más abominables del Islam –Al Qaeda y talibanes– quienes vieron en la cruzada non serviam antiterrorista de Bhutto un objeto de desprecio metafísico, pero también hablamos de detractores políticos domésticos, e incluso ajedrecistas occidentales, interesados en crear escenarios violentos para sus fines íntimos.

¿Qué llevó a esta brillante mujer a volver a Pakistán en condiciones tan convulsas? ¿Podía confiar en la protección ofrecida por Musharraf? ¿Acaso no sabía que amnistía en su caso equivalía a muerte? Por supuesto que lo sabía. Podemos suponer que toda clase de misivas se encargaban de recordárselo a diario. A éstas respondió con ovarios de hierro (templados en el hielo de una historia familiar que incluye torturas y asesinatos y acusaciones severas –no se sabe si ciertas, hélas– de corrupción). En cierto sentido, es como si ella misma se hubiera autoinmolado, a la par de los mismos suicide bombers contra quienes luchaba. Es la pomposa ironía de su muerte. La crucifixión será siempre el misterio en donde todas las morales se funden.

Aquí lo triste es que todos aquellos conatos para que Pakistán no se convierta en un estado terrorista se fueron al traste. A partir de ahora cabe esperar una intervención externa, esto es: el terrorismo consensual o democrático de Occidente y sus cuchillos teledirigidos. Viene desde luego a la mente el verso de Gonzalo Rojas: “El mundo se me empezó a morir como un niño en la noche”.


(Columna publicada el 10 de enero de 2008.)

Dos en uno

Hay dos en mí.

El primero dice quiero más columnas, y si de él dependiera con gusto se despachaba una diaria, para rabia de sus infamadores.

El otro en cambio ya está como harto de tanta opinión (pues si algo desgasta es la opinión) y a su modo de ver las cosas ni muy siquiera le amortizan como Dios manda. Se repite, con Sartre, que morir no basta: hay que morir a tiempo.

El uno está agradecido por tener cada jueves un arma de 1,500 caracteres para andar disparando por las calles, en plan Hamas, y el otro está a verga de tanta bulla, y con gusto se recluiría en un silencio salingeriano.

Éstas son los pedazos en conflicto, las taifas de la noche interior del columnista.

Hay dos en mí, y ambos poseen sus respectivos seguidores, lo cuál hace de esta guerra intestina algo sobre todo interesante. Por un lado están los fans. No son fans–fans (de esos nunca he tenido), es decir no son fans histéricos, y tampoco son muchos, y son más bien discretos; pero siendo tan discretos aún así mandan a veces mails entregados y sensibles. Da mucho orgullo decir que, por la forma en que escriben, son personas sutiles. Pero luego leo los mails de mis –así llamémosles, para darle dramatismo a algo que no lo tiene– enemigos, y me doy cuento que ellos también son sutiles, que también escriben penetrantemente. Me mandan cartas efusivas que buscan hacerme tambalear. Y a veces me hacen tambalear. ¿Me hacen caer? Oh, no lo creo. Nunca pierdo la elegancia en lo que respecta a estas cuestiones. Pero hay que decir que son malos tiempos para un cronista de liviandades, como yo. No todo el mundo está dispuesto a escucharle a uno sus berrinches.

Dos en uno, y de momento es imposible saber quién ganará la pelea. Todo depende de las energías y los movimientos de la luna. La luna es cosa importante, en esto de escribir.


(Columna publicada el 3 de enero de 2008.)

Utopía

Estoy buscando con la vista a mi indigente. No aparece por ningún lado. Decido esperarlo quince minutos más.

Verán: he visto numerosas veces a un vagabundo en unas gradas cercanas, todo un personaje. Y siempre está leyendo. No lo conozco personalmente, pero me gusta pensar que es una especie de renunciante que ha decidido apartarse de la sociedad, para dedicarse exclusivamente a tragar obras de literatura y filosofía.

Supongo que tengo derecho a imaginar –por pasar el rato, como otros se la pasan puteando a su esposa, o viendo muladas en la tele– una sociedad utópica en donde los mendigos son todos avanzados genios, capaces de hablar por horas de la teoría del orden implicado de Bohm, disertar sobre Novalis, revisitar a Althusser, o describir a cabalidad la vida de Pico della Mirandolla. Le hablo del asunto a mi amiga por teléfono.

–Pero –me pregunta– ¿de qué sirve que sean inteligentes, si son pobres?

Mi amiga es claramente una reaccionaria. Procuro exponerle que en realidad no están en las calles porque la vida les ha quitado todo, por falta de salud mental, o por charitas, sino porque… porque les da la gana. Son seres evolucionados, poscapitalistas, le explico. Entonces mi amiga, que es buena gente, pero corta de paciencia, me pregunta si he considerado la terapia últimamente. La mando a la mierda.

Bueno, han pasado quince minutos y no hay rastros de mi indigente. A lo mejor mañana… A veces, cuando lo veo, me dan ganas de preguntarle: “Disculpe, señor, ¿podría decirme qué está usted leyendo?”. Pero tengo miedo de que abra la boca, que me muestre sus dientes densamente amarillos, que me responda que está leyendo “El Secreto”, o una mediocridad incluso más comercial, más inoperante, más genérica que ésa. No permitiré que nadie a estas alturas del partido me destruya mi Utopía.


(Columna publicada el 27 de diciembre de 2007.)

El moribundo

Si yo fuera un moribundo me vendría a morir por la noche a una de las bancas de la Plazuela España. Especialmente en estos días navideños, cuando la visten mil millones de luces lúcidas, ojos blancos, poros transpirando harta claridad.

De vez en cuando, me doy mi vuelta por la Plazuela, sí, en donde han emplazado amplis en las cuatro esquinas, con música navideña. Unas familias vienen aquí en las noches, vemos a los niños jugar, entre los árboles, a lo mejor se imaginan parte de un mundo minuciosamente mágico.

No los culpo: es que yo también soy un Evasor. Cuando el blues ciudadano se me mete como un insecto al corazón, salgo a caminar, y así me olvido de todo: de las prebendas, las parcelaciones sociales, de los guatemalos. Cuando me duele amarrarme los zapatos, como al viejo cabrón de Bukowski, entonces me devuelvo al mar de avenidas, me sumerjo en los barrios, con sus sirenas estampadas en el óxido de los portones viejos.

Si yo fuera un desahuciado vendría a olvidar mi muerte a una de las bancas de la Plazuela España (ahora le llaman Plaza España, una transición injustificada, porque su encanto proviene sobre todo de su pequeñez). Permitiría que el aire nupcial de diciembre me invente una armadura, y esperaría que nazcan molinos de viento en la calle Montúfar.

Contemplaría los focos reproducidos de la Plazuela España como Gustav von Aschenbach contemplaba –eternamente– al efebo Tadzio en la película de Visconti, en una Venecia putrefaccionada por el cólera, con Malher de fondo.

Al día siguiente, los limpiadores de la Muni encontrarían a lo mejor un cuerpo bastante congelado, o a lo mejor un hermosísimo cristal, o a lo mejor esa crónica triste del caballero Quijano, pero a mí jamás me encontrarían, porque estaría jugando, entre los árboles, con los niños de la medianoche.


(Columna publicada el 20 de diciembre de 2007.)

Calacas


En Miraflores, comprando regalos, imaginen. Un río de personas tzunamizando los corredores del mall. Cada cierto tiempo me siento a ver todas esas anatomías y cómo masacran el presupuesto familiar en Bershka o Pull and Bear. Es razonablemente divertido. Ahora me encuentro en la banca que se encuentra delante de Artemis, viendo las vitrinas de Zara, una tienda que vuelve locas a las mujeres (incluso peregrinaban a El Salvador cuando la tienda aún no llegaba a Guatemala). De moda no se nada, ni por lo general me interesa, pero me llama la atención cómo el negro es tajantemente un color reinante de la ropa en display. Desde hace ya unos años que no salimos del negro. El luto post–11 S. La era de la guerra reclama una estética de la guerra. No puede ser de otro modo. Lo cuál en realidad hasta me gusta. Así como me gusta ver a los chavitos decorados como Jared Leto y viviendo su aventura mussetiana darkwave. Algunas blusas llevan visiones depresivas, cráneos reventados supurando tinta espesa, ataúdes estampados. Pero todo esto se da en el contexto lúdico de la moda, entonces existe una especie de reafirmación de la vida por medio de tales símbolos lóbregos, y por demás se nota que hay aquí bastante humor y mucha ternura, veta Tim Burton (su Jack Skellington, referencia pervasiva de la cultura contemporánea). Se trata de una forma sana, diría yo, de relacionarnos con la muerte. Es de esperar no obstante que en la próxima década todo vaya a cambiar significativamente, dialécticamente, y los diseñadores van a capitalizar una corriente más luminosa, incluso newagy, una moda 2012. Entretanto, me seguiré gozando la teatralidad gótica y sus exabruptos decaídos, la grisitud infinita de sus uniformes, y desde esta banca seguiré viendo a tantas calacas como de Guadalupe Posadas, comprando presentes de Navidad.


(Columna publicada el 13 de diciembre de 2007.)

Polvo colombiano


La podemos imaginar, qué se yo, con disentería, temblando en el suelo, bregando por que no la violen, paralizada por el horror y los ataques de pánico, su voluntad –antes ferroviaria, maciza– hoy del todo deshecha, sin poder abrazar ni ser abrazada por criatura humana alguna, sin saber ya cómo es la voz de los suyos, con todo ese absurdo en el lóbulo frontal como un insecto chillante –pesadilla conradiana al servicio de un todopoderoso Jamás.

También podemos imaginar la tragedia del lado de los familiares, gólgota total, cruz multiplicada.

Una terapeuta especialista en constelaciones familiares me decía la otra vez que, en el caso de un secuestro, el secuestrador pasa a formar parte simbólicamente de la familia. Entonces visualicen a ese adicionado miembro fosco de la familia Betancourt: las FARC, desayunando con ellos, viendo tele con ellos, durmiendo con ellos, sedosa quemante oscuridad.

Pero en realidad la desdicha de Ingrid Betancourt ha cesado de ser una desdicha íntima y se ha nominalizado en la tragedia estamental de un país que lleva cuatro décadas de ensangramiento. Un reno disecado en la pared de la política interna colombiana, y ya externa también, según hemos visto en las últimas semanas (con un mono parlante llamado Chávez). Contradictoriamente, el quid sacramental del conflicto –si Ingrid Betancourt está viva o no– no tiene nada que ver con el hecho tangible de si la ex senadora perdura biológicamente o no. Con los secuestros sucede que si la víctima no se negocia o devuelve luego de una cantidad limitada de tiempo, la consciencia pública la da por muerta, aún con pruebas de que está con vida. En tanto que organismo biológico, Ingrid Betancourt ya es polvo, puro polvo colombiano, que todos snifeamos tiernamente.


(Columna publicada el 6 de diciembre de 2007.)

McNuggets


La muerte ahora de Mailer (y antes la de Umbral) me puso a pensar en lo mezquinos y ultrahuevones que son a veces los periodistas que redactan necrológicas, y lo poco y mal que honran a los talentos muertos. Poseen una aptitud casi sobrenatural para ir extirpando los rasgos más superficiales de éstos, transformando a genios que han cambiado a sociedades enteras en McNuggets.

Cuando sucumbe el artista, al instante la mirada pública descoyunta al cadáver, para que cuadre en el formato informativo, procede a seccionarlo, talarlo, desmocharlo, cercenarlo y compactarlo, dejando, bien tunquito, un conveniente Lugar Común. El periodista está del todo satisfecho, pues la operación postmortuoria ha sido cosa fácil (ya es todo un experto en webear) lo cuál le da chance de salir temprano del brete, por lo cuál ya está incitando a otros compas del diario a que acaben sus respectivas notas para ir a hartarse litros de cerveza y llorar la muerte de un gran escritor, de acuerdo a wikipedia.

Y lo peor del caso es que estas notas, fabricadas rápidamente para una industria –el periodismo– que bebe de la muerte con la misma naturalidad con que la vaca bebe del Ganges, serán multiplicadas y globalizadas un trillón de veces. Morirse ya no da gloria en la era google. Dijo Borges que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres, pero le faltó incluir las agencias de noticias. Y los blogs, que en su infinita elegancia jamás conoció. Hay como cuatro mil Franciscos Umbrales circulando por allí, sacados todos de un mismo machote, pero resulta que ninguno de ellos es Umbral. Resulta que ninguno de ellos es Mailer. Resulta que les da lo mismo a estos periodistas ir anulando escritores a fuerza de sintetizarlos en notas de 2,500 caracteres (con espacios). Puros McNuggets. Llamemos a PETA.


(Columna publicada el 29 de noviembre de 2007.)

El archipiélago

Ya va tomando forma el gabinete de Colom, pero cómo ha costado, dios mío, cómo ha costado. Uno pensaría que después de años de buscar la presidencia, ya tendría un equipo listo y hasta chambeando de antemano.

Estaba tan nebulosa la cosa, que Colom, próximo a la alucinación alcaloidal, incluso sugirió en su momento la posibilidad de conformar un gabinete con miembros de múltiples partidos. Pronto le explicaron que tal cosa era una mulada.

Estoy convencido de la cooperación interpartidaria es sana, pero seamos realistas: no es algo que pueda darse bien a nivel de gabinete de gobierno, y en realidad infantiliza todo el proceso democrático. Incluso yo diría que un gabinete plural sólo puede establecerse con oportunistas y especuladores. Nadie en su sano juicio acepta un cargo que lo terminará eventualmente alejando de su propia comunidad ideológica y condenando de facto al ostracismo. Nadie levemente cuerdo desea derrochar el capital político acumulado ni convertirse en una especie de islote raquítico y agazapado en el seno de la gestión tutelar. Es como ya dijera el poeta –cubano– Virgilio Piñera en un famoso verso: “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Pero incluso hay algo peor que estar rodeado claustrofóbicamente de agua y no poder prosperar a ningún lado: me refiero a estar rodeado de otras islas también ellas políticamente cortocircuitadas. Digamos que en cuanto a la administración pública se refiere, la peor figura, la más inoperante, es la del archipiélago.

Bastante sospechoso ha sido todo este demorarse alrededor del tema del gabinete, que algunos juzgarán como prudencia, pero esta clase de prudencia ya se iba pareciendo más al estreñimiento. Y si bien no queremos otro presidente que se cague en todo, tampoco por ello queremos lo contrario.


(Columna publicada el 22 de noviembre de 2007.)

Cráter

La fascinación que supone caminar de noche, cuando ya no hay gente en las paradas: cuando los mupis ya derrochan su frío resplandor en las rutas solitarias, y el tráfico llameante –el revuelo de hace unas horas– ha dado lugar a un extraño silencio espeso.

¿Y la humanidad guatemalteca? Tragada por las paredes. Absorbida por las grietas de banquetas fragmentadas. De vuelta a los ataúdes subterráneos.

Camino, y a veces me doy cuenta de Cosas. Así, por ejemplo, en la Reforma, llegando casi a la embajada de los Estados Unidos, han cavado un gigantesco agujero. No sé qué es lo que se piensa construir allí, pero por las dimensiones de la perforación, se nota que no va a ser cualquier champita.

Uno se asoma, y es el vértigo. A este vacío susurrante, a esta bestia–vórtex sólo cabe llamarla entidad, presencia, energía extraterrestre, y pareciera estar diciendo despacio: “Entregá el alma, canchito, dejáte caer sin pena”. Y en efecto no sería nada difícil empujar una de las risibles láminas de zinc que pretenden separar al vagabundo del hoyo alucinante, y arrojarse ya de plano hacia la nada de varios pisos –hasta abajo, donde están todos esos hierros, como suicidados ellos también. Pronto la indiferencia depredadora de este cráter se encargaría de diseccionarme, licuarme, mineralizarme, convertirme en arena o cemento o aire o nada. No quedaría ni un rastro de mí. A saber a cuántos de hecho se ha tragado ya, el agujero, y hasta me parece que escucho una canción, y es la canción sincronizada de todos esos latidos sin sangre, esparcidos como medusas a la orilla de un mar seco.

Me alejo, mejor. Ya que la noche hoy es más fría que otras noches frías, meto las manos en los bolsillos de mi chaqueta insuficiente, y enfilo mi camino de vuelta a casa, en donde a lo mejor alguien aún me espera.


(Columna publicada el 15 de noviembre de 2007.)

Lo necesario


Manoseada, pervasiva, leucémica, proliferante metáfora, sucia moneda de cambio en los flujos discursivos, Pamela Anderson de las coartadas políticas: el terrorismo como alibi rosado que los jefes de Estado utilizan ya sin pudor para perpetrar los peores (es decir los propios) terrorismos. El caso de Pakistán, el caso de Musharraf, quien soltó bradburyanamente sus sabuesos mecánicos a hurgar tal imprenta y abolir tal canal, en nombre de la democracia (“aumento visible de las actividades de los extremistas”). Pero la democracia –si entendemos por democracia a Condoleezza Rice– no mira a Musharraf con ojos buenos, esta vez. En el mar de los financiamientos, la indignación empieza a derramarse (La Haya).

Sépase aquí que la prensa es un enemigo en diferido: el auténtico, directo rival siendo el Tribunal Supremo, y su cohorte de abogados. ¿Cuánto tardará esta situación? “Lo que sea necesario”, se ha dicho, y para mientras, hay un cruzar de furgonetas por las calles convulsivas. La cantidad de arrestos (“preventivos”) es horrífica.

Cuando un líder da un segundo golpe es que ya se trata de un dictador. A base de trituraciones, Musharraf ha engendrado un picadillo político que no admite nomenclaturas, que no se adapta a ningún orden, que no cuadra con ni mierda.

Con la Constitución en llamas, y la Bolsa en crisis, el repudio de sus aliados, y un afianzarse de todos los maximalismos, no puede esperarse mucha conmiseración para Musharraf por parte de la historia. Queda demostrado cómo las compensaciones in vitro terminan siempre siendo tiros por la culata. Es como una cuarenta y cinco olvidada en una mesa rodeada de ishtos. Algunos muy ansiosos por enviar a sus vecinos encíclicas nucleares, por demás. Es parte de lo mismo, parte de lo necesario, dirán.


(Columna publicada el 8 de noviembre de 2007.)

Neocórtex


No hay exactamente nada más importante que la sensibilidad: la experiencia de sentirse vivo ahora. Visto desde esta perspectiva, la sensibilidad no es apenas un territorio reservado a artistas sacudidos por musa y duende, místicos amortajados en halos numénicos, científicos chasqueados por finísimas intuiciones (y a veces se dan combinaciones fulgurantes entre varios tipos de sensibilidades: pienso en Pascal, en Blake): en realidad, se trata de un potencial abierto a cualquier ser, en un marco sensocentrista. De todas maneras, nos interesa sobremanera la circunstancia de todos los antes mencionados, puesto que son éstos los que más se han dedicado a explorar (es decir afirmar) y explotar (es decir destruir) su sensibilidad. Mírenlos cómo construyen figuras neocorticales tan variadas, complejas y fascinantes. Mírenlos cómo crean mundos estos chamanes de la eucaristía sináptica. Tales alturas… Pero la sensibilidad no es constante, y a veces hay derrapajes mortales, depresiones mutiladoras, mineralizaciones profundas, renuncias inefables, suicidios incluso, una desactualización profunda respecto a todos los “poderes poéticos”, por hacer referencia a la expresión de Robert Graves. Graves habla de cómo es importante no dejar que esta “sabiduría” sea destruida por la educación. Yo estoy de acuerdo y entiendo que un artista auténtico debe deseducarse, descolonizar y desaprender: es su voto de pobreza. Al pretender capitalizar su propia sustancia cerebral se encuentra tan pronto con la desagradable verdad de su propia muerte neurológica, una creciente depreciación de su sistema nervioso, y la concomitante locura. En el cerebro, no existe tal cosa como la plusvalía. Simplemente, no funciona a piochazos.


(Columna publicada el 1 de noviembre de 2007.)

El varón budista


China espumeó bastante por el encuentro Bush–Dalai Lama. En Pekín saben bien que este ser de aspecto modesto, este sólo–soy–un–monje–budista en realidad es un poderoso varón que ha sabido granjearse una cultura política excepcional, remontándose a Mao. Tenzin Gyatso escuchó a los viejos rabinos, y éstos le explicaron cómo es que hace uno para eternizarse en el destierro (“los tibetanos han aprendido los secretos de la supervivencia espiritual judía en el exilio”). Y allí está la medalla del congreso estadounidense para demostrarlo, un éxito fascinante de lobbying y perdurable gestión de imagen. Esta imagen es la que todos los no–budistas asocian al budismo, de hecho, cuando en realidad monjes budista dignos de nuestra atención los hay bastantes, en variadas corrientes. Pero es muy concretamente Tenzin Gyatso quien cuenta con el apoyo de millones de personas, algunas muy influyentes (desde los Beastie Boys hasta George W. Bush, ahora) y si la causa tibetana no ha dado mejores frutos es solamente porque China es como un carro blindado: cómo cuesta que pare. Y no va a parar. En lo personal, no respondo a ningún líder, pero el Dalai Lama me parece el líder espiritual más importante hoy. Mientras en el vaticano perpetúan anatemas medievales, él ya está hablando de plasticidad cerebral: ¿se mira la diferencia? Nótese que esta comparación que algunos juzgarán un tanto intolerante es completamente mía, no se piense que de él: al Dalai Lama no se le puede adjudicar ninguna mácula que sugiera comparación o exaltación religiosa, al contrario. Cuando vino a Guatemala, hizo un poderoso evento ecuménico (con exactamente todos los sectores religiosos, mayas incluidos, por supuesto). Un hombre formidable, y me alegro que en Casa Tibet Guatemala se haya puesto esa foto suya para honrarlo, presidiendo la sangha.


(Columna publicada el 25 de octubre de 2007.)

La manguera

La muerte de Valerio Castañón de León y Aura Esperanza Salazar Cutzal, del PP, no es otra cosa que un ordenamiento detallado y tecnológico convocado desde antes de la primera vuelta. Casos sonados de violencia política –en el plano internacional– fueron aquellos en donde el blanco era el EG, por razones obvias. Pero el fenómeno es un chisgueteo convulsivo que agarra para cualquier lado, manguereo incontrolable de sangre y caos.

Hay quienes aún consideran que democracia es éste apilamiento general de muertos, parpadeo de plomazos en la noche abierta. No sé cómo pueden decir semejante cosa y después dormir. A saber con cuánta pasta y somnífero se atascan, estos hipócritas.

Sea como fuere, allí están: los difuntos. Ya no votarán en segunda vuelta, pero han cumplido el brete en la causa del sufragio. En oscuros consejos se deciden entretanto las futuras víctimas. No se ha visto campaña electoral más subterránea, más inconfesa. Dan ganas de meter la shola en la tierra, como el avestruz; pero lo cierto es que igual te desmochan por debajo.

Lo más preocupante es que el regular ciudadano sabe que estas cosas están pasando, pero apenas cuenta realmente con un enfoque panóptico que le permita apreciar la magnitud del descalabro; va recibiendo los interfectos políticos linealmente, según vayan apareciendo (como ver las perlas y no el collar) y las autoridades –perfil bajísimo aquí– no han sabido mostrarnos el trazado consistente que hay detrás de todo esto, cuando ya el informe debería estar afuera y ser de todos.

Por supuesto, tantas muertes son deudas; habrán de ser canceladas en los próximos cuatro años. De este enrarecimiento de la atmósfera pública sólo puede decirse que ni siquiera se vio algo así de parecido en campañas pasadas, aún con la inminencia de sectores atávicos.

¿Votar en estas condiciones es votar realmente, vos?


(Columna publicada el 18 de octubre de 2007.)

La mouche

Incluso antes de entrar al Cementerio General (a unas III cuadras digamos) ya se miran los zopilotes. De llevar con nosotros a un gringo o a cualquier regular extranjero, él nos preguntaría I o II veces: “¿Es que tienen los muertos afuera de sus tumbas, y es por eso que estas aves carroñeras sobrevuelan el cementerio?”. Y habría que explicarle I o II veces, o V, dependiendo de su lucidez: “No, señor. Estamos en las Indias, no en la India. Los muertos aquí los enterramos, como Dios manda. La razón de la presencia de estas nobles aves es que el basurero se encuentra a un lado del camposanto. Y eso explica también el olor a mierda. No vaya Vd. a pensar que nuestros muertos huelen así de mal”. “Ah”, contestaría el gringo mula, viendo el zopilotal.

Esta vez, éramos un montón los presentes (yo calculo que éramos como XXX, talvez L), viendo cómo es que el señorcito de los ladrillos tapiaba al interfecto. Llevaba ya unos XX ladrillos: y entonces la mosca.

Una mosca se posó en mi mano, quiero decir. Lo cuál es insignificante. Pero el asunto es que no bien se posó la primera, ya estaba la segunda posándose ella también. Y una tercera. Entonces me di cuenta de cómo los otros enlutados también lidiaban con sus propias moscas; cómo es que las señoras daban grandes aspavientos para ahuyentarlas; cómo es que sus maridos indignadísimos no sabían ocultar la impotencia ante los protervos bichos. Y es que eran ríos de moscas; eran como M moscas; y todos teníamos puesto un traje de moscas; y las moscas las teníamos en la boca; y tragábamos las moscas. El señor de los ladrillos salió huyendo. Corrimos entre nichos.

Cuando por fin logramos escapar del Cementerio, alguien diría, en un acento foráneo: “Cuando yo muera, es mi deseo que me cremen”. Y otro más –un xenófobo, visiblemente– contestó: “Sí, lo mejor sería mandar a construir unos hornos gigantes, para quemar tanta basura…”


(Columna publicada el 11 de octubre de 2007.)

Enter

En el disco duro tenía yo una carpeta con todo lo que había escrito en mis primeros, qué sé yo, cinco, siete años, de escritor. Y siempre me estaba diciendo a mí mismo: “Hay que revisar esa carpeta, para ver si hay algo de valioso, si algo a lo mejor se salva”.

Pero jamás lo hacía. En parte por esa filosófica hueva de la cuál todos adolecemos; en parte por el atenazante pudor que causan los propios orígenes, en este caso escriturales.

El pudor, verán, es uno de mis grandes hostigadores. Vergüenza, apocamiento, y un discreto sentido del fracaso.

Se me fue metiendo en la cabeza una idea alternativa: “¿Y qué tal si sencillamente borro la carpeta?”.

“¿Pero cómo?”, me dije. “Es tu obra, años y años de trabajo”. “No vas a ser tan salvaje, tan bestia”.

Y otra voz vino a impugnar: “De veras te creés muy especial, ¿no es cierto? De veras creés que todo lo que escribís es digno de Dante, Tolstói, Nabokov. Que todo esto va a sobrevivir las ondas y eones del tiempo. ¿No ves que todo está condenado a desaparecer? ¡Memento mori!”

Pero, prudente, la primera voz volvió a intervenir: “Dejálo estar; el material tiene por lo menos un valor, si no literario, historiográfico”.

Y así pasaron los meses y hasta los años: una cháchara interminable. Los argumentos se fueron haciendo más y más sofisticados. Qué retahíla de nociones y conceptos, pero en realidad el dilema seguía siendo siempre el mismo: renunciar o preservar.

Fue con una especie de morbo sardónico como presioné, finalmente, cierto día, la tecla enter. Borré la asquerosa carpeta. El olvido terminó ganando esta satánica disputa, imprimiendo su estocada final en el costado de su viejo némesis, que se sacudía en el suelo, convulsionaba. Presencié el suceso horrorizado: aún quise ayudar, pero era tarde.

Una culpa bien viscosa comenzó a llenar el cuarto.

Cinco, siete años de trabajo.


(Columna publicada el 4 de octubre de 2007.)

Polígamos en la tele


A menudo se tiende a confundir poligamia y promiscuidad: en ciertas mentes, todo aquello que desafía la noción unitiva tradicional es necesariamente sucio, y en cierta medida caótico, demoníaco. Por lo mismo, la poligamia busca abrirse lugar en las conciencias separándose con vehemencia de otras prácticas combinatorias más decididamente sexuales (swingers, sex clubs).

Como en todo movimiento de liberación, primero hay un arrebato poético, un pronunciarse; luego un enfoque político; y más tarde, talvez, un efecto de discriminalización.

Estamos viviendo la fase poética de la poligamia, aún de un modo embrionario, velado incluso, pero ya una energía, una radiación dejó sentir su presencia. Dos síntomas televisivos de esta radiación: Girls of the Playboy Mansion (más allá de su aspecto naïf y estúpido, este show es un poderoso cristal cultural) y por supuesto Big Love, de HBO.

Ninguno de los dos shows promueve el desenfreno o la orgía directa: ni siquiera Girls of the Playboy Mansion –contra todas las apariencias– que no pasa de una casi cándida, por demás necesaria –dada la naturaleza del show– retórica erótica. Al contrario, la presencia de Hugh Hefner es la de un caballero muy entregado, cariñoso, y ordenado. Se puede argumentar que todo ello no es más que un frontispicio. Lo cuál de todas maneras, para fines prácticos, sociológicos, no tiene relevancia.

Y está Big Love, que explora con gran honestidad los conflictos emocionales y espirituales que se dan en el seno de una familia mormona fundamentalista. Todos los personajes de la serie están establecidos en una lucha de sentido, en torno a la situación que les ha tocado vivir. La moralidad, en este sentido, es un fuerte componente de la serie.


(Columna publicada el 27 de septiembre de 2007.)

Ángeles torcidos


Asistí al concierto de los Héroes, no por ser fan duro, sino porque por nada del mundo me iba a perder semejante orgía sociológica.

De hecho el sonido de esta banda me ha parecido siempre un poco extemporáneo, desplazado, un poco venido de un lugar que yo me he emperrado en olvidar, como se trata de olvidar un pasado infamante y oprobioso. Sus canciones han sido puestas hasta la náusea en bares y cantinas patrioteras, siempre habitaciones sin vista, sótanos con ventanas a ninguna parte... Los Héroes del Silencio, curiosamente españoles, son el símbolo de la inercia nacional (que el concierto se haya realizado un quince de septiembre no resulta extraño). Intestino autodevorándose, loop de Ourobouros... La vuelta de los Héroes a los escenarios no es sino otra tautología en una secuencia peristáltica de tautologías.

Una hermosa sorpresa entonces verlos reventar tan duro y tan bien. La empatía y la individualidad… Bunbury sigue siendo esa energía poética al servicio de los mejores cuchillos del rock´n´roll. Hay que admitir que los Héroes del Silencio consiguieron establecidamente una línea propia de expresión –aún dentro de la esfera tan impositiva y a veces anacrónica del heavy. Si a ello añadimos los juguetes que trajeron –parafernalia escénica digna del Burj Al Arab– y por demás el amor declarado que estos señores de Zaragoza tienen por Guatemala…

Pero lo que más me gocé del espectáculo fue a los camisas negras: esos ángeles borrachos, torcidos, que van caminando abrazados, manoseándose sin saberlo, y que no difieren en absolutamente nada –salvo el atuendo– a los bolos mames de Todos Santos, el primero de noviembre. Por supuesto que una miserable valla no supo detenerlos y así tomaron lo que patrimonialmente les correspondía desde siempre: el VIP, en el concierto de los Héroes.


(Columna publicada el 20 de septiembre de 2007.)

Monocromías


No me ahuevo. Mi felicidad no depende del Estado.

Una convicción que no me impide votar–participar. El domingo pasado me levanté y dirigí a la ventana: un día esplendoroso: un día perfecto para votar por una dama. Y eso fue lo que hice.

Y eso fue lo que todos no hicieron. Lo cuál es muy revelador y muy claro: señaliza exactamente en qué clase de país uno respira.

Decir respirar es un decir, para las mayorías. Por tal cosa es que ya estoy preparando un gran zero de segunda vuelta, incluso un antivoto, en el cuál siempre además he creído. He allí un auténtico derecho. Supongo que no soy ningún “héroe de la democracia”.

Mi felicidad no pende ni depende del estado, pero siempre se da eso que es la ilusión, un deambular o sextear en zonas secretas de esperanza. Y para mí que la esperanza tiene color.

Una jornada: es todo lo toma para que se retotalice la dimensión del no–color. Yo digo: los que no tienen color, que agarren. Que se pongan colorados, quiero decir. Que tengan vergüenza, vamos. Pero ya en la tarde de domingo, estaban cayendo otra vez los mameyazos de agua, se reintrodujo el gris en las cosas. El sufragio universal no quiso sino ser esa traslación ausente.

La verdad es que a mí Colom siempre me ha parecido un poco pálido y mortuorio, especialmente en su forma de hablar. Y me parece que a eso se debe su arrasamiento electoral (27.01%, dice el diario). He estado pensando en que debería ponerse eye–liner, pintarse las uñas de negro, y pasarse a gótico de tiempo completo. Es el aire de los tiempos.

Elecciones generales o daltonismo total. Se dice que los daltónicos pueden ver mejor los objetos camuflados, y creo que podemos elevar eso a evidencia colectiva: una evidencia colectiva de 25.00%, para Otto Pérez Molina.

Como que ya viene siendo hora de inscribirse a esas clases de acuarela.


(Columna publicada el 13 de septiembre de 2007.)

Filmografía universal de la infamia

Eso de ir por la Roosevelt es una experiencia estético–repugnante de conmovedoras proporciones.

Me refiero a todas esas vallas… No ha terminado de capitular una valla y ya empieza la siguiente –ni un nanosegundo de por medio– y luego otra más y así otra y viene a ser este proceso un poco parecido al sucederse fantástico y frenético de fotogramas en fugaz secuencia de continuidad –con lo cuál se puede decir que todos esos políticos han terminado por concebir colectivamente, interpartidariamente, y por supuesto, involutariamente, el principio mismo de la cinematografía.

Los hermanos Lumière no estarán nada contentos de que su invento se haya reinventando más de cien años después en condiciones tan mezquinas como las de unas elecciones generales. Otros dirán que este filme que nos presentan los políticos es de mal gusto, vulgar, y malcosido. Precisamente. Para nosotros, los fanáticos del horror chafa serie b, que hemos visto vía Tarantino sus posibilidades más tiernas, esto es como un regalo que la ciudad nos ha preparado desde su misteriosa–crapulosa–inedificante sabiduría. Lo que más me gusta en esta gran película de miedo son esos rostros como henchidos de alcohol, declaradamente porcinos. Noten ustedes que no pocos aspirantes al poder poseen rasgos cerdiles, hay literalmente algo de cerdos en ellos, de los llamados cerdos enanos vietnamitas, para ser exactos, de los cuales se dice que son maravillosas mascotas.

Eso para hablar de los más feítos; pero todos tienen lo suyo de inquietante. La sonrisa Ken de Boussinot… Ana Lucía Alejos con su pose thrilleresca de femme fatale… Puro cine. Y luego dicen, se atreven a decir que los políticos no estimulan la cultura…


(Columna publicada el 6 de septiembre de 2007.)

PSP

Abundan esas criaturas que siempre buscan definirlo a uno por la procedencia, el color del pelo. Lo suyo es construir y concretizar identidades políticas, con la mera idea de abatirlas después (exactamente como esos niños que arman una estructura de legos con el carismático objetivo de tumbarla a manotazos). Son bastante incapaces de generar ninguna clase de poder sin antes producir un poder de clase.

El mismo principio de la fantasía erótica: pobres varones a quienes apenas se les para a menos que estén viendo el porno más violáceo. Y cuando por fin se les pone dura, a fuerza de ilusión sexual, se da en ellos una gran necesidad de violar a otro ser humano. Así funcionan.

Lo cuál no quiere decir que el poder de clase sea solamente teatral y no exista ya de sí y que no exija provocación –oh, por supuesto que existe, y es infaliblemente cruel– pero nada tiene que ver con el juego de consola PSP que estos tahúres integristas subsidian en sus cabezas como hornitos paranoides.

Me gustaría poder decir que en realidad no están destruyendo nada, salvo la novela de caballerías que ellos mismos autofecundan, pero no es cierto, ni siquiera en el caso de los más mullidos, los que se hacen pasar por sensibles, escritores, intelectuales. Hasta los más fanfarrones son peligrosos. Son los primeros en cholerearles al poder, de eso podemos estar seguros: legítimos candidatos a cualquier enfoque coactivo, si uno huye del molde, de la fantasía social (y eso uno lo ha venido haciendo toda la vida) entonces se ponen violentos con el martillo. A todos (tanto de un lado y del otro) les duele que uno no funcione de acuerdo al arquetipo, y no se rinda a idealizaciones y guiones prearmados.

No votemos de acuerdo a los guiones prearmados.


(Columna publicada el 30 de agosto de 2007.)

El Fu Lu Sho


Me encontré a Marielos tomando un café. Pronto me está contando que han elegido este año al Fu Lu Sho como uno de los “diez puntos de identidad citadina”, en el marco del recién acabado X Festival del Centro Histórico. Lo cuál a mí me da tremendo gusto por ella –puesto que entiendo cuánto afecto y tesón le convida al lugar– y me da además la posibilidad de escribir una columna sin candidatos, intríngulis de votaciones, barato suspense preelectoral.

Ya el sólo hecho de que se halle en el corazón de la sexta es un punto siempre a favor del Fu Lu Sho. Por supuesto, hace poco más de cincuenta años, cuando fue abierto, no existían los diez mil millones de parpadeantes devedés piratas que hoy piden al viandante un acto de connivencia, un contubernio, una complicidad. Grandiosa estética de la proliferación.

El Fu Lu Sho –explica su website, lo tiene– nació el 15 de marzo de de 1956. Sin ser experto en nociones chinas, me limito a esbozar lo poco que se: el nombre alude a la felicidad y las bendiciones (Fu), la prosperidad y el dinero (Lu), la salud y la longevidad (Shou), y esas tres energías quedan por demás asociadas a tres deidades, que han dado lugar a una rampante iconografía en latitudes orientales.

Pero volvamos al restaurante, volvamos a su barra oblonga (es bueno sentarse allí, tomarse un milk shake), el rojo monolítico de sus paredes, todas esas obras colgadas de Ramírez Amaya (son varias, siendo él un cliente ocasional, y tan dado a trueques sentimentales).

Secretivas, mitológicas, por momentos, incluso, oníricas, las escaleras van a dar (sigamos, por favor, el tilt–up) a un mezanine en donde en otros tiempos se dieron punzantes complots revolucionarios, y también allí reconcentrados escritores redactaron sus cositas, que a veces hasta fueron publicadas.

Sin duda hay una luna que sangra sobre el restaurante Fu Lu Sho: y así lo fecunda, y así lo eterniza.


(Columna publicada el 23 de agosto de 2007.)

Cardoza sin casa

En septiembre se cumplen los quince años de muerto de Cardoza y Aragón. Luis Cardoza, siendo todo lo que es, no deja de ser un desconocido.

Hay varias razones que explican esta circunscripción, este recorte de su notoriedad. Me limitaré a una de ellas: es que a Cardoza ningún género literario le respalda realmente, salvo acaso el de la poesía. Pero la poesía no es respaldo alguno, pues se trata de una criatura lechosa, caliginosa, y en suma invertebrada. Algunos poetas, es cierto, han ido evolucionando y logrado desarrollar un singular esqueleto editorial, muy consistente, el caso de maximones tipo Gelman o Gonzalo Rojas, pero hay que anotar que en muchos otros tal estructura es de naturaleza puramente externa –un exoesqueleto, entonces. Intento decir que mayoritariamente la poesía sólo puede sobrevivir gracias a la connivencia de la hagiografía, la ideología o la mera depresión, todos fenómenos que le son ajenos como queda claro. Tanto no deberíamos de confiar en la inercia de unos nombres, que a lo mejor son sólo el producto de congresos literarios, corcovados posgrados, dudosos arbitrajes de publicación, y fenómenos hormonales.

Clarificado eso, vamos a ver a Cardoza por el lado de la prosa. Escribió mucha prosa, la resudó, pero no en forma de novela. Y la novela es el único culo que vende en esta ciudad, y si no que lo diga el fenecido Roberto Bolaño, cuyo éxito jamás pudo haberse concretado en el terreno, por ejemplo, del ensayo.

Del ensayo diremos que es un género típicamente sobrevertebrado. Pero en los ensayos de Cardoza no hay huesos, y cuando los hay están como asediados por una especie de porosidad metafórica, que podríamos llamar osteoporosis de Apollinaire, para dejarlo más científico.

Decididamente, estar sin género es para un escritor como vivir en la calle.


(Columna publicada el 16 de agosto de 2007.)

Los meditadores

La semana antepasada viajé a El Salvador para un curso de diez días de meditación vipassana.

Y allí estaban los meditadores.

Horas y horas. Las piernas cruzadas.

Tembló. Se vino a pedazos el mundo, se asentó el invierno nuclear, se secaron los mares, invadieron los selenitas.

Pero ellos seguían meditando.

Parece que los meditadores han descubierto cómo convivir con el gran, con el insoportable lunes de todos los días.

Y a los otros, que andamos tirando los malos intestinos por las calles y largas avenidas, y cuya mediocridad vejatoria es no saber sino sufrir y no saber, nos miran como al tanto de otra cosa. Y nos echan una mano. Y sin embargo ellos también llevan sus propios intestinos de fuera.

De mirar viven. Con la sola mirada traspasan los cuatrocientos muros, los cuatrocientos icebergs.

Comen en silencio, miran los pájaros en silencio, mean silenciosamente.

Uno de sus mayores pasatiempos es cortarse a sí mismos en pedacitos, nanopartículas, fragmentos sucesivamente más y más pequeños, hasta desaparecer por completo. Y luego toman el sol. Pero el sol no existe.

Gustan de acuchillar una a una todas sus identidades, ideologías, distribuciones, enfoques, referencias, todas las beatas formas de querer ser cualquier cosa que dure. ¿No hablaba Éluard del duro deseo de durar? Sobre algo ridículamente efímero como una mera sensación el hombre ha construido civilizaciones enteras. Sobre el deseo, Auschwitz. El meditador lo sabe: y por eso acuchilla. Degolla. Tremendo desmoche. Gigantesca masacre. Sangre ya tibia ya fervorosa ya lenta, calando el cojín de meditación. Los meditadores saben, con Cernuda, que el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Una pregunta que vuelve locos a los seres.

Y por eso meditan.


(Texto publicado en mi espacio columnístico Buscando a Syd, del diario El Periódico, de Guatemala, el 9 de agosto de 2007.)



Vuelta a Asturias


Rebelde; por mucho tiempo me hice el rebelde con las prosas de Asturias; a mis ojos resultaban geniales pero apenas concluidas; sin relectura; como deshilachadas; más que frases chajazos; tiros perdidos en la noche, como ya dijera Octavio Paz, de las propias frases de Cardoza.

Digamos que yo siempre anduve buscando otra cosa: precisión. La clase de precisión cerebral que uno encuentra, por ejemplo, en Los pasos perdidos de Carpentier; o en El Astillero, del formidable Onetti. Cirujanos de la palabra, científicos…

Pero Asturias… Se me fue llenando el pecho de escepticismo.

El camino que me llenó de vuelta a Asturias ha sido de lo más divertido. Se lo debo a Umbral, quien encontró un estilo de novelar haciendo poesía, que no es igual a decir prosa poética (Paradiso, libro más insoportable). Y aquí me refiero a la imagen como estatuto fundacional del arte de narrar. Por supuesto, esta forma de ver las cosas siempre trae consigo sus dos y medio detractores; tendrán ustedes siempre a esos epígonos de lo sobrio, menos por genuino discernimiento que por falta de recursos.

Cuando me cansé de leer a Umbral (dios mío, qué obsesión) busqué lo mismo que ya había hallado en su persona, pero en otro: Bradbury. Bradbury es un hombre libre, sus cuentos están hechos de metáforas. Lo curioso es que Bradbury y Asturias tienen un sinnúmero de complicidades. No me costó nada dar el brinco. Por supuesto, Asturias está loco. Se me acusa todo el tiempo de escribir marihuanadas en esta columna, pero si yo soy marihuana, Asturias es psilocibina. Simplemente no tiene sentido del límite. Y eso le permite hacer unas cosas con el idioma que uno apenas juzga posibles… El secreto con Asturias: obviar los defectos, celebrar lo demás. A cuarenta años del Nóbel, yo lo celebro, sin pudores, ya.


(Columna publicada el 2 de agosto de 2007.)

Medalla de plata

La semana pasada, allí estaba Heidi Juárez en portada del diario, medalla de plata, representando.

Se me vinieron a la memoria todas esas imágenes de infancia, cuando yo hacía tae kwon do –incluso arribé a la cinta azul con grado. Pero debo decir que cabalito antes de conquistar la negra deserté –honrando así para siempre al perdedor que llevo dentro. Ahora les cuento la historia.

El dueño del gimnasio era un coreano buena onda, y en teoría una máquina de las patadas (pero aún siendo una máquina de las patadas llevaba consigo siempre una gran pistola bien niqueladita, que de tanto en tanto me mostraba, para mi éxtasis, y que ocupaba jerarquía de precedencia, asumo yo, a la hora de los vergazos).

Era un coreano buena onda pero también tenía su parte jodida. Llevaba un gran bate, y cuando no completabas una serie de ejercicios, te lo soltaba encima del pie, dejándote los dedos, las uñas, de un color violáceo violento. También practicaba eso de hacer dos filas con todos los del gimnasio, y vos tenías que pasar en medio, a que te sacaran las miserias, a puros patines. De vez en cuando nos hacía pasar –a todos por igual– a las duchas, pero vestidos. Era un coreano buena onda.

Cierto día, estaba yo jugando con un cuate, en mi casa, y el asunto es que sin querer me pegó un cabezazo, dejándome el ojo mal. Cuando el lunes llegué al gimnasio, el coreano me preguntó qué había pasado, y yo me inventé una de vaqueros, diciéndole que me habían agarrado entre cuatro en el colegio, por apantallar. Y él me dijo:

–¿En el colegio? A la salida los agarramos.

Lo cuál, comprenderán, me puso en una situación harto incómoda. Lo vergonzoso del asunto es que antes que decir la verdad, opté por salirme del gimnasio.

Por demás, así comenzó mi oficio de escritor, que no es otra cosa que el oficio de mentir. Yo también quiero la de plata.


(Columna publicada el 26 de julio de 2007.)

Bichos, vicios y roedores

El poder se desplaza, fagocita, transmigra, y erosiona.

Viendo a los candidatos presidenciales, uno de se da cuenta que todos sin excepción ya han ejercido antes una u otra forma del poder, sea público, empresarial, militar, o incluso espiritual.

Lo verdaderamente desquiciante del asunto es que no puede ser de otra manera. El poder no brota ex nihilo. El poder sólo puede venir del poder, de la misma manera que una manzana sólo puede venir de un manzano. Visto de tal punto de vista, la pregunta de sanidad básica es: ¿cómo podemos compartimentalizar el flujo del poder en segmentos responsables? Lo ideal sería algo parecido a un sistema político de esclusas. Podría ser uno en donde cada cual, antes de pasar a un cargo público, deba someterse a un régimen de cuarentena, para evitar así multitud de contaminaciones.

En un país en donde la improvisación y el oportunismo son ley, someter a los candidatos a una suerte de iniciación social no es del todo una mala idea (podría ser un puesto “de transición”, a cumplir ad honorem). Como sea, hay que fumigarlos. Porque de lo contrario van a llevar consigo al estado los bichos, vicios y roedores de sus otros puestos de poder.

La pregunta concreta es: ¿cómo se fumiga a un candidato? Una opción sería interpelarlos francamente, antes de la fecha electoral. No me refiero meramente a la interpelación de la prensa, necesaria, sí, obligatoria, cómo no, pero a todas luces insuficiente. Me refiero a una interpelación civil y ambiciosa, en plan laxante, construida con la misma intensidad con la cuál interpelamos a un ministro caído en estado de sospecha. Tal es nuestro derecho. Como cuando tomas a un drogadicto, y le haces una intervención. Hay que partir de la idea de que los candidatos son potenciales adictos al poder, que a lo mejor son personas muy enfermas.


(Columna publicada el 19 de julio de 2007.)

La Zaranda


Si se me ocurriese antologar cada palabra que he tecleado y echar un vistazo general al impulso colectivo de mi escribir, podría acaso observar en semejante zoológico verbal una misma energía–raíz, animando el conjunto –pues carajo, la angustia.

Como si hubiera hecho con tal angustia una alianza kármica de resonancias vitalicias. Y no me arrepiento. Ha sido la mejor de las catedráticas. Sólo la angustia viene en 3–D; sólo en ella hay profundidad espeleológica. Lo demás es laca. Confort espiritual. Pensar que casi casi se cagaron en ella los existencialistas…

A la par de la angustia, el humor, por supuesto. Cuando la angustia fricciona con la angustia, produce risa, risa de muerte. Recuerden al doctor Wagner diciéndole al personaje principal de El péndulo de Foucault, luego de 786 nebulosas páginas:“Monsieur, vous êtes fou”. Me reí como una criatura que están quemando viva. El loco era yo.

El sábado contemplando la obra teatral Los que ríen los últimos, de La Zaranda, yo bien me decía para mis adentros: “Estos cabrones la tienen bien clarita. Estos cabrones ya le dieron la mano al coronel Kurtz”. El horror, el horror…

Ni modo, si son genios. La primera vez que yo supe lo que en verdad era el teatro, la perfección escénica, fue cuando estos cuates vinieron aproximadamente hace una década, y presentaron Cuando la vida eterna se acabe. Limbo. Fosa. Por ver tanto el abismo, se nos quedó viendo el malparido a nosotros. Carcajada del sifilítico de Turín. Así de buenos eran.

Así que la Zaranda ha sido mi principal referencia teatral en la última década, y es hermoso comprobar cómo diez años después, esta compañía continúa siendo tan consistente, tan sólida, tan incisiva. La Zaranda me volvió a reventar el neocórtex, con todo y sus 30,000 millones de neuronas, todas bien llenitas de angustia.


(Columna publicada el 10 de julio de 2007.)

Citius, altius, fortius


Últimamente, mis días han sido como la mala traducción de un pésimo libro. Claustrofobia. Ratas por todos lados, me entienden. Ratales.

Así que decidí partir el fin de semana con la hermosa CL6 a Cobán, con la esperanza de purificarme, viendo reses. Rodamos en la Negra Tomasa –nuestro potente carro– hacia las Verapaces, escuchando a Coltrane, el nigromante.

Vimos las reses, efectivamente. Las bellas reses bovinas. Y también cantidad de quetzales. Los quetzales son criaturas muy vanidosas, muy sociales. Se dice que cuesta un huevo ver quetzales. Pero no. Son la Carmen Electra del reino de los pájaros.

Por supuesto, fuimos al Biotopo. Si uno pone un poquito de atención, se da cuenta que en el Biotopo se halla el Alfa y Omega, el Paraíso Liquen, el Cáliz Húmedo etc.

Se precisa estar mínimamente en forma. Mientras iba subiendo por el sendero fabulador, yo cimentaba en mi cabeza recuerdos de mi madre hablando años atrás acerca de “los ideales de Pierre de Coubertin” (mi madre es una engasada del espíritu olímpico, y de Pierre de Coubertin, y de sus ideales). A mí los ideales de Pierre de Coubertin me valían madre, con todo y su bigote. Lo único que me interesaba entonces era fumar grass, en cantidades soberanas, intimidantes, cabalmente bovinas.

Pero al subir por la senda de la reserva, el sábado, agradecido de estar en semejante universidad de la vida –el Biotopo– de pronto fui un poco menos crítico con todo aquello que Pierre de Coubertin –tan sucio de paidea y helenismo y cristianismo muscular y fascistoide de soslayo (hablaba de las “dos razas”)– quiso buenamente entronizar en la endeble consciencia humana. Por un segundo vi el aire. La luz en el follaje. Cuerpos vigorosos, saludables, alcanzando metas sublimes.

Y luego pensé en Carmen Electra. En sus dos grandes tetas.


(Columna publicada el 5 de julio de 2007.)

(Nota: La foto es propia.)

Los clowns


Uno mira a Colom y uno mira a una criatura ectomórfica, tirando a flemática, un tanto laxa, como si en lugar de huesos llevase linfa, o leche dentro, y el rostro de tortuga, además, en donde resulta imposible rastrear vestigios de sentido del humor, de arrebato, de profunda hilaridad.

Los demás están por el estilo.

Elecciones que son la muerte de la risa.

Elecciones que son la defunción de la carcajada.

Estas literarias solemnidades de la vida pública hay que contrabalancearlas o bien el alma comienza pronto a resquemarse, hasta caer en neurastenia.

Así que acepté y agradecí con toda urgencia una invitación que me hicieran el sábado para ver el espectáculo Cirkus Inferno, a cargo del Daredevil Opera Company.

No contento con haber visto el Cirkus Inferno el sábado, me dirigí aún el domingo al Teatro del Joam Solo para ver La máquina del tiempo, de la compañía Robalunas y el cuate Pancho Toralla, que ha emprendido la quijotesca tarea de ser clown en Guatemala.

Fueron horas lujosamente dedicadas a la irreverencia, a la insensibilidad.

Bergson ha escrito: “Lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a la inteligencia pura”.

De esta inteligencia pura los candidatos nada saben. Por el contrario: los candidatos son los grandes abusadores del corazón. Todo en ellos es sensiblería, exageración superferolítica. Basta con ver a Giammattei trepando la colina con sus graves muletas. Eso no es proselitismo. Eso es ya la Teletón.

O pensemos en Otto Pérez Molina, poniendo a mujer, hija, hermano, a cantar sus virtudes; nomás le faltó la criatura del ático.

Lo más paradójico del caso es que por solemnizarse tanto quedan un poco payasos. Pero en su caso no hay mérito alguno pues es completamente involuntario.

Para ser payaso se precisa estudiar. Ya ven que es un oficio muy serio.


(Columna publicada el 28 de junio de 2007.)

Ciudad santa

El sábado pasado en la Antigua: retrospectiva de Margarita Azurdia. Deslumbramiento, gratitud, rabia por lo perdido. Que quede registro que allí estuve, verídicamente, estupefacto, malcomprendiendo cómo es que algunos genios gotean, por resquicios y grietas generacionales, hacia los abismos de la desmemoria, y la insignificante esoteria de la negligencia, confidencialidad humillante, conventualidad de olvido. Mientras otros –que genios no son– son mantenidos artificialmente en la lente de la atención histórica. Reconforta saber que algunas criaturas lúcidas –exempli gratia, Rosina Cazali– se dan a la tarea de reunir y defender, al borde de la batalla, la ciudad santa, el último de los protectorados: el de la sensibilidad.

Lo más importante de comprender respecto a la sensibilidad es que no respira sin diálogo, o dicho así: la única manera de mantener viva la propia sensibilidad es dejarse hechizar por una sensibilidad que no sea justamente propia. ¿No es curioso? Es lo ajeno lo que nos concede vida íntima: sin enajenación no hay lirismo. Es fácil tomar a broma ciertas compulsiones de Margarita Azurdia, dictar que estaba loca, ligarla al arquetipo de la artista errática, extrovertida: es fácil, y superficial. Esta clase de velada condena nos prohíbe valorar lo cardinal: la extroversión de Margarita Azurdia es esencialmente religiosa. En la exhibición de la Antigua uno percibe el espanto de la búsqueda como una ética de lo desconocido. Ahora bien, para dejarse penetrar por lo desconocido (y ser completamente mujer) es preciso vaciar el alma, hasta volver al balbuceo, o infancia mítica. La locura, anafilaxia del corazón, nos posee pero al poseernos nos dota de una nueva virginidad. Margarita Azurdia, la niña, amasaba su placenta con manos nuevas cada vez.


(Columna publicada el 21 de junio de 2007.)

Cita con Tercero

Pluviosos, encharcados, bien cimbreados de política, transcurren estos gusanos días. Los presidenciables pactan Cosas con Terceras Personas, menos públicas de momento, pero siempre más poderosas.

No resulta difícil conjeturar una escena de éstas: el guachimán, afuera, esperando: la delgadez de su rostro hierático, una cierta autosuficiencia artera, fumando cinemáticamente, cuidando una SUV sumamente polarizada. Ya ha trabado amistad con el otro guachimán, también: pues todos sabemos que hay una Internacional de Guachimanes maniobrando en el mundo.

Ya entrando en la casa de la Tercera Persona –mejor no facultar esta clase de reuniones en restaurantes, lugares públicos– veremos, en un zoom in más bien moroso, todos esos cuadros, esas poderosas muestras del Arte Nacional, excitando a nadie en un vestíbulo vacío. Habrá que ir a buscar al presidenciable en el jardín de su secreto interlocutor: sus ojos no terminan de envidiar el extenso jardín, que es finito pero ilimitado, como el universo.

Y la Tercera Persona, el Tercero, además de ser dueño de la casa, es dueño de cada uno de sus gestos, los de afirmación y los de disentimiento. Ya está poniendo sus condiciones, que son más o menos las condiciones de Guatemala, para los próximos cuatro años, y a lo mejor para las próximas cuatro décadas. No sabemos si es Zacapa Centenario eso que hay en su vaso. Habla más que el presidenciable, apostrofa, como si practicara un guión de teatro, como histrionizando. “Eso me lo dejás despejado”, ha dicho de último, con el tono de quien ha dicho tal cosa múltiples veces.

Estrechan la mano, real o figurativamente hablando. Un insecto naufraga en el plato de comida. Grises las nubes, anuncian cierta tempestad.


(Columna publicada el 14 de junio de 2007.)

Cetacea


Hablemos de Matthew Barney, y más precisamente de un proyecto suyo (en donde por cierto Björk, por demás su pareja en la vida real, actúa): Drawing Restraint 9. Una de las experiencias artísticas más extrañas que he tenido la oportunidad de presenciar, y créanme, no han sido del todo pocas. He colgado un póster de la película en el cuarto en donde escribo –lo tomé del IFC Center de Nueva York– para recordarme siempre del valor de la auténtica investigación en el arte.

Demasiado compleja para discutirla ahora (merecería un ensayo, y mejor un libro) pero quisiera hacer hincapié en un aspecto de esta película: fue rodada a bordo del Nisshin Maru, el controversial barco ballenero japonés. Se sabe que Barney estaba muy interesando en una carta que le mandó en 1946 un pescador japonés al general MacArthur, agradeciéndole que quitase la prohibición de caza de ballenas. Es difícil rastrear las intenciones de Barney y arrearlas a un nivel lógico y no paradojal (y saber a ciencia cierta cuál es su apreciación radical de los nexos que hay entre el shintoismo y ciertas prácticas balleneras) pero al menos al final de la película pareciera ser que la ballena materializa expresamente todo espíritu de regeneración: Björk y Barney, convertidos en cetáceos, nadan libres en aguas de Antartica.

Bien podrían ser aguas de Guatemala (en donde ahora se sabe que ballenas jorobadas también cortejan). Felizmente, Guatemala actuó con sano juicio en la reciente reunión de la Comisión Ballenera Internacional, y apoyó la prohibición de la caza de ballenas. Una vergüenza hubiera sido lo contrario. Una vergüenza que bien hubiera valido la quema del pasaporte, en un acto lento y morosamente concebido, un poco como esa extravagante y surrealista “ceremonia del té”, en Drawing Restraint 9.


(Columna publicada el 7 de junio de 2007.)

Cuasimodos

Anuncio al Venerable que he subido a blog todas las columnas publicadas en Buscando a Syd desde el 2002 (me faltarán como treinta o cuarenta, del primer año, lo dejaré para cuando haya tiempo).

Si son potables o noventa y tres por ciento mediocres ya lo decidirá el lector, cuya funcionalidad es sentirse tata, y paternalizar transaccionalmente diciendo ‘éste es bueno y éste es un imbécil’, refiriéndose al columnista, que en efecto lo es.

He madurado. Desde que empecé hasta hoy las columnas son más fluidas, y se han ido espiritualizando, impregnando de un aura y un estilo, creo.

O no, pero en todo caso cambios han habido. Hoy estas palabras también serán firmadas por Maurice, pero el Maurice firmante ya no será igual al del jueves pasado.

Buscando a Syd conforma una especie de diario íntimo (con eventual, muy poca política, que para eso ya tengo mi columna de El Quetzalteco llamada Los Tarados, con blog también). Releyéndola, me doy cuenta que ha sido una columna muy experimental; con ciertos lujos y exabruptos que sólo El Periódico, en su infinita misericordia, se encuentra en condiciones de consentir. Por lo general, me gusta incluir aquí toda clase de ficciones. El consumidor de columnas, cuando carece de sentido de la fantasía, termina creyéndoselas, y eso está bien, porque una de las premisas de Buscando a Syd es que la verdad también se inventa, como dice el decir. Un juego literario, y quien no lo tome como tal, y se enoje con lo que aquí uno dice, es que no tiene vida propia.

O a lo mejor no entiende que la opinión es una clase de poder, y como todo poder, deforma. Un ácido que desfigura el rostro del escritor, y le vuelve un poco despreciable a los ojos de la sociedad. El lado nocturno del columnismo. Los columnistas como Cuasimodos. Pero también, en el fondo, un alma.

La dirección: http://buscandoasyd.blogspot.com/


(Columna publicada el 31 de mayo de 2007.)

En este viaje

De Francisco Alejandro Méndez tengo un primer recuerdo muy lejano. Fuimos con mi viejo a una casa, ¿zona 1?, donde lo conocí, y me regaló, le regaló al niño que yo entonces era, un libro: Graga y otros cuentos, portada rosa, edición pequeñísima, y unos relatos absorbentes, enfermitos. Yo no era escritor aún, no lo creo, pero leía fervorosamente, y esa obra me la devoré como en trance, y la tengo tan metido en mi inconsciente literario, que no me extrañaría que mi inclinación por lo morboso y torcido tenga por lo menos algo que ver con aquella lectura. Años después yo era columnista de literatura en un diario llamado La República, y allí redacté una reseña del librillo mencionado, mucho después de aparecido, cosa que él me agradeció auténticamente. El género del cuento no es una prenda, un calzón, sino una cosa en serio, él lo sabe. Conviene señalar aquí que Francisco Alejandro Méndez y yo somos parientes en algún grado, no recuerdo cuál ahora, pero parientes somos (lo cuál no es tan interesante como decir que él es pariente, nieto, de Francisco Méndez, el poeta). Pero más parientes somos incluso por el lado de la literatura, y siempre lo he visto a él como parte de mi generación literaria, si hay tal, más que de la suya (me llevará unos diez años), y ello por su pasión por lo urbano y por esas historias desquiciantes, un dejo de oscuridad. Entiendo que ha estado en el rollo del policiaco, últimamente. Estoy casi seguro que presenté un libro suyo, ¿habrá sido Sobrevivir para contarlo? No lo sé, pero allí tengo el ejemplar, dedicado generosamente (“gracias por acompañarme en este viaje”, y fechado el 9 de feb de 1999, en “Guate–bala”, faltaba más). Lo curioso es que siendo así de generoso siempre anda con el ceño fruncido; es sencillamente su forma de ser. Su lealtad a la literatura es de hierro.


(Columna publicada el 24 de mayo de 2007.)

UG


Este año muere UG Krishnamurti: 1) defenestrador consuetudinario de la esperanza espiritual; 2) uno de los personajes más singulares que ha dado la India; 3) crítico bilioso del otro, más famoso, Krishnamurti, a quien tildaba de neurótico; 4) llamado antigurú por la vox populi; 5) desagradable.

Unos viven hartando Macdonald´s; y otros hartando guaro; y otros hartando lo que terceros dicen, buscando el lollipop de la seguridad eterna en un cursillo, en un libro, en una fornicación dominical, en una idea, y sobre todo, en un “maestro”. Los maestros. UG hablaba de las “putas sagradas”, refiriéndose a ellos.

Digamos que era un Johnny Rotten del sector “iluminación”, quería acabar ya de una vez con todas con la búsqueda de la felicidad y del sentido, raíz y cáncer de todo el infortunio humano. Por supuesto, puesto así, en un párrafo, parece simple. Y no muy novedoso. Y es que a lo mejor ninguna de sus ideas eran muy novedosas. Pero entonces, ¿por qué parecen serlo? ¿por qué ese alfaque poderoso llamado UG Krishnamurti?

Quizá porque no hizo de sus palabras una industria –como Osho– ni entretuvo a las muchedumbres. “Mi enseñanza, si tal es la palabra que usted quiere usar, no tiene copyright. Vd. es libre de reproducir, distribuir, interpretar, malinterpretar, distorsionar, manipular, hacer lo que Vd. quiera, incluso decir que es de su autoría, sin mi consentimiento o el permiso de nadie”.

Si somos listos, nos corresponde agarrar a UG Krishnamurti del pelo, sacarlo del cuarto a batazos, al anciano repugnante, y ya en la calle obligarlo a morder la banqueta, y luego enterrarle las Dr. Martens repetidas veces en la parte de atrás del cráneo, destruyendo en el acto toda su estructura mandibular.

Nadie dijo que darle el réquiem a UG Krishnamurti iba a ser fácil.


(Columna publicada el 17 de mayo de 2007.)

Crítica literaria

La otra tarde se me apareció, con qué bulla, y entre vahos violentos, el demonio.

–Ya venís a joder, vos.

–Estoy aburrido –se defendió.

Le puse, para que se entretuviera, un devedé que había comprado en la calle, o sea un devedé pirata, un devedé “me–rehúso–a–pagar–veinte–tuquis–en–blockbuster–especialmente–con–lo–mal–que–me–trató–la–otra–vez–el–dependiente–pendejo–y–además–sólo–están–las–películas–chafas–porque–las–otras–siempre–andan–alquiladas”. Uno de esos devedés.

El demonio se estableció en la cama, ocupándola toda, se puso a ver la lica. Yo me fui al cuarto de al lado, a escribir. Un artículo, para una revista, sobre elecciones, y candidatos, irónico, aceitado, empachante, como gustan.

Cuando volví al cuarto, ya estaba bien dormido, el demonio; una roncadera. En realidad, me conmovió verlo así, tibio, blando: los párpados de oro; las alas rojas; hermosas zigzagueantes barbamarillas naciéndole, prorrumpiéndole de los hoyitos de la nariz; los dientes menudos y afilados; el rostro protuberante de hueso; tres bocas; un vientre peludo; once senos; en lugar de pies, garras; un cierto temperamento aristocrático y lánguido; las cuencas de los ojos vacías; los brazos fornidos, como de camionero; una lanza enorme en una mano; una guitarra eléctrica en la otra; espada en el cincho; un ano justo en medio del pecho; y encima, adheridos al cuerpo, unos huevos como de pescado, pequeños, transparentes y glutinosos; y se me olvida: la abertura en el cuello, como si lo hubiesen degollado, y un aspecto general de perdedor.

Lo desperté.

–Ya. Hora de irse.

Se levantó, no sé si molesto. Cuando pasó al lado de la librera, notó el libro de Milton, con resignación me dijo:

–Puras muladas.

Cerré la puerta, fastidiado.


(Columna publicada el 10 de mayo de 2007.)

Arde Medea

Me dio mucho gusto ir el viernes pasado a ver a Patricia Orantes al teatro de cámara, en su representación de Medea.

Hace mucho tiempo que no sabía nada de Patricia, pero el otro día me envió un correo, invitándome a ver la obra.

Imposible recordar en donde la conocí, hace varios años ya; es reconfortante saber que su persistencia en el teatro sigue inalterada, su devoción por los papeles profundos, su canto escénico…

El destino de los genuinos hombres–mujeres de teatro es muy extraño: cada función prologa a otra función que prologa a otra función: ad infinitum. Y sin embargo cada función es, en sí misma, una expiración y una inmolación. Una suerte de suicidio, puesto que nunca una función será igual a la otra. Así que una temporada no es otra cosa que un collar de muertes fulgurantes y compartimentalizadas, que un día se rompe de una vez por todas.

La primera y única vez que hice actuación teatral, lo hice porque Patricia me invitó a participar en una obrita superinteresante junto a Rayuela. ¿Por qué confió en que yo podía actuar? No lo sé. Creo que no supe estar a la altura de su confianza, pero agradezco el gesto, porque me permitió ver cómo se montaba una cosa de éstas desde dentro.

Me parece que la labor de Rayuela es heroica, y que no le han dado el suficiente reconocimiento. Son ellos más que nadie quienes han defendido el rostro del teatro serio. Carecen de recursos vistosos, pero han querido darle dignidad a lo que hacen. Eligen por lo mismo obras –así el caso de Medea– que no contienen una caterva de personajes, y optan por una escenografía breve, casi imaginaria. Se concentran más bien en la actuación, y en el poder del texto (de Jean Anouihl, en este caso).

Patricia tuvo unos momentos muy logrados, muy ardientes, el viernes. Era la última representación. Se rompió el collar.


(Columna publicada el 3 de mayo de 2007.)

Muñones

El pasado lunes se celebró el día del libro y yo también lo celebré. Lo celebré, precisamente, comenzando un nuevo libro, una nueva novela. Parece nada, pero en mi caso supone tener secuestrados los próximos tres o cuatro años, por lo menos, y servir de cholero a mis propios personajes, que son personas extrañas, furibundas y medio trabadas, además de imaginarias.

En el océano oscuro de una novela hay peces que te van mordiendo, minuciosamente, los dedos tecleantes, luego el metacarpo tecleante, y el carpo tecleante asimismo, hasta dejarte los puros muñones. Los puros muñones tecleantes. Pero Tal es el destino de un escritor.

La Morfina (así se llama mi laptop) está hambrienta, pide más venas. Se las doy, obediente. Por mi parte hace mucho tiempo que olvidé para qué escribo. En realidad ya comprendí que escribir no tiene sentido, es una actividad completamente irracional, ni siquiera tranquilizadora. Un pie descomunal, que te aplasta con todos sus diptongos, epítetos, pluscuamperfectos. Vas tejiendo esa enorme manta de letras, y luego te la pones encima, para protegerte del frío, y te das cuenta que te da más frío del que ya tenías. Algunos escritores le sacan raja a esta situación, y se hacen llamar “mártires de la literatura”. Yo antes me quejaba, indignadísimo, diciendo eso de que “los guatemaltecos no leen”. Y a estos guatemaltecos no lectores los miraba como bestias. Pero la verdad de las verdades es que un guatemalteco no lector no es mejor persona, ni más funcional, que un guatemalteco sí lector. Que los guatemaltecos no lectores tienen menos oportunidades, eso es cierto. Pero eso es simplemente porque hemos organizado nuestro sistema de oportunidades de la peor manera posible. A lo que voy es que las personas no lectoras están completas. Están cabales. Más cabales que yo, que ando en puros muñones.


(Columna publicada el 26 de abril de 2007.)

Movimiento

Una cosa deberá tomar en cuenta la municipalidad entrante: a estas alturas, la única política urbana coherente es aquella que consiga establecer retículas expansivas de seguridad pública. Lo demás es botox. ¿Qué funcionario cohesionará, tonsurará, pondrá orden, en su lugar a la gran ramera de las aglomeraciones, taimará su alma atroz? Pensemos en el alcalde como en un productor de dinámicas, de corrientes urbanas que arrastren consigo el crimen, impidiéndole echar raíces. Una capital cinética, fluyente –la clave de la protección civil es el movimiento. Ya no ordenar en función de asentar o distribuir a las masas, sino al contrario: ponerlas en trayectos fijos de intercambio. Descompartimentalizar la ciudad. Decontruir lo estanco. En el fondo, todo proyecto edilicio que se precie de serlo deberá encontrar maneras de desanimar la formación de islas–estrato, y corroer –por medio del diálogo urbano– esa tendencia implosiva de la ciudad de Guatemala a reificar las diferencias sociales. Visto así, el problema de la seguridad pública se convierte en un problema de circulación. Ahora bien, cuando digo circulación no me limito, ingenuamente, al concepto de circulación vehicular (aún siendo primordial) o peatonal (por demás prácticamente inexistente en Guatemala, habiendo tantos peatones). Al alcalde también le corresponde hacer circular valores, ideas, imágenes, inaugurar permanentemente otras formas de flujo. Una ciudad no sólo se limita al soporte físico que llamamos ciudad, su materialidad, sino es antes incluso un imaginario y una mentalidad, y necesita ser liberada de sus neurosis, de sus bloqueos, de sus inacabables aprensiones. Y sin embargo se habla muy poco de esta función terapéutica de la Municipalidad. Pues bien: el momento es ahora.


(Columna publicada el 19 de abril de 2007.)

Ruido y Silencio

Terminó la Semana Santa, esa rendija. La ciudad volvió a su ritmo chimpancesco, a su azar, a sus múltiples prevaricaciones. No es que no me guste, no es que me parezca decepcionante, pero es que a veces uno extraña el Silencio.

Por ejemplo, el Silencio del Viernes Santo. Conviene caminar ese día (mejor si de noche) en las aceras mudas (entre todas forman la cubierta de un crustáceo sordo). El viento desplaza espectralmente viejas bolsas de tortrix, y hay que mirar constantemente por encima del propio hombro, porque alguien, algo, eso sin cuerpo ni forma, invisible, lo viene siguiendo a uno. Espléndida paranoia.

Algunos dirán que la ciudad, en la Santa Semana, no es sólo Silencio, que también es Ruido. Y llevan la razón. Basta con meterse, el Jueves Santo, debajo del Arco de Correos (lugar perfecto para resguardarse de la lluvia finísima que amenaza con caer) y esperar la procesión de Candelaria. Poco a poco, el hormiguero. Más y más personas. Cuántos vendedores, por Dios. Ya los policías de tránsito los están echando. Los vendedores se van, imprecando. Pero no tardarán en volver, en agenciarse el espacio que sagradamente les corresponde, que teológicamente les fue asignado. Conforme va oscureciendo, los cucuruchos, el clan.

La procesión. Al paso de la muerte, que es un paso acompasado, los cucuruchos van llevando al Cristo, y el Cristo pesa lo equivalente a tres millones de piscinas de sangre, aproximadamente. Se les ve en las caras la pálida. Desde el Arco de Correos, llueve confeti, y la música agrieta los muros. Allá. Se fue.

Emprendo el camino de vuelta a casa. Conforme me alejo de la zona 1, el Silencio se reestablece, originario, ontológico. Pero cada cierto tiempo oigo pasos: volteo: nadie.

(Columna publicada el 5 de abril de 2007.)

Yo se que no estoy solo


Hasta hoy, el concierto más significativo que he tenido la oportunidad de presenciar ha sido un concierto de Michael Franti y Spearhead. Franti me puso a bailar y me puso a llorar como nunca. Cuando tocaron Never too late (y Franti cantaba: No le temas a tu padre, pues tu padre es sólo un muchacho sin un amigo) sentí como si un ángel epiléptico se hubiera agolpado en mi corazón. Fue asombroso. Nos quedamos tan conmovidos por el toque, con mi esposa Claudia, que incluso conseguimos el lineup de rolas usado en el concierto por uno de los músicos, y lo tenemos guardado en un álbum.

Por estos días, nuestro amigo Tavo Castañeda nos prestó el documento de Franti llamado I know that I´m not alone (Yo se que no estoy solo). Franti pertenece a una de las izquierdas más sinceras de los Estados Unidos, tenaz, militante, huevuda y huesuda, aguantadora es decir, y sin embargo lírica, funki, colorida (negra, por supuesto), aperturada y pacifista (“Power to the peaceful”). Y en el caso preciso de Franti, espiritual.

Franti es un artista al servicio de la lucha, en todos los niveles; en vez de alejarlo de su práctica política, su arte lo catapulta al centro de la misma. Pero no tiene nada que ver con ese arte intolerable de nostalgia, cultivado por reiterados músicos en Latinoamérica (han metido el mensaje en un geto de acordes que son barrotes oxidados) sino arte traspasado por corrientes siempre frescas, calientes, lacerantes: punta de lanza, spearhead.

El documental registra a Franti en Bagdad y en la Franja de Gaza, entrevistándose con la gente de la calle, entre las bombas y la impotencia, pero sorpresivamente también entre la música y la esperanza. Acaso gracias a su inocencia casi infantil, este filme quiebra todos los moldes (¿qué otro documental nos muestra cómo ensaya una banda de death metal en Bagdad?). Recomiendo.


(Columna publicada el 29 de marzo de 2007.)

El talismán

Caminando nomás, y un tipo en su vehículo decidió obviar que la calle estaba diseñada para dos carriles, inauguró un tercero, embistió como un animal, frenando abruptamente al filo del semáforo, muy a su pesar, ya que su intención era seguir, pero naturalmente venían carros en la otra dirección, y se incrustó en la franja zebrada, y allí venía yo justamente caminando, y casi me atropella, el subnormal.

Tienen ustedes que entender que soy de naturaleza pacífica, un hombre de letras, un distraído, pero hay cosas que me sacan de onda, y una de ellas es que alguien utilice su vehículo para sembrar el caos en la población. Antes que un ser humano me considero un peatón, y defiendo esta naturaleza con todos mis recursos. Es decir que yo cuando voy caminando por allí soy bien brincón, y no le bajo la mirada a ningún imbécil. Así que eso: le brinqué, al imbécil.

Cuando sentí que ya había transmitido lo suficiente mi mensaje de desdén y menosprecio, continué por la acera. El cuate entonces aceleró como un verdadero neurópata, y frenó muy cerca de mí, se bajó, aspaventando. Iba trajeado y llevaba un gafete colgándole del cuello (a lo mejor venía de lo del BID). Por un momento pensé que me iba a sacar cuete, cosa que me ahueva pero tampoco tanto: no sería la primera vez que me encañonan, y tampoco la última. Cruzamos palabras, ya saben. Pero lo que verdaderamente me hizo estallar fue cuando me dijo: “Yo trabajo para el estado”, señaló su gafete como si fuera una especie de talismán. Yo le hubiera podido decir: “Yo trabajo para la prensa”, pero no lo hice, claro, porque no fue para pavonear el carné que me hice periodista. Eso sí: me salió del alma cuando le dije: “A mí que vos trabajés para el estado me pela completamente la verga”.

Se encaramó al carro. Se fue.


(Columna publicada el 22 de marzo de 2007.)

El Señor Presidente

“…dos, tres, cuatro…”

No deja de ser una brutal ironía, ironía mamotrética, ironía lo que se dice gigantesca, ironía en plan Imax, que durante una de las peores crisis de seguridad que se ha dado en la última década en Guatemala, hayan dado las autoridades tal despliegue de, justamente, seguridad, pero no a modo de compensación por los eventos acaecidos últimamente –el carro quemado, el Boquerón– sino a modo de defender a un ciudadano exclusivo, más bien extranjero, que no otra cosa es George W. Bush, aterricemos.

“…cinco, seis, siete…”

Y la ironía aquí no acaba. Semejante operativo policiaco –que prácticamente tomó por completa la Zona Viva– fue establecido para defender a un policía, jaja, al policía por excelencia, al policía del mundo, y esto lo digo en un sentido completamente y rematadamente peyorativo. Como dice la hermosa, goteante (gotea lirismo) Ani DiFranco, gringa, poderosa, y decente: es hora de hacer que nuestro gobierno saque su gorda verga del desierto de alguien más… ¿No es un desierto Guatemala?

“…ocho, nueve, diez…”

Vivo en la zona nueve: placer de ver cómo me engalanaron el territorio, pintas por doquier, plantillas, muros empapelados –política y estética, dos alas de la misma ave de fuego. Justo al lado de mi casa un Bush/Hitler, que es mi honra y mi alegría, cada mañana.

“…diez, once, doce…”

El tomcat cruza los aires con su estruendo bestial, espectacular, humillante. Imagino lo que puede significar tener varios de ésos encima de tu ciudad, pero además soltándote misiles. La precisión, la destrucción –Afganistán.

“…trece, catorce, quince…”

Conté como quince radiopatrullas, el viernes. Pero antes de empezar a contarlas ya habían pasado un montón más. Y luego todos esos policías y soldados en las calles bloqueadas: el Señor Presidente vino a Guatemala.


(Columna publicada el 15 de marzo de 2007.)

La repartición del pan


No queda más alternativa que seguir hablando del triste caso de los salvadoreños/policías asesinados, que es ya decir el triste caso de la asesinada democracia guatemalteca.

Con pena, tristeza, vergüenza ajena (y no hay tal cosa como la vergüenza ajena: sólo existe la propia), atestigüé el triste espectáculo que dieron Vielman y Sperisen –sin argumentos, defendiendo lo indefendible, bifurcando, hablando naderías Vielman, irritándose Sperisen– en Libre Encuentro.

Entiendo que ambos presentaron su renuncia en su momento, que es lo menos que podían hacer, pero Berger no aceptó su dimisión.

¿Por qué? ¿Cómo es que ninguna cabeza ha rodado en este siniestro affaire? Y sin embargo, se hace precisa una inmolación pública de alto calibre, un acto simbólico poderoso que aplaque la ira del volcán.

Continuidad enervante del statu quo, silencio inexcusable del presidente durante demasiados días ya (nunca habló a los ciudadanos de frente).

El presidente calla, no solamente por cínico, sino porque así le han ordenado hacer, y acaso no precisamente sus asesores. ¿Quién? La cantidad de teorías es abrumadora. Algunas en verdad muy interesantes. Hay una que afirma que no se trata meramente de fuerzas oscuras en el seno de esta administración; se trata a lo mejor de otra administración, no meramente paralela: más grande. De súbito, la bisagra CICIG parece retomar importancia…

Reivindiquemos el derecho a teorizar. A mí me llamó fuertemente la atención que Sperisen haya dicho en Libre Encuentro que todos estamos sobreespeculando, que la cosa es más sencilla, y que hemos visto demasiadas películas (acusándonos en el acto de exagerados y alienados). Pero si es tan sencillo, ¿por qué entonces no lo explica?

A ver, Sperisen: ¿quién reparte el pan de la corrupción en este país?


(Columna publicada el 8 de marzo de 2007.)

El pellejo mío

Soy Echeverría aguantador: en el pellejo mío han quedado grabadas todas las locuras…

Echeverría… De este apellido es que me viene la obstinación, la resistencia, la tremenda vocación de Lazarillo esquizoide.

Dicho esto, debo confesar que apenas conozco este lado tan particular de mi sangre. Recién la semana pasada se murió Rodolfo Echeverría, el médico, a quien mi padre ha querido tanto, siendo su primo. Me enteré tarde… Hubiera querido yo siquiera acompañar a la esposa, a los hijos…

Aguantadores, sí. Está esa anécdota, contada por mi padre, del abuelo, y del tío abuelo, sastres los dos, en tiempos, yo asumo, de Estrada Cabrera, quien decidió que el mismo ejército se iba a hacer cargo –de tal momento en adelante– de la confección de los trajes de la armada, dejando sin oficio a los alfayates nacionales. Pues el abuelo, y el tío abuelo, firmaron carta, no sé si en nombre de sindicato alguno (el relato lo guardo nebuloso en la memoria), y el dictador, dispendioso para los expurgos, los mandó, a ambos, caminando, descalzos, hasta Puerto Barrios, bajo el sol de sangre, por maxilamistas. Los fueron a tirar como a veinte kilómetros, o cosa parecida, de la orilla, a mar abierto. Uno de ellos no sabía nadar. El otro tuvo que llevarlo a cuestas, de vuelta, remachando, con hidalguía (¿qué hablaban en esa cruzada sobrehumana?). Y llegaron. Se salvaron.

Este pasado familiar, siendo mío, es de todos. Es la historia de todos los guatemaltecos. Todos somos supervivientes. Nunca se fueron a ningún lado las bajas pasiones. Estaban sólo enterradas, junto a todos esos indios sin registro. Algunos salvadoreños pegan el grito al cielo, editorializan de pronto, escandalizados por nuestras prácticas de estado. Eso nomás es ignorar nuestra historia –por demás idéntica a la suya.


(Columna publicada el 1 de marzo de 2007.)

Bush para todos


Los más amargados han sido los primeros en gritar, dando voz de alerta: ¡Bush viene a Guatemala!

Son los de siempre. Cuadriculan las conversaciones de negros comentarios contra los Estados Unidos, párrafos de hiel antiyanki, y cuando están bien inspirados dicen qué bien merecido tienen esos gringos huecos imperialistas el 11/S. Son un poco como esos bolos que en cierto momento de la fiesta se sacan el pipiriche y lo van mostrando por allí, para indignación de las más necesitadas. Especímenes inofensivos, pero desagradables.

No todos piensan como ellos. Escuchaba la otra vez la radio, en donde se discutía el tema por supuesto, y una señora proponía: ser astutos en este asunto, recibir a Bush con las puertas abiertas (sin manifestaciones se infiere), pensar en nuestros hermanos del otro lado de la frontera, sensatez, en suma. La señora es de las que creen que lo que hagamos o dejemos de hacer tendrá incidencia en las decisiones de Washington. Como era la radio, no vi su rostro, seguramente de marsupial.

(En realidad, si se le ha venido dando largas al asunto de los migrantes en EU, es por Irak, que ha servido, entre otras cosas, como estrategia de procrastinación. Los republicanos han puesto allí, para cuando los demócratas vuelvan al poder, esta pacaya cardiaca, esta bomba de tiempo política: Latinoamérica, en sus tres ramas malditas: inmigración, narcotráfico, y gobiernos surgidos de izquierda. Reservándose para sí, claro está, la presea blanquecina del TLC.)

Tampoco faltarán los que piensan que la venida de Bush a Guatemala es una especie de oportunidad sagrada. Son los mismos que, al ver la foto de Clinton en la Posada del Ángel, que fue donde se quedó cuando vino, sienten una especie de orgullo indefinido, gravitando en su interior...

Las opiniones respecto a la venida de Bush se irán multiplicando. En una medida será valioso, puesto que así sabremos con mejor definición qué es lo que piensa el guatemalteco respecto a Bush y su política externa. Será divertido y tropical.


(Columna publicada el 22 de febrero de 2007.)

Todo ese silencio