'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Sanar cuesta

No sé qué día me puse a ver una película –con mucho de obra de teatro– de Salma Hayek llamada Beatriz at Dinner. La película es relevante y actualísima por varias razones que van de lo inmigracional a lo ecológico. Sin embargo aquí la estoy citando por un parlamento preciso en donde el personaje de Hayek –una sanadora– le dice algo al personaje de John Litgow –un perfecto Trump–. Le dice: «¿Cree usted que matar es difícil? Intente sanar algo. Puede romper algo en dos segundos, pero toma una eternidad arreglarlo».

Qué insight.  Sanar cuesta. Cuesta un huevo sanar. Sanar a otro. Sanarse uno mismo.         

Cuesta, para empezar, dinero. Dinero que solo algunos tienen y en este país prácticamente nadie (el caradura del Presidente, él sí ha de tenerlo). ¿Quién aquí puede pagar un seguro, una consulta privada, una intervención quirúrgica? ¿Quién tiene el espacio suficiente y el tiempo específico para regenerarse como Dios manda? ¿Quién puede, por ejemplo, salir de las presionantes dinámicas rutinarias y laborales para dedicarse a una recuperación de verdad, quién cuenta con un entorno adecuado para convalecer como se debe?
           
Por cierto que alguien colgaba la otra vez en Facebook una foto de un hospital público, en donde los enfermos estaban forzados a compartir cama. Guardo conmigo la imagen de un camastro estrecho y miserable, con dos alicaídos, uno con la cabeza en la cabecera, el otro en sentido inverso.

¿No es acaso suficiente con la incomodidad de la dolencia, se precisa padecer tales miserias?
           
Crear condiciones de salud demanda no poca energía, la clase de energía que el enfermo en toda evidencia no tiene. Por tanto es imperativo ayudarle a navegar las incertidumbres de su aflicción. Todos hemos sentido lo que es tener una perturbación fisiológica y no saber ni siquiera qué tenemos, ni para dónde agarrar. A veces los criterios médicos solo multiplican la confusión y la burocracia, sin hallar un diagnóstico y ruta de sanación cabales.
           
Ni decir que se va creando en el afectado una atmósfera de miedo y contracción (que no queda solo en su persona, sino va infectando su sistema entero de relaciones). Advienen las ansiedades, los desajustes psicológicos.

Es todo muy alienante.
           
En semejante situación, ¿cómo puede el afectado organizar una vida y una logística en torno a su padecimiento y establecer un plan de acción coherente para resolverlo? La mayoría de los enfermos carecen del entendimiento, los medios y la voluntad para sortear una tormenta tal, tormenta que, adicionalmente, los pone en contacto con el horror profundo de la contingencia y la muerte. Ni decir que son muy pocos los que cuentan con el capital interior para enfrentarse a todo ello. Se dejan caer o entran en una peligrosa zona de negación o complacencia.
           
¿Cómo culparlos? Lo verdad es que cuesta mucho sanar. El precio de sanar es muy alto. Y a veces ni pagándolo sana uno.


(Buscando a Syd publicada el 28 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Ratas



Visto el documental de Morgan Spurlock, llamado Rats (1916, pueden verlo en Netflix). Miren que me he quedado con los pelos parados. No es un documental para estómagos blandos, eso de plano. Para cuando uno termina de verlo ya está vomitando profusamente.
           
En efecto, es gory y es espeluznante. Espeluznante la capacidad de sobrevivir y adaptarse de estos animales, el peligro que representan como focos infecciosos y portadores de parásitos. El docu se encarga de mostrarnos con lujo de footage el reinado repugnante de estos roedores, reinado que ha atravesado los siglos, sembrando enfermedades nada primaverales (célebremente, la peste bubónica). En verdad, hay una razón biológica por la cual las detestamos tanto. Y como las detestamos tanto, les hacemos la guerra; pero  ellas siempre encuentran, simbióticamente, rutas alternas de sobrevivencia.
           
Rats nos lleva a distintas ciudades, para observar este fenómeno, este insomnio de pelos y hambre que son las ratas. Empieza –cómo iba a ser de otro modo– en Nueva York. Quien ha estado en Nueva York ha visto esos promontorios ciegos de basura, que es el festín de millones de peludas, las cuales ya ni se molestan en esconderse (ahora recuerdo haber estado en Paris y comer en un restaurante y verlas pasar en fila, como si nada, de una pared a otra, cuál tu Ratatouille). Están en todos lados, las malditas, todo lo permean. Nueva York se levanta sobre una ciudad subterránea de ratas, ratas por demás extremadamente estratégicas e inteligentes, aparte de malignas.
           
Genéticamente se adaptan a cualquier cosa. Los pesticidas ya nos les hacen mella (ahora son capaces de ingerir 2000 veces la cantidad de veneno que consumían otrora). Es decir que no mueren. Y entretanto, sus poblaciones crecen a ritmos exponenciales. De cuya cuenta los humanos prueban métodos distintos para exterminarlas. Así, en Inglaterra, un grupo de cazadores utilizan terriers para destazarlas en las haciendas. Los chuchos quedan con los hociquillos decorados de sangre.
           
En Nueva Orleans, unos científicos muy ascéticos proceden a mostrarnos los bichos que infestan –por dentro y por fuera– a nuestros roedores. Ni decir que es importantísimo maniobrarlos con extremo cuidado. Empero, las condiciones sanitarias es algo que nada importa a un equipo de asesinos de ratas en Mumbai, una ciudad atacada por la leptospirosis. Las matan con las propias manos, esos separados, esos salvajes.
           
En Camboya, te pagan las ratas por el kilo. De ahí se las llevan a Vietnam. ¿Qué hacen con ellas en Vietnam? Las transforman en comida, evidentemente. Y les diré esto: una cosa es saberlo, y otra es verlo directamente: ver cómo las ahogan, las cortan, las fríen, y te las sirven asadas o en curry o como lo desee el comensal (muy distinto al trato que les dan en el templo hindú de Karma Mata, por cierto, en donde alimentan unas treinta cinco mil de ellas: los devotos las consideran sus familiares reencarnados).
           
Rats nos habla de la plaga de estas alimañas, de lo infectas que son, pero no falla en mostrarnos lo infectos que somos nosotros, también. Se podría decir de hecho que la plaga de la humanidad propaga la plaga de las ratas. Son plagas compañeras.


(Buscando a Syd publicada el 21 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Una vida confinada

Implosiono por tres razones: me rinde una vida significativa; me rinde una vida privada; me rinde una vida segura, no poca cosa, especialmente en este sumidero de fuego–sangre, llamado Guatesádica.
           
Una vida significativa, entonces. Que en mi caso quiere decir una vida reflexiva, contemplativa, literaria. No soy ningún monje, pero en realidad sí un poco: un monje seglar. La cuestión es evitar muchas experiencias para así demarcar otras, más tasadas, más exclusivas, más saturadas de sentido. Es tan fácil extraviarse, desperdiciar la existencia en cosas banales. Y las personas se vuelven hoarders de esas vivencias, poniéndolas todas en un inacabable altar. Conozco gente que invierte una fantástica cantidad de tiempo y energía en ir a fiestas y bares, por ejemplo, el gravamen siendo enorme. Tomen en cuenta que yo conozco ese mundo, lo exploré profundamente. Pero ni la fiesta más extraordinaria ni la droga más exquisita pueden compararse con el gozo real de una vida interior. Descuiden, no estoy vestido de blanco, ni nada por el estilo.  No voy persiguiendo Gurús en la India. De hecho, me parece que eso de desplazar el cuerpo en tierras exóticas para perseguir experiencias espirituales puede tener algo de muy pueril y supersticioso. ¿Cómo se va a trascender el viaje viajando, por demás? Eso es para mocosos. La libertad será aquí y ahora o no será.
           
Aparte de una vida significativa, lo que me parece irrevocablemente necesario es tener un espacio privado, un espacio propio. Ese mismo espacio que los móviles y las redes sociales vinieron a derrocar. Comprendo que esto puede degenerar fácilmente en egoísmo, en aislamiento, en indiferencia, pero de otra parte hay retiros que son muy generosos, muy sensibles y muy creativos. Yo siempre pienso en Kant escribiendo sus cositas, sin jamás salir de su pueblo. Leía la otra vez una entrevista con un autor español, en donde este decía que si Kant hubiese salido de su pueblo, hubiese sido un filósofo menor. Por mi parte, también pienso en aquel yogui metido en una cueva: desde esa profunda reclusión mística salva a la humanidad tanto o más que aquel cuya dedicación consiste en dar de comer a los mismísimos hambrientos. La intimidad no es un error. Es una dimensión extremadamente importante, no solo para el individuo: para la sociedad. Como sea, a mí me gusta. Es la forma en que estoy cableado, y a mi juicio merece ser honrada.
           
Desde luego, aislarse rinde paz, seguridad y confort, confort del cual nunca he sido enemigo. Argumentarán que el que siempre busca seguridad termina de cobarde. Y en cierto modo llevan la razón. Precisamos salir de la zona de confort, porque eso nos ofrece nuevas competencias y registros, y por supuesto expande nuestro mundo y nos da algún coraje. Por ello en una época me dediqué a generar toda clase de aventuras rurales o urbanas, con un hacha temeraria en la mano. Mi percepción es que meterme a esos lugares hoy en día no solo no agrandaría significativamente lo que ya sé y entiendo: sería llanamente irresponsable. Esa integridad, la física, es que tampoco hay que darla por sentada. A mi modo de verlo, no hay nada de heroico en morir en manos de un orco. De otra parte, soy de los que piensa que el universo entero está en nosotros: la beatitud y la miseria, la luz y la densa oscuridad.
           
Así pues, hay quienes consideran que vivir es vivir afuera, pero para mí hay tanta o más vida en lo confinado.


(Buscando a Syd publicada el 14 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Diario abierto

El hecho es que cada cierto tiempo me pregunto sobre el rol y función de Buscando a Syd. Es un ejercicio sano, para cualquier emisor formal de opinión, revisar los fines y motivaciones de su espacio columnístico. En mi caso, viene a ser un ejercicio que hago con alguna frecuencia. Y cuando lo hago, siempre hay dos opciones que me saltan mucho: orientarme hacia lo íntimo o movilizarme hacia lo colectivo.
           
Empecemos por la última opción. Me refiero a la posibilidad de hacer de Buscando a Syd una columna de análisis político, por ejemplo. Cosa que podría hacer no mal, incluso; mejor que algunos, parece.
           
Yo siempre voy dando toda suerte de criterios políticos en mi página de Facebook, y ahí pueden rastrearlos. Sin embargo tengo un problema con convertir eso en un ejercicio formal y es que esa tablilla es la misma que dan casi todos los columnistas en el país. En verdad, hay demasiados putos analistas, sin contar los de las redes. Levanta uno una piedra y aparece otro de esos, muy dentón.
           
De otra parte, escruto a todos esos amigos míos que les fascina observar la vasta y escabrosa criatura administrativa, compruebo que son seres del género amargado. Lo cual es lógico: es un patio muy convulso, ese de la opinión coyuntural, con sus ayeres fallidos y sus mañanas sin mañana. Qué reinado violento y paranoico. Todo el tiempo hay que pelearse con seres brutos, fanáticos, demagogos, cuchilleros, todo el tiempo. La forma más segura de conservar la paz interior es manteniéndose al margen, sin duda. Luego también es cierto que uno se harta de hablar de tanto carterista o caradura que abunda en el aparato del poder.
           
Ahí es donde yo prefiero hablar de cosas más cercanas, y además casi nadie lo está haciendo. Entiendo que la tendencia ha sido (aún más en los últimos años) la de politizar al individuo, elevar su temperatura ciudadana, pero aquí es todo lo contrario: subjetivar lo público, por medio de un diario abierto. En realidad, tal fue desde un principio la mística de Buscando a Syd. Un lugar autoral que, por su fondo y forma, estuviera en pugna con esas otras columnas de tono editorializante. Individualidad y literatura, entonces la fórmula.
           
Hoy no parece una fórmula particularmente notable, con tanta intimidad y gramática en el Twitter, pero en aquel tiempo no había sitio para eso. Los medios y plumas siempre opinaban de la situación del país como si la persona no tuviera su situación también. Se hablaba del cáncer del sistema, pero nada del propio cáncer, pues. Hasta la fecha, la persona sigue sin existir en algunos medios de opinión. Y si existe, existe de un modo muy banal o bien de un modo altamente ideologizado, en proclama. Que no tiene nada de malo en sí, pero yo estoy hablando de otra cosa y de otra cosa quiero hablar. ¿De qué? De la vida privada, que además da una bonita y orgánica coherencia a la propia columna, en el tiempo, según me he dado cuenta. 


(Buscando a Syd publicada el 7 de septiembre de 2017 en El Periódico.)

Milanesa (2)

La probidad monolítica es propio de sistemas culturales poco desarrollados. Conforme un sistema cultural crece, crece su complejidad ética. Ello no quiere decir –ojo– que estamos en libertad de prescindir impunemente de aquellas rectitudes pasadas. Es frecuente que el aparato de normatividades más evolucionado condene el más primitivo, sin tomar en cuenta que, sin este, ni siquiera existiría, o podría sostenerse. Hay un tipo de revisionismo barato que, en su egolatría histórica, no entiende lo recto como algo diacrónico.
           
Es tremendamente cómodo, e injusto, evaluar la moral de ayer con la moral de hoy. Como de hecho es injusto evaluar la moral de hoy con la moral de ayer. Si algo hemos de agradecer a la posmodernidad es el que nos haya mostrado que no hay tal cosa como una virtud única, congelada: toda virtud varía en el tiempo y el espacio, dinámicamente, es pertinente y específica a las culturas, los contextos, los circunstancias y los individuos. Sin contar que muchas zonas de la experiencia humana ni siquiera entran francamente en esfera de corrección alguna.
           
En términos generales, eso que podemos llamar vagamente lo “honorable” es mucho más inasible y complejo de lo que estamos dispuestos a admitir. El arte –el cine, por ejemplo– es muy bueno para presentar situaciones ambiguas, en donde las cosas son buenas y malas al mismo tiempo. En la vida real es precisamente lo mismo. Hace muy poco tuve que tomar una decisión de vida que, desde una perspectiva, es vergonzosa y deleznable, pero desde otra, entendible y aconsejable. Lo cual me puso en un sensible y complicado yoga moral (uno que me estoy exigiendo vivir en todo el rango de su intensidad).
           
El reinado de los principios es, por naturaleza, contradictorio. Honrar un compromiso virtuoso es transgredir otro. Anular cierto valor ético es afirmar un segundo. Lo cuál dificulta el juicio de las obligaciones de modo considerable.
           
Y todo se complica aún más cuando consideramos las virtudes de la inmoralidad, o lo que el poeta llamó, con gran tino, “las flores del mal”. Últimamente, he pensado mucho en aquellos filósofos y escritores que supieron dar algún valor a la transgresión y descubrir en ella la rutilante putrefacción que las buenas conciencias rechazan con asco. Cancelar lo obsceno traería muchos desajustes en el orden de las cosas. Una asepsia total ciertamente desregularía nuestro sistema de anticuerpos. Hay bases bacterianas que son de todo punto necesarias, en cualquier organismo, fisiológico o social.
           
No hablo solo de las inmoralidades débiles, como comprar discos pirata, sino incluso de inmoralidades más pesadas. Por ejemplo, matar. Que en algunas circunstancias bien puede ser lo más correcto. Hay historias del Buda que nos aleccionan al respecto. Aclaro: esas historias nada tienen que ver con esa sed de sangre social que ha poblado las redes sociales en las últimas semanas.
           
Quizá sea un buen momento para traer aquí el arquetipo del forajido. Es un arquetipo muy útil cuando la atmósfera de hipocresía y legalismo se está poniendo en extremo pesada. Un arquetipo importante, porque desconfía tanto de la moral única como de la doble moral.  Me viene a la mente aquella frase de Asturias: «En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar». Ahí hablaba de Antigua, pero se puede aplicar a la Guatemala entera de hoy, donde todos y todas se las llevan de sheriff, y donde interrogar los recatos colectivos de turno es percibido ya sea como connivencia o como complacencia.
           
Por supuesto, es de leer la letra pequeña: «Para vivir fuera de la ley, tienes que ser honesto». La frase es de Dylan y es una ley en sí misma. ¿Son nuestros crímenes honestos? Cuando el forajido renuncia a su honestidad (o cuando empieza a matizar demasiado) entonces precisa volver, como en un círculo, a la pura integridad.
           
¿Pura? No sé. Quizá lo esclarecido no es caer en el dogmatismo térrico de las funciones y los deberes recibidos ni en la desobediencia líquida de las desvergüenzas y los cinismos. Solo en semejante zona intermedia podrá emerger, entonces, una auténtica creatividad moral.
           
Estoy hablado de un ámbito excepcional para trascender la ética procelosa de las polaridades, y accesar lo que se podría llamar, si me permiten tanta expresión, una ética mística, una ética abierta...


(Buscando a Syd publicada el 31 de agosto de 2017 en El Periódico.)

Milanesa (1)



El otro día me comí una milanesa. Para muchos no quiere decir mucho, pero para mí es un gran rollo. Lo es porque soy vegetariano. Y soy vegetariano por razones animalistas. No les voy a dar aquí el repaso Okja, pero tal es básicamente mi stand moral. Por ende, en mi caso significa una gran caída ética –una culerada, en corto– el comer carne, especialmente por placer, y más después de todo lo que he venido pontificando sobre el tema. Por mi forma de ser (Uno en el eneagrama) doy mucha importancia a este asunto, como veremos complicado, de la integridad.
           
A la vez me he ido relajando, porque me he dado cuenta de cómo el poder moral es susceptible de degenerar en moralismo, dogmatismo, santurronería. Cosa que hemos visto mucha en el país, últimamente, con la emergencia de los califatos pluralistas y los héroes institucionales y ciudadanos, tan prístinos e inmaculados, tan Incorruptos, pues. Yo desconfío un tanto de esos jergalistas y me consta que muchos son como sepultos blanqueados.
           
Como yo, por demás. Hechas las cuentas kármicas, nunca hemos de salir tan bien parados, como a veces pretendemos. Sea porque colaboramos activamente con alguna forma de transgresión, o por el hecho de formar parte de un sistema que es transgresor en su globalidad y en su interdependencia, y del cual nadie, y digo nadie, escapa. Si pudiéramos medir la huella de integridad como se mide la huella de carbón, nos encontraríamos con cosas muy desagradables.
           
También ocurre que a veces somos muy virtuosos para unas cosas y muy ruines para otras. Puede que un individuo sea muy probo respecto a no robar, mientras engaña día y noche a su esposa. Puede que mantenga un código feminista intachable, pero ignore el trato y muerte que dan a los animales en los campos de concentración cárnicos. Puede que sea un individuo con ciertos principios de llave y cerradura, pero sus clientes o patrocinadores, de quienes recibe dinero, lo sean menos. Etc.
           
Nuestras rupturas éticas no nos impiden evangelizar en Facebook como si no hubiera mañana, acusando a los demás de deficientes morales. Lo cual impone una pregunta: ¿qué tanto derecho tengo a pregonar tanta decencia, con semejante joroba en mi espalda? Soy parte de una batería y ejército de incontables fariseos que, atizados por las redes sociales y la opinión cultiparlista, van creando una atmósfera insufrible e histerizada, en el país y en el planeta. Aunque no tenemos muchas veces el contexto todo y la data entera, somos increíblemente veloces en condenar al otro. 
             
Lo cual es cada vez más difícil, dado que las coordenadas morales han cambiado notablemente. Nuestros antepasados nos dieron soluciones deontológicas solidas, como hierro bruto. Con la modernidad muchas de esas soluciones fueron ampliamente cuestionadas. Lo que llevó a pavimentar la carretera hacia el pluralismo, con sus abruptas transvaloraciones. Hasta el punto que hoy abundan zonas liminales, indeterminadas, flotantes, en donde ya no sabemos si algo –que otrora fuera moralmente claro– es lícito o todo lo contrario.


(Buscando a Syd publicada el 24 de agosto de 2017 en El Periódico.)

Kármico



Hace un par de semanas me rebané un dedo en la cocina –un accidente tonto de esos. Aunque hubo mucha sangre, al final la cosa resultó ser menor ­(ni siquiera tuve que ponerme puntos). En vez de sentir desdicha, lo que sentí es gratitud: como si el hecho de haberme cortado de esa manera me hubiera evitado, no sé, un accidente de carro, una enfermedad delicada, o algo peor. Estaba operando bajo esa creencia, si quieren primitiva, de que es hasta cierto punto deseable que le ocurran a uno pequeños accidentes, porque evitan accidentes mayores. Algo así como a veces se cree que los pequeños sismos son buenos, porque despejan un terremoto.
           
En cierto perímetro religioso, es un paradigma prevalente. Así por ejemplo, es normal que durante ciertas prácticas intensas de purificación se presenten toda suerte de calamidades, lo cual es percibido como algo muy auspicioso, porque quiere decir que ciertos obstáculos o deudas están siendo liberados, en un contexto controlado y consciente.
           
Todo esto forma parte de la esfera general de lo que podemos llamar karma. Que para muchos, por supuesto, es pensamiento mágico. Y no tenemos por qué negarles, ciegamente, la razón. Bien puede que esta manera de entender el mundo no sea más que el producto de la ignorancia y la fanfarronería.         
           
Por otro lado, no dejan de fascinarme esos gordos comentarios sobre la causa y el efecto que esos señores orientales, que tampoco son unos imbéciles, han escrito. Pienso en los grandes geshes o doctores en filosofía budista, quienes se han dado la tarea de explorar tales cuestiones durante siglos, hasta el punto mismo de la virtuosidad. Dicho sea de paso, los budistas no creen en el karma como una especie de retribución impuesta por un pretor divino, agencia celestial o principio independiente. Tampoco lo asocian a una especie de determinismo clausurado.
           
En mi fuero interno no dejo de sentir que vivimos en un mundo de episodios amarrados y secuenciales. Tanto que me he vuelto en alguna medida sensible a estas transfusiones y escanciamientos, sus peligros, sus oportunidades. Me parece que al menos ciertas expresiones de la causa y el efecto han de ser aceptadas, en nombre de la sanidad. Por dar un ejemplo plano, si yo le quiebro la nariz a usted de un puñetazo, es seguro que eso abrirá un campo vibrante de impresiones, contingencias, respuestas y consecuciones. No hace falta meterse en aguas especialmente religiosas para darse cuenta de ello.
           
¿Qué pasaría si el reino kármico fuera mostrable, siluetable? ¿Si en algún momento nuestros índices y sistemas de data se volvieran tan sofisticados que pudieran medir incluso los movimientos causativos más sutiles, sensorear y revelar con precisión latencias y devenires potenciales? ¿Que pudiéramos, por así decirlo, convertirnos en administradores o gestores o remitentes de karma limpio, ya no solo a nivel individual sino además colectivo?
           
Hoy nos encontramos en un lugar muy interesante para encontrar patrones que antes era impensable rastrear. No es inconcebible que en el futuro esta capacidad crezca de una manera exponencial, y podamos aplicarla al misterioso y fractal ámbito del karma, con sus innumerables causas y condiciones. Lo que hoy es meramente dogmático o intuitivo, puede que mañana sea evidente.


(Buscando a Syd publicada el 17 de agosto de 2017 en El Periódico.)

La verga

La verga, tan hermosa. Excepto sí cuando se pasa de verga. Cuando se vuelve la verga estaliniana, amachante, de quien dice, en gran indignación, «¡Mi verga!», como si su verga fuera una inexpugnable fuente de autoridad. Y es que para semejante individuo la verga es la Biblia. En donde se ve el poder de la verga es en la manera en que la palabra verga, que es la pija, ha colonizado nuestro idioma, de tantas maneras, afirmativas u hostiles: «me vale verga», «la pura verga», «qué metida de verga», «me cae en la verga», «está de la verga», «te voy a dar una vergueada», etc. Aclaro que no tengo nada contra la palabra verga, que es una palabra pía y muy poética. Tampoco es que crea que todo sea falocentrado, como reza el feminismo más contractivo. Pero por otro lado, ¿cómo negar el reinado fatal de la verga? Reinado que da pena, por demás. Penita que existan tantos hombres que depositen todo su dominio en un mínimo chirajo de piel y de carne, y procedan a dictar el orden mundial a partir de ahí. Por supuesto son amos de nada. Esclavos de un calambre cualquiera. Un calambre que la mayoría del tiempo no es tal, porque no hay erección que dure cien años ni varón que, como se dice, la aguante. Afirman que van con la verga dura 24/7, los charlatanes. Mienten. Es simplemente imposible. Y cuando pasa, es porque se trata de una anomalía, una cosa patológica, a buen seguro pesadillesca. Es crucial que la verga se relaje. En efecto, la verga se subdivide en dos tipos de verga: la verga parada y la verga floja, y entre las dos hacen el ying yang de la verga. Es algo que hasta un simple simio entiende. En este entendimiento, ¿de qué sirve proclamar un priapismo Marvel? Hay mucha mentira y mucha superstición en torno a la verga y su poder. Cualquiera puede declarar lo que sea sobre su hombría, pero ya quiero verlo luchando contra un cáncer grado 4, por ejemplo en la verga. Y luego está claro que la verga del ser humano palidece en comparación con las vergas de otros mamíferos, el tapir, el elefante africano... Dicho esto, ni siquiera hay que migrar a otras especies. En el ámbito de la propia ya se van viendo claritas las diferencias. Uno sabe que uno tiene una verga modesta porque uno mira de vez en cuando porno, y ahí lo que se alcanza a contemplar son entes que tienen una verga colosal. Pero siendo así de grande es bastante diminuta, pues se sigue midiendo en escasos centímetros. Sin contar que la longitud es un criterio que, con todas sus férreas prerrogativas, no deja de ser un criterio primitivo. En fin: es lo que hacen muchos hombres, y no pocas mujeres: vergar. Esto es: crear grandes narrativas alrededor de la verga. Y a veces ese vergar es llevado a lugares muy oscuros. Como esos que terminan creyendo que pueden meter la verga donde y cuando quieran. Y a quienes les prende introducirla donde no les es permitido. No sé como pueden. ¿Cómo es que la maldad no les aguada la verga? Al contrario: es como si se las irrigara. Es la verga Sith, hecha de deseos violentos. Desde luego hay otra verga: la verga Jedi. Es la verga luminosa: poderosa, pero sensible. Con sus delicadas reacciones, su sangre hecha placer y vida, su intimidad energética. Es la verga que no se pasa de verga, pues.


(Buscando a Syd publicada el 10 de agosto de 2017 en El Periódico.)

Los dos llamados

Hay dos llamados en el ser humano: un llamado a vivir en el mundo, y el otro es a trascenderlo. Son dos llamados que a veces entran en franca contradicción.
           
Aquí estoy utilizando la palabra “mundo” para hablar de la esfera de lo relativo. Vivir en el mundo no es otra cosa pues que existir de una manera localizada, temporalizada y causal, con un cuerpo y una mente, y en términos generales de acuerdo a un conjunto de variadas características tangibles, físicas, conscientes, culturales y sistémicas, en sentido, nombre y relación. Vivir en el mundo es vivir en el ámbito del progreso y la decadencia, del placer y el sufrimiento.
           
Recibe muy mala prensa a veces esta existencia, pero es gracias a esta existencia que podemos tocar y ser tocados, que podemos experimentar y ser experimentados. En verdad es un acontecimiento muy excepcional. Existir en la forma también es muy importante porque nos da la oportunidad de ayudar a otros a llevar mejores vidas, engendrar respuestas inspiradas y compasivas hacia nuestro entorno, elevar la calidad de lo real. No es poca cosa.
           
Por supuesto, cuando digo “elevar la calidad de lo real” estoy introduciendo un criterio necesariamente restringido. ¿Admite lo real alguna clase de dirección evolucionaria? Solo relativamente. En realidad, más allá de las narrativas que imponemos a la existencia no podemos decir mayor cosa, y es cuando empezamos a entrar en el otro ámbito, el ámbito desterritorializado de lo intangible. Allí todas las características se dispersan, el sentido se borra, el nombre colapsa, la relación se espectraliza. No podemos atribuir ninguna dirección o progreso a esto–eso que somos. Lo cual para nuestra posición finita puede ser una situación muy angustiante. Pero para la posición de lo absoluto mismo, es una situación muy espaciosa, un abismo de gozo. No el gozo de la forma, sino el gozo de lo arreferencial y de lo abierto. No hay nada por conseguir ni nada que pueda ser conseguido. No hay pérdida y no hay ganancia.
           
Toda suerte de problemas se dan cuando privilegiamos un ámbito sobre el otro. Por ejemplo ocurre a veces que nos extraviamos en lo relativo y lo personal de tal manera que ya no podemos contactar con lo transpersonal y lo trascendente. Es una forma muy cicatera de existir, que mutila, por así decirlo, nuestra eternidad. Por supuesto, nuestra eternidad no es mutilable, pero para fines prácticos es como si pudiera serlo. Es como si un reflejo mínimo decidiera aislarse, por decisión o por ignorancia, del vasto espejo sin límites. También ocurre lo inverso: a veces usamos lo misterioso para escapar de lo relativo. Es lo que el psicólogo John Welwood llamó “spiritual bypassing”. Esto es: utilizar la experiencia de lo absoluto para circunvalar las responsabilidades y sufrimientos de lo limitado.

Quizá en lugar de optar por un ámbito o el otro, convendría unirlos. Aunque ya en adenda diré que esta es una forma sucia de expresarse: en la realidad no hay que unir nada, puesto que ambos aspectos ya están, desde siempre y para siempre, mezclados.
           
Fueron superficialmente separados en categorías de entendimiento, y ahora la mente quiere superficialmente trenzarlos. Lo cual, en toda puridad, no funciona. El reconocimiento de la naturaleza unitiva y no dual debe darse de forma experiencial y directa. Una vez se da, es muy hermoso: porque entonces nos damos cuenta de cómo lo supremo está imbuido por la fragancia o esencia de lo particular, y lo particular goza pues de la libertad de lo supremo.
           
Termino diciendo que no se puede habitar el mundo sin trascenderlo. Como no se puede trascender el mundo sin habitarlo.
           

(Buscando a Syd publicada el 3 de agosto de 2017 en El Periódico.)

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Médicos



Me cuento entre los privilegiados que tiene, aún si no siempre, acceso a médicos privados. Sin embargo confieso que mantengo una relación difícil e insatisfactoria con no pocos de estos galenos de clínica y consultorio. No siempre es culpa de ellos, admito. Admito que soy un paciente invasivo, escéptico, difícil, desobediente, dramático y muy dado a la conmiseración. La clase de pacientes que los doctores detestan –y con harta razón. ¿Cómo pueden apreciar a un paciente que en el fondo los percibe como rígidos, insensibles, ineficientes y acolmillados? Ah, y frustrados, incluso cuando está en el mayor de los éxitos profesionales.

Hay, en toda evidencia, médicos que son grandes soles de la medicina, que aman su profesión, su profesión les ama a ellos. Por esta clase de especímenes solo cabe mostrar continua admiración y respeto. Se trata de individuos que han estudiado mucho y practicado más. Dignos representantes de las artes curativas, que defienden con sumo rigor. Poseen las habilidades clínicas, pero luego también las humanas, tan importantes. Eso de ser consciente de las necesidades y subjetividades del paciente. De entregarse al mismo y acompañarlo en serio y escuchar de veras. De acatar rectamente su ajenidad de enfermo y ayudarle a que desarrolle su propia intuición medicinal. El afectado es quien está viviendo, desde dentro, la patología; por tanto, en lugar de descartar sus percepciones, las reconoce como cruciales. Sabemos por demás que hay médicos que irradian casto calor y son extremadamente agradables. Que comunican sus hallazgos con gran tino, desde el tacto o yendo al punto, siempre que lo dicte la ocasión. Algunos incluso no cobran tan caro.

Pero así como hay buenos médicos, los hay ineficientes, los hay cuya medicina más bien nos enferma, y que nos someten a largos procesos  errados que tienden a empeorarlo todo. ¿Quién no ha pagado fantásticas cantidades de dinero a un galeno por resultados magros e incluso contraproducentes?  Pasa además que muchos médicos padecen ellos mismos de un mal: el mal hirviente del dinero. Y en ese sentido, más que un consultorio, tienen montada una operación de carácter neofordiano, destinada a exprimir a los alicaídos hasta el último centavo. Ahí no encontrará el doliente lo que viene a buscar –una relación terapéutica rica, productiva y funcional. Lo que encontrará más bien es gasto inmisericorde, a más de prisa y presunción. Profesionales fríos estos que, no solo no entran en el universo del paciente, le niegan todo discernimiento, afecto y vulnerabilidad, obteniendo así un paisaje limitado de sus necesidades. Los conocemos, esos médicos: ásperos, distantes, plomosos y como enrejados. Aparte de no dar tiempo, no dan explicaciones. Es proverbial el arquetipo del doctor insoportable, que transpira excesiva confianza en sus propias competencias y en su propia autoridad, mientras camina altanero e inflexible por los pasillos raudos de algún hospital insomne. Es un producto empinado de la ciencia médica, que a veces va presentando como algo infalible. Sobre esta pirámide pétrea, el médico pasa a ser el sacerdote inexpugnable. Para mientras, el paciente se convierte en un bicho a vencer, cuyas capacidades de observación y experimentación son básicamente irrelevantes. Y es cierto que hay enfermos que ya se creen más doctores que los propios doctores –especialmente en esta era tremenda de la información– pero ello no quiere decir que los pacientes en general no tengan nada que decir, o preguntar.

La relación paciente/médico no siempre es fácil y se vive a menudo como una tensión –no siempre creativa. Es porque, como todas las relaciones, esta es una relación de poder, y navegarla puede ser difícil y complejo para todas las partes involucradas.


(Buscando a Syd publicada el 27 de julio de 2017 en El Periódico.)

Postescritores

Muchas personas que hubieran sido en otra época escritores clásicos han quedado en escritores de posts, es decir postescritores.

Esto ya lo he dicho antes: la libido literaria que otrora se destinaba a ensamblar un corpus literario hoy se reparte en una miríada de comunicaciones automáticas. Aquella prescripción clásica y persuadida de escribir cinco, diez o quince libros estimables a lo largo de una vida se ha ido francamente erosionando.

Todo empezó con el blogging, el articulismo corto, la opinión rápida. Luego pasamos al microblogging, es decir al tuiteo. La reverberante Gloria Literaria, entendida como la proeza de perdurar en la memoria humana a través de la palabra, cedió lugar a lo instantáneo, desalojando toda linealidad diacrónica. El espacio gramatical se concentró en mónadas apretadísimas de sentido. Estos chicos de ahora son brillantes para escribir frases, pero no saben, o no quieren, unirlas en estructuras de aliento.

Yo también –incluso proviniendo de otra era y otra forma de entender la escritura– he sucumbido a esta tendencia, reforzada por el hecho de que no hay actividad más frustrante que publicar a la antigua, especialmente en este país, por las condiciones generales y porque a nadie realmente le importa (dicen que sí, pero no es cierto). Y si bien sigo escribiendo libros, ya no lo hago como antes, cuando escribir era escribir una obra. Y por obra no quiero decir un libro, sino una bibliografía. Levantar una bibliografía: tal era el dictum de la cultura textual en la cual yo nací y me crié.

Es un dictum que por estos días me va dando lo mismo. Incluso puedo decir que desde que escribo en las redes sociales, escribo peor. Lo cual tampoco está mal: a veces lo peor es lo digno, como lo dejó claro el punk y el no future. Ya en términos globales, no estoy de humor para condenar la literatura de la atomización, que en realidad es solo otra forma de entender la palabra y propagarla. De hecho yo siento que las redes sociales trajeron mucha vitalidad al universo escrito, además de permitir el ingreso al club escritural a las mayorías, cuando antes solo podían entrar los esnobs de siempre.

Dicho lo anterior, a mí me parece que de nuestras preciosas redes sociales no surgirán los futuros Cervantes, Prousts, Stephen Kings, Foster Wallaces, Bolaños. Es decir: puede que estos escriban en las redes sociales, pero no será gracias a ellas que consagrarán vastas obras monolíticas. La mayoría de postescritores rendirán un thread inconexo de tuits, como florecillas silvestres, poco más.

Que alguien en el futuro se tome la molestia de leerlos, esos tuits y posts, en su totalidad y como algo coherente, es una imposibilidad, porque el espíritu de los soportes que los contiene no es particularmente retroactivo y narrativo (es cierto que algunos llevan sus tuits al viejo contenedor impreso, pero eso es más anecdótico que otra cosa).
           
Realmente: ¿quién querría leer en el futuro una masa de apuntes en diáspora, apenas unificados por una cotidianidad sin relevancia, y una repetitiva opinión sobre el miasmático estado de las cosas?

Es otra cosa: la trascendencia literaria implica la abolición del narcisismo, y digamos que a las redes sociales, tal y como están planteadas hoy en día, no es que les fascine agenda semejante.


(Buscando a Syd publicada el 20 de julio de 2017 en El Periódico.)

Plenitud laboral

Es extremadamente difícil que un regular ser humano se sienta pleno en su trabajo.
           
¿Por qué? Porque para que la actividad laboral traiga plenitud debe tener al menos cinco características esenciales: 1) utilidad; 2) gozo; 3) conexión; 4) integridad; y 5) sentido.
           
Por utilidad, comprendamos por igual funcionalidad y rédito. Eso que hacemos deberá tocar tierra de alguna manera, darnos alguna suerte de propósito práctico y estabilidad concreta. Sin esta cualidad térrica, derrapamos en el aire. Le pasa a no pocos poetas por cierto: sus letras están grávidas de belleza, voz e inspiración, pero muy pocos (más bien ninguno) conocen lo que es vivir de su oficio, y eso es frustrante como ninguna cosa. Es algo que inclusive nos puede hacer perder la cabeza, puesto que todo trabajo que carece de raíces pragmáticas conduce, en mayor o menor grado, a la locura.  
           
Otra condición para la plenitud es que disfrutemos lo que hacemos, que nos traiga gozo, magia y esplendor. Todos conocemos personas que hacen cosas muy útiles, cosas que sirven al prójimo, que son básicamente correctas, incluso nobles, pero de otra parte son cosas extremadamente aburridas o clónicas. Entonces una especie de moho o marchitamiento general se apodera pronto de sus venas. Uno puede imaginar fácilmente aquí a un funcionario, a un burócrata perdido en un Ministerio. Desde luego, está el caso contrario: labores que provocan increíbles dosis de ansiedad, como podría ser el caso de un periodista hardcore. Pero, como dejó muy claro Csikszentmihalyi, el flow es algo que no está situado ni en la zona del aburrimiento ni en la zona de la ansiedad. Quien no conozca ese placer íntimo de trabajar que es a la vez relajación excitante y exaltada serenidad difícilmente podrá hablar de plenitud laboral.
           
La conexión es otro factor a considerar, obviamente. La realización propia es importante, quién lo duda, pero siempre viene manca cuando no es una realización compartida, cuando no incluye, en cierta medida, al otro. Hay trabajos tremendamente solitarios que no implican ningún lazo con demás seres. Lo cual es perfecto… hasta que ya no lo es. Oficio aislado puede ser el del freelancer radical, que trabaja implosivamente en casa, cortado de todo entorno vital, o el del programador amurado en un mundo de algoritmos.
           
Por supuesto, sin ética, sin eso que el Buda llamó “rectos medios de vida”, ¿cómo puede ser uno feliz en el trabajo? ¿Es Trump feliz? ¿Lo es un narcotraficante? ¿Un empresario mañoso? Dudosamente. Es crucial mantener la coherencia.

Y por supuesto el sentido. En efecto, nada más horrible que hacer algo sin sentido. ¿Cuántas personas trabajan sin formar parte de un relato particularmente significativo e inspirador, cuántas personas no consideran que están aportando algo ideal al mundo por medio de su obrar? Incluso lo contrario: sienten que están acrecentando el caos y la gratuidad.  Ni doy ejemplo: son tantos.
           
Cuéntenme, ¿se sienten ustedes plenos, laboralmente?


(Buscando a Syd publicada el 13 de julio de 2017 en El Periódico.)

El bunker (2)

Con todo y talanqueras, en la calle de la Embajada de los Estados Unidos, quiero decir en la avenida, no impiden el paso, al menos el peatonal.

Cosa aparte es pedir visa. Cuando de visa se trata, no dejan pasar a cualquiera.

Aunque hace mucho mucho tiempo que no viajo a los Estados Unidos –desde que me di cuenta que no me gusta viajar– aún recuerdo la última vez que fui a pedir el documento. Se respiraba la cruda energía del terror, ante los cancerberos y sus preguntas milimétricas y más que nada burocráticas.

Ríanse ustedes del castillo de Kafka.

¿Cuántos frustrados –denegados, rebotados­– vomitó este edificio? Uno piensa en todos aquellos a quienes no quedó otro remedio que agarrar el tren de la muerte y ser pisados por el sol sangrante de los indocumentados. O bien tuvieron que permanecer en en el país, en donde viven en la ultramarginalidad, como los preteridos nacionales que son.

Allá, en la esquina, van haciendo fila, o pululan en los alrededores, muchos de estos solicitantes. Así es como la Embajada ha generado todo un ecosistema alrededor de sí misma. Pequeña economía gravitante tirando a informal, que incluye comedores ejecutivos, parqueos formales o informales, servicios de fotos y fotocopias, asistencia migracional de toda índole. Que no le pongan, dice un rótulo de la embajada, en tales u otras palabras.

Este hormigueo a ratos superlativo ha de contrastar con el ambiente interior de la Embajada, en donde reuniones de alto nivel a buen seguro ocurren. Uno solo puede sospechar las cosas que se discuten ahí dentro. Desde mi ventana, veo a todos esos personajes encorbatados en procesión. ¿Quiénes son esos sujetos? No sé. Ignoro si son crápulas o respetables. Si estuviera atento al acontecer nacional, a lo mejor sabría.
           
La Embajada tiene eso de eminentemente político. Es realmente el símbolo de un sistema. Todas las manifestaciones sociales, con sus pancartas respectivas, hacen parada obligatoria, enfrente. Es un automatismo. Yo mismo fui a manifestar ahí hace muchos años, por lo de Irak. Le dábamos flores a los pilotos vehiculares, como si estuviéramos en el verano del amor. El evento le regaló una escena a mi novelita Labios.
           
Esta Embajada se ha constituido como un pedazo crucial y muchas veces filibustero en la historia de nuestro país, para rabia de muchos, que odian a los Estados Unidos, a quienes ven como los verdaderos dueños de la zafra y la finca.
             
Es así. Lo que no sé es hasta qué punto y en qué grado. Pero desde luego, la influencia es innegable. En otra columna –llamada “Amor prohibido”– dije que nunca caigo en el error de confundir a la globalidad de estadounidenses con sus gerencias y administraciones. ¿Decir esto le cuesta la visa a uno? A saber.
           
Lo que sí sé es que no es para nada fácil tener acceso a territorio estadounidense en estos tiempos. Según mis cálculos, sería mucho más sencillo matarse y renacer en territorio gringo: las probabilidades son de veras más altas.


(Buscando a Syd publicada el 6 de julio de 2017 en El Periódico.)

El bunker (1)



Vivo a un centímetro de la Embajada de los Estados Unidos, ese edificio eterno que ya todos conocemos, como de hormigón, y que pesa tanto que la Reforma se hunde ligeramente de un lado.        
           
Parece un bunker o una de esas horribles prisiones estatales, de los Estados Unidos justamente. Todo lo contrario a la Embajada de México, que está como a una cuadra (nos encontramos en una zona muy diplomática) y es una pieza arquitectónica menos sentada, pero más sentida.
           
La Embajada de los Estados Unidos se ha hecho de muchas de las propiedades circundantes, no sé si por compra o alquiler, o ambas cosas. Ese galeote tiene harta influencia en el ambiente del barrio, compréndase.
           
Un par de veces han hecho esos locos el soundcheck del sistema de amplificación, y eso como a las dos de la mañana, por demás. ¿Han escuchado ese sistema? Es muy potente. A lo mejor no era un soundcheck sino un empleado gringo que había fumado demasiada hierba medicinal, y decidió poner una rolita para olvidarse un rato del trabajo y de las amargas promesas de América la bella.
           
Yo ando y des–ando mucho la zona–Embajada. Por tanto utilizo bastante la primera avenida, y en particular el tramo entre la octava y sexta calles. No es como que voy a ir a dar siempre la vuelta hasta la Iglesia. Me pregunto en qué medida y con qué derecho se apropiaron de ese tramo, cuál es el trato pues. ¿Es territorio estadounidense, como la Embajada misma? Lo dudo. Pero si no lo es, ¿a qué vienen los filtros físicos, los privilegios? Tampoco alego demasiado, porque siento que la Embajada viene a poner al área una seguridad y una paz que de otro modo no existiría. Pero no puedo dejar de considerar que es una rúa por completo cooptada, cooptada por el tío Sam.
           
Gringos rostros. Pero también hay locales laborando, guardias de seguridad, choferes, en grandes camionetas Ford. Luego puede que haya otros trabajando de incognito. No sé. A mí un día un portero de mi edificio me dijo que el lustrador o chiclero que siempre está en la octava avenida es un espía de la Embajada. Ignoro si decía la verdad o no, pero desde entonces ya no lo veo de la misma manera.
           
Muchos entran y mucho salen de este lugar. La lógica por supuesto es de protección y autorización, y la estética de comunidad cerrada y acamerada. Pero por otro lado, y en contraste, también se les ve bastante relajados, a los chatos. El policía de la talenquera, tan silbante, es un ejemplo. Yo nunca descarto que desde la Embajada propiamente me anden observando con un telefoto, pero en toda honestidad nunca me he sentido realmente vigilado o intimidado por estas gentes.
           
Mi problema es que soy un gran paranoico. Al punto que, cuando vivía en la zona 9, siempre me sentía visto desde la sinagoga. Escribí en una ocasión una columna al respecto, y un judío muy simpático me invitó a entrar y ver todo el edificio por dentro, para que se me quitara la angustia. Agradecí el trato preferencial, porque ese templo también es un bunker, y no dejan entrar a cualquiera.


(Buscando a Syd publicada el 29 de junio de 2017 en El Periódico.)

Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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