'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Disculpas cuarteadas

Aquí una respuesta a la columna de Faitelson. Pueden leer la versión completa en mi blog salivario.blogspot.com
           
Faitelson (Efe, de ahora en adelante) ha dicho que se limita a comentar de futbol, pero el futbol no es algo que se puede insularizar en el paisaje cultural. En la cultura todo se entrelaza con todo.
           
El futbol es muchas cosas. Entre ellas nacionalismo y violencia, en Guatemala y en todas partes. No ha de extrañarnos que la crítica futbolística, o cualquier cosa relacionada con el fútbol, genere intolerancia. ¿Puede alguien ser tan ingenuo para no estar enterado de ello, o tan caradura para negarlo?
           
Esa violencia del futbol no es gratuita; ha sido alimentada por grandes intereses, y hasta el más bienintencionado comentarista deportivo está en la corriente de esos intereses.
           
El futbol no es aparte de grandes territorios culturales como la historia, la patria o su prima fanática la raza. Creer que un comentario de futbol no va a –o no debe de– despertar ardores en esos ámbitos es de una candidez exasperante.  
           
Imperdonable que un comunicador de alto perfil no tenga claro (o finja no tener claro) cuál es el grado de impacto que puede tener un tuit suyo, incluso hecho de pasada. Especialmente si es de futbol. Un tuit, en tiempos de la comunicación viral, es un revolver.
           
En un mundo de tribus globalizadas debemos tener un sentido muy afinado de las pertinencias culturales. Que nuestra intención no sea la de ofender un determinado ámbito cultural no significa que no estemos, de hecho, ofendiéndolo. Hay un asunto de forma. Uno puede decir que Guatemala es un cualquiera –futbolísticamente hablando– y tener razón. ¿Pero es hábil y es importante comunicarlo así?
           
Si las disculpas de Efe no fueron del todo bien recibidas o tomadas en serio es porque hay algo en ellas de cuarteadas. Debajo de lo que dicen encontramos una energía que no rima y un subtexto.
           
Está eso de marcar el golpe y pretender salir luego en caballo. El insulto puede llegar a ser una posibilidad muy respetable, a veces. Lo que no podemos es crear un enfrentamiento y luego racionalizarlo marrulleramente.
           
Efe habla (en el video que acompaña su columna) de “otro tipo de educación”, refiriéndose a los centroamericanos. E implicando de una manera políticamente correcta –que no es más que superioridad disfrazada de apertura– que tenemos mala educación. Pero no todos los centroamericanos tenemos esa educación “distinta” ­que pretende endilgarnos, sin contar que la misma, en rigor, existe en todos lados.
           
También dice que tenemos una forma distinta de entender la crítica. Nunca lo va a admitir, pero lo que está sugiriendo es que nosotros tenemos una forma de entender la crítica propia de salvajes premodernos y babuinos. Nuevamente: babuinos hay en todas partes. Sin contar el tufillo subcolonialista y virreinal con que lo dice.
           
Que a Efe le sorprenda que una crítica de futbol pueda generar pasiones irracionales ya roza la ingenuidad o el cinismo. Ahora bien, yo pienso que Efe no es nada inocente: que su inocencia es una inocencia estratégica.


(Buscando a Syd publicada el 31 de marzo de 2016 en El Periódico.)

El Gran Silencio



El documental de 2005 Die große Stille (en español El Gran Silencio) es un filme invaluable sobre la vida monacal profunda.
           
Documental desnudo: sin música, sin comentarios, sin entrevistas. El director, Phillip Gröning, pasó a vivir al monasterio de La Grande Chartreuse, en los Alpes profundos, para filmar a un puñado de monjes, y captarlos en su quehacer religioso.
           
En general hacer películas es algo bastante sacrificado. Pero hacer este documental debío ser particularmente tortuoso para Gröning, dado que no había crew que lo acompañase: él mismo hizo todo, sin ayuda ya de nadie.  
           
El resultado constituye una mirada privilegiada a la vida de unos renunciantes cartujos. Resulta que dentro del cristianismo todavía hay personas e instituciones dedicadas a preservar la honda tradición del silencio.
           
En un principio, los monjes estaba reluctantes respecto a esta película, y eso porque no querían justamente que su precioso silencio fuese puesto en peligro. Dieciseis años tardaron en consentir el proyecto, suponemos que luego de largas deliberaciones (se los imagina uno como los ents de El Señor de los Anillos).
           
La vida contemplativa no es fácil. He realizado algunos retiros que replican la estructura y rigor monásticos. Son bastante duros. Pero son retiros de diez días a lo sumo. ¡Estos monjes dan su vida entera a ello!  
           
Por supuesto, el presente es un monasticismo muy elevado, no ese de los rituales vacíos. Una profundidad se deja sentir en el documental, y no hay que ser cristiano para percibirla.
           
Admiro a las personas que deciden recluirse y dedicarse por entero a la actividad interior. Parecerá a algunos una actividad egoísta, con todo lo que está pasando en el mundo. Pero es mi sentir que esta gente, en su perfecta intimidad, está afectando al planeta entero. Yo le llamo activismo contemplativo.
           
Gröning nos da un documento invaluable sobre este tipo de vida y aquellos que la viven (dándonos unos retratos, unas fotografías verdaderamente sobrecogedoras). Pero es que además Die große Stille es un documento místico en sí mismo, que nos introduce a un espacio meditacional, a una especie de narrativa primordial.
           
Dicha narrativa nos muestra, por un lado, lo sagrado como manifiesto y sensible, a través de una composición elemental de luces naturales y sonidos puros (dice el director que  es una película callada, no silente). Como Lubezki en The Revenant, Gröning se abstiene de usar luz artificial.      
           
Poco a poco entramos a un ambiente y naturaleza sentidos, con paisajes sublimes, en donde el tiempo reina primigenio, con sus ciclos y estaciones. Y a este tiempo natural se agrega el tiempo del monasterio con sus ritos y cotidianidad numinosa: ritmos religiosos y naturales se confunden.
           
En el zen se dice: “Antes de la iluminación, corta madera y carga agua; después de la iluminación, corta madera y carga agua”. A la par de los ejercicios espirituales, hay toda clase de deberes ordinarios que deben ser realizados. Esta actividad tan concreta parece contrastar con la sacra iridiscencia que se siente dentro y más allá de las paredes del monasterio. Esta cualidad etérea –que algunos llamarán la luz de Cristo– viene de un lugar sin tiempo, de un tiempo que no tiene lugar.       
           
En realidad lo más valioso del filme es que nos muestra cómo lo manifiesto y lo inmanifiesto se encuentran en una danza muda que es un silencio de formas lentas y preñadas. Lo sensible y lo divino no son dos: el mismo poder que humaniza a Dios, diviniza al hombre.


(Buscando a Syd publicada el 17 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Regina visceral



La José Galindo me invitó a que le presentara su nuevo libro, pero a mí las presentaciones de libros me la sudan, y espero ya no estar en ninguna, para empezar propia. Lo que no quiere decir que no me interese el libro de Regina y Regina como tal.
           
Regina Galindo me parece una artista fascinante, y es por ello que la he entrevistado un par de veces ya (tuvimos una conversación pública en Sophos muy linda). También he escrito acerca de ella (Destazable Regina es un texto que encuentran en mi blog Salivario) y hablo bien de ella cuando puedo y cuando la siento atacada. Para mí ella es talento verídico. Que disientan conmigo los que no reconocen poder profético en su propia tierra. Y en otras tierras, puesto que es una de nuestras artistas más reconocidas internacionalmente.
           
Antes yo tampoco tenía una percepción especialmente prominente de ella, pero eso cambió cuando la entrevisté para revista RARA, puesto que eso me obligó a revisitar su obra en conjunto y diacrónicamente (su website nos da un lindo recorrido) y entonces pude apreciar el arco y cuerpo de su obra como una totalidad enérgica, constelada, sensible. Pasa mucho que a veces tenemos una percepción ya hecha de una artista o escritor pero realmente no conocemos su obra a profundidad.
           
Ahora me quiero enfocar en la poesía de Regina Galindo, dado que ha publicado un nuevo libro, llamado Telarañas (2015). Antes de ese ya había publicado otro, Personal e Intransmisible (2000). Ambas ediciones muy bonitas. La primera es de Coloquia (tapa roja y afelpada, que me dio cierta envidia cuando la vi hace quince años, en una época en donde la norma era que todos los libros eran unos mamarrachos). La edición presente es de El Pensativo, para su colección Versadas.
           
Puede decirse que hay una continuidad entre las dos obras, en el sentido de que ambas buscan publicar –hacer pública– la intimidad. Lo que me viene es algo de Alejandra Pizarnik (a quien Regina sé que ha leído):  “He desplegado mi orfandad / sobre la mesa, como un mapa”. Todo ese ímpetu íntimo y personal salva a Regina de cualquier feminismo programático. Y sin embargo es obvio que es una mujer, una mujer quien aquí irrevocablemente escribe.
           
De Personal e Intransmisible recuerdo un cierto ambiente mortuorio, sangriento y lúbrico, con muchos fluidos y una sensibilidad ennegrecida (un ambiente poético en el cual me siento por demás muy cómodo). Regina se desnuda en la palabra como en el performance. Allí están sus crisis y allí está ella, complicada, trágica, ciclotímica. Desnudarse y sacar trapitos es parte de su estilo, en una suerte de vulnerabilidad rabiosa, en donde impudor e inocencia quedan amarradas. Siendo una vulnerabilidad hasta cándida, es bastante poderosa. Y muy teatral. La desnudez como escenificación: un sello de su obra artística toda. Y ahí está el efectismo del sexo y la sangre, eso sangriento, secrecional y clitóreo, un malditismo ocurrente, poético, explícito y vaginal. Regina lastimada, ulcerada en el desprecio, y en el autodesprecio, escupida y autoescupida.             
           
Telarañas recopila poemas desde 1999 hasta 2014 –o sea quince años de poemas. Esta obra demuestra acaso que para ella lo verbal sigue teniendo importancia, como lo sigue teniendo lo corpóreo. Por cierto veo ahí una relación: el cuerpo de Regina está hecho de conceptualidad y lenguaje, y su lenguaje está hecho de cuerpo y fisiología. Que el lenguaje suyo sea tan orgánico le salva de la retórica de la Poesía con mayúscula, aunque también es cierto que algo de retórica bien podría haberle beneficiado los versos. Otra cosa que vimos en este libro, como lo vimos en el anterior, fue un gran ardor emocional, que contrasta con la neutralidad y ecuanimidad casi quirúrgica de su obra perfomática (emocionalidad presente, en otro sentido, en sus opiniones e indignaciones ciudadanas). Mi conclusión ha sido siempre que Regina puede ser a la vez muy caliente y muy fría. Uno platica con ella y se da cuenta que habla de las cosas más delicadas desde un desapego casi patológico, y luego pasa que otras cosas, de menor importancia, las lleva a un nivel paroxístico de tragedia. 
           
¿Me interesa la poesía de Regina Galindo? Digamos que me interesa como parte de un contexto mayor: el de su obra y personalidad toda. Lo que más aprecio de sus versos es su visceralidad: algo valioso en esta época de emojis y emociones blanqueadas. En esa visceralidad se nota que es una poeta oscurita de mi generación (1974). Cardoza dijo que escribir es sacarse las tripas y hacer una hoguera con ellas. En el cuerpecito de Regina hay unas tripas vivas y bravas que, cuando arden, iluminan toda la noche.
           

(Buscando a Syd publicada el 10 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Digital



1/ El internet –que como instrumento público ya tendrá algo así como un cuarto de siglo– fue algo así como el tsunami total, baktúnico, que lo arrasó todo. Con su llegada, el paisaje de lo real colapsó por completo, y hoy es imposible saber a ciencia cierta cómo era el mundo antes de su llegada. Los ancianos cuentan historias, pero quién puede creerles. Yo mismo no les creo y eso que en rigor también soy un anciano, si atendemos el hecho de que todavía alcancé a nacer en un mundo preinformático, cuando los ordenadores personales no habían llegado entonces a oficinas y dormitorios.
           
Por supuesto, uno de los campos que fueron brutalmente redefinidos por la llegada de internet fue el de los medios de información. Para empezar, los medios impresos que tuvieron que abrirse a las nuevas tecnologías comunicacionales. Luego también nacieron proyectos estrictamente digitales, formales o informales, como hongos en la lluvia.
           
2/ En América Latina y Centroamérica se han dado revistas y periódicos digitales de notable calidad (también otros siniestros). Una cosa a celebrar de la cultura digital es que permitió el advenimiento de proyectos de comunicación periféricos–autónomos, que podían ser confeccionados con poca infraestructura y sin colosales recursos dinerarios y humanos (en un país como el nuestro, algo que se agradece). Son (algunos más bien eran) medios noticiosos y periodísticos, ideológicos y políticos, culturales y de entretenimiento.

3/ Pasada la exaltación inicial del periodismo de pantalla, se empezaron a ver los retos asociados al mismo. En el caso de aquellos periódicos físicos que se abrieron a la estructura internética, cuestionamientos complejos respecto a la simbiosis de lo digital y lo impreso.
           
Yo todo eso lo viví de primera mano. De hecho alcancé a escribir en los periódicos antes de que fueran subidos a internet (un resto de notas mías nunca vieron la web). Fue así como asistí a esta etapa experimental en donde los grandes diarios –pienso por ejemplo en los españoles– probaban con modelos de negocios que no hirieran su estructura impresa.

Muchos de esos modelos fracasaron, por supuesto. ¿Cómo competir con la democratización de los contenidos? Lo que puedo decir, pasados los años, es que no hay fórmulas. Cada medio deberá encontrar la suya, y establecer una relación propia entre papel y pantalla.

4/ En relación a los medios puramente digitales, hemos visto cómo han vivido por su lado una dosis de dificultades.

Algunos –quijotescos, sofisticados, ricos en idealismo y heroismo mediáticos– no han sabido aterrizar del todo en un nivel digamos práctico. Tienen limitaciones de plata pues no han encontrado formas duraderas de monetización. El voluntariado, el crowdfunding y el mecenazgo imponen un repertorio de obstáculos. Sin dinero, es áspero eso de crear estructuras de salario dignas y tan difícil eso de pagar a los colaboradores. Al principio puede que todo sea playa y sol. Todo amor y florescencia. Pero luego brotan las inconsistencias. La calidad se torna –en el mejor de los casos– sinosoidal, la regularidad porosa, la lealtad muy trémula.

Sucede a veces que el medio trae a su nómina a colaboradores que tienen una agenda editorial propia. Pero como nadie les paga, el medio no puede decirles mayor cosa, y si se les dice algo, optan, llanamente, por retirarse (donde no hay un cheque, desertar es de lo más sencillo).

Luego ocurre con esta clase de medios que, como no pueden crear un contenedor periodístico real, crean un periodismo de personalidades, lo cual a menudo es un problema. ¿Qué pasa cuando estas personalidades ya no funcionan, o se van? Entonces ponen a gatos, haciéndolos pasar por productores relevantes de contenidos.  
           
Hemos visto proyectos cuyo pecado es que demasiado puros: no quieren, por no sacrificar la liberté, entrar en el juego de la política, la negociación editorial y las gredas del marketing. Esta vocación por lo impoluto los salva en cierto modo pero a la vez los ahoga. Sin contar que es una inocencia que con los años pierde su glamour ante el lector promedio. O se montan a otra cosa, o quedarán bonsái. Los bonsáis son bonitos, pero no son secoyas. El campo de energía de una secoya es tremendo.
           
5/ En el extremo opuesto, están los medios digitales que son completamente burdos y complacientes, que están amarrados a la agenda de lo banal, que dependen completamente de la lógica del anunciante. La superficialidad y falta de seriedad que presentan no tiene límites. Manufacturan notas que están hechas verídicamente con el culo, en donde no hay arte de ninguna clase, que deberían ser vergüenza para quienes las formulan. Si algo está asesinando al medio periodístico digital es la nota de celeridad y de impacto fácil, así como la hiperamigabilidad en formato y contenido. En términos de periodismo cultural, el que yo practico, es simplemente horroroso constatar cómo la cultura ha sido convertida en embutidos de chismorreo y cretinas llamaradas de tusa. Es para ponerse a llorar. Uno puede ser un medio liviano, pero incluso esa liviandad tiene que ser totalmente seria, artística y estudiada. No se puede nunca olvidar que toda esta la imaginería informacional que ponemos allá afuera dicta la manera en que los seres humanos procesan la realidad / socializan con su ambiente.

6/ Los hay muy logrados. Otros menos, posiblemente por problemas de identidad. En efecto, los medios de comunicación digitales, como marcas que son, requieren de una identidad definida y aplicada, y un concepto de diferenciación. A veces lo tienen y a veces menos. Cuando no lo tienen, es el puro tanteo.
           
El koan es este: ¿cómo pueden los medios digitales huir de la comoditización de los contenidos cuando en su propia lógica de ser está encriptada dicha comoditización? ¿Cómo crear intimidad en la hipercirculación? ¿Cómo se hace periodismo de nicho y diferenciado en la era de la familiarización y vulgarización compulsivas?
           
Bueno, sabemos que no tener identidad –o tener una identidad fallida o deformada– no ayuda en nada. Tampoco ayuda tener una identidad rígida. Es fácil osificarse en un set de fórmulas periodísticas. Ya con unos años de vida –que en la escala internética son eones– los medios digitales deberán preguntarse cómo van a mantenerse fieles a su esencia –si es que se han tomado la molestia de definirla– pero honrando toda vez la relevancia y la significación como factores dinámicos y energéticos, incluso arriesgando su fuerza en el tablero perceptual. Lo cual no es malo, porque es de hecho la sola forma de adquirir una lealtad de público más madura y crítica.
           
Una marca que ya no arriesga nada es una marca muerta. Aquí es un asunto de cuidar el patrimonio identitario del medio, además del humano y  periodístico, pero permitiendo que morfe hacia nuevas posibilidades creativas. Y ello, por supuesto, no es meramente echar mano de la ocurrencia y efectismo, por muy retórica o gráficamente estimulante que sea. El efectismo desgasta como ninguna cosa. Tampoco es poner toda la apuesta en el social media, que es una herramienta difusora valiosísima, pero que no sustituye en ningún modo el contenido como tal, ni puede darle integridad.
             
A veces lo que corresponde es reenergetizar la definición del proyecto, y en otros casos recifrarlo enteramente. De otro modo, perderemos el partido o nos ubicaremos en una posición progresivamente más mediocre, mientras otras iniciativas irán surgiendo–subiendo en el mercado voraz de la información. La frescura es algo que se va muy rápidamente: cosas que antes nos parecían muy nuevas hoy nos parecen cubiertas de telarañas. Medios que en su momento eran besados por las audiencias, se han ido deshebrando en términos de energía, y se les mira cada vez menos en la conversación pública.      
           
De allí la importancia de moverse, y para moverse en la dirección correcta se requiere un trabajo concreto de direccionamiento, además de data y valuaciones reales. Admiramos las plataformas de comunicación que, presentando una identidad clara, también saben introducir cambios, y no siempre populares en la primera vuelta.


(Buscando a Syd publicada el 3 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Darío genético


He tenido a Darío en mente estos días. Por eso de sus cien años de muerto y porque estaba pendiente de un fallo de un concurso que lleva su nombre y que no gané. El libro perdedor –que se llama “Uno a uno caen los satélites”– ya lo colgué en mi blog de poesía (panzabierta.blogspot.com) por si quieren echarle un vistazo. Es sobre tecnología y poshumanismo. El poeta es un router celeste.
           
Yo a Darío no es que lo conozca tanto, a diferencia de todos esos expertos que han salido en turba por estos días. Lo he leído, por supuesto. Aunque confieso que difícilmente podría volver a ciertas cosas suyas, pongamos de ejemplo Azul. Podría acaso revisitar, si estoy de humor, algo de sus Cantos de vida y esperanza.  
           
Más que nada yo he vivido a Darío a través de otros escritores que para mí fueron cruciales. Dos me vienen automáticamente a la cabeza: Neruda, Cardoza. Neruda que en sus memorias cuenta ese homenaje que le hicieron con Lorca “al alimón” en Buenos Aires, y donde se refirieron a él como “esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros”. Lo apreciaba Neruda, lo apreciaba Lorca y lo apreció Aleixandre. Y antes de ellos, por supuesto, Juan Ramón Jiménez.
           
A Darío lo viví también a través de Cardoza. “Fue con Darío, padre y maestro mágico, que en mis letras de Antigua recibí la anunciación de La Palabra”, dice en El Río. Por supuesto, Cardoza habría luego de ingresar –violentamente– al surrealismo y la vanguardia, pero sus letras nunca abandonarían ciertas orlas que bien nos recuerdan al poeta nicaragüense y su modernismo general.   
           
Claro, Cardoza lo admiró pero también supo acusarle. En algún momento de sus memorias se refiere a él, y a otros como él, como “mercadería alquilada”. Buena parte de la izquierda intelectual latinoamericana ha denunciado –y con harta razón– el rasgo mercenario de Darío.
           
Darío siempre tuvo detractores. Palabras amargas le dedicó Unamuno (palabras que mucho lo turbaron, según Valle–Inclán). Pero Darío no era revanchista –o es que a lo mejor era solo listo– y elogió de todos modos a don Miguel, que el día de su muerte se arrepintió un poco de haberle maltratado.
           
La filiación con Francia se la reprochaban muchos. Como si Verlaine y Baudelaire hubieran sido eso: un error. (No lo fueron para mí, que tengo tatuado el spleen/ideal baudelariano en el brazo izquierdo.) Cuenta Carrillo que cuando vino a Guatemala a fundar un diario, con la venia de Lisandro Barillas, no quiso ponerle al mismo Gil Blas o Fígaro, a sabiendas de lo más se le censuraba en la vida era el afrancesamiento. Le puso El Correo de la Tarde. 
           
Es posible que las nuevas generaciones de poetas ya no vivan a Darío ni directamente ni a través de terceros. Quizá, y a pesar de todos esos gestos informados que se están dando a cien años de su muerte, el peor detractor de Darío sea el olvido. Pero eso es nihilismo. Otra cosa que se puede decir es que Darío es ya una cosa genética en nuestra palabra, y aún de la manera más tácita e inconsciente, continúa entre nosotros.  


(Buscando a Syd publicada el 25 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Subverso


Es por la presente que los invito a la actividad Subverso, como parte del proyecto Escénica/Poética, del Centro Cultural de España junto a Catafixia Editorial. Como saben o no, Escénica/Poética transforma la obra de poetas locales en propuestas dramáticas. Se han hecho ya seis de estas experimentaciones escénicas, a partir de la obra de escritores tales como Wingston González o Vania Vargas. Luego hay que mencionar que estas puestas en escena se hacen acompañar de una publicación.
           
Pues resulta que ahora han elegido mi propia obra para ser representada teatralmente –en este caso, teatro de objetos y marionetas, lo cuál resulta muy estimulante– y a eso le han puesto el nombre de Subverso. Es un título que rima perfectamente con mi trabajo.
           
Fue nuestro jaguar editorial Luis Méndez Salinas, de Editorial Catafixia, quien me escribió el otro día para informarme que el talentoso Teatro Armadillo estaba interesado en crear y producir algo a partir de mis textos. Yo de inmediato sugerí que se le echara un vistazo a mi libro “La oreja en tu mano”, el más teatral o cinematográfico de mis poemarios, en mi opinión.  
           
Más allá de esa sugerencia, opté por no meterme en el proceso creativo. Y eso para que Armadillo pudiera trabajar en completa libertad. De otra manera podría convertirme en una presencia crítica, a lo mejor no agradable, seguramente no creativa. El imperativo era no estorbar.
           
Ya casi no tengo interés en insertarme en la vida cultural de ninguna manera, pero esto me pareció distinto y fresco, y fue por ello que cuando Luis me sugirió esta colaboración yo accedí en el acto. La verdad es que me siento suficientemente honrado. Agradezco a la Catafixia (Luis y Carmen), al CCE (con Rosa y Yanis), al propio grupo Armadillo, en cuenta a Reyes Josué Morales, quien es el director escénico de Subverso, y a Guillermo Santillana, responsable de la actuación y animación de objetos.
           
Como la obra no la he visto, no puedo decir mayor cosa al respecto. Se me explicó nomás que está inspirada en varias publicaciones mías, centrándose en el ya mencionado libro “La oreja en tu mano”. Tengo confianza en el resultado.
           
Así como de hecho tengo confianza en la relación orgánica que hay entre la poesía y el teatro. Hay que comprender que la poesía es anfibia: siendo, por un lado, íntima y silenciosa, también busca el proscenio, la amplificación. Por otro lado, el teatro tiene lo suyo de vocación poética, como lo vemos en Shakespeare, que murió hace cuatrocientos años (lo cual es presentemente motivo de toda clase de homenajes y celebraciones). Y recordemos eso que dijo Lorca de que el teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana.


(Buscando a Syd publicada el 18 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Lengua (y 3)

Por supuesto, aquí se establece una pregunta: ¿quiénes y cómo deciden la pureza de la lengua? Es una pregunta política.
           
No dudo que haya personas esclarecidas entre los ordenadores del idioma (que, como ya he dicho antes, son necesarios) pero de otra parte sabemos también que, en esa camarilla y corte de gerifaltes, se da el lobbying más infecto, los espaldarazos más ilegítimos, las legitimaciones más deshonrosas y errátiles, todo mediado por el sello imperial del prestigio.
           
Recíprocamente, a muchos que podrían dar frescura al consenso lingüístico se les prohíbe la entrada al mismo. ¿Qué clase de consenso es ese?
           
Y sin embargo las palabras no son solo de algunos, son de todos.
           
Y no solamente de todos, sino de todas, también.
           
Con lo cual he tocado una fibra asensiblada. Pronto saldrá todo el serotal citando, nuevamente, la santa voz de la Academia. Pero, como yo lo veo, si a mí se me da la regalada decir “todos y todas” para reafirmar mi compromiso de género, eso es muy mi pedo, y no tengo por qué andar pidiéndole permiso a nadie ni rindiendo pleitesía al pacto verbal de los patriarcas.
           
Aguas: con esto no estoy invitando a convertir el idioma en un instrumento de la corrección política, estableciendo así una nueva rigidez idiomática, una nueva insulsa domesticación. Eso vendría (y ha venido) a empobrecer todos nuestros recursos lingüísticos. Estoy en contra del lenguaje homofóbico, claramente, pero de ninguna manera sacaría la palabra maricón del diccionario. No soy fan del prohibitorum et expurgatorum. Todo está en la intención, en la creatividad y en el contexto.
           
Aguas, sí, con establecer un nuevo conservadurismo. No es que tenga nada contra conservar. Conservar es necesario. En el fondo (y hacia acá he querido llegar) el enfoque doble parece ser el mejor: conservar y creativizar a un tiempo, bajo el entendido además de que las rupturas del idioma solo son posibles gracias a sus previas cristalizaciones, y las cristalizaciones solo son posibles gracias a sus previas rupturas. En lo personal, y como escritor, me ha interesado llevar a veces las palabras al límite de su sentido, pero me doy cuenta que si doy un paso de más, entonces se vuelven un sinsentido. Por otro lado, cuando me conformo a su sentido de siempre, las palabras ya no transmiten nada.
           
Hablemos de una zona fronteriza o liminal en donde lo duro y lo aéreo de la lengua se juntan y que esa zona es de hecho la más rica porque facilita saltos lexicográficos integrados. También podemos llamarles consensos líquidos, mismos que se mantienen a una a sabia distancia del esencialismo lingüístico como de la casuística idiomática desmañada.
           
Y sin embargo esta zona liminal no es siempre equilibrada en un sentido inmovilista, en el sentido de una neutralidad inoperante. El cambio tiene que darse dinámicamente. Lo cual demanda ritmo cultural.  
           
Cuando un sistema lingüístico es dinámico, está vivo, y está sano, no tiene problema alguno para abrirse a otros sistemas lingüísticos y establecer una conversación nutrida con ellos. Es así como se da un intercambio global de las lenguas que no mata las diferencias y las intimidades, sino por el contrario las aprecia, y termina formulando una férrea metacomunidad idiomática que podríamos llamar postbabélica. Queda por determinar con exactitud cómo las tecnologías comunicacionales del siglo veintiuno inciden en su formación.


(Buscando a Syd publicada el 11 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Frágil Línea


Ser prostituta es un oficio de alto riesgo. Cierta vez leí una nota que decía que si alguien es prostituta en los Estados Unidos tiene 18 veces más posibilidades que la maten. En Guatemala, será igual o peor. La cifra de meretrices asesinadas es repugnante. ¿Por qué las matan? Porque en la prostitución hay siempre algún dinero y liquidez; porque una prostituta es presa fácil; porque a nadie le importa un comino el lumpenproletariat; y porque entre el sexo y la muerte hay, a veces, perversos y poderosos vasos comunicantes. También hay que decir que en cierto imaginario masculino guatemalteco y universal una prostituta es algo siempre humillable y descartable, algo siempre asesinable (y luego hay que decir que para ese mismo imaginario todas las mujeres sin excepción son prostitutas).
           
El pasado 16 de enero fue capturado el Bruja. En un video de YouTube aparece el pandillero: se le ve enyesado (se me figura que le habrán dado una paliza) y caminando con una muleta, trabajosamente. Pronto lo ponen ante la cámara, sin camisa, para mostrar sus tatuajes, con un agente del DEIC en cada lado. Por caminar con la muleta está jadeando, pero mira fijamente la cámara, como consciente de su papel televisivo. La mirada es más interesante y más perversa que su complexión (es más bien chiquito y panzón, y la melena negra ningún favor le hace). En el pecho, el Bruja tiene tintado un escudo patrio (que alguna nota de la web me informa que es de El Salvador, aunque él mismo sea nicaragüense). En la espalda, le han diseñado una enorme mano cornuda. Él mismo está haciendo, con su propia mano, el provocador gesto; uno de los agentes pronto se lo prohíbe. Aquí no queremos entrar en frenologías dudosas. Nos limitamos a los hechos: el Bruja tiene 32 años; se llama, banalmente, Walter Artemis Cifuentes Ortiz; las investigaciones consignan que ha matado a por lo menos unas veinte sexoservidoras. En los cuerpos de ellas se han encontrado señales de tortura: siendo un caso de extorsión, también es uno de psicopatología. Se le llama el Asesino de la Línea.
           
Yo conozco la Línea, esa zona prostibularia que corre lúbricamente a un lado de la vía del tren, en la zona 1. Es una sucesión de cuartos y puertas, de puertas y cuartos, y allí están ellas, con sus minifaldas ultrasexis, vendiendo el cuerpo y los cuerpos. Nunca he tenido el placer de acostarme con alguna, pero conozco el lugar porque me invitó en su momento el director de cine Chema Rodríguez a filmar un segmento de su documental “Las Estrellas de La Línea”. El documental, si ustedes recuerdan, nos mostraba a un equipo de fútbol compuesto por puras meretrices del área, y puestas a jugar en Futeca, lo cual creó alguna controversia social. Estuve de hecho en ese partido de Futeca, escribí sobre ello en su momento (“Las Estrellas de La Línea”, 23 de septiembre de 2004). Aparte de estar en el partido, estuve en La Línea misma, en donde Chema me filmó mientras leía un poema de Neruda a una de las trabajadoras sexuales, cosa que me gustó bastante. Pero no habrá quedado muy bien, puesto que no llegó al corte final. No importa. La experiencia general fue muy enriquecedora. Y triste, puesto que en un momento, recuerdo, alguien pasó haciendo colecta: la semana anterior habían matado a un transvesti, en una pensión del área, lo estaban velando allí mismo. En otro columna (titulada “Creolina”, y publicada el 15 de julio de 2004) escribí algo al respecto. Desmoralizante comprobar cómo, más de diez años después, estos asesinatos perduran, como se ve en el caso de El Bruja. La Línea es frágil.  


(Buscando a Syd publicada el 4 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Lengua (2)

Distingo dos tipos de personas: los que escriben serote con ce y los que escriben serote con ese. Si aún no han ustedes entendido, yo soy de los segundos.
             
Yo soy de los que escriben serote con ese, pero claro, siempre hay más de un serote que te dice que serote no se escribe así. Y luego procede a dar las explicaciones que ya todos sabemos.
           
Esas explicaciones son racionales, y a ese nivel no tengo ningún problema con ellas. El problema es que toda esa racionalidad (que en realidad a veces es procedente y otras veces no es más que pseudoracionalidad) mata el idioma: al pretender informarlo lo deforma.
           
Esa continua domesticación asesina la creatividad de las palabras.
           
Yo respondo siempre a estos gendarmes del idioma lo mismo:
           
1) En primer lugar, que me hagan el cabrón favor.
           
2) Luego, que yo uso la palabra serote para acentuar la condición lazarilla e insurrecta de la palabra. Que si existe una palabra que merece no obedecer las reglas y regulaciones es esa.
           
3) Que en términos generales no seré yo quien vaya a ser secuestrado por los legalismos semánticos del DRAE. Que sus minutemen me tienen sin cuidado (y por favor, no me vayan a poner cursivas a la palabra minutemen, solo por venir del inglés, me la desnaturalizan). Que ni Dios ni el DRAE tienen dominio absoluto en mi manera de usar las palabras, abierta a toda clase de innovaciones e influencias culturales, más allá de cualquier lectoescritura autorizada y casticista y a menudo castradora.
           
4) Que escribir bien no es por fuerza escribir como lo dicen los artefactos léxico–sintáctico–ortográficos, que por demás siempre están cambiando, de acuerdo a las autoridades de turno. Que pasa que hay muchas personas que saben y aplican perfectamente los dictámenes consensuados pero igual escriben con el culo. Lee uno sus textos y resulta que son los más sosos y olvidables del mundo: no poseen magia, porque están encorsetados en un sistema de valoración que encierra y asfixia las palabras y no les permite volar. Y que en cambio hay otros que se saltan todos esos controles, animados por un espíritu verbal libertado, y escriben gloriosamente, hacen frases que son pájaros gloriosos, pues se atreven a expandir y jugar con la forma y fondo de las palabras.
           
5) Que en realidad no escribo serote con ese siempre. Solo cuando me da la gana. No me interesa caer en un dogmatismo inverso. Sé bien que romper sistemáticamente el canon de la lengua produce un nuevo canon, una nueva rigidez, un nuevo tedio.
           
6) Por último, que los invito a que lean el texto de José Joaquín Blanco (por antiguo, no menos acertado) llamado La chida pureza del dese, perteneciente a su libro Un chavo bien helado, encontrable en la web, y en donde entre otras cosas dice que la sociedad no tiene por qué hablar con la Voz del Amo.


(Buscando a Syd publicada el 28 de enero de 2016 en El Periódico.)

Lengua (1)

El lenguaje es un organismo cultural vivo, que ha experimentado majestuosas, luminosas transformaciones.
           
Y sin embargo habrá tenido una incepción muy oscura y densa. Surgiera acaso desde el fondo de nuestra fisiología profunda como un puro grito, un mecanismo basal de sobrevivencia, una forma primigenia contra la aniquilación. ¿Por qué otros animales no parieron un lenguaje, un universo simbólico tan sofisticado como el nuestro? Hay que atribuirlo a condiciones ambientales, proteínicas y neurofisiológicas particulares.

En todo caso, ese grito, al principio desnudo, bárbaro, simiesco, enseguida fue adquiriendo propiedades más asombrosas: un instrumento para comunicar con la naturaleza e invocar sus favores. Relación mágica que de hecho se fue tecnificando: manipulando el signo verbal, se afectaba la cosa y el ente, sobre el cual se podía ejercer alguna clase de dominio.
           
Ni decir que esto dio inicio a un proceso de instrumentalización de la realidad, que de esa cuenta pasó a ser ordenable, habitable e intersocial. Es decir comunitaria. Toda comunidad es lo cierto una comunidad verbal.
           
Por supuesto, no estamos hablando de una mera comunidad verbal, sino de muchas, poblando las extensiones y los tiempos. El lenguaje tiene esa propiedad babélica: se fragmenta en lenguas y hablas. Sobre el espejo babélico, el lenguaje se habría quebrado, dando como resultado una multiplicidad de dominios lingüísticos insulares.
           
Las cruzadas imperiales buscaron poner fin a esa atomización. Por supuesto, toda dominación imperial exige la unificación mayor de la lengua. El orden concebido de la polis depende directamente de la regularidad de la misma, y esa regularidad requiere de gramáticos y verbalistas, que la uniforman y cristalizan. Todas las grandes lenguas pasan por procesos de regimentación y moralización. Sin esos procesos no podríamos de hecho entendernos, nos perderíamos en un laberinto de dialectos.
           
Claro, el problema de la codificación excesiva de la lengua es que la vuelve rígida, la osifica y le corta sus corrientes creativas. Semejante sistematización apela a menudo a una pretendida pureza. Y ya se sabe que cuando se buscan mucho las purezas, surgen pronto los fascismos.       
           
En un contexto como este, rebelarse contra los consensos de la lengua es aconsejable. Es una rebelión eterna. Aquí citamos al poeta argentino Juan Gelman, quien en su discurso de recibimiento del Premio Cervantes dijo:
           
Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si este fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran "lastimándolo" desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice "siempre mañana y nunca mañanamos" agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.”


(Buscando a Syd publicada el 21 de enero de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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