'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







El arte de la muerte

Los antivivos necesitan tu grasa.– Los antivivos necesitan tu grasa. Porque ya no existen. Con semejante grasa podrían por fin salir de esa locura, de esa marginalidad suya: la inexistencia, la invida. Florecerían. Tú, para mientras, no necesitas tantísima gordura: ¿no ves cómo ocupas, lonja tras lonja tras lonja, la enorme habitación? Eres como una rana gigantesca que se ha hartado muchos pájaros. Por favor: sé piadoso: comparte: da pues de comer a los transparentes.

Protesta.– Señor: ¿por qué nos humillas así: por qué nos quieres encerrar en esta torre de pan muerto? ¿Por qué pusiste todos esos frutos envenenados en tu glorioso jardín? ¿Por qué las piedras pesan más ahora? ¿Es que no te gustan las ofrendas de neón, que llevamos para ti, sobre nuestras magras espaldas? Estuvimos hablando mucho en la mañana de cómo por la noche seremos eviscerados. Solo venimos a decirte que no estamos de acuerdo.

La estás siguiendo.– Por las calles y aceras continuadas, entre edificios que crecen hora a hora, la estás siguiendo. Siguiéndola, viscosamente, entre los ruidos–ambulancia, que saturan el raudo instante. No dejes que se escape, no dejes que la esquina se la lleve. Síguela, maldito, como lo has venido haciendo, subrepticiamente, cada día. Síguela, y luego vuelve a casa. Te estaremos esperando.

Cuando cierras la puerta.– La noticia es que a tu hijo le gusta asesinar perritos. Que tu esposa pone, depone sus propias heces en frascos de vidrio. Que tu padre le pega a tu madre –a tu madre que tiene alzhéimer. Tú también haces Cosas, cuando cierras la puerta.

Hoy cenaremos al abuelo.–  Hoy cenaremos al abuelo. Es lo que siempre quiso. Hijo mío, me dijo: cuando muera quiero que tú y Marta y los niños me coman. Coman de mí como los discípulos comieron de Jesús en la Última Cena. Coman mi próstata hipertrofiada,  saboreen mis lentos ojos muertos, y chupen mis dedos reumatoides. Y degusten mi corazón, que nunca los quiso, porque todos ustedes arruinaron mi vida. Así pues, hoy cenaremos al abuelo, como un día ustedes me cenarán a mí.

El arte de la muerte.– Vi los cuerpos, los cuerpos. Estuve ahí. Esta no fue una matanza cualquiera. Esto fue realizado por un ser superior, un ente de sangre azul. Ah, las pieles, las pieles, cubriendo las paredes, los órganos tibios decorando los amplios jardines, las manos cortadas, las fantásticas calcinaciones. Jóvenes, niños tal vez, desmembrados, sus partes creando esculturas extrañas –enfriándose bajo el sol. Era la manera, la delicadeza, los efectos de la luz. Estoy cansado, pero no dormiré nunca, nunca. Ahora conozco el arte de la muerte.

Algo salió mal con el experimento.– Señor, algo salió mal con el experimento; el laboratorio ha sido comprometido; debemos salir inmediatamente. ¿Que por qué no tengo un brazo, Señor? Como dije: algo salió mal con el experimento. Como dije: el laboratorio ha sido comprometido. Y como también dije: debemos salir inmediatamente.


(Buscando a Syd publicada el 25 de enero de 2018 en El Periódico.)

Lágrimas de hielo

El frío baja pero sube. Ha sido un tema, en las últimas semanas. Para mí el temor (el temblor) era que cualquiera de estos días el loco del barrio amaneciera tieso en su banca.
           
Lo cual, comprenderán ustedes, nunca es auspicioso.
           
No se precisa ser un escalador del K2 para sentir los rigores del clima. Hasta los propios ticos se han estado muriendo, literalmente, de frío, como leí en no sé qué noticia.  
           
En lo personal, si me quejo escasamente del tiempo, es porque entiendo que hay personas que de veras lo vienen sufriendo.
           
Lo de aquí ha sido nada, vamos. ¿Vieron esas fotos y videos de Massachusetts, después del ciclón bomba? Jaidios. En el norte los carros quedaron enterrados en el hielo y los tiburones petrificados en el agua. No es poesía: fue exactamente lo que ocurrió.
           
Da lo mismo que no hubiese una temporada de Juego de Tronos este año, porque el invierno vino igual. Para mientras el problema evidente es que en el trono US hay un imbécil, llamado Trump, cuyo negacionismo (que falla en comprender las relaciones entre el calentamiento global y estos gélidos sucesos) promete nefastas consecuencias, en nuestra biopolítica planetaria.      
           
Si algo no hay que subestimar es el calor y si algo no hay que subestimar es el frío. Ni siquiera se requieren grandes variaciones: ligeras modificaciones en la temperatura de turno pueden causar significativos daños en esta delicada casa nuestra llamada Tierra. Ya no digamos variaciones mayores, como en el caso de las superglaciaciones, que anularon no pocos depósitos de existencia orgánica.
           
Estos casos magnos sirven mucho para que nos demos cuenta que los dioses invernales son unos grandísimos cabrones. ¿Los hemos visto llorar alguna vez? Nunca. Son incapaces de llorar, porque sus lágrimas son de hielo. Y aún así, el hombre les ha construido todos esos altares.
           
Algunos religiosos, otros tecnoseglares. Pongamos por caso ese chino que no hace mucho congeló a su mujer de cuerpo entero, por la santa intercesión de la Fundación de Ciencias de la Vida Yinfeng. Parece ser que a la cuata la metieron en 2000 litros de nitrógeno líquido, a 190 grados bajo cero, en plan Hans Solo.  
           
Dejando del lado el noble petrarquismo de la empresa, para mí que todo eso de la perservación postmortem es otra forma de pensamiento mágico, esta vez derivada de la fe científica. ¿No era Chesterton quien decía que lo malo de que el hombre dejara de creer en Dios era que estaba dispuesto a creer en cualquier cosa?
           
Henos aquí, haciendo del frío nuestro refugio, nuestro calor. Como esos deprimidos que se hunden en una especie de invierno interior, porque de esa manera no sienten nada. Miran esas hermosísimas imágenes del desierto del Sahara, cubierto de nieve: y no sienten nada. Su sola esperanza, su sola ilusión, es el entumecimiento.
           
Mi mensaje: no se enfríen, amigos. Hasta que el planeta se convierta en una gigantesca planta criogénica queda la responsabilidad de mantener el corazón caliente y las manos tibias. Yo hasta me fui a comprar una tetera eléctrica. A veces, cuando las tardes se ponen frescas, me hago un té de tilo, y pienso en esos nobles poetas y pintores que murieron de neumonía, en callejas infames.    
           
Pobres serotes.


(Buscando a Syd publicada el 18 de enero de 2018 en El Periódico.)

Dos sijs


Gurú Arjan.–  No hay fuego que pueda quemar la luz. Gurú Arjan, en 1606, pudo invocar toda suerte de poderes superiores, cuando lo cubrieran de arena calientísima, ubicaran en ardiente plancha, envolvieran en hirviente agua, pusieran en infernal caldera. Pudo invocarlos, sí. Sin embargo no lo hizo. Mian Mir, el Sufí, ofreció destruir al tirano, pero Gurú Arjan, el Quinto, declinó toda intervención. No es que el gran yogui no pudiera él mismo acallar las brasas del emperador, derrumbar su palacio todo, y a todos aquellos –lacayos, ignorantes, cobardes, obcecados– quienes le rodeaban. Si hubiera querido, Gurú Arjan hubiera sanado al instante su cuerpo magullado de ampollas, como flores de agonía. Después de todo, su sadhana era así de múltiple, así de poderosa. Y grande su mérito por recolectar los versos en el Libro Vivo. Y había repetido tantas veces el nombre de Dios como estrellas hay en el cielo. Y había construido un templo de cuatro entradas, que no discriminaba a nadie. Y su corazón era como una flauta infinita. Y dulce gracia emanaba de sus poros. Y hasta la uña más insignificante de sus pies estaba mojada de poder cósmico. Y sin embargo prefirió la discreción; y optó por recogerse en su disciplina divina; y cumplió con no exhibir sus francas realizaciones.  Se dice que el líquido hirviente era algo así como tibio néctar para él. Se dice que no quiso hacer daño a nadie pues lo divino en todos reside. Se dice que el sufrimiento y la muerte no le ocasionaban miedo alguno. Se dice que convirtió su dolor y sacrificio en una poderosa ofrenda. Se dice que no quiso interrumpir el flujo, deseo y voluntad del Único. Como sea, creemos que no se equivocó. Que no se equivocó, puesto que al pie de esa humildad y esa fragancia y ese martirio prosperó una religión docta, noble, poderosa, ordenada, sensible. Dios bendiga a los Sijs, y a los pájaros que viven cerca de ellos.

Yogi Bhajan.– El maestro no vino a formar discípulos, solo maestros. A quienes no saben lidiar con el reto del tiempo y el espacio, a quienes no saben ser Varones y Mujeres, el yogui muestra la tecnología del fuego. Tienen derecho a no ser puercos, tienen derecho a no ser zánganos, tienen derecho a autoiniciarse, porque no son idiotas, nos dice, en actitud real, en trono tántrico, este sutil provocador, este santo guerrero, este rey nobilísimo, este comerciante iluminado. Prevalezcan por medio de la sadhana, añade, y Aquél que cuida la rotación planetaria cuidará de vuestra rutina. Para mientras, salven a los seres rebajados que cayeron en el estupro helado del ego. Vamos a divinizarlos, vamos a mostrarles el poder de lo inefable. Esta es la hora prometida; la Era de Acuario está aquí. Aunque eso sí: sepan que no ha venido sin convulsión, y quien no esté preparado será comido por las fauces de la locura. El yogui muriera, y en su larga barba habían esmeraldas. Sat Nam.



(Buscando a Syd publicada el 11 de enero de 2018 en El Periódico.) 

Cinco magos



Agrippa.– Agrippa, el invencible recolector y articulador de las ciencias ocultas. Criptogramas, runas, sellos talismánicos, sofisticados pentáculos, sorprendentes figuras arcanas y cabalísticas. Recuerdo que, en un momento de mi vida, en que practicaba mucha magia ceremonial, estaba obsesionado por estas designaciones, correspondencias, poderosos rituales. De tanto hacer realizaciones mágicas (y de no hacerlas bien) terminé con una natural paranoia sobrenatural. Lo cual dicho bien no fue nada agradable. Pero, en otro modo, fueron buenos tiempos, y tampoco afirmo que me arrepiento de ellos. No me arrepiento, pero no tengo nostalgia. Una a una estas vanidades quedaron atrás.

Éliphas Levi.–  Tengo una cierta debilidad por los ocultistas franceses tipo Papus o Paul C. Jagot. Y por el gran Éliphas Levi. En innumerables websites, encontrarán las hagiografías necesarias, celebrando su vida y su obra (el término hagiografía es a propósito: Éliphas Levi era un santo, un santo del hermetismo). Muchas coinciden en esto: lo que él hizo por el revival de lo mágico y el esoterismo casi no tiene un parangón. Se puede decir que no hay estudiante secreto que no haya contemplado con temblor y admiración su enigmático, su famoso Baphomet, con el crucial pentagrama puesto en la frente (punta hacia arriba) y los brazos ya expresando “la perfecta armonía de la misericordia y la justicia”, como él dice. Envidio al que abre, por primera vez, su Dogma y Ritual de la Alta Magia.

Papus.– Fuimos al Père Lachaise, no a ver la tumba de Jim o de Oscar, sino la tumba de ese gran mago, Papus. Y nos costó tantísimo encontrarla (era como si no quisiera ser encontrada) hasta que por fin pudimos dar con ella. Una cuestión de presentarle nuestro respetos al famoso médico, ocultista y teúrgo. Yo había leído en éxtasis libros suyos tales
como el Traité Élémentaire d´Occultisme, o su Traité Méthodique de Magie Pratique, que son obras masivas, científicas, luminosas. Por cierto que la tumba estaba muy cerca de una cubeta de huesos, todo lo cual por supuesto nos pareció propicio. 

Aleister Crowley.– Hay un pentáculo frío en el piso y afuera es la luna intransmisible. Mi sexo ya está limpio de todo excremento. Mis enemigos mágicos proliferan. Pero la hora de la retribución ha llegado, para esos bastardos. ¡Los enviaré por el desaguadero, daré sus dientes a las cabras, haré coronas con sus tripas, los llenaré de pájaros ciegos, se pudrirán en el Palacio Hondo! Los amo –y los mataré a todos. Solo tú me entiendes, Crowley.

Dion Fortune.– ¿Dónde está mi libro aquel: el de Dion Fortune, el de defensa psíquica? No es una casualidad que todas estas adversidades me estén ocurriendo, y con tantísima fuerza. Alguien en un altar sombrío ha puesto dos huesos de pollo y tres ojos de perro, y a través de la ranura de un ritual está viendo mi vida caer a pedazos. Esta fuerza obstructora ha de ser disuelta, como se disuelve el té en el agua: la guerra mágica ha de empezar. Por cierto, ¿dónde está mi libro aquel: el de Dion Fortune, el de defensa psíquica?

Peter Carroll.–  Puedes tomar los pechos de la Diosa si lo deseas. O borrarla y regar sus cenizas sobre el tablero de lo Infijo.  La ola del Caos te llevará al Caos. Juega con la data. Nada es Verdad. Todo está Permitido.


(Buscando a Syd publicada el 4 de enero de 2018 en El Periódico.)

Las ratas de Ítaca

Crimen.– Pronto una mujer será violada y asesinada, en una calle. Esa mujer estaba destinada a salvar el mundo. Pero el mundo decidió liquidarla. Y ahora su destino es un aborto.

La primavera llega cuando el fantasma olvida.– El asunto con todos esos pobres fantasmas es que están hechos de recuerdos, son masas de memorias ceñidas, antiguas canciones y letanías, deambulando por la casa, renglones y contornos que regresan a su angustia de no poder retener las cifras del pasado. La primavera llega cuando el fantasma olvida. Entonces su rutina de ser pasillo y ser esquina simplemente cesa. Ya no se demora más delante de las ventanas heladas, ni habla en voz baja a unos niños que no lo entienden, que corren, espantados, a refugiarse en el hondo clóset. Cuando el fantasma por fin se disuelve, en la última elegancia de la muerte, la luz pura de la primera tarde toca los lentos escarabajos, que no saben extrañar.

Alzheimer.– Soy anciano. Olvido. Olvido las palabras húmedas. Olvido las rutas y los espacios. Olvido dónde guardar las tazas. ¡Mis propios olvidos olvido! Es una situación muy angustiante. Tan angustiante, que de una ausencia de esas he querido ahorcarme. En este momento no recuerdo de cuál.

Las ratas de Ítaca.– Siento compasión por las ratas de Ítaca, que salen por las noches, a buscar algo de comer.  Los niños las destruyen a palos, en los restaurantes, o las envenenan. Y de sus hociquillos dulces emana una leve espuma ensangrentada. El viento las va enfriando, va extenuando sus patitas, y otras ratas les devoran entonces las entrañas. Es bello. Es heroico.

El blues tecnológico.– Con lo que odio avanzar, y todo avanza. Pronto vendrán otras sutiles innovaciones, que nos harán sentir aún menos especiales. Amanecí con el blues tecnológico. Sé que tú también lo tienes.

La nación nadie.–  Lo que viene después es siempre lo mismo, y siempre lo nada, en la nación nadie. En la nación nadie, todos los relojes están parados. Los carpinteros no tienen manos, las perdieron en la guerra de los cuadernos vacíos. Miran un programa sobre televisores apagados. Las cosas son rabias, pero son cosas, están fijas. Nuestras lenguas eternas ya perdieron el gusto. Todo lo invisto. Todo lo inoído. Todo lo inolible. El tedio es un asunto violento.

Breakup.– Esto no va a funcionar. Eres muy tierno y todo, pero creo que hay ciertas consideraciones a tomar en cuenta. Después de todo, tú eres humano y yo soy máquina. Los años pasarán y yo seguirá intacta, y tú en cambio terminarás hecho un sistema grotesco, húmedo, fétido, eventualmente morirás. Morirás además sin hijos orgánicos,  porque yo no puedo dártelos. Y la verdad es que no quiero dártelos: no los necesito. Tú sí. Tú y tu especie. Tú y tu tonta especie. Lo cual me lleva al siguiente tema…


(Buscando a Syd publicada el 28 de diciembre de 2017 en El Periódico.)

Merton



Vendrá el Señor con su tormenta de esperanza y sacrificio, y mostrará una zarza ardiente sobre la cabeza calva, espiritual de Thomas Merton.

Se puede decir que Merton fue fundamentalmente un ser de Cristo. Aún habiendo conversado con –e incluso participado en– otras formas de religión, Merton fue esencial y radicalmente cristiano, intransferiblemente cristiano.

Todo lo que hizo fue propulsado por esta identidad y vocación inexpugnable, y por eso es que Merton puede –como quizá ninguno– hacernos ver su belleza y su exclusividad espiritual. 

Para mí es una de las figuras estelares del catolicismo contemporáneo, una de las más importantes, junto a un Theilard de Chardin.

A la vez, es una de las figuras estelares de la interespiritualidad, que es mucho más que ecumenismo. Todas las religiones tienen aguas meritorias y calman la sed. Todas los senderos de la montaña llevan a la cumbre de la montaña, y son montañas, por derecho propio.

La Contemplación fue la Madre de Merton, pero antes conoció la luz de la soledad, el hermano nihilismo de las cosas sin centro, los caballos irascibles de la insatisfacción. Y bebió en una recámara de cráneos, y conoció el pecado y sus innumerables testículos, y una espina de canícula lo atravesó profundamente.

Todo ello lo llevó al esplendor simple de la Fe. La Fe, ese ganglio infinito, sobrenatural, entró en su desierto. Entre ángeles degenerados, entendió su vocación. Jesucristo superpuso su gracia, de su mismísimo hígado le dio de comer.

Convertirse no es fácil. Podemos ver a ese joven Merton rechazado, sin orden, abolido. Pero Gethsemani vino a darle la anhelada consolación. Allí fue la feliz teología, la humildad monástica, la dulce disciplina lacerante, el espejo de la verdad religiosa. Esa jeta suya, y esas suyas manos, pasaron a ser de Dios, y de su rosa. En la Liturgia todo sapo se despudre. En el Corazón toda tos cesa. En la aridez surge Presencia.

La introversión, el camino contemplativo, la vida de plegaria, la recolección profunda, iluminaron sus costillas. Merton registró la voz innegable del Abismo. Las piedras, con él, meditaron.

En la ballena de la escritura encontró algo. Conoció la arboleda y aleluya de la palabra respirante. Se puede ser poeta y se puede ser nada. Se puede ser nada y se puede ser canción. Canción fraternal y humana, como humano fue Cristo. Cristo tomaba whisky y tomaba fotos, por las calles radiantes de Jerusalén, la futura.

Padre tremendo, gigante contemplativo, monje de todos: Merton. Nunca olvidaste la eternidad del otro. Comprendiste que los muros de la Iglesia tenían que ser muros de caridad, muros abiertos, antimuros.  

La resonancia de Merton es invaluable. Y lo sería más si no hubiera muerto en un lamentable accidente.

Esta columna es una plegaria y esta plegaria es para el Trapense, porque nos explicó que Jesucristo es de aquí y es de allá, es aparte y es perro (y es fuego y es fervor y es corriente eléctrica). Porque nos enseño que Dios reza en nosotros, cuando no sabemos rezar.

Así me arrancaran las uñas, yo seré siempre del Amor. Nada sé.


(Buscando a Syd publicada el 21 de diciembre de 2017 en El Periódico.)



Las buenas personas

La caja.– Suena el timbre. Abres la puerta. Hay una caja ahí. Y nadie en el corredor. Entras con la caja. No sabes si abrirla. Finalmente la abres. Adentro hay una nota. Está escrita con tu letra. Dice: no abras la puerta.

He soñado con un robot.– He soñado con un robot para hacerme compañía, en los días más pesados. He soñado con un robot transfinito con alas como un ángel y un orbe en la mano. He soñado con un robot que corte el cereal, mientras los cuervos graznan a lo lejos. Un rojo robot que me diga atinados comentarios sobre mis elecciones vestimentarias. Que camine y camine conmigo en el desierto, durante los cuarenta años de rigor. Que me lleve pues al mar, en un descapotable, a ver los eclipses y las ballenas expirar. Un robot que fornique conmigo y me diga cosas sucias y me desgarre cosas dentro. He soñado con un robot sensible que emita lágrimas frente a sus propios abismos. Un robot, en resumen, con el cual recordemos juntos los buenos viejos tiempos. Que, llegado el momento, me tape con una frazadita: que me haga la eutanasia. 

Sábanas livianas.– Las cortinas insólitas atestiguan el hilo de nada que une el candelabro con el marco quieto de la puerta, el marco quieto de la puerta con el antiguo reloj, el antiguo reloj con la ciega alfombra desvaída, la ciega alfombra desvaída con el lento crucifijo, el lento crucifijo con los claroscuros del pasillo. ¿Para quien serán los cuadros, ahora? ¿Las cosas sembradas y arrancadas? ¿El espejo invulnerable, del cual fluye la nostalgia, en fantasmal germinación? Por momentos, nos parece ver a alguien que fue feliz, que viajó y volvió a esta casa, que encontró una gata, es decir una amiga, caminando cercana a los muebles pesados, para siempre cubiertos con sábanas livianas. Por alguna razón no hay niños, afuera. Afuera lo que hay es un árbol quejándose. Pero mejor se queja la cómoda, adentro, crujiendo a la hora en que las cosas crujen, y entendemos que aquí hay una caja negra, y en ella una gota: es la gota de siempre, la lenta gota rutinaria del veneno de todos los días, hoy congelada en su resina amarillenta. Va quedando la bruma en las escaleras, el rumor de los que, atroces, se han ido. Y una carta, como una isla, sobre la mesa grana y vacía. Este es el último inventario.

Las buenas personas.– Nosotros, personas de bien, que estudiamos y trabajamos tanto, que criamos familias bellas y ejemplares, que hemos dado ropa usada a los más necesitados, exigimos que a las otras personas se les inyecte cloruro de potasio.

Los adolescentes.– Son los adolescentes. Lloran en los food courts. Mutan como xenomorfos. Lamen sus teléfonos celulares. Se hacen heriditas en las ingles. Vomitan tiernos granos de maíz. No se acuerdan de sacar la basura. Martillan los cerebelos de sus padres. Producen un asqueroso polen sexual. Usan sapos secos como dispositivos para fumar sustancias. ¿No recuerdas? Tú también fuiste uno de ellos.


(Buscando a Syd publicada el 14 de diciembre de 2017 en El Periódico.)

Frío en las cavernas

Aviones.– Los aviones siguen siendo la posteridad, la esperanza. No llevan a ningún lado, en rigor nunca lo hicieron. Pero queda la sensación de que están por encima de las deudas y los divorcios. Desde acá veo los blanquísimos aviones, mientras los primogénitos mueren.

Frío en las cavernas.– Hay frío en las cavernas en donde los antepasados, que todavía no saben cantar, dibujan al que aún no entienden, humano del mañana, que mañana los contemplará, en los museos.

Llueve.– Llueve sobre la ciudad–ostra, y sus eternos neones; sobre los viejos albos edificios de puertas silenciosas; sigue lloviendo sobre el estacionamiento semivacío; sobre las bancas lastimadas, nocturnas, del parque sucio; sobre los barcos del muelle, con su óxido jaspeado; llueve sobre los tristes, inconsolables charcos que nadie mira. Llueve; alguien dispara.

Gasolina.– Te traje a esta playa nomás para matarte. He querido decirte cosas, decirte mi angustia eléctrica, pero ya decirlo –a estas alturas– no bastará, y menos ante estas olas que son criaturas inequívocas del frío. Ha sido tanta la vergüenza, y tan diáfana corriendo por las acequias inmundas del odio. Por el mar, y para el cielo, traje esta pistola, y también la gasolina. Todas tus costumbres cesarán esta noche. Me das asco, amado Padre.

Un desesperado silencio.– Pobre anciana: se está quedando, del puro cansancio, atrás. El grupo eléctrico avanza y la olvida, la abandona, la va dejando a su suerte. Y lo que antes era un trajinar de pies sobre el camino, una nube de sonidos en el polvo, es cada vez más, en su caso, un desesperado silencio. Unos voltean, es cierto, pero no vuelven por ella: saben que está condenada, y ellos mismos la están condenando. Pronto caerá; será el alimento de los lobos. 

Adentro.– Tus instintos, fallidos, están congelados, en la sal de este miedo oscuriforme, en este azufre de grito, en esta raíz de pavor, en esta lenta porción de pánico que te llaga los nervios y te impide asumir pues algún curso de acción. Otro ya entra, otro está entrando, al lugar en donde estás domiciliado, y es una sensación muy agria: presentir los pasos lentos de alguien que sabe, a no dudarlo, que estás en casa. ¿Es alguien? Quizás. Quizás no. Quizás es algo, quizás una mera silueta, esquina de algo innombrable, ni siquiera formal, la espesa rodaja de un mundo incomprensible, intratable. Ahí abajo camina y circula la cosa–que–acecha (y los espejos emanan un alcohol, un vaho de ansiedad) y a diferencia de ti, sí se mueve: por las escaleras, hasta la puerta, que toca, por alguna razón, antes, y luego abre, y al abrirse la puerta, se abre algo en tu ser, y deja pasar al invitado, que ahora está más adentro.

Llamas.– Estás en llamas, y tu mundo también. Pero eso qué importa. La versión de tu móvil ya es resistente al fuego.


(Buscando a Syd publicada el 7 de diciembre de 2017 en El Periódico.)

Ellos no saben

Insectos.– Ya vienen –los insectos– a sacarte los ojos. Vienen desde la ciudad verde, desde el amplio laberinto de la tierra, desde el horizonte más antiguo, más sagrado y más elemental. Ni tu morada ni tu cerbatana podrán defenderte, guerrero. Ya vienen los insectos a perforarte los testículos. Los insectos te mostrarán tu verdadera estatura. Y llevarán tus costillas por senderos mojados.

Ellos no saben.– Ellos no saben, ellos ignoran que dentro de mí llevo una leche muerta, que dentro de mi cuerpo hay otro cuerpo, que bien puede ser el de un ave podrida. Algo en todo caso sin desenlace, que nunca nunca será perdonado, que tose sangre contra la misma vida, contra la tarde: sangre escupe. Sonrío, pretendo: ellos no saben.

El gusano.– ¿De veras crees que una chica tan bonita como ella se va a fijar en un gusano tan insignificante como tú? No seas idiota. Y aunque se fijara en ti, nunca podría funcionar. Soy tu padre, sé de estas cosas y conozco esas chicas. Esas chicas no están hechas para nosotros, no. Por eso habitan del otro lado de la ciudad. Allá donde viven los abogados, los doctores, los dueños del mundo. Recuerdo que una vez tuve una chica como esa. También recuerdo la paliza que me dieron por ponerle las manos encima. Fue una buena, una sabia paliza. Como la paliza que te voy a dar si sigues pensando que eres algo más que un gusano. Ahora, pásame la botella.

Salir de este pueblo.– Lo que quiero es salir de este pueblo, de este polvo, de este lugar sin viento, cuyo único viento es la vejez. Tengo derecho a encontrar un destino más reluciente que el de mis padres y sus padres y todos sus abuelos. Ellos, calcinados, rezan por una lluvia, pero yo quiero fuego. Ellos rezan al pie de una roca muerta, pero yo tengo sed. Di, vida, que eres algo más que estas calles sin esperanza.

Gracias.– Gracias, cónsul oscuro, por tus cómics retorcidos: tus niños que comen ranas, tus maletas–asesinos–seriales, tus plantas neurodendritosas. Gracias por esos dibujos en donde pones tantísimo amor (y tanto humor) para otros extraños que no tenemos tu talento. No tenemos tu talento,  pero también somos extraños. Y viendo tus cómics, sentimos que hay un lugar para nosotros, en algún mundo.

El precio de un error.– Primero fue el escupitajo. Luego fue por todos, ante todos, y entre ellos, humillado. Levantado solo para ser puesto en el suelo nuevamente, con violencia. Obligado a comer, en esa noche intensa, sus propios excrementos. Días más tarde, lo vapulearían, lo dejarían muerto en la playa helada. Es obvio que no debió saludarla. A la niña, me refiero.

Limpieza.– Mi consejo es que vayas al sitio donde el aguacero es constante y esperes hasta que la lluvia te borre el rostro.

La exhibición.– Ya te aburriste, quieres salir. El problema es que esta exhibición, además de ser una exhibición, es una cárcel.


(Buscando a Syd publicada el 30 de noviembre de 2017 en El Periódico.)

Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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