'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Gt (34)

Si queremos ser un país heroico, hemos de convertirnos en un productor de libertades.

Hablar de libertad en un texto tan contenido como este es una completa estupidez, si uno considera cuántas fórmulas y nociones de libertad para empezar existen. Me arriesgaré a dar igual una definición cercana a mi forma de pensar. Para mí la libertad es todo espacio sostenible de creatividad que produce posibilidades vitales y conscientes para el individuo y su contexto. La auténtica libertad reúne y habilita la mayor cantidad de perspectivas disponibles en cualquier momento dado, y está siempre abierta a la perspectiva de reunir más. Allí lo tienen.

El mayor problema con tratar de definir la libertad, es que rapidito se encuentra uno con detractores de uno y otro lado. Por caso, el valor de la libertad visto desde la derecha no es igual al valor de la libertad visto desde la izquierda. Son dos libertades, dos sensibilidades genéricas tan distintas, que parecieran contradictorias. A menudo colisionan (un ejemplo ideológico habitual en nuestro país es el de libertad de locomoción versus libertad de protesta). Para las personas como yo, que no poseen en exclusividad ninguna de las dos membresías citadas, la cosa se pone desde luego muy delicada.

El enfoque al cual me adhiero –el kenwilberiano– establece que ambas posiciones son verdaderas, pero solo parciales, y por tanto deben complementarse. Di en el pasado mi entendimiento al respecto en una columna llamada Integral en donde escribí: “Todas las visiones políticas tienen en ellas, en su modalidad saludable, un valor y una razón legítima de ser. Solo podremos salir de esta crisis en la medida en que podamos honrar de modo simultáneo las múltiples perspectivas del paisaje del poder.”


(Columna publicada el 25 de septiembre de 2014.)

Gt (33)

La responsabilidad abre el camino a la autonomía y la libertad maduras, a la justicia y la rendición de cuentas, a la vigilancia y a la enmienda.  

Por supuesto, es un valor que siempre hace un poco de ruido. Es normal: hemos convertido la responsabilidad en la caricatura de la responsabilidad: el troquel parental es motivo de toda clase de sospechas.

Pero sería igual de sospechoso caer en el otro extremo: el de la irresponsabilidad, el de la negligencia, el de la desidia, el olvido, desorden, impunidad, y abandono. Todo eso que supone vivir al margen de los deberes, los cargos, las obligaciones, los compromisos, las equidades, los respetos, los ordenes, las atenciones, las leyes y los karmas, como no sea los inmediatos y los que nos convienen y los que nos permiten abusar endogámicamente del otro. ¿Quién ahora está pensando a cincuenta o cien años plazo?

La responsabilidad, como metavalor, trae consigo una miríada de responsabilidades subalternas, en tantísimos ámbitos: laboral, fiscal, ambiental, comunicacional, genital, etc.

Por demás, hay distintos órdenes de responsabilidad: para empezar está la responsabilidad individual, la responsabilidad familiar, comunal, nacional, global y, bueno, la universal. La cuestión de trabajar con vista a círculos crecientes de responsabilidad es crucial. Es decir que la responsabilidad limitada es peligrosa, y trae inevitablemente una guerra de perspectivas.       

Por tanto, cualquier responsabilidad local deberá ser comprendida en un orden más grande de responsabilidad y gobernabilidad; correlativamente, las responsabilidades abstractas deberán encarnar en lo inmediato.

La responsabilidad, siendo de todos, no puede ser comprendida en realidad sino como radicalmente propia. Es decir que no podemos pedir responsabilidad sin comprender que esa responsabilidad es más que nada nuestra (o seremos iguales a esos judíos revolucionarios de Monty Python en “La vida de Brian”, que solo hablan, se indignan, nada hacen). No podemos pedir responsabilidad sin dar el ejemplo de la responsabilidad.

Pero no caigamos en el moralismo, no caigamos en la rigidez, no en el legalismo, ni en la hiperestesia jurídica. Y mucho menos en el dogmatismo jihadista o violento. Tampoco caigamos en la codependencia: hacer por otros lo que estos son capaces de hacer por sí mismos.



(Columna publicada el 18 de septiembre de 2014.)

Gt (32)

Antes dije que tenemos una propiedad afable, amistosa, compañera. Me permito agregar que menos mal: de otra manera ya habríamos sido devorados por completo por la indiferencia, la rigidez, la aspereza, la crítica, la violencia parasitaria.

Aquí hablaré del valor relacional y suavizante de la sensibilidad, vinculado a otros valores como la humanidad, la deferencia, la empatía, la vestal delicadeza o la ternura. Sin educación no hay sensibilidad: la educación e información producen sensibilidad.

Es nuestra sensibilidad la que nos permite estar en conexión –abiertos y receptivos– con el entorno, no solo desde el punto de vista sensorial, sino además afectivo y cultural. Y desde luego sensibilidad también quiere decir imaginación. Consideremos que una sensibilidad plena siempre toma en cuenta la persona como la comunidad.

La sensibilidad social ha sido, en nuestro país, y en gran medida, patrimonio de la izquierda. Estamos hablando en corto de la solidaridad (que es femenina y horizontal) y los derechos humanos. Otro gran aporte de la izquierda nacional ha sido el de la sensibilidad en términos creativos. Así, por ejemplo, muchos de nuestros mejores escritores han sido –abierta o matizadamente– de izquierda. Si no fuera por esa esencial sensibilidad de izquierda, nuestra literatura y seguramente nuestro proyecto intelectual todo estarían en bancarrota.

Pero la derecha también tiene su propia sensibilidad, a veces; estamos hablando del respeto, por el individuo y estamental, una forma de sensibilidad quizá más vertical y masculina. Ese respeto se traduce políticamente como estado de derecho, que a mi modo de verlo es una agenda muy importante, a condición que no lleve una agenda escondida.

La sensibilidad es importante, pero a veces se manifiesta como debilidad en el tóxico sentido de la expresión. A veces somos demasiado blandos: no tomamos las riendas de nuestro destino histórico. A menudo pecamos de hipersensibilidad (por ejemplo, la hipersensibilidad septembrina, nacionalista) y pronto caemos en el folletón victimista. Tanta sensiblería y tanto drama no nos llevarán a ningún lado.


(Columna publicada el 11 de septiembre de 2014.)

Gt (31)

En otras secciones, hablamos del compatriota esperpéntico, irreverente, lúdico, pícaro, riente, energético, relajado, no morigerado, desacralizador, recursivo y juglar. Estamos hablando de lo chispudo en contraposición a lo aguambado.  

El ingenio es a no dudarlo un valor de los nuestros. Ya sublimado, es un valor que podemos llamar mejor así: creatividad. Por cierto, no negaremos que hay guatemaltecos lentos, gerontes, idiotas y subnormales, que se sienten en casa cuando están en un estado avanzado de sopor sináptico, pero eso no quita que exista una cepa colectiva de connacionales más  o menos agiles. No sé si seremos alguna vez un pueblo de sabios, pero podemos arreglárnoslas como comunidad artesanal de pequeños creativos.

Admito que estamos bloqueados la mayor parte del tiempo, pero es que todos aquí se pasan el valor del talento por el culo. No existen las estructuras ambientales conducentes a la libertad imaginativa, en los ámbitos técnicos o liberales, conceptuales y pragmáticos. No estimulamos, en las escuelas, la creatividad radical ni las conexiones fluidas de significado. No reconocemos ni elevamos las múltiples inteligencias humanas. Nuestra facultad de aprender y revelar nuevas penínsulas de realidad está completamente desamparada. Tampoco estamos listos para crear mecanismos de fertilización cruzada y menos a entrar en la lógica del open source.  

Sobre todo no sabemos separar la creatividad del campo de lo creativoso y lo chapucero. Es lo que yo he llamado antes la dictadura de la ocurrencia, notable en las redes sociales y las agencias de publicidad. Eso de  reducirlo todo a una degradada ingeniosidad, aérea o inoperante, o peor aún, a un chiste, a una completa chingadera.


(Columna publicada el 4 de septiembre de 2014.)

Gt (30)

Hay eso en nosotros: la sumisión, la inercia. Cedemos a los poderes genéticos locales con entera disposición. Hemos sido amaestrados, puestos en una cruda silla de ruedas.

Para contravenir una suerte de indolencia que nos distingue, proveniente tanto de nuestro lado tradicional como mediador, creemos indispensable reivindicar el valor de la lucha.

Tampoco es que sea un valor arbitrario. Aunque no ha brillado siempre como quisiéramos, de hecho tenemos un carácter luchador. Ya explicamos antes con suficiente detalle (Gt 10, 11 y 12) lo mucho que los guatemaltecos tenemos de guerreros–guerreras. También explicamos como hemos pervertido y canibalizado nuestra noción de combate, y nos hemos convertido en opresores, en unidades de furia y estructuras de aplastamiento.  

La palabra lucha es equívoca, y de esa manera puede animar el conflicto grosero. Pero la dejo como tal, por ser una palabra epico–lírica, y porque quiero insistir en legitimar los conflictos y tensiones de orden creativo, y reivindicar la nobleza de algunos combatientes inspirados.

Por lucha hay que entender resiliencia/resistencia y sano enfrentamiento. Deberá ser una batalla despierta, inteligente. Por demás, creemos plenamente en la diversidad confrontacional: en el gran mosaico de la lucha. Cada cual tiene una conexión con aquella revuelta que le resulta más cercana. No podemos criticar a los defensores de los animales por no defender más bien a los niños hambrientos. Que cada quien luche en el territorio que le resulte más natural, que mejor lo inspire. Que ninguno jerarquice ni legisle autocráticamente la esfera del compromiso de acuerdo a sus propios valores absortos.

No se trata, por supuesto, de crear antagonismos estúpidos,  peligrosas polarizaciones. De haber una crisis de peso, más vale que produzca una nueva claridad cultural, un nuevo nivel de inmunidad psicosocial, un salto evolutivo contundente para uno y para todos. Por otro lado, hay agendas compartidas: la lucha contra la impunidad, por ejemplo, o la lucha, aunque suene conceptualmente contradictorio, por la paz, por un estado pacificado.

Quisiera añadir que lucha también quiere decir esfuerzo, trabajo. Muchos guatemaltecos, de distintos registros ideológicos, convienen en eso: que hay que bretear. Pero ojo: no es cuestión de bretear como borregos o como esclavos –para sostener el statu quo y los intereses narcisistas– sino para emanar sistemas crecientes, más complejos de bienestar. 


(Columna publicada el 28 de agosto de 2014.)

Gt (29)

Nada hay de malo en la inocencia. Nada malo hay en el asombro, que libera las fuerzas pivotales de la curiosidad y la imaginación. En la inocencia hay un gran poder.

Siempre hay entidades que quieren hacernos dudar de todo, y devolvernos a un comportamiento paranoico–bestial. Seres mórbidos y contraídos, bandoleros al servicio de la ansiedad, agentes del terror molecular. Fueron ellos quienes trajeron la era de lo clausurado y la doctrina de la suspicacia abismal al país.

Hay una ley: el temor crea lo temido. Y nos hace responder a cualquier situación de la peor manera posible. Así es como generamos toda clase de perversos cagadales, conceptuales y prácticos. La paranoia es un parásito psicosocial muy resistente y muy poco refinado, y en este momento nos está hartando vivos.   

Urge desintoxicarse de la aprensión. Urge regenerar el tejido de la confianza. Restaurar la convicción. Lo asombroso es que todavía exista en esa carne trémula nuestra un resto de esperanza, autoestima y de carácter. Es hora de restablecer la total amplitud de nuestra asertividad y nuestro coraje. Lo cual supone intervenir el proceso de autocrítica tóxica, que divide nuestro capital intersubjetivo en mil pedazos. La baja autoestima es un cáncer de escala, en nuestro comportamiento nacional, y nos hace temblar por todo.

No es cuestión de volvernos temerarios y tampoco supersticiosos o fanáticos (todos odiamos a los fanáticos, sean creyentes o escépticos). No es cuestión de abdicar nuestra racionalidad, nuestra crítica o nuestra cautela. Ni de hecho renunciar a nuestra duda o nuestro miedo (son inteligencias). No tiene ningún sentido adoptar –ciega, dogmáticamente– dioses, deontologías o explicaciones. Solo estoy diciendo que, en la religión, en la ciencia, en la política, en todo, hay que abrirse al misterio y las posibilidades.

Levantemos los ojos, y veamos el firmamento, pues nada hay más repugnante que un cerdo sin sensibilidad vertical, sin un sentido profundo de admiración. Y luego miremos a los lados, en búsqueda del diálogo sempiterno con las cosas y con los seres. Algunos nos quieren pisar, es cierto. Pero no todos.


(Columna publicada el 21 de agosto de 2014.)

Gt (28)

Unos pueblos requieren más identidad que otros, o de lo contrario tienden a perderse en un limbo espectral, se desintegran en un maelstrom de autorepresentaciones, mueren en la batalla de las diferencias. Nuestro pueblo tiene una gran sed de identidad.

Para no entrar en una suerte de esquizofrenia disgregadora, necesitamos un espejo, una forma de reconocernos a nosotros mismos, y eso a través de un constructo unificado de pasajes geográficos, rituales económicos íntimos, productos simbólicos, etc. Más que nada, la identidad tiene un efecto ecualizador: todos somos iguales en relación al contexto cultural profundo que nos recibe.

La identidad es una pulsión generalizadora, pero a la vez distintiva, singularizadora. Permite a los miembros de una comunidad relacionarse consigo mismos, pero también con los otros como otros. Quien posee una identidad firme, reconoce y valora la identidad ajena, sin querer agredirla o succionarla mórbidamente.   

Hay toda clase de trastornos vinculados a la identidad nacional. Uno de ellos es la identidad estanca. La identidad siempre tiene que estar examinándose para no caer en una mera cáscara de sí misma, en un texto vacío. Por tanto, la crisis de identidad es importante para la identidad. El cambio cultural –esto es: la emergencia de lo inimaginable en el seno comunal– es un evento trascendental. La identidad es memoria (origen, respeto, tradición, historia, legado) pero también futuro (autenticidad creadora y quiebre). La identidad, o gramática colectiva, es sana cuando se nutre de alteridad, y no pretende haber agotado metafísicamente sus códigos.  

Estamos hablando de una identidad estable, pero viva. Una identidad que no cae en el vicio de la uniformidad y la alienación de sus miembros. No es como que vamos agarrar el machote liberal o maya o el que sea y vamos a colocar a todos allí dentro. Por demás, hay formas de identidad muy, muy baratas, como de plástico, como hechas en la factoría más putamente deshonrada de China. Así pues, identidad no equivale apenas a un vulgar anuncio de cerveza.

La identidad sana es más bien como un plexo común de diversidades que se sienten cómodas en un mismo espacio abierto.


(Columna publicada el 14 de agosto de 2014.)

Gt (27)

En términos genéricos, al guatemalteco no le calzan muy bien los extremos. Siempre que desea jugar a extremista, a figurante, le va mal, termina en caricatura, aunque no se dé cuenta.

La primera estructura moral que vamos de esa cuenta a inspeccionar se llama “equilibrio”, se llama “ecuanimidad”. En efecto, vivimos en un hervidero, en una torrentera de trastornos: financieros, ecológicos, etc. Es hora de volver al propio centro. De allí podremos absorber el flujo de nuestras diversísimas actitudes y realidades culturales sin dar la espalda a ninguna o sobredimensionar a cualquiera.

Véase el propio país como un pabellón psiquiátrico en donde los locos van dando tumbos neuróticos contra las paredes tercermundistas, y se abren unos a otros la cabeza con inauditos objetos contundentes, y los enfermeros también son parte de eso. Todos hemos perdido por completo el sano juicio. Para mientras, sobrellevamos la farsa de que somos los propietarios únicos y plenipotenciarios de la cordura y la armonía social. Sindicamos al resto de paranoicos y perturbados, pero nosotros mismos estamos más chalados que el Pelele. 

No vamos a recuperar la estabilidad hasta que aceptemos nuestra locura. Cuando me estaba tratando la adicción a las drogas, me dijeron que yo estaba loco y me dieron una definición muy simple de locura: falta de mesura.

Podemos decir asimismo que locura es darle un énfasis desproporcionado a una perspectiva sobre otras. Ecuanimidad, por su parte, quiere decir atender y respetar –sin privilegios arbitrarios– todos los puntos de vista de la situación colectiva. El modelo es integral, y es justo. Porque, después de todo, de justicia estamos hablando. La balanza no deberá inclinarse en especial para un lado ni para el otro: se inclinará para el lado que ofrezca más equilibrio en cada momento dado. Se entiende por demás que el medio de una situación no siempre es el medio.

Flexibilidad y dinamismo son muy importantes. El funámbulo nunca está quieto. Si deja de aplicar movimiento –por muy sutil que sea– cae. En ese sentido, no hay nada más vivo, y excitante, que la sobriedad. Un sistema fuera de balance está condenado a la desertización y la rigidez. Y la rigidez, como se sabe, es el maquillaje de la muerte. 

Otra cosa: equilibrio no significa medianía, mediocridad, apática neutralidad. Curiosamente, el equilibrio nos da la capacidad de meternos a las situaciones más increíbles, tumultuosas y desproporcionadas, y salir intactos, sin derrapar.

El equilibrio nos da, paradójicamente, el poder de la desmesura.


(Columna publicada el 7 de agosto de 2014.)

Gt (26)

Si me preguntaran cuáles son los valores que más pueden ayudar a  Guatemala a ser lo que potencialmente es, a ser lo que su ser le pide que sea, y a serlo mejor, yo pondría en la mesa los siguientes: el equilibrio, la identidad, la confianza, la lucha, la creatividad, la sensibilidad, la responsabilidad y la libertad. Todos en realidad vienen a ser metavalores, de los cuales se desprende una miríada de subvalores.

Son varios, y no es para menos. Estamos hablando después de todo de un país completo: una vasta estructura de pulsiones morales. La idea siendo ser sintéticos pero exhaustivos, en un arco amplio de energía ética que pueda beneficiar toda clase de situaciones locales. Importante que estos valores trabajen en conjunto, o se dará un desequilibrio. Estos mismos valores, aislados, son limitados, tal vez irrelevantes, a veces peligrosos.

Es claro que pudimos haber escogido otros nombres para los mismos contenidos éticos. Hay muchas formas de nombrar lo mismo. Pero aquí no es cuestión de hacer piruetas. Además, estos nombres seleccionados, siendo tan generales, son buenos nombres, sólidos, bellos, precisos. De otra parte, los nombres importan y no importan: importan las virtudes.

Los valores escogidos no coinciden exactamente con mis valores individuales, ni coincidirán con los de muchos otros individuos guatemaltecos (o subgrupos de guatemaltecos). Así pues, no hay que confundir la axiología particular con la axiología común. Es cierto además que cada cual irá dándole su coloración personal a los valores de todos. Esto es muy importante: los valores, aún los colectivos, no deberán uniformarnos.

Estos valores propuestos son los que, en mi humilde opinión, pueden ayudar a los llamados chapines en tanto que colectividad genérica a salir del laberinto nacional, siempre que no sean usados de un modo pervertido o caricaturesco.  

Luego me voy a encargar de analizar en corto estos valores. Seguro que diré cosas que parecerán incorrectas, incluso escandalosas. Pero como se dice: hay que mojarse el culo.


(Columna publicada el 31 de julio de 2014.)

Gt (25)

No explicaré aquí lo que es un valor, lo que es una ética, no acabaría. Me limitaré a decir que los valores son las estrategias que estructuran nuestra más elevada operatividad y dignidad. En términos nacionales, los valores compartidos hacen posible que el individuo armonice con su entorno, y que el entorno armonice consigo mismo.

Son necesarios para darle al proyecto nacional cohesión y lealtad cultural, para que no estalle en pedazos y celdas de caos. Los valores configuran un territorio interior y conductual a la vez dinámico (pues estamos hablando de principios abiertos y creativos) y metahistórico (pues no está basado en meras respuestas coyunturales).
             
Cosas extrañas, los valores: siendo subjetivos, relativos e intangibles también tienen una realidad cultural medible. Siendo productos ideales o espirituales también poseen una dimensión práctica, y están llamados a catalizar y generar acción concreta. Median entre la identidad y la conducta, entre lo que somos y lo que hacemos, dándonos una pauta de congruencia entre lo interno y lo externo, entre lo individual y lo colectivo.

También es correcto decir que los valores son puentes entre la identidad potencial y la actualizada. Los valores confirman en el dominio de la experiencia nuestra naturaleza cultural abstracta: no solo la reflejan, además la construyen, dinámicamente.
           
La idea sobre todo es dar con un código de valores que puedan ayudar a sanar y elevar nuestra inteligencia colectiva, nuestro capital ético–nacional, y rindan al país consistencia y dirección continuas.

Buscamos valores que le funcionen a todos los sectores e idiosincrasias del país. Habrán valores más cercanos a unos guatemaltecos que a otros: lo imprescindible es que la lista le funcione globalmente a todos. Por demás, habrán valores más masculinos, por llamarles así, y otros más femeninos, por así llamarles.


(Columna publicada el 24 de julio de 2014.)

Gt (24)

Y ahora, cabalmente, hablaremos de valores, y por valores entendemos aquí valores compartidos. En realidad, da penita en cierto modo hablarle a la gente de valores, pero por otro lado la gente siempre parece olvidarlos, convenientemente. En especial hoy es un tópico difícil, con tantas comunidades de madréporas posmodernas desconfiando de las agendas axiológicas, por juzgarlas del pasado, ridículas y de mal gusto. 

Por supuesto, no estamos hablando de un panfleto catequista para evitar el vicio y el fornicio. Queremos resaltar algo muy serio, y es que sin valores el barco titulado Guatemala se va a hundir, o ya se hundió. Se precisa actualizar y orientar afirmativamente nuestros energías primordiales por medio de un compromiso o programa de principios compartidos explícitos. Y sin embargo, no son principios clausurados o tipo fatwa, ni tampoco pseudobjetivos o esencialistas: en cuyo caso hablaremos de los valores como principios abiertos. Son principios, pero sin ninguna pretensión objetiva radical.

No queremos caer en la arbitrariedad ética, pero tampoco queremos caer en el fascismo. Estos valores nacen de las propias propensiones. Cuando no trabajamos con cualidades orgánicas de la cultura, con valores de veras propios, la cosa vuelve morosa, enajenante, incoherente y desacertada. Rectitud no siempre quiere decir integridad. Integridad más bien es la rectitud de lo auténtico. La cosa es trabajar con lo que somos, como somos.

Es decir que para que estos valores o inteligencias nucleares sean reales han de nacer de la idiosincrasia profunda del país, que he venido investigando. Será imposible para el lector entender por qué voy a elegir determinados valores sin haber leído lo segmentos anteriores de esta reflexión en progreso, sin haber recorrido pues el camino entero. Siempre está a tiempo de recorrerlo.


(Columna publicada el 17 de julio de 2014.)

Gt (23)

La propuesta es que botemos la estatua de Tecún Umán, y pongamos una estatua de los gemelos divinos, los hermanos Hunahpú e Ixbalanqué, hijos de Hun–Hunahpú y la doncella–virgen Ixquic.

Cazadores y pendencieros sagrados, son ellos quienes nos han regalado nuestro mejor relato heroico.

Podríamos buscar durante milenios en todo el paisaje cultural maya, colonial, criollo, mestizo y posmoderno, y no encontraríamos mejores héroes que estos héroes que ganan sus batallas jugando, con inocencia, ingenio, coraje y humor. Y en tándem: juntos pues.

No son el tipo de superhéroe fornido, sacrificial o ideológico. Hay que percibirlos más bien compactos, ingeniosos, ágiles, medio cabrones y difíciles de timar, porque ellos mismos son los últimos timadores, los últimos tricksters. Con estas cualidades, nuestros cerbataneros y jugadores de pelota escapan del intenso bullying de sus hermanos mayores (a quienes convierten en monos); derrotan al pretencioso Vucub Caquix; y superan las intensas pruebas impuestas por los Señores Neuróticos de Xibalbá (que, como se sabe, no eran buenos perdedores). Los gemelos inclusive resurgen de las cenizas de la muerte, y consiguen engañar y someter a los dioses inframundanos. Luego de múltiples aventuras de picaresca mitológica, eventualmente se transforman en el sol y en la luna, asumiendo plena divinidad.

Erijamos una estatua de los gemelos, no para copy/pastearlos, sino porque ellos nos recuerdan grácilmente los valores de la autenticidad, la integridad, la libertad y la justicia. Sin esta clase de valores, no sobreviviremos a nuestra propia historia. Valores como estos son los que nos hacen héroes.


(Columna publicada el 10 de julio de 2014.)

Gt (22)

En este estudio general de nuestras propensiones he pecado de algo: he analizado más que nada las sombras de estas propensiones, y no sus luces. Pero como dije en algún momento estas propensiones no son en su origen ni buenas ni malas. Bueno es cuando usamos una determinada pulsión para elevarnos. Malo es cuando tomamos la misma pulsión y la contaminamos con una agenda ambigua o corrupta.

Eso aplica al hecho de ser conservador. En efecto, ser conservador es un hecho neutral, que a partir de allí puede manifestarse de modos sanos o insanos.

Un modo insano de ser conservador es cuando lo tradicional deriva a lo clónico, a la copia despersonalizada y al copy/paste.

Vivimos en una cultura que se limita a reduplicar contenidos, a robar ideas y realidades, a repetir lo que ya se hizo. Se ha notado además que esta es una cultura que, no solo celebra la uniformidad, además castiga la diferencia, ahogando activamente cualquier asomo de instinto creativo. 

No importa si se trata de un edificio, una campaña publicitaria, un tuit, un sonido para una rola, o un compartimiento en un grupo de Doce Pasos. En este país, todo el mundo se lo fusila todo, todo el tiempo. La explicación está en la pereza, poca creatividad, en la falta de un imperativo de autenticidad. Y luego esos mismos gárrulos sin espíritu, palabreros sin substancia, indignados porque un politicastro se roba una tesis, por ejemplo, como si no fueran ellos mismos una perfecta copia de algo ajeno. Y todavía consiguen convencerse de que lo que están haciendo proviene de ellos y nadie más.
           
Solo seremos héroes cuando dejemos de copiar. No hay tal cosa como un heroísmo prestado, importado. No quiere decir que no podamos descubrir fuera del propio contexto nuestra leyenda íntima. Hay toda una cepa de heroicidad viajera, nómada o inmigrante, y algunos colocan en esa franja a Ricardo Arjona, nuestro provenzal Bilbo Baggins, en estirado.

Pero tiene que quedar claro que héroe es quien ha realizado su proceso de individuación, esto es: quien ha tenido el coraje de abismarse en sí mismo, el valor de ser lo que es. Los héroes artificiales y manufacturados no funcionan más allá de lo decorativo. Por eso no funciona el mito de Tecún Umán. Por eso y porque no es un héroe ganador, sin ser tampoco un antihéroe. Lo mismo ocurre con muchas de nuestras figuras históricas (como el recientemente celebrado Árbenz) que  residen, más bien, en el limbo, en la región abortiva de los héroes.

No quiero tirar al bebé con el agua shuca, pero sí quiero apuntar cómo muchos de nuestros idealismos líricos, remachones y regresivos están construidos sobre derrotas o empresas pasadas y fallidas, que chapuceamos tristemente.

Por supuesto, no es que no haya que conservar: ¡tantas cosas que merecen ser conservadas, en nuestro país, y para ello se requiere una personalidad conservadora!


(Columna publicada el 3 de julio de 2014.)

Gt (21)

De otro lado, hay que entender aquí que nuestra rigidez identitaria ha adoptado un carácter patrilineal. De manera que cuando nuestro espíritu guerrero –profundamente masculino– se une con nuestra intensa inercia atávica eso se traduce como patriarcado. Es la tradición de la violencia ­–resentida, miedosa, fanática, maniquea, iracunda– y nuestras mujeres son por ello las más agredidas. En general es lo que asesinamos, culturalmente: el espacio femenino, imaginativo, horizontal, de la vida patria.

En eso de la intimidad, somos totalmente subdesarrollados. Podríamos ser individuos abrigadores de tiempo completo, seres cuidadores y receptivos, pero la tradición de la agresión se ha sobreimpuesto sobre nuestra delicadeza, por un lado, y por el otro sobre nuestro sentido de resistencia y sacrificio, un rasgo muy admirable (siempre y cuando no se convierta en martirologio y autoflagelo). La violencia verticalista, unida a nuestra sempiterna indiferencia cínica, explica por qué siendo tan gregarios somos incapaces de crear movimientos, organizaciones y manifestaciones que de veras transformen el imaginario y orden social.

En esta cultura patriarcal, lo único que nos sacude y nos importa es el éxito y el poder, con su solemnidad, su falta de humor sano, su gravedad basal. Esa gravedad es el medio de cultivo de dictadores y represores y en general de tantos paisanos–Napoleones que siempre quieren llevar la razón y regimentar demagógicamente los espacios de los demás. 

Lo mejor que pude haber hecho, a los veinte años, es irme emputado de la casa paternal: no hay cosa más urgente que matar al padre. Hay personas, en este país, que a los treinta todavía cohabitan con sus viejos y viejas y hablan y actúan como ellos. Es triste y una vergüenza.

Y cuando por fin se van, los jala la (asquerosa) querencia. Es decir: nunca se van del todo.

La otra vez, estando en un restaurante (supuestamente contemporáneo) de la zona 10, me di cuenta que la música que tenían allí puesta era música de hace más de tres décadas. El puro cáncer de la nostalgia.


(Columna publicada el 26 de junio de 2014.)

Gt (20)

Conservadores somos, y de hueso colorado. Comedidos, contenidos y catequistas. Es una represión asumida y callada. Pero luego hay otra clase de represión, más explosiva y abierta, que se activa cuando mezclamos los propios credos e idearios con las más carnívoras predilecciones marciales, en cuyo caso pasamos de la prédica deprimida y desdentada a una especie de orgía enfogonada de supremacía moral y bíblica (todo lo cual aplica a lo político y lo ideológico también). Se ve que somos tan católicos como evangélicos.

¿Qué más? Cuando estamos inscritos en una línea, en un engranaje, nos sentimos perfectamente en casa, pronto incluso nos inflamos, nos abultamos lo indecible. Eso explica el mal modo de aquellos que han estado demasiado en un puesto, y lo perciben ganado. Cuántos burócratas, ratas de escritorio, funcionarios pálidescentes, y protectores públicos o privados creen que por ser parte de un sistema están exonerados de dar una sonrisa, supurando apatía o agresión. En el sector servicio, lo mismo.

Luego hay que decir lo obvio: el verticalismo en su manifestación enferma se traduce como prepotencia injusta, como opresión jerárquica, y desde luego como exclusión, en múltiples variantes: segregación económica, gélido clasismo, nacionalismo egótico, racismo tan profundo, discriminación por género y de orientación sexual. La homofobia es rampante, dando lugar a toda clase de vidas reprimidas y existencias de clóset, muchas de doble rasero.

En fin, es el guatemalteco que establece un nauseabundo sentido de superioridad sobre sus compatriotas. O, recíprocamente, un nauseabundo sentido de inferioridad, de sumisión, ya sea en relación a otros guatemaltecos, o bien a un grupo de extranjeros (por ejemplo a los gringos, como se vio en 1954).

Porque atacamos y devaluamos al otro, y porque nos atacamos y devaluamos a nosotros mismos, es que nuestra autoestima colectiva está por los suelos. Es la guerra de los estereotipos.


(Columna publicada el 19 de junio de 2014.)

Gt (19)

Seguir es lo que nos gusta: sigamos pues.

Tradiciones mayas, criollas y mestizas: las hay para todos los gustos. Nos cautiva lo milenario y lo que huele al armario de la abuela. No cambiamos mucho ni rápido, aunque para decir lo justo, cuando por fin cambiamos, el cambio es solido, no es aire.

Pareciera que el mundo del guatemalteco es uno muy definido, excesivamente estable. Incluso como ruptores somos tradicionalistas –y no aceptamos que alguien difiera de modo distinto. El guatemalteco siempre quiere redimirse a sí mismo a través de la continuidad. No hay ninguna cosa demasiado repentina en el llamado chapín: el connacional ama las configuraciones inalterables, paternales, incluso las que odia, incluso aquellas que lo tienen de rodillas. Eso le hace un ser constante, por un lado, pero por el otro le convierte en un inmovilista, y asimismo en alguien que inmoviliza al vecino. Sencillamente no le gusta que avance, incluso adora que retroceda. Lo de la olla de cangrejos es completamente real, pasa que es una analogía que a veces se utiliza tendenciosamente para alejar la crítica, y eso tampoco lo vamos a permitir. Por demás, refrenar la crítica también es una forma de ser “cangrejos”.

Añadamos que el guatemalteco es ligeramente xenófobo, en el sentido genérico de que desconfía del Otro pues trae aires de alteridad (“¡injerencia extranjera!”, exclaman, violáceos) y porque el Otro es aquel que le refleja sus propias inconsistencias. Un ejemplo: da risa, es decir tristeza, cuando el guatemalteco se pone a hablar tanta mierda de los mexicanos (más recientemente de los suizos).

Por supuesto, aquel que se atreva a salir del orden establecido será inyectado con una amarillenta dosis de culpa. La culpa heredada y colectiva transforma diabólicamente la pureza de un pueblo en un puritanismo degradado y artificial.


(Columna publicada el 12 de junio de 2014.)

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De nuestra espíritu gregario y acomodaticio se puede decir muchísimo, pero diré poco.

Diré que el guatemalteco no es de la clase de habitante ruinoso que le pedís una dirección y te devuelve un escupitajo rugiente. Muchos consideran, y yo entre ellos, que aún podemos encontrar buenas maneras en el pabellón de la convivencia nacional.

Es correcto decir que la vida urbana –la vida moderna– ha traído indiferencia, ha traído frialdad al espacio intersubjetivo. Es verdad que las condiciones de vida actuales –con sus oleajes de miedo y agresión– nos dificultan regalar una sonrisa. Estamos viviendo un momento de contracción en nuestra consciencia relacional, pero ello no tiene por qué ser algo definitivo. De hecho, pervive en el guatemalteco una cierta amigabilidad, una especie de energía considerada, y me arriesgaré a decir que, en ciertos momentos crepitantes, incluso alguna camaradería empática.

Lo malo es que a menudo esa energía brota como hipertrofiada complacencia, que por supuesto da asco; otras veces degenera en manipulación, a ratos muy ladina; o bien se transforma en populismo, en chumul, pues.   

Como ya dije, los guatemaltecos somos profundamente gregarios–vicarios–súbditos, y damos muy poco lugar al individuo, o lo que es lo mismo, al disentimiento. Al guatemalteco, ya de sí, le gusta ahorrarse a veces los enfrentamientos y las comunicaciones frontales, por su forma de ser tan retentiva, pero ello combinado con su pretensión de no desagradar, se vuelve una receta letal para la conflictividad congelada, que revienta como violencia, o encalla en depresión.

Otra cosa que he comprobado es que en su afán de quedar bien y ser aprobado por el otro, o de impresionarlo, el guatemalteco gustosamente se transforma en un charlatán, en una cotorra.


(Columna publicada el 5 de junio de 2014.)

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Si bien lo matizamos a ratos con cierta pulsión conciliatoria, nuestro humor puede lo mismo llegar a ponerse muy pesado. De que nos pasamos, nos pasamos, con eso de la sátira: nos resulta fácil caricaturizar hasta la crueldad, hasta la más pura mierda indiferencia.

Insoportables ya éramos, pero algunos nos pusimos más insoportables el día en que la posmodernidad atracó en la república bananera. Despertó en nosotros la ironía más ramera que nuestros axones neurales jamás habían procesado. El chiste neurótico, la irreverencia sin amarras, la procacidad orgiástica, el memenazismo, justificado por el relativismo–cocaína. Escribí algo al respecto en una columna llamada Humores que matan (disponible en mi blog de Buscando a Syd).

Me autocito: “Bromeando olvidamos que esos asuntos que tan ramplonamente convertimos en bufonerías chafas son de vida y muerte. Y así vamos manchando nuestra ironía de sangre”.

Una cosa que me deja perplejo es como los guatemaltecos toman a broma lo que viene en serio, y en serio lo que viene a broma. Y la capacidad que tenemos para devaluar, todo el puto tiempo. Ni se le ocurra a Vd. celebrar o admirar a un tercero. En ese mismo momento será acusado de complacencia y compadrazgo, y puesto en el patíbulo de la ridiculización pública. También es ridiculizado aquel que busque un poco de profundidad en la vida, de honor y de palabra. Todo eso es fuente de grandes risotadas, para empezar en la mesa.

Lo único permitido es el chisme y la farsa. Farsantes somos una buena fracción de la extensiva chapinada. Por farsante y por fulano es que yo me pongo a escribir de virtualmente cualquier cosa, sin saber nada de ninguna. Es, ya expliqué, un instinto de sobrevivencia literario.

Pues sí. Vivimos en un país pequeño. En un país bufón.


(Columna publicada el 29 de mayo de 2014.)

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Bretea el lazarillo, porque ni modo, pero también le fascina el peluche. Nuestra morosidad nacional viene sintetizada en una expresión cósmica guatemalteca, que todos conocemos: “Fíjese que”.

Usted va a recoger un mueble al tapicero, y el tapicero le dice: “Fíjese que”. Usted va con el mecánico, y el mecánico argumenta: “Fíjese que”. Usted le pide cuentas al marido, y el marido responde, el hijueputa: “Fijáte que”.           

Huh.

Cínicos, malhablados, impuntuales, parasitarios, chapuceros, y sobre todo holgazanes. Escatimadores de esfuerzos y recursos. Expertos en salvoconductos y justificaciones. Ya sé que antes había dicho que tenemos algo de remachones. Pero como yo lo veo, somos huevones y jornaleros al mismo tiempo. Es otra de nuestras contradicciones identitarias, salvo que en eso de la identidad no hay contradicciones.

Lo lazarillo y lo payaso. Hermoso mosaico bufón el nuestro, hecho de teselas en forma de guasa pulida. ¿Han escuchado a los contadores de cuentos de Zacapa? ¿Leído alguna vez a Marco Augusto Quiroa, al increíble Monterroso? ¿Analizado la capacidad que tienen unos compatriotas para poner apodos (aquí recordé a Marco Antonio Flores)? ¿Visto los memes de los chapines, tan idiosincráticos? Aún recuerdo aquel sagrado momento cuando, siendo un ichoco de cerebrito inocente, abrí por primera vez una Extra, y, ah, recibí esa esplendente guaca visual/verbal, en todo su octanaje.

Por supuesto hay que mencionar la Huelga de Dolores, muestra total de nuestro genio chocarrero; a mi forma de verlo, el desfile bufo es un evento extraordinario y único en el mundo, con todas las críticas que uno pueda realizarle.


(Columna publicada el 22 de mayo de 2014.)

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Algo así: somos por un lado inocentes, por el otro nada inocentes. La dimensión marrullera desmiente nuestro bon sauvage. Nos referimos a cierto espíritu socarrón y astuto que caracteriza al guatemalteco. A veces es un espíritu con gracia y puntería, pero luego también es sucio, tosco, crudo, mamarracho como ninguno. El abogadillo artero, el grasiento diputado en tribuna, allí tienen ustedes un par de ejemplos de ello.

De los españoles heredamos muchas cosas, y en cuenta un estilo de ser picaresco. El mismo está muy presente en guatemalteco amestizado, pero también es a ratos rastreable en el indígena, que tiene lo suyo de trickster.

Del lazarillo local ya he hablado antes en mis escritos. Así por ejemplo en una entrevista que le hice a Velorio (Velorio: ladino y lazarillo, la pueden googlear). En términos generales,  yo creo que sin el arquetipo del lazarillo, el guatemalteco no aguantaría la vara, psicotizaría en el acto. Es un arquetipo para nosotros muy necesario, porque nuestro medio es muy, muy pesado. El lazarillismo da el ingenio necesario para vadear la ingrata cotidianidad. Alguna vez escribí que Guatemala es un gran país–Lazarillo.

Si usted funge como bandera en un barrio duro, si ha puesto a jugar sus habilidades como merolico, si sabe lo que es ser brocha en una camioneta, si cumple como guajero en la entraña hedionda de la bestiabasura, entonces usted es, a no dudarlo, un lazarillo. También aplica en algún grado si es escritor en Guatemala (a menos, claro, que sea Francisco Pérez de Antón) pues la escritura aquí es un oficio marginal que demanda que recurramos a las más ingeniosas y sátrapas técnicas de sobrevivencia literaria.



(Columna publicada el 15 de mayo de 2014.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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