'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Yo medito



Mi historia meditacional es un arco que va del degenere al regenere. Cuando empecé a meditar estaba hecho un desastre. Pero luego con los años todo mi sistema biopsíquico se fue ordenando (sin perder por ello creatividad, limimalidad y un filo ocasional de caos). No estoy diciendo que soy un ser humano cocinado, por supuesto. Estoy diciendo que se ha dado una transformación reconocible. Si alguien no lo cree es porque no me conoció antes. 
           
Yo tuve un contacto con la meditación desde la infancia. Mi abuela estaba metida en todo aquel rollo de la teosofía, el esoterismo, la magia, la espiritualidad alternativa, aunque no existiera el término como tal en esa época.     
           
En mi adolescencia primera, segunda y tercera, mi meditación fueron todas esas drogas, con sus estados alterados. Especialmente los enteógenos y algunos preparados químicos como el LSD me rompieron uno a uno los esquemas de la existencia consensuada.
           
Tomé hongos múltiples veces. Más de veinte años después, sigo procesando aquellas experiencias en psilocibina. Los hongos me mostraron que todo eso que me habían dicho –y yo había creído– sobre la realidad, con sus convenciones de tiempo, espacio, objetividad y causalidad, no era más que una mentira, o una verdad extremadamente limitada.
           
Como era de esperarse, las drogas me terminaron metiendo en un carrusel extremadamente volátil y peligroso. Fueron capas y capas de autodestrucción alquitranada.
           
Eventualmente, me retiré a mis cuarteles de invierno, dejé las drogas,  empecé el proceso de regeneración, que me llevó directamente a esa habitación luminosa y respetable llamada meditación. Fueron añadiéndose innumerables guías y libros sobre el tema (. También visité algunos centros espirituales y fui a múltiples retiros. La pura lujuria dármica, espiritual, me llevó a meditar lo indecible y a explorar innumerables tipos de disciplina interior. Tengo en mi haber una colección interesante de experiencias meditativas.
           
En un momento, tomé el refugio budista (sigo siendo budista hasta la fecha). La vipassana –una forma de meditación ubicua en todos los budismos– me obsesionó, pero no fue la única. En el budismo tibetano encontré un vasto registro de técnicas meditacionales, desde las básicas y concretas hasta las esotéricos y místicas. La sofisticación contemplativa del budismo es apabullante. Muchas de las meditaciones tibetanas son largas composiciones psicoespirituales, tejidos altamente complejos.
           
Hoy llevo unos diez años de ser un meditador formal. En realidad no es mucho tiempo, y comprendo plenamente mis límites como meditador. Por otro lado no puedo negar que he meditado como un animal, y ya tengo un estilo yóguico que podemos llamar personal. En efecto, la meditación es algo que hay que apropiarse.
           
¿Quiere decir eso que soy un meditador realizado? No. Para eso tendría que ser como esos meditadores que se encierran en un retiro oscuro durante meses y años y no hacen más que meditar, ni siquiera duermen, por estar meditando. Son como atletas profesionales. Yo no soy más que un atleta aficionado, que hace deporte una hora al día. Lo cual de veras es insignificante.  


(Buscando a Syd publicada el 28 de abril de 2016 en El Periódico.)

Hedor

Los cambios trascendentales no vendrán de un colectivo abstracto. Vendrán de un puñado de individuos con talentos especiales para la arquitectura social y el efecto de cambio. Por supuesto, cuando me refiero a “un puñado de individuos con talentos especiales para la arquitectura social y el efecto de cambio” no estoy hablando de esos caraduras, los diputados.
           
Por mi parte no tengo ningún problema con insultar una y otra vez a esa recua de carteristas. Es cierto que a un nivel individual no todos los diputados merecen ser llamados así. Pero luego a un nivel gremial los mal llamados Padres de la Patria merecen cada gramo de ostracismo que han recibido por parte de la ciudadanía despabilada, que preferiría ser designada Bastarda antes que legitimar una representación política que solo ha traído vergüenza y carroña a la vida nacional. Hay que ver el hedor que emana de esa cofradía de cainitas.
           
La política del país se ha parlamentarizado lo indecible. En este caso, hablamos de una parlamentarización negativa, ilegible, experta de un lado en romper las continuidades estatales, en vez de cohesionarlas; y experta por el otro en eternizar la agenda legislativa como ganancia política y reditual. Que los focos más recientes de indignación provengan del hemiciclo no ha de extrañarnos. Para mientras la gente enferma sufre en los pasillos enfermos de un hospital enfermo. Nada sana, en este país.
           
No es que seamos los únicos en vivir este flagelo: en casi cualquier punto del planeta encontraremos focos de infección congresil y senatorial. Si aquí por ejemplo son los desplantes verbales de este o aquel diputado, en España son los privilegios de aforamiento y en Brasil las cábalas plenarias, en donde la democracia es asesinada por un grupo de pactistas, más interesados en la politiquería subterráquea y ofídica que en una agenda real de rendición de cuentas, que por supuesto debe darse.
           
El asunto de Brasil es particularmente bochornoso: esa atmósfera fársica, circense, tercermundista, ignorante, provincial, que hubiera puesto a don Jorge Amado de bastante mal humor. Un artículo publicado en El País el lunes (“Dios tumba a la presidencia del Brasil”) lo decía así: “Los parlamentarios recordaban a los telespectadores de Xuxa, que aprovechaban su participación en directo en el programa para saludar eternamente a su madre, a su marido, a su amante, al primo, al nieto, a su vecino, a sus amigos y al portero”.
           
Es la infantilización de la política. Los hemiciclos han perdido toda gravedad y profundidad a favor de un programa tetón de demagogia y espectáculo, encubriendo el cabildeo más vulgar.                
             
La política es una señorita muy disputada por la trampa, el populismo y la burocracia. No contentos con tener que soportar los procedimientos oblicuos que atestan el intercambio privado, tenemos que soportar ese mismo tinglado de maniobras y bricolajes dudosos en la esfera parlamentaria. Para que después tengamos que aguantar los sermones vacíos y bromas idiotas del Presidente y encima atestiguar cómo se criogenizan nuestras aspiraciones profundas de justicia.  
           
Está de la gran puta.


(Buscando a Syd publicada el 21 de abril de 2016 en El Periódico.)

Una buena chica

Gloria Álvarez portará siempre cerca del pecho el camafeo libertario. Se le puede acusar de muchas cosas, pero no de veleidad política o transformismo: su defensa irá siempre para el individuo –o para el colectivo hecho de individuos, es decir: sin ninguna mística social– y por supuesto irá siempre para ella, la República. En un país como Guatemala ser republicano todavía tiene eso de reformador, porque todo está por hacerse en términos de Derecho. Eso viene acompañado de una cierta irritación conminatoria y moralizante, que le permea siempre la voz vesicante. Pero para ser tan reformadora, es la reina lo de lo manido. Como productora de discurso es bastante incompleta, no solo porque no conoce o reconoce, y siempre reduce, su némesis crítica –la tradición pensante de la izquierda– sino porque incluso como productora de ideas en su propia tradición es como manca. Añadamos a estas parcialidades el hecho de que no sabe examinarse a sí misma, más allá de las enmiendas públicas ineludibles, que cada cierto tiempo tiene que hacer, porque ha dicho una sandez. Le podemos dar un crédito a la Álvarez y es que está comprometida con su programa salvífico, y eso se ve en su militancia diarreica y fértil, que de otra parte le ha traído cierta reputación, y más de una nota periodística de ambos lados del charco. Tampoco vamos a decir que eso que hace lo hace bien, no, pero al menos lo hace con un sentido de entrega, remachonamente. Y desde un romanticismo ideológico y adolescente de puño al aire, que en otro contexto podría ser un cumplido, pero en este no tanto. Gloria Álvarez tiene una función ideológica entre cerébrica y muscular. No es tan lista como para ser una intelectual; no es lo suficientemente idiota como para ser una recluta. Al final termina siendo la rubia–corifeo a quien se le puede mandar a todas partes a pregonar el mensaje de las dos derechas. Una suerte de misionera ideológica: no exactamente una teóloga, por seguir la metáfora, menos una gran teóloga, pero alguien que alguna cosa sabe de las Sagradas Escrituras Republico–Liberales. Con todo, y como ya dije, no matiza mucho en lo propio ni en lo ajeno. Por ejemplo, jamás sabría separar la auténtica mística social de la cuál veníamos hablando arriba del puro y craso populismo. Populismo que detesta –y nosotros también– pero resulta que ella misma tiene algo de populista, demagógica y bochinchera en todos sus ademanes comunicacionales. Es realmente una propagandista. Decir algo mucho, decirlo todo el tiempo: no hay mayor definición de la propaganda. Y decirlo con tono, con autoridad. Porque todo está en el tono, según enseñan los más carismáticos autócratas, de izquierda o de derecha. El tono es el loro. Y Gloria Álvarez es, más que Crazy Glorita, Crazy Lorita. Lo de Lorita se le ve en lo impulsiva también, condición que le ha puesto en la picota algunas veces (pueblo miserable). En esa impulsividad le brotan los vicios de clase, aunque luego procura apagar el fuego con algún sofisma fanático, carente de humor. Crazy Lorita es muy leal a sus convicciones, que configuran una suerte de búnker ideológico, en el cual se siente muy segura, y que cuida responsablemente, como la buena chica que es.


(Buscando a Syd publicada el 14 de abril de 2016 en El Periódico.)

Circunvalar

Aquí la lentitud es estructural. La movilidad social casi prohibida. No solo nada avanza: todo contracamina. Y como las cosas no se mueven, muchos corren por su cuenta, y hasta se ponen a volar. Lo cual está bien. El problema es que a semejantes alturas, y a tales velocidades, cuesta un huevo mantener la estabilidad moral del vehículo.
           
Nuestro país es un lugar donde muchos quieren ganar más con menos trabajo y ninguna paciencia, y por tanto se da una invitación permanente, ya sea a adherirse a reglas alternativas, o a torcer las ya existentes: en la familia, en los círculos profesionales, en el sistema estatal todo. No ha de extrañarnos pues que hayan tantos lazarillos de mala pinta, huizaches impenitentes y riquillos sin escrúpulos caminando por ahí.  
           
Si el río suena –y suena todo el tiempo– es porque tetuntes trae. Si Guatemala puso tantos intermediarios en la lista de los Panama Papers es porque es un país en donde la práctica de encriptar e invisibilizar el dinero es común, como lo es robarlo y blanquearlo.
           
Es la cultura de la circunvalación. Que a veces alcanza niveles preocupantes. Gente que de veras cree que la vida –especialmente la buena vida– no requiere impuestos, sean sudorales, dinéricos o kármicos. Gente que quiere hacer pisto sin haberlo acumulado; que quiere generar mérito sin haberlo conseguido; que quiere poder de la noche a la mañana, sin las transiciones y pasajes del caso. Y cuando la circunvalación se cae, entonces el circunstante huye: como el ex presidente Serrano, que partió, a dónde más, a Panamá.
                       
De acuerdo: no todo lo que ocurre en Panamá es mierda ilegal, pero ciertamente no todo lo que ahí ocurre es un néctar de decencia. Producir y mover billete inteligentemente es quizá una virtud, pero en lo personal creo que ciertas fortunas son ya de sí obscenas, y que ser político y sacar dinero del propio país es la mayoría de veces una cosa bastante impresentable.
           
Pero incluso más allá de estos criterios, es obvio que hay cosas en el offshoring negras, negrísimas. Del offshoring formal al lavado, por lo menos indirecto, hay un paso corto, un breve paso de ballet.
           
Esta película, la del bypass fiscal, es una película que podría filmar el director Adam McKay, el de The Big Short. Él podría como nadie revelarnos todas las cábalas de sus protagonistas: los clientes capitalistas como gordos Harpagones; los corredores financieros en su proxenetismo loco; los abogados y bufetes veloces y timadores; los políticos tramposoides; y luego los meros meros ilegales.
           
Aparte de lo vergonzoso del leak como tal para una empresa como Mossack Fonseca –que no nos permite descartar una lucha corporativa de altos niveles en el origen de todo el escándalo– lo que nos muestra esto de los Panama Papers es que estamos viviendo, a nivel planetario, en la pura liminalidad ética. Todo ese circuito fiscal periférico es indigno, no necesariamente por ilegal, sino por sostener un formidable sistema estamental de privilegios que da la espalda a la necesidad de incontables seres. Sin contar que a veces sí entra en connivencia directa con el crimen global, y hasta con industrias probadas de muerte y sufrimiento.    
           
Una cosa da esperanza, al menos, y es que las estructuras de pliegue están recibiendo golpes ya muy duros. Cada vez más arduo resultará a estas estructuras subsistir herméticamente en la era informacional y en la era de lo abierto (porque el periodismo alcanza niveles virtuosos de coordinación investigativa, por un lado, pero además porque hay otros intereses, no necesariamente periodísticos, que recurren al leaking como estrategia).
           
No es cuestión de eliminar la propiedad privada, por supuesto, ni la riqueza. Pero sí de hacerla observable, rastreable y garante, en cualquier momento dado.

Así como existe la llamada huella del carbono para medir nuestros gases de efecto invernadero, debiese existir una huella de integridad verificable en toda concentración de capital. Que tomara en cuenta factores como su procedencia, su movimiento y su destino. Un índice podría reconocer la disponibilidad de cualquier dinero para elevar el bienestar planetario, en contraposición a esconderse en compartimentos compulsivamente distantes del escrutinio público y los compromisos fiscales. El dinero, aparte de su valor económico, mostraría un valor certificable de moralidad, consciencia y solidaridad –o, en su defecto, de sus infames contrarios.


(Buscando a Syd publicada el 7 de abril de 2016 en El Periódico.)

Disculpas cuarteadas

Aquí una respuesta a la columna de Faitelson.
           
Por razones de espacio no la pongo aquí entera, pero pueden ustedes leer la versión completa en mi blog salivario.blogspot.com.
           
Faitelson (Efe, de ahora en adelante) ha dicho que se limita a comentar de futbol, pero el futbol no es algo que se puede insularizar en el paisaje cultural. En la cultura todo se entrelaza con todo.
           
El futbol es muchas cosas. Entre ellas nacionalismo y violencia, en Guatemala y en todas partes. No ha de extrañarnos que la crítica futbolística, o cualquier cosa relacionada con el fútbol, genere intolerancia. ¿Puede alguien ser tan ingenuo como para no estar enterado de ello, o tan caradura para negarlo?
           
Esa violencia del futbol no es gratuita; ha sido alimentada por grandes intereses, y hasta el más bienintencionado comentarista deportivo está en la corriente de esos intereses.
           
El futbol no es aparte de grandes territorios culturales como la historia, la patria o su prima fanática la raza. Creer que un comentario de futbol no va a despertar ardores en esos ámbitos es de una candidez exasperante.  
           
Imperdonable que un comunicador de alto perfil no tenga claro (o finja no tener claro) cuál es el grado de impacto que puede tener un tuit suyo, incluso hecho de pasada. Especialmente si es de futbol. Un tuit, en tiempos de la comunicación viral, es un revólver.
           
En un mundo de tribus globalizadas debemos tener un sentido muy afinado de las pertinencias culturales. Que nuestra intención no sea la de ofender un determinado ámbito cultural no significa que no estemos, de hecho, ofendiéndolo. Hay un asunto de forma aquí. Uno puede decir que Guatemala es Efe un cualquiera –futbolísticamente hablando– y tener razón. ¿Pero es hábil y es importante comunicarlo así?
           
Si las disculpas de Efe no fueron del todo bien recibidas o tomadas en serio es porque hay algo en ellas de cuarteadas. Debajo de lo que dicen encontramos una energía que no rima y un subtexto.
           
Está eso de marcar el golpe y pretender salir luego en caballo blanco. El insulto puede llegar a ser una posibilidad muy respetable, a veces. Lo que no podemos es crear un enfrentamiento y luego racionalizarlo marrulleramente.
           
Efe habla (en el video que acompaña su columna) de “otro tipo de educación”, refiriéndose a los centroamericanos. E implicando de una manera políticamente correcta –que no es más que superioridad disfrazada de apertura– que tenemos mala educación. Pero no todos los centroamericanos tenemos esa educación “distinta” ­que pretende endilgarnos, sin contar que la misma, en rigor, existe en todos lados, aunque él diga otra cosa.
           
También dice que tenemos una forma distinta de entender la crítica. Nunca lo va a admitir, pero lo que está sugiriendo es que nosotros tenemos una forma de entender la crítica propia de salvajes premodernos y babuinos. Nuevamente: babuinos hay en todas partes. Sin contar el tufillo subcolonialista y virreinal con que lo dice.
           
Que a Efe le sorprenda que una crítica de futbol pueda generar pasiones irracionales ya roza la ingenuidad o el cinismo. Ahora bien, yo pienso que Efe no es nada inocente, que su inocencia es una inocencia estratégica…


(Buscando a Syd publicada el 31 de marzo de 2016 en El Periódico.)

El Gran Silencio



El documental de 2005 Die große Stille (en español El Gran Silencio) es un filme invaluable sobre la vida monacal profunda.
           
Documental desnudo: sin música, sin comentarios, sin entrevistas. El director, Phillip Gröning, pasó a vivir al monasterio de La Grande Chartreuse, en los Alpes profundos, para filmar a un puñado de monjes, y captarlos en su quehacer religioso.
           
En general hacer películas es algo bastante sacrificado. Pero hacer este documental debío ser particularmente tortuoso para Gröning, dado que no había crew que lo acompañase: él mismo hizo todo, sin ayuda ya de nadie.  
           
El resultado constituye una mirada privilegiada a la vida de unos renunciantes cartujos. Resulta que dentro del cristianismo todavía hay personas e instituciones dedicadas a preservar la honda tradición del silencio.
           
En un principio, los monjes estaba reluctantes respecto a esta película, y eso porque no querían justamente que su precioso silencio fuese puesto en peligro. Dieciseis años tardaron en consentir el proyecto, suponemos que luego de largas deliberaciones (se los imagina uno como los ents de El Señor de los Anillos).
           
La vida contemplativa no es fácil. He realizado algunos retiros que replican la estructura y rigor monásticos. Son bastante duros. Pero son retiros de diez días a lo sumo. ¡Estos monjes dan su vida entera a ello!  
           
Por supuesto, el presente es un monasticismo muy elevado, no ese de los rituales vacíos. Una profundidad se deja sentir en el documental, y no hay que ser cristiano para percibirla.
           
Admiro a las personas que deciden recluirse y dedicarse por entero a la actividad interior. Parecerá a algunos una actividad egoísta, con todo lo que está pasando en el mundo. Pero es mi sentir que esta gente, en su perfecta intimidad, está afectando al planeta entero. Yo le llamo activismo contemplativo.
           
Gröning nos da un documento invaluable sobre este tipo de vida y aquellos que la viven (dándonos unos retratos, unas fotografías verdaderamente sobrecogedoras). Pero es que además Die große Stille es un documento místico en sí mismo, que nos introduce a un espacio meditacional, a una especie de narrativa primordial.
           
Dicha narrativa nos muestra, por un lado, lo sagrado como manifiesto y sensible, a través de una composición elemental de luces naturales y sonidos puros (dice el director que  es una película callada, no silente). Como Lubezki en The Revenant, Gröning se abstiene de usar luz artificial.      
           
Poco a poco entramos a un ambiente y naturaleza sentidos, con paisajes sublimes, en donde el tiempo reina primigenio, con sus ciclos y estaciones. Y a este tiempo natural se agrega el tiempo del monasterio con sus ritos y cotidianidad numinosa: ritmos religiosos y naturales se confunden.
           
En el zen se dice: “Antes de la iluminación, corta madera y carga agua; después de la iluminación, corta madera y carga agua”. A la par de los ejercicios espirituales, hay toda clase de deberes ordinarios que deben ser realizados. Esta actividad tan concreta parece contrastar con la sacra iridiscencia que se siente dentro y más allá de las paredes del monasterio. Esta cualidad etérea –que algunos llamarán la luz de Cristo– viene de un lugar sin tiempo, de un tiempo que no tiene lugar.       
           
En realidad lo más valioso del filme es que nos muestra cómo lo manifiesto y lo inmanifiesto se encuentran en una danza muda que es un silencio de formas lentas y preñadas. Lo sensible y lo divino no son dos: el mismo poder que humaniza a Dios, diviniza al hombre.


(Buscando a Syd publicada el 17 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Regina visceral



La José Galindo me invitó a que le presentara su nuevo libro, pero a mí las presentaciones de libros me la sudan, y espero ya no estar en ninguna, para empezar propia. Lo que no quiere decir que no me interese el libro de Regina y Regina como tal.
           
Regina Galindo me parece una artista fascinante, y es por ello que la he entrevistado un par de veces ya (tuvimos una conversación pública en Sophos muy linda). También he escrito acerca de ella (Destazable Regina es un texto que encuentran en mi blog Salivario) y hablo bien de ella cuando puedo y cuando la siento atacada. Para mí ella es talento verídico. Que disientan conmigo los que no reconocen poder profético en su propia tierra. Y en otras tierras, puesto que es una de nuestras artistas más reconocidas internacionalmente.
           
Antes yo tampoco tenía una percepción especialmente prominente de ella, pero eso cambió cuando la entrevisté para revista RARA, puesto que eso me obligó a revisitar su obra en conjunto y diacrónicamente (su website nos da un lindo recorrido) y entonces pude apreciar el arco y cuerpo de su obra como una totalidad enérgica, constelada, sensible. Pasa mucho que a veces tenemos una percepción ya hecha de una artista o escritor pero realmente no conocemos su obra a profundidad.
           
Ahora me quiero enfocar en la poesía de Regina Galindo, dado que ha publicado un nuevo libro, llamado Telarañas (2015). Antes de ese ya había publicado otro, Personal e Intransmisible (2000). Ambas ediciones muy bonitas. La primera es de Coloquia (tapa roja y afelpada, que me dio cierta envidia cuando la vi hace quince años, en una época en donde la norma era que todos los libros eran unos mamarrachos). La edición presente es de El Pensativo, para su colección Versadas.
           
Puede decirse que hay una continuidad entre las dos obras, en el sentido de que ambas buscan publicar –hacer pública– la intimidad. Lo que me viene es algo de Alejandra Pizarnik (a quien Regina sé que ha leído):  “He desplegado mi orfandad / sobre la mesa, como un mapa”. Todo ese ímpetu íntimo y personal salva a Regina de cualquier feminismo programático. Y sin embargo es obvio que es una mujer, una mujer quien aquí irrevocablemente escribe.
           
De Personal e Intransmisible recuerdo un cierto ambiente mortuorio, sangriento y lúbrico, con muchos fluidos y una sensibilidad ennegrecida (un ambiente poético en el cual me siento por demás muy cómodo). Regina se desnuda en la palabra como en el performance. Allí están sus crisis y allí está ella, complicada, trágica, ciclotímica. Desnudarse y sacar trapitos es parte de su estilo, en una suerte de vulnerabilidad rabiosa, en donde impudor e inocencia quedan amarradas. Siendo una vulnerabilidad hasta cándida, es bastante poderosa. Y muy teatral. La desnudez como escenificación: un sello de su obra artística toda. Y ahí está el efectismo del sexo y la sangre, eso sangriento, secrecional y clitóreo, un malditismo ocurrente, poético, explícito y vaginal. Regina lastimada, ulcerada en el desprecio, y en el autodesprecio, escupida y autoescupida.             
           
Telarañas recopila poemas desde 1999 hasta 2014 –o sea quince años de poemas. Esta obra demuestra acaso que para ella lo verbal sigue teniendo importancia, como lo sigue teniendo lo corpóreo. Por cierto veo ahí una relación: el cuerpo de Regina está hecho de conceptualidad y lenguaje, y su lenguaje está hecho de cuerpo y fisiología. Que el lenguaje suyo sea tan orgánico le salva de la retórica de la Poesía con mayúscula, aunque también es cierto que algo de retórica bien podría haberle beneficiado los versos. Otra cosa que vimos en este libro, como lo vimos en el anterior, fue un gran ardor emocional, que contrasta con la neutralidad y ecuanimidad casi quirúrgica de su obra perfomática (emocionalidad presente, en otro sentido, en sus opiniones e indignaciones ciudadanas). Mi conclusión ha sido siempre que Regina puede ser a la vez muy caliente y muy fría. Uno platica con ella y se da cuenta que habla de las cosas más delicadas desde un desapego casi patológico, y luego pasa que otras cosas, de menor importancia, las lleva a un nivel paroxístico de tragedia. 
           
¿Me interesa la poesía de Regina Galindo? Digamos que me interesa como parte de un contexto mayor: el de su obra y personalidad toda. Lo que más aprecio de sus versos es su visceralidad: algo valioso en esta época de emojis y emociones blanqueadas. En esa visceralidad se nota que es una poeta oscurita de mi generación (1974). Cardoza dijo que escribir es sacarse las tripas y hacer una hoguera con ellas. En el cuerpecito de Regina hay unas tripas vivas y bravas que, cuando arden, iluminan toda la noche.
           

(Buscando a Syd publicada el 10 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Digital



1/ El internet –que como instrumento público ya tendrá algo así como un cuarto de siglo– fue algo así como el tsunami total, baktúnico, que lo arrasó todo. Con su llegada, el paisaje de lo real colapsó por completo, y hoy es imposible saber a ciencia cierta cómo era el mundo antes de su llegada. Los ancianos cuentan historias, pero quién puede creerles. Yo mismo no les creo y eso que en rigor también soy un anciano, si atendemos el hecho de que todavía alcancé a nacer en un mundo preinformático, cuando los ordenadores personales no habían llegado entonces a oficinas y dormitorios.
           
Por supuesto, uno de los campos que fueron brutalmente redefinidos por la llegada de internet fue el de los medios de información. Para empezar, los medios impresos que tuvieron que abrirse a las nuevas tecnologías comunicacionales. Luego también nacieron proyectos estrictamente digitales, formales o informales, como hongos en la lluvia.
           
2/ En América Latina y Centroamérica se han dado revistas y periódicos digitales de notable calidad (también otros siniestros). Una cosa a celebrar de la cultura digital es que permitió el advenimiento de proyectos de comunicación periféricos–autónomos, que podían ser confeccionados con poca infraestructura y sin colosales recursos dinerarios y humanos (en un país como el nuestro, algo que se agradece). Son (algunos más bien eran) medios noticiosos y periodísticos, ideológicos y políticos, culturales y de entretenimiento.

3/ Pasada la exaltación inicial del periodismo de pantalla, se empezaron a ver los retos asociados al mismo. En el caso de aquellos periódicos físicos que se abrieron a la estructura internética, cuestionamientos complejos respecto a la simbiosis de lo digital y lo impreso.
           
Yo todo eso lo viví de primera mano. De hecho alcancé a escribir en los periódicos antes de que fueran subidos a internet (un resto de notas mías nunca vieron la web). Fue así como asistí a esta etapa experimental en donde los grandes diarios –pienso por ejemplo en los españoles– probaban con modelos de negocios que no hirieran su estructura impresa.

Muchos de esos modelos fracasaron, por supuesto. ¿Cómo competir con la democratización de los contenidos? Lo que puedo decir, pasados los años, es que no hay fórmulas. Cada medio deberá encontrar la suya, y establecer una relación propia entre papel y pantalla.

4/ En relación a los medios puramente digitales, hemos visto cómo han vivido por su lado una dosis de dificultades.

Algunos –quijotescos, sofisticados, ricos en idealismo y heroismo mediáticos– no han sabido aterrizar del todo en un nivel digamos práctico. Tienen limitaciones de plata pues no han encontrado formas duraderas de monetización. El voluntariado, el crowdfunding y el mecenazgo imponen un repertorio de obstáculos. Sin dinero, es áspero eso de crear estructuras de salario dignas y tan difícil eso de pagar a los colaboradores. Al principio puede que todo sea playa y sol. Todo amor y florescencia. Pero luego brotan las inconsistencias. La calidad se torna –en el mejor de los casos– sinosoidal, la regularidad porosa, la lealtad muy trémula.

Sucede a veces que el medio trae a su nómina a colaboradores que tienen una agenda editorial propia. Pero como nadie les paga, el medio no puede decirles mayor cosa, y si se les dice algo, optan, llanamente, por retirarse (donde no hay un cheque, desertar es de lo más sencillo).

Luego ocurre con esta clase de medios que, como no pueden crear un contenedor periodístico real, crean un periodismo de personalidades, lo cual a menudo es un problema. ¿Qué pasa cuando estas personalidades ya no funcionan, o se van? Entonces ponen a gatos, haciéndolos pasar por productores relevantes de contenidos.  
           
Hemos visto proyectos cuyo pecado es que demasiado puros: no quieren, por no sacrificar la liberté, entrar en el juego de la política, la negociación editorial y las gredas del marketing. Esta vocación por lo impoluto los salva en cierto modo pero a la vez los ahoga. Sin contar que es una inocencia que con los años pierde su glamour ante el lector promedio. O se montan a otra cosa, o quedarán bonsái. Los bonsáis son bonitos, pero no son secoyas. El campo de energía de una secoya es tremendo.
           
5/ En el extremo opuesto, están los medios digitales que son completamente burdos y complacientes, que están amarrados a la agenda de lo banal, que dependen completamente de la lógica del anunciante. La superficialidad y falta de seriedad que presentan no tiene límites. Manufacturan notas que están hechas verídicamente con el culo, en donde no hay arte de ninguna clase, que deberían ser vergüenza para quienes las formulan. Si algo está asesinando al medio periodístico digital es la nota de celeridad y de impacto fácil, así como la hiperamigabilidad en formato y contenido. En términos de periodismo cultural, el que yo practico, es simplemente horroroso constatar cómo la cultura ha sido convertida en embutidos de chismorreo y cretinas llamaradas de tusa. Es para ponerse a llorar. Uno puede ser un medio liviano, pero incluso esa liviandad tiene que ser totalmente seria, artística y estudiada. No se puede nunca olvidar que toda esta la imaginería informacional que ponemos allá afuera dicta la manera en que los seres humanos procesan la realidad / socializan con su ambiente.

6/ Los hay muy logrados. Otros menos, posiblemente por problemas de identidad. En efecto, los medios de comunicación digitales, como marcas que son, requieren de una identidad definida y aplicada, y un concepto de diferenciación. A veces lo tienen y a veces menos. Cuando no lo tienen, es el puro tanteo.
           
El koan es este: ¿cómo pueden los medios digitales huir de la comoditización de los contenidos cuando en su propia lógica de ser está encriptada dicha comoditización? ¿Cómo crear intimidad en la hipercirculación? ¿Cómo se hace periodismo de nicho y diferenciado en la era de la familiarización y vulgarización compulsivas?
           
Bueno, sabemos que no tener identidad –o tener una identidad fallida o deformada– no ayuda en nada. Tampoco ayuda tener una identidad rígida. Es fácil osificarse en un set de fórmulas periodísticas. Ya con unos años de vida –que en la escala internética son eones– los medios digitales deberán preguntarse cómo van a mantenerse fieles a su esencia –si es que se han tomado la molestia de definirla– pero honrando toda vez la relevancia y la significación como factores dinámicos y energéticos, incluso arriesgando su fuerza en el tablero perceptual. Lo cual no es malo, porque es de hecho la sola forma de adquirir una lealtad de público más madura y crítica.
           
Una marca que ya no arriesga nada es una marca muerta. Aquí es un asunto de cuidar el patrimonio identitario del medio, además del humano y  periodístico, pero permitiendo que morfe hacia nuevas posibilidades creativas. Y ello, por supuesto, no es meramente echar mano de la ocurrencia y efectismo, por muy retórica o gráficamente estimulante que sea. El efectismo desgasta como ninguna cosa. Tampoco es poner toda la apuesta en el social media, que es una herramienta difusora valiosísima, pero que no sustituye en ningún modo el contenido como tal, ni puede darle integridad.
             
A veces lo que corresponde es reenergetizar la definición del proyecto, y en otros casos recifrarlo enteramente. De otro modo, perderemos el partido o nos ubicaremos en una posición progresivamente más mediocre, mientras otras iniciativas irán surgiendo–subiendo en el mercado voraz de la información. La frescura es algo que se va muy rápidamente: cosas que antes nos parecían muy nuevas hoy nos parecen cubiertas de telarañas. Medios que en su momento eran besados por las audiencias, se han ido deshebrando en términos de energía, y se les mira cada vez menos en la conversación pública.      
           
De allí la importancia de moverse, y para moverse en la dirección correcta se requiere un trabajo concreto de direccionamiento, además de data y valuaciones reales. Admiramos las plataformas de comunicación que, presentando una identidad clara, también saben introducir cambios, y no siempre populares en la primera vuelta.


(Buscando a Syd publicada el 3 de marzo de 2016 en El Periódico.)

Darío genético


He tenido a Darío en mente estos días. Por eso de sus cien años de muerto y porque estaba pendiente de un fallo de un concurso que lleva su nombre y que no gané. El libro perdedor –que se llama “Uno a uno caen los satélites”– ya lo colgué en mi blog de poesía (panzabierta.blogspot.com) por si quieren echarle un vistazo. Es sobre tecnología y poshumanismo. El poeta es un router celeste.
           
Yo a Darío no es que lo conozca tanto, a diferencia de todos esos expertos que han salido en turba por estos días. Lo he leído, por supuesto. Aunque confieso que difícilmente podría volver a ciertas cosas suyas, pongamos de ejemplo Azul. Podría acaso revisitar, si estoy de humor, algo de sus Cantos de vida y esperanza.  
           
Más que nada yo he vivido a Darío a través de otros escritores que para mí fueron cruciales. Dos me vienen automáticamente a la cabeza: Neruda, Cardoza. Neruda que en sus memorias cuenta ese homenaje que le hicieron con Lorca “al alimón” en Buenos Aires, y donde se refirieron a él como “esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros”. Lo apreciaba Neruda, lo apreciaba Lorca y lo apreció Aleixandre. Y antes de ellos, por supuesto, Juan Ramón Jiménez.
           
A Darío lo viví también a través de Cardoza. “Fue con Darío, padre y maestro mágico, que en mis letras de Antigua recibí la anunciación de La Palabra”, dice en El Río. Por supuesto, Cardoza habría luego de ingresar –violentamente– al surrealismo y la vanguardia, pero sus letras nunca abandonarían ciertas orlas que bien nos recuerdan al poeta nicaragüense y su modernismo general.   
           
Claro, Cardoza lo admiró pero también supo acusarle. En algún momento de sus memorias se refiere a él, y a otros como él, como “mercadería alquilada”. Buena parte de la izquierda intelectual latinoamericana ha denunciado –y con harta razón– el rasgo mercenario de Darío.
           
Darío siempre tuvo detractores. Palabras amargas le dedicó Unamuno (palabras que mucho lo turbaron, según Valle–Inclán). Pero Darío no era revanchista –o es que a lo mejor era solo listo– y elogió de todos modos a don Miguel, que el día de su muerte se arrepintió un poco de haberle maltratado.
           
La filiación con Francia se la reprochaban muchos. Como si Verlaine y Baudelaire hubieran sido eso: un error. (No lo fueron para mí, que tengo tatuado el spleen/ideal baudelariano en el brazo izquierdo.) Cuenta Carrillo que cuando vino a Guatemala a fundar un diario, con la venia de Lisandro Barillas, no quiso ponerle al mismo Gil Blas o Fígaro, a sabiendas de lo más se le censuraba en la vida era el afrancesamiento. Le puso El Correo de la Tarde. 
           
Es posible que las nuevas generaciones de poetas ya no vivan a Darío ni directamente ni a través de terceros. Quizá, y a pesar de todos esos gestos informados que se están dando a cien años de su muerte, el peor detractor de Darío sea el olvido. Pero eso es nihilismo. Otra cosa que se puede decir es que Darío es ya una cosa genética en nuestra palabra, y aún de la manera más tácita e inconsciente, continúa entre nosotros.  


(Buscando a Syd publicada el 25 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Subverso


Es por la presente que los invito a la actividad Subverso, como parte del proyecto Escénica/Poética, del Centro Cultural de España junto a Catafixia Editorial. Como saben o no, Escénica/Poética transforma la obra de poetas locales en propuestas dramáticas. Se han hecho ya seis de estas experimentaciones escénicas, a partir de la obra de escritores tales como Wingston González o Vania Vargas. Luego hay que mencionar que estas puestas en escena se hacen acompañar de una publicación.
           
Pues resulta que ahora han elegido mi propia obra para ser representada teatralmente –en este caso, teatro de objetos y marionetas, lo cuál resulta muy estimulante– y a eso le han puesto el nombre de Subverso. Es un título que rima perfectamente con mi trabajo.
           
Fue nuestro jaguar editorial Luis Méndez Salinas, de Editorial Catafixia, quien me escribió el otro día para informarme que el talentoso Teatro Armadillo estaba interesado en crear y producir algo a partir de mis textos. Yo de inmediato sugerí que se le echara un vistazo a mi libro “La oreja en tu mano”, el más teatral o cinematográfico de mis poemarios, en mi opinión.  
           
Más allá de esa sugerencia, opté por no meterme en el proceso creativo. Y eso para que Armadillo pudiera trabajar en completa libertad. De otra manera podría convertirme en una presencia crítica, a lo mejor no agradable, seguramente no creativa. El imperativo era no estorbar.
           
Ya casi no tengo interés en insertarme en la vida cultural de ninguna manera, pero esto me pareció distinto y fresco, y fue por ello que cuando Luis me sugirió esta colaboración yo accedí en el acto. La verdad es que me siento suficientemente honrado. Agradezco a la Catafixia (Luis y Carmen), al CCE (con Rosa y Yanis), al propio grupo Armadillo, en cuenta a Reyes Josué Morales, quien es el director escénico de Subverso, y a Guillermo Santillana, responsable de la actuación y animación de objetos.
           
Como la obra no la he visto, no puedo decir mayor cosa al respecto. Se me explicó nomás que está inspirada en varias publicaciones mías, centrándose en el ya mencionado libro “La oreja en tu mano”. Tengo confianza en el resultado.
           
Así como de hecho tengo confianza en la relación orgánica que hay entre la poesía y el teatro. Hay que comprender que la poesía es anfibia: siendo, por un lado, íntima y silenciosa, también busca el proscenio, la amplificación. Por otro lado, el teatro tiene lo suyo de vocación poética, como lo vemos en Shakespeare, que murió hace cuatrocientos años (lo cual es presentemente motivo de toda clase de homenajes y celebraciones). Y recordemos eso que dijo Lorca de que el teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana.


(Buscando a Syd publicada el 18 de febrero de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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