'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Marcas & empresas

Ando bien ocupado trabajando.
           
–Bueno, por una vez que trabaje.
           
No sea malo, lector. Yo he cumplido con mi cuota de negreo a lo largo de muchos idiotas años. Que ande laborando a menudo en cosas inútiles, indóciles, como libros narrativos, como poemas, como columnas subjetivas de opinión, eso es otra historia.
           
Pero luego resulta que también trabajo considerablemente en asuntos más aterrizados, que son los que de hecho me dan de hartar.
           
Les cuento: desde hace muchos años mi esposa y yo hemos construido haciendo una suerte de tándem laboral, volcado a la identidad corporativa y el diseño de marcas. Ella es definitivamente la experta aquí, con un background total en mercadeo, estrategia y comunicación. A lo largo del tiempo es ella quien me ha preparado y marinado en estas cuestiones. Hasta el punto de que hoy en día es frecuente encontrarme leyendo libros a los cuales antes jamás me hubiese acercado por principio ­–branding, marketing, diseño organizacional, etcétera.

Alguna cosa he ido aprendiendo.
           
Admito que no tengo estudios formales en mercadotecnia, publicidad o nada parecido. Estudié unos años (sin ni siquiera graduarme) filosofía y letras, eso es todo. Sin embargo, puede que el hecho de comparecer desde un ámbito totalmente ajeno al que he venido aludiendo me pone en una situación incluso original para entender las compañías y corporaciones. Quizá lo periférico de mi punto de vista ofrece, cada tanto, cierta frescura o claridad. Dicho así: es justamente porque no tengo especialización alguna en el presente territorio que puedo dar insights no convencionales al respecto. 
           
Por supuesto, esto no quiere decir que no esté absorbiendo la información del caso, de modo constante, en  mística autodidacta. El mero hecho de interactuar con tantas empresas, instituciones, proyectos, me ha dado un saber general que valoro bastante.
           
Todo esto parece menos resplandeciente –menos exultante– que el Bardo, pero de hecho resulta ser un cosmos bastante estimulante.  He dicho ya antes que, para mí, conceptuar y escribir una plataforma de marca, aún si no implica mayores derivas verbales, es de hecho tan interesante como redactar una obra literaria. El placer neural es, contra todo pronóstico, el mismo.  
           
Toda esta experiencia me ha servido para entender algo: que uno puede ser autor de muchas maneras, que aquellos que escribimos podemos relajar nuestros usual esnobismo e incurrir en zonas foráneas a la literatura pura, que los intelectuales pueden emerger sin pena de su reclusión contemplativa e impregnar perímetros laborales que a primera vista parecen contraintuitivos, pero que luego terminan siendo fascinantes.
           
Este lugar que yo juzgaba hace años ominoso –el de las empresas, el de las marcas– a lo mejor nos rinde una sorpresa. Hay personas que creen que es aquí donde reside el Boogey Man y por supuesto que hay razones de peso para así considerarlo –siendo yo el primero en consignarlas– pero lo cierto es que he visto igualmente en este mundo no poca generosidad y heroísmo.
           
Por tanto me revienta cuando algunas personas hablan de la totalidad de la clase empresarial como si fuera la barra de los Ayudantes de Satanás.
           
Matice, mi hermano, matice.


(Buscando a Syd publicada el 28 de julio de 2016 en El Periódico.)

Clavícula




1. A alguien se le ocurrió que yo debía ganar el Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. En realidad se le ocurrió a tres personas, que podemos saludar con entero respeto: la escritora local Carmen Matute, las mexicanas Aline Petterson y Rocío Cerón. Que todas sean mujeres es para mí algo, ya de entrada, mágico. Carmen Matute (1944) viene escribiendo desde los setenta, desde el Rin–78 y todo eso. Hay que entender cuál es la importancia de figuras como ella, que mantuvieron el hilo obligatorio de la poesía en un período además en donde escribir no era para nada obvio, a diferencia de ahora. Pero no me quiero referir a ella en pasado, porque está muy viva entre nosotros, y prueba de ello es que recientemente le otorgaron el Premio Nacional de Literatura. Aline Pettersson nació el 11 de mayo de 1938. Aparte de poeta, narradora. O quizá debí decir aparte de narradora, poeta. Una persona de trayectoria, como sea, bien publicada, con varios premios en su haber. Sus libros están en Sophos, atiendan. Rocío Cerón (un primer nombre sutil, un apellido fuerte) es una poeta ya de mucha presencia y total compromiso. Vendría a ser una poeta de mi generación, realmente, y me parece que es fácil encontrar los nexos y los nodos (y los nudos) de encuentro. Lo voy a poner así: leerla es mucho como estar en casa.
           
2. Al Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (establecido por la Embajada de México, y a quien de plano agradecemos su interés por los patrimonios poéticos) yo me había metido ya como dos o tres veces, no recuerdo exactamente cuándo. Perdí en ambas ocasiones. Así que para mí esto de ganarlo era ya un asunto, si quieren, personal. Curiosamente, la reciente edición sería la última vez en que iba a poder concursar, pues el límite de edad, más bien arbitrario, es de cuarenta años. He ganado algunos premios en prosa, pero han sido menos los de poesía, y en cierto modo el pegarle a este premio, que tampoco es un premio pishmico, diría yo, cumple como una legitimación externa de mi escritura propiamente poética. Puede ser una percepción falsa, pero siempre me he sentido un tanto menos considerado como poeta que como narrador. Y sin embargo es un oficio que he buscado mucho, y son a la fecha unos doce poemarios los que he escrito, si a alguien le importa.  
           
3. Del libro: se llama Clavícula. Una especie de dietario íntimo y ambiental, para cierto momento de mi vida. Me gustaría pensar que hay en él frescura, así como diversidad de espíritu y procedimiento. Lo releí hace poco y me di cuenta que posee cierto estándar de oscuridad, lo cual siempre es bueno. Sin embargo no se perdió, me parece, la elegancia del humor. Por demás es un libro muy impregnado de cine, y especialmente narrativo. Así como la poesía entró en el flujo de mi prosa (y Cardoza por cierto mucho tuvo que ver en ello) lo mismo ocurrió en sentido inverso. Cruzar géneros, hibridar. Es mi rollo. El libro según entiendo será publicado, no sé cuándo, por Editorial Cultura. Conociendo los ritmos de Editorial Cultura puede que salga el próximo siglo. Según yo, no iba a publicar más offline, pero, bueno, siempre termina apareciendo otro impreso por ahí. Justo cuando pensé que estaba afuera, etc.
           
4. Eso de los premios ha sido una dinámica interesante, pero para mí es hora de decirles adiós. Que otros los ganen y los pierdan.


(Buscando a Syd publicada el 21 de julio de 2016 en El Periódico.)

Leer menos

Leer es hermoso. Pero no siempre. A veces es malsano.
           
Muchos se sumergen en lo impreso como manera de confirmar una presunta identidad de personas sensibles, volcada a los frutos y divertimentos del espíritu. Nada causa mayor placer, a estos sibaritas de la consciencia, que sentarse en su sillón de leer y desde ahí acumular grasa psíquica.
           
Hay un cierto esnobismo en creer que acumular ideas y capital verbal es superior a amontonar posesiones materiales. Lo cierto es que leer también puede responder a una exigencia de seguridad desmedida, de tufillo burgués, a veces de contorno cúltico.
           
No hay por qué convertirse en un hoarder de libros. Como tampoco hay por qué convertirse en un seco ser ectomórfico –ya ectoplásmico– que no tiene capacidad de relacionarse con la vida más allá de las palabras, viviendo  en una esfera neuróticamente teórica.
           
Tampoco estoy invitando a dejar de consumir libros, por favor. De hecho, un problema frecuente es que las personas leen muy poco: subleen. Algunos (demasiados, en este país) porque no pueden leer. En tal sentido los que sí contamos con el privilegio de la lectura tenemos la obligación de asumirla con gratitud. Y sin embargo hay tantos que, sabiendo leer, no leen; o apenas leen; o maleen; es decir, leen un montón de mierda.
           
Lo cual es ya de sí criminal.  
           
Pero así como se puede subleer también se puede sobreleer. Algo que a mí me ocurre no poco. A veces leo hasta la indigestión (indigestiones gramaticales) o bien hasta vomitar.
           
La peor maldición para mí ha sido el 1–Click de Amazon. Para empezar porque es tan fácil olvidar, por medio de esta forma de transacción tan instantánea, que los libros de hecho cuestan dinero (con lo cual termino gastando toneladas de pisto que no tengo en libros que nunca leo). Y para seguir, porque los libros digitales, ya sin cuerpo físico, no ocupan espacio matérico, pero indigestan igual.
           
En mi caso, cuando compro un libro, siento que tengo que leerlo, de otro modo me da culpa. Bajo esta lógica dudosa, estoy obligado a leer los cientos de títulos en mi biblioteca a los cuales nunca me he acercado. La pregunta se impone: ¿por qué agregar más libros a mi lista de libros no leídos, entonces? ¿No son suficiente los que ya tengo?
           
Y eso sin contar los millones de terabytes disponibles en la web. Nos estamos adaptando bastante bien a la era de la información, pero eso no quiere decir que no suframos de patologías informacionales y overloads en nuestros cerebros. Por lo mismo, nuestra sanidad neural depende de la capacidad de editorializar nuestras lecturas, lo cual supone ir a las fuentes necesarias sin tragarse el océano entero. Ya no es necesario leer como un esclavo de la lectura. Leer en el siglo veintiuno debe ser una cosa a la vez aérea y puntual. Aérea: podemos sobrevolar los paisajes textuales sin necesariamente recorrerlos a pie, remachonamente, desde un estilo sufriente. Puntual: porque una vez nos interesa algo podemos descender como el águila y desgarrarlo.
           
Por supuesto, para leer así necesitamos sobre todo conocernos: saber quiénes somos y qué realmente nos eleva. No es leer a cien autores, sino a unos cuantos que nos hagan vibrar. Una vida es poco para leer a cinco autores, lo que se dice leerlos. Y bueno, ya no digamos diez o quince. Más de veinte es diletar.
           
Unos leen mucho para ser más inteligentes, pero a veces lo inteligente es leer menos.


(Buscando a Syd publicada el 14 de julio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (4)

El problema surge cuando normativizamos el desprecio y el ostracismo. De esta rabia acolmillada –con hilillo de sangre en la mejilla, mezclada con el color celeste y sublime de la patria– nadie dice nada. De lo resentidos y retrecheros que somos los chapines, que condenan, no una sino tres veces, nadie expresa cosa alguna. Ni modo: eso no se ve bien en el pic ciudadano, en la selfie histórica...
           
Eso puede recibir el nombre de negación. Si no veo en mí lo que estoy atacando –y aún proyecto mis propias contradicciones y distorsiones en el orden social– la cosa se puede poner muy delicada: lo único que aporto al ambiente colectivo es pegajosidad, confusión y desdén. Si yo lucho contra los demonios afuera de mí y no lucho contra esos mismos demonios dentro, entonces estoy practicando una doble, una fariseica moral.
           
(Por ejemplo, si soy un medio o institución que pido transparencia, pero yo mismo no soy transparente con la manera cómo recibo y gestiono la información o recursos, hay algo ahí que no rima.)
           
Pero luchar es un concepto a revisar: en el nivel más inteligente, no es cuestión de luchar con nuestros aspectos demónicos, sino de trabajar con ellos, para transformarlos e integrarlos.
           
Rehabilitar el Estado roto –y a quienes lo rompieron– es mil veces más avanzado y compasivo que alimentar la imagen de un Estado–Fénix. Eso de refundar el Estado (como si el Estado fuera una estructura de legos) es retórica de oportunistas y rupturistas por igual. Los oportunistas que andan buscando nuevos escenarios para establecer viejos patrones de conducta; y los rupturistas, que andan tras un Estado corre–y–va–de–nuevo, porque así no tienen que conversar, de veras conversar, con modalidades incómodas del ayer, que prefieren sepultar, aún cuando esas modalidades son el propio strata cultural sobre el cual su propio panorama descansa, guste o no.
           
No está bien visto decir que el pasado fue una condición evolutiva determinante para el cambio que hoy estamos viendo. Pero de hecho es exactamente el caso. Es por lo mismo que el pasado no es algo que puede encerrarse en un arcón.
           
Se requiere ir, no solo del pasado al futuro, sino también del futuro al pasado. Injusto juzgar a navaja las estructuras pretéritas con nuestras reglas, ambientes y herramientas discursivas actuales. Mañana nosotros mismos seremos juzgados por hacer cosas que hoy, no solo son culturalmente legitimadas, sino aplaudidas por el sistema. Y en ese sentido, me gustaría que los habitantes del futuro tengan alguna clase de consideración con nuestras limitaciones de consciencia presentes.
           
No hablo (¿pero es necesario aclararlo?) de indultar el pasado sino de darle el mayor contexto posible, y de comprenderlo en términos de evolución cultural, evitando, además del prejuicio, el postjuicio.
           
¿Qué hay del juicio a secas? Por supuesto, encontrar culpables es bueno –porque los hay, son muchos– pero sepan que no será suficiente con colmar las cárceles de culpables. En la culpabilización a ultranza dosis masivas de responsabilidad se extravían. Y sin embargo no hay nada que no sea nuestra responsabilidad.
           
Incluso los culpables son nuestra responsabilidad. Dicho de otro modo: un Estado sano es uno que se hace responsable de sus demonios, pero ya no dentro de una lógica binodal, nosotros–versus–ellos, lógica que invoca agresión, murmuro y polaridad, sino más bien como expresión completamente inclusiva, en el espacio y tiempo estatales.
           

(Buscando a Syd publicada el 6 de julio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (3)

La mucha luz arroja mucha sombra: no son aparte. De igual manera, el heroísmo ciudadano, por un lado admirable, también incluye áreas ciegas, inconscientes, algunas mefíticas.
           
Por ejemplo, hemos visto formas de intención ñoña y sublimatoria que, sin una visión panorámica auténtica, dan lugar a frankesteins causales. O bien es tal la autoabsorción en el propio relato vencedor que se omiten desarrollos y aspectos cruciales del mandala nacional.
           
Esta locura es muy contagiosa. Yo le llamo síndrome de la Plaza o folie à deux ciudadano. Los afectados por este síndrome mitologizan como que no hay mañana, sin atreverse a tomar posiciones marginales, incómodas o autónomas, que puedan afectar la narrativa paladina que creen estar viviendo.
           
Es obvio que necesitamos reformar. Pero todo reformador precisa –además de relajarse un poco– entenderse a sí mismo y su situación enteramente.
           
Un problema es cuando el citoyen o la institución proyectan un poder que en realidad no tienen del todo, cuando alucinan conocimientos y capacidades que no poseen a cabalidad. Y ahí los tienen cantando las glorias del pájaro de la transformación, pero resulta que este Albatros no vuela como tenían pensado.
           
O vuela para otra parte.

Dentro de este caldo cívico hay muchos tontos útiles que, en su creencia obcecada de que están sirviendo el bien, terminan sirviendo agendas ambiguas o programas ocultos de terceros (su propio trip heroico no les permite verlos). Un montón de jellyfish flotando en los diseños mediáticos y políticos de turno.
           
Los hay, en cambio, que se resitúan en una exterioridad intocable, desde donde señalan a todo el mundo, pero sin de veras poner un naipe real en la mesa.

Una posición demasiado cómoda. Incluso la Plaza es una extensión de este tipo de comodidad: una coordenada sin riesgo, salvo el riesgo de que te estallen los oídos, por las irritantes vuvuzelas. Lo que llamamos liderazgo social muchas veces no pasa de una manera sublimada de desidia.
           
(Algo similar pasa con algunos órganos de prensa, que de un tiempo para acá ya no generan ellos la conversación periodística, ni dirigen los insights mediáticos. Solo se limitan a responder pasivamente a los estímulos y encuadres que les ponen delante, desde una especie de circularidad enlatada. Algunos telenoticieros por ejemplo llegan al colmo de solo dejar correr la cámara en las audiencias, sin edición, comentario ni editorialización de ninguna clase. Así de inercial es su labor. No califica exactamente como periodismo de alto nivel. Para mientras, podría decirse que la CICIG tiene cooptada la vida noticiosa nacional. Es en verdad como si ya no hubiese noticias fuera de la CICIG.)
           
Una cosa es delatar el sistema en lógica espectadora y señaladora, y otra es tratar con sus energías reales –más grises de lo que estamos dispuestos a admitir. Sin exculpar a nadie de nada, creo que hacer política real, en la pura noria, demanda cimbreo. Cimbreo no quiere decir ocultamiento, ni falta de eticidad. Cimbreo quiere decir cimbreo. No podemos perder la intensidad estratégica ni la perspectiva de alcance.  
           
Un aspecto abominable del héroe es cuando en su ablución purgativa barre incluso con lo que es bueno. Esto se refleja de varios modos. Uno de ellos es que cualquier cosa que huele a poder personal, ganancia privada o diagonalidad es vista ya con desconfianza.
           
Y menos mal.
           
Pero menos mal hasta cierto punto. Lo más detestable de los corruptos y de los propugnadores de la casuística obscena es que arruinaron para todos la soteriología de la oportunidad y la mística del ascenso y gremial fluido. El empresariado, que nunca articula nada correctamente en este país, no ha sabido articular esto. Y sin embargo le corresponde.
           
Otro ejemplo de cómo se tira el bebé con el agua es cuando empezamos a dar signos de ingratitud molar con personas que han nos han servido y han servido en la ferretería democrática, de uno y otro signo. A veces ninguneándolos, a veces devaluándolos, a veces ya linchándolos.
           
De hecho, cuándo hablamos de nuestra luz social, de nuestra cruzada redentora, lo que no manifestamos es lo mucho que nos gusta demonizar y crucificar al otro, y verlo caer al fondo del abismo.


(Buscando a Syd publicada el 30 de junio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (2)


Muchos héroes sociales son seres respetables que han decapitado el régimen del miedo. El problema es cuando los héroes sociales se vuelven ya persecutorios.
           
Los Lannister son terribles y merecen ser derrocados. Pero los Sparrows no es que sean corderos de sacras intenciones. Son iguales de fregados, políticos y mediáticos que aquellos, quizá peores, en el sentido que van irregulados por la vida, mientras visten todas sus acciones de reforma y decoro, y un aura pietista de autoridad.

Podemos decir que el efectismo está en todos lados, en estos días. Con un encuadre inteligente y cierto tono solemne se pueden obtener resultados sorprendentemente brujos. La vieja táctica de pasar la brasa y contemplar cómo arde la ciudad. Los timelines se pueblan de insultos y agresiones y burlas y una sed anatémica de esquinar (y claro que hay presiones, precondenas y preguillotinamientos, aún si no ocurren directamente en el espacio jurisdiccional).
           
Luego se alegran de las vidas destruidas: es el “paseo de la vergüenza”.

A eso se agrega la atmósfera conspirada, grávida de derivas paranoicas, reforzando el propio machote crístico, lejos del matiz, del contexto, también de la gradación (todas las transgresiones son puestas sin distinción en un mismo espacio de repudio).
           
Ah, los Sparrows. Lo miran todo en blanco y negro y siempre creen estar en el lado correcto de la calle. Su marca es la intolerancia con quienes no comparten sus valores, su fe y su ilusión (de hecho reprueban cualquier forma de desilusión).
           
Por supuesto, una auténtica metafísica de la corrupción no permite interpretaciones tan maniqueas y simplistas, a la larga de–responsabilizadoras. Alguien –que por cierto hoy trabaja en la CICIG– me dijo una vez: no hay bombillo de este lugar que no sea dinero del narcotráfico (nos encontrábamos en un edificio de apartamentos). Fue una gran sabiduría para mí: ¿qué tan limpia está nuestra pretendidamente impoluta realidad?, ¿qué luz te está alumbrando, Justo? En el budismo se habla de interdependencia: todo se encuentra en mística connivencia, y de ahí se desprende que todos somos responsables de todo. ¿Puedo asegurar que la batería de mi teléfono no fue construido con trabajo infantil? ¿Qué mi plástico no fue el que mató esa ballena? Bajo esa óptica, todos tenemos algo de Lannister.
           
Así como de hecho todos tenemos algo de Sparrow. Y no es una cosa a tomar a la ligera. En verdad, el Arquetipo del Héroe o Redentor es, de todos, el más peligroso. Especialmente aquellos que tienen su relato de elegidos hasta el techo deben tomarse la molestia de explorar sus zonas oscuras, y eso incluye a medios varios, plazistas, francotiradores de Facebook, movimientos tales, y empleados del mismo eje MP/CICIG. Yo he venido advirtiendo de esto desde hace rato: el mito formador ciudadano también formula oscuridad: no verla es destruirlo, destruir su energía creativa, atrayendo polarizaciones imperiales. La meditación y la prudencia son de todo punto aconsejables.         
           
La verdad es que toda esa alineación institucional, ciudadana y mediática que hemos estado viviendo me da como escalofríos. En tanta alineación hay una cierta alienación. Creo que hoy más que nunca se necesita el valor del antihéroe: el que practica la libertad cromática, más allá de las posiciones fijas, y no está definido ni por los Lannister ni por los Sparrow. Por supuesto, unos y otros te harán sentir extremadamente inadecuado, por no estar afiliado con cada cual.

Pero hay un derecho: el derecho al pensamiento independiente.


(Buscando a Syd publicada el 23 de junio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (1)

La CICIG da, semana a semana, sus golpes de férula, con autoridad talmúdica. Recientemente estas investigaciones tocaron al señor Erick Archila, quien había estado a la cabeza del Grupo A, consorcio mediático.
        
Me atañe, porque yo trabajo en uno de los medios del consorcio mencionado. Y en vistas del presente affaire, escribí unos posts en los días pasados en mi página de fb, para rendir mi posición.
        
Uno decía:
        
“En Contrapoder –que considero una notable plataforma periodística– yo siempre he sentido que trabajo para mi querida editora, María Marta Sandoval, y para Juan Luis Font, por quien pongo las manos al fuego. Del señor Erick Archila nada puedo decir, porque no lo conozco. Una vez me lo encontré en el ascensor del edificio de Contrapoder, y no hablamos, según recuerdo bien. Tal y como está la situación, en este momento, me parece que es dable compartimentalizar las cosas, y sostengo mis lealtades laborales. Otra cosa me parecería indigna y sin carácter. Pero estoy viéndolo todo, claro. O como dijera el maestro zen: ya veremos.”
        
Luego, al ver la metralla que estaban recibiendo los colegas de la revista, escribí nuevamente:
        
“Aquí trazo la raya, y me pongo del lado de los colegas de Contrapoder. Al carácter vindicativo del    chapín –crea Cristos para después crucificarlos– yo agregaría su ingratitud infinita, que disfraza de una rectitud fantástica y didascálica. Es la clase de rectitud que no solo olvida, en un post automático, los sudores, batallas y talentos de los periodistas del caso, además no matiza nada y todo lo tuerce a conveniencia. Así es como los persecutores se transforman en eso mismo que persiguen: unos abogados del criterio único, con teas a gusto, para que puedan verse con precisión los cadáveres bermejos de los múltiples quemados. Pero mi experiencia es que, con rascar un poquito, uno pronto encuentra la mierda, de ellos: los Irreprochables, los Probos, los Héroes del Asco.”
        
Por supuesto, cualquier periodista, sin excepción, es susceptible de fiscalización y crítica. Pero por crítica yo entiendo la crítica honrada, no monolítica, agendosa, rencorosa, envarada, filetera ni alienada. De la crítica estoy hablando, no de la destrucción del trabajo de aquellos que han puesto el pellejo en la línea de fuego democrático.
        
Lo cual a menudo requiere entrar al ámbito real del poder. He dicho antes de los medios que no se atreven a ingresar a la política editorial viva y las gredas del marketing. Lo cual está muy bien, siempre y cuando no compensen su pretendida pureza con oportunismo mediático, chivatazos adolescentes y notas facilonas de like. Y siempre y cuando no caigan en la interpretación de machote, el reduccionismo de agenda, el narcisismo redentorial, y un cierto sentido de superioridad periodística. Hay que verlos cómo paran el culo.
        
En lo personal, admiro mucho los medios que agarran con arrojo los nutrientes que necesitan de la tierra circundante, incluso con riesgo de contaminarse. Si no hicieran eso, simplemente no podrían crecer y ser secoyas, es decir tremendos proyectos que benefician una diversidad de seres y sistemas. Los otros son lindos, en su bonsaidad, son lindos, así en maceta, pero crean menos de lo que consideran, y siempre se terminan congestionando, de un modo u otro, en su personalidad guarecida, superpersonal y endogámica. Y menos prístina de lo que creen. O quieren hacernos creer.  


(Buscando a Syd publicada el 16 de junio de 2016 en El Periódico.)

Crónicas parlamentarias


He visto en la televisión española a los diputados ibéricos darse en la madre. Es todo un espectáculo. 
           
Ahora, con el rollo de la disolución de las Cortes, y subsecuentes reelecciones en España, la cosa promete ardores shakespeareanos.
           
Pero siempre ha sido así. Eso rapidito lo comprende uno al leer el libro Crónicas parlamentarias de Manuel Vicent, un libro que El País sacó en 2012. Ya antes había leído estos textos clásicos, en la web del periódico citado, pero recientemente los descubrí en libro digital en Amazon, por solo $2.99.
           
Aparte de ser un hermoso ejercicio de periodismo literario, un reporte de los años fundacionales del parlamentarismo español en su fase democrática, una joya oracular de análisis político, aprecio la manera en que esta obra reseña la conducta y vida verbal del legislador, a menudo con un deje de sorna, sardonismo fino y recalcitrante frescura.
           
La selección de columnas está de todo punto conseguida en tanto que refleja cómo se buscaba, en aquel plenario de finales de los setenta, una Constitución de arduo parto, mientras que simultáneamente refiere tópicos muy propios de la época (por ejemplo la anticoncepción o la pena de muerte), contendidos en tensiones y señalamientos histriónicos por los partidos y esferas del caso.
           
También nos da sucesivos insights sobre los agentes y personalidades que marcaron aquella era, no sé, un Manuel  Fraga, un Felipe González, un Tierno Galván, aquella clase congresista que puso en la mesa ciertos modos de pactar, y estilos de oratoria. Es así como Vicent describe y disecciona la discursividad de estos seres, sus inspiraciones, sus graves comicidades, sus articulaciones, que fluctúan de la dialéctica a la delación.
           
Adicionalmente, lo que Vicent hace, virtuosamente, con humor y poder observador, es transferirnos los ambientes, tanto oficiales como paralelos, del poder parlamentario, sobre todo en tiempos tan delicados (“Los diputados hacen Política como si jugaran al baloncesto con un delicado jarrón de dinastía Ming”). Ahí van en alud las leyes, los tecnicismos, las negociaciones, los entrampamientos.
           
El reseñista legislativo, testigo avanzado, se inscribe en una noble tradición que en suelo español incluye a plumas tan pesadas como Azorín, Pla, y al propio Vicent (a quien tuve el honor de escuchar cuando Luis Aceituno lo entrevistara personalmente hace ya unos años, si no estoy mal cuando Son de mar ganó el Alfaguara).
           
Faltaría, como yo lo veo, un cronista así de afilado en nuestro propio cónclave, que contara las cosas como son: cada frase suya debería ser como una bomba en el hemiciclo, para tanta cafrería, para tanto padre de la patria que no legisla, para tanto funcionario que no observa ninguna gravedad senatorial, para tanto oportunista que cree que el Congreso es una empresa, y no el lugar donde se decide con nobleza el destino de una nación.  


(Buscando a Syd publicada el 9 de junio de 2016 en El Periódico.)

Un traidor afán

Seguir la vocación de escritor –por muy auténtico que sea el “llamado”– no garantiza nada, no significa que uno vaya a ser feliz.
           
Hay quienes creen que sí, pero eso es pensamiento mágico.
           
No hay que descartar los momentos de plenitud. Pero tampoco sería sabio olvidar la frustración.
           
Comprendan que este brete de la literatura lo crucifica a uno incontables veces. Me gustaría decírselo a quienquiera esté considerando volcarse a tan traidor afán.  
           
Lamentablemente, y dado que hoy la escritura gana popularidad en el universo de los oficios, se multiplican los ingenuos que creen que van a encontrar en la literatura el divino shangrilá.
           
Yo le recomendaría vivamente a la mayoría de las personas que consideran dejar su trabajo para dedicarse a eso de redactar cuartillas que lo piensen un par de veces. Puede que algún día amanezcan en un cuarto sucio y sin un riñón en el costado. Es un asunto de prudencia.
           
El caso es distinto para aquellos que de veras son escritores. Esos no pueden no escribir. No cuentan con el lujo de escoger. Su maldición será, para siempre, la de Quemarse Con La Palabra. Es, por seguir a Capote, el látigo que Dios les dio.
           
En 2003, ingresé al universo inestable de la redacción independiente.  Fue la última vez que tuve un trabajo de veras fijo, con la sola excepción de un brevísimo período en una agencia de publicidad, en donde laboré sin gloria por razones económicas.
           
Tomar la decisión de renunciar a un trabajo solido para dedicarme al naipe vaporoso de la redacción no fue de ningún punto de vista fácil. En la distancia, lo veo con cierto humor, pero en aquel momento había un abismo rojo y real debajo de mis pies.
           
Que sigue estando ahí.      
           
Es cierto que he logrado hasta el día de hoy –esto es: trece años más tarde– mantenerme a flote, gracias a la redacción corporativa, el periodismo de opinión y cultural, esporádicamente gracias a uno que otro proyecto creativo.
           
Pero Dios sabe lo que eso ha costado. Cristo santo. Pienso en los innumerables correos que nunca recibieron respuesta… En la angustia de no tener a nadie a quién venderle un artículo… Soñando con la clase de oportunidades literarias que solo se dan en el país de los unicornios…
           
En verdad ser escritor no es cosa de soplar y hacer botellas. Para empezar, uno tiene que encargarse de toda la enchilada: generar negocios, malabarear con los flujos de trabajo, flirtear con los clientes, perseguir a los morosos, la difusión y todo el resto.

En ciertos momentos la vida se vuelve una pesadilla de deadlines: es un trabajo infinito para un cheque de nada. Luego otras veces la onda se torna glacial: nadie nos contrata, nadie reclama nuestro talento.
           
Será porque es un talento muy dudoso...
           
¿Que si ha valido la pena la cosa de la escritura? Podría decir, con el replicante de Blade Runner, que he visto cosas que ustedes no creerían. Pero también podría decir, siguiendo el parlamento, que todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.


(Buscando a Syd publicada el 2 de junio de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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