'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Gt (65)

También quiero advertir que no debemos construir una nacionalidad para apartarnos del otro. ¡Cuidado con la retroterritorialidad! Tenemos completo derecho de identificarnos con cualquier expresión cultural del planeta sin ser linchados por ello, independientemente de lo que dicta el dpi. ¡Porque mientras sigamos pensando que nuestra identidad localizada tiene más peso que nuestra identidad global, seguiremos fragmentando y creando bunkers tectónicos de paranoia cultural!
           
Voy en contra de la falacia del compromiso local exclusivo: formar parte de una realidad local en ningún modo exime a nadie de su ciudadanía regional y global (y cósmica). De la misma manera que es sagrada obligación interesarnos en los asuntos de nuestro país también lo es el mostrar un genuino interés en cualquier conflicto que ocurra en cualquier parte del planeta, y comprender que en un mundo interdependiente cualquier crisis en cualquier latitud afecta por igual a todos, todo el tiempo. La distancia geográfica y cultural no debe y no puede ser bajo ningún criterio un pretexto para alejarnos del llamado otro. Con toda nuestra fuerza moral e intelectual trataremos lo mejor que podamos de investigar y comprometernos con las realidades íntimas pero también con las remotas, bajo el entendido de que todas son irrevocablemente nuestras.
           
Por demás, ocurre con frecuencia que la misma proximidad con un conflicto impide a aquellos que lo viven tan de cerca generar soluciones objetivas o fuera de la caja, en cuyo caso el observador distante bien puede ser el único chance que tienen de encontrar una salida. Se hace evidente aquí que no hay que utilizar el argumento de la responsabilidad planetaria para crear escenarios gratuitos de intervención violenta.


(Buscando a Syd publicada el 28 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (64)

En cuanto a los valores que propuse para el país, para mí lo ideal es que sean propagados: no impuestos, sino explicados. No es cuestión de crear borregos guatemaltecos, sinos seres morales inteligentes al servicio de nuestra comunidad nacional. Además, comprendiendo que los valores no son reglas dogmáticas y cerradas al servicio de un crudo volksgeist, sino energías abiertas, que por tanto ofrecen muchas posibilidades.
           
En teoría, un valor será siempre el más adecuado, más relevante para tratar con cierta situación determinada, y el arte es saber cuál. Pero en realidad raramente una situación demanda un valor único. Por lo general requiere acordes específicos de valores, esto es: combinaciones customizadas para el reto en desarrollo.
           
Es importantísimo captar que cada característica genérica de la personalidad guatemalteca tiene muchos registros y matices y niveles y tonalidades y por ende se manifiesta de muchas maneras concretas y sutiles. Además posee innumerables aspectos sombra y aspectos luz. La cosa se hace más difícil cuando nos damos cuenta cómo esa característica se combina con otras características nacionales que son también extremadamente sofisticadas y complejas, formando un todo vertiginoso y fractal.
           
Por demás, incluso dentro de un mismo esquema colectivo de funcionamiento, los distintos guatemaltecos pondrán a jugar el aparato axiológico genérico nacional de distintas maneras, según sus inclinaciones y posiciones en el tablero. Hablo en Gt del guatemalteco como sujeto imbuido de colectividad guatemalteca, a sabiendas que cada guatemalteco elije una coordenada íntima dentro de la vasta personalidad nacional, una coordenada que será más o menos fluida, según el caso particular.
           
Y aún hay que agregar otra complicación: los guatemaltecos individuales deberán contar con sus propios valores personales, independientes de los del chumul, y luego ponerlos a jugar con los valores generales nacionales aquí propuestos. A veces tendrán que ceder un poco ante los valores colectivos, otras veces deberán poner los suyos primero, incluso enfrentando aquellos.
           
Por demás es posible que el país tenga un sistema primario de tendencias arquetípicas y valores, pero eso no niega que hayan subsistemas axiológicos, para enfrentar determinadas situaciones. Eso es ya más embrollado e imposible de abordar en este espacio.


(Buscando a Syd publicada el 21 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (63)

Gt fue un proyecto publicado en mi columna Buscando a Syd, a lo largo de un año y medio. ¿Demasiado largo? Como yo lo veo, Buscando a Syd es la clase de espacio editorial que autoriza esta clase de desproporción o desmesura. De otra parte, en ningún otro lado sino en Guatemala y en El Periódico podría uno publicar una seguidilla temática de más de sesenta columnas sin que nadie –ni un editor, ni un solo lector– ofrezca una palabra de disentimiento. Pero eso, de hecho, es lo hermoso de Guatemala y de El Periódico: tenemos una forma personal de hacer las mierdas.
           
Sé que el trabajo fue medio pesado para un lector de columnas, que evita en ellas la maldición de lo inacabable. Y eso que procuré conservarlo sintético (en realidad estas columnas no han sido sino notas para un hipotético ensayo, de más ambición, que será o no escrito más adelante).      

La verdad es que muchas de las descripciones no pasaron de ser suscintas pinceladas. Así pues, pude haber dado algo más extenso, más monstruoso. Pero el jovial abuso tenía que detenerse en algún lado. Por demás, traté de hacer que el trabajo rimara con el formato columnístico, por tanto que cada sección del ensayo pudiera ser leída como una columna individual. Muy a menudo tuve que cortar las secciones respectivas para que cupieran en 1,700 caracteres, que son los caracteres que tengo disponibles en Buscando a Syd. Por cierto, todo el trabajo –con sus secciones ya completas– fue subido a un blog cuya dirección es estoesgt.blogspot.com.
           
Diré que no es lo mismo leerlo de poco en poco que de una vez y por completo: invito al lector a que lo haga también de esta manera. Por demás, dudo que haya alguien que haya seguido la secuencia entera hasta aquí, jueves a jueves.
           
Si me tomé la libertad de escribir un proyecto así de dilatado para un formato de columnas fue porque el tema me pareció trascendental: el de nuestra identidad guatemalteca. A los ocasionales lectores extranjeros ojalá les haya servido para conocer algo más del llamado chapín, y mejor aún, para hacerse preguntas sobre su propia idiosincracia. La verdad es que no sé si este trabajo en realidad ayudará a alguien, alguna vez; a mí en todo caso me hizo mucho bien tratar de entender esto que, a mucha honra, soy.

Por ningún lado he visto un acercamiento de veras estimulante a lo que es ser guatemalteco, y sobre todo a lo que es ser un guatemalteco sano. Naturalmente, las conclusiones a las que arribé no están escritas en piedra. Invito encarecidamente a otros a que saquen las suyas.
           
Este fue un trabajo que hice, como se dice, por amor a mi país. De más está decir que estas conclusiones fueron hechas con el objetivo de privilegiar el conjunto de guatemaltecos, no para beneficiar ninguna agenda particular (por ejemplo política o publicitaria) que no contribuya con la Espiral Nacional.


(Buscando a Syd publicada el 14 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (62)

En efecto, las viejas estructuras–diques de las naciones–estados están siendo fracturadas y rebasadas por los retos planetarios. Por tanto necesitamos una nueva forma de pensar capaz de unir puntos en el espacio, en el tiempo y en la consciencia. Eventualmente, una federación geopolítica global será necesaria, una federación que, sin castigar los rasgos diferenciadores y particularidades materiales y culturales, emita un nuevo rostro paratribal. Aquí ya es una cuestión de trazar e integrar sinfónicamente macrosistemas y súpercomunidades; de conectar espirales discretas en totalidades cada vez mayores, con lo cual la complejidad y el sentido de interdependencia crecen exponencialmente, hacia un gran mosaico.   
           
Hay que añadir que en los momentos más altos de la Espiral accedemos a niveles transpersonales que emanan espontáneamente meta–redes al servicio de la conexión universal y el orden cósmico. Es el reinado de la co–creación y el entendimiento holónico. De momento, no hace falta extenderse mucho en ello, o se me acusará de fumar hierbas veleidosas, cosa que no he hecho en exactamente trece años. Se ve que la tentación aquí es subir y subir y ya no bajar. La fórmula correcta es: alas y raíces. No podemos dejar de trabajar en función de las condiciones concretas de cada sistema. ¿Para qué perder el tiempo en modos de desarrollo desarraigados e impracticables, cuyas implicaciones son solo teóricas?
           
Termino esta sección diciendo que una de las cosas más impecables que nos sugiere el modelo de la Espiral es que todos tenemos derecho a ser lo que somos y a estar donde estamos, sin embargo reconociendo la posibilidad, la necesidad, y la realidad evolutiva.


(Buscando a Syd publicada el 7 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (61)

Saneando y sirviendo la Espiral como totalidad, diseñamos orgánica y naturalmente los programas y condiciones de vida precisas para que se den saltos emergentes y estratificados que “trasciendan e incluyan” (Wilber) fases previas en el despliegue del sistema.

Hay que comprender que siempre está la posibilidad regresar a etapas más densas de la Espiral, si las condiciones de vida nos sujetan a ello. Por tanto necesitamos que la inteligencia de cada nivel psicocultural esté de hecho siempre disponible. No es cuestión de superarlo en el sentido de dejarlo atrás. De hecho, y como yo lo veo, eso es imposible. Cada sistema memético anterior pervive, siquiera como narrativa histórica o simbólica, pero más aún reencarna siempre en desarrollos más complejos. Está claro que todas las plataformas culturales –una vez despiertas– coexisten con sus estructuras precursoras, así lo deseen o no. Estas últimas no deberán ser negadas, aplastadas, ridiculizadas o fagocitadas. Tampoco dirigidas con una mentalidad fría, dominadora, elitista, condescendiente, sobresimplificadora, reduccionista, uniformadora o eugenésica. O de otra parte codependiente. Todos estos modos de ingeniería social solo traen –a la corta o a la larga– más y más confusión y problemas.
           
Cuando la Espiral nacional sane, podrá contribuir de una manera decisiva al orden planetario. Nos damos cuenta que en este mundo globalizado y multidimensional hay una constante colisión y migración caótica de memes y humanos, que requiere ser comprendida y administrada desde una metaperspectiva superior y una mística unitiva concreta.


(Columna publicada el 30 de abril de 2015.)

Gt (60)

No me proclamo experto en Dinámica Espiral, pero lo que entiendo del modelo resuena muy fuerte con intuiciones personales que he tenido desde siempre. Para mí enterarme de su existencia fue algo así como llegar a casa. En realidad es un modelo que viene de los años setenta, pero ya saben lo lento que migran las ideas a este país, incluso en la era global.
           
El modelo de la Dinámica Espiral nos enseña que no es cuestión de renunciar a las etapas de expresión más densas de un sistema cultural (que de hecho sostienen a las más espaciosas, sofisticadas y sutiles) sino más bien de asistirlas, por medio de arquitecturas y sinergias elegantes, para que puedan trascender su bloqueos, crisis y trampas nucleares. Todo ello desde una perspectiva más amplia, y en pos de una mayor libertad, salud, integración y fluidez del sistema todo. El gran error es ingresar a una determinada dimensión cultural y negar o devaluar la relevancia de las anteriores (e. g. el sujeto de mentalidad científica que cree que todos los creyentes somos unos pendejos) o la relevancia de las posteriores (e. g. el legalista que cree que la ley es la última frontera de la armonía social).
           
Cada mentalidad cultural posee una función y fundamento en la Espiral potencial y manifiesta, y en determinados momentos es clave para resolver un problema propio de ese u otro nivel memético. Eventualmente lo que queremos es no quedarnos atrapados en ningún código particular, sino movernos espontánea y sistémicamente en todos, personal o impersonalmente, según lo demande la situación.

A estas alturas de la Espiral, estamos hablando de la clase de inteligencia que se siente muy cómoda gestionando polaridades y niveles paradojales de realidad, y va subiendo y bajando en la Espiral allí donde se le necesite, creando los equipos y contextos de trabajo que se requieran para ello. Coordina y establece jerarquías, pero no jerarquías clausuradas, sino jerarquías condicionales que sirven para arreglar problemas puntuales dentro de la Espiral. Son jerarquías a las cuales se les ha delegado un poder y un nivel de liderazgo supeditado a la salud total del sistema, y que jamás lo exceden. En algunos casos, si ya no son requeridas, se descristalizan y se retiran de nuevo a un sano anonimato.


(Columna publicada el 23 de abril de 2015.)

Gt (59)

Empezamos a entender que el asunto aquí consiste en integrar distintas perspectivas sin imponer burdamente alguna sobre las demás, mentalidad que nos tiene en el atolladero en el que estamos.
           
La lógica esto–o–aquello simplemente ya no funciona. Todas las verdades son parciales y deberán ser complementadas con otras verdades, en pos de un enfoque completo: un enfoque esto–y–aquello, uniendo lo individual con lo colectivo, y lo horizontal con lo vertical.  
           
Se requiere de esa cuenta activar una cualidad observadora, mimética y ecualizadora, que consiga adaptarse naturalmente a las distintas estrategias o inteligencias culturales residentes en el país y en el mundo, que pueda hablar sus lenguajes particulares, para luego ponerlas a bailar en conjunto. El problema no es esencialmente político, económico, racial, religioso, de género, etcétera... El problema es memético.
           
Estas inteligencias culturales son auténticos metasistemas de valores (o grandes memes, más bien llamados v–memes) y conforman una espiral ascendente y dinámica que se vuelve más compleja y vasta conforme va subiendo. La idea es darle énfasis al tono memético (o grupo de tonos meméticos) que mejor salvaguarde, sincrónica y diacrónicamente, la integridad de la espiral toda, con sus códigos y visiones globales. Se infiere que la cantidad, naturaleza e intensidad de las perspectivas aplicadas dependerá de la situación concreta del sistema que se busca sanear, en caso requiera ser saneado.
           
Este elegantísimo modelo, hoy llamado Dinámica Espiral, nació del cerebro de Clare W. Graves y nos ha sido explicado por brillantes epígonos suyos como Christopher C. Cowan y Don Beck (uno de los genios detrás la reconciliación en Suráfrica, para lo cual hiciera en su momento más de sesenta viajes a esa región). Me dicen que Don Beck ya estuvo en Guatemala; ignoro si algo concreto surgió de ello.
           
Es un modelo transformacional –lo mismo descriptivo que prescriptivo– que implica todas las dimensiones y grados de complejidad de un sistema. A veces es presentado como un modelo bio–psico–socio–espiritual.

Para un mago de la Dinámica Espiral, la siguiente pregunta es nuclear: ¿cómo debe quién liderar a quiénes a hacer qué, y cuándo?


(Columna publicada el 16 de abril de 2015.)

Gt (58)

Solo al trascender estos y muchos otros escollos, podremos de verdad seguir con el trabajo peludo de abrir la caja de pandora de las voces y las creencias y las convicciones y las opiniones y las diferencias. Está claro que a estas alturas y ya metiditos en el siglo veintiuno, no podemos mantener una identidad o narrativa monolítica de país. El trabajo es sencillamente coral.
           
Esta coralidad no cancela la disensión, sino la protege. Así pues, lo ideal es que las masas organizadas practiquen la disidencia (productiva), la crítica (informada), la oposición (afirmativa), la resistencia (práctica), el disentimiento (digno), la ironía (sabia) y por veces la desobediencia (consciente) en relación a cualquiera de las plataformas patológicas de la administración y cultura dominantes. En suma, legitimar y estimular la lucha honesta, inteligente y sensible como ciudadanía deseable.
           
Coralidad tampoco quiere decir arreglarlo todo a fuerza de mesas redondas y debates públicos y negociaciones. Comprendamos que estas estrategias incluyentes y conversacionales no siempre son las mejores (¡oh, apostasía!). No caigamos en la autocracia del consenso. A veces la acción no consensuada es, de hecho, la más efectiva.
           
Agrego que la coralidad incluye los reinos animal, vegetal y mineral. No se puede repetir lo suficiente eso de la agenda ecológica. Antes a los que se preocupaban por la ecología los llamaban eco–histéricos. Pasadas las décadas, el término ya no se escucha en columnas y diarios locales. Cualquiera que aún sostenga que la destrucción del medio ambiente es una doctrina paranoica quedará como un imbécil. La única prosperidad posible es aquella que está consciente de que vivimos en un mundo limitado, con los recursos contados. Actuemos en consecuencia, en sana distribución, de acuerdo a las necesidades pendientes. No admitamos soluciones ambientales decorativas. Tampoco importemos modelos voraces y entidades explotacionales que solo traen miseria y destrucción a nuestro medio.


(Columna publicada el 9 de abril de 2015.)

Gt (57)

Así vamos pecando todos... Nunca faltan los peones progres, enmielados e ingenuos, que nos hinchan a todos los huevos con sus pequeños discursitos chapoteantes, en donde no se ve por ningún lado la lectura o la experiencia… Los que terminan sustituyendo el genuino ethos político por un lirismo barato, beato e inconsecuente, cuando no idiótico... Los que pierden el tiempo con blancos fáciles, seguros… Los que se extravían en inocuas abstracciones… Que hablan desde la pura fantasía doctrinaria, y residen en un perfecto cuento de hadas, de hadas y ogros… Los que, en su dogmatismo blanco y negro, nunca saltan al otro, por mucho que se llenen el hocico de grandes palabras como diálogo, como pluralismo... Casi tan desagradables como esos que creen que tienen algo demasiado importante y trascendental que heredarle a las futuras generaciones... Piensan que lo están cambiando todo y no están cambiando un carajo… Los que, no bastándoles el presente, quieren apropiarse del porvenir, como ya lo hicieran del pasado... Los paranoicos irremediables... Los que queriendo ayudar, ensucian, empeoran... Los agitadores de facebook, que revientan o pontifican, pero eso sí, en la perfecta entelequia de su mullida poltrona…. Y aquellos propagandistas que alegan por todo, por ejemplo en la sobremesa, pero nada hacen, nada resuelven, no aportan genuina información ni claridad orientadora, no plantean soluciones concretas más allá de las decorativas, no accionan, no participan realmente, no lideran, no dan el ejemplo, no sirven y de nada sirven, solo hacen ruido, insultan a todo el mundo, se burlan de cada quien, y escriben sus posts en mayúsculas, siendo unos mocosos descalificadores, desdeñosos, envarados y condescendientes, que ignoran las reglas de la comunicación elemental. En suma: unos léperos ideológicos. Todo lo anterior aplica por igual a activistas de izquierda y derecha. En términos generales, sin su preciosa indignación, muchos críticos de uno u otro signo se quedarían sin razón de ser (y algunos sin changarro) y por tanto lo peor que les podría pasar es que el sistema de veras se arreglase. Hablaremos en ese sentido de una indignación u oposición cómplice, que de hecho mantiene al statu quo por medio de la polarización inmovilizadora. Es muy sutil, y puede ser consciente o inconsciente.


(Columna publicada el 26 de marzo de 2015.)

Gt (56)

Definitivamente, me parece que hay que cuidarse del relativismo mórbido, esa horizontalidad circular en donde ya no hay lugar para la autoridad o la jerarquía o la verticalidad, y más que nada, en donde ya no hay lugar para lo sagrado, y aquí se entiende lo sagrado por supuesto en su acepción abierta.

En términos prácticos, el desconfiar de la jerarquías y el no saber cristalizarlas hace que las organizaciones demasiado horizontales se vuelvan inoperantes, deslideradas, incapaces de movilizar recursos y personal, o de proveer inspiración de calado que no sea lateral y endogámica.

No es infrecuente que los activistas grassroots sean incapaces de montar proyectos de largo plazo y de envergadura. Especialmente cuando les gusta la vida relajada, alejada y alternativa en un pueblo en el interior...
           
Si no son ateos rematados, y si tienen alguna tendencia al optimismo sutil y místico, van mezclando su lucha con lugares comunes sobre el amor universal, mientras fuman unos purotes de buena yerba, y se meten uno que otro enteógeno, al lado de algún cuerpo lacustre. Luego terminan perdidos en alguna secta chamánica, contando mantras hasta el infinito.
           
Estoy bromeando, más o menos. Lo cierto es que no tengo nada en contra de la simplicidad voluntaria ni la vida retirada, muy al contrario, y yo mismo, en cierto modo, la practico. Siempre y cuando no se convierta en un modo conveniente de evadir las complejidades del momento crítico que estamos viviendo, en lo íntimo y en lo social.
             
Tampoco es que no existan frentes muy serios de compromiso en el país. Abundan ejemplos de organizaciones y redes de solidaridad muy concretas y disciplinadas, con personas extremadamente formadas e informadas, de mucho carácter y de muy notable alcance, dispuestas a hacer el trabajo sucio.
           
No quita que existan otros idealistas completamente incapacitados para crear cambios en las metaestructuras, especialmente porque al desconfiar del universo del poder y los ambientes jurídicos, no se meten a esas aguas, cuando solo allí podrían ganarse ciertas batallas.
           
A veces hace falta un poco de realpolitik para conseguir resultados. Un problema es que sobran aquellos que no quieren mancharse las manos. Por lo mismo no desean entrar a un mismo cuarto con sus antípodas políticos: semejante conversación les mancillaría su precioso e inmaculado discurso. Dejando así a acolmillados o advenedizos en completa libertad de ocupar las plazas clave de poder.
           
La verdad es que quieren (o queremos, debería de decir) permanecer puros y héroes en la propia torre de cristal ideológica, hablando de política, pero fuera del fango.

Y sin embargo es imposible salvar el culo y las apariencias al mismo tiempo.
           
Y sin embargo el culo hay que mojarlo.



(Columna publicada el 19 de marzo de 2015.)

Rencor


He venido haciendo aquí una interminable serie llamada Gt (que por demás ya pronto llegará a su fin), pero el día hoy le pongo pausa a la cosa para hacer un ligero anuncio de carácter personal.
           
Se trata de la presentación de un mi librito llamado Un rencor puro y perfecto, publicado por la editorial Alas de Barrilete, presentación a la cual quiero yo invitarles, por ser ustedes, o algunos de ustedes, amigos, algunos de ustedes lectores, y porque nada hay más triste que una presentación a la cual no llega nadie. 
           
Siempre he dicho que publicar es la compasión del escribir, y eso es porque en el publicar se da ese momento de resolución en donde todas las energías cumulativas del libro son finalmente liberadas.
           
Pero también porque publicar no tiene sentido sin el otro: es un acto que por medio de ese ejercicio que llaman literatura –habíase escrito, por error, o por feliz acierto, literaruta– busca elevar al prójimo.   
           
Es cierto que a veces se dan, en eso de publicar, intereses dinerarios o narcisistas, pero, en mi caso, dinero es todo lo que he perdido al escribir y autoimagen no digamos, así que al final con lo único que me he quedado es con las ganas de compartir mi prosa–arcilla, y con ella rozar un poco a alguien. En cuanto a Rencor, se trata de la novela que me hubiera gustado leer y por tanto terminé escribiendo, sobre un personaje oscurito y entrópico, como me gustan. 
           
La presentación del libro es hoy jueves 12 de marzo a las 18:00 horas en La Erre (Vía 6 2–60 zona 4), uno de mis espacios favoritos de la ciudad. Me acompañarán les necesarios Jessie y Juan, es decir Álvarez y Pensamiento.


(Columna publicada el 12 de marzo de 2015.)

Gt (55)

Para no perder el humor, ser políticamente incorrecto es completamente necesario.

El asunto es no pasarse. O bien pasarse, pero con sabiduría y diseño, para que luego no hayan secuencias y consecuencias estúpidas, perder la vida es un ejemplo. Ser irreverente no es ser inconsciente, irresponsable. Hay que ser responsable de la propia irreverencia. No podemos ser como los niños, y creer que nuestro humor flota por encima de los karmas.
           
Hace un tiempo escribí una columna en dos partes llamada Humores que matan (encontrable en este blog) y allí dije:
           
“La ironía patológica se vuelve a menudo conductora de un statu quo. Pasa por libre, sí, pero es reaccionaria, sirviendo agendas inconscientes, incluso conscientes, de agresión, defendiendo determinados centros fríos, en el interior de las personas y colectivos. Podemos aceptar un poco de guasa y bullying, siempre y cuando no sea gratuito, y surja en el contexto apropiado. Pero sin olvidar que, cuando todo haya sido milimétricamente ironizado, lo único que quedará es una gran risa retorcida, en un estéril osario.”

El posmodernismo trajo valores increíbles, pero también trajo un lado furiosamente narcisista e inmaduro a nuestras relaciones intersubjetivas. ¿Cómo es que, cuando los platos se quiebran, la culpa resulta siempre exclusivamente del otro, esto es: del Tirano, del Prelado, del Oligarca, del Comunista, del Presidente, del Narco, del Sicario, o quien sea la figura del momento en la cual estemos depositando nuestras frustraciones sociales?
           
Una posición cuyo locus externo no solo no quiere ver la propia responsabilidad en la estructura general del problema cultural a resolver, sino que además se vuelve convenientemente dictatorial en su modo de señalar culpables. No es cuestión por supuesto de eximir a estos sujetos sociales de toda culpa, cuando la haya, sino de preguntarse si no se necesitan dos para bailar el tango, o como se dice, si no tenemos el gobierno–realidad que nos merecemos.
           
A menudo tiramos la piedra y luego escondemos la mano, y además con el cartelito conveniente de la libertad de expresión colgado beatíficamente del cuello. La responsabilidad, no obstante, es interdependiente, y es universal.


(Columna publicada el 5 de marzo de 2015.)

Gt (54)

Equilibrio. En términos generales, es trascendental no sucumbir a cualquiera de las dos aristas patológicas del posmodernismo: inaguantable corrección política o desacralización compulsiva. A menudo ambas se sostienen y nutren parasitariamente, de tal manera que podemos hablar de un relativismo totalitario, o bien de un integrismo de lo relativo, de lo periférico, de lo insolente y de lo individual. ¿Cuántas veces no hemos visto cómo la vendetta progre y antiestablishment se torna en otra forma de congelación y de jihadismo?
           
Esto es importante: la liberación de las perspectivas trajo consigo una nueva reificación de perspectivas, una nueva oleada de concentraciones mórbidas. Irónicamente, muchos centros de idealismo posmoderno se vuelven persecutorios ya sea respecto a los antiguos amos discursivos pero también respecto a nuevos agentes transversales, que yacen alejados de los breviarios posmoideológicos de turno, sean por igual eurocéntricos o  descolonizadores. Cuando desconfiamos de esta neomarginalidad (que podemos llamar, más correctamente, marginalidad–siempre–emergente, o arreferencialidad radical) nos estamos perdiendo de una tremenda fuente de energía creativa.
           
Todos conocemos a una feminista rematada, a un defensor obcecado de los derechos animales (yo,  a menudo), a un babeante revolucionario, a un secularista insoportable, que por estar inmerso en su exclusiva zona de interés ya no percibe otras formas de ver y restaurar el mundo.
           
A veces las suyas decaen en formas de acerbo fanatismo, fervorosa intolerancia, idealismo agresivo, dogmatismo comunal, culpa social tóxica, autoimpuesta o impuesta al otro. También hay una tendencia al dramatismo o sentimentalismo trágico, en donde no ingresa ni una puta gota de humor, o en donde hay un falso humor.


(Columna publicada el 26 de febrero de 2015.)  

Gt (53)

La clave es servir sin caer en la indignación barata, chirriante: la clase de indignación que lo enruida todo. Peor cuando es una indignación abstracta, borrosa, que no sabe delimitar las situaciones ni acusar en concreto.
           
Hemos de reconocer que hay modos de oposición que no suman nada (a veces por el contrario restan, desmejoran la situación) y son una completa pérdida de tiempo y energía. Cuántas personas invierten su poder de resistencia en causas clausuradas o perdidas, sin percibir que otros sistemas más abiertos podrían beneficiarse de esa misma entrega.
           
Yo desconfío bastante del activismo intoxicado, irreal, quijotesco, hipersensible, etéreo. También del activismo que conlleva una apertura excesiva y enmielada hacia toda clase de agendas, desfigurándose en dispersión, no pocas veces en frivolidad, a menudo en frustración.   
           
La gran enemiga de los activistas sociales es por supuesto la frustración. Nos referimos a la frustración improductiva, habiendo también una frustración fértil, creadora. Empujemos el cambio, sí, pero entendiendo que la capacidad de cambio del mundo, y del propio país, es limitada, y que no siempre sirve ponerse convulsivos al respecto.
           
Personalmente creo que cada quien deberá escoger una o dos batallas realistas, y luego librarlas sin prisa y sin pausa, sin infladas expectativas, abandonando los frutos de la acción, como recomienda alguna escritura anciana.
           
Quienes no ceden los frutos de la acción están condenados a un pesimismo mórbido, cínico, resentido. Detestables personas que nos endilgan su cuita y desesperanza y que, cuando no respondemos a su versión encharcada del mundo, nos acusan de traidores, de indiferentes, de superficiales.
           
Una indignación equilibrada nos llevará muy lejos, en esta maratón interminable.


(Columna publicada el 19 de febrero de 2015.)

Gt (52)

Es con una vida más o menos integrada y feliz como mejor podemos ocuparnos de crear una vida comunitaria total: justa y consistente, igualitaria y pluralista (lo cual implica apertura hacia el reino animal, vegetal y mineral), sensible y solidaria, comprometida y dinámica.  

Puede que algunos estén cabeceando del sueño, o arrancándose los pelos de la irritación, mas sin embargo estas son todas nociones, por muy idealistas, importantes. Hay que pedir testimonio de una mejor conversación social, más segura, más calurosa, más armoniosa, más sana. La horizontalidad como principio superior. En este nivel de consciencia, el entendimiento comunal adquiere una autoridad sin precedentes.
           
Se entiende que las leyes y el orden son buenos sin son para todos, si representan el grueso de la población, y si no privilegian a unos sobre otros. Son horrorosos por ejemplo esos desalojos desalmados, a veces con muertos y siempre con golpes. El enfoque simple y básico es de igualdad. Todas las perspectivas son iguales en el sentido de que todas tienen derecho a ser, y de hecho, son.
           
Cuando decimos que las perspectivas son iguales no queremos decir que no haya lugar para la diferencia. Siendo iguales, somos distintos. Entra a jugar la tolerancia, que no es otra cosa que la aceptación de la diversidad. Siempre y cuando podamos celebrar esta diversidad sin caer en el lado bestial de lo políticamente correcto, estaremos más o menos bien. Una de las cosas sospechosas de la corrección política es que al deificar la diferencia crea escenarios fantasiosos de exclusividad –tan a menudo paternalistas o  maternalistas– que rebasan la mera compensación social. Y luego está esa corrección política que es muy aprovechada, pues vive literalmente del otro.
           
No es que beneficio y caridad no puedan ir de la mano. Por supuesto que pueden ir de la mano, y de hecho es lo recomendable, como ya expliqué en párrafos anteriores. Lo que no podemos tolerar son todas esas formas de explotación discursiva y material que se disfrazan de abnegación o responsabilidad colectiva, cuando en realidad están construyendo una monstruosa plataforma de dinero, gratificación y prestigio.
           
Contra tanta venalidad, hay una forma de sensibilidad que posibilita la libertad relacional verdadera. En su lado más activo, se traduce como lucha contra la indiferencia, por virtud de la entrega social, un valor sublime. En Guatemala hay muchos ejemplos de individuos desinteresados, con gran vocación de servicio, que no buscan mórbidamente pago o reconocimiento, y sirven minuciosamente su causa, sin desviarse.


(Columna publicada el 12 de febrero de 2015.)

Gt (51)

Por supuesto, la cultura autonómica del éxito y del dinero tiene sus riesgos y vicios y hay que subrayarlos: vicios como la explotación humana y ambiental, el grosero oportunismo, el negocio turbio, el manoseo de las legalidades, administrativas o gubernamentales, el fariseo régimen de las apariencias, la superficialidad rapaz, la motivación vacía, el materialismo, el trabajolismo y burnout, la búsqueda predadora de status, la alienación, la desconexión, frialdad social, el hedonismo descarriado.

Son muchos los agentes de este tipo de vida que observan además un insoportable, impaciente sentido de superioridad, pseudointeligente, pretensioso, esnobista, actitud que a todas luces les prohíbe compartir y apreciar al otro, y de veras mezclarse con él. Más bien se encierran en entornos–burbuja, en una vida ideológicamente fría, rechazante y abstracta, más y más lejos de la realidad circundante y sus vulnerabilidades.

Todo lo cual es, por decir lo menos, enfermizo. Porque hay cosas elementales en la vida. A nivel nacional, prioridades que no pueden ser circunvaladas, en la educación, en la salud, por ejemplo, y no solo en dichos sectores. Cada cual en sus términos y de acuerdo a sus propensiones, deberá colaborar con el desarrollo y fortalecer la esfera colectiva. Como se dice, nadie llegará a la meta hasta que lleguen todos por igual.

Es precisamente por ello que no podemos darle la espalda a la cultura del bienestar, que resulta ser una plataforma realista para el activismo comunal verdadero. En efecto, ¿qué vamos a dar si no tenemos nada?

Los activistas que trabajan en condiciones escasísimas descuidan a su sus familias, su fisiología, pronto se queman, al punto de terminar frustrados y resentidos ya no solo con los que disienten con ellos, sino a veces incluso con aquellos a quienes pretenden auxiliar. Si tan solo aprendieran un par de lecciones de esos mismos productores y empresarios a quienes tanto repudian, podrían crear modelos más arraigados y sostenibles de entrega, y además sin la mentalidad y autojustificación mártir.

Aprovecho aquí para decir que esta mentalidad mártir los pone en situaciones en donde no pocas veces reciben mucho daño, en donde incluso a veces dan, sin saberlo, o ya sabiéndolo, la vida. Decir que el sistema es el único culpable de ello es infantil: siendo responsable el sistema, lo es de modo equivalente el individuo. Estoy hablando de esas personas que en su ignorancia o en su temeridad subliman con idealismo rabioso su propio instinto autodestructivo y suicida. Es lo que en inglés llaman un death wish. Decir esto en ciertos círculos es más que tabú.


(Columna publicada el 5 de febrero de 2015.)

Gt (50)

¿Qué dicha hay reservada por ejemplo para aquel que vive en uno de nuestros barrios periféricos o ciudades satélite y está condenado a viajar cuatro horas de ida y cuatro de vuelta en un bus en donde muy precisamente se acaban de subir dos basuras muy maleados para basculear a cada uno de los pasajeros dejándolos una vez más en la premiseria y tanto y todo por ir nomás a trabajar y lo peor es que a menudo en bretes que ni un mismo orco de la Tierra Media soportaría y estaría en condiciones de aguantar?

De allí la importancia –antes de invitar a la gente a la gran orgía de la prosperidad– de asegurarse que hayan bases solidas de orden y seguridad que puedan sostenerla. De otra manera lo único que estamos ofreciendo es crueldad: un paraíso aparente, pero impracticable.

Ya con esas bases establecidas, la idea es fundar por todos los medios posibles fuentes fluidas y legítimas de movilidad social, que no se descalabren a la primera. Condiciones más atractivas de vida que no sean solo espejismos y no cedan fácilmente a la entropía. Necesitamos, sí, conductos para el esfuerzo inteligente y motivado, la iniciativa libre, la autonomía creativa, la ética personal, la libertad secular, el progreso liberal y técnico del individuo y de la sociedad pragmática. Estamos hablando de diseñar un nivel cultural inteligente en donde se reconozca la entrega apasionada, la competencia productiva y el propio poder explorante, para liberar así zonas crecientes de comodidad, acceso y conveniencia.

Un nivel cultural en donde tengan lugar el mérito independiente, la asertividad entrepreneurial, el pensamiento desregulado, la pulsión diferenciadora, el criterio cultural, la ambientación estética, la curiosidad racional, el humor informado, el oasis tecnológico e informacional. En corto: la satisfacción contemporánea.


(Columna publicada el 29 de enero de 2015.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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