'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Polaricemos (4)

No es cuestión de no polarizar, sino de polarizar sinérgica y sensatamente. 

Obvio que no hablo de otra guerra estéril. No es de exacerbar las competencias políticas tribales, ni redundar en trayectorias proliferantes de agresión. Desde luego que estamos a favor de un marco de paz que disipe la animadversión entre las sujetos sociales.

Solo tengamos en cuenta que esta depolarización consciente va de la mano de una polarización creativa. En este sentido, el reto evolutivo consiste en mantener un disentimiento erógeno y no demagógico.
         
Entiéndase esto: sino hay crisis, no hay crecimiento. La inestabilidad es fuente de posibilidades insospechadas en cualquier sistema sociocultural. Hay que desmantelar ese paradigma beato que asegura que el conflicto es por fuerza malo. El hecho es que sin la polarización dinámica, la vida sencillamente no sería posible. Más allá, se trata de una condición necesaria para el devenir histórico.
          
Nuestras contradicciones jamás se iban a resolver en esa posguerra de mentiritas en la cual solíamos vivir. Es hasta cierto punto deseable que las pasiones que han regido este país se expliciten y se consuman en el fuego de las posiciones. Las personas tienen total derecho a reclamar e indignarse. 
         
Pongamos por caso la paz de 1996, que fue firmada por los dirigentes de la guerra y los tecnócratas geopolíticos, pero de ningún modo por las víctimas del conflicto, y mucho menos por los distintos sistemas de valoración ideológica que siguen en pugna hasta la fecha. 
         
La armonía no se obtiene por decreto, eso lo sabemos. Se llega a ella por movimientos dialécticos que necesitan cancha para jugar. Quizá el rol de todo gobernante sea el de crear un metamarco en donde todas estas voces tengan un lugar fluido y puedan entonces ascender. También es una zona en donde todos se hacen responsables de sus energías polarizadoras. Si bien mantengo una tensión con el otro, también mantengo una tensión con ese mí mismo que está en tensión con el otro. 
         
En esta clase de espacio empieza a darse una unidad auténtica, una unidad que no rechaza los polos; que incluye las periferias (sin hacer de ellas nuevos centros de exclusión); y que está dispuesta a sostener y gestionar toda suerte de oposiciones. Mi punto es que para enderezar este país se requiere de mucha magia. Y la magia, incluida la magia social, solo funciona en la polaridad visionaria y asumida.  
         
En lo particular, desconfíode todos los que desconfían de la polarización. Si una cosa podemos tener segura es que el oponernos a la polarización causa, de hecho, más polarización. Un ejemplo es el de los políticos, que en vez de integrar cualquier pulsión polarizadora, como es su deber estatal, la niegan o la criminalizan. Sin contar que esos mismos políticos son ellos fuente de polarización, y no precisamente sana. Lo cierto es que la polarización es normal y en nuestro contexto de nación, en donde nada funciona, perfectamente deseable. El que no polarice en este contexto es cómplice de un régimen de muerte. Por tanto, yo polarizo. 


(Buscando a Syd publicada el 31 de enero de 2019 en El Periódico.)

Polaricemos (3)

En verdad la unidad es la puta de todos: predicadores, patriotas, pancistas, patrones y pancartistas, por igual. 
         
La de los predicadores es una categoría que utilizo en sentido ancho. Y lo que desean estos es una unidad bovina e inmóvil, una cordialidad de tablayeso, conveniente, inocua, monocorde. Suyos son esos programas moralistas que buscan, más que la unidad, la uniformidad, y más que la uniformidad, el pensamiento único.
         
Con los predicadores vienen los patriotas que todo lo resuelven con un chovinismo de sobremesa, y si no funciona pues lo resuelven a vergazos. 
         
Más allá, los gobernantes. Mismos que cuando dan declaraciones hablan de armonía patria, pero todos sabemos que son unos vividores y unos arribistas de la polarización.
         
Los empresarios también despotrican contra la polarización pero jamás ofrecen una propuesta estructurada para evitarla, mayormente porque solo dicen truismos retóricos y sin sustancia al respecto, y porque en el fondo, lo que ellos entienden por ausencia de polarización, es mera alineación a su sistema económico.
         
Por último está la unidad apócrifa de los pluralistas, que hablan y hablan de inclusión, pero en su narcisismo cultural no están dispuestos a incluir otros valores que no sean los suyos propios. 
         
Así pues, hay muchas unidades apócrifas en el ambiente, y de todas hay que fiarse. La peor seguirá siendo la unidad que astilla: reclama la cohesión, empero su naturaleza es fragmentadora.
         
No solo omite convenientemente las propias pulsiones disgregadoras, proyecta su divisionismo en el otro, al punto de criminizarlo. 
         
Ahí está la unidad ñoña que no se moja, que se cuida bastante de señalar, que soslaya los tópicos difíciles y evita los polos, reduciendo todas las intensidades a una mera unidad chata. Y a esa supuesta integración (que excluye la auténtica diferencia) la va llamando reconciliación, frente común o lo que sea. La idea es aglutinar a muchas personas aparentemente diversas en un mismo lugar, en plan caldo, y tomarles una foto que quede suficientemente bien en los diarios. 
         
Quisiera hablar aquí también de la unidad privada. Cuando Jimmy Morales, por caso, habla de la unidad habla por supuesto de la suya, que no es la mía, y cuando habla de valores, no solo no habla de los míos, ya ni siquiera habla de los suyos, puesto que Jimmy Morales carece de valores de cualquier tipo. Las clases altas ellas también hacen llamados a la unidad nacional. ¿Pero la unidad de quién? ¿La unidad en cuáles términos? La de ellos, claro. La que ellos venden. 
         
Se ve que la única forma en que estas personas pueden hablar de la unidad es desde la vaguedad absoluta, porque de otro modo se les cae la laca y el discurso. ¿No es fácil hablar de unidad sin explicar ni consensuar los criterios de esta unificación? 
         
La unidad es un discurso barato cuando no entiende que hay diversas y arteriales formas de entender la unidad. El reto: encontrar ese gran brujo capaz de articular todas las unidades en una sola y orgánica metaunidad.


(Buscando a Syd publicada el 24 de enero de 2019 en El Periódico.)

Polaricemos (2)

Milagro es que no hayamos todavía sacado nuestros agrias dagas y sagradas glocks y desatado un nuevo conflicto armado.  
            
Pero de otro lado, ¿es dable hablar de una nueva guerra, si la anterior aún no ha terminado?   
            
Y digo que aún no ha terminado porque las mentalidades operativas que la facultaron siguen intactas, así como las respectivas tensiones entre ellas. 
            
Ahí están los maximalistas de siempre, atizando el fuego de la disputa. Es lo que les gusta. Lo único que quieren, lo único que hacen, su raison d´être, digámoslo así, es acuchillar, a perpetuidad. Por supuesto, que tengan tanta convicción no les impide cobrarla. 
            
En este contexto, ¿de qué paz podríamos hablar? Sin un programa profundo de alocentrismo ideológico y de política integral, sin una ruta precisa para vencer las viejas fijaciones y eslóganes de base, los acuerdos no consiguieron establecer una auténtica cultura de conciliación. 
            
El proceso de paz nunca pasó de ser otra cosa que una logomaquia ordenada por la cartografía de los intereses globales y la necesidad doméstica de una exculpación explícita, para ambos bandos. 
            
Firmar la paz no trajo la paz y no trajo la no guerra. Lo que hizo es darle un negocio y una identidad a unos cuantos señores que la historia no se mata por defender. Un par de ellos, los más nostálgicos, continúan hablando de conservar la armonía social, misma que no ha existido sino en sus foros de opinión. 
            
El asunto es que esa guerra que tanto temen jamás vendrá: ya está aquí porque nunca se fue. Puesto de otro modo: la paz no ha sido más que la continuación de la guerra por otros medios. Puesto de un tercer modo: para muchos compatriotas da lo mismo vivir en tiempos de paz que en aquellos de guerra.
            
En efecto, hay un enfrentamiento muy poco misericordioso en la calle y en el campo.La gente de a pie lo vive día a día. Ustedes llámenle como quieran: yo le llamo exterminación. Elterrorismo planificado no es algo que ocurre en un abstracto país desértico del Medio Oriente. Hemos sido testigos de una masacre cruenta y continuada que ha venido sucediendo sistemáticamente todos los días, y durante años, en Guatemala. Y si no mueren de violencia, mueren de hambre o podridos en la enfermedad, que son violencias también. El actual Gobierno no ha hecho absolutamente nada por resolverlo, perdido como está en sus cábalas oscuras. 
            
Repito: que estemos en paz no quiere decir que no estemos en guerra. Y la cosa solo promete más brasa. Los próximos años serán de pillajes, contestaciones, reingenierías furiosas. 
            
Para librar esta ofensiva un temperamento dulce no será suficiente. Necesitaremos una franja especial de guerreros y guerreros, al servicio de la vida y la consciencia.
            
Alguien pregunta: ¿y no era pues la idea evitar la contienda? Mi respuesta es que la contienda es imposible de evitar. Mi respuesta, nuevamente, es que la contienda ya está aquí. El asunto consiste, más bien, en librar la batalla de manera limpia, de manera abierta, desde el diseño, desde la autocrítica. 


(Buscando a Syd publicada el 17 de enero de 2019 en El Periódico.)

Cicigia (7)

Defiendo a la CICIG del señor Velásquez. Y es justamente porque la defiendo que la critico. Y si no la defendiese, la criticaría igual, y eso no tendría por qué ser ensombrado por sus seguidores más fanáticos, para quienes es más cómodo disolverse en la apología que asumir los claroscuros. 
            
No tengo ningún interés económico en la CICIG ni extraigo de ahí rentas ciudadanas y políticas (lo digo porque la CICIG es como un tiburón que vive rodeado de pececitos mutualistas y parásitos). Si apoyé, y sigo apoyando, a CICIG, es por razones provisionales, pragmáticas y estratégicas. 
            
Hay un ridículo y sentimental eslogan que dice: «Yo amo la CICIG». Nunca ha sido mi caso. De hecho me dan suficiente asco todas esas muestras de apoyo enmieladas y chorreantes. Tampoco es de ir por la vida como un polezni durak. Esos que patrocinan a la CICIG están patrocinando cosas muy feas en otros lados, y en estos seguramente también. 
            
Sin embargo considero que era y sigue siendo importante que podamos afirmar la ley y el orden, sin los cuales no hay República, y la CICIG consolida una prótesis necesaria y realista, para un país invalido. En cualquier caso, ha resultado ser un poderoso catalizador y acelerador de nuestras más intensas pasiones y contradicciones públicas, políticas e ideológicas. Lo cual a mi modo de verlo es excelente. 
            
No quita que mi apoyo sea prudente. La prudencia es extranecesaria, cuando consideramos que nadie en ningún país del mundo tiene un modelo exactamente igual al de CICIG. Eso quiere decir, para empezar, que no contamos con un sistema de referencias externas de ningún tipo, y que en estas discusiones estamos solos, aunque nos acompañen extranjeros. Lo cual me pone a pensar en la acrecentada responsabilidad que guardamos de sopesar y definir seriamente este proceso, para otros que decidan o no imitarlo.
            
Termino esta seguidilla de columnas sobre CICIG, que me llevó unos dos meses, diciendo que la CICIG es necesaria, mas no suficiente. El experimento CICIG ha traído resultados interesantes, pero no nos engañemos: no ha podido, ni podrá jamás, resolver el problema de fondo del país.
            
Y eso es porque, por su naturaleza, CICIG no puede hacer arquitectura cultural, como ya expliqué en una columna pasada. No solo está limitada por la corrupción, no solo está ceñida por toda clase de taras institucionales y estructurales, sino además tiene que lidiar con las pugnas de metavalores que trasudan el país. 

En ese sentido es que urge alguna clase de proyecto avanzado que pueda crear corredores de fluidez entre las distintas perspectivas estatales –con sus respectivas justicias– y derivar soluciones que honren la totalidad nacional.
            
Ninguna organización de derecha, izquierda o centro tiene actualmente lo que se requiere para crear este tipo de condiciones. Un proyecto así demandaría de una visión muy singular, y lo que yo he venido llamando "chamanes culturales" para llevarse a cabo. De momento, estos no existen. 


(Buscando a Syd publicada el 10 de enero de 2019 en El Periódico.)

Cicigia (6)

Pudimos reconocer en aquel binomio Aldana/Velásquez gravitas y desapasionamiento institucional. Insano sería creer, sin embargo, que sus protocolos y tomas de decisión institucionales no adolecieron, en alguna medida, de proclividad o tendencia. 
            
Aclaro que cierta propensión es natural, en cualquier institución dada: nadie escapa a su propia perspectiva. Es por ello mismo que yo hubiera apreciado que el Eje MP/CICIG fuera más eficiente para explicar sus criterios de decisión, ya no solo técnicos u operativos, sino su posición general en el juego del poder, así como sus maneras de crear y negociar colaboraciones.
            
Alianzas se dieron. Y a veces muy abiertamente, como cuando el Comisionado y la Fiscal hicieron presencia en el evento aquel del Frente Ciudadano contra la Corrupción, dandoun mensaje entre desesperado y complaciente, presentándose donde no tenían que presentarse y empujando una mancuerna innecesaria, que adicionalmente resultó más bien inocua, en términos de contrarrestar la impunidad.
            
Ese día se sacrificó un semblante de ecuanimidad por una agenda evidentemente política y un meandro particularmente mediático. No es que el Eje fuese apolítico de antes, pero en todo caso había conseguido hasta ese momento no entrardescaradamente en el realpolitik. En mi opinión fue un error anteponer el ajedrez a una institucionalidad que debía permanecer posicionada, pero toda vez clínica, y algunos de nosotros enfriamos mucho nuestro apoyo. Sin contar que había uno o dos lobos en esa mesa, la clase de lobos con los cuales uno no se sienta a comer. 
            
Aún con esta clase de connivencias, CICIG se ha atrevido a decir que la justicia no es de izquierda o derecha. Lo cual por supuesto no es cierto, y revela ya sea ignorancia o manipulación, equivalente a la de sus peores detractores. Porque no es cuestión alguna de colapsar las diferentes justicias en un solo machote achatado y unidimensional, y todos agarrados de la mano. Se trata, más bien, de establecer diseños integrales verídicos entre las distintas agencias ideológicas y sus versiones de lo que es cabal. 
            
Por cierto,siento lástima por quienes, en su parroquialismo de Facebook, se tragaron el cuento de que la CICIG no tenía agenda ideológica, cuando nada hay más ideológico que la CICIG y nada más agendado.
            
¿Agendado por quienes? Eso lo sabemos todos. La CICIG fue ensamblada como un proyecto beta con altos potenciales para limpiar y administrar este país–laboratorio nombrado Guatemala. De ahí que la inversión fuese tan enfocada y masiva. Es imposible que no la hayan en algún momento considerado como un modelo factible y estándar de intervención blanda en la región y quién sabe si en el Tercer Mundo en general. Así como hay una soberanía nacional también hay una soberanía internacional y ambas están sujetas a toda clase de programas, provechos y perversiones.
            
Y aquí es donde se trae a la mesa una pregunta capital que no ha sido respondida adecuadamente: ¿quién fiscaliza a los fiscalizadores?

Es una pregunta que podría molestar a los convencidos, en contra de quienes nada tengo, excepto cuando empiezan a criminalizar y ostracizar la crítica.             

Algunos de estos convencidos debiesen ser, por su posición en la sociedad, críticos por default, como es el caso de comunicadores, pensadores y agentes culturales, muchos de los cuales se almidonaron en el banquete de la afiliación.

Si hay un derecho es el derecho a exigir claridad. Alguna vez escribí que la CICIG debiese tener incluido un espacio parecido al "defensor del lector", que pueda señalar e interrogar activamente su hibris operativa e ideológica, sin que ello signifique o construya oposición violenta. Es una cuestión de elevar la coralidad y la apertura en torno a una institución que está bastante sellada, y cuyos mecanismos de autorevisión no están claros, lo cual provoca muchas incomodidades. Esas incomodidades, que no fueron administradas sabiamente, crearon un escenario feo. Todos salimos perdiendo. 
            
Una cosa básica que todos deseamos saber es bajo qué criterios, términos y facultades la CICIG hace lo que hace y pacta lo que pacta. Hay que llegar a la médula de todo eso. Si CICIG es acusada de justicia selectiva, por ejemplo, podría explicar y comunicarnos mejor cómo selecciona su justicia. No es tampoco mucho pedir. Unos afirmarían que CICIG depende en buena parte de su reserva, pero con ello ya estamos entrando en un catch–22.
            
Es precisamente porque doy mi apoyo a esta institución que creo que esta tiene que ser muy escrutada. ¿Lo está? No lo suficiente. Por ejemplo, no entiendo cómo en todo el tiempo que lleva la CICIG no he leído un solo artículo de investigación relevante y de aliento sobre su identidad y valores institucionales, su operación, su personal, sus comunicaciones y su gobernanza. En particular, me gustaría saber cuál es su cultura laboral, su estructura interna, quiénes son en precisión sus mandos y cuáles sus roles, cómo es su cotidianidad y su atmósfera, y todo de sus prácticas y procesos, incluidos sus protocolos de decisión. Ideal hubiera sido que un periodista serio y objetivo se hubiera hundido un año en la Comisión, en su mejor momento, y redactara una pieza en secuencias o hiciera un docu al respecto o un blog en continuado. 
            
Al menos me gustaría leer o escuchar una entrevista sentida (no meramente decorativa) en donde el Comisionado atienda preguntas, no apenas coyunturales, sino además discursivas: que hablen pues del espíritu mismo de la CICIG. Recuerdo que en su momento el Comisionado comentó que la CICIG solo estaba acompañando las reformas. Para mí la pregunta evidente era: ¿qué quiere decir eso: acompañar?, ¿qué quiere decir en el fondo?
            
Desde luego, hablar de la esencia del proyecto no impide hablar de los resultados. Si yo fuera quien lo entrevistase, una cosa que me encantaría preguntarle al Comisionado es por qué no hemos recibido un mapa mejor delineado de cómo funcionan las células de extorsión, que por supuesto tienen dueño y modus operandi. 


(Buscando a Syd publicada el 3 de enero de 2019 en El Periódico.)

Cicigia (5)

Dije, cuando empecé esta serie, que hablaría a favor y hablaría en contra de CICIG. Ahora en contra. 
            
Lo primero que me nace decir es que sin una matriz cultural de transparencia, el enfoque de fiscalizar y atacar la corrupción será siempre insuficiente. Mi sentir, pues, es que es imposible establecer una sociedad institucionalizada limpia a partir de un enfoque negativo. Desde el mismo nombre de la Comisión se siente y corrobora esta debilidad, esta falla conceptual.Es un error pensar que la lucha "contra" la corrupción traerá correlativamente un estado –no digamos un Estado– de transparencia. 
            
No se trata de darle la espalda a esta noble tarea –la de desarticular y deconstruir– pero sí de abrir un modelo afirmativo que entienda y propague las construcciones de consciencia, las ingenierías consensuales, las condiciones biológicas y socioambientales, los contornos conductuales, las prácticas y procesos propios de una cultura de la integridad. Eso no es trabajo de fiscales, sino de filósofos, desarrolladores y arquitectos culturales, que entiendan a fondo el país, su complejidad histórica e intersocial, y puedan ver más allá de todo reduccionismo ideológico u operativo.Desde luego, la CICIG no tiene, en mi humilde opinión, la capacidad ni autoridad téorica, operativa o bien metaideológica para asegurareste transicionamiento de entidad fiscalizadora a propugnadora de diseños estatales. 
            
Ante la falta de una filosofía afirmativa, Iván Velásquez se decanta por el moralismo. Recuerdo que hace un par de años hablaba en un tuit de la hipocresía de los corruptos. Y yo pensé: ese señor va por mal camino. Que los juzguen por corruptos, por delincuentes, por asesinos, no por hipócritas. Que los juzguen por esta ley y no por aquella. Sin contar que en el stock exchange de la hipocresía todos tenemos sendas acciones, y dudo que la CICIG escape a la regla. Velázquez, con su post, habló como un auténtico Jerarca Legalista, y bajo el sol infinito de la Jerusalén Institucional exudó no poca soberbia, merodeando aguas que no le competen. Tengo un problema, porque tengo memoria, cuando un poderoso aparato fiscalizador ingresa criterios tanto deontológicos como valoraciones de carácter en su discurso público. 
            
Un problema con el moralismo institucional es que da lugar, de manera deliberada o inconsciente, al maniqueísmo: aquí los buenos y allá los malos, aquí los amigos y allá los enemigos. Cuando CICIG permitió que el discurso se emplazara en esos términos, fraguó un Frankestein que estaba mucho más allá de su control.
            
Yo no soy ingenuo: por supuesto que la CICIG posee una dimensión política, pero otra cosa es cuando eso ya se convierte en una estrategia comunicacional y de PR. Puede que no lo hiciera directamente, pero sí que lo hizo a través de operadores mediáticos satelitales, o a través de sus mismos seguidores, que se dieron a la tarea de dirigir y normativizar el discurso público, con lo cual un cierto ostracismo empezó a adquirir fuerza. Pero está claro que no todos aquellos quienes disentían con la CICIG formaban parte de los "poderes oscuros". 
            
El backlash fue proverbial. 


(Buscando a Syd publicada el  27 de diciembre de 2018 en El Periódico.)

Cicigia (4)

Con el Comisionado a distancia, los coches hipercontentos.
            
Contando con el apoyo explícito o tácito de la ciudadanía aventajada, compuesta por personas a quienes lo único que les importa es que nadie altere el tráfico que los lleva de sus condominios esplendentes a la abstracción republicana más cercana. 
            
En vez de sublimar su rechazo a la CICIG a través de un dudoso nacionalismo de WhatsApp, preferiría que me dijesen: me gustan mis privilegios oscuros, y apreciaba las cosas como siempre han sido, libremente corruptas, liberalmente opacas. Esa clase de honestidad sería en cierto modo más respetable.
            
Entretanto, los intelectuales del poder, si cabe llamarles intelectuales, se ensañan contra la Comisión. Algunos hablan de un problema de fondo no resuelto. Lo cual a mi modo de verlo transcribe ya sea inocencia o complicidad o cinismo o ignorancia completa de las profundidades sistémicas de la corrupción. No se está desmantelando una casita de legos. Por otro lado, queda claro que CICIG alcanzaría mayores resultados si hubiese menor oposición a su mandato, la clase de oposición que estos críticos, programáticamente, sostienen. 
            
Aducen que la CICIG no ha dado resultados pero no hablan de cómo la Administración actual, por entero disfuncional, no ha sabido acompañarle y chuparle llanta. Si el sistema es insuficiente no es culpa de CICIG, que bastante hace con revelar esta insuficiencia. Ante esta, la necesidad de la CICIG queda de hecho más enmarcada. El mecanismo por virtud del cual funcionarios e intelectuales alineados pretenden transferir estas carencia del sistema y convertirla en una carencia de la CICIG es una operación discursiva bastante oscura.
            
Y una que beneficia mucho al Gobierno de Guatemala, en particular al Presidente, enemigo capital del Comisionado. Si yo estuviera en contra de la CICIG, nada me gustaría que Jota Morales fuera quien representase mis intereses. Ni Jota, ni aquellos quienes le rodean. Recordemos cuando el Ministro de Gobernación habló de una "criminalidad local" y una "criminalidad transnacional", después de aquel circo con los vehículos militares y los mercenarios que siempre ponen en estas cosas. Con lo cual situaba a un empleado de la CICIG y a un sicario o extorsionador en un mismo nivel. En esa ocasión yo entendí que el discurso reaccionario vendría en el siguiente orden: 1) CICIG sin Velásquez; 2) Guatemala sin CICIG; 3) Guatemala sin el Enemigo Interno.
            
Cuando no pudieron domesticaron a la CICIG, decidieron ellos solitos que Guatemala no la quería. Discutir las condiciones de continuidad o desmantelamiento de la CICIG, así como su necesidad o innecesidad, su legitimidad o por el contrario su disformidad, es absolutamente sano y relevante. Lo que no se puede, en una democracia representativa, es obliterar a todo un sector de esta conversación, en nombre de Guatemala, como si los simpatizantes de la CICIG, que encima no son pocos, no fueran guatemaltecos ellos también. Sobre todo cuando hay de por medio tan fuertes y tan dudosos intereses. Y para rematar apelando al brazo armado, en modo ultrabullying.
            
El Gobierno de Jota ha repetido hasta la náusea que el factor polarizador es Iván Velásquez. Lo cual es lamentable. En el mejor de los mundos posibles, este gobierno no se opondría sistemáticamente a la CICIG sino mediaría hábil y creativamente entre dos posiciones nacionales enfrentadas, lejos de cualquier agenda cerrada. Posiciones que como ya dijimos la CICIG no ha creado, solo patentizado, lo cual es muy apreciable. Tal era pues la misión o leyenda histórica de esta administración, misma que el alcornoque que tenemos por Presidente no supo honrar.


(Buscando a Syd publicada el  20 de diciembre de 2018 en El Periódico.)

Cicigia (3)

Y está todo el asunto de la soberanía. 
            
Imposible que, en un país desmedidamente etnocéntrico como el nuestro, un modelo de justicia internacional (e incluso con algunos matices postnacionales) pudiera arraigar sin que la soberanía se percibiera violentada. 
            
Lo cierto es que no siempre es expulsando al otro y cerrándose a lo de afuera como se resguarda la soberanía. Por veces la mejor forma de preservar la soberanía es abriéndose a la influencia exterior y removiendo eso que en nosotros está envenenado. No podemos ser como el adicto que, hundido en la negación, no acepta los mensajes y el feedback externos, por ejemplo durante una intervención, porque entonces está condenado. Está claro que así como se puede perder la soberanía desde fuera, se puede perder desde dentro. 
            
Por demás, asumir el argumento de la soberanía «in abstracto», sin considerar el juego de figuras públicas que en este momento respaldan dicho argumento y se sirven de él, y sin adentrarse en los meandros concretos de la coyuntura y la ocasión, es un juego teórico irresponsable y una manera de evadir lo que sin embargo es obvio y está enfrente. ¿Qué soberanía es tal si está al servicio del narcisismo político? ¿Si carece de representación? 
            
Sirva decir que esos mismos guatemaltecos que hoy rechazan –en nombre de la soberanía– la injerencia y el internacionalismo, son los mismos que celebraron, y siguen celebrando, la intervención contrarrevolucionaria del 54.
            
Por otro lado, esa noción de soberanía de la cual tanto hablan en las sobremesas (y que a menudo no es otra cosa que impunidad y egosuficiencia) les vuelve inmovilistas respecto a Nicaragua, fariseos respecto a Venezuela y cómplices respecto a Honduras, por dar ejemplo.  
            
Se ha dicho que la CICIG promueve la división nacional. Yo no le he sentido así. De hecho, yo creo que la CICIG ha hecho un cierto esfuerzo por mantener ciertos modales, por decirlo así, consulares. Por supuesto, esos modales le vienen guango a sus adversarios, que no son tan diplomáticos ni son tan educados. 
            
Con todo y modales, la Comisión se vio obligada en su momento, para cumplir su rol, y con el objetivo de magnetizar más apoyo y fidelidad por parte de la gente, a subirle tono a la conversación. Pero eso mismo de otra parte le gastó el aura de distancia que le había asegurado tantos apoyos locales. Y le ganó no pocos detractores, ya no solo entre los políticos, sino en la propia ciudadanía. Difícil posición la de la CICIG: no poder dar el fíat total a la persecución, sin que eso se vea como una cacería de brujas, o un gesto de parcialidad, pero a la vez no poder quedarse con las manos cruzadas.
            
Comprendamos que no es que la CICIG dividiera el país. El país ha estado dividido desde siempre. La CICIG solo enmarcó esa división. El asunto con temas como la CICIG es que son utilizados, consciente o inconscientemente, como atractores para establecer metasensibilidades políticas. Perdida así la especifidad del tema preciso, este se vuelve pronto un circo ideológico y memético.


(Buscando a Syd publicada el 13 de diciembre de 2018 en El Periódico.)

Cicigia (2)

Críticas llovieron. Por ejemplo que la CICIG se había politizado. Y en efecto no se puede luchar contra la corrupción sin eso, sin ser una entidad política. El ruedo aquí, evidentemente, es el poder. Pasa que los corruptos quieren una CICIG domesticada, que no juegue al ajedrez.
            
Otra crítica, que guarda relación con la primera, es que la CICIG no ha sido ecuánime. Defendiéndose, los apologistas de la Comisión reclaman que existen casos de personas –que no se considerarían, bajo el axioma de la justicia selectiva, material predilecto de CICIG– que terminaron con un par de fiscales en su puerta. Más allá de esto, quisiera señalar que esa llamada ecuanimidad jurídica e ideológica que tanto se reclama es ya de sí una agenda ideológica y jurídica, y una que está además al servicio de los peores intereses, vehiculada por un sector y unos personajes que se llenan la boca hablando de neutralidad pero que son los primeros en echarla por la borda cuando el río no corre a su favor y ya de mucho antes. 
            
Otra cosa que se vive diciendo es que la CICIG se extralimita en sus funciones y así pretenden reducir el territorio de acción de CICIG. Pero el territorio de acción de CICIG es apenas reducible, dado que la corrupción es ubicua e infiltra el Estado entero.
            
La cuarta crítica es que la CICIG no ha conseguido nada. Lo cual ya me parece directamente mezquino o negacional. Resultados hay, vamos. Sin contar que la gestión actual de CICIG cambió por completo la conversación pública, y con ello nos pusimos a repensar intensamente nuestro set de reglas administrativas e intersociales. No es poca cosa. 
            
Una quinta crítica es que la corrupción no ha descendido y que de hecho es mayor ahora que antes. A lo cual se puede responder que lo que en verdad ha aumentado es la percepción de la corrupción: no somos más corruptos que hace unos años, particularmente, solo es que la corrupción es más obvia, lo cual es a todas luces bueno. Después de todo, ¿cómo podríamos mitigar la corrupción si desconocemos que está ahí, y en qué medida? Quiere decir esto que la CICIG ha hecho bien el trabajo de evidenciar esa corrupción. Pero no nos engañemos: es a nosotros a quienes nos corresponde erradicarla. Por supuesto, al evidenciar la corrupción, ha ocurrido un fenómeno inevitable: la corrupción se ha condensado y ha contraatacado. Es en tal sentido que podemos decir que la corrupción ha ido en aumento.  
            
Si un asunto rompió la entente en torno a la CICIG fue el de la presunción de inocencia (que, junto a la crítica de la soberanía nacional, que veremos en la próxima columna, constituye una de las críticas más neurálgicas que figuran en torno a la Comisión). Ese tema, el de la presunción de inocencia, es necesario y delicado, de acuerdo, pero en lo personal siento que está muy manoseado, y sobre todo repetido, en el sentido goebbeliano de la palabra. La pregunta menos ingenua de todas, a mi juicio, sigue siendo: ¿qué sucede cuando se pretende sublimar la impunidad a través de la presunción de inocencia? 


(Buscando a Syd publicada el 6 de diciembre de 2018 en El Periódico.)

Cicigia (1)

¿Cuántos posts sobre la CICIG he escrito? Tienen que ser muchos. Podría juntar todo eso y hacer un libro. 

O, en su defecto, una seguidilla de columnas... Y es exactamente lo que pretendo hacer. 
            
Así pues, en las próximas entregas construiré un repaso personal de esta institución, que está como debilitada, se diría, con todo y Nobel alternativo. Al punto que hoy tiendo a hablar de la CICIG en pasado. No es que me encante: si la última CICIG es del todo disuelta, nuestra lógica memética sufrirá mayor decadencia. 
            
Todo es explicable en términos de la segunda ley de la termodinámica: el fenómeno Iván Velasquez vino a agregar calor a la metanoia colectiva, pero ahora parece vivir un proceso irreversible de muerte térmica e incoherencia molecular, en este sistema cerrado (soberano, dirían los reaccionarios) llamado Guatemala.  
            
Ahora que lo pienso, qué rápido, qué fácil fue sacar a la CICIG de la conversación pública. No cabe duda que somos un pueblo de invertebrados que se adaptan a cualquier cosa que le pongan enfrente.
            
Y sin embargo en su momento la CICIG logró aglutinar un brazo civil formal a un tiempo que se constituyó como brazo público de los poderes civiles.  
            
Bien recordamos los llamado jueves de CICIG. Esos dos cerbataneros, MP y CICIG, nos traían semana a semana nuevos desarrollos y los presentaban en solidas conferencias de prensa. Es cierto que se podían poner un poco técnico–áridas (quizá los conferenciantes tendrían que haber leído unos quince minutos de Shakespeare antes de darlas). Como escribí alguna vez: eran en el fondo excitantes, pero en la forma difícilmente podrían ser más tediosas. No ayudaban las propiedades narcolépticas de un Iván Velásquez.
            
De todos modos se apreciaban porque eran muy formales. Contra la vulgaridad mediática del Gobierno, la elegancia institucional del eje MP/CICIG, a quien le funcionó muy bien un cierto, no diré histrionismo, pero sí encuadre mediático, acompañado de un notable trabajo de lobbying.
            
Hubiéramos querido que ese lobbying diese mejores resultados, por ejemplo a nivel internacional, aunque por otro lado los resultados que obtuvieron no fueron para nada escasos, sobre todo en la comunidad europea. 
            
En cuando a los Estados Unidos, y para su mala suerte, a CICIG le tocó Trump y un Embajador que enfrió lo suficiente el romance inicial. Es un poco tonto, por demás: la CICIG era la única esperanza sensata que tenía Estados Unidos de no ser colonizado completamente por las hormigas. Puesto de otro modo: si hay un muro es la CICIG. La CICIG es el muro razonable que Trump no construirá jamás, porque todos esos negocios que se jacta de haber cerrado no lo convirtieron en un genio de la geoestrategia. 
            
Entiendo y no se me escapa que la CICIG es el resultante del viejo y viciado juego de reglas globales. Aún así anticipa una conversación planetaria que va a reventar más pronto que tarde. 
            
En fin, en las próximas columnas escribiré de la CICIG. Así como lo hice hoy a favor también lo haré en contra. 


(Buscando a Syd publicada el 28 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Polaricemos (1)

Si bien aún no llegamos a una pelea declarada, a un levantamiento qué se entiende, con armaduras y manguales, no podemos empero descartar la posibilidad de que ello suceda incluso muy pronto. 

Lo que de momento es una batalla cultural, política, jurídica y mediática (conservadores, arribistas, inconformes, son los bandos incesantes) podría en corto tiempo convertirse en una hostilidad formal. ¿Qué impide que el demonio del conflicto armado se reconfigure, con sus atitlanes de sangre?

De la guerra oblicua que estamos viviendo sería tremendamente fácil saltar a una guerra frontal. La agresión ideológica ya no tiene diques ni paredes. Fue esa misma energía la que cristalizó en más de treinta años de choque.

En la ciudadanía presente hay algunos, muy encendidos, sujetos que incluso reclaman e invocan, desde la inocencia más intacta, alguna clase de beligerancia, confundiendo causa y colisiónQuizá son jóvenes y nunca sintieron el olor sangriento de los cirios. O viejos y ya tienen alzhéimer. 

Otros, de rostro más villano y cuero más repugnante, saben que el conflicto es negocio y es poder. Cuando la próxima contienda esté emplazada, yo no olvidaré a todos aquellos quienes la iniciaron de nuevo. Aparte hay que tener muy vistos a esos que, en caso de una nueva batalla civil, lo mandarían, de buena gana, a matar a uno.

Digamos que no tengo ninguna prisa por vivir en guerra. Cierto que no participé en la pasada, pero memorias tengo. Puedo dar fe y testimonio de cómo todavía en mi infancia existían feas hebras interpsíquicas vinculadas a ese miedo y aquel horror (que mutó a otro horror). Secuestro y tortura, por caso, eran espectros aún respirablesEn los ochenta e incluso primeros noventa el perfume putreparanoico de la lucha todavía estaba muy presente en el ambiente, y se podía hablar con algunos actores de la misma con cierta intensidad no siempre mitificada. 

En la actualidad y de momento puedo escribir y externar abiertamente mis posiciones políticas, sin temor a que nadie venga a descuartizarme. Me pone pronto a pensar en aquellos que no gozaron de semejante privilegio, relativamente reciente. En nombre de ellos, los quemados, los descoyuntados, los enucleados, tendríamos que usar la palabra libre para extender la habitación de la dignidad, contra las cien tinieblas. No demos por sentada la libertad. No la utilicemos superficialmente. No seamos ingratos con quienes la hicieron posible.

Por lo mismo es que no estoy dispuesto a jugar con ciertas metáforas. Con celeridad escalan los putazos. Un archiduque muerto es todo lo que se necesita, según se ha comprobado, para iniciar una refriega cósmica. Más temprano que tarde, alguien disparará el primer tiro. Y eso dará lugar a una larga, cruenta lid. Misma que terminará en una corta paz. 

Corta, en efecto: más temprano que tarde alguien disparará el primer tiro.


(Buscando a Syd publicada el 22 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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