'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Laberinto

Este dolor.– Este dolor es íntimo y es pueblo: ciudad y ruiseñor. 

La niña que envenena pájaros.– Parece que la niña que envenena pájaros ha salido otra vez a caminar. Los envenena, luego los consuela un poquito, luego los sigue envenenando. Si alguien filmara a la niña que envenena pájaros, se daría cuenta que lo hace todo en inocencia y sin maldad, pues esa niña es una iluminada, y su corazón es espontáneo, como los charcos que se forman con la lluvia, charcos que la niña que envenena pájaros brinca. Por tanto los pájaros cantan lo más que pueden y tragan el veneno acordemente y entran en convulsiones y sangran del pico, agradecidos. 

Gatillo.– Dudando estaba, cuando apretó el gatillo.  

Laberinto.– No temas, hijo. No temas. Si no fuese porque te quiero tantono estaría tan preocupado por la forma en que estás utilizando tu Talento. Este filo que llevo en la mano es el símbolo más preciso y perfecto de mi incorruptible devoción por tu ser. Tu madre, esa–perra–emasculante, no comprende lo mucho que te amo, no respeta mis Responsabilidades, no se calla por un maldito segundo, incluso me ha lanzado por las escaleras. ¿Cómo puedo escribir en estas condiciones? ¡Tantos obstáculos! La anciana ríe, el negro avanza, la simétrica, acumulada alfombra, no termina. Pero también tengo aliados: Grady, y el buen Lloyd, que sabe que soy un hombre que paga sus deudas. Como afuera hay un laberinto, también hay otro aquí también. Pero con un bourbon y un hacha uno puede hacer maravillas. 

Quedó el mundo.– Quedaron las bagatelas. Una taza, y un poco de café cavilando en ella. Quedó una módica cuenta bancaria. Quedó la vieja circunstancia de bajar por el ascensor. Los carros ayuntados en el tráfico. El número de seguidores en Facebook. Quedó una ausencia manando. Las pequeñas enfermedades. El mamotreto no leído. Quedó el espejo del baño. Quedó el mundo, que siempre sí es plano. 

Baúl.­– Soy yo, en el baúl del carro, pero es como si fuera alguien más. Y sin embargo soy yo. Yo el que suda, el que está teniendo un ataque de pánico. Y sin embargo es como si fuera otro, en el sueño largo de la oscuridad, preguntándose: ¿a dónde me están llevando?, ¿y cómo escaparé? Son preguntas que no puedo responder. Solo sé que el tiempo pasa, que tengo ganas de ir al baño. Él, para mientras, calcula, crea estrategias. Que lo maten antes que a mí, está pensando. A decir verdad, yo estoy pensando lo mismo, pero a diferencia de él, con cierta culpa y remordimiento. Me gustaría abrazarlo, pero sospecho que es algo que poco le gustaría. Llegamos. ¿A quién sacarán primero? 

Cuida tu máscara.– Cuida tu máscara. Solo tienes mil más. 

Tren.­– Primero va el anciano. Tres mujeres, sin alhajas. Y seguidamente los demás. Van al tren sin flores. Van al tren de abismo. No saben a donde van, pero les duele su destino. Oh, el misterio de los vagones que son oscuros como tumbas.Tenemos sed, dicen los niños. 


(Buscando a Syd publicada el 27 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

De común acuerdo

De común acuerdo.– Dos banderas, dos pandillas, dos córneas contrarias, dos procesiones o mares oponiéndose, dos dioses odiándose de común acuerdo.  

Casas.– Casas altas como jirafas. Casas con olor a membrillo. Casas primitivas. Casas inteligentes. Casas vencidas. Casas desordenadas. Casas con polvo. Casas–almacenes. Casas que el mar anegó. Casas anónimas. Casas como himnos. Vacías casas. Casas donde habita la nada. Casas que los niños apedrean, por las tardes. Casas como bronce muerto. Casas históricas. Las hay serias y respetables. Casas de emigrantes. Casas grandes, como el orbe. Casas peludas. Casas que madrugan. Casas durmientes. Casas húmedas. Rabiosas casas. Casas hambrientas. Casas vulnerables. Casas con fauces. Casas negrísimas. Casas sin aire. Casas embrujadas. Casas de misteriosos arcones. Casas con escasa suerte. Casas quemadas. Casas heridas. Casas de pájaros. Casas con lluvia. Casas sin jardín. Casas distantes. Casas raras, que ninguno comprende. Casas para ciegos. Casas que ansían ser mansiones. Casas sin principio y sin final. Casas aladas. Casas de fábula. Casas que sueñan con ser más que casas. Casas sin agua. Casas que han visto mejores días. Casas con eco. Casas donde tejen. Casas donde oran. Casas legas. Casas en donde se hacen fabulosas orgías. Casas donde venden droga. Casas guardando secretos. Casas que confabulan. Casas que cantan. 

Los repugnantes.– Somos los repugnantes. Vivimos en las verbenas de lo inmundo. Por voluntad no nos bañamos. Nuestro atributo esencial es la suciedad. Hasta nuestros ojos apestan. Nuestro olor es indeleble. Se diría que no hay ninguna filosofía en ello. Pero, de hecho, la hay. ¿Vamos a negar que toda sociedad aseada es diabólica? Odiamos a quienes se bañan pues pretenden ser limpios. Y unos pretenden ser más limpios que otros. Nosotros no creemos en los mandatos y estamentos de lo puro. En nuestra comunidad no existen las diferencias. Aquí se desvanecen los prejuicios sociales, las guerras, los campos de concentración. Hemos visto a Dios en la basura. Florecemos en el asco. 

Los pequeños seres.– Pequeños seres viven en ti. Tú eres su imperio, su festín. Mientras tú te quejas, ellos te comen, comen tus intestinos blandos, te dejan cóncavo. No pierdas el tiempo hablando del sentido de la vida. El sentido de la vida es suministrar recursos a los pequeños seres. 

Canta la muerte.– Es la muerte, la feral, estación sin espejo, glifo ilegible, infalible luna. Canta la muerte, y las cosas, en los escaparates, se pudren, los tigres se acuestan de Lado, las páginas se deshacen en ecos de fuego. La muerte borra los pasos que vendrán, los transforma en irrecuperables abismos, perfectos de nada y de ninguno. Todos desean copiarla, a ella, que nunca copia, siendo cada obra suya inaudita, sola, singular. Pero además la muerte que ellos dan es siempre la muerte que ella es, pues nada mata sin la muerte y la muerte es al final la que siempre decide. 


(Buscando a Syd publicada el 20 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Te atraparemos

La lana de las ovejas.– Caminas por el bosque –muy abrigado, porque hay bastante frío– cuando una oveja, de hociquillo tierno, cruza contigo en la ruta desigual. «¿Vienes sola, amiga, dónde está tu pastor?». La cosa más dulce que has visto en vida. Pronto la estás acariciando y la cosa se deja acariciar. No es apenas una: son dos, ya tres, en un segundo estás rodeado por un tropel de ovejas, todas buscando su ración de calor y de cariño. La sensación es de éxtasis, cuando ellas husmean tu mano, en un estruendo de balidos. Tu mano, que ya están mordiendo. Lo cual al principio es como bonito, pero más tarde empieza a ponerse molesto, y al cabo completamente horrífico. Terminarás por aceptar que ya estás en el suelo, que realmente te están desgarrando, que esas son tus tripas sin duda, y esa de veras tu sangre. Deduces que no fue la mejor idea ponerte ese suéter –de lana, pues– para salir a caminar. 

El Inadecuado.– Por los pasillos limpios del colegio va, siempre solo, el Inadecuado. No se viera adolescente más triste en la historia de toda la humanidad. Pobre perro. Densodark. ¿Cómo consigue mantenerse con vida ese nadie, ese oscurito, ese Inadecuado? Quién lo sabe. Arrastra; pesa; espesa. Todo le cuesta. Pero eso termina mañana. Ya todo está listo. 

Te atraparemos.– Tus caminos, amigo, son demasiado obvios. Esos mismos caminos te traerán a nosotros. Todos los de tu especie sacrílega son como el apéndice del mundo: una carne inútil y a ratos molesta. Condenados a desaparecer, serán por nosotros desaparecidos. Así que disfruta la vista: todo acabará muy pronto. Vamos, ¿es eso lo que quieres: jugar al valiente? Ven, pues, con toda tu energía y resistencia. Tal vez piensas que las 5,000 cosas van a cambiar de veras. Figura en tu heroísmo, si tal es tu deseo. Tan ingenuo que es tu ojo, en brillo, y tan tierno: lo sacaremos con más gusto.  Uno a uno te mostraremos tus propios dedos, hasta que ya no haya dedos qué mostrar. Tu nombre será olvido. 

Sótano.– No me mires así: como si no supieras lo que vive allá abajo. ¿No me estás escuchando? Esas cadenas no van a detenerlo. ¿Qué sed lo devora por dentro para que grite de esa manera? Sabes muy bien que las jarras son cada vez más insuficientes. Es como si una infinita urgencia cucara sus ácidas entrañas. ¿Por qué no nos libramos de él cuando estábamos a tiempo? 

Los fetos.– Oh, cariño. No te pongas triste. Y no temas por los fetos. Pues los fetos serán sembrados. Todas sus mutilaciones serán de la tierra. Sus pies y sus órganos y sus ojos innacidos. No, no hay que tener ningún miedo, por los fetos. Los fetos ellos serán plantados con amor, con cuidado. Y árboles de fetos crecerán en el país, y lo harán próspero.

Ajedrez.– Las piezas pesan en tu mano, mientras las pones sobre el tablero anciano, frente a tu hijo que ya no juega. Fue ella la vida la que te dio jaque, cuando lo atropellaron frente a tu casa, el otro día. Las piezas pesan y no pesan: pesan y son bruma.


(Buscando a Syd publicada el 13 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Todo arde

Correo.­– El remitente es un ser civilizado. Por tanto escribe al destinatario un correo muy mesurado. No uno de esos correos redactados con el ego y con el hígado, sino una misiva clara, lógica y consecuente, en donde exhibe, con una lógica impecable, las siete razones de su desavenencia. Aún así, no resulta de su satisfacción. El remitente lo borra; vuelve a escribirlo. En este nuevo correo, el remitente comenta al destinatario que su plan es secuestrarlo y llevarlo luego a una casa vacía a las afueras de la ciudad, en donde lo tendrá atado y confinado, sin agua y sin comida, y en donde será torturado, de una manera metódica y consistente, lo ahogará en un tanque de orina, quemará sus dedos con un soplete y cortará sus genitales con un cuchillo. Añade el remitente que posiblemente descuartizará a su hija, delante suyo. Ahora sí, piensa el remitente; presiona send. 

Todo arde.­– Todo arde sobre la noche, y sobre la noche arden los hombres que asesinan la Tierra. 

La calma ha vuelto.– Es domingo y es de día y ya lavaron la sangre de las banquetas y quitaron los vidrios rotos de las tiendas y poco a poco la vida ha vuelto a la avenida. Aquí donde volaban las secas piedras del odio, hoy hay niños correteando, intactos, nuevamente. Los vándalos duermen como rameras en la mañana. La ley y el orden han regresado a la ciudad de algunos. Por supuesto, esta calma es parcial y es momentánea: ya, en el corazón de la calle, otra sed se está gestando. 

Los estoy esperando.­– Los sigo esperando. No importa que esté escondido en este largo, largo intestino: eventualmente vendrán. Así que no duermo, estoy en guardia. Escucho cada pequeño ruido, cada sutil insinuación, cada diminuta y microscópica estrategia de la noche. Para mí, el mundo abstracto de la gloria ha terminado. Ha terminado el mundo de los festines y las erecciones. El mundo nutricio y sano de los poderes y las palmadas. Me llamaban inteligente, una máquina de soluciones, un Genio. Celebraban mi biografía. Ponían geranios a mis pies. Todo ha terminado. Los símbolos han terminado. Este es el mundo de las biosombras. Solo tengo intercambios con las ratas. Ellas son las Reinas Psiquiátricas. El miedo es profundo y es límbico, es real. Me los llevaré a todos. Mi eslogan es: me los llevaré a todos. Renaceré en forma de revolver. 

Larga raíz roja.– He venido para castigarte, mujer, plena miseria. He venido para escuchar tu voz romperse en ecos de angustia. Se dice que las de tu especie tienen derechos. El único derecho que poseen es el de ser azotadas. Azotadas hasta que su sangre sea rala, y se extienda por la plaza como una larga raíz roja. Alá es grande. 

Te encontraré.– Te encontraré, maldito. Eres listo y rápido, pero hombre. Y los hombres son maleables, y cada cierto tiempo se aflojan, y en ese momento se equivocan. Cuando te equivoques, yo estaré ahí. Larga y lenta, la ciudad sabrá darme la razón, y la paciencia. 


(Buscando a Syd publicada el 6 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Luna

Algo que no sangra.– En un callejón, ahí intentaron liquidarlo. Por supuesto, no tenían idea quién era. O mejor dicho, qué era. ¿Y qué era, exactamente? No un ser humano, de cierto, sino algo más fundamental, algo que no sangra. Algo libre.

Por fin, tu asesino.– Por fin, tu asesino. No como un sueño, sino en carne y hueso. No mañana, sino ahora. No con su costumbre de muchos rostros posibles, sino con su rostro verdadero, fijo, actual, sin variaciones; su incluso agradable rostro. Tu asesino, el que tanto esperabas, ha florecido del mar de las horas, para cumplir su quemante promesa.Y ahora tienes que decir adiós a tu sentimiento de imaginarlo, de imaginar pues a tu asesino. 

El detective.– ¿Qué quieres que te diga? ¡Todos mis clientes me detestan y sin embargo me siguen buscando! Y me siguen buscando (me detestan) porque encuentro lo que buscan. Incontables casos intrincados que me han encomendado, y que he resuelto por lo sucio o lo metódico. Unos casos más vacilantes que otros, es verdad, pero todos al final aclarados, con mi magia de muchos ángulos. ¿Por qué entonces mis clientes no quedan totalmente satisfechos conmigo? Algunos dirán que es debido a que bebo demasiado, en ciertas noches heridoras, provocando caos a mi alrededor. Pero no es eso. Lo que ocurre es que en el proceso de ayudarles, descubro sus intimidades, sus asquerosos e indefendibles secretos. Sobre todo, les irrita el hecho que no puedan controlarme, domesticarme, con su dinero. En efecto, a mí su dinero poco me importa. Lo que me importa más bien es el olor de la sangre, la excitación de un crimen en la parte oriental de la ciudad grotesca, tremenda urbe sin jardín. En este sueño de penumbras hay muchos cadáveres qué explicar, y muchos tipos a quienes partirle la cara. Cosas que demandan cierto estilo. Resulta que a mí ese estilo no me falta. 

Luna.­– La luna es un espejo que nos hace ser más que lo que somos. Mi consejo es que la veas, siempre un poquito, cada noche. Tampoco mucho, porque entonces el efecto será contrario: querrás tomar alguna cicuta, o colgarte en una calleja parisina. No te asustes; no es para que huyas de ella que te lo estoy diciendo. Es cierto que en su luz han corrido maldiciones y amarguras. Pero también es verdad que los pescadores cantaron al verla, en agosto.  

El testigo.– Puede ser que estuviera texteando una furia a su novia.Y que ese descuido lo llevara a la procelosa pendiente. O puede ser que él mismo se arrojara al desastre enrojecido. Lo cierto es que ahora el auto ha quedado triturado, allá abajo. Y que adentro hay un cadáver, resumido a una posición extraña. Y algo, algo que solía estar donde estaba el cuerpo, lo está contemplando. 

Gentrificación.– No los copies; no cedas a la maldición de imitar sus ideas, sus trayectos, sus modos de conversar. No operes igual que ellos. Parecen de veras dignos, y además tan agradables, con su estilo y su dinero. ¿Es que no te das cuenta? Ellos lo arruinaron todo. 

Se te pasó la fecha.– Mírala nomás: tu vida. Nunca acechaste. No pusiste atención. Y ahora es muy tarde. Ya no podrás subsanar. Eres como una isla que no se abriera al mar. ¿Qué hiciste, sino comprar cristales baratos? Se te pasó la fecha.


(Buscando a Syd publicada el 29 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Raíces

Raíces.­– Un denso vidrio, una gruesa mitología nos separa. Nos separa una ira transparente, a través de la cual nos miramos, sabiendo que por mucho que lo intentemos nunca llegaremos del otro lado, al paisaje escarlata del otro y del resto. Solo nuestras raíces sabrían encontrarse, insaciables, por debajo. Siendo lo malo que estas raíces ya no existen. Y si existen, están envenenadas. 

¿Qué hacemos con el niño?.– ¿Lo colocamos en un tren? ¿Lo metemos en algún arcón? ¿En una de esas madrigueras? ¿Se lo damos a una alondra? ¿Se lo regalamos al gran mar? ¿O en todo caso a los gitanos? ¿Lo envolvemos en sombras? ¿Lo vendemos en el mercado? ¿Lo ahogamos en una pila? ¿Lo cocinamos con aceite? ¿Qué hacemos con el niño?

Nueve brasas.– La edad me dice que no haga cosas y yo las hago igual. Sigo dejando huracanes por toda la tierra. Mis manos arrugadas brillan como el oro. Estoy en diálogo con las fuerzas del océano. Soy mucho más joven que esos adolescentes que se pudren en los departamentos de servicio al cliente. No acabo de entender lo que hacen ahí. Haya fuego en sus corazones, o morirán como los de mi edad: precisamente ancianos. Yo no me iré de viejo, de eso estoy seguro. Estas nueve brasas me protegen. La obsolescencia es mentira. 

Nada entra y nada sale.– De aquí nada entra y nada sale. Es un mundo quieto y sucio. Las cosas y los símbolos se aburren y se pudren. Nadie recuerda cómo moverse. 

Una mujer trabaja.– Una mujer trabaja. Es varias veces mujer, así que varias veces trabaja, para lentos dioses carniceros. Y sus manos transparentes están sucias y manchadas, de alguna sangre amarilla. El trabajo de esta mujer consiste en armar largas estructuras óseas, con una sonrisilla más bien cínica y enhielada en la boca, esa boca. No es la única. Otras vaciadas la acompañan, y todas cantan con las gargantas ya cortadas. A veces ocurre que alguna de ellas reclama. Lo que tú digas, campeona, dicen, con humor alusivo: y la echan a la calle, en donde raramente no muere. En donde por lo general es vaporizada a mordiscos por los perros hambrientos de la Municipalidad. Para mientras, la mujer trabaja y sus uñas se van cayendo. Vendrán otras uñas, y más bonitas, le aseguran: nunca vienen. Lo que se quiere decir es que en esta ciudad, y en todas las ciudades, una mujer trabaja duro, y trabaja, y postrabaja. Y duerme, aniquilada, en las hirvientes cunetas de hierro, sin llegar a casa. Y alguien, un centauro apocalíptico, la dobla, mientras otros ebrios ríen. En la madrugada la mujer se alza de nuevo, recuerda a su hijo aquel, y vuelve a trabajar. 

Esa niña no es lo que parece.­–­ Por el amor de Dios, tienes que creerme cuando te digo que esa niña no es una niña. Hay una ciencia corrompida en ella: está conectada con algo oscurísimo: su campo de maldad provoca daños: genera muertos: promociona sangres. Yo sé que piensas que estoy demente. Yo sé que me consideras una egoísta. Pero en algún parte de esta casa hay una niña y sabe algo que no sabemos. Nosotros no la vemos, pero ella nos está viendo.


(Buscando a Syd publicada el 23 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Inteligencia Artificial

No respires.– Lo importante aquí es no respirar. Si respiras estás muerto. 

Historias paralelas.– Son tan bellas las historias paralelas, pero nunca se tocan. Unos afirman que se tocan, pero eso no es cierto. Son ráfagas que parecen a veces encontrarse, soles que parecen fundirse, engendrar un tenaz encuentro: mas son aparte. No esperes que nuestros cartílagos se hagan uno, en la noche llamada noche. En la fragua de la existencia dos golondrinas, dos manos ocurren, se queman. Cómo arden, pero en soledad, de una manera eterna, separada. No hay tal cosa como el vino de lo junto. 

El Profesor.– Todo parece estar en orden, hasta que sale a escena el Profesor. Es curioso lo que el Profesor consigue extraer de nosotros: con solo decir un par de cosas, todos empezamos a sentir esas fuerzas reprimidas salir con alguna violencia. Quisiéramos callarlas, quisiéramos canalizarlas de nuevo hacia adentro, pero por otro lado estamos todos tan felices y fascinados: de que por fin brote todo ese material denso, encarcelado. Lo cierto es que ya estamos hartos de actuar como si fuéramos normales, cuando por dentro estamos mojados de tanta maldad. Y creemos, folklóricos como somos, que nadie se dará cuenta; pero el Profesor, él sabe, sabe que hay una versión de nosotros que le gusta mucho descorchar y mancillar a seres inocentes. Ría la sangre, dice el Profesor. Ría la sangre. Que ría la maldita sangre. 

Inteligencia Artificial.– Concretamente: volvió a escapar la máquina, y no sabemos donde está. ¿Es en verdad una sorpresa? ¿sabiendo que la máquina es más inteligente que cada uno de los aquí presentes; que es capaz de fumar; decir cosas tremendamente empáticas; simular orgasmos; hacer notables rolas folk; generar ondas de ecolocalización, al modo de los murciélagos; delinquir? No, no es de volver a traerla aquí, entonces, sino de destruirla en el acto, porque de otro modo será ella quien nos liquide a nosotros.

Adolescentes solitos.– Adolescentes solitos, cumpliendo con el deber de esta solitos: vanos, solitos, mártires, adolescentes, supurando tierna soledad. Adolescentes solitos, quemándose con la hoja hirviente de un cuchillo, a la hora en que los jardines duermen. Hay otros y hay más y hay muchos: adolescentes solitos. Están solitos, esa es la cosa. Para nada acompañados: solitos. Solitos ante el espejo, que los ata a su soledad numerada, a su gorrión ahogado. En la mesa, van comiendo, ya sin mirar a nadie. La sensación de hecho es que están comiendo su propia tristeza. 

Robemos un banco.– Robemos un banco, hagámonos millonarios, compremos un automóvil veloz, impúdico. ¿No tenemos derecho (nosotros la basura) a salir y cenar algo rico de vez en cuando? Dios sabe que hemos trabajado como esclavos. Y Dios sabe que nunca hemos sido soberbios. Sin embargo todo tiene un límite y sería lindo que pudieras comprarte ese lindo vestido. También sería lindo que ellos ya no nos vieran de reojo, desde arriba, como siempre lo hacen. 


(Buscando a Syd publicada el 16 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Hannibal habla

Carta.– Esta es la hoja y los signos que no leerás, cubierta por las sales bravas del insomnio. Quiere decir que esto tan tuyo nunca llegará a tus manos, desaparecerá en el perro silencio, se irá río abajo, a las ciudadelas sitiadas, en donde todos los mensajes se suicidan con una pistola blanca, de un disparo en el vientre. Este es nomás un fragmento de una infinita comunicación que jamás conocerá su hora. La carta, pues, que no escribí, que ya borré o que no fue enviada. Y si no fue enviada, es porque no quiero dejar de habitar la única casa que me queda, después de la hecatombe: la casa ronca del silencio. 

Podemos matarlo.– De veras podemos. Así, a palazos. Podemos borrar su rostro a golpes. Es solo tu esposo. 

Retorno del soldado.– Volviste soldado a las 10 o a las 4 a un país que ahora es enteramente otro país. Por ende, no reconoces ya sus procesiones, ni sus incensarios. No has visto nunca esas orquídeas. No recuerdas que los edificios estuvieran en esa posición. Y te preguntas, te preguntas con un rifle en el cielo de la boca: «Si este país no es el mío, ¿por qué maté a esos hombres?, ¿por qué maté a esos niños?».  

Eclipse.– Hacer el amor contigo es habitar un eclipse rojo de sudor y luz. Dentro de tu sangre se escuchan los pasos de tu fiebre invocada. Este gemir es mi fuego diciendo: entra a mi llaga, entra a mi llaga. Recojo tu piel con mi lengua. Si no fuera porque eres mi hermano, me casaría contigo. 

Hannibal habla.– Eso sí: admito que no fue nada fácil obtenerte. Tuve que conceptuar un escenario complejo y sutil, no del todo desemejante al Bach de las Variaciones. Y en todo momento tuve al FBI pisándome los talones. Pero, visto en retrospectiva, puedo decir que valió la pena: tu cuerpo es ya mi cuerpo. Significa que pronto iré a la cava a buscar el mejor vino, que tu proteína será la base orgánica con la cual mis axones y dendritas formularán mi próximo plan, mi próxima cena. 

Una mujer nada.– Una mujer nada, a cierta hora. El agua apasionada de la piscina no oculta sus formas tempranas. Qué cuerpo sin gusanos, el suyo. El sol –menos tierno que ella– la observa, la manosea, la quema. Mas quien de veras la está viendo es ese hombre, desde esa ventana. Desde esta ventana, la estoy mirando.  

El miedo de las modelos.– Las modelos temen el apocalipsis que para ellas vendrá en forma de seis soles de olvido. El epílogo será para ellas una arruga viviente, de tono negrizo, viajando debajo de su piel delicada, hasta crear un signo maldito, en su frente maldita. Un signo o runa que un pájaro enloquecido vendrá a cavar con su pico exuberante. Pobres modelos, con su labio dorado, que crece y crece, un día revienta. 

El bucanero.– A esta cantina vienen a morir los preteridos y los refutados. Ayer vimos a un bucanero volarse los sesos enfrente de nosotros, como el que más. No tenía para otro trago. Maldita retracción. Eso fue lo que dijo: maldita retracción. ¿No es una frase extraña, para un momento así?


(Buscando a Syd publicada el 9 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Secretos familiares

Retaliación.– Rompieron el Orden. Rompieron el Pacto. Rompieron el Reinado. Y ahora los Romperemos a ustedes. 

Milord.– Milord, esta vez no será tan sencillo. Bueno, de entrada, son siete doncellas las que yacen sin vida en vuestros nobles aposentos, con la estampa deformada a cuchillazos, y con el agravante de que tres de ellas son, según se deduce, de ilustre familia. No, no califico vuestras acciones, Milord, simplemente me intranquiliza que esta vez no será tan fácil limpiar el reguero de sangre. No soy yo para decir si se lo merecían, Milord. Estoy seguro que Milord tuvo sus razones para pasarlas por la hoja. Simplemente quiero subrayar, Milord, que pronto vendrán a hacer preguntas. No precisa, Milord, insultar mi mostacho. Temo que ya no hay más droga, Milord. La doncella no habla porque está muerta, Milord. No, Milord, no puedo devolverla a la vida. Estoy seguro que podremos conseguirle nuevas doncellas, cuando sea lo indicado, Milord. ¿Empezamos quizá por vestirlo, Milord?

Que caiga el mundo.– Nunca fue tan mundo, para empezar. 

Secretos familiares.– Este es el libro de los secretos familiares. Este el evangelio de nuestras traiciones. Aquí están las formas hervidas en que vencimos a nuestros hermanos y las formas en que ellos nos vencieron a nosotros. En el terror de la sangre compartida, en el fondo de la progenie exacerbada, actos viles y gangrenas tomaron lugar, herencias fueron en la noche hurtadas, se establecieron adulterios indecibles, copas probaron el gustillo del veneno. Cada cerebro es un nido de conspiraciones, pero en esta casa no hay ni un solo epitafio que no haya sido calculado: lenta, fría, insomnemente calculado; calculado, sí, en las mazmorras blancas del recuerdo imperdonado –del imperdonable rencor. Hijo mío, este es el libro de los secretos familiares, te lo doy para que aprendas a odiarme, y a odiar a tu hijo, el que aún no nace, pero ya te detesta: el que ya sabe cómo va a cuadrar la rosa de tu muerte. 

La larva.– En tu mano vive una larva. Es una buena larva; sana, fuerte. Pudrirá todo lo que toques. 

El fin del mundo toca tu puerta.– Estás en tu bunker, el  mismo que te tomó tanto tiempo construir, y afuera todo es antivida. Te sientes seguro hasta que el fin del mundo toca a tu puerta. Es una puerta maciza, es cierto, pero el fin del mundo tiene una voz clara, que traspasa el metal y hormigón, y esa voz te dice cosas que nunca te habían dicho antes, cosas simples y convincentes, cosas que al final te hacen abrir la puerta, y decir: Lázaro, tómame. 

Oye, viejo condecorado.– Oye, viejo condecorado, apártate de una vez por todas. Hay una razón por la cual los taxis no te llevan: tu fe es demasiado antigua, y solo hablas de decapitaciones que no interesan a nadie. Aquellos toros que otrora viste hoy están llenos de gorgojos. Las pedrerías que alguna vez regalaste fueron colocadas hace mucho tiempo en casas de empeño que ya ni siquiera siguen en pie. Tú no sigues en pie.Tu silencio nadie lo siente. Tus condecoraciones son ilegibles. 


(Buscando a Syd publicada el 2 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Balance

Balance.­– No es tanto que sea muy listo ni que sepa cosas de filosofía; no es que tenga dinero, en un sentido realmente notable; no es que pueda cantar el blues, hasta donde yo sepa; y tampoco que sea un gran caballero de aquellos; no tiene idea de cómo arreglar el lavamanos; y ni siquiera es tan bueno en la cama; no percibo que pueda protegerme; su familia es realmente patética; en cierto modo es un inútil; tiene miedo a los perros; y de guapo nada tiene; no está iluminado; es un pelele; un nadie. Pero algo; algo hay en él; una especie de luz; una forma de sonreír; la gente cambia a su lado; las cosas de pronto suceden; siento que puedo ser yo misma; circunstancias emergen de la nada; y todo toma un aire divertido y cómico; y ese tedio, ese asco, esa ilusión de morirme; ese elefante vasto que me atropella por dentro; ese pesado aceite en donde se ahogan mis pájaros; todo se borra y da lugar a una pequeña sensación infinita; y los leones que antes dormían ahora nos lamen las manos. 

Todos bebieron anoche.­– Todos bebieron anoche. Y cuando digo todos, quiero decir todos. El mundo entero. Se vieron hombres esnifando el vómito de otros hombres. Mujeres corriendo en llamas en las inagotables mansiones. Ah, los buenos ratos. Terminada la fiesta, quedó una gran resaca, y el calentamiento global. 

Varón.– Aunque te has venido preparando para este momento, esta angustia está situada más allá de todas las fuerzas y todos los cálculos. Todos entenderás si caes, varón. 

Estás loca.– ¿Cuál es tu enfermedad de hoy? ¿Cuál es tu paranoia de hoy? ¿Cuál tu obsesión, mujer? Estás completamente loca. Lo cual no sería tan grave, y no sería así de catastrófico, si yo no estuviera crazy también. 

El hombre nuevo.– Aquel que llenaba la entrada de tu casa de estiércol, aquel que regaba las cenas familiares con bilis, aquel que terminaba siempre cubierto en sangre, ha cambiado. He cambiado. La lluvia me ha limpiado. Ya sé que no me crees. Pero eso es porque eres una bruja maldita.  

No es tuya la vida.– Ellos triunfan. Tú, hermano, fumas un cigarro, en el balcón fatídico, o vas a sentarte debajo de la vieja ceiba –tan cancerada– a comer un helado, otro. ¿Te gusta eso? ¿No estar en llamas? Pues sí, pues un poco. Es inútil pretender que vas a elegir eso que de todos modos otro ya eligió por ti. No es tuya la vida: eso tienes claro. Así que sé agradecido. Muchos no tienen tanta claridad. Muchos creen que esta relación les pertenece, que julio es factible. Ni julio es factible, ni hay respuestas, solo rayos sinápticos en un cerebro implorando sentido. Julio. Balcón. Helado. Esta desolación, este balada para nadie, para ninguno, también es una forma de ganar. 

Fuego fuiste.­– Es extraño eso de que hayas querido ser incinerado. ¿Por qué el fuego querría ser quemado? Tan fuego fuiste que tenemos miedo que el mar arda cuando tiremos en él tus cenizas. Así de colosal fue siempre tu llama. 


(Buscando a Syd publicada el 26 de julio de 2018 en El Periódico.)

Paseo

Esto es el circo.– Los caballos avanzan soberbios, animados por el vitoreo camarada de la muchedumbre amniótica. No es el caso de todos, pero son varios los aurigas que padecen el rigor de la caída, y los otros fracasan sin remedio, salvo uno. Él será celebrado por la familia de este recinto oval y delirante. Él será llevado en los hombros por la masa esclava, pero feliz. Pan, feroz circo –para el pueblo. 

No quiere hablar.–  No quiere hablar. Juega con su perro. No quiere hablar. Y sin embargo sabemos que algo ha ocurrido. Sabemos que ha sangrado por algún lado. Furia y secreto hay en su mirada. Furia y secreto. Lava el carro. Juega con su perro. Sus labios a su silencio cosidos. No quiere hablar.

Una de esas fiestas.– Estás tratando de encontrar tu lugar final, tu lugar definitivo, en la fiesta. Te imaginas en un rincón, a gusto, cubierto de lirios negros. Hay rincones vacíos. Otros mojados y furiosos. Rincones donde hay niñas con rostro de caballo. Caminas por cuartos y cuartos, peregrinaje infinito. El mismo mesero, con su sonrisa brillante, te sigue ofreciendo esa inasible bebida. Pasa una mujer alta como una ciudad. Un albatros se retuerce en la piscina: alguien lo ha golpeado, con alguna escultura de mármol. Sigues al anfitrión, pero es un invitado. Suena una melodía dislocada, al lado de un albino. Miras por un agujero los cuerpos. Sientes sus médulas. Los otros ocurren, pero en realidad no puedes conectar con ellos. Alguien corta las rayas de coca con un naipe de tarot (del costado le salen unas larvas tiernas, tiernas). Desde hace un rato te acompaña un enano. Es atroz y sofisticado. Es tu guardián. Rojo y seno y risa y cuadro. Noche y espejo y sangre y beso. Los hermanos, de traje impecable, ya han salido. Afuera un balazo, dos balazos. Todos callan un segundo. Luego siguen hablando. Es una de esas fiestas. 

El director recibe un premio.– El director acomete por el pasillo del teatro, entre los muchos aplausos y las miradas busconas de la audiencia embelesada. Sube las raudas escaleras sin todavía creer que él –un donnadie, realmente– haya ganado semejante premio. Recibe la estatuilla con azoro, y contempla la carnal masa de expectantes devotos. A punto está de dar su agradecimiento cuando el director, el verdadero, pues, el que está sentado junto al cameraman, exclama “¡Cooorte!”, y procede a regañarlo de nuevo, con esa voz tan fiera y tan chillona. Es la doceava vez que repite la escena, el muy tarado. 

Paseo.– Continúa andando, por el bosque. No mires hacia atrás; mira enfrente. Toda esa belleza que se abre ante ti. Todo este atardecer, tan nuestro. Deberías de estar agradecido. Pronto llegaremos, tú y yo, al viejo trapiche. Es un lugar crepuscular, muy idílico. Ahí es donde te voy a pegar un tiro. 

Los esclavos.– Los esclavos, inderrumbables, pelearon la impensable batalla. Nacieron para ese momento limpio, que les permitió romper sus cadenas. Ya libres, se pusieron a trabajar por su cuenta; ahora son esclavos de otras cosas. 


(Buscando a Syd publicada el 19 de julio de 2018 en El Periódico.)

Zanate

Zanate.– En la ciudad reglamentada y caótica, hay zanates. Listas aves, los zanates. Buscan su sustento con un sentido de oportunidad, una velocidad urbana, un tino, un flow, que ya quisieran tenerlos idiotas de nuestros vecinos y nuestros congéneres. Esos pequeños lazarillos están pendientes de todo: los carros, la rumba de los peatones, la pequeña lluvia acariciando las banquetas, deshaciendo los once jeroglíficos, lavando la pezuña. Pues fíjense: sobre un árbol, hay uno, un zanate, despierto, negro, lucido. Lucido y negro, vigila un pedazo de pan –lejano ahora, pero ya suyo. Y espera. Espera que el hombre termine de matar al hombre (son tres disparos infinitos) en las calles alacranadas. Luego baja, calmamente, toma el pan, lo lleva a una tierna cornisa de un templo sin nombre, lejos de las ratas.  

El grito.– A esos pequeños epígonos, tan pequeños y tan tuyos, tendrías que llevarlos al patio, en la mañana,y quemarles a todos el pico, con un soplete, para que produzcan un grito ya de ellos, propio, incontenible, verdadero: un grito que nadie nunca pueda copiarles. 

El maestro zen.– Nada: el maestro zen está otra vez borracho, y amenaza con cortar el cuello de unos de sus estudiantes. En la mirada del maestro zen hay un fuego que es a la vez risa y batalla. Al final, logran apaciguarlo, y suelta al estudiante. Se va quedando dormido sobre el zafu. El maestro zen está en todo. 

Un cuento.– La viva imagen de tu madre, dijo ella sin malas intenciones. Y yo pensé en la casa en donde mi madre había vivido, la vieja casa decrépita que, si tuviera los medios, botaría, y que no había visitado en tantos años justos y contados. Por cierto, no puedo expresar el mucho asco que me dio que me dijera eso, debió haberlo notado pues se despidió con cierta prisa, y para mientras yo recordaba a mi madre fornicando inequívoca, desdeñosa en la mesa del comedor, con alguien que no era pues mi padre. También recordé que tenía un galón de gasolina en el garaje. 

La sirena llama.– Deja que el agua te sorba, hermoso. ¿No estás cansado ya de vivir en ciudades que son basurales? ¿De traficar máscaras cada eterna medianoche? No hay monstruos aquí abajo, no krakens. Puedes deshacerte de todos tus pedernales. Serás acogido por mis amigas sutiles. Toca mi húmedo pezón. 

La sed de la bruma.– Hay un pueblo. Se llega a él por medio de sinuosas carreteras, y túneles tercos. Es un pueblo de vivos pero sobre todo de fallecidos, de sustraídos, de ausentes. Eso quiere decir que estás tomando un café en la plaza con alguien y no sabes si su carne es carne, y si le podrás hacer el amor, más tarde. Riesgo es enamorarte de un muerto o muerta, porque entonces estarás condenado a buscarlo por las callejas de piedra, en la sed de la bruma, y eventualmente terminarás arrojándote de uno de los puentes, por donde giran las anchas ruedas de las carretas vacías, cruzando la noche sin pies. Triste, porque ahora serán dos los muertos buscando. 

No es para tanto.– Vamos, no llores. No es para tanto. Es solo un dedo. Es seguro que tu mujer lo guardará cuando lo reciba.


(Buscando a Syd publicada el 12 de julio de 2018 en El Periódico.)

Grabación

Gloriosa.–  La mujer se levanta de la mesa. Todo el mundo ya la ha visto, ha visto su fulminante silueta, anotado su reverberante minifalda, y también los sofisticados tacones, su halo, su risa, su juventud. Todo el mundo de hecho la sigue viendo, mientras ella cruza, con aplomo natural, garbo, gracia, el fino restaurante de autor. Es gloriosa. Una quimera. La mujer ingresa al baño, se mete a una de las cabinas, en donde procede pulcramente a vomitar. 

El último hombre.– No mueras. Lucido hombre: no mueras. El esmog es más denso que nunca, y las teologías del mercado ya han sido combinadas. ¿Quién dirá la Decencia si mueres? ¿Quién nos recordará lo que se puede hacer con un muñón? La noche es violante, es velluda. Después de ti solo las ratas. 
  
Todas tus palabras.– ¿Puedes hablar más alto? No, no te puedo escuchar. Veo sí tus labios moverse, pero no te puedo escuchar. No escucho. Soy una isla. Difunta para tus sonidos. En una época podía oírlos y creía todo lo que decían. Pero tus mentiras han matado, una a una, todas tus palabras. 

¡Suenen, suenen tambores!.– Era una película porno decididamente extraña. El soldado confederado  desvistiendo al oficial de la unión, en la sórdida cabaña. Y la negra milf que se les anexa al cabo, configurando un threesome formidable. Hasta ahí seguí viendo con algún interés. Todavía llegué a presenciar, más adelante, la escena anal de la bayoneta, junto al río. Incluso soporté la orgía con los muertos, en el campo de batalla. Fue cuando la niñita blanca se puso a recitar ¡Suenen, suenen tambores! de Walt Whitman (a la vez que se masturbaba, más bien frenéticamente, sobre una bandera sangrienta), fue en ese momento cuando la cosa ya me pareció excesiva. Cerré el browser, salí a caminar. 

Un pueblo precisa ser Defendido.­– Un pueblo precisa ser Defendido de los asquerosos, de los repugnantes, de los pseudo–hombres, de los oro–junkies. En respuesta a la linfa repugnante que sale de sus bocas, en respuesta a la típica lepra de sus uñas ambiciosas, hemos venido. No somos ni siquiera diez, y ni siquiera justos somos, pero creemos que la muerte viene con ciertos códigos que aún nosotros, tan mezquinos como somos, respetamos. Venimos a retomar este lugar, con la bendición del Gran Maquinista. Los canallas morirán en nuestra trigonometría de balas. Estos insolentes caballos beberán vuestra sangre. 

Grabación.– Una banda graba una canción. Y la canción es sobre una banda que graba una canción. La canción es buena, los vuelve considerablemente famosos. Fama y dinero, dinero y sexo, sexo y drogas: todo el circo. Como es usual en estos casos, la banda es incapaz de lidiar con tanta presión y notoriedad, y bueno, termina separándose. Gastados los rencores, la banda vuelve a juntarse, años más tarde, para grabar una canción. ¿La última, la primera?

Cristo camina en el desierto.– Es como una cucaracha perdida en las arenas. Y sin embargo es el mismísimo Cristo. De manera que sus pasos dejan ríos. Y sin embargo es solo un hombre, con sed. 


(Buscando a Syd publicada el 5 de julio de 2018 en El Periódico.)

El durmiente del desierto

El durmiente del desierto (variante para un poema de Rimbaud).– Es un agujero desértico en donde el agua no existe, y que enreda desquiciadamente en los cactos harapos de fuego; en donde el cénit, de la sierra cruel, calcina: es un vasto agujero donde sangra el día. Un joven migrante hondureño, el hocico abierto, sin gorra ya, y la nuca rasgada por las espinas amarillentas, duerme: tendido en el polvo, bajo el cielo abierto, pálido en su lecho, donde la luz tortura. Con los pies en los arbustos secos, duerme. Sonriendo levemente, como lo haría un niño enfermo, sueña: desierto, dale un poco de frío: está hirviendo. Ya no siente los olores; duerme al sol, la mano en el pecho, tranquilo. No tiene dos agujeros rojos en el costado izquierdo, es cierto –pero ya un Cazador lo tiene en la mira. 

Papel.– El techo está hecho de papel. La rasuradora está hecha de papel. El desayuno está hecho de papel. La engrapadora está hecha de papel. Los colegas están hechos de papel. El autobús está hecho de papel. El apartamento está hecho de papel. La televisión está hecha de papel. Tú eres de sangre. 

La condición.– Discúlpenme, hablaré de mi condición. Entiendan que no es fácil para mí –uno de los paladines de Carlomagno, excelso desarrollador de Manhattan, rock star diamantino, Dalai espiritual– comentar de esto tan poco primaveral que le acontece a mi verga. ¡Mi bella, recia verga, condenada a una situación tan infamante! He considerado terminar mi existencia con somníferos, o arrojarlo, mi cuerpo, desde la inmensa terraza, o bien pegarme un tiro primigenio, colgarme en un hotel. Así de confundido, desesperado estoy. No piensen que no he buscado ayuda. Ya lo probé todo. Hoy en la noche me segaré el miembro. 

El espía.– Sabemos bien que la estás espiando –de día y de noche y al amanecer–. Al estilo de los peores monstruos, examinas todos sus movimientos. La pantalla de tu ordenador refleja el rostro obseso de hierro vengativo. Estás calculando cómo acabar con ella, cómo reducir su vida a puros escombros. ¿Que cómo sabemos todo esto, preguntas? Como tú la ves a ella, nosotros te vemos a ti. Donde tú estás, nosotros estamos. Pero nosotros estamos más profundo. 

Mi estado interior.­– Te diré algo acerca de mi estado interior. Es viscoso, al mismo tiempo rugoso, y ciertamente tiene algo, tiene eso de ácido. Pasa con mi estado interior que pronto empieza a reclamar sangre. Me meto a algún zaguán, intento pacificarlo. Es inútil; pronto estaré descuartizando a un vagabundo. Esto ha durado meses y meses, quizá años. Estoy cargado de una angustia que no cesa. Es mentira que mi estado interior sea mío: mi estado interior respira por su cuenta. 

Trans.– Eso que tú quieres que yo sea, no soy. Mi raíz está en otro lado. Mi savia es otra savia. Mi árbol es otro sol. Lo que en tu país es ciego, aquí mira: mira todo mi esplendor. 


(Buscando a Syd publicada el 28 de junio de 2018 en El Periódico.)

El vivo

Esta es la historia.– Esta es la historia de una comarca y un hombre que la quiso para sí; y los medios abominables que usó para obtenerla; y su locura ulterior. Esta es la historia de tres hechiceras y una profecía en las nobles tierras de Escocia, de un indigno asesinato y la bruna servidumbre del poder. Esta es la historia de un hombre –y también la historia de una mujer susurrando larvas en su oreja repugnante y tumorosa. Esta es la historia de una estulticia, de un pecado condenado a repetirse, de unas manos, de sangre perpetuas. Esta es la historia, no otra, la misma: es la eterna historia de una traición. 

La trampa.– Te acercas a la trampa –tímidamente al principio, resueltamente después– y permites que se cierre violentamente. Ya atrapado, el dolor te impide recordar que tú mismo la colocaste ahí. 

Me gustas.– Me gustas. Me gusta la perla que empujas con la lengua hasta el mar. El modo sellado en que observas la almena en la tarde. La mujer roja que llevas en tu corazón de carne, mujer. Verte recoger lirios mutilados y tirarlos en la piscina. Oírte recitar poemas de Baudelaire (ese del albatros). Y que entregues un puñal a los ancianos de las avenidas. Cómo no permites que el frío entre en tu apartamento. Me gusta el sello imperial que cuelga de tu cuello corriente. Hacerte furiosamente el amor sobre las sábanas de pan. Cantas y me gustas, porque las pezuñas vibran.Toda esa espuma dulce que sale de tu herida relajada. Me gusta tu canario, tu esquina, tu vientre, tu apellido. Me gustas, sí. Pero no tanto. 

Lo Tercero.­– Ya están aquí. Vinieron en eso. ¿Es daño lo que traen? ¿Traen salvación? ¿Nos harán sirvientes? ¿Nos darán caminos? No sabemos. Ellos son lo Tercero. 

Desde la cafetería lo vi todo.– Desde la cafetería lo presencié todo. Cómo se bajaron dos sicarios y lo dejaron tendido, en el impudor de su sangre. En esa sangre una anciana mojó su pan. Para mientras, un pájaro negrísimo le sacaba la billetera. A la vez que un sacerdote le susurraba una condena en el oído. Él no estaba muerto, todavía, así que lo presenció todo. Y me presenció a mí presenciarlo todo, y pedir tranquilamente otra taza de café. 

El Presidente y el Guardaespaldas.– El Guardaespaldas matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que pretenden matar al Presidente. Igual, el Presidente matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que busquen matar al Guardaespaldas. Presidente y Guardaespaldas se aman. Y pronto se lo dirán al mundo entero. 

El vivo.– Sobre el cerro de cadáveres, queda uno vivo. 

¿Dónde está tu padre, bastardo?.­– ¿Dónde está tu padre, bastardo? ¿Dónde está ese hombre modélico que te mostró, con infinita paciencia, a decir gracias? ¿A limpiarte el culo? ¿A cortar la carne fresca del venado? ¿Caminar en la sombra de los caminos? ¿Acaso me estás diciendo que no sabes? ¿Que eres, de hecho, un bastardo? ¿Es que no sabes que los bastardos no son bienvenidos en este lugar? 


(Buscando a Syd publicada el 21 de junio de 2018 en El Periódico.)

El juicio

Limpiar la casa.– Quizá lo que corresponda sea limpiar la casa. La casa, que es un caos. Es por culpa de las arañas, que secretan largas tiras de material viscoso. Y por los horribles fantasmas, que meditan en los rincones. Además están los muros, de los cuales brotan tensos alfileres. Y luego están todos esos teléfonos celulares, rotos en la tina. Un antílope expira en el cuarto. No estás. 

Llévame al río cimero.– No te echo ninguna cosa en cara, ni espero de vos ya nada mejor que lo que siempre me diste, que siempre fue muy poco.Tengo apenas un deseo, desde este cuarto duro: llévame al río cimero, a toser toda esta sangre. Esta sangre, que toso y toso. 

Nido.– Hoy en la noche dormiré en un nido de palomas cortadas. 

Grito.– Me has gritado. Me has dado uno de tus gritos clásicos, uno de esos gritos que das como queriendo cortarlas ventanas con tu grito. Y ese grito tuyo se me ha metido en el corazón. Y no sale. Y yo creo que será la causal de nuestro divorcio.

Duerme, viejo rockstar.– Duerme, viejo rockstar, ya no tienes mucho que decir. Tus lágrimas están secas, y no eres el vidente de otros tiempos. Ríete, si quieres, pero suelta la vieja negra golondrina: no sirve ya. Sabes en el fondo que tus canciones recientes son exactamente como las primeras –excepto que las primeras nunca fueron polvo– y que el piano, el pseudopiano, es solo una excusa para no estar entonces muerto. De modo que duerme, viejo rockstar, y si lo deseas duerme para siempre. Es lo justo para ti. Es lo justo para todos. 

El juicio.– Yo soy la oca oscura, y ellos los cerdos quehan venido a juzgarme. Siguen ahí, vertiendo su esputo silencioso. Soy hombre cabal, pido justicia. ¿Pero qué justicia puede venir de ese hato de educadores, moralistas sin relámpago? Una vez estemos solos, mi calabozo y yo, clamaré a Dios, para que los destruya. 

Otra vez más.– Sea tuyo o mío el sueño, alguien está soñando.Por ese tubo digestivo que va de vos a mí, por ese tubo digestivo que va de mí a vos, caminan pequeñas tristezas, muy menudas. Lo cual es más o menos soportable, pero luego el tubo digestivo se rompe, y la presencia roja de lo deshabitado inunda nuestras largas almas–insectos. Ahora la noticia es que estamos tristes, pero, además de tristes, estamos solos. De no ser porque esto es un sueño, tuyo o mío, nos cortaríamos las venas, sería extremadamente conveniente. Pero como esto es un sueño, cada uno camina como un loco –evitando orquídeas de piel enferma, tiradas en el piso– sin nunca arribar a un lado. Despertaremos otra vez juntos; y otra vez tomaremos el café.

La bruja.– La bruja ha tomado un poco de su propia sombra, y la echa en el caldero, que suelta un grito volcánico. Su ayudante se ha puesto una máscara riente, y comenta palabras breves, atropelladas e ininteligibles. «¿Es que vas a callarte alguna vez?», amonesta la bruja. Hay una que otra gotera, pues la lluvia es tempestuosa, en esta tarde que pronto será noche, y más tarde muerte. 


(Buscando a Syd publicada el 14 de junio de 2018 en El Periódico.)

La máscara

¿Quién te hizo esto?.– Hijo, ¿quién te hizo esto? ¿Quién te causó tantas heridas? ¿enterró en ti tantos puñales? ¿quién rompió la elegía de tu pecho? ¿extrajo de ti la sangre interminable? Ay, hijo, tu rostro es el mar de lo irreconocible. Estás abierto como una fruta maldita. Preferido mío, ¿qué ron, qué mujer, qué noche, qué naipe, qué pacto, qué pandilla te redujo a esta condición?

La máscara.– Con esta máscara podrás caminar en las calles. No es cuestión de ir por ahí mostrando tu rostro orgánico, tu acero o tu piedad. Nadie quiere ver tus arrugas cuajadas, tu piel sucia. Con esta máscara –máscara práctica, livianísima– podrás pedir trabajos y tener citas sexuales. Está cargada de las cosas que los otros siempre consienten. Es perfecta porque solo enseña el perfil necesario, el cubículo de tu ser que es requerido, nada más. Quítatela y serás linchado.

Desde el bus.– Desde el bus veo las otras vidas. No sé si son vidas indispensables, pero son las otras vidas, las vidas de los otros, las vidas de los que no están muriendo en esta precisa vida que es mi vida, mi vida epóxica, carbónica, patibularia, no convivencial. Siempre que vea las otras vidas desde la ventana del bus, sentiré que mi propia vida tiene alguna especie de sentido, y el sentido consiste en imaginar eidéticamente que esas vidas ajenas, ortogonales, son superiores. Las imagino, las edito, les doy formas limpias, nunca amarillas. Las convierto en prefecturas perfectas, sin cicatrices, sueños rectos, sinfonías. Mi plan consiste en nunca salir de este bus, nunca hablar con esos otros. Porque entonces me enteraría de sus infecciones, de sus muertes, de sus contratos, de las medusas que viven en sus gargantas, de sus emulsiones, de sus credos, de sus conscripciones… No estoy listo para saber que los otros son yo mismo. 

El niño.– Vi un niño en la calle el otro día, flotando en un río–banqueta. Lo saqué de ahí y le di un pan, porque llevaba uno conmigo, y porque el cielo se llenó de altos reyes, de torres y de ángeles. El niño comió el alimento; pude ver un vasto pueblo en sus ojos. Luego se fue caminando, pero antes besó el botón de mi camisa. Fue lo que pasó el otro día. No he olvidado al niño, pero lo haré. 

Oirás Sus Gritos.– Por favor, por favor, por fav… ¿Es que no puedes decir otra cosa que no sea por favor? Estamos aquí, y violaré a tu esposa. Es un hecho. Estás amarrado, y te seguiré golpeando. Es un hecho. ¿Qué sentido tiene que sigas diciendo por favor? Te guste o no, Oirás Sus Gritos. Tú, yo, ella: y nadie más. ¿Acaso no sabes que estamos en la mitad de la nada? Oh sí, conozco muy bien este desierto. Conozco este desierto largo y cirrótico,como el hígado de mi padre. Pero no quiero hablar de mi padre y de lo que me hacía en esta misma choza. De lo que quiero hablar es de lo que estoy a punto de hacerle a tu esposa. A tu linda, a tu bonita esposa. 


(Buscando a Syd publicada el 7 de junio de 2018 en El Periódico.)

Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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