'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Los Seres–Pájaro



Bajo el cielo ultraquímico.– Ya hasta los ángeles son ceniza. Ciudad cuyo centro era diamante continuo, ciudad que fuiste la reina del insomnio, ¿cabe pensar que hoy estás vacía, bajo el cielo ultraquímico? En una tarde de palomas apocalípticas, una boca de franca furia se abrió, y el alma de todos fue barrida, y los pies de la vida fueron cortados. Solo quedaron el polvo y la gelatina. Y los pedazos de espejo de los tigres del olvido. Hoy nadie recorre ya tus calles, que son ayeres. Y sin embargo, si ponemos atención, nos daremos de cuenta de un aparecer, allá, en lo lejos: el Nómada.

Habla el racista.– Entiéndelo: tu luna y la nuestra nunca serán iguales. Aunque camines mil veces estas calles, ni hoy ni mañana serás como nosotros. Tienes esa sonrisa, la inocente, la tan beata: ten por seguro que te haremos padecer. Somos seres pacíficos, no pugnaces, mas no creemos en tu destierro, en tu venir de otra parte. Maldito el día en que tocaste nuestras costas. Maldito el día en que comiste nuestras carnes. Maldito el día en que contemplaste nuestras casas. Por tu bien te decimos: cierra bien la puerta de tu habitación. Y cuida bien a tus lentos hijos, pues no tienen gloria, ni ojos azules. Por los nuestros, te escupimos, ramera oscura.

Las ciudades.– ¿A qué ciudades fueron los que huyeron de las ciudades? ¿A qué guaridas fueron los que huyeron de las guaridas? ¿Dónde estás, animal hombre? Cada uno de tus mapas te ha traicionado.

Suelta el arma.– Amigo: estás en ese sitio en donde pasado y futuro se bifurcan. ¿No es un lugar encantador? Lo es, ciertamente. Y estoy de acuerdo: es un enorme privilegio poder equivocarte de nuevo. Entiendo que es una sensación inclusive intoxicante. Tal privilegio no durará para siempre, es lo malo. Tomando en cuenta, bueno, que estás rodeado. Y tomando en cuenta que en este momento hay siete miras, todas dirigidas a tu cabeza. A lo mejor intento decirte –en este momento precioso, en este precioso presente– que soltar el arma puede, a su modo, ser también un privilegio.

Los Seres–Pájaro.­– Hoy es una de esas noches: alguien va a terminar donde los Seres–Pájaro. Al morir esta hora angustiada, un Ser–Pájaro vendrá de lo rojo, y alguno de nosotros será recogido, como ha sido desde siempre. Nadie sabe a donde los llevan... Si aún viven... Si ya son Seres–Pájaro, ellos también... Nadie sabe nada. Y por supuesto que da miedo. Da mucho miedo. Pero a veces me pregunto si no es de hecho mejor estar allá, entre los Seres–Pájaro, que aquí, entre los Seres–Serpiente.

La gota que rebalsó el vaso.­– Algo cae. Es la gota. El mundo acaba.

El círculo.­– El escritor acumula otra página en blanco. Los esposos vuelven a dar el drama sabido. Los zapatos son atados con idéntico nudo. La sangre se desplaza por el mismo circuito. La rueda de Chicago continúa su tedio de siempre. Las aves emprenden su migración circular. Abres el periódico.

Un robot está solo.– Un robot está solo. No sabe del llanto, pero está solo. ¿Por qué no hablas un poco, robot, aunque sea con nadie?


(Buscando a Syd publicada el 22 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Hay futbol

Agua.– El mundo es agua. No raíz: agua. Triste agua infinita. Es lo que toca: remar, nadar.

Alguien que quieres.– Alguien que quieres, o que no quieres, ha fallecido, y ahora tienes que viajar a su funeral. Es alguien que quieres, o no, pero como sea es importante que empaques y te subas al avión, para la ceremonia. Importante –tan importante– que cumplas con los irritantes protocolos del desplazo. Que corras entre sábanas de incomodidad, en los pasillos fugaces de este febril aeropuerto, que aún detestas, todavía. Y sentir la brasa de la prisa, y la prisa de la brasa, mientras ráfagas de recuerdo inundan tu cerebro. La quieres, sí, o puede que no, pero es absolutamente necesario que atiendas su funeral, pues resulta que esta persona es parte esencial de un relato del cual ya no puedes, ni podrás, escapar, del cual ni su misma muerte podrá liberarte. 

Bailan.– Bailan torturados. Bailan los vencidos. Bailan ya sin boca. Bailan en el Sur.

El espejito.– Tengo un espejito que atrapa a las personas. Lo único que hago es ponerlo delante del referido. En un segundo, este queda del otro lado, como dentro de un sueño. Ni decir que a estas alturas el espejito ya guarda una sensible muchedumbre. No es que todos estén juntos, revueltos, en un mismo sitio, no. Cada cual tiene su propia cárcel de espejo. Cada uno está atrapado en su propio reflejo.  Sé que te cuesta creer en la magia de mi espejito. No te costará entonces echarle un vistazo…

Remake.– Terminado el remake, se fueron dando cuenta, no sin cierta perplejidad, no sin alguna vergüenza, que la película original jamás había existido...

Entre las ruinas de la ciudad.– Entre las ruinas de la ciudad, un perro deambula. Está perfectamente solo. Y su alma es perfectamente libre. No necesita de filosofías o hexámetros. Su único trabajar es comer lo que los humanos dejaron. ¿Dónde están los humanos, por cierto? Solo sabemos que una luz rubia baña los muros caídos.

Hay futbol.­– Eso queremos: mirar el futbol. Sus formas, sus pedazos brillantes. Te amamos futbol, lenguaje. Hay lentas, pálidas cuentas. El hongo de la enfermedad. Madrugar –ser exprimido. Gente muy fea, allá afuera. Hay afanes, sí, hay frío. No somos de llorar, pero hay mucho frío. Pues bien: cuando de la pura desesperación nos mordamos un dedo, hasta arrancarlo, recordemos algo muy pronto: el futbol está ahí para grabar en nosotros sus jornales de gloria. El futbol es el sueño bonito de la pesadilla. El pájaro sobre una ciudad de ruina y sangre. Del futbol brota el intenso poema. Lo grande. Lo que no debiera ser insultado.  Me verás viendo el futbol y entenderás que, en esta orina, en este excremento, algo no es mercenario. Hay miseria, sí. Pero hay futbol.

El hijo perfecto.– Mi hijo era perfecto, antes de matar a todas esas personas. Siguió siendo perfecto, al momento de matarlas. Y ahora que están muertas, mi hijo es más perfecto que nunca.


(Buscando a Syd publicada el 15 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Hormigas



Soltaré mi halcón.– Soltaré mi halcón. Volará por la planicie eterna, con inteligencia, con elegancia, y muy pronto reconocerá a su víctima. Entonces bajará con increíble rapidez, acercándose fluida a su propia sombra. Su propia sombra, ya sobre ti. Así es: tú eres su víctima. Tú eres mi víctima. Mi halcón te sacará los ojos.

Lamento del manco.– Vuelve. No te vayas. No me dejes solo. Osa no retirar tus cinco ansias de aquí. Regresa a este muñón que dibuja un hambre sin forma. Tú eres mi mano. Además la derecha.

Mujer caminando en la playa.– Una mujer en la playa camina sobre la arena derramada. Todo lo que se diga de ella, de la arena, es bastante insuficiente, y todo lo que se diga asimismo de la mujer. La mujer: no queremos palabrearla excesivamente. ¿Y sin embargo cómo no hacerlo? Vamos a decir que su andar es limpio, que sus pasos se posan sobre el instante tendido, con radiante elegancia crepuscular. A la vez diremos que parece triste, como exiliada de alguna región que jamás la mereció. Ya acarreados por la poesía, diremos que es como si la tarde se negara a cerrar el acta, eso con tal de acompañarla un rato más. La mujer es a todas luces excepcional. En quince minutos será asesinada.

El invisible.– El terror no es que te vean a escondidas. El terror es ver desde lo oculto, y jamás ser visto.

Los cruzacalles.– Nadie contravenga el orden dinámico de los cruzacalles. Nadie se atreva a quedarse parado en el paso cebrado. No es que los cruzacalles sean esencialmente malignos. De hecho pueden ser incluso deferentes, en su frialdad. Y son extremadamente eficientes, eso quien lo duda: conocen cosas esenciales respecto al tiempo y el espacio. Lo intrigante, sobre todo, es su manera de funcionar: como un solo organismo inteligente. Cada cruzacalle es la sílaba fluyente de un lenguaje colectivo. Eso sí: que a nadie se le ocurra permanecer inmóvil en medio la calle. Porque entonces será arrollado, y luego destruido a mordiscos.

Hormigas.– Me di cuenta que tenía un agujero en la mano. Del agujero adicionalmente salían hormigas. Observé lo gordas, grandes y diligentes que eran. Ni decir que el asunto todo me pareció fascinante. Lo mismo que estar en una película surrealista.

Hule.– Tu amor es de hule, tus dedos. La refrigeradora es de hule. De hule las ventanas. Y las vacas, las gallinas. Los parquímetros, de hule. El emblema es hule puro. El polvo es polvo de hule. El acordeón, hule también. El hule, un hule especial, que se enrosca en el hule. Los ayeres, todos de hule. Las albas. Las puertas. Mi madre es de hule. Tu torso es de hule. Los ríos son de hule. Todo lo demás es plástico.

El cuarto.– Dentro de tu cuarto hay un pequeño cuarto, y dentro de ese cuarto hay un cuarto tercero. Ahí te encuentras y te cuesta mucho respirar. Y eso es porque en el cuarto de al lado, ya estás muerto.

La espada perfecta.– Hoy he forjado la espada perfecta. Es capaz de dividir los días y los soles. Poderosa y vitriólica: ligera como un ala. Por fin cortaré este cordón umbilical.


(Buscando a Syd publicada el 8 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Tiempo de aire

El ciego.–  Y ahora entiendo que al mundo vine a escuchar tus ojos.

Espacio negro en llamas.– Estos somos nosotros, más bien ardiendo. Estos nuestros largos dedos que se están quemando.  Incluso el espacio negro es un diamante en llamas. ¿Fuimos nosotros quienes empezamos este fuego, este total insomnio? Viudos de nuestra piel, gritamos.

El viajero.– Corres a la terminal del aeropuerto, y vas como un loco, jadeando tu miseria. Aunque tienes hambre, y aunque tienes sueño, no te detienes, te apuras, continúas corriendo, para no perder así el avión. Y llegas, pero el avión no está ahí. Y no solo no está ahí: ni siquiera existe. No existe el avión, y tampoco la terminal, ni el mismo aeropuerto. No hay viaje, como tal. Lo cuál sería aceptable, si no fuera por el hecho que tampoco hay viajero.

Famoso.– Todos me miran. Soy famoso. Nadie me mira.

Nomás un segundo.– El ascensor asciende o desciende pero tú no puedes bajar del ascensor. Los otros sí, por cierta razón. Se bajan del ascensor y se suben sin duda. Unos vienen sin ojos (un pájaro se los habrá quitado). Otros tienen el pelo largo, larguísimo, como un juramento inacabable. Cuando intentas jalarlo se deshace en tus manos. También los hay quienes llevan puestas horribles camisas hawaianas. El ascensor se llena, sí, hasta el punto en que no se puede respirar. Entonces es como un vagón de judíos, rumbo a un campo de concentración. Otras veces el ascensor está perfectamente vacío. Estás tú nomás, y junto a ti flota un corazón de perro, del cual descienden minuciosas gotas de sangre. A veces está tan vacío que ni siquiera estás tú: solo tu rumor, tu posibilidad. Pero la mayor parte del tiempo sí estás ahí, y por tanto gritas. Cuando gritas se detiene un segundo el ascensor. Es como si el ascensor pudiera oírte.

Tiempo de aire.– La chica, la única que ha escapado del asesino, consigue por fin una señal, en su celular. Lamentablemente su tiempo de aire ha terminado.

El mar no tiene calles.– Un náufrago calcinado, engavetado por el mar. Flotando con un tablón, en el abismo de las olas. Cintilan o fosforescen las olas sin cesar. Ciegas en la noche, sordas en el día.  Y sobre ellas un náufrago, su magra plegaria. ¿Hay más allá, más abajo, raudos pueblos de tiburones? Hay. Si le dieran un plato de comida envenenada, lo devoraría en el acto. Si pudiera poner su pesada angustia en un baúl, se hundiría en su interior. Es una imposibilidad, claro: el mar no tiene calles. El náufrago, purificado por la sal, entiende claramente su posición en el universo.

Violencia doméstica.– Hubo de salir corriendo: el vestido desgarrado, la nariz en sangre, el dedo roto. Él quedó en la sala, machacada la yugular, por un pedazo de espejo. ¿Y qué otra cosa iba a hacer: permitir que le siguiera pegando, abusando de ella, como cada noche? Mientras da explicaciones al oficial, llora. En secreto, más bien ríe.

Luz.– La lámpara alumbra la lector, deslumbrado por el libro.


(Buscando a Syd publicada el 1 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Estamos cayendo

Allá en los desiertos.– Allá en los desiertos hay hombres rudos, rudos de tedio, pensando en los pasos que algún día los sacarán del desierto, y los llevarán más allá del furor del polvo. Son pasos que no existen, por supuesto, y si existen serán pronto calcinados por el sol, cuya sola poesía es la sed. No existen los pasos ni tampoco los caminos, que son cosas decorativas, prácticamente inexistentes. Allá en los desiertos, lo único que de veras existe es la sombra del grito del ave, sobre el viejo signo borrado.

La hoja.–  Nunca la hoja supo en qué momento se desprendió del árbol. Tic.

Balada del conductor nocturno.– Mi vida no es otra cosa sino manejar, en las noches viudas, en una ciudad cuyo nombre es como tocar un gigante insecto desdichado, y que siempre va al Sur, porque el Sur es su peso incesante. ¡Oh ciudad, que eres dos ciudades, ambas oscuras! Eres como una pistola inocente, ebria de posibilidades, llena de vida. A tus calles ofrezco mis caminos. A tus perros inmutables. A tus señales raspadas. A tus tibias prostitutas. A tus árboles de moscas. Al ajedrez de tus semáforos, con sus ritmos tan místicos y precisos. El día que no pueda rodar más por tus orillas bravas, me colgaré como una res de unos ganchos, frente a un restorán chino.

Western.– Este es mi espacio. No, es mi espacio. Es mi espacio, te digo. Pum. Saca de mi espacio tu asqueroso cadáver.

Especial.– Qué persona más especial eres. Si digo una cosa, me haces sentir como un imbécil. Si digo lo contrario, me haces sentir como un imbécil lo mismo. Seré un imbécil, no importa lo que diga. Tú en cambio puede decir cualquier cosa. Y mejor si es en la mesa, enfrente de todos. En la mesa dirás lo humillante, lo impiadoso, lo no circunscrito. Y yo nunca olvidaré tus palabras. De hecho las repetiré, hasta la náusea, en incontables sesiones psicoterapéuticas, en infinitas reuniones de Doce Pasos.

Fresas.– Amamos las fresas. En esta casa amamos las fresas. Cómete las malditas fresas.

Los secretos del mago.–  Los secretos matarán al mago. Lo irán comiendo de a poco, en un cruce de ansiedades y paranoias. El mago ya no podrá dormir, y ya no podrá comer, por cuidar sus secretos. El problema es que los secretos no conocen la gratitud: son malignos y son calculadores. Los secretos se ocultarán del propio mago, y el mago, al no poder encontrarlos, se tirará obcecadamente desde un lugar alto. Y entonces los secretos serán de veras secretos.

Estamos cayendo.– Estamos cayendo; es una sensación angustiante y pura, horrible y transparente. ¿El objetivo de caer como lo estamos haciendo? No hay. Simplemente caemos. Es muy superficial. Y sin embargo es profundo, como profundo es el abismo.

La fiesta.– Es una alta fiesta. Una fiesta sin márgenes, absoluta. Es creíble que vaya a morir esta noche. Quizá ahogado en la piscina. Quizá de asfixia erótica. Quizá de sobredosis. No tiene importancia. Treinta segundos aquí valen treinta años afuera. Todo lo que no es placer es mentira. En una bandeja, una larva.


(Buscando a Syd publicada el 22 de febrero de 2018 en El Periódico.)

Selfie

«Le Sang d´un Poète», de Cocteau

Selfie.– Pretende, como siempre lo haces, que tu años, los encalados, no vienen a menos. Miente sobre lo mucho que te gusta abrazar a tu perro. Aparenta que el atardecer te provoca aún un asombro. Y convéncete que viajando se te quitará la tristeza. Que tus amigas te quieren, y que tú las quieres a ellas. Finge (nuevamente) que conocerás al Sacerdote de tus sueños. Que los naipes guardan para ti una verdad singular. Simula que tu cara no está cortada, que tus párpados no están tatuados con el sino del tedio. Sigue repitiendo tan vieja mentira: que todavía le quedan capítulos excitantes a esa chirajo desesperado que llamas vida... Luego tómate una selfie.

Has llegado a casa.– La fiesta hace rato que perdió brillo y emana incontables signos de decadencia, pero te resistes a salir de ella, porque no estás listo para regresar a casa, así que deambulas entre penumbras, en los pasillos, llevando una rosa de asco en la mano, y los seres son como islas de risa y maldad, y sientes que algo muy malo te va a pasar, si no escapas pronto de ahí, así que tomas un Uber, y como otras veces el conductor intenta iniciar una conversación contigo, que encalla inevitablemente en puerilidades, y termina en completa retracción, lo cual es entendible, sobre todo a estas horas, cuando todavía no es de día, aunque muy pronto lo será, y te gustaría que nunca lo fuera, porque las luces de los semáforos se reflejan en las calles tan mojadas y la verdad te gustaría continuar en este vehículo, manejado por un completo extraño, circulando por avenidas desertadas, te gustaría nunca llegar a casa, pero no llegar no es factible, el carro se detiene delante de tu puerta, que abres, luego de buscar por un rato la llave, la correcta, y al presionar el interruptor de luz, tu pequeña sala emerge, eminentemente vacía, tu mirada navega el espacio, que es tuyo, pero anónimo, y sobre una bandeja hay restos de comida, que aún no estás preparado para tirar.

Las estatuas.– Las estatuas callan a coro, alargando la luz abandonada. Son, más que estatuas, preguntas, preguntas que siguen o se quiebran. Descubrí muy tarde en la vida las estatuas. Hoy quiero verlas hasta que ellas me vean a mí.

Pastillas.– Cierto tipo de pastillas me dan calma. Pequeños jardines en donde un rey mata a su esposa histérica con un cetro. Me oigo llorar, pero no siento nada. Son quinientas horas de paz. Consideren que he vuelto a cenar con los demás. Afirmo que sus miradas ya no tienen efecto. Cierto que los relojes se borran un poco. Los marcos de las puertas. No tiene importancia. Es química. Es gelatina. Oso no sentir.

Quema tu aldea.– No dejes un rincón de tu aldea sin arder. Húndela en la extensa tiniebla del fuego. Mírala hacerse humo y alimentar el cielo. El polen de la ceniza cubrirá los caminos. Quema a tus hermanos y sus animales. ¿Qué hicieron ellos por ti, alguna vez? Que griten, que griten sus alas egoístas. Que sus gritos se arrastren sobre lo negro. Al modo de un Dios, quema este lugar, que no te perdonó que fueras tú mismo.


(Buscando a Syd publicada el 8 de febrero de 2018 en El Periódico.)

Éramos niños

Éramos niños.– Éramos niños y nos gustaba tocar insectos. También rodar por los barrancos hasta los Abismos del Pelo Mojado. No eran ni las diez, y ya los senderos nos indicaban mundos fantásticos de cuevas, shurikens, demonios a derribar, entre las hierbas eternas. Y qué extraño era cuando los árboles nos petrificaban en su resina dorada. Entonces había que esperar hasta que el cenit derritiera el barniz. El primero en liberarse ayudaba a los demás. Seguidamente, abríamos franjas en puntos secretos y ahí escondíamos las armas y puñales del mañana (nunca habríamos de recordar donde fueron puestos). Volvíamos heridos, ensangrentados y felices, y comíamos mucho, mientras nuestros padres hablaban de cosas confidenciales, turbias y enlutadas, propias de la circunstancia y de la época (éramos niños, éramos tan niños). Por la tarde, volvíamos a salir, nuestras pequeñas manos vírgenes se armaban de piedras y rompían Cosas. Luego migrábamos a los cementerios de la chatarra, y caminábamos a la par de los ríos residuales. También consultábamos al Muerto del Domingo, el de la Fábrica en Ruinas: «Señor Declinado, ¿cuánta felicidad aún nos queda». «Aún hay tiempo», contestaba, por tanto corríamos y corríamos (¿cómo puede ser que nunca nos cansáramos?) y visitábamos los gigantescos agujeros de la tierra, en donde los albañiles luminosos todavía jugaban al fútbol. Regresábamos con la última tarde y una sensación horrible en el pecho: no habíamos hecho los Deberes y las Tareas. ¿De qué hablaban nuestros padres, por cierto, que ya no comen con nosotros?

En el turno de la noche.– Convengamos que en el turno de la noche es cuando ocurren las cosas más extrañas. Para empezar, las ratas brotan de las tinieblas, con pequeños insectos en sus lomos. Sin el efecto del sol, los arcontes venidos a menos cuentan historias vergonzantes de la vida pública. Se oyen a las viejas, grotescas cortesanas, reclamar a sus hijos abortados.  Los ciegos salmodian, entre los pasillos, extraños sortilegios, de raras vibraciones. Un mesías entra a la tienda en un asno confundido, y ofende a los presentes. Las cosas de plástico se hacen de bronce, y las cosas de bronce se hacen de hueso. Es en la noche cuando los reidores establecen los nuevos códigos de su ironía. Y cuando los onanistas pasan a ser los beneméritos –y cuando los muertos se quitan por fin la máscara. En el parqueo suenan tres tiros bien marcados, durante el turno de la noche.

Precauciones.– Esta es la guerra, la perpetua. Nuevamente la lluvia se transforma en carne. Y los días vuelven a traer sus sangres prolongadas. Por lo mismo es que se les aconseja mucho a las niñas que se cosan los cuchillos a las manos. Se les explica: la vida es noche y siempre fracasa. Así advertidas, se les insta a matar sus hermanos. Y a las madres se les ruega que destruyan sus vecindades, de tal manera que el mismo enemigo ya no pueda hacerlo.


(Buscando a Syd publicada el 8 de febrero de 2018 en El Periódico.)

Ciudad sin sur



El maletín.– Por la mañana, preparas el maletín. Vas en el carro y el maletín te acompaña. Llegas a la oficina, el maletín yace a tus pies. Luego te sientas a comer con el maletín en la silla. Te preguntan qué hay en el maletín: «nada», respondes. Pero hay algo en el maletín, de hecho, algo innombrable, algo precioso. Y si consigues terminar la jornada, es solo por la ilusión que te da eso que llevas allí dentro. Vuelves a casa; abres, por fin, el maletín: ahí, chiquitito, estás tú, abriendo el maletín. 

Nadan peces por tu sangre.– Nadan peces por tu sangre, traspasando espejos y membranas. Mil y un peces van de estación en estación, entre los pedazos brillantes de tu furia. Desde aquí hasta lo íntimo, hasta la última caja –la que solo tú has visto. Son peces bellos y te merecen y yo apuesto por esos peces que navegan en tu sol líquido, que no son para nada ajenos a tu magnificencia y a tu forma de vivir tan libre, exclusiva y salvaje. Los demás no tenemos peces así, pues somos todos muy mediocres. Nos ocultamos en nuestras ruinas, en nuestros graneros ya sin gloria. Lo mucho que daríamos por tener un par de peces de esos paseando en nuestra propia sangre rala, y sentir que algo vive en nosotros.

Por los centros comerciales.– Hemos vagado por los centros comerciales: lo hemos hecho ya durante trescientos años. Somos las tribus circulares de las vitrinas. Nuestra ocupación primordial es pedir un millón de veces la misma taza de café, y hablar, hasta vomitar, de esa persona que en realidad ignoramos si existe. Nada nos saca de nuestro aburrimiento. Ya olvidamos lo que eran los jardines, el mundo externo. ¿Qué nos depara el futuro? Solo tiendas y tiendas y ropa que nunca nos queda, y un Reverendo en el food court predicando con voz estentórea las últimas ofertas.

Ciudad sin sur.– ¿Es posible escapar de este lugar? No. Esta membrana delgadita que me recubre no lo permitiría. Tampoco lo permitirían los amables cenobitas. Ni los reyes paralíticos me lo van a permitir. A veces pienso: ojalá hubiera muerto en el vientre de mi madre, así sería un viajero de la muerte. Ahora estoy condenado a residir en esta ciudad sin secretos, esta ciudad de tedio, esta ciudad sin sur.

Pesadillas de la Nave Espacial.– La Nave Espacial sigue teniendo pesadillas. En sus pesadillas ella nunca llega a su destino, sea porque una lluvia de meteoros la golpea, o porque es atacada por un vehículo alienígena, o porque se da una falla masiva en su sistema. Los tripulantes, ya conscientes de los delirios de la Nave Espacial, han solicitado a Central una solución o terapia que pueda escamparlas.  Mas Central, por alguna razón, no responde. Algo que la Nave Espacial soñó la otra noche.


(Buscando a Syd publicada el 1 de febrero de 2018 en El Periódico.)

El arte de la muerte

Los antivivos necesitan tu grasa.– Los antivivos necesitan tu grasa. Porque ya no existen. Con semejante grasa podrían por fin salir de esa locura, de esa marginalidad suya: la inexistencia, la invida. Florecerían. Tú, para mientras, no necesitas tantísima gordura: ¿no ves cómo ocupas, lonja tras lonja tras lonja, la enorme habitación? Eres como una rana gigantesca que se ha hartado muchos pájaros. Por favor: sé piadoso: comparte: da pues de comer a los transparentes.

Protesta.– Señor: ¿por qué nos humillas así: por qué nos quieres encerrar en esta torre de pan muerto? ¿Por qué pusiste todos esos frutos envenenados en tu glorioso jardín? ¿Por qué las piedras pesan más ahora? ¿Es que no te gustan las ofrendas de neón, que llevamos para ti, sobre nuestras magras espaldas? Estuvimos hablando mucho en la mañana de cómo por la noche seremos eviscerados. Solo venimos a decirte que no estamos de acuerdo.

La estás siguiendo.– Por las calles y aceras continuadas, entre edificios que crecen hora a hora, la estás siguiendo. Siguiéndola, viscosamente, entre los ruidos–ambulancia, que saturan el raudo instante. No dejes que se escape, no dejes que la esquina se la lleve. Síguela, maldito, como lo has venido haciendo, subrepticiamente, cada día. Síguela, y luego vuelve a casa. Te estaremos esperando.

Cuando cierras la puerta.– La noticia es que a tu hijo le gusta asesinar perritos. Que tu esposa pone, depone sus propias heces en frascos de vidrio. Que tu padre le pega a tu madre –a tu madre que tiene alzhéimer. Tú también haces Cosas, cuando cierras la puerta.

Hoy cenaremos al abuelo.–  Hoy cenaremos al abuelo. Es lo que siempre quiso. Hijo mío, me dijo: cuando muera quiero que tú y Marta y los niños me coman. Coman de mí como los discípulos comieron de Jesús en la Última Cena. Coman mi próstata hipertrofiada,  saboreen mis lentos ojos muertos, y chupen mis dedos reumatoides. Y degusten mi corazón, que nunca los quiso, porque todos ustedes arruinaron mi vida. Así pues, hoy cenaremos al abuelo, como un día ustedes me cenarán a mí.

El arte de la muerte.– Vi los cuerpos, los cuerpos. Estuve ahí. Esta no fue una matanza cualquiera. Esto fue realizado por un ser superior, un ente de sangre azul. Ah, las pieles, las pieles, cubriendo las paredes, los órganos tibios decorando los amplios jardines, las manos cortadas, las fantásticas calcinaciones. Jóvenes, niños tal vez, desmembrados, sus partes creando esculturas extrañas –enfriándose bajo el sol. Era la manera, la delicadeza, los efectos de la luz. Estoy cansado, pero no dormiré nunca, nunca. Ahora conozco el arte de la muerte.

Algo salió mal con el experimento.– Señor, algo salió mal con el experimento; el laboratorio ha sido comprometido; debemos salir inmediatamente. ¿Que por qué no tengo un brazo, Señor? Como dije: algo salió mal con el experimento. Como dije: el laboratorio ha sido comprometido. Y como también dije: debemos salir inmediatamente.


(Buscando a Syd publicada el 25 de enero de 2018 en El Periódico.)

Lágrimas de hielo

El frío baja pero sube. Ha sido un tema, en las últimas semanas. Para mí el temor (el temblor) era que cualquiera de estos días el loco del barrio amaneciera tieso en su banca.
           
Lo cual, comprenderán ustedes, nunca es auspicioso.
           
No se precisa ser un escalador del K2 para sentir los rigores del clima. Hasta los propios ticos se han estado muriendo, literalmente, de frío, como leí en no sé qué noticia.  
           
En lo personal, si me quejo escasamente del tiempo, es porque entiendo que hay personas que de veras lo vienen sufriendo.
           
Lo de aquí ha sido nada, vamos. ¿Vieron esas fotos y videos de Massachusetts, después del ciclón bomba? Jaidios. En el norte los carros quedaron enterrados en el hielo y los tiburones petrificados en el agua. No es poesía: fue exactamente lo que ocurrió.
           
Da lo mismo que no hubiese una temporada de Juego de Tronos este año, porque el invierno vino igual. Para mientras el problema evidente es que en el trono US hay un imbécil, llamado Trump, cuyo negacionismo (que falla en comprender las relaciones entre el calentamiento global y estos gélidos sucesos) promete nefastas consecuencias, en nuestra biopolítica planetaria.      
           
Si algo no hay que subestimar es el calor y si algo no hay que subestimar es el frío. Ni siquiera se requieren grandes variaciones: ligeras modificaciones en la temperatura de turno pueden causar significativos daños en esta delicada casa nuestra llamada Tierra. Ya no digamos variaciones mayores, como en el caso de las superglaciaciones, que anularon no pocos depósitos de existencia orgánica.
           
Estos casos magnos sirven mucho para que nos demos cuenta que los dioses invernales son unos grandísimos cabrones. ¿Los hemos visto llorar alguna vez? Nunca. Son incapaces de llorar, porque sus lágrimas son de hielo. Y aún así, el hombre les ha construido todos esos altares.
           
Algunos religiosos, otros tecnoseglares. Pongamos por caso ese chino que no hace mucho congeló a su mujer de cuerpo entero, por la santa intercesión de la Fundación de Ciencias de la Vida Yinfeng. Parece ser que a la cuata la metieron en 2000 litros de nitrógeno líquido, a 190 grados bajo cero, en plan Hans Solo.  
           
Dejando del lado el noble petrarquismo de la empresa, para mí que todo eso de la perservación postmortem es otra forma de pensamiento mágico, esta vez derivada de la fe científica. ¿No era Chesterton quien decía que lo malo de que el hombre dejara de creer en Dios era que estaba dispuesto a creer en cualquier cosa?
           
Henos aquí, haciendo del frío nuestro refugio, nuestro calor. Como esos deprimidos que se hunden en una especie de invierno interior, porque de esa manera no sienten nada. Miran esas hermosísimas imágenes del desierto del Sahara, cubierto de nieve: y no sienten nada. Su sola esperanza, su sola ilusión, es el entumecimiento.
           
Mi mensaje: no se enfríen, amigos. Hasta que el planeta se convierta en una gigantesca planta criogénica queda la responsabilidad de mantener el corazón caliente y las manos tibias. Yo hasta me fui a comprar una tetera eléctrica. A veces, cuando las tardes se ponen frescas, me hago un té de tilo, y pienso en esos nobles poetas y pintores que murieron de neumonía, en callejas infames.    
           
Pobres serotes.


(Buscando a Syd publicada el 18 de enero de 2018 en El Periódico.)

Dos sijs


Gurú Arjan.–  No hay fuego que pueda quemar la luz. Gurú Arjan, en 1606, pudo invocar toda suerte de poderes superiores, cuando lo cubrieran de arena calientísima, ubicaran en ardiente plancha, envolvieran en hirviente agua, pusieran en infernal caldera. Pudo invocarlos, sí. Sin embargo no lo hizo. Mian Mir, el Sufí, ofreció destruir al tirano, pero Gurú Arjan, el Quinto, declinó toda intervención. No es que el gran yogui no pudiera él mismo acallar las brasas del emperador, derrumbar su palacio todo, y a todos aquellos –lacayos, ignorantes, cobardes, obcecados– quienes le rodeaban. Si hubiera querido, Gurú Arjan hubiera sanado al instante su cuerpo magullado de ampollas, como flores de agonía. Después de todo, su sadhana era así de múltiple, así de poderosa. Y grande su mérito por recolectar los versos en el Libro Vivo. Y había repetido tantas veces el nombre de Dios como estrellas hay en el cielo. Y había construido un templo de cuatro entradas, que no discriminaba a nadie. Y su corazón era como una flauta infinita. Y dulce gracia emanaba de sus poros. Y hasta la uña más insignificante de sus pies estaba mojada de poder cósmico. Y sin embargo prefirió la discreción; y optó por recogerse en su disciplina divina; y cumplió con no exhibir sus francas realizaciones.  Se dice que el líquido hirviente era algo así como tibio néctar para él. Se dice que no quiso hacer daño a nadie pues lo divino en todos reside. Se dice que el sufrimiento y la muerte no le ocasionaban miedo alguno. Se dice que convirtió su dolor y sacrificio en una poderosa ofrenda. Se dice que no quiso interrumpir el flujo, deseo y voluntad del Único. Como sea, creemos que no se equivocó. Que no se equivocó, puesto que al pie de esa humildad y esa fragancia y ese martirio prosperó una religión docta, noble, poderosa, ordenada, sensible. Dios bendiga a los Sijs, y a los pájaros que viven cerca de ellos.

Yogi Bhajan.– El maestro no vino a formar discípulos, solo maestros. A quienes no saben lidiar con el reto del tiempo y el espacio, a quienes no saben ser Varones y Mujeres, el yogui muestra la tecnología del fuego. Tienen derecho a no ser puercos, tienen derecho a no ser zánganos, tienen derecho a autoiniciarse, porque no son idiotas, nos dice, en actitud real, en trono tántrico, este sutil provocador, este santo guerrero, este rey nobilísimo, este comerciante iluminado. Prevalezcan por medio de la sadhana, añade, y Aquél que cuida la rotación planetaria cuidará de vuestra rutina. Para mientras, salven a los seres rebajados que cayeron en el estupro helado del ego. Vamos a divinizarlos, vamos a mostrarles el poder de lo inefable. Esta es la hora prometida; la Era de Acuario está aquí. Aunque eso sí: sepan que no ha venido sin convulsión, y quien no esté preparado será comido por las fauces de la locura. El yogui muriera, y en su larga barba habían esmeraldas. Sat Nam.



(Buscando a Syd publicada el 11 de enero de 2018 en El Periódico.) 

Cinco magos



Agrippa.– Agrippa, el invencible recolector y articulador de las ciencias ocultas. Criptogramas, runas, sellos talismánicos, sofisticados pentáculos, sorprendentes figuras arcanas y cabalísticas. Recuerdo que, en un momento de mi vida, en que practicaba mucha magia ceremonial, estaba obsesionado por estas designaciones, correspondencias, poderosos rituales. De tanto hacer realizaciones mágicas (y de no hacerlas bien) terminé con una natural paranoia sobrenatural. Lo cual dicho bien no fue nada agradable. Pero, en otro modo, fueron buenos tiempos, y tampoco afirmo que me arrepiento de ellos. No me arrepiento, pero no tengo nostalgia. Una a una estas vanidades quedaron atrás.

Éliphas Levi.–  Tengo una cierta debilidad por los ocultistas franceses tipo Papus o Paul C. Jagot. Y por el gran Éliphas Levi. En innumerables websites, encontrarán las hagiografías necesarias, celebrando su vida y su obra (el término hagiografía es a propósito: Éliphas Levi era un santo, un santo del hermetismo). Muchas coinciden en esto: lo que él hizo por el revival de lo mágico y el esoterismo casi no tiene un parangón. Se puede decir que no hay estudiante secreto que no haya contemplado con temblor y admiración su enigmático, su famoso Baphomet, con el crucial pentagrama puesto en la frente (punta hacia arriba) y los brazos ya expresando “la perfecta armonía de la misericordia y la justicia”, como él dice. Envidio al que abre, por primera vez, su Dogma y Ritual de la Alta Magia.

Papus.– Fuimos al Père Lachaise, no a ver la tumba de Jim o de Oscar, sino la tumba de ese gran mago, Papus. Y nos costó tantísimo encontrarla (era como si no quisiera ser encontrada) hasta que por fin pudimos dar con ella. Una cuestión de presentarle nuestro respetos al famoso médico, ocultista y teúrgo. Yo había leído en éxtasis libros suyos tales
como el Traité Élémentaire d´Occultisme, o su Traité Méthodique de Magie Pratique, que son obras masivas, científicas, luminosas. Por cierto que la tumba estaba muy cerca de una cubeta de huesos, todo lo cual por supuesto nos pareció propicio. 

Aleister Crowley.– Hay un pentáculo frío en el piso y afuera es la luna intransmisible. Mi sexo ya está limpio de todo excremento. Mis enemigos mágicos proliferan. Pero la hora de la retribución ha llegado, para esos bastardos. ¡Los enviaré por el desaguadero, daré sus dientes a las cabras, haré coronas con sus tripas, los llenaré de pájaros ciegos, se pudrirán en el Palacio Hondo! Los amo –y los mataré a todos. Solo tú me entiendes, Crowley.

Dion Fortune.– ¿Dónde está mi libro aquel: el de Dion Fortune, el de defensa psíquica? No es una casualidad que todas estas adversidades me estén ocurriendo, y con tantísima fuerza. Alguien en un altar sombrío ha puesto dos huesos de pollo y tres ojos de perro, y a través de la ranura de un ritual está viendo mi vida caer a pedazos. Esta fuerza obstructora ha de ser disuelta, como se disuelve el té en el agua: la guerra mágica ha de empezar. Por cierto, ¿dónde está mi libro aquel: el de Dion Fortune, el de defensa psíquica?

Peter Carroll.–  Puedes tomar los pechos de la Diosa si lo deseas. O borrarla y regar sus cenizas sobre el tablero de lo Infijo.  La ola del Caos te llevará al Caos. Juega con la data. Nada es Verdad. Todo está Permitido.


(Buscando a Syd publicada el 4 de enero de 2018 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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