Sería una
lástima que los tecnócratas, los asesores, los políticos echen a perder una
oportunidad única, malogrando cualquier anteproyecto de despenalización.
Y aún peor que
los moralistas desinformados impongan su punto de vista. Me refiero a los que
creen que la despenalización trae más acceso a la droga, cuando no hay más
acceso que el actual. Ya no es mi estilo, pero si lo quisiera podría salir en
este momento de mi casa, caminar cuadras nomás en determinada dirección, y comprarme
un par de grillos. Más fácil que ir a un regular Súper 24. Y yo no vivo en zona
roja. Hay quienes llaman por teléfono y piden su narcótico de predilección a
domicilio, como una hawaiana, sin que nadie se entere. Por estos días,
posiblemente todo funcione vía twitter y mensajitos de texto.
No se puede
perder la claridad en este asunto, y la claridad es lo que ya dijera William
Burroughs en Drugstore Cowboy hace
muchos años: “Yo predigo que en un futuro cercano la derecha va a usar la
histeria de la droga como un pretexto para montar un aparato de policía
internacional”. Dicho y hecho. El imperio quiere ganar la guerra a la droga,
pero resulta que la droga es el imperio. Por tanto hay que salirse de la lógica
imperial –la del vencedor.
Me gusta
observar cómo se recuperan los adictos: solo dejan de consumir cuando se rinden
en el campo de batalla. Algo de lo cual las sociedades podrían aprender un
resto. La despenalización (estoy usando aquí el término genérico de cualquier
práctica que tiene a subvertir la relación polarizante con la droga) funciona
como el aikido: se utiliza la energía del oponente, para así neutralizarlo.
(Columna
publicada el 26 de abril de 2012.)
Pancarteando
En nuestro país,
el escritor no está inscrito en ningún mecanismo de inserción social, más allá
de lo sentimental.
Se ve incluso
en aquellos poquísimos escritores que han conseguido la indiscutible gloria doméstica,
es decir Miguel Ángel Asturias.
A quien por
cierto todo el mundo celebra, pero a ver cuántos de ustedes han leído, por
ejemplo, la trilogía bananera. Pues mienten. Y si la leyeron es porque se la
embutieron en el colegio o la universidad. Los libros de Miguel Ángel Asturias,
más que libros, han sido funcionarios del sistema educativo.
Lo cuál no
sería triste si no fuera como fenómeno algo más bien excepcional. La regla
siendo que vivimos en una sociedad que no moviliza sus recursos para acondicionar
el fenómeno de la escritura.
Por supuesto, el
escritor no tiene nada de especial: solo es uno entre tantísimos otros
desheredados del sistema. Y aún cuenta con la ventaja de extraer un aura de
ello, sublimar una identidad romántica, crear una valuada marginalidad. Es por
esta vía que los escritores y artistas del Tercer Mundo derivan una respetabilidad
mártir y los más lazarillos subsidios del Primero. Con ello están en mejor
posición que la mayoría de sus conciudadanos. En realidad, no existe nada más repulsivo
que un escritor que se queja todo el santo día de que nadie le quiere ni le
pone atención (uno también ha pasado por allí).
Pero tampoco
es que el escritor no tenga derecho a pancartear, llegado el momento. Si no lo
hace él, nadie más lo hará: es su gremio, después de todo. Y siempre hay que
recordar que una cosa es ser marginal por elección, y otra ser marginal porque
ni modo.
(Columna
publicada el 19 de abril de 2012.)
PzP
Mara relativamente
joven, allí en Plaza Pública. Tanto Martín Rodríguez Pellecer como Enrique
Naveda nacieron ya en los ochenta. Se hacen rodear de firmas recientes, con estamina,
promoviendo así la frescura y el relevo. Periodismo para una generación
completamente internetizada: pantallas digitales que vienen a ser la prensa del
desayuno, solo que a todas horas.
Se ve que hacen
las cosas con afecto. Para empezar detectan correntadas de criterio y líneas de
actualidad muy estimulantes, con lo cual ya repercuten como punto de referencia
para otros medios. Tienen la enorme ventaja de no responder a compromisos
adquiridos. El hecho de partir del ámbito académico y no del sedente mercado
publicitario –o la camarilla oligárquica– les confiere un filo de
independencia.
PzP le apuesta
a todos los géneros periodísticos elementales, con mística de autoría, y firmas
convencidas. Hay que destacar el modo en que capitalizaron el blogging (cosa
que no supieron hacer del todo o nada los grandes medios del país). Los
bloggers tienen eso de fanáticos, tanto que trabajan de a grolis (devaluando lo
malo el mercado columnístico). Cuando hay una línea editorial empujándolos,
resultan ser muy valiosos. En PzP se da una red solidaria de intelectuales y
escritores digitales, algunos mejores que otros, pero todos entregados a ese
deporte tan nacional, la opinión.
PzP seguirá
prevaleciendo en la medida que expanda más y más su visión de un periodismo bravo,
sináptico, riguroso, incómodo, y un PR inteligente (como el que les dio el
contacto de Wikileaks). Que los dioses del periodismo traigan a PzP algún
porvenir interesante y medio salvaje.
(Columna
publicada el 12 de abril de 2012.)
Cine y poder
El cine presencia el poder. Así Welles secularizando a un Randolph Hearst
en el Ciudadano Kane. O si vamos a filmes
más recientes, por ejemplo de la última camada del Oscar, los retratos de un
Hoover y de una Thatcher.
(Columna publicada el 29 de marzo de 2012.)
No es que sean siempre personas las representadas: pueden ser contextos o
sociedades enteras, que ni siquiera tienen que ser objetivamente reales, como
en Metropolis.
El cine además de representar el poder es poder en sí mismo. No se limita
a contemplar las fuerzas en juego desde una segura zona externa. Es ya
completamente responsable de generar situaciones, armando cruzadas narrativas de
imagen/sonido, provocando así una catexis determinada en el espectador.
La llamada magia del cine ha servido mucho a los poderes centrales. El
caso de Leni Riefenstahl. Pronto veremos la faz de una neoRiefenstahl –y la
propaganda de un NeoGoebbels– para la era de la volatilidad videointernética.
Otras veces,
el cine transmite el poder de los antipoderes, de aquellos que no tienen voz en
las decisiones consensuadas. O de aquellos que tienen voz pero que están igual
inconformes. Se supone que en esta última categoría entran un Sean Penn, un
George Clooney, hace poco arrestado frente a la embajada de Sudán. No estamos
hablando ya del cine solo como lenguaje artístico sino como proceso épico–estelar.
En ciertos
casos, el cine se mueve en zonas fronterizas, sin garantías: no se sabe a quién
sirve. Ejemplo: Kony 2012. El
problema con la viralidad es que ignoramos de donde realmente viene, y en
muchos casos a donde realmente va.
Los idos y los muertos
Primero Recinos, luego Banús, después Luz Méndez.
La república misma de la tristeza.
Recinos, el verdadero artista guatemalteco, con aspecto de rabino,
en típico. El Teatro Nacional fue lo mejor que nos dejó, y nada envidia a los
mejores teatros del mundo.
Ramón, afectuoso y anfitrión. Su muerte me parece que merecía más ruido.
En sus cuadros y dibujos, se movía anfibio lo mismo en la fantasía que en la
realidad.
Luz, tan nerviosa y tan luz. El compromiso con la palabra. El
norte guerrero de su lucha.
Así como ellos, otros irán dejándonos. Pero antes que lo hagan, que
sientan y sepan lo importante que son para nosotros. Personas como éstas hay
que merecerlas, lo cual quiere decir: conseguirles mejores y más dignas
condiciones de trabajo... enmarcar, preservar, emanar vehementemente sus legados...
excitar toda suerte de comentarios críticos, documentales y homenajes…
Es verdad que entrevisté a Recinos, a Ramón, a Luz Méndez –varias
veces creo– pero nunca realicé con ellos la Madre Entrevista que me hubiera
gustado. Ideal habría sido conversar con ellos en “Dos más uno”, ya no se pudo.
En fin, eso solo me dice que tengo que apurarme en entrevistar a los que nos
quedan, antes de que les caiga un satélite, se mueran de cirrosis, se corten
las venitas, o se mueran de decrépitos.
Ya me confirmaron para los próximos meses: el maestro Roberto Cabrera,
Regina Galindo, González Palma. Tengo que pedirle a Joaquín Orellana que me
acompañe, en su año. Y por cierto: la otra semana, cerrando el ciclo de
periodismo, entrevistaré a Ana Carlos y Harris Whitbeck. En Sophos, a las 18:30
horas, el lunes 26.
(Columna publicada el 22 de marzo de 2012.)
Elogio del huevón
![]() |
| Luis V, apodado "el holgazán" |
No es título,
el de holgazán, que pueda reclamar para mi persona, muy a mi pesar. Día a día
me sorprendo laborando hasta la deshidratación. Por demás sin réditos notables, porque dinero, lo
que se dice dinero, nunca he sabido hacer. Y cuando me pongo a buscar clientes
como idiota es cuando menos los encuentro.
Pero he notado que si dejo de buscarlos,
caen como moscas. Así que he decidido empezar a trabajar en eso de no
trabajar, si me permiten la contrariedad.
Admiro al pánfilo
holgazán, esa criatura levantina durmiendo la siesta, vago convencido que
intuye que el pujar es cosa museística. Y aquí me refiero al vago absoluto, no
al vagabundo: el vagabundo todavía se está moviendo. Cuando lo de veras
interesante es el ente sin traslación, sin trayecto: como mi gata, o los reyes
de Francia. Los hay –han de saberlo– que inclusive fueron apodados “fainéants”
(huevones). Pueden ustedes encontrarlos en distintas líneas de sucesión, así la
merovingia o carolingia. Al
Rey Luis V de Francia le llamaban el Indolente. ¡Qué nobilidad!
Pero siendo
de veras franco, al que más admiro es al haragán extático (también llamado:
Lamprea Contemplativa) cuya
soteriología inmaculada consiste en verse el ombligo por toda la eternidad.
Hablo del ascético peluche.
Está eso de Rumi: “Los
místicos son expertos en pereza. Se fían de ella porque están viendo
continuamente a Dios trabajar a su alrededor”. Mirad las aves del cielo, que no
siembran, ni siegan, etcétera. Esos cuates la tenían bien clara.
Cada día creo menos en la noción del
esfuerzo. Cada día creo más en el huevón.
(Columna publicada el 15 de marzo de
2012.)
Más hormigas
(Columna publicada el 8 de marzo 2012.)
Prosas cabareteras
Si mis cálculos están correctos, Buscando a Syd cumple este año una década de respirar. Estas
columnas, estas prosas cabareteras, me han dado un pequeño público, una pequeña
voz.
Uno viene a entretener. Uno es como Panchorizo haciendo sus malabares.
En mi caso, malabares gramáticos. Los columnistas no podemos perder de vista
nuestro rol bufón en los diarios. De lo contrario, corremos el riesgo de alucinar
que el curso kármico de la nación recae sobre nuestros hombros, una superchería
absoluta. Odiosos esos periodistas que tienen el arquetipo héroe subido hasta
la coronilla y redactan sus columnas con escalofriante solemnidad mesiánica, un
moralismo insufrible y un analretentivismo ideológico que les va a traer en el
futuro problemas de salud. Consciente o inconscientemente, se han adjudicado la
labor de salvadores en todas sus actividades periodísticas, y este complejo
crístico les pudre el estilo, o a lo mejor ya lo tenían podrido desde siempre. En
las redes sociales, hay entidades equivalentes que ya ni llegaron a
periodistas, y nunca, pero nunca, cierran el hocico. Es que no paran de alegar.
Mejor sería aceptar de una buena vez la naturaleza cabaretera de
nuestro oficio. Ideas y adjetivos. Estamos aquí para amenizar. Cuando me estoy
poniendo demasiado solemne en Buscando a
Syd, trato de cortar de tajo con una mínima imbecilidad, un toque levemente
Poncela, que vodevilize nuevamente mi atmósfera columnística, y me recuerde mi identidad
charlatana y corcovada, la de un fantoche clown que saca retruécanos patéticos
de un sombrero añejo ya.
(Columna publicada el 1 de marzo de 2012.)
El de las respuestas
Mi pasión por
el género de la entrevista no se extingue. Me encanta entrevistar, me fascina
que me entrevisten, me embrujan las entrevistas hechas a otros. ¿Qué mejor para
mí entonces que entrevistar a un entrevistador y hablar de sus entrevistados?
El próximo lunes, hablaré con José Luis Perdomo en el espacio Dos más uno. Así es cómo el de las
preguntas se convertirá alquímicamente en el de las respuestas.
Lo suyo es la
entrevista de autor, más que nada orientada a la literatura. Se ha interesado
exclusivamente por esa animal pujante: el escritor. Entiendo esa manía. La
literatura es un territorio periodístico exquisito. Pensemos por ejemplo en
aquella entrevista clásica que le hiciera Plimpton a Hemingway para Paris
Review: un evento cultural fundamental, infatigable.
Perdomo es tan
preciso en la entrevista escrita como en la oral, en lo redactado como en lo
dicho. De él aprendí muchas cosas, siendo una de ellas el ser asertivo y decir
con fuerza, a la hora de preguntar. Suyo es el arte de hacer de la interrogación
una perfecta ocurrencia: la pregunta como género literario por derecho propio. Entrevistamos
conjuntamente a José Samarago, lo cual me dio chance de asistir al proceso
entregado por virtud del cual Perdomo asume la entrevista literaria.
US Junkie
Estados Unidos
pretende aleccionarnos sobre los peligros de relacionarnos con la droga
abiertamente, como si estuviese en posición de ofrecernos semejante cátedra.
En ello es
exactamente igual a uno de esos junkies duros que tratan de decirle a otros cómo
evitar la sustancia, mientras ellos mismos no pueden sacudírsela de encima. Lo
cual por demás se refleja en el hecho que en nuestro propio país estemos
descubriendo preñados toneles de materiales químicos para drogas de diseño.
Drogas de
diseño que ciertamente no corresponden a nuestro consumo local. Porque de
hecho, en lo tocante a droga, nuestro problema raíz nunca ha sido el consumo,
sino el trasiego. Del mismo modo, el problema raíz de los Estados Unidos no es fundamentalmente
el trasiego: lo es el consumo. Pero ellos han insistido en decir a lo largo de
las décadas, por medio de una remachante maquinaria de relaciones públicas, que
el enemigo número uno y exclusivo de todos y para todos son los productores y
los traficantes, lo cual en el mejor de los casos es una verdad a medias. ¿Cuál
es la verdadera razón por la cuál no suavizan su posición, en pos de una
genuina corresponsabilidad?
El problema de
droga de los Estados Unidos no es igual al nuestro, y sobre todo no es nuestro
problema. Nos han impuesto su propio problema de drogas, y también quieren
imponernos su solución. La misma no ha servido nunca, y sigue sin servir.
(Columna
publicada el 16 de febrero de 2012.)
Nada que ver
No me hago
bolas con eso de envejecer, no me importa envejecer, envejezco. Envejezco
incluso rápido. A veces me da la impresión que más descaradamente que otros.
Será mi naturaleza ectomórfica, nerviosa, artaudiana. En todo caso, lo cierto
es que mi rostro ya no será confundido, en adelante, con algo de verdad mirable.
Estas arrugas pariéndose. Estas canas, ya.
Hoy me
encuentro en una posición en donde superé en edad a mis héroes muertos. Eso pensaba
el sábado en la noche, mientras veía en TCM la película de Clint Eastwood sobre
Charlie Parker. Parker murió a los treinta y cuatro. Cuando yo tenía veinte pensaba
que individuos como él estaban más cerca de la eternidad que cualquiera. Pero
resulta que ellos se metieron un escopetazo, o se ahogaron en su propio tibio vómito.
Lo único que tenían era talento. Lo cual ahora me da mucha ternura.
Cosa bonita de
envejecer es desmitificar empíricamente eso de que los viejos saben algo que
los demás no saben. Se precisa desenmascarar la mitología del anciano
adamantino. La mayoría de ancianos no han hecho otra cosa que acumular herrumbre
y excrecencias. No entienden más el misterio del ser que un recién nacido, aunque
han amalgamado un montón de palabras, gestos, tonos, y algunos, los más
sofisticados, formulaciones filosóficas y doctrinales muy complicadas con las
cuales pretenden convencernos de lo contrario. La experiencia como ignorancia
especializada.
Satie lo
sintetizó de esta manera: “Cuando era joven me dijeron: ya lo verá usted cuando
tenga cincuenta años. Ahora tengo cincuenta y no he visto nada.”
Satie no vio
nada porque no había nada que ver.
(Columna
publicada el 9 de febrero de 2012.)
Motagua
Me tiene contento la CL6 con ese disco que acaba de sacar, y que se
llama: Motagua.
Ha puesto canciones allí que son sobre todo suyas, rápido se le
prenden a uno, un álbum bien escrito, con alma, relato interior, que cohesiona
lo dulce y lo abusivo, lo rico y raspador, lo oscuro y gitano de la vida. Oigo
temas como Lágrimas de té, La Navaja, Las
palabras, o Las alas de Ivy,
rapidito me voy emocionando.
Con este proyecto consiguió pilotear una visión personal –siendo tan
fácil perderla en el camino– pero simultáneamente consiguió darle espacio a la
colaboración avispada, tanto en lo que se refiere a producción propiamente como
en cuanto a músicos invitados, todos muy especiales. El resultado es pura carne y poesía, en trece rolas, con momentos
que le paran a uno los pelitos, o sea el bliss. La modestia de recursos nunca
riñó con la dignidad y la ocurrencia.
Este proyecto de Claudia no tiene otra agenda que la música misma, por
tanto es un disco libre e individual. Lo que ella oferta no mimetiza ni repite
lo que gravita en nuestro medio, y esa misma insularidad la convierte en un punto
de referencia estimulante.
Por otro lado, Claudia tiene esa cualidad hibridante, amalgamante, que
la ha llevado a reunir pulsiones y coloraciones auditivas muy distintas, tonos
emocionales que van desde lo denso hasta una alegría a ratos hasídica. Al
final, ya cualquier etiqueta es inútil. Queda lo impuro y lo mestizo. La placa
le hablará a personas con gustos y criterios musicales muy distintos, desde su
extraña coherencia y fluidez.
El disco Motagua de Claudia Armas está a la venta en librería Sophos o
Bar Central.
(Columna publicada el 2 de febrero de 2012.)
Dos más uno
Nos gusta ignorar, nos gusta criticar.
Ignorar
consiste en sacar al otro de nuestro campo de atención y de cualquier sistema
formal de valoración, inclusive peyorativo. No hay presenciación del prójimo.
Hay ninguneo.
Y está desde luego eso de descalificar sin tregua.
De tanto ignorar y de tanto criticar, nos hemos convertido en una
sociedad que no sabe honrar a los suyos. De allí que la admiración cause un
montón de incomodidad. Si un espíritu de tributo surge espontáneamente en una
situación social, a menudo es objeto de burla o devaluado. Los géneros
laudatorios no son cultivados, salvo en un marco caricaturizado, pegajoso,
nauseabundo y solemne. Cuando finalmente nos decidimos a celebrar a los nuestros
lo hacemos de la manera más programática y cutre posible. Es la gratitud de la
cursilería.
El año pasado,
viendo en la tele un conmovedor acto de reconocimiento a Morgan Freeman, me
planteaba a mí mismo la necesidad de elaborar un foro para celebrar a aquellos
que se han dedicado a generar conversación cultural en Guatemala. Muy pronto amarré
la idea para Dos más uno, un espacio de
entrevistas en vivo cuyo objetivo es intensificar la gratitud y un sentido de
fascinación por aquellas figuras que refinan nuestro medio con su talento,
trabajo e ideas. Considero que la entrevista es una forma muy seria de
homenajear al otro.
Dos
más uno dará inicio el
próximo lunes 30 de enero en Sophos con una entrevista a Juan Luis Font.
Arrancamos a las seis en punto. Todos invitados.
(Columna publicada el 26 de enero de
2012.)
2012 (y 3)
Me he referido
pues al 2012 como un momento, pero yo no lo veo en realidad como un referente
cronológico supersticioso y taumatúrgicamente preciso: a mi modo de verlo,
empezó mucho antes del 2012 y continuará años –quizá décadas– después.
Para mí, 2012 debería
ser sobre todo una decisión consciente y una zona de interrogación. Una
oportunidad civilizatoria, un argumento para decidir nuestro destino tanto como
humanidad y como parte de una red más grande y relevante que nosotros.
Si el 2012 es
un nódulo energético extraordinario o una decisión culturalmente construida, si
responde a una singularidad cósmica o se trata de un milestone creado, es hasta
cierto punto irrelevante. No es cuestión de adoptar un formato de criterios o creencias
dado, sino de permitir una crisis de consciencia que nos permita conscienciar
la crisis.
A todo sistema
individual o colectivo de vida le llega ese momento cuando tiene que abrirse a una
transformación total… De no honrar ese momento, muere, ya sea de un corte
violento o por medio de un proceso gradual y canceroso de entropía... La aniquilación
puede ser apocalíptica o bien una variante de desesperación callada… Un gran
tsunami que lo anega todo, o una lenta fagocitación de dos siglos…
Si no
aprovechamos el propio poder de cambio, lo perderemos. Si no superamos nuestros
bloqueos epistemológicos, nos hundiremos. Más que ocuparnos en desmitificar el
2012, deberíamos enfocarnos en asumir la revisión última de nuestra
civilización, hacia una cultura de la presencia y la responsabilidad universal.
(Columna
publicada el 19 de enero de 2012.)
2012 (2)
El 2012
refleja por un lado un síntoma de crisis. No hay por qué considerar esta tono
opaco como una extravagancia mórbida. No podemos darnos el lujo de seguir
considerando la contingencia global como un mero delirio paranoico. El caos es toda
vez factible. De hecho, el colapso planetario es algo que ha ocurrido recurrentemente
en el pasado. Es acaso un modo de pensamiento mágico considerar que el paisaje elemental,
orgánico y sensible del planeta sabe siempre cómo organizar y mantener su
propia supervivencia. En particular, no tiene caso ser tan arrogantes como para
pensar que esta forma humana es permanente, y que cuenta con recursos infinitos
para perpetuarse y regenerarse a sí misma. En su campo, más bien se percibe un
gran desorden, detectable en distintas esferas, por caso la ecológica,
financiera o geopolítica.
Por otro lado,
hay quienes dicen que se está ensamblando una especie de franca apertura, una
transición especial. Como humanos, estamos inventando día a día nuevos modos de
relacionarnos con la materia y la vida, generando experiencias y universos hiperestimulantes,
empoderando creativamente a individuos y sociedades antes monolíticos,
empujando nuevas formas de ciudadanía, creando redes inusitadas de comunicación
y convivencia, democratizando los poderes expresivos, experimentando
conversiones culturales profundas, formulando hallazgos científicos
formidables, estableciendo penetraciones profundas en la naturaleza de la
realidad...
Dos polos para
un mismo momento. El secreto consiste a lo mejor en no encerrarse en un
optimismo sin valladares o, su contrario, un escepticismo paralizante.
Es posible
mantener una confianza en nuestros recursos como especie, sin perder por ello
la humildad y un sentido básico de nerviosismo ante el porvenir. Es aconsejable
creer que hay puntos críticos –puntos de no retorno– en la historia, sin que
tal perspectiva nos desempodere, sino, más bien, atice nuestro compromiso.
(Columna
publicada el 12 de enero de 2012.)
2012 (1)
Soy fan duro
de esa trama llamada 2012.
¿Es el 2012
mito o realidad? El 2012 es muchas cosas. Digamos que es un cluster de
perspectivas, no necesariamente alineadas, elevando una zona de atención sobre nuestra
condición actual y futura. En este cluster, encontramos perspectivas muy
delineadas y otras más bien híbridas.
Un registro de
visiones que van de lo mágico y lo profético hasta lo culturalmente asumido y
la posmodernidad en pleno… Posiciones tanto oscuras y apocalípticas como
consoladoras y arcoirisadas… Explicaciones deterministas o frontalmente
existenciales...
Y si bien hallamos
enfoques inocentes, acaso irrisorios, quizá cómicos, muy irracionales, otros en
cambio son meticulosamente racionales, brutalmente escolásticos,
acuchilladoramente penetrantes –hablo de científicos ultrapesados, geniecillos de
la teoría de sistemas, futúrologos brillantes…
De esa cuenta,
hay que entender que aparte de aquellas versiones crasas y amarillistas del
2012, hay a la par otras que son muy dignas, y personas en verdad perceptivas
reflexionando sobre este momento, y anunciando su importancia crítica.
Algunos
entienden el 2012 como un gran evento polarizador. Conjeturan que a partir de
este punto se van a acelerar notablemente las corrientes destructivas y fragmentarias
–deseo, ignorancia, agresión– pero también los movimientos de consciencia que
tienden a la construcción de una sociedad iluminada. Parte de la población se
sumergirá en esta corriente de apertura; otra parte permanecerá ciega a los
signos, esto es: a las posibilidades.
(Columna
publicada el 5 de enero de 2012.)
Urbanomántico
(Columna publicada el 29 de diciembre de
2011.)
Intervención
Por tradición es que uno escribe contra
la Navidad. Mantengo esta costumbre folkórica antinavideña como otros mantienen
la costumbre de coordinar una degollina tecnificada de chompipes para luego
engullírselos en grandes sesiones de hartazón y adiposidad grotesca, eso sí
dando gracias por la vida, y con lágrimas en los ojos.
No hay idea más corporeizada que la
Navidad, mito o fantasía minuciosamente convertida en sensación –por tanto en
deseo– por el mercado.
Cuando alguien me dice “ay qué linda la
Navidad” yo me introduzco –por virtud de una técnica yóquica muy especial (que
ya les explicaré en otra columna)– en su mente, recorro los diversos materiales
de su strata psíquica hasta llegar a un punto en donde se acurruca y muere del
frío una enorme soledad.
Del otro lado de la calle, hay una casa
en donde siempre decoran con infinidad de foquitos y arreglos, así como
deidades polares diversas llamadas: “Snow Man”, “Santa”, “Rudolf”. Tanta
luminosidad y refulgencia no se da ni en los Campos Elíseos. Espero que ningún
circuito eléctrico viejo vaya a originar –accidentalmente, por supuesto– un
fuego que termine con esta residencia y meticulosa parafernalia navideña…
Uno piensa que a la Navidad hay que
ponerle límites. Es una fiesta que simplemente se nos fue de las manos, superestructura
mutante, monstruosidad babélica. La sociedad de consumo ciertamente no lo hará
por nosotros. Como en el caso de un usuario de meth que ya no pudiera parar, toca
juntar a la familia y realizar una intervención, con un enfoque axiológico de amor
duro, para la ingobernable Navidad.
(Columna publicada el 22 de diciembre de
2011.)
El bebé no se tira
La historia de
la espiritualidad común nos muestra una altiplanicie desagradable en donde se
enredan y traban los más fantásticas escándalos y abusos económicos, sexuales y
de poder. Llevan la razón aquellos que critican a la religión y sus coaxiales defectos.
El problema es cuando estos críticos tiran al bebé –el bebé búdico, crístico, o
el que fuere– con el agua de la tina. Lo noto en mis amigos intelectuales
y artistas: esa reticencia crónica –a veces enfermiza– hacia cualquier cosa
remotamente espiritual. No puedo dejar de pensar que se están negando a sí
mismos poderosas dimensiones de desarrollo y conexión.
Tanto la fe
ciega como el escepticismo ciego paralizan a las personas. ¿Qué hacer para que
la espiritualidad vuelva a sentarse en la mesa de la inteligencia, y converse con
los valores laicos, y de hecho los incorpore a su axiología, asumiendo los
legados de la razón y posmodernos? ¿Cómo planteamos un enfoque espiritual que
se atreva a trabajar con la propia sombra? Sobre todo, ¿cómo generamos una
espiritualidad abierta? En Guatemala estamos muy necesitados de diversidad
espiritual. Los enfoques dominantes actuales son necesarios, pero
insuficientes.
Con esta idea
en mente, imaginé el año pasado una iniciativa llamada Diez Justos, que me
llevó a realizar una serie de entrevistas a personas con variadas perspectivas
espirituales. Ahora, bajo la misma inspiración, echo a andar un club de
lectura, en torno a obras iluminadoras y significativas. La presentación básica del mismo se
llevará a cabo hoy a las 18:30 horas en librería Sophos.
A la calle
Muchos se
pasan la vida sin cerrar el maldito pico, como las guarrachicas de Jersey
Shore. Es que no paran de hablar o de moverse. La humanidad lleva por dentro esa
decoradora maniática empecinada en redistribuir el mobiliario del orbe y así
hallar esa soñada fórmula quintaesencial que lo hará por fin habitable.
Los sabios (y
no me refiero a los que necesitan construir un acelerador de hadrones de 6,000
millones de dólares para entender la realidad, mientras los pobres miran) nos
recomiendan otra cosa. En lugar de tratar de cubrir de cuero todos los caminos
del mundo, optemos mejor por ponernos zapatos. O dicho de otro modo, hay que
ordenar la propia consciencia, cuyo parecido a una casa de putas es fascinante.
Yo les sigo el consejo, a estos Yodas, y en eso he estado, durante cinco años,
que es la edad del hijo que no tengo. O sea que dejé de ir a los conciertos, a
las fiestas, a las pequeñas reuniones de formica. Me senté en un zafu, y me
puse a trabajar. Tan distinto a ver un millón de reels proyectados en una
pantalla neurótica en un cuarto sin nadie, con los genitales tapados con una
servilleta, a lo Howard Hughes.
Ahora bien, tampoco
soy maje, y mi intención dista mucho de quedarme solo. Por eso últimamente he
estado consintiendo en mí la posibilidad de emerger del tupperware y socializar
de nuevo, salir a la calle sebosa, tan triste y tan alegre, y dar y recibir
abrazos. Patojos no, que no doy para tanto. Pero sí recuperar el mundo, sin
perder la calma.
La democracia interior (II)
Todo individuo tiene la responsabilidad pues de mantener una práctica ciudadana
independiente: cualquier foco de intermediación entre su persona y el poder
democrático es potencialmente peligrosa. Lo importante es que comprenda que su integridad
cívica no depende para nada de que un político (o bien su rival) haya ganado
las elecciones. Si la misma dependiese de los gobernantes y sus gobiernos, todo
estaría perdido. Por fortuna, nadie le puede dar a nadie la democracia: cada
cual se la tiene que dar a sí mismo. Cada uno posee en su interior una fuente latente
de valores y talentos ciudadanos.
Los sujetos que no cultivan la democracia interna son como loros
repitiendo los mismos eslóganes mórbidos de indignación ante la realidad
nacional: carecen completamente de creatividad política. La democracia interior
garantiza que nuestra confianza en la democracia no se erosione.
Empieza siendo una democracia de la cotidianidad, que fluye a las relaciones
ordinarias: las cosas y seres alrededor y la realidad vivida. La persona va
creando situaciones democráticas en su ambiente inmediato, lejos de todo enfoque
mercantilista o explotador. Ésta y no otra es la democracia directa.
Es solo a partir de esta base tan genuina que procede a expandir su
vida democrática a las instituciones e instancias sociales más complejas, que
no son en ningún modo irrelevantes. Si en este espacio se ha criticado la
democracia externa, es solo en la medida en que no participa de lo interno. Hay
que saber que la electricidad ciudadana se origina en un lugar nada más: en el
corazón del individuo que ha decidido ser un vehículo de la democracia
profunda.
Casi ni hace falta decir que cuando muchos de estos individuos se
reúnen, algo arrollador ocurre.
(Columna publicada el 1 de diciembre de 2011.)
La democracia interior (I)
Posguerra:
hemos visto gobiernos ir y venir, siempre insatisfactorios. Gobiernos que
nacieron en el seno de una democracia puramente externa, sin implicación real
del individuo. Es la democracia de las instituciones, de los funcionarios, de
la intermediación compulsiva, del legalismo carnicero. La democracia en donde
la participación se reduce a un evento apariencial. Una democracia alienante, impuesta
desde fuera.
El ejercicio
público se pierde en rituales vacíos. Las urnas difícilmente se constituyen
como una expresión equilibrada del sentir general (vean los resultados
recientes en España). El sufragio no pasa de ser una cáscara vacía, sin corriente
democrática.
El problema es
que invertimos la totalidad de nuestra atención en una democracia crudamente
objetiva, y para compensarlo, se precisa vindicar otra clase de democracia: la
democracia íntima, la democracia personal, la democracia interior.
Se nos olvida con
demasiada frecuencia que la democracia no es solamente un asunto colectivo:
también –quizá sobre todo– es un asunto propio. Algunos pensaran que esto
contradice la definición de la democracia –entendida como pacto social– pero
hemos de recordar que el individuo es un colectivo en sí mismo: es masa. “Yo
soy inmenso, contengo multitudes”, dijo Walt Whitman. ¿Cómo tomarlas a todas
ellas en cuenta? En este respecto, se ha venido hablando en los últimos años de
“democracia profunda”.
Si no asumo,
en tanto que individuo, todos esos valores de la democracia y los aplico, en un
movimiento de integridad básica, a mi consciencia propia, y a mi contexto
inmediato, ¿con qué derecho voy a exigirlos a un gobierno entrante?
(Columna
publicada el 24 de noviembre de 2011.)
El canalla
Hablaré del canalla. No del que ustedes están pensando. Hablaré del
canalla en general.
Algunos son canallas
a mucha honra. Otros, como si no fuera con ellos la cosa. Hay grandes canallas
al estilo Nerón, o diminutos canallas de medio tiempo. Los amateurs no saben lo
que es meter la pequeña bola blanca con el driver a una distancia de
trescientas yardas en el agujero perfecto de la hijaputez. No son así de
consumados. Pero se empeñan. Canallas con plata y canallas lumpen. Canallas
moralistas (creen que los canallas son siempre otros) y canallas en campaña. Los
que planean sus estrategias ruines como ajedrecistas en concurso y luego los
canallas temperamentales. Canallas esotéricos (moviéndose en la sombra) y
canallas exotéricos (hacen sus marranadas en pleno ágora). Conozco canallas
ilustrados –con la gracia de un cuadro de Poussin– y otros toscos como machete
en desuso. Hay despreciables canallas liberales y canallas antigay. Está la
hinchada canalla pero asimismo la canalla hinchada. Hay canallas huehuetecos,
canallas tex mex, canallas en Dinamarca (lo demostró el Bardo). La canalla
política es muy popular. ¿Saben que existen los llamados Estados Canallas?
Canallas luminosos fueron Villon, Diógenes, y en la actualidad posiblemente
Sabina. ¿Qué serían de las rockolas sin lo canalla, sin el efecto canallizante?
Para tener una
idea del rasgo canallesco, uno puede hacer dos cosas: leer a Céline, o
simplemente ver adentro. Por su vecindad, por su granulado colorido, el canalla
interior es de todos el más digno de estudio. Allí encontrará uno la verdadera
canallosidad, la sabrosa canallencia.
(Columna
publicada el 17 de noviembre de 2011.)
El Eurovirus
Se ha venido hablando del “contagio de
la deuda griega”. La hiperintimidad de
los espacios financieros obliga a situar el problema en términos víricos. En la
última de Soderbergh, un Laurence Fishburne habla de un virus sin protocolo de
tratamiento y sin vacuna. Lo mismísimo en la Eurozona. Todo el mundo corriendo,
tras el lapis philosophorum que va impedir que la economía mundial se derrumbe en
plan Casa Usher. La semántica mediática baraja expresiones tan sexis como:
inyección financiera, reestructuración de la deuda, austeridad, reforma fiscal,
recapitalización bancaria... Cada vez hay más sujetos deambulando en trajes de
inmunidad, pululando en el área de inficionamiento. Si antes mirábamos sobre
todo los rostros catalizantes de una Merkel y un Sarkozy, el summit G20 de la
semana pasada aportó necesariamente un toque ecuménico al falansterio
anticrisis. Ante esta respuesta coral, el escenario del ostracismo se plantea
con más y mejor rigor. La crítica al referéndum –comprendido como un desafío
localista– fue brutal, y costó la cabeza a Papandreu (le sigue Berlusconi). La
salida de Grecia –el Sujeto Zero– del sistema de moneda única se transformó por
un momento en una posibilidad ya formalizada. ¿Volver al dracma? ¿Podríamos
hablar de desglobalización, de una refragmentación de los mapas institucionales
y económicos? ¿Sabían que la palabra crisis viene del griego y significa
dividir? A todo esto, un pernicioso programa Smith busca replicarse en el resto
de la euromatrix: Portugal, Irlanda, Italia, España… y más allá… De pronto, las
profecías mayas del 2012 empiezan a adquirir alguna clase de oneroso sentido.
(Columna publicada el 10 de noviembre de 2011)
(Columna publicada el 10 de noviembre de 2011)
Amniótico
El fin de
semana fui utilizado de sparring por uno de esos virus que son diseñados y
liberados cada dos-tres meses por una muy notoria empresa de pañuelos
desechables desde su laboratorio secreto de terrorismo biocorporativo presumiblemente
localizado en el Cáucaso septentrional.
Ya saben: uno
de esos virus.
El horror como
fiebre. Como si el mismísimo Agní, dios védico del fuego, me estuviese
devorando los tejidos con su llama.
A ratos dormía,
para luego regresar a la consciencia en sudor helado, luego me despeñaba
nuevamente a un estado aceitoso de irrealidad y delirio.
Soñé por
cierto con Otto Pérez Molina; que estaba jugando básquet con él. Y yo le
preguntaba por sus anteojos. Y él me respondía: «Es que me operé con
láser».
Y
en ese momento caí en cuenta que Otto Pérez no era el de los anteojos. Y allí
mismo abrí los ojos, en la tiniebla del cuarto.
Decidí llamar
a la farmacia, para pedir a domicilio algo que me bajara la fiebre. Mientras
aguardaba al motorista, me recosté, pensé en Lucía, en los encapuchados, en
todo esa cosa fea de Pana.
Si fuera
residente en Pana –y lo fui hasta hace poco– y estuviera enfermo, me
encontraría en un estado de paranoia relativamente avanzado. Ya de por sí me
pongo perturbado siempre que me sube mucho la temperatura. Pero la perspectiva
de que una cuadrilla teledirigida de minutemen pueda estar detrás de mí o de cualquiera
–y no precisamente para tomarse un café en el Crossroads– es una condición cooperativa
bastante rotunda como para que aumenten las vibraciones de miedo a niveles yo
diría desagradables.
Atizadas por
la mórbida fiebre, alucino con imágenes de cadáveres suspendidos en el frío líquido
amniótico del lago.
Es terrible.
Pana ya no nunca
será igual.
Tocan el
timbre: debe ser el cuate de la farmacia. Por un momento, tengo miedo de abrir:
¿y si del otro lado de la puerta hay un encapuchado nazi listo para abrirme con
algún fierro largo la mollera?
Respiro hondo
y abro. Un regular tipo, un poco jetudo, pero no está encapuchado. Casi le
pregunto por quién va a votar –por hacer conversación– pero en el acto me doy
cuenta que no quiero oír la respuesta, cualquiera que sea.
(Columna
publicada el 3 de noviembre de 2011.)
Más allá del sentido
Por estos días, es como si mi sistema biológico todo estuviera
rechazando cualquier noción de finalidad o dirección unificadora.
No estoy hablando de ese proceso, más bien ordinario, por medio del
cual la realidad se vacía de sentido. Tampoco se trata de una vulgar regresión
a un etapa existencialista. Y no he emprendido ninguna anarcocruzada para detruir
el propósito de mi vida o la de nadie, un disparate, teniendo en cuenta que la
destrucción del significado le da por demás significado a la destrucción: o sea
un perfecto e inútil círculo vicioso.
En realidad, es algo mucho más inquietante. El mecanismo
neurologizante que me hacía volver una y otra vez a crear definiciones de intención
está colapsando. ¡Y todo ello ocurre sin
mi consentimiento! En cierta forma, es como si la noción misma de linealidad
sufriera alguna clase de intervención radical. Como que me estuvieran
removiendo el apéndice o algo así. ¿Me estarán revomiendo el apéndice del
sentido?
Como sabemos, el proceso evolutivo funciona a modo de ensayo y
error. Puede que la vida haya venido explorando a través del ser humano la operatividad
de la consciencia en general, y en particular del sentido u horizonte regulador,
como un modo de autoproliferación. En cuyo caso lo que nosotros llamamos
designio o raison d´être no vendría a
ser otra cosa que una estrategia experimental en el seno de la adaptabilidad
biológica. Y ahora la vida se da cuenta que es una estrategia ampliamente
disfuncional. ¿La retirará del mercado como el CEO de una empresa de
informática retira un software que no rinde frutos?
No podríamos criticar a la vida por hacerlo. Está claro que hemos
convertido nuestro sistema de aspiraciones en un modelo compulsivo que amenaza
la vida misma. Todos nuestros relatos seculares o trascendentes sin excepción
han sido y continuarán siendo focos de fragmentación y toxicididad. Para que
sobreviva el planeta, se precisa que las fantasías de la especie humana, con
todas sus salutaciones e ideologías contradictorias y parroquiales, mueran.
(Columna publicada el 27 de octubre de 2011.)
El gran deslave
La semana
pasada fui a Candelaria, y la experiencia merece de sí una columna, pero no es de
ello de lo que quiero hablar ahora, sino de mi retorno a la ciudad, por una
carretera apocalíptica, las paredes de tierra echando espuma plomiza, vomitando
agua, tantos derrumbes, cuántos derrumbes, si no vi por lo menos treinta
derrumbes que me corten entonces la mano, grandes segmentos de ladera en cada
curva, masivas formulaciones de lodo y raíz, árboles enteros derribados en un
segundo, como boqueando en el asfalto, ya no tuvieron de qué agarrarse, es toda
esa deforestación, ese silogismo vacío, esa obra erosiva, del humano incesante,
y por eso las rocas masivas, cayendo fijamente, peligrosísimas, desafiando los
tractores, retomando su territorio mineral, interpuestas, y agréguese a ese
escenario ya tan crítico el estado de los caminos, y la tristeza de comprobar
cómo nuestras carreteras primarias no se miden con las secundarias de países ni
siquiera civilizados, y por supuesto asumiendo que todavía en efecto existan
las mentadas carreteras, porque es que a veces la carretera misma desaparece, se
engolfa, se contrahace, ¿a dónde se fue la carretera?, ¿a dónde se fue nuestro
relato arquetípico?, ¿a dónde vamos como país carajo?, no hay un sentido o
dirección en ninguna dirección, solo baches y agujeros, y chuchos muertos, y huérfanas
vísceras en charcos de olvido, y conductores maniáticos siempre dispuestos a
poner en riesgo la vida de todos, con tal de pasar primero, pero pregunto:
¿pasar primero a donde?, si ni siquiera hay paso, lo que hay es una fila morosa
de trailers y vehículos umbríos, siempre una podrida fila, antes, durante y
después, una fila, hemos estado haciendo fila durante siglos, se diría que el
guatemalteco es antes que nada un ente–fila, una forma de no avanzar, ¿a dónde,
a dónde se fue la carretera?
(Columna
publicada el 20 de octubre de 2011.)
Empaticopsicoespacial
Siempre hay personas
impidiendo el paso y la fluidez en el pasillo del súper. Por alguna razón no
entienden que el mismo pertenece al universo común y no al universo privado.
No queda otra
que exigirle a estos entes estorbadores que se muevan. Algunos te dan a un
rosario de disculpas, cuando lo único que vos querés es que trasladen de
locación su gordo trasero.
Y su
pantagruélica carreta.
Están esos
otros que se mueven a regañadientes como si el que estuviera paralizando el
tráfico fuera uno. Son los amargados. Pero lo bueno es que la amargura personal
es siempre superior a la de ellos. No es que quiera presumir, pero es como
medir un staffordshire terrier americano con la gatita de la vecina.
A veces los
que más estorban son los propios empleados. Algunos empleados son medio
respetuosos. Pero otros –la auténtica hez de los súperes– no consideran relevante
dejar pasar a los clientes mientras ordenan los anaqueles. Están demasiado
ocupados intermediando con su propio egoísmo. Digo egoísmo, pero sería más
preciso hablar de megalomanía, esa megalomanía que caracteriza a los pequeños
empleados, cuando se enfundan en la sensación de que su lugar de trabajo no es un
mero lugar de trabajo, sino lo equivalente al Wolfsschanze del Führer.
También están
las problemáticas, las endémicas, las inadecuadas edecanes, ya saben: las que siempre
nos están dando de probar el producto cancerígeno de turno. En el caso de
ellas, obstaculizar se vuelve una misión estratégica, activa y consciente.
Se ve que muchos
ciudadanos carecen de las más mínima inteligencia empaticopsicoespacial. Al
parecer, los científicos han encontrando malformaciones congénitas tanto en sus
lóbulos parietales como frontales que explican la notable torpeza e
insensibilidad con que se mueven en el mundo. Lo cual da razón de por qué van
manejando en las calles como si recién acabaran de adquirir una enfermedad
venérea. O caminando en las banquetas como si no existiera en el mundo nadie sino
ellos.
Grandísimos
serotes.
Las zonas muertas
Zonas muertas. Áreas estancas, sanforizadas, imposibles, demencialmente
laberínticas. En tales parajes, los árboles crecen al revés y no crecen, nacen
para abajo y no nacen. En tales parajes, cientos de miles de altoparlantes van
diciendo con la misma voz tributaria un no y un nunca... Continentes cuadrados
de inmovilidad radical, yermos deshabitados, blancos desiertos sin vida y sin
diluvio. Al principio me decía a mí mismo –rigurosamente optimista– que con un
poco de trabajo la cosa echaría a andar. Sólo para comprobar luego, con callado
espanto, que todas esas esquinas, todos esos espejos, son completamente reales:
formarán siempre parte de un eterno currículum congelado. Luego uno aprende a
ver los propios vicios, los hábitos malsanos, ciertos defectos de carácter como
se ven ciertas paredes, como se ve el mismo risco repetido, tan gratuito e
innecesario, en la noche sin gloria. A veces me pongo a hacer buceo en las
zonas muertas de mi vida y me muevo y no me muevo porque allí no hay adonde
moverse, todo resulta extrañamente idéntico –un espacio neural y gélido. Hay viejas
estructuras de hierro sin sentido, a medio hundir, ostentando faunas masacradas
en la sucia espuma amarilla. Ojos vacíos viendo hacia dentro lo insoluble. Y
cerebros extintos pegados a quillas sepultadas. Voy recorriendo los campos
minados de tedio, las suburbias ausentes y espectrales. Me adentro en largas avenidas
de silencio... Teatros, parlamentos brutalmente vacantes… A veces entro a una
casa –otra casa, la misma– en donde hay una sempiterna gorda sentada en la
cama, comiendo neurótica cientos de alcachofas, descalificada por sucesivos
proxenetas... Cómo voy a negar a estas alturas las zonas muertas de mi vida,
con sus mantras de inercia, su rosario aburrido hecho de nódulos linfáticos. Es
obvio que soy diez veces el mismo, ciclo y pellejo, un fulano residual.
(Columna publicada el 6 de octubre de 2011.)
El punto y el espacio (II)
Muchas veces el
problema con el modelo implosivo de bienestar es que está inhabilitado para generar
perspectivas panorámicas, panópticas. Ejemplo de ello fue la reciente crisis hipotecaria
de los Estados Unidos, que surgió sobre los hombros de una burbuja ilusoria y
azotó no pocos rincones del globo, con poder tsunámico. Podemos dar otro
ejemplo, para nosotros los guatemaltecos más cercano: ese programa de bienestar
social que busca paliar la pobreza sin desestimular la reproducción,
confeccionando así un frankenstein demográfico que solo traerá consigo más hambre
y contingencia en el futuro (un mejor programa colectivo sería aquel en donde
se les pagase a las personas por no tener hijos).
En términos
generales, el esquema localista crudo está basado en una engreída autosuficiencia,
y tiende a actualizar toda clase de fundamentalismos culturales, religiosos,
políticos y financieros, así como una rampante monomanía institucional.
El enfoque
expansivo posee su propia oscuridad. Un enfoque a menudo punitivo, que ha dado
lugar a las más graves y desalmadas corrientes de agresión. La geografía
política asume rasgos marciales y carnívoros. Nos damos cuenta que el ideal
global contiene su propia violencia. Todos esas transnacionales explotando los
recursos de este o aquel país, y aún tienen el descaro de maquillarlo con rosáceos
programas de responsabilidad social.
La solución
nunca es fácil. ¿Cómo vamos a generar un modelo que implique mutualidad entre
el punto y el espacio? Enunciados como el famoso think global, act local tantean en esa dirección. Las crisis que
estamos viviendo demandan simultáneamente una visión localizada y una visión
expansiva, tanto en distancia, tiempo y espíritu. Se
precisa de una sentida conversación entre lo instantáneo y lo diacrónico, la
individualidad y la comunidad, la diferencia y la igualdad, evitando todo
oportunismo formulístico. Es una conversación que, hoy más que nunca, requiere
ser explicitada.
(Columna
publicada el 29 de septiembre de 2011.)
El punto y el espacio (I)
Es la debacle cultural,
ecológica, financiera, así en el país como en el mundo. ¿Cómo vamos a
resolverla?
Tradicionalmente,
hay dos estrategias de abordar una crisis: destruyendo viejas relaciones o creando
relaciones inéditas.
Cuando optamos
por destruir relaciones, estamos optando por una solución localizada, implosiva.
Nos ensimismamos. Nos establecemos en una insularidad. Así lo hicieron aquellas
comunidades que se retiraron de la naturaleza y el nomadismo, y se concentraron
en puntos de poder, en donde levantaron fuertes y ciudades. Parecía una manera
brillante de sobrevivir, de atender las exigencias del presente radical. La
especie humana optaba por la individualidad y la separación. A partir de allí
creó conceptos como el de nación, autonomía, soberanía.
Otra forma de
sobrevivir consistió en crear traslaciones y relaciones nuevas. Los seres
humanos salieron a buscar nuevos recursos más allá de los límites del mundo
conocido. Muchas narrativas nacieron de este modelo: la caza de animales en la
selva feral, la conquista náuticobestial del orbe, el lanzamiento de la perra
Laika a la luna, o la globalización, por decir. Además, el tiempo dejó de
reducirse al presente y se presentó a
nuestros ojos como un vasto territorio elongado, en el cual sembramos de todo,
desde planes quinquenales hasta cámaras criogénicas.
Pero tanto el
modelo localizado como el expansivo tienen, cada cual, su cuota de problemas.
Adicionalmente, cuando no se toman en cuenta el uno al otro, se enfrentan
creando tensiones titánicas. El reciente debate constitucional en España, de
cara a la Unión Europea, nos reveló un ejemplo fascinante de ello. O qué decir
de los Estados Unidos, un país raleado por la deuda, desintegrado laboralmente,
en un momento tangible como ninguno, pero a la vez con la necesidad abrumadora
de repensar su futuro y economía abstracta a largo plazo. En Guatemala está
planteada la cuestión de cómo vamos a inyectar nuevas corrientes de inversión
sin hipotecar el país ni destruir nuestra integridad ecológica... (Continuará.)
(Columna
publicada el 22 de septiembre de 2011.)
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- Maurice Echeverría
- Como periodista, trabaja actualmente para los diarios locales El Siglo XXI y El Periódico, en donde desde el 2002 escribe una columna semanal (Buscando a Syd), y donde también trabajó durante varios años en la sección cultural. Asimismo mantuvo columnas permanentes de opinión de cine y literatura en los diarios El Quetzalteco y La República, y ha colaborado en diversas revistas, fanzines y publicaciones del medio.










