'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Un escritor de relámpagos… Es lo que soy... Maurice Echeverría



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No seamos ingenuos, o nos van a hartar vivos. 

La ingenuidad posee muchas expresiones indeseables: el idealismo de mentecatos; la beata timidez a la hora de analizar las cosas; el continuo vivir en negación, que no es otra cosa que ignorancia cómplice. Ingenuidad también es maniqueísmo: discapacidad para capturar los múltiples sentidos, grises, claroscuros, de cualquier situación dada.

Es porque somos ingenuos que ponemos vida y voluntad en las manos de los peores poderes, las más abominables personas, los funcionarios más basura.

Nuestra fantasía es que otros se hagan cargo de nuestras vidas, en plan providencial, y nos arreglen el karma. Sin renunciar por completo a nuestro locus externo podríamos empoderarnos y dejar de vivir como parásitos. En cambio tenemos eso de doncella que desea siempre ser rescatada, y a la cual siempre acaban rompiéndole el corazón.

En el fondo lo que le gusta a nuestra doncella es pasarse la vida con el corazón cortado en tiritas, acuartelada en una sempiterna modalidad de víctima, culpando telenovelísticamente al prójimo de cualquier cosa que pueda estar o no ocurriendo, y morirse de amor, como la del poema. Criticar en este contexto es un modo artero de no asumir la obligación de transformar nuestra situación individual y colectiva: la vida y el mundo, que por supuesto requieren ser cambiados.

La peor tragedia para la doncella sería que de veras la rescatasen, porque entonces ya no contaría con una coartada para seguir infantilmente llorando, y tendría que enfrentarse al siempre incómodo hecho de que es ella y nadie más la responsable de sus propios malditos orgasmos.



(Columna publicada  el 27 de marzo de 2014.)

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¿No somos los guatemaltecos más bien inocentes? No lo digo por criticar: semejante apertura no es por fuerza un defecto. Uno podría decir que, en velocidad y en albur, los mexicanos nos dejan hechos un chirajo. No lo digo por alabar: semejante acrimonia no es por fuerza una virtud.

Lo vemos en ciertos compatriotas: la tersura sin predicamentos, la curiosidad sin putrefacciones, la candidez sin ideologías. Esta misma inocencia es la que nos hace tan creyentes y tan confiados. Lo cual, como ya dije, no tiene por qué ser necesariamente malo, aunque los señoritos de la razón y la prudencia van aquí a disentir. Si disienten es porque han perdido cabalmente esa frescura o asombro virginales. Detestan tal espontaneidad por no poder experimentarla ellos mismos, del mismo modo que un impotente no puede experimentar una simple erección.

Volvamos aquí a la monja blanca y el quetzal: símbolos delgados, que antes me irritaban profundamente. Yo me preguntaba: ¿cómo vamos a hacer un país fuerte con imágenes tan dulcemente aplastables? ¿Cómo puede el quetzal, ese pájaro tan menudo (“tan hueco”) elevarse por encima del cóndor o el águila real?

Y en efecto, el quetzal nunca se elevará por encima del cóndor o el águila real, porque tal no es su función. Ni es su función ni es su esplendor. Su esplendor radica más bien en su compacta beldad; su fuerza en su preciosa delicadeza; su altura, en su discreta intimidad. Hay algo sagrado y puro en un quetzal: es algo que sabían muy bien los antiguos. No podemos dejar que esa pureza se transforme en craso puritanismo ni esa inocencia luminosa en pura ingenuidad.


(Columna publicada el 20 de marzo de 2014.)

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Una de estas corrientes nos liga especialmente a la experiencia de la tierra. Lo cual explica por qué nos importa tanto, para bien y para mal, la identidad y la pertenencia: raíces, trajes, etnias, costumbres, orígenes, apellidos, patrimonios, en fin. Peligroso, cuando deriva a formas exageradas de propietarismo, sectarismo, clasismo, nacionalismo. Patético, cuando encalla en ese inaguantable sentimentalismo de terruño, con fondo de marimba. Sobre el caballo de la identidad (con su consigna pueblerina y parroquial) se montan siempre los políticos y los empresarios en este país: como darle un dulce a un niño.

El haber nacido en este paraje vivo –mandala bello, natural, dulce, inocente, fértil, también iracundo– informa nuestro modo de residenciarlo. El único misticismo de veras común de los guatemaltecos es el misticismo de la naturaleza, con su tremenda diversidad ambiental. La palabra Guatemala, proveniente del náhuatl, significa “lugar de muchos árboles”. Al profanar nuestro entorno natural estamos arruinando nuestra ciudadanía misma, nuestra íntima forma de ser, cada vez más desértica, fantasmal y tóxica. Estamos perdiendo nuestra inocencia creativa, nuestra salud primordial y nuestra fuerza intestina.

La monja blanca, el quetzal, son símbolos del aire –símbolos sensibles y sutiles– y responden a un aspecto particular de la naturaleza profunda del guatemalteco, del cual hablaremos luego otro poco. Pero siempre he dicho que nuestro símbolo nacional debería ser, sobre todo, el volcán: nos daría fuerza sísmica, carácter excepcionales. Sin embargo, la ceiba es un excelente emblema, en cuanto representa todas las potencias elementales. Pasa que nadie se ha dedicado a descifrarlo, explicarlo, promoverlo como corresponde, allende las clases menopáusicas de civismo.



(Columna publicada el 13 de marzo de 2014.)

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No confundir estas tendencias con relatos de origen armados para legitimar puntos de vista. Más bien, son cargas simbólicas, patrones subterráneos, roles de base que preceden todo discurso nacional. Como características colectivas no son de sí virtuosas o malsanas. Lo que pasa es que los ciudadanos las vamos informando, tutelando, a menudo envileciendo, hasta privatizarlas, bunkerizarlas, convertirlas en estrategias viciadamente nacionalistas.

Tales voces imaginales están más o menos en todos nosotros, los guatemaltecos: claro, unos compatriotas las tienen más, otros menos. Se puede ver cómo determinada pulsión se hace más visible en cierta región o población y disminuye en cambio en otra (sin desaparecer completamente). La estructura ­de estas latencias es más o menos genérica, pero las combinaciones e intensidades internas varían (dando así lugar –dentro del propio país– a la diferencia). Y así como van morfando dinámicamente según los colectivos y los espacios, también lo hacen de acuerdo a los momentos históricos.

Cada individuo guatemalteco tiene evidentemente su forma distintiva de ser, que va asociando como quiere o puede con la forma de ser de su cultura englobante. Nuestra idiosincracia al final termina siendo bastante sofisticada (aunque menos sofisticada, creo percibir, que en otros países, por varias razones tales como el tamaño de nuestra geografía o –cabalmente– nuestro modo de ser). Hay variables disgregadoras de eso que podemos llamar un modelo nacional, pero ello no quiere decir que no podamos adivinar ciertas corrientes o plantillas cohesivas y medulares, que van formulando un contrato o pacto abierto de identidad.



(Columna publicada el 6 de marzo de 2014.)

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Hemos analizado algunos rasgos propios del guatemalteco. Es un trabajo importante, el de autoconocimiento, y la sola manera de sanar nuestra herida cultural. La idea es aprender a ser lo que somos de un modo consciente. Actualmente no somos lo que somos, o lo somos de un modo superficial, sin duda patológico, pobremente soberanista. Equivale a decir que nuestros potenciales no han sido debidamente explorados y liberados.

El primero paso consiste en reconocer nuestras propensiones profundas. De esas mismas disposiciones se desprenderá acaso una axiología de veras nuestra –una colección interpersonal de principios organizadores– que nos permita actualizar el proyecto común. Llegado el momento podríamos incluso aventurar –humildad de por medio– una definición nacional abierta, y preguntarnos cuál es de verdad nuestro propósito compartido y cuáles las mejores estrategias para derivarlo.

El legado posmoderno y también el sano juicio nos recuerdan que ya no hay lugar para las agendas de dominación particulares, los discursos autorreferenciales, las direcciones cristalizadas de grupos coercitivos de poder, ni para las definiciones absolutas y parusías sociales. Corresponde más bien encontrar un modelo que integre dinámicamente todas las perspectivas–semilla. Tiendo a creer que hay corrientes básicas de identidad que pueden confluir en un consenso orgánico y natural.

Así pues, en los futuros párrafos seguiremos profundizando en el territorio de nuestra identidad. Para ello nos dedicaremos a investigar cuáles son las sensibilidades cardinales encriptadas en nuestra cultura.



(Columna publicada el 27 de febrero de 2014.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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