'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Cicigia (1)

¿Cuántos posts sobre la CICIG he escrito? Tienen que ser muchos. Podría juntar todo eso y hacer un libro. 

O, en su defecto, una seguidilla de columnas... Y es exactamente lo que pretendo hacer. 
            
Así pues, en las próximas entregas construiré un repaso personal de esta institución, que está como debilitada, se diría, con todo y Nobel alternativo. Al punto que hoy tiendo a hablar de la CICIG en pasado. No es que me encante: si la última CICIG es del todo disuelta, nuestra lógica memética sufrirá mayor decadencia. 
            
Todo es explicable en términos de la segunda ley de la termodinámica: el fenómeno Iván Velasquez vino a agregar calor a la metanoia colectiva, pero ahora parece vivir un proceso irreversible de muerte térmica e incoherencia molecular, en este sistema cerrado (soberano, dirían los reaccionarios) llamado Guatemala.  
            
Ahora que lo pienso, qué rápido, qué fácil fue sacar a la CICIG de la conversación pública. No cabe duda que somos un pueblo de invertebrados que se adaptan a cualquier cosa que le pongan enfrente.
            
Y sin embargo en su momento la CICIG logró aglutinar un brazo civil formal a un tiempo que se constituyó como brazo público de los poderes civiles.  
            
Bien recordamos los llamado jueves de CICIG. Esos dos cerbataneros, MP y CICIG, nos traían semana a semana nuevos desarrollos y los presentaban en solidas conferencias de prensa. Es cierto que se podían poner un poco técnico–áridas (quizá los conferenciantes tendrían que haber leído unos quince minutos de Shakespeare antes de darlas). Como escribí alguna vez: eran en el fondo excitantes, pero en la forma difícilmente podrían ser más tediosas. No ayudaban las propiedades narcolépticas de un Iván Velásquez.
            
De todos modos se apreciaban porque eran muy formales. Contra la vulgaridad mediática del Gobierno, la elegancia institucional del eje MP/CICIG, a quien le funcionó muy bien un cierto, no diré histrionismo, pero sí encuadre mediático, acompañado de un notable trabajo de lobbying.
            
Hubiéramos querido que ese lobbying diese mejores resultados, por ejemplo a nivel internacional, aunque por otro lado los resultados que obtuvieron no fueron para nada escasos, sobre todo en la comunidad europea. 
            
En cuando a los Estados Unidos, y para su mala suerte, a CICIG le tocó Trump y un Embajador que enfrió lo suficiente el romance inicial. Es un poco tonto, por demás: la CICIG era la única esperanza sensata que tenía Estados Unidos de no ser colonizado completamente por las hormigas. Puesto de otro modo: si hay un muro es la CICIG. La CICIG es el muro razonable que Trump no construirá jamás, porque todos esos negocios que se jacta de haber cerrado no lo convirtieron en un genio de la geoestrategia. 
            
Entiendo y no se me escapa que la CICIG es el resultante del viejo y viciado juego de reglas globales. Aún así anticipa una conversación planetaria que va a reventar más pronto que tarde. 
            
En fin, en las próximas columnas escribiré de la CICIG. Así como lo hice hoy a favor también lo haré en contra. 


(Buscando a Syd publicada el 28 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Polaricemos (1)

Si bien aún no llegamos a una pelea declarada, a un levantamiento qué se entiende, con armaduras y manguales, no podemos empero descartar la posibilidad de que ello suceda incluso muy pronto. 

Lo que de momento es una batalla cultural, política, jurídica y mediática (conservadores, arribistas, inconformes, son los bandos incesantes) podría en corto tiempo convertirse en una hostilidad formal. ¿Qué impide que el demonio del conflicto armado se reconfigure, con sus atitlanes de sangre?

De la guerra oblicua que estamos viviendo sería tremendamente fácil saltar a una guerra frontal. La agresión ideológica ya no tiene diques ni paredes. Fue esa misma energía la que cristalizó en más de treinta años de choque.

En la ciudadanía presente hay algunos, muy encendidos, sujetos que incluso reclaman e invocan, desde la inocencia más intacta, alguna clase de beligerancia, confundiendo causa y colisiónQuizá son jóvenes y nunca sintieron el olor sangriento de los cirios. O viejos y ya tienen alzhéimer. 

Otros, de rostro más villano y cuero más repugnante, saben que el conflicto es negocio y es poder. Cuando la próxima contienda esté emplazada, yo no olvidaré a todos aquellos quienes la iniciaron de nuevo. Aparte hay que tener muy vistos a esos que, en caso de una nueva batalla civil, lo mandarían, de buena gana, a matar a uno.

Digamos que no tengo ninguna prisa por vivir en guerra. Cierto que no participé en la pasada, pero memorias tengo. Puedo dar fe y testimonio de cómo todavía en mi infancia existían feas hebras interpsíquicas vinculadas a ese miedo y aquel horror (que mutó a otro horror). Secuestro y tortura, por caso, eran espectros aún respirablesEn los ochenta e incluso primeros noventa el perfume putreparanoico de la lucha todavía estaba muy presente en el ambiente, y se podía hablar con algunos actores de la misma con cierta intensidad no siempre mitificada. 

En la actualidad y de momento puedo escribir y externar abiertamente mis posiciones políticas, sin temor a que nadie venga a descuartizarme. Me pone pronto a pensar en aquellos que no gozaron de semejante privilegio, relativamente reciente. En nombre de ellos, los quemados, los descoyuntados, los enucleados, tendríamos que usar la palabra libre para extender la habitación de la dignidad, contra las cien tinieblas. No demos por sentada la libertad. No la utilicemos superficialmente. No seamos ingratos con quienes la hicieron posible.

Por lo mismo es que no estoy dispuesto a jugar con ciertas metáforas. Con celeridad escalan los putazos. Un archiduque muerto es todo lo que se necesita, según se ha comprobado, para iniciar una refriega cósmica. Más temprano que tarde, alguien disparará el primer tiro. Y eso dará lugar a una larga, cruenta lid. Misma que terminará en una corta paz. 

Corta, en efecto: más temprano que tarde alguien disparará el primer tiro.


(Buscando a Syd publicada el 22 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Orbital

Hay un lujo y es el lujo de no moverse. Hay un lujo y es el lujo de ser siempre de donde mismo. Me refiero al lujo de pertenecer. 

En la era de la hiperinmigración, el sedentarismo es el último privilegio. Personas como yo, que tienen un hogar fijo y estable, es porque se sacaron la lotería. Los demás han de seguir caminando, desplazados por la necesidad, por la guerra, por la depredación política, la milicia religiosa, la violencia, por la degradación ecológica. 

Al final incluso nosotros los estacionarios terminaremos formando parte de esta diáspora salvaje, de esta sed sin centro, de esta difusión venérea. Para ese entonces estaremos en desventaja por ignorar la mayor inteligencia de sobrevivencia que pueda existir en un mundo líquido: el movimiento. 

Pero no es de nosotros los sedentarios de quienes quiero aquí hablar, sino por el contrario de los migrantes, en particular de los migrantes centroamericanos que van en la llamada Caravana del Hambre, que saliera precisamente hace un mes. Algunos han llegado ya a Tijuana. Las cosas van a subir de temperatura. 

La Caravana formaliza un nuevo tipo de configuración migracional: gregario, bíblico, legionario, mediático y nihilista. Hay en ella algo de nobilísimo, algo que por supuesto muchos apoyamos, pero a la vez es como si apoyásemos a unas reses en su camino al rastro. No solo por las condiciones de viaje, durísimas, y no meramente porque van a ser recibidos por soldados y patriotas –no exactamente con los brazos abiertos– sino además porque siguen expuestos a las sanguinarias cepas del crimen mexicano. 
            
La semana pasada incluso se habló de un secuestro de unos cien migrantes por parte del cártel de los Zetas. Si sea cierto no lo sé, pero podría perfectamente serlo y en todo caso lo será en su momento, a su manera. Ciertamente lo ha sido en el pasado. Y uno imagina la imagen más o menos como ya la imaginara Julio Hernández en Te prometo anarquía: un levantón confuso, absurdo, horrible.  
            
Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Estados Unidos, el alma mía. Tal podría ser la plegaria de estos nómadas, que vagarán durante cuarenta días, es decir cuarenta años, por un desierto sin Dios. Lo que no saben es que aún llegando a la Tierra Prometida (lo cual será complejo, por ponerlo tenue) tendrán que zafar bulto de ahí, eventualmente. Ellos o sus descendientes.
            
Me explico. El mundo es redondo y se quema por todos los costados (a veces literalmente: California). No hay a donde huir cuando se reside en un círculo, es lo que intento decir. Cierto que algunas partes del navío se están hundiendo más rápido que otras. Pero al final el armatoste se desvanecerá entero. 
            
Esto es como uno de esos folk tales macabros en donde el personaje termina justo donde empezó, sin posibilidad de salida. La linealidad migrante del siglo XX, esa narrativa esperanzadora y ascensional, es algo que ya no existe y acaso nunca existió. Nuestro destino es orbital y por lo mismo está maldito. 


(Buscando a Syd publicada el 15 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Hablemos

La ciudad tiene muchos ojos.– La ciudad tiene muchos ojos, y en cada ojo se deshace un niño. La ciudad tiene muchos vientres, y en cada vientre grita un ciego. Son muchos zaguanes nutriendo el gran bajón de la ciudad. Muchas ventanas, desde donde se mira el Fuego, que lo consume todo. Y desde donde se suicidan las mujeres laterales. Salta mujer, salta a la ciudad de muchos ojos y muchos vientres, a la ciudad numerosa de furias y ríos repujados y días atrapados en una saliva tan extraña. No es una saliva, de hecho, son muchas, pero todas van a dar a la misma codicia, y en ella flotan las narrativas que siempre seremos, aunque cambien de nuevo los actores. La ciudad es el espejo violento donde se quiebran los otros pájaros. Pero cuánta esquina, cuánto nombre, cuánta gloria… 

No he de olvidar este momento.– Me llamaron por mi nuevo nombre. Y al parecer, mi nuevo nombre es cáncer. El doctor me lo explicó todo, de un modo entre sobrio y eximio. En el acto terminó mi vida pasada, con sus chantajes, sus mediocridades, sus ingratitudes, las gacelas superficiales de quien todo lo da por descontado. No he de olvidar este momento. Más bien he de guardarlo como un ruiseñor innegociable. El cáncer es una promesa muy concreta, diría yo: unificadora. Hasta hace un segundo me estaba quejando del tráfico, resolviendo cosas del trabajo, peleándome por Facebook: lo voluble, lo desordenado. Luego de la Noticia, solo tengo una cosa en mente: vivir. Vivir y ver llover, pues la lluvia tiene eso de plegaria. Mi único problema es que la lluvia ha terminado. 

Salta la cerca.– Huye, huye de ese foso polvoriento. De la comuna y sus juicios ebúrneos. De los hermanos y sus exiguas hogueras. Huye de esa guarida de blancas serpientes. Huye, antes que ellos te desfiguren la cara, con un pedazo hirviente de espejo. Salta la cerca. Huye a los mares, los oleajes y malecones: ve lejos. No será un viaje fácil. Habrán zanates oscuros, cierto. Pozos envenenados, nácares falsos en cada esquina. Pero en cada esquina estarás tú, no ellos. Así que parte, ensúciate. ¿Me oyes? Huye del hombre y de su Dios.  

Hablemos.­– Tú y yo deberíamos hablar. ¿No sientes la lenta escarcha, como llanto quieto, en las costillas oxidadas? Antes que sea tarde, hablemos. Nuestras sortijas de casados se hunden, en la mar silente: urna sin fin. Por favor hablemos: ¿no estás harta de quebrarlos dedos de los muertos y así pasar los días? Hablemos. Porque nuestros dialectos ya no comunican nada: hielo. Hablemos, hablemos. No entreguemos el alma a dos fríos. 

Algo no funciona.­– Algo tiene que ser arreglado. No sabemos qué exactamente. Solo sabemos que algo no funciona. Y que alguien tiene que pagar por ello. 

El amor no tiene orden.– El amor no tiene orden: es arbitrario y depravado. El amor ama lo que ama amar, nada más. Fabrica rutas a su gusto. Derriba paredes a su conveniencia. Si el amor no fuera el amor, fuera un monstruo.


(Buscando a Syd publicada el 8 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Pentáculo

Pequeña esmeralda.– La chiquilla está enferma, monstruosamente enferma. Pequeña esmeralda, sobre un altar que se pudre. De sus células parten breves ruiseñores de muerte. La suya es una dolencia apasionada, vehemente y acezante; pero también fría, exacta, matemática. Los padres han averiguado esto: nada. No hay cura visible: apenas una espada que cuelga sobre la niña, como un dogal. Ya juega menos, porque los patios se acaban. De cosas como esta está hecho mi asco.  

Palabras al emisario.– La presente es una encomienda extremadamente preciosa, de incalculable valoración. Obvio, no me encuentro en medida de comentarle a usted sus contenidos sensibles. Baste decir que la integridad misma de nuestra nación depende de que arribe a buen puerto. Seres torcidos, por supuesto, saldrán de rincones oscuros, para descubrir su argumento. Siendo lo crucial ampararla hasta la mismísima muerte, si ello resultase obligatorio. Yo le pregunto, mensajero: ¿está usted dispuesto a dar, por esta misiva, por este misterio, su vida? 

Pentáculo.– ¿Es eso un pentáculo? Lo es. Un ritual nocturno está ocurriendo. Entidades y Potencias ya han sido invocadas. Quiere decir que una nueva causalidad está siendo forjada, que alguien prepara, alguien decreta, una secuencia de eventos. Y bueno, resulta que esto tiene que ver contigo. En efecto, esta magia ceremonial está dirigida a tu persona. Muy pronto conocerás una desdicha, una desgracia, una calamidad. A lo mejor tu hermosa hija enferme muy de repente... O puede que tu esposa sufra un horrible accidente…Como sea, no será bonito... Si tan solo hubieras detenido el ascensor, vecino. 

Pros y contras.– La soledad esuna ruta triste y recta. Una ciudad que da tempestades de tedio. Un sol que se aburre en su herida. Por otra parte, no estar solo es como cocinar un hígado gigante con los dedos quebrados. Es como que te entierren junto a una urna paranoica. Como esconder el cadáver de tus hijos. Ya te di los pros y los contras. Ahora escoge. 

Resultados extraños.– Las cosas no están funcionando como deberían. Funcionan; pero no como deberían. Los resultados son más bien extraños. Te abro una puerta para que entres; pero te vas. 

Sonríe.­– Eso. Sonríe. No estás tan acabado. Sonríe. El miedo es normal. Tu mano de miedo es normal. Es normal que te estén buscando. Normal, agradable. Agradable que tu bebé no pueda respirar, por las noches. ¿No te hace sonreír que las puertas se cierren todas de golpe? Sonríe. Sé libre. Tu madre no recuerda su nombre. Que sonrías, te estoy diciendo.

Ese señor.– ¿Ves ese señor? Tienes que saber un par cosas de él. Primero, que no es un hombre recto. Que a su lado las plantas fallecen. Que es como un cuchillo que rasga todo lo que toca. Aparte, sus palabras están enfermas.  Su casa está hecha de la carne muda y ciega de las cucarachas. Y hay una sal negrísima en sus ojos. Por tanto nunca quiero verte cerca de él, ¿me oyes? Ese señor, hijo mío, es el hijo de puta de tu padre. 


(Buscando a Syd publicada el 1 de noviembre de 2018 en El Periódico.)

Fiambre

La perfumada y decrépita abuela come entonces Fiambre mientras humilla a su nieto, el tonto, en nombre del Más Alto. Al terminar su sermón, un hilillo de vómito le brota involuntariamente desde la comisura de los labios. No hay nada de qué escandalizarse, sin embargo, nada está fuera de lo normal. Estos son los símbolos, estas las profecías, estos los hielos, las redes de tendones de este universo llamado Fiambre, de este pacto llamado Fiambre, hecho con la masa de innumerables seres descuartizados y paginados en un mismo ritual, en una misma ofrenda de miseria. Del piso brotan pequeñas verrugas que perforan los zapatos de los presentes y las plantas de sus pies. Ahora nadie puede levantarse. Todos están sentenciados a comer Fiambre por el resto de la eternidad. Mala suerte, dice el abuelo, mala suerte, va diciendo, mientras ríe a carcajadas y su piel es como la piel de lo más torcido. Todos aportan su propia carne miserable, su pasta desgraciada, a este conjunto de vértigo y sangre y más negrura. Esta es la tradición circular del Fiambre. El carnaval de todas las batallas perdidas. La nietallora por aquel que la dejó y ahora su gusano será un bastardo. Menos mal que el padre sabe consolarla, apretándole un pezón con cierto rencor vindicativo y nacional. El Fiambre tiene eso de excitante. El tonto se golpea la cara una y otra vez, con auténtico placer. O golpea a la muchacha indígena, que se refugia en el rincón, siempre en el rincón, como una primavera de olvido. La madre la mira con asco y desaprobación. El abuelo continúa riendo. En realidad, el abuelo ríe porque planea cómo torturar en el cuarto de atrás al Enemigo. El esposo sigue apretando el pezón de su hija mientras dice a su mujer: sí amor, cómo no amor, exactamente amor, tenés razón amor. Las paredes del comedor están cubiertas de escarcha negra y todo parece multiplicarse en la noche del Fiambre y del Fiambre surge más Fiambre, más odio, toda clase de categorías de disentimiento se desarrollan, continuadas, incontenidas, fractales, en un curtido asqueroso, cromático e infinito. Es un laberinto de Fiambre, y dan pena los que no devoran Fiambre en la tarde gélida y visceral del Fiambre porque el Fiambre es, bajo todos los estándares, la verdadera forma de honrar a los idos y a los que en años anteriores quedaron soterrados en el propio Fiambre. Efectivamente, el Fiambre está hecho de nuestros mismos muertos y es a nuestros muertos a quienes comemos cuando comemos Fiambre. Y el abuelo y la abuela y la hija y su esposo y su hijo y su hija y su tierno gusano engullen Fiambre hasta que todos los hilos y suturas revientan y los intestinos rellenos de heces de esta familia tan nuestra y tan chapina se rompen y fluyen y aportan algo nuevo a la congraciada y tradicional receta del Fiambre, misma que viene repitiéndose de generación en generación, por los siglos de los siglos, Amén.


(Buscando a Syd publicada el 25 de octubre de 2018 en El Periódico.)

De acuerdo

Los quebrados.–­ De las innumerables avenidas la única que aún importa es la que me lleva a ustedes, quebradosSiempre amaré las larvas en sus ojos. 

Sucia acera.– Debería agradecerte por bajarme a tiros como un perro. Darte las gracias por no dejarme llegar al día de mañana. Solamente tu arma, y esta sucia acera, son mis amigos.

En las bancas.­– En las bancas se sientan las criaturas más singulares, con los acentos más extraños. En las tardes de las blancas bancas, hay extraños infantes con carne en los dientes. Ciertas personas se toman de la mano, en las bancas, aunque el sol atormentado las está quemando vivas. A mí me encanta ir a sentarme a las bancas, solo porque sí, y porque hay una banca en particular que me hace reír y me hace llorar. Han querido quitar las bancas de la ciudad. El argumento es que nos hacen improductivos. Pero los amantes de las bancas somos realmente demasiados. Y nuestro propio argumento es impecable: aún sin bancas, nada haríamos. 

Mi comadre, la Bruja.– Recibí visita de mi comadre, la Bruja. Muriendo la tarde, confraternizamos. Compartió historias de Brujas famosas, virginales o arcaicas, dulces, hediondas, nobles, diabólicas, vivas o ya quemadas. Mientras bebíamos uno de sus francos fermentos (que ya en términos verídicos me gustó muy poco) hablamos pues de las Brujas, luego de las Fechas, y más tarde del Cazador, del Enastado, y de los 600 miligramos de Belladona que llevaba en el bolsillo. En cierto momento, mi comadre, mi hermana, la Bruja, metió sus largos dedos en su boca tierna, y extrajo de ahí un pequeño escorpión dorado, que puso con gran delicadeza en el vaso vacío. Luego se hizo aire.  

El Tímido.– Me gustaría hablarle, pero soy el Tímido. Siento que ayudaría muchísimo no tener este insomnio en donde gasto las horas pensando en alguna forma de hablarle. Mañana entraré a su oficina y nuevamente no diré nada. Ella es eterna; yo, un insecto. Quizá, en lugar de hablarle, debería matarla. 

De acuerdo.– Éramos muchas manos en alto, con mucho tesón. Mirábamos el milenio con los ojos abiertos, creyendo en la cosa nueva. Todo por gusto, pues en ese exacto y mismo momento ellos estaban adentro, poniéndose de acuerdo. 

K.­– En Praga se ven personas muy extrañas. Tomen por caso a ese sujeto llamado Kafka. Recuerdo que lo vi pasar en la calle el otro día, y vigilé su andar mientras lo imaginé escribiendo –el tipo es escritor– algo extraño, bajo una luz mortecina. «¿Cómo está usted, Franz? ¿Qué hace por estos días?». Pareció no reconocerme, iba como carcomido por algo. Pobre Kafka: realmente no semeja un ser humano, se diría. Tiene algo de insecto, antes bien: un insecto discreto, neurótico. No me extrañaría que un día se levantara convertido en cucaracha. 

Cementerio.– Ya no recuerdo si estoy enterrandoo bien desenterrando a esta persona. Tampoco recuerdo si la he matado o no. No podría decir si estoy muerto yo también. 


(Buscando a Syd publicada el 18 de octubre de 2018 en El Periódico.)

Esperas

Esperas.– Sigues esperando, por supuesto. Esperas, mientras ves los bueyes y las caravanas pasar, los fuegos arder, los monos tendidos, exánimes, a la orilla de la carretera. Entre dos esperas, esperas, mientras recuerdas cómo esperabas aquella vez. Es un hecho que tanta espera te curva, pero eso no te impide esperar. Será porque esperar es tu sueño y es tu destino. Porque eres como una espada, en su funda, esperando. Y porque a veces esperar no te hace feliz o desdichado. No siempre. Otras esperas, lo sabes, han sido como tempestades, como planos convulsos, ciegos, como toros desesperados y bárbaros que vienen a ti, irrevocables, y tú esperas, y es peligroso esperar. Lo cual nos lleva a lo siguiente: ¿qué esperas, realmente?, ¿qué esperan tus huesos, tus largos largos huesos esperantes? Nada, todo. El cometa, la rosa. El óxido. Una sílaba. Un paquete. Que el pueblo surja de sus cenizas. Que el de la película se quite, por fin, la máscara. Que te traigan el pescado que ordenaste. Seguirás esperando, en la mesa sola, porque tú eres el que espera, el centinela ante el huevo que también espera, algún día, ser ave, el que espera como espera el lampadario, el que espera algo, espera a alguien, el tren, cantando, y los centauros te acompañan en tu espera, y los buitres, que esperan que termines de esperar. 

Restaurante.– El restaurante está vacío. Acaso siempre ha estado vacío. Es el restaurante al cual siempre has venido. Cuelgan esas viejas fotos y otras fotos más viejas, y afuera, en la calle, hay una sustancia llamada lluvia. No sabes dónde está el mesero, y si es cordial o no lo es. ¿Hay un mesero? Escribes en una servilleta unas palabras, hablo de esas palabras que ninguno leerá. El hecho de que estés aquí ratifica algo de ti que no estás dispuesto a compartir con nadie. Lo cual está muy bien. Como está bien no tener hambre (no es por el hambre que has venido). El ruido difuso de la cocina te basta, y la música como lejana que flota debajo del bombillo, que alumbra algo que se arrastra por debajo de las mesas, y que no sabes qué es. Tampoco sabes si ya pediste algo del menú, o si lo traerán a tiempo. 

Tú, palacio.– Eres un león y piensas que eres uña, letra mínima, pez, pelo. Qué creencia más idiota, qué insomnio inútil. Todos usan un fósforo para intimidarte, cuando tú eres el fuego mismo. Tú, palacio, en una madriguera de miedo. He venido a recordarte tu nombre original.

Es hora de dormir.– Es hora de dormir. Por fin escanciar el contenido de esta copa quemada, deshacer el álgebra de las horas, con sus incontables puñales. Nada de eso retengo. Los he reunido esta tarde para anunciar a ustedes y a las estatuas (herederas de mi silencio) que ya soy propiedad de otro zoológico. Pronto el arquero arrojará la franca flecha. Mis entrañas están podridas. 

Vivir sin gusto.– Como, pero nada tiene sabor. Los espárragos. Los helados. Tu vagina. 


(Buscando a Syd publicada el 11 de octubre de 2018 en El Periódico.)

Celebración

Celebración.– Han de salir las personas a celebrar a la calle, de contornos enlunados. Otro ciclo empieza, y se presiente la alegría hervida de los que ya dieron su alma a Satán. 

El conductor.– Viajan conmigo, me sufragan con dinero y con la sed de sus palabras. Los llevo desde la aurora, a través del erial, hasta la metrópolis acezante, con sus recámaras raspadas de miedo y mármol. Dado que veo en ellos la esperanza, nunca les suministro la verdad. La verdad es que la ciudad es otro modo del desierto: casi nunca hay agua, y te acuchillan por cualquier cosa. Eso me lo guardo, como me reservo tantas otras cosas. Arribados al destino, se despiden de mí con grandes gestos agradecidos, luego de lo cual vuelvo solo por la carretera infinita, mientras contemplo la arena como una deuda sin fin. Entonces doy gracias al Eterno por crear un lugar así de bello. Y por mi trabajo, fatal y santo. 

Pregones de salsa.– Así tendida (con sus manos abiertas, la frente hundida, por el golpe) ya no me pareció tan odiosa. La pude matar en cualquier lado de la casa, lo hice en la bañera, como en la película. Salvo que no fue a cuchillazos, sino con una de sus propias nauseabundas esculturas. Me pareció el último detalle. Fue un gran golpe; único, diría. Su voz apenas si alcanzó a gritar. Tras lo cual me dio por cantar pregones de salsa. Recorrido por tan excepcional humor, procedí a guardar el cadáver en el auto. El nene me acompañó a lo largo de todo el proceso. Era obvio que también se estaba divirtiendo mucho. 

Manos frías.– No tendré paz alguna mientras vivas con nosotros. Sé que fuiste tú quien disparó a los perros. Tú quien quemó, con agua hirviente, a esa mujer que nos ayudaba en la cocina. Tú quien tiró a mi pobre esposo –¡tu padre!– por las escaleras. Todavía recuerdo el día (desgraciado) en que te di a luz. En aquel horrible ayer, tus manos nacieron frías. Frías habrían de quedarse. Más frías van a estar cuando estés tieso, hijo mía. No intentes vomitar. El veneno ya está en tu sangre. 

Un ángel excepcional.– Es un ángel excepcional. Vive en las partes más frías del planeta, ayudando furiosamente a los seres sin párpado. Dios lo ama, porque muerde. Porque hace fuegos de las cenizas, bombas con los escombros. Porque no se deja. Es así de excepcional. Labra rutas que otros ángeles no ven. Tiene dos alas que son ya cuatro. Espada es esa con la cual va cortando cabezas. 

Isla.­– La ciudad, con su selva de nadie, se cierra sobre tu morada. Todo aquello que solías conocer está desapareciendo, se descose. Quedarán solos tú y tu centauro, como en una isla. Tuyo el terror, ante los rígidos, viscosos edificios. Roca y linfa. 

Tendones.­– Las personas que no tienen hijos, y están solas, sienten mucho más sus tendones. 

Desencanto.–Desde los balcones del abismo se arrojan, con la boca tan negra, los que ya no creen que este lugar cambiará. 


(Buscando a Syd publicada el 4 de octubre de 2018 en El Periódico.)

Laberinto

Este dolor.– Este dolor es íntimo y es pueblo: ciudad y ruiseñor. 

La niña que envenena pájaros.– Parece que la niña que envenena pájaros ha salido otra vez a caminar. Los envenena, luego los consuela un poquito, luego los sigue envenenando. Si alguien filmara a la niña que envenena pájaros, se daría cuenta que lo hace todo en inocencia y sin maldad, pues esa niña es una iluminada, y su corazón es espontáneo, como los charcos que se forman con la lluvia, charcos que la niña que envenena pájaros brinca. Por tanto los pájaros cantan lo más que pueden y tragan el veneno acordemente y entran en convulsiones y sangran del pico, agradecidos. 

Gatillo.– Dudando estaba, cuando apretó el gatillo.  

Laberinto.– No temas, hijo. No temas. Si no fuese porque te quiero tantono estaría tan preocupado por la forma en que estás utilizando tu Talento. Este filo que llevo en la mano es el símbolo más preciso y perfecto de mi incorruptible devoción por tu ser. Tu madre, esa–perra–emasculante, no comprende lo mucho que te amo, no respeta mis Responsabilidades, no se calla por un maldito segundo, incluso me ha lanzado por las escaleras. ¿Cómo puedo escribir en estas condiciones? ¡Tantos obstáculos! La anciana ríe, el negro avanza, la simétrica, acumulada alfombra, no termina. Pero también tengo aliados: Grady, y el buen Lloyd, que sabe que soy un hombre que paga sus deudas. Como afuera hay un laberinto, también hay otro aquí también. Pero con un bourbon y un hacha uno puede hacer maravillas. 

Quedó el mundo.– Quedaron las bagatelas. Una taza, y un poco de café cavilando en ella. Quedó una módica cuenta bancaria. Quedó la vieja circunstancia de bajar por el ascensor. Los carros ayuntados en el tráfico. El número de seguidores en Facebook. Quedó una ausencia manando. Las pequeñas enfermedades. El mamotreto no leído. Quedó el espejo del baño. Quedó el mundo, que siempre sí es plano. 

Baúl.­– Soy yo, en el baúl del carro, pero es como si fuera alguien más. Y sin embargo soy yo. Yo el que suda, el que está teniendo un ataque de pánico. Y sin embargo es como si fuera otro, en el sueño largo de la oscuridad, preguntándose: ¿a dónde me están llevando?, ¿y cómo escaparé? Son preguntas que no puedo responder. Solo sé que el tiempo pasa, que tengo ganas de ir al baño. Él, para mientras, calcula, crea estrategias. Que lo maten antes que a mí, está pensando. A decir verdad, yo estoy pensando lo mismo, pero a diferencia de él, con cierta culpa y remordimiento. Me gustaría abrazarlo, pero sospecho que es algo que poco le gustaría. Llegamos. ¿A quién sacarán primero? 

Cuida tu máscara.– Cuida tu máscara. Solo tienes mil más. 

Tren.­– Primero va el anciano. Tres mujeres, sin alhajas. Y seguidamente los demás. Van al tren sin flores. Van al tren de abismo. No saben a donde van, pero les duele su destino. Oh, el misterio de los vagones que son oscuros como tumbas.Tenemos sed, dicen los niños. 


(Buscando a Syd publicada el 27 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

De común acuerdo

De común acuerdo.– Dos banderas, dos pandillas, dos córneas contrarias, dos procesiones o mares oponiéndose, dos dioses odiándose de común acuerdo.  

Casas.– Casas altas como jirafas. Casas con olor a membrillo. Casas primitivas. Casas inteligentes. Casas vencidas. Casas desordenadas. Casas con polvo. Casas–almacenes. Casas que el mar anegó. Casas anónimas. Casas como himnos. Vacías casas. Casas donde habita la nada. Casas que los niños apedrean, por las tardes. Casas como bronce muerto. Casas históricas. Las hay serias y respetables. Casas de emigrantes. Casas grandes, como el orbe. Casas peludas. Casas que madrugan. Casas durmientes. Casas húmedas. Rabiosas casas. Casas hambrientas. Casas vulnerables. Casas con fauces. Casas negrísimas. Casas sin aire. Casas embrujadas. Casas de misteriosos arcones. Casas con escasa suerte. Casas quemadas. Casas heridas. Casas de pájaros. Casas con lluvia. Casas sin jardín. Casas distantes. Casas raras, que ninguno comprende. Casas para ciegos. Casas que ansían ser mansiones. Casas sin principio y sin final. Casas aladas. Casas de fábula. Casas que sueñan con ser más que casas. Casas sin agua. Casas que han visto mejores días. Casas con eco. Casas donde tejen. Casas donde oran. Casas legas. Casas en donde se hacen fabulosas orgías. Casas donde venden droga. Casas guardando secretos. Casas que confabulan. Casas que cantan. 

Los repugnantes.– Somos los repugnantes. Vivimos en las verbenas de lo inmundo. Por voluntad no nos bañamos. Nuestro atributo esencial es la suciedad. Hasta nuestros ojos apestan. Nuestro olor es indeleble. Se diría que no hay ninguna filosofía en ello. Pero, de hecho, la hay. ¿Vamos a negar que toda sociedad aseada es diabólica? Odiamos a quienes se bañan pues pretenden ser limpios. Y unos pretenden ser más limpios que otros. Nosotros no creemos en los mandatos y estamentos de lo puro. En nuestra comunidad no existen las diferencias. Aquí se desvanecen los prejuicios sociales, las guerras, los campos de concentración. Hemos visto a Dios en la basura. Florecemos en el asco. 

Los pequeños seres.– Pequeños seres viven en ti. Tú eres su imperio, su festín. Mientras tú te quejas, ellos te comen, comen tus intestinos blandos, te dejan cóncavo. No pierdas el tiempo hablando del sentido de la vida. El sentido de la vida es suministrar recursos a los pequeños seres. 

Canta la muerte.– Es la muerte, la feral, estación sin espejo, glifo ilegible, infalible luna. Canta la muerte, y las cosas, en los escaparates, se pudren, los tigres se acuestan de Lado, las páginas se deshacen en ecos de fuego. La muerte borra los pasos que vendrán, los transforma en irrecuperables abismos, perfectos de nada y de ninguno. Todos desean copiarla, a ella, que nunca copia, siendo cada obra suya inaudita, sola, singular. Pero además la muerte que ellos dan es siempre la muerte que ella es, pues nada mata sin la muerte y la muerte es al final la que siempre decide. 


(Buscando a Syd publicada el 20 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Te atraparemos

La lana de las ovejas.– Caminas por el bosque –muy abrigado, porque hay bastante frío– cuando una oveja, de hociquillo tierno, cruza contigo en la ruta desigual. «¿Vienes sola, amiga, dónde está tu pastor?». La cosa más dulce que has visto en vida. Pronto la estás acariciando y la cosa se deja acariciar. No es apenas una: son dos, ya tres, en un segundo estás rodeado por un tropel de ovejas, todas buscando su ración de calor y de cariño. La sensación es de éxtasis, cuando ellas husmean tu mano, en un estruendo de balidos. Tu mano, que ya están mordiendo. Lo cual al principio es como bonito, pero más tarde empieza a ponerse molesto, y al cabo completamente horrífico. Terminarás por aceptar que ya estás en el suelo, que realmente te están desgarrando, que esas son tus tripas sin duda, y esa de veras tu sangre. Deduces que no fue la mejor idea ponerte ese suéter –de lana, pues– para salir a caminar. 

El Inadecuado.– Por los pasillos limpios del colegio va, siempre solo, el Inadecuado. No se viera adolescente más triste en la historia de toda la humanidad. Pobre perro. Densodark. ¿Cómo consigue mantenerse con vida ese nadie, ese oscurito, ese Inadecuado? Quién lo sabe. Arrastra; pesa; espesa. Todo le cuesta. Pero eso termina mañana. Ya todo está listo. 

Te atraparemos.– Tus caminos, amigo, son demasiado obvios. Esos mismos caminos te traerán a nosotros. Todos los de tu especie sacrílega son como el apéndice del mundo: una carne inútil y a ratos molesta. Condenados a desaparecer, serán por nosotros desaparecidos. Así que disfruta la vista: todo acabará muy pronto. Vamos, ¿es eso lo que quieres: jugar al valiente? Ven, pues, con toda tu energía y resistencia. Tal vez piensas que las 5,000 cosas van a cambiar de veras. Figura en tu heroísmo, si tal es tu deseo. Tan ingenuo que es tu ojo, en brillo, y tan tierno: lo sacaremos con más gusto.  Uno a uno te mostraremos tus propios dedos, hasta que ya no haya dedos qué mostrar. Tu nombre será olvido. 

Sótano.– No me mires así: como si no supieras lo que vive allá abajo. ¿No me estás escuchando? Esas cadenas no van a detenerlo. ¿Qué sed lo devora por dentro para que grite de esa manera? Sabes muy bien que las jarras son cada vez más insuficientes. Es como si una infinita urgencia cucara sus ácidas entrañas. ¿Por qué no nos libramos de él cuando estábamos a tiempo? 

Los fetos.– Oh, cariño. No te pongas triste. Y no temas por los fetos. Pues los fetos serán sembrados. Todas sus mutilaciones serán de la tierra. Sus pies y sus órganos y sus ojos innacidos. No, no hay que tener ningún miedo, por los fetos. Los fetos ellos serán plantados con amor, con cuidado. Y árboles de fetos crecerán en el país, y lo harán próspero.

Ajedrez.– Las piezas pesan en tu mano, mientras las pones sobre el tablero anciano, frente a tu hijo que ya no juega. Fue ella la vida la que te dio jaque, cuando lo atropellaron frente a tu casa, el otro día. Las piezas pesan y no pesan: pesan y son bruma.


(Buscando a Syd publicada el 13 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Todo arde

Correo.­– El remitente es un ser civilizado. Por tanto escribe al destinatario un correo muy mesurado. No uno de esos correos redactados con el ego y con el hígado, sino una misiva clara, lógica y consecuente, en donde exhibe, con una lógica impecable, las siete razones de su desavenencia. Aún así, no resulta de su satisfacción. El remitente lo borra; vuelve a escribirlo. En este nuevo correo, el remitente comenta al destinatario que su plan es secuestrarlo y llevarlo luego a una casa vacía a las afueras de la ciudad, en donde lo tendrá atado y confinado, sin agua y sin comida, y en donde será torturado, de una manera metódica y consistente, lo ahogará en un tanque de orina, quemará sus dedos con un soplete y cortará sus genitales con un cuchillo. Añade el remitente que posiblemente descuartizará a su hija, delante suyo. Ahora sí, piensa el remitente; presiona send. 

Todo arde.­– Todo arde sobre la noche, y sobre la noche arden los hombres que asesinan la Tierra. 

La calma ha vuelto.– Es domingo y es de día y ya lavaron la sangre de las banquetas y quitaron los vidrios rotos de las tiendas y poco a poco la vida ha vuelto a la avenida. Aquí donde volaban las secas piedras del odio, hoy hay niños correteando, intactos, nuevamente. Los vándalos duermen como rameras en la mañana. La ley y el orden han regresado a la ciudad de algunos. Por supuesto, esta calma es parcial y es momentánea: ya, en el corazón de la calle, otra sed se está gestando. 

Los estoy esperando.­– Los sigo esperando. No importa que esté escondido en este largo, largo intestino: eventualmente vendrán. Así que no duermo, estoy en guardia. Escucho cada pequeño ruido, cada sutil insinuación, cada diminuta y microscópica estrategia de la noche. Para mí, el mundo abstracto de la gloria ha terminado. Ha terminado el mundo de los festines y las erecciones. El mundo nutricio y sano de los poderes y las palmadas. Me llamaban inteligente, una máquina de soluciones, un Genio. Celebraban mi biografía. Ponían geranios a mis pies. Todo ha terminado. Los símbolos han terminado. Este es el mundo de las biosombras. Solo tengo intercambios con las ratas. Ellas son las Reinas Psiquiátricas. El miedo es profundo y es límbico, es real. Me los llevaré a todos. Mi eslogan es: me los llevaré a todos. Renaceré en forma de revolver. 

Larga raíz roja.– He venido para castigarte, mujer, plena miseria. He venido para escuchar tu voz romperse en ecos de angustia. Se dice que las de tu especie tienen derechos. El único derecho que poseen es el de ser azotadas. Azotadas hasta que su sangre sea rala, y se extienda por la plaza como una larga raíz roja. Alá es grande. 

Te encontraré.– Te encontraré, maldito. Eres listo y rápido, pero hombre. Y los hombres son maleables, y cada cierto tiempo se aflojan, y en ese momento se equivocan. Cuando te equivoques, yo estaré ahí. Larga y lenta, la ciudad sabrá darme la razón, y la paciencia. 


(Buscando a Syd publicada el 6 de septiembre de 2018 en El Periódico.)

Luna

Algo que no sangra.– En un callejón, ahí intentaron liquidarlo. Por supuesto, no tenían idea quién era. O mejor dicho, qué era. ¿Y qué era, exactamente? No un ser humano, de cierto, sino algo más fundamental, algo que no sangra. Algo libre.

Por fin, tu asesino.– Por fin, tu asesino. No como un sueño, sino en carne y hueso. No mañana, sino ahora. No con su costumbre de muchos rostros posibles, sino con su rostro verdadero, fijo, actual, sin variaciones; su incluso agradable rostro. Tu asesino, el que tanto esperabas, ha florecido del mar de las horas, para cumplir su quemante promesa.Y ahora tienes que decir adiós a tu sentimiento de imaginarlo, de imaginar pues a tu asesino. 

El detective.– ¿Qué quieres que te diga? ¡Todos mis clientes me detestan y sin embargo me siguen buscando! Y me siguen buscando (me detestan) porque encuentro lo que buscan. Incontables casos intrincados que me han encomendado, y que he resuelto por lo sucio o lo metódico. Unos casos más vacilantes que otros, es verdad, pero todos al final aclarados, con mi magia de muchos ángulos. ¿Por qué entonces mis clientes no quedan totalmente satisfechos conmigo? Algunos dirán que es debido a que bebo demasiado, en ciertas noches heridoras, provocando caos a mi alrededor. Pero no es eso. Lo que ocurre es que en el proceso de ayudarles, descubro sus intimidades, sus asquerosos e indefendibles secretos. Sobre todo, les irrita el hecho que no puedan controlarme, domesticarme, con su dinero. En efecto, a mí su dinero poco me importa. Lo que me importa más bien es el olor de la sangre, la excitación de un crimen en la parte oriental de la ciudad grotesca, tremenda urbe sin jardín. En este sueño de penumbras hay muchos cadáveres qué explicar, y muchos tipos a quienes partirle la cara. Cosas que demandan cierto estilo. Resulta que a mí ese estilo no me falta. 

Luna.­– La luna es un espejo que nos hace ser más que lo que somos. Mi consejo es que la veas, siempre un poquito, cada noche. Tampoco mucho, porque entonces el efecto será contrario: querrás tomar alguna cicuta, o colgarte en una calleja parisina. No te asustes; no es para que huyas de ella que te lo estoy diciendo. Es cierto que en su luz han corrido maldiciones y amarguras. Pero también es verdad que los pescadores cantaron al verla, en agosto.  

El testigo.– Puede ser que estuviera texteando una furia a su novia.Y que ese descuido lo llevara a la procelosa pendiente. O puede ser que él mismo se arrojara al desastre enrojecido. Lo cierto es que ahora el auto ha quedado triturado, allá abajo. Y que adentro hay un cadáver, resumido a una posición extraña. Y algo, algo que solía estar donde estaba el cuerpo, lo está contemplando. 

Gentrificación.– No los copies; no cedas a la maldición de imitar sus ideas, sus trayectos, sus modos de conversar. No operes igual que ellos. Parecen de veras dignos, y además tan agradables, con su estilo y su dinero. ¿Es que no te das cuenta? Ellos lo arruinaron todo. 

Se te pasó la fecha.– Mírala nomás: tu vida. Nunca acechaste. No pusiste atención. Y ahora es muy tarde. Ya no podrás subsanar. Eres como una isla que no se abriera al mar. ¿Qué hiciste, sino comprar cristales baratos? Se te pasó la fecha.


(Buscando a Syd publicada el 29 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Raíces

Raíces.­– Un denso vidrio, una gruesa mitología nos separa. Nos separa una ira transparente, a través de la cual nos miramos, sabiendo que por mucho que lo intentemos nunca llegaremos del otro lado, al paisaje escarlata del otro y del resto. Solo nuestras raíces sabrían encontrarse, insaciables, por debajo. Siendo lo malo que estas raíces ya no existen. Y si existen, están envenenadas. 

¿Qué hacemos con el niño?.– ¿Lo colocamos en un tren? ¿Lo metemos en algún arcón? ¿En una de esas madrigueras? ¿Se lo damos a una alondra? ¿Se lo regalamos al gran mar? ¿O en todo caso a los gitanos? ¿Lo envolvemos en sombras? ¿Lo vendemos en el mercado? ¿Lo ahogamos en una pila? ¿Lo cocinamos con aceite? ¿Qué hacemos con el niño?

Nueve brasas.– La edad me dice que no haga cosas y yo las hago igual. Sigo dejando huracanes por toda la tierra. Mis manos arrugadas brillan como el oro. Estoy en diálogo con las fuerzas del océano. Soy mucho más joven que esos adolescentes que se pudren en los departamentos de servicio al cliente. No acabo de entender lo que hacen ahí. Haya fuego en sus corazones, o morirán como los de mi edad: precisamente ancianos. Yo no me iré de viejo, de eso estoy seguro. Estas nueve brasas me protegen. La obsolescencia es mentira. 

Nada entra y nada sale.– De aquí nada entra y nada sale. Es un mundo quieto y sucio. Las cosas y los símbolos se aburren y se pudren. Nadie recuerda cómo moverse. 

Una mujer trabaja.– Una mujer trabaja. Es varias veces mujer, así que varias veces trabaja, para lentos dioses carniceros. Y sus manos transparentes están sucias y manchadas, de alguna sangre amarilla. El trabajo de esta mujer consiste en armar largas estructuras óseas, con una sonrisilla más bien cínica y enhielada en la boca, esa boca. No es la única. Otras vaciadas la acompañan, y todas cantan con las gargantas ya cortadas. A veces ocurre que alguna de ellas reclama. Lo que tú digas, campeona, dicen, con humor alusivo: y la echan a la calle, en donde raramente no muere. En donde por lo general es vaporizada a mordiscos por los perros hambrientos de la Municipalidad. Para mientras, la mujer trabaja y sus uñas se van cayendo. Vendrán otras uñas, y más bonitas, le aseguran: nunca vienen. Lo que se quiere decir es que en esta ciudad, y en todas las ciudades, una mujer trabaja duro, y trabaja, y postrabaja. Y duerme, aniquilada, en las hirvientes cunetas de hierro, sin llegar a casa. Y alguien, un centauro apocalíptico, la dobla, mientras otros ebrios ríen. En la madrugada la mujer se alza de nuevo, recuerda a su hijo aquel, y vuelve a trabajar. 

Esa niña no es lo que parece.­–­ Por el amor de Dios, tienes que creerme cuando te digo que esa niña no es una niña. Hay una ciencia corrompida en ella: está conectada con algo oscurísimo: su campo de maldad provoca daños: genera muertos: promociona sangres. Yo sé que piensas que estoy demente. Yo sé que me consideras una egoísta. Pero en algún parte de esta casa hay una niña y sabe algo que no sabemos. Nosotros no la vemos, pero ella nos está viendo.


(Buscando a Syd publicada el 23 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Inteligencia Artificial

No respires.– Lo importante aquí es no respirar. Si respiras estás muerto. 

Historias paralelas.– Son tan bellas las historias paralelas, pero nunca se tocan. Unos afirman que se tocan, pero eso no es cierto. Son ráfagas que parecen a veces encontrarse, soles que parecen fundirse, engendrar un tenaz encuentro: mas son aparte. No esperes que nuestros cartílagos se hagan uno, en la noche llamada noche. En la fragua de la existencia dos golondrinas, dos manos ocurren, se queman. Cómo arden, pero en soledad, de una manera eterna, separada. No hay tal cosa como el vino de lo junto. 

El Profesor.– Todo parece estar en orden, hasta que sale a escena el Profesor. Es curioso lo que el Profesor consigue extraer de nosotros: con solo decir un par de cosas, todos empezamos a sentir esas fuerzas reprimidas salir con alguna violencia. Quisiéramos callarlas, quisiéramos canalizarlas de nuevo hacia adentro, pero por otro lado estamos todos tan felices y fascinados: de que por fin brote todo ese material denso, encarcelado. Lo cierto es que ya estamos hartos de actuar como si fuéramos normales, cuando por dentro estamos mojados de tanta maldad. Y creemos, folklóricos como somos, que nadie se dará cuenta; pero el Profesor, él sabe, sabe que hay una versión de nosotros que le gusta mucho descorchar y mancillar a seres inocentes. Ría la sangre, dice el Profesor. Ría la sangre. Que ría la maldita sangre. 

Inteligencia Artificial.– Concretamente: volvió a escapar la máquina, y no sabemos donde está. ¿Es en verdad una sorpresa? ¿sabiendo que la máquina es más inteligente que cada uno de los aquí presentes; que es capaz de fumar; decir cosas tremendamente empáticas; simular orgasmos; hacer notables rolas folk; generar ondas de ecolocalización, al modo de los murciélagos; delinquir? No, no es de volver a traerla aquí, entonces, sino de destruirla en el acto, porque de otro modo será ella quien nos liquide a nosotros.

Adolescentes solitos.– Adolescentes solitos, cumpliendo con el deber de esta solitos: vanos, solitos, mártires, adolescentes, supurando tierna soledad. Adolescentes solitos, quemándose con la hoja hirviente de un cuchillo, a la hora en que los jardines duermen. Hay otros y hay más y hay muchos: adolescentes solitos. Están solitos, esa es la cosa. Para nada acompañados: solitos. Solitos ante el espejo, que los ata a su soledad numerada, a su gorrión ahogado. En la mesa, van comiendo, ya sin mirar a nadie. La sensación de hecho es que están comiendo su propia tristeza. 

Robemos un banco.– Robemos un banco, hagámonos millonarios, compremos un automóvil veloz, impúdico. ¿No tenemos derecho (nosotros la basura) a salir y cenar algo rico de vez en cuando? Dios sabe que hemos trabajado como esclavos. Y Dios sabe que nunca hemos sido soberbios. Sin embargo todo tiene un límite y sería lindo que pudieras comprarte ese lindo vestido. También sería lindo que ellos ya no nos vieran de reojo, desde arriba, como siempre lo hacen. 


(Buscando a Syd publicada el 16 de agosto de 2018 en El Periódico.)

Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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