'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Un escritor de relámpagos… Es lo que soy... Maurice Echeverría



Aikido

Sería una lástima que los tecnócratas, los asesores, los políticos echen a perder una oportunidad única, malogrando cualquier anteproyecto de despenalización.  

Y aún peor que los moralistas desinformados impongan su punto de vista. Me refiero a los que creen que la despenalización trae más acceso a la droga, cuando no hay más acceso que el actual. Ya no es mi estilo, pero si lo quisiera podría salir en este momento de mi casa, caminar cuadras nomás en determinada dirección, y comprarme un par de grillos. Más fácil que ir a un regular Súper 24. Y yo no vivo en zona roja. Hay quienes llaman por teléfono y piden su narcótico de predilección a domicilio, como una hawaiana, sin que nadie se entere. Por estos días, posiblemente todo funcione vía twitter y mensajitos de texto.

No se puede perder la claridad en este asunto, y la claridad es lo que ya dijera William Burroughs en Drugstore Cowboy hace muchos años: “Yo predigo que en un futuro cercano la derecha va a usar la histeria de la droga como un pretexto para montar un aparato de policía internacional”. Dicho y hecho. El imperio quiere ganar la guerra a la droga, pero resulta que la droga es el imperio. Por tanto hay que salirse de la lógica imperial –la del vencedor.

Me gusta observar cómo se recuperan los adictos: solo dejan de consumir cuando se rinden en el campo de batalla. Algo de lo cual las sociedades podrían aprender un resto. La despenalización (estoy usando aquí el término genérico de cualquier práctica que tiene a subvertir la relación polarizante con la droga) funciona como el aikido: se utiliza la energía del oponente, para así neutralizarlo.


(Columna publicada el 26 de abril de 2012.)

Pancarteando

En nuestro país, el escritor no está inscrito en ningún mecanismo de inserción social, más allá de lo sentimental.

Se ve incluso en aquellos poquísimos escritores que han conseguido la indiscutible gloria doméstica, es decir Miguel Ángel Asturias. 

A quien por cierto todo el mundo celebra, pero a ver cuántos de ustedes han leído, por ejemplo, la trilogía bananera. Pues mienten. Y si la leyeron es porque se la embutieron en el colegio o la universidad. Los libros de Miguel Ángel Asturias, más que libros, han sido funcionarios del sistema educativo.

Lo cuál no sería triste si no fuera como fenómeno algo más bien excepcional. La regla siendo que vivimos en una sociedad que no moviliza sus recursos para acondicionar el fenómeno de la escritura.

Por supuesto, el escritor no tiene nada de especial: solo es uno entre tantísimos otros desheredados del sistema. Y aún cuenta con la ventaja de extraer un aura de ello, sublimar una identidad romántica, crear una valuada marginalidad. Es por esta vía que los escritores y artistas del Tercer Mundo derivan una respetabilidad mártir y los más lazarillos subsidios del Primero. Con ello están en mejor posición que la mayoría de sus conciudadanos. En realidad, no existe nada más repulsivo que un escritor que se queja todo el santo día de que nadie le quiere ni le pone atención (uno también ha pasado por allí).

Pero tampoco es que el escritor no tenga derecho a pancartear, llegado el momento. Si no lo hace él, nadie más lo hará: es su gremio, después de todo. Y siempre hay que recordar que una cosa es ser marginal por elección, y otra ser marginal porque ni modo.


(Columna publicada el 19 de abril de 2012.)

PzP

Mara relativamente joven, allí en Plaza Pública. Tanto Martín Rodríguez Pellecer como Enrique Naveda nacieron ya en los ochenta. Se hacen rodear de firmas recientes, con estamina, promoviendo así la frescura y el relevo. Periodismo para una generación completamente internetizada: pantallas digitales que vienen a ser la prensa del desayuno, solo que a todas horas.

Se ve que hacen las cosas con afecto. Para empezar detectan correntadas de criterio y líneas de actualidad muy estimulantes, con lo cual ya repercuten como punto de referencia para otros medios. Tienen la enorme ventaja de no responder a compromisos adquiridos. El hecho de partir del ámbito académico y no del sedente mercado publicitario –o la camarilla oligárquica– les confiere un filo de independencia.       

PzP le apuesta a todos los géneros periodísticos elementales, con mística de autoría, y firmas convencidas. Hay que destacar el modo en que capitalizaron el blogging (cosa que no supieron hacer del todo o nada los grandes medios del país). Los bloggers tienen eso de fanáticos, tanto que trabajan de a grolis (devaluando lo malo el mercado columnístico). Cuando hay una línea editorial empujándolos, resultan ser muy valiosos. En PzP se da una red solidaria de intelectuales y escritores digitales, algunos mejores que otros, pero todos entregados a ese deporte tan nacional, la opinión. 

PzP seguirá prevaleciendo en la medida que expanda más y más su visión de un periodismo bravo, sináptico, riguroso, incómodo, y un PR inteligente (como el que les dio el contacto de Wikileaks). Que los dioses del periodismo traigan a PzP algún porvenir interesante y medio salvaje. 


(Columna publicada el 12 de abril de 2012.)

Cine y poder

El cine presencia el poder. Así Welles secularizando a un Randolph Hearst en el Ciudadano Kane. O si vamos a filmes más recientes, por ejemplo de la última camada del Oscar, los retratos de un Hoover y de una Thatcher.

No es que sean siempre personas las representadas: pueden ser contextos o sociedades enteras, que ni siquiera tienen que ser objetivamente reales, como en Metropolis.

El cine además de representar el poder es poder en sí mismo. No se limita a contemplar las fuerzas en juego desde una segura zona externa. Es ya completamente responsable de generar situaciones, armando cruzadas narrativas de imagen/sonido, provocando así una catexis determinada en el espectador.

La llamada magia del cine ha servido mucho a los poderes centrales. El caso de Leni Riefenstahl. Pronto veremos la faz de una neoRiefenstahl –y la propaganda de un NeoGoebbels– para la era de la volatilidad videointernética.

Otras veces, el cine transmite el poder de los antipoderes, de aquellos que no tienen voz en las decisiones consensuadas. O de aquellos que tienen voz pero que están igual inconformes. Se supone que en esta última categoría entran un Sean Penn, un George Clooney, hace poco arrestado frente a la embajada de Sudán. No estamos hablando ya del cine solo como lenguaje artístico sino como proceso épico–estelar. 

En ciertos casos, el cine se mueve en zonas fronterizas, sin garantías: no se sabe a quién sirve. Ejemplo: Kony 2012. El problema con la viralidad es que ignoramos de donde realmente viene, y en muchos casos a donde realmente va.
                                                           
                                                           
(Columna publicada el 29 de marzo de 2012.)            

Los idos y los muertos

Primero Recinos, luego Banús, después Luz Méndez.

La república misma de la tristeza.

Recinos, el verdadero artista guatemalteco, con aspecto de rabino, en típico. El Teatro Nacional fue lo mejor que nos dejó, y nada envidia a los mejores teatros del mundo.

Ramón, afectuoso y anfitrión. Su muerte me parece que merecía más ruido. En sus cuadros y dibujos, se movía anfibio lo mismo en la fantasía que en la realidad.

Luz, tan nerviosa y tan luz. El compromiso con la palabra. El norte guerrero de su lucha.

Así como ellos, otros irán dejándonos. Pero antes que lo hagan, que sientan y sepan lo importante que son para nosotros. Personas como éstas hay que merecerlas, lo cual quiere decir: conseguirles mejores y más dignas condiciones de trabajo... enmarcar, preservar, emanar vehementemente sus legados... excitar toda suerte de comentarios críticos, documentales y homenajes…

Es verdad que entrevisté a Recinos, a Ramón, a Luz Méndez –varias veces creo– pero nunca realicé con ellos la Madre Entrevista que me hubiera gustado. Ideal habría sido conversar con ellos en “Dos más uno”, ya no se pudo. En fin, eso solo me dice que tengo que apurarme en entrevistar a los que nos quedan, antes de que les caiga un satélite, se mueran de cirrosis, se corten las venitas, o se mueran de decrépitos.

Ya me confirmaron para los próximos meses: el maestro Roberto Cabrera, Regina Galindo, González Palma. Tengo que pedirle a Joaquín Orellana que me acompañe, en su año. Y por cierto: la otra semana, cerrando el ciclo de periodismo, entrevistaré a Ana Carlos y Harris Whitbeck. En Sophos, a las 18:30 horas, el lunes 26.


(Columna publicada el 22 de marzo de 2012.) 

Elogio del huevón

Luis V, apodado "el holgazán"
Dios bendiga a los holgazanes: algún día seré uno de ellos. 

No es título, el de holgazán, que pueda reclamar para mi persona, muy a mi pesar. Día a día me sorprendo laborando hasta la deshidratación. Por demás sin réditos notables, porque dinero, lo que se dice dinero, nunca he sabido hacer. Y cuando me pongo a buscar clientes como idiota es cuando menos los encuentro.

Pero he notado que si dejo de buscarlos, caen como moscas. Así que he decidido empezar a trabajar en eso de no trabajar, si me permiten la contrariedad.

Admiro al pánfilo holgazán, esa criatura levantina durmiendo la siesta, vago convencido que intuye que el pujar es cosa museística. Y aquí me refiero al vago absoluto, no al vagabundo: el vagabundo todavía se está moviendo. Cuando lo de veras interesante es el ente sin traslación, sin trayecto: como mi gata, o los reyes de Francia. Los hay –han de saberlo– que inclusive fueron apodados “fainéants” (huevones). Pueden ustedes encontrarlos en distintas líneas de sucesión, así la merovingia o carolingia. Al Rey Luis V de Francia le llamaban el Indolente. ¡Qué nobilidad!

Pero siendo de veras franco, al que más admiro es al haragán extático (también llamado: Lamprea Contemplativa) cuya soteriología inmaculada consiste en verse el ombligo por toda la eternidad. Hablo del ascético peluche.

Está eso de Rumi: “Los místicos son expertos en pereza. Se fían de ella porque están viendo continuamente a Dios trabajar a su alrededor”. Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, etcétera. Esos cuates la tenían bien clara.

Cada día creo menos en la noción del esfuerzo. Cada día creo más en el huevón.


(Columna publicada el 15 de marzo de 2012.)

Más hormigas

Desde el huracán crepuscular, las hormigas. Con su infinitud millonaria de patitas obscurecidas, mas allá de cualquier estadística humana. No habituales hormigas, sino medio satánicas, pues estas hormigas, no sabemos cómo, se lo hartan todo. Dejan tras de sí un sabor dulzón y químico a muerte, un blues de ausencia y defoliación. Hormigas que se comen las ciudades; y se comen cómo no las carreteras que llevan a las ciudades; y se comen a los mismísimos albañiles que construyen las ciudades. Estos formícidos almuerzan las recias mansiones de la muscular oligarquía local pero también roen los cachivaches de los pobres sin balada tan chupados por la vida. Es una supernova de antenas recorriendo glandularmente las calles, socializando su hambre metafísica, navegando en los malls, subiendo y craquelando los edificios, de lo alto a lo bajo y de lo bajo a lo gris, desintegrando las guitarras de las bandas de mechudos sin talento, secuestrando a secuestradores, castrando concisamente a violadores, quitándole de vuelta el níquel a las mineras, licuefaccionando las ametralladoras de los narcos, mascando a tantos estériles futbolistas. Se podría pensar que estas hormigas –cabeza, tórax y abdomen– tienen una misión buena, sana y justiciera en la vida, que fueron enviadas por el Ser para desmantelar lo Injusto, pero semejante programa es imaginario, pues en realidad estos insectos (tan intercalados, tan ápteros) se comen lo malo pero también lo mejor: engullen las ruinas arqueológicas, destazan y devoran las siembras, o mastican las carretillas de chancropanes, también llamados “chucos”. Ay, todo se lo están hartando.  


(Columna publicada el 8 de marzo 2012.)

Prosas cabareteras

Si mis cálculos están correctos, Buscando a Syd cumple este año una década de respirar. Estas columnas, estas prosas cabareteras, me han dado un pequeño público, una pequeña voz.

Uno viene a entretener. Uno es como Panchorizo haciendo sus malabares. En mi caso, malabares gramáticos. Los columnistas no podemos perder de vista nuestro rol bufón en los diarios. De lo contrario, corremos el riesgo de alucinar que el curso kármico de la nación recae sobre nuestros hombros, una superchería absoluta. Odiosos esos periodistas que tienen el arquetipo héroe subido hasta la coronilla y redactan sus columnas con escalofriante solemnidad mesiánica, un moralismo insufrible y un analretentivismo ideológico que les va a traer en el futuro problemas de salud. Consciente o inconscientemente, se han adjudicado la labor de salvadores en todas sus actividades periodísticas, y este complejo crístico les pudre el estilo, o a lo mejor ya lo tenían podrido desde siempre. En las redes sociales, hay entidades equivalentes que ya ni llegaron a periodistas, y nunca, pero nunca, cierran el hocico. Es que no paran de alegar.

Mejor sería aceptar de una buena vez la naturaleza cabaretera de nuestro oficio. Ideas y adjetivos. Estamos aquí para amenizar. Cuando me estoy poniendo demasiado solemne en Buscando a Syd, trato de cortar de tajo con una mínima imbecilidad, un toque levemente Poncela, que vodevilize nuevamente mi atmósfera columnística, y me recuerde mi identidad charlatana y corcovada, la de un fantoche clown que saca retruécanos patéticos de un sombrero añejo ya.


(Columna publicada el 1 de marzo de 2012.)

El de las respuestas

Mi pasión por el género de la entrevista no se extingue. Me encanta entrevistar, me fascina que me entrevisten, me embrujan las entrevistas hechas a otros. ¿Qué mejor para mí entonces que entrevistar a un entrevistador y hablar de sus entrevistados? El próximo lunes, hablaré con José Luis Perdomo en el espacio Dos más uno. Así es cómo el de las preguntas se convertirá alquímicamente en el de las respuestas.

Lo suyo es la entrevista de autor, más que nada orientada a la literatura. Se ha interesado exclusivamente por esa animal pujante: el escritor. Entiendo esa manía. La literatura es un territorio periodístico exquisito. Pensemos por ejemplo en aquella entrevista clásica que le hiciera Plimpton a Hemingway para Paris Review: un evento cultural fundamental, infatigable.

Perdomo es tan preciso en la entrevista escrita como en la oral, en lo redactado como en lo dicho. De él aprendí muchas cosas, siendo una de ellas el ser asertivo y decir con fuerza, a la hora de preguntar. Suyo es el arte de hacer de la interrogación una perfecta ocurrencia: la pregunta como género literario por derecho propio. Entrevistamos conjuntamente a José Samarago, lo cual me dio chance de asistir al proceso entregado por virtud del cual Perdomo asume la entrevista literaria.

Que Perdomo se decidiera a reunir muchas de sus poderosas conversaciones en su libro La última y nos vamos ha sido un completo acierto.



US Junkie

Estados Unidos pretende aleccionarnos sobre los peligros de relacionarnos con la droga abiertamente, como si estuviese en posición de ofrecernos semejante cátedra.

En ello es exactamente igual a uno de esos junkies duros que tratan de decirle a otros cómo evitar la sustancia, mientras ellos mismos no pueden sacudírsela de encima. Lo cual por demás se refleja en el hecho que en nuestro propio país estemos descubriendo preñados toneles de materiales químicos para drogas de diseño.  

Drogas de diseño que ciertamente no corresponden a nuestro consumo local. Porque de hecho, en lo tocante a droga, nuestro problema raíz nunca ha sido el consumo, sino el trasiego. Del mismo modo, el problema raíz de los Estados Unidos no es fundamentalmente el trasiego: lo es el consumo. Pero ellos han insistido en decir a lo largo de las décadas, por medio de una remachante maquinaria de relaciones públicas, que el enemigo número uno y exclusivo de todos y para todos son los productores y los traficantes, lo cual en el mejor de los casos es una verdad a medias. ¿Cuál es la verdadera razón por la cuál no suavizan su posición, en pos de una genuina corresponsabilidad?

El problema de droga de los Estados Unidos no es igual al nuestro, y sobre todo no es nuestro problema. Nos han impuesto su propio problema de drogas, y también quieren imponernos su solución. La misma no ha servido nunca, y sigue sin servir.


(Columna publicada el 16 de febrero de 2012.)

Nada que ver

No me hago bolas con eso de envejecer, no me importa envejecer, envejezco. Envejezco incluso rápido. A veces me da la impresión que más descaradamente que otros. Será mi naturaleza ectomórfica, nerviosa, artaudiana. En todo caso, lo cierto es que mi rostro ya no será confundido, en adelante, con algo de verdad mirable. Estas arrugas pariéndose. Estas canas, ya.

Hoy me encuentro en una posición en donde superé en edad a mis héroes muertos. Eso pensaba el sábado en la noche, mientras veía en TCM la película de Clint Eastwood sobre Charlie Parker. Parker murió a los treinta y cuatro. Cuando yo tenía veinte pensaba que individuos como él estaban más cerca de la eternidad que cualquiera. Pero resulta que ellos se metieron un escopetazo, o se ahogaron en su propio tibio vómito. Lo único que tenían era talento. Lo cual ahora me da mucha ternura.

Cosa bonita de envejecer es desmitificar empíricamente eso de que los viejos saben algo que los demás no saben. Se precisa desenmascarar la mitología del anciano adamantino. La mayoría de ancianos no han hecho otra cosa que acumular herrumbre y excrecencias. No entienden más el misterio del ser que un recién nacido, aunque han amalgamado un montón de palabras, gestos, tonos, y algunos, los más sofisticados, formulaciones filosóficas y doctrinales muy complicadas con las cuales pretenden convencernos de lo contrario. La experiencia como ignorancia especializada.

Satie lo sintetizó de esta manera: “Cuando era joven me dijeron: ya lo verá usted cuando tenga cincuenta años. Ahora tengo cincuenta y no he visto nada.”

Satie no vio nada porque no había nada que ver.


(Columna publicada el 9 de febrero de 2012.)

Motagua

Me tiene contento la CL6 con ese disco que acaba de sacar, y que se llama: Motagua.

Ha puesto canciones allí que son sobre todo suyas, rápido se le prenden a uno, un álbum bien escrito, con alma, relato interior, que cohesiona lo dulce y lo abusivo, lo rico y raspador, lo oscuro y gitano de la vida. Oigo temas como Lágrimas de té, La Navaja, Las palabras, o Las alas de Ivy, rapidito me voy emocionando.

Con este proyecto consiguió pilotear una visión personal –siendo tan fácil perderla en el camino– pero simultáneamente consiguió darle espacio a la colaboración avispada, tanto en lo que se refiere a producción propiamente como en cuanto a músicos invitados, todos muy especiales. El resultado es pura carne y poesía, en trece rolas, con momentos que le paran a uno los pelitos, o sea el bliss. La modestia de recursos nunca riñó con la dignidad y la ocurrencia.

Este proyecto de Claudia no tiene otra agenda que la música misma, por tanto es un disco libre e individual. Lo que ella oferta no mimetiza ni repite lo que gravita en nuestro medio, y esa misma insularidad la convierte en un punto de referencia estimulante.

Por otro lado, Claudia tiene esa cualidad hibridante, amalgamante, que la ha llevado a reunir pulsiones y coloraciones auditivas muy distintas, tonos emocionales que van desde lo denso hasta una alegría a ratos hasídica. Al final, ya cualquier etiqueta es inútil. Queda lo impuro y lo mestizo. La placa le hablará a personas con gustos y criterios musicales muy distintos, desde su extraña coherencia y fluidez.

El disco Motagua de Claudia Armas está a la venta en librería Sophos o Bar Central.


(Columna publicada el 2 de febrero de 2012.)

Dos más uno



Nos gusta ignorar, nos gusta criticar.


Ignorar consiste en sacar al otro de nuestro campo de atención y de cualquier sistema formal de valoración, inclusive peyorativo. No hay presenciación del prójimo. Hay ninguneo.

Y está desde luego eso de descalificar sin tregua.

De tanto ignorar y de tanto criticar, nos hemos convertido en una sociedad que no sabe honrar a los suyos. De allí que la admiración cause un montón de incomodidad. Si un espíritu de tributo surge espontáneamente en una situación social, a menudo es objeto de burla o devaluado. Los géneros laudatorios no son cultivados, salvo en un marco caricaturizado, pegajoso, nauseabundo y solemne. Cuando finalmente nos decidimos a celebrar a los nuestros lo hacemos de la manera más programática y cutre posible. Es la gratitud de la cursilería.

El año pasado, viendo en la tele un conmovedor acto de reconocimiento a Morgan Freeman, me planteaba a mí mismo la necesidad de elaborar un foro para celebrar a aquellos que se han dedicado a generar conversación cultural en Guatemala. Muy pronto amarré la idea para Dos más uno, un espacio de entrevistas en vivo cuyo objetivo es intensificar la gratitud y un sentido de fascinación por aquellas figuras que refinan nuestro medio con su talento, trabajo e ideas. Considero que la entrevista es una forma muy seria de homenajear al otro.

Dos más uno dará inicio el próximo lunes 30 de enero en Sophos con una entrevista a Juan Luis Font. Arrancamos a las seis en punto. Todos invitados. 


(Columna publicada el 26 de enero de 2012.) 

2012 (y 3)

Me he referido pues al 2012 como un momento, pero yo no lo veo en realidad como un referente cronológico supersticioso y taumatúrgicamente preciso: a mi modo de verlo, empezó mucho antes del 2012 y continuará años –quizá décadas– después.

Para mí, 2012 debería ser sobre todo una decisión consciente y una zona de interrogación. Una oportunidad civilizatoria, un argumento para decidir nuestro destino tanto como humanidad y como parte de una red más grande y relevante que nosotros.

Si el 2012 es un nódulo energético extraordinario o una decisión culturalmente construida, si responde a una singularidad cósmica o se trata de un milestone creado, es hasta cierto punto irrelevante. No es cuestión de adoptar un formato de criterios o creencias dado, sino de permitir una crisis de consciencia que nos permita conscienciar la crisis.  
A todo sistema individual o colectivo de vida le llega ese momento cuando tiene que abrirse a una transformación total… De no honrar ese momento, muere, ya sea de un corte violento o por medio de un proceso gradual y canceroso de entropía... La aniquilación puede ser apocalíptica o bien una variante de desesperación callada… Un gran tsunami que lo anega todo, o una lenta fagocitación de dos siglos…

Si no aprovechamos el propio poder de cambio, lo perderemos. Si no superamos nuestros bloqueos epistemológicos, nos hundiremos. Más que ocuparnos en desmitificar el 2012, deberíamos enfocarnos en asumir la revisión última de nuestra civilización, hacia una cultura de la presencia y la responsabilidad universal.


(Columna publicada el 19 de enero de 2012.)

2012 (2)

El 2012 refleja por un lado un síntoma de crisis. No hay por qué considerar esta tono opaco como una extravagancia mórbida. No podemos darnos el lujo de seguir considerando la contingencia global como un mero delirio paranoico. El caos es toda vez factible. De hecho, el colapso planetario es algo que ha ocurrido recurrentemente en el pasado. Es acaso un modo de pensamiento mágico considerar que el paisaje elemental, orgánico y sensible del planeta sabe siempre cómo organizar y mantener su propia supervivencia. En particular, no tiene caso ser tan arrogantes como para pensar que esta forma humana es permanente, y que cuenta con recursos infinitos para perpetuarse y regenerarse a sí misma. En su campo, más bien se percibe un gran desorden, detectable en distintas esferas, por caso la ecológica, financiera o geopolítica. 

Por otro lado, hay quienes dicen que se está ensamblando una especie de franca apertura, una transición especial. Como humanos, estamos inventando día a día nuevos modos de relacionarnos con la materia y la vida, generando experiencias y universos hiperestimulantes, empoderando creativamente a individuos y sociedades antes monolíticos, empujando nuevas formas de ciudadanía, creando redes inusitadas de comunicación y convivencia, democratizando los poderes expresivos, experimentando conversiones culturales profundas, formulando hallazgos científicos formidables, estableciendo penetraciones profundas en la naturaleza de la realidad...

Dos polos para un mismo momento. El secreto consiste a lo mejor en no encerrarse en un optimismo sin valladares o, su contrario, un escepticismo paralizante.

Es posible mantener una confianza en nuestros recursos como especie, sin perder por ello la humildad y un sentido básico de nerviosismo ante el porvenir. Es aconsejable creer que hay puntos críticos –puntos de no retorno– en la historia, sin que tal perspectiva nos desempodere, sino, más bien, atice nuestro compromiso. 


(Columna publicada el 12 de enero de 2012.)

2012 (1)

Soy fan duro de esa trama llamada 2012.

¿Es el 2012 mito o realidad? El 2012 es muchas cosas. Digamos que es un cluster de perspectivas, no necesariamente alineadas, elevando una zona de atención sobre nuestra condición actual y futura. En este cluster, encontramos perspectivas muy delineadas y otras más bien híbridas.

Un registro de visiones que van de lo mágico y lo profético hasta lo culturalmente asumido y la posmodernidad en pleno… Posiciones tanto oscuras y apocalípticas como consoladoras y arcoirisadas… Explicaciones deterministas o frontalmente existenciales...

Y si bien hallamos enfoques inocentes, acaso irrisorios, quizá cómicos, muy irracionales, otros en cambio son meticulosamente racionales, brutalmente escolásticos, acuchilladoramente penetrantes –hablo de científicos ultrapesados, geniecillos de la teoría de sistemas, futúrologos brillantes…

De esa cuenta, hay que entender que aparte de aquellas versiones crasas y amarillistas del 2012, hay a la par otras que son muy dignas, y personas en verdad perceptivas reflexionando sobre este momento, y anunciando su importancia crítica.

Algunos entienden el 2012 como un gran evento polarizador. Conjeturan que a partir de este punto se van a acelerar notablemente las corrientes destructivas y fragmentarias –deseo, ignorancia, agresión– pero también los movimientos de consciencia que tienden a la construcción de una sociedad iluminada. Parte de la población se sumergirá en esta corriente de apertura; otra parte permanecerá ciega a los signos, esto es: a las posibilidades.


(Columna publicada el 5 de enero de 2012.)

Urbanomántico

No me van a robar la ciudad. Ni arrinconar en las tumbas pálidas del miedo. No seré ceniza de cuatro muros. Aquí el alma al servicio de las diez mil miradas. En consideración a los que sufren en la calle es que yo salgo a la calle. Quiero ser la entidad que reparte lenguas a través de los kilómetros cuadrados. En el corazón de cada esquina levanto un altar. Camino por esta nave fantástica hacia la proa de las aglomeraciones. Somos un pueblo de reyes. Comerciamos con los guerreros más altos. Mis ojos ven lotos cuando otros miran sangre. Y miran sangre cuando otros ven anuncios de celulares. Mañana, otros mil edificios resplandecientes habrán ya nacido, como surgidos de una deidad de espejos. Quiero estar allí para verlos. Lo triste es no contemplar los diciembres ahorcados que cuelgan de la Torre del Reformador. Sé bien que soy la ciudad: no se requiere que nadie me lo diga. Comprendo que la ciudad es una alhaja luminosa y numinosa que está por encima del orden y del desorden. Todos los alcaldes –que son uno solo– mueren sin entenderla, sin captar su dulzura y su crueldad, sin participar de su libertad alucinada. Resbalo entre mil grietas, y caigo a otra ciudad, que es la misma. Estos son mis territorios. No me van a robar las avenidas. Hay centros y hay periferias. Hay viejas pieles de serpiente sobre las rocolas chamuscadas. Otros se refugian en albercas vacías. Allí tiemblan. Que los asesinos maten a los asesinos, es lo que más desean. Un deseo absurdo por demás, porque en esta ciudad nadie ni nada muere, y todo lo que muere regresa a la ciudad.



(Columna publicada el 29 de diciembre de 2011.)

Intervención

Por tradición es que uno escribe contra la Navidad. Mantengo esta costumbre folkórica antinavideña como otros mantienen la costumbre de coordinar una degollina tecnificada de chompipes para luego engullírselos en grandes sesiones de hartazón y adiposidad grotesca, eso sí dando gracias por la vida, y con lágrimas en los ojos.  

No hay idea más corporeizada que la Navidad, mito o fantasía minuciosamente convertida en sensación –por tanto en deseo– por el mercado.

Cuando alguien me dice “ay qué linda la Navidad” yo me introduzco –por virtud de una técnica yóquica muy especial (que ya les explicaré en otra columna)– en su mente, recorro los diversos materiales de su strata psíquica hasta llegar a un punto en donde se acurruca y muere del frío una enorme soledad.

Del otro lado de la calle, hay una casa en donde siempre decoran con infinidad de foquitos y arreglos, así como deidades polares diversas llamadas: “Snow Man”, “Santa”, “Rudolf”. Tanta luminosidad y refulgencia no se da ni en los Campos Elíseos. Espero que ningún circuito eléctrico viejo vaya a originar –accidentalmente, por supuesto– un fuego que termine con esta residencia y meticulosa parafernalia navideña…

Uno piensa que a la Navidad hay que ponerle límites. Es una fiesta que simplemente se nos fue de las manos, superestructura mutante, monstruosidad babélica. La sociedad de consumo ciertamente no lo hará por nosotros. Como en el caso de un usuario de meth que ya no pudiera parar, toca juntar a la familia y realizar una intervención, con un enfoque axiológico de amor duro, para la ingobernable Navidad. 


(Columna publicada el 22 de diciembre de 2011.)

El bebé no se tira

La historia de la espiritualidad común nos muestra una altiplanicie desagradable en donde se enredan y traban los más fantásticas escándalos y abusos económicos, sexuales y de poder. Llevan la razón aquellos que critican a la religión y sus coaxiales defectos. El problema es cuando estos críticos tiran al bebé –el bebé búdico, crístico, o el que fuere– con el agua de la tina. Lo noto en mis amigos intelectuales y artistas: esa reticencia crónica –a veces enfermiza– hacia cualquier cosa remotamente espiritual. No puedo dejar de pensar que se están negando a sí mismos poderosas dimensiones de desarrollo y conexión.

Tanto la fe ciega como el escepticismo ciego paralizan a las personas. ¿Qué hacer para que la espiritualidad vuelva a sentarse en la mesa de la inteligencia, y converse con los valores laicos, y de hecho los incorpore a su axiología, asumiendo los legados de la razón y posmodernos? ¿Cómo planteamos un enfoque espiritual que se atreva a trabajar con la propia sombra? Sobre todo, ¿cómo generamos una espiritualidad abierta? En Guatemala estamos muy necesitados de diversidad espiritual. Los enfoques dominantes actuales son necesarios, pero insuficientes.

Con esta idea en mente, imaginé el año pasado una iniciativa llamada Diez Justos, que me llevó a realizar una serie de entrevistas a personas con variadas perspectivas espirituales. Ahora, bajo la misma inspiración, echo a andar un club de lectura, en torno a obras iluminadoras y significativas. La presentación básica del mismo se llevará a cabo hoy a las 18:30 horas en librería Sophos.


(Columna publicada el 15 de diciembre de 2011.)

A la calle

Muchos se pasan la vida sin cerrar el maldito pico, como las guarrachicas de Jersey Shore. Es que no paran de hablar o de moverse. La humanidad lleva por dentro esa decoradora maniática empecinada en redistribuir el mobiliario del orbe y así hallar esa soñada fórmula quintaesencial que lo hará por fin habitable.

Los sabios (y no me refiero a los que necesitan construir un acelerador de hadrones de 6,000 millones de dólares para entender la realidad, mientras los pobres miran) nos recomiendan otra cosa. En lugar de tratar de cubrir de cuero todos los caminos del mundo, optemos mejor por ponernos zapatos. O dicho de otro modo, hay que ordenar la propia consciencia, cuyo parecido a una casa de putas es fascinante. Yo les sigo el consejo, a estos Yodas, y en eso he estado, durante cinco años, que es la edad del hijo que no tengo. O sea que dejé de ir a los conciertos, a las fiestas, a las pequeñas reuniones de formica. Me senté en un zafu, y me puse a trabajar. Tan distinto a ver un millón de reels proyectados en una pantalla neurótica en un cuarto sin nadie, con los genitales tapados con una servilleta, a lo Howard Hughes.

Ahora bien, tampoco soy maje, y mi intención dista mucho de quedarme solo. Por eso últimamente he estado consintiendo en mí la posibilidad de emerger del tupperware y socializar de nuevo, salir a la calle sebosa, tan triste y tan alegre, y dar y recibir abrazos. Patojos no, que no doy para tanto. Pero sí recuperar el mundo, sin perder la calma.
                                               

(Columna publicada el 8 de diciembre de 2011.)

La democracia interior (II)

Todo individuo tiene la responsabilidad pues de mantener una práctica ciudadana independiente: cualquier foco de intermediación entre su persona y el poder democrático es potencialmente peligrosa. Lo importante es que comprenda que su integridad cívica no depende para nada de que un político (o bien su rival) haya ganado las elecciones. Si la misma dependiese de los gobernantes y sus gobiernos, todo estaría perdido. Por fortuna, nadie le puede dar a nadie la democracia: cada cual se la tiene que dar a sí mismo. Cada uno posee en su interior una fuente latente de valores y talentos ciudadanos.

Los sujetos que no cultivan la democracia interna son como loros repitiendo los mismos eslóganes mórbidos de indignación ante la realidad nacional: carecen completamente de creatividad política. La democracia interior garantiza que nuestra confianza en la democracia no se erosione.

Empieza siendo una democracia de la cotidianidad, que fluye a las relaciones ordinarias: las cosas y seres alrededor y la realidad vivida. La persona va creando situaciones democráticas en su ambiente inmediato, lejos de todo enfoque mercantilista o explotador. Ésta y no otra es la democracia directa.

Es solo a partir de esta base tan genuina que procede a expandir su vida democrática a las instituciones e instancias sociales más complejas, que no son en ningún modo irrelevantes. Si en este espacio se ha criticado la democracia externa, es solo en la medida en que no participa de lo interno. Hay que saber que la electricidad ciudadana se origina en un lugar nada más: en el corazón del individuo que ha decidido ser un vehículo de la democracia profunda.

Casi ni hace falta decir que cuando muchos de estos individuos se reúnen, algo arrollador ocurre.


(Columna publicada el 1 de diciembre de 2011.)

La democracia interior (I)

Posguerra: hemos visto gobiernos ir y venir, siempre insatisfactorios. Gobiernos que nacieron en el seno de una democracia puramente externa, sin implicación real del individuo. Es la democracia de las instituciones, de los funcionarios, de la intermediación compulsiva, del legalismo carnicero. La democracia en donde la participación se reduce a un evento apariencial. Una democracia alienante, impuesta desde fuera.

El ejercicio público se pierde en rituales vacíos. Las urnas difícilmente se constituyen como una expresión equilibrada del sentir general (vean los resultados recientes en España). El sufragio no pasa de ser una cáscara vacía, sin corriente democrática.

El problema es que invertimos la totalidad de nuestra atención en una democracia crudamente objetiva, y para compensarlo, se precisa vindicar otra clase de democracia: la democracia íntima, la democracia personal, la democracia interior.   

Se nos olvida con demasiada frecuencia que la democracia no es solamente un asunto colectivo: también –quizá sobre todo– es un asunto propio. Algunos pensaran que esto contradice la definición de la democracia –entendida como pacto social– pero hemos de recordar que el individuo es un colectivo en sí mismo: es masa. “Yo soy inmenso, contengo multitudes”, dijo Walt Whitman. ¿Cómo tomarlas a todas ellas en cuenta? En este respecto, se ha venido hablando en los últimos años de “democracia profunda”.

Si no asumo, en tanto que individuo, todos esos valores de la democracia y los aplico, en un movimiento de integridad básica, a mi consciencia propia, y a mi contexto inmediato, ¿con qué derecho voy a exigirlos a un gobierno entrante?


(Columna publicada el 24 de noviembre de 2011.)

El canalla

Hablaré del canalla. No del que ustedes están pensando. Hablaré del canalla en general.

Algunos son canallas a mucha honra. Otros, como si no fuera con ellos la cosa. Hay grandes canallas al estilo Nerón, o diminutos canallas de medio tiempo. Los amateurs no saben lo que es meter la pequeña bola blanca con el driver a una distancia de trescientas yardas en el agujero perfecto de la hijaputez. No son así de consumados. Pero se empeñan. Canallas con plata y canallas lumpen. Canallas moralistas (creen que los canallas son siempre otros) y canallas en campaña. Los que planean sus estrategias ruines como ajedrecistas en concurso y luego los canallas temperamentales. Canallas esotéricos (moviéndose en la sombra) y canallas exotéricos (hacen sus marranadas en pleno ágora). Conozco canallas ilustrados –con la gracia de un cuadro de Poussin– y otros toscos como machete en desuso. Hay despreciables canallas liberales y canallas antigay. Está la hinchada canalla pero asimismo la canalla hinchada. Hay canallas huehuetecos, canallas tex mex, canallas en Dinamarca (lo demostró el Bardo). La canalla política es muy popular. ¿Saben que existen los llamados Estados Canallas? Canallas luminosos fueron Villon, Diógenes, y en la actualidad posiblemente Sabina. ¿Qué serían de las rockolas sin lo canalla, sin el efecto canallizante?

Para tener una idea del rasgo canallesco, uno puede hacer dos cosas: leer a Céline, o simplemente ver adentro. Por su vecindad, por su granulado colorido, el canalla interior es de todos el más digno de estudio. Allí encontrará uno la verdadera canallosidad, la sabrosa canallencia.

(Columna publicada el 17 de noviembre de 2011.)

El Eurovirus

Se ha venido hablando del “contagio de la deuda griega”. La hiperintimidad  de los espacios financieros obliga a situar el problema en términos víricos. En la última de Soderbergh, un Laurence Fishburne habla de un virus sin protocolo de tratamiento y sin vacuna. Lo mismísimo en la Eurozona. Todo el mundo corriendo, tras el lapis philosophorum que va impedir que la economía mundial se derrumbe en plan Casa Usher. La semántica mediática baraja expresiones tan sexis como: inyección financiera, reestructuración de la deuda, austeridad, reforma fiscal, recapitalización bancaria... Cada vez hay más sujetos deambulando en trajes de inmunidad, pululando en el área de inficionamiento. Si antes mirábamos sobre todo los rostros catalizantes de una Merkel y un Sarkozy, el summit G20 de la semana pasada aportó necesariamente un toque ecuménico al falansterio anticrisis. Ante esta respuesta coral, el escenario del ostracismo se plantea con más y mejor rigor. La crítica al referéndum –comprendido como un desafío localista– fue brutal, y costó la cabeza a Papandreu (le sigue Berlusconi). La salida de Grecia –el Sujeto Zero– del sistema de moneda única se transformó por un momento en una posibilidad ya formalizada. ¿Volver al dracma? ¿Podríamos hablar de desglobalización, de una refragmentación de los mapas institucionales y económicos? ¿Sabían que la palabra crisis viene del griego y significa dividir? A todo esto, un pernicioso programa Smith busca replicarse en el resto de la euromatrix: Portugal, Irlanda, Italia, España… y más allá… De pronto, las profecías mayas del 2012 empiezan a adquirir alguna clase de oneroso sentido. 


(Columna publicada el 10 de noviembre de 2011)

Amniótico

El fin de semana fui utilizado de sparring por uno de esos virus que son diseñados y liberados cada dos-tres meses por una muy notoria empresa de pañuelos desechables desde su laboratorio secreto de terrorismo biocorporativo presumiblemente localizado en el Cáucaso septentrional.

Ya saben: uno de esos virus.

El horror como fiebre. Como si el mismísimo Agní, dios védico del fuego, me estuviese devorando los tejidos con su llama.

A ratos dormía, para luego regresar a la consciencia en sudor helado, luego me despeñaba nuevamente a un estado aceitoso de irrealidad y delirio.

Soñé por cierto con Otto Pérez Molina; que estaba jugando básquet con él. Y yo le preguntaba por sus anteojos. Y él me respondía: «Es que me operé con láser».

Y en ese momento caí en cuenta que Otto Pérez no era el de los anteojos. Y allí mismo abrí los ojos, en la tiniebla del cuarto.

Decidí llamar a la farmacia, para pedir a domicilio algo que me bajara la fiebre. Mientras aguardaba al motorista, me recosté, pensé en Lucía, en los encapuchados, en todo esa cosa fea de Pana.

Si fuera residente en Pana –y lo fui hasta hace poco– y estuviera enfermo, me encontraría en un estado de paranoia relativamente avanzado. Ya de por sí me pongo perturbado siempre que me sube mucho la temperatura. Pero la perspectiva de que una cuadrilla teledirigida de minutemen pueda estar detrás de mí o de cualquiera –y no precisamente para tomarse un café en el Crossroads– es una condición cooperativa bastante rotunda como para que aumenten las vibraciones de miedo a niveles yo diría desagradables.

Atizadas por la mórbida fiebre, alucino con imágenes de cadáveres suspendidos en el frío líquido amniótico del lago.

Es terrible.

Pana ya no nunca será igual.

Tocan el timbre: debe ser el cuate de la farmacia. Por un momento, tengo miedo de abrir: ¿y si del otro lado de la puerta hay un encapuchado nazi listo para abrirme con algún fierro largo la mollera?

Respiro hondo y abro. Un regular tipo, un poco jetudo, pero no está encapuchado. Casi le pregunto por quién va a votar –por hacer conversación– pero en el acto me doy cuenta que no quiero oír la respuesta, cualquiera que sea.


(Columna publicada el 3 de noviembre de 2011.)

Más allá del sentido

Por estos días, es como si mi sistema biológico todo estuviera rechazando cualquier noción de finalidad o dirección unificadora.

No estoy hablando de ese proceso, más bien ordinario, por medio del cual la realidad se vacía de sentido. Tampoco se trata de una vulgar regresión a un etapa existencialista. Y no he emprendido ninguna anarcocruzada para detruir el propósito de mi vida o la de nadie, un disparate, teniendo en cuenta que la destrucción del significado le da por demás significado a la destrucción: o sea un perfecto e inútil círculo vicioso.

En realidad, es algo mucho más inquietante. El mecanismo neurologizante que me hacía volver una y otra vez a crear definiciones de intención está colapsando.  ¡Y todo ello ocurre sin mi consentimiento! En cierta forma, es como si la noción misma de linealidad sufriera alguna clase de intervención radical. Como que me estuvieran removiendo el apéndice o algo así. ¿Me estarán revomiendo el apéndice del sentido?

Como sabemos, el proceso evolutivo funciona a modo de ensayo y error. Puede que la vida haya venido explorando a través del ser humano la operatividad de la consciencia en general, y en particular del sentido u horizonte regulador, como un modo de autoproliferación. En cuyo caso lo que nosotros llamamos designio o raison d´être no vendría a ser otra cosa que una estrategia experimental en el seno de la adaptabilidad biológica. Y ahora la vida se da cuenta que es una estrategia ampliamente disfuncional. ¿La retirará del mercado como el CEO de una empresa de informática retira un software que no rinde frutos?

No podríamos criticar a la vida por hacerlo. Está claro que hemos convertido nuestro sistema de aspiraciones en un modelo compulsivo que amenaza la vida misma. Todos nuestros relatos seculares o trascendentes sin excepción han sido y continuarán siendo focos de fragmentación y toxicididad. Para que sobreviva el planeta, se precisa que las fantasías de la especie humana, con todas sus salutaciones e ideologías contradictorias y parroquiales, mueran.


(Columna publicada el 27 de octubre de 2011.)

El gran deslave

La semana pasada fui a Candelaria, y la experiencia merece de sí una columna, pero no es de ello de lo que quiero hablar ahora, sino de mi retorno a la ciudad, por una carretera apocalíptica, las paredes de tierra echando espuma plomiza, vomitando agua, tantos derrumbes, cuántos derrumbes, si no vi por lo menos treinta derrumbes que me corten entonces la mano, grandes segmentos de ladera en cada curva, masivas formulaciones de lodo y raíz, árboles enteros derribados en un segundo, como boqueando en el asfalto, ya no tuvieron de qué agarrarse, es toda esa deforestación, ese silogismo vacío, esa obra erosiva, del humano incesante, y por eso las rocas masivas, cayendo fijamente, peligrosísimas, desafiando los tractores, retomando su territorio mineral, interpuestas, y agréguese a ese escenario ya tan crítico el estado de los caminos, y la tristeza de comprobar cómo nuestras carreteras primarias no se miden con las secundarias de países ni siquiera civilizados, y por supuesto asumiendo que todavía en efecto existan las mentadas carreteras, porque es que a veces la carretera misma desaparece, se engolfa, se contrahace, ¿a dónde se fue la carretera?, ¿a dónde se fue nuestro relato arquetípico?, ¿a dónde vamos como país carajo?, no hay un sentido o dirección en ninguna dirección, solo baches y agujeros, y chuchos muertos, y huérfanas vísceras en charcos de olvido, y conductores maniáticos siempre dispuestos a poner en riesgo la vida de todos, con tal de pasar primero, pero pregunto: ¿pasar primero a donde?, si ni siquiera hay paso, lo que hay es una fila morosa de trailers y vehículos umbríos, siempre una podrida fila, antes, durante y después, una fila, hemos estado haciendo fila durante siglos, se diría que el guatemalteco es antes que nada un ente–fila, una forma de no avanzar, ¿a dónde, a dónde se fue la carretera?


(Columna publicada el 20 de octubre de 2011.)

Empaticopsicoespacial

Siempre hay personas impidiendo el paso y la fluidez en el pasillo del súper. Por alguna razón no entienden que el mismo pertenece al universo común  y no al universo privado.

No queda otra que exigirle a estos entes estorbadores que se muevan. Algunos te dan a un rosario de disculpas, cuando lo único que vos querés es que trasladen de locación su gordo trasero.

Y su pantagruélica carreta.

Están esos otros que se mueven a regañadientes como si el que estuviera paralizando el tráfico fuera uno. Son los amargados. Pero lo bueno es que la amargura personal es siempre superior a la de ellos. No es que quiera presumir, pero es como medir un staffordshire terrier americano con la gatita de la vecina.

A veces los que más estorban son los propios empleados. Algunos empleados son medio respetuosos. Pero otros –la auténtica hez de los súperes– no consideran relevante dejar pasar a los clientes mientras ordenan los anaqueles. Están demasiado ocupados intermediando con su propio egoísmo. Digo egoísmo, pero sería más preciso hablar de megalomanía, esa megalomanía que caracteriza a los pequeños empleados, cuando se enfundan en la sensación de que su lugar de trabajo no es un mero lugar de trabajo, sino lo equivalente al Wolfsschanze del Führer.

También están las problemáticas, las endémicas, las inadecuadas edecanes, ya saben: las que siempre nos están dando de probar el producto cancerígeno de turno. En el caso de ellas, obstaculizar se vuelve una misión estratégica, activa y consciente.

Se ve que muchos ciudadanos carecen de las más mínima inteligencia empaticopsicoespacial. Al parecer, los científicos han encontrando malformaciones congénitas tanto en sus lóbulos parietales como frontales que explican la notable torpeza e insensibilidad con que se mueven en el mundo. Lo cual da razón de por qué van manejando en las calles como si recién acabaran de adquirir una enfermedad venérea. O caminando en las banquetas como si no existiera en el mundo nadie sino ellos.

Grandísimos serotes.


(Columna publicada el 13 de octubre de 2011.)          

Las zonas muertas

Zonas muertas. Áreas estancas, sanforizadas, imposibles, demencialmente laberínticas. En tales parajes, los árboles crecen al revés y no crecen, nacen para abajo y no nacen. En tales parajes, cientos de miles de altoparlantes van diciendo con la misma voz tributaria un no y un nunca... Continentes cuadrados de inmovilidad radical, yermos deshabitados, blancos desiertos sin vida y sin diluvio. Al principio me decía a mí mismo –rigurosamente optimista– que con un poco de trabajo la cosa echaría a andar. Sólo para comprobar luego, con callado espanto, que todas esas esquinas, todos esos espejos, son completamente reales: formarán siempre parte de un eterno currículum congelado. Luego uno aprende a ver los propios vicios, los hábitos malsanos, ciertos defectos de carácter como se ven ciertas paredes, como se ve el mismo risco repetido, tan gratuito e innecesario, en la noche sin gloria. A veces me pongo a hacer buceo en las zonas muertas de mi vida y me muevo y no me muevo porque allí no hay adonde moverse, todo resulta extrañamente idéntico –un espacio neural y gélido. Hay viejas estructuras de hierro sin sentido, a medio hundir, ostentando faunas masacradas en la sucia espuma amarilla. Ojos vacíos viendo hacia dentro lo insoluble. Y cerebros extintos pegados a quillas sepultadas. Voy recorriendo los campos minados de tedio, las suburbias ausentes y espectrales. Me adentro en largas avenidas de silencio... Teatros, parlamentos brutalmente vacantes… A veces entro a una casa –otra casa, la misma– en donde hay una sempiterna gorda sentada en la cama, comiendo neurótica cientos de alcachofas, descalificada por sucesivos proxenetas... Cómo voy a negar a estas alturas las zonas muertas de mi vida, con sus mantras de inercia, su rosario aburrido hecho de nódulos linfáticos. Es obvio que soy diez veces el mismo, ciclo y pellejo, un fulano residual.



(Columna publicada el 6 de octubre de 2011.)

El punto y el espacio (II)

Muchas veces el problema con el modelo implosivo de bienestar es que está inhabilitado para generar perspectivas panorámicas, panópticas. Ejemplo de ello fue la reciente crisis hipotecaria de los Estados Unidos, que surgió sobre los hombros de una burbuja ilusoria y azotó no pocos rincones del globo, con poder tsunámico. Podemos dar otro ejemplo, para nosotros los guatemaltecos más cercano: ese programa de bienestar social que busca paliar la pobreza sin desestimular la reproducción, confeccionando así un frankenstein demográfico que solo traerá consigo más hambre y contingencia en el futuro (un mejor programa colectivo sería aquel en donde se les pagase a las personas por no tener hijos).

En términos generales, el esquema localista crudo está basado en una engreída autosuficiencia, y tiende a actualizar toda clase de fundamentalismos culturales, religiosos, políticos y financieros, así como una rampante monomanía institucional.

El enfoque expansivo posee su propia oscuridad. Un enfoque a menudo punitivo, que ha dado lugar a las más graves y desalmadas corrientes de agresión. La geografía política asume rasgos marciales y carnívoros. Nos damos cuenta que el ideal global contiene su propia violencia. Todos esas transnacionales explotando los recursos de este o aquel país, y aún tienen el descaro de maquillarlo con rosáceos programas de responsabilidad social.

La solución nunca es fácil. ¿Cómo vamos a generar un modelo que implique mutualidad entre el punto y el espacio? Enunciados como el famoso think global, act local tantean en esa dirección. Las crisis que estamos viviendo demandan simultáneamente una visión localizada y una visión expansiva, tanto en distancia, tiempo y espíritu. Se precisa de una sentida conversación entre lo instantáneo y lo diacrónico, la individualidad y la comunidad, la diferencia y la igualdad, evitando todo oportunismo formulístico. Es una conversación que, hoy más que nunca, requiere ser explicitada.


(Columna publicada el 29 de septiembre de 2011.)

El punto y el espacio (I)

Es la debacle cultural, ecológica, financiera, así en el país como en el mundo. ¿Cómo vamos a resolverla?

Tradicionalmente, hay dos estrategias de abordar una crisis: destruyendo viejas relaciones o creando relaciones inéditas.

Cuando optamos por destruir relaciones, estamos optando por una solución localizada, implosiva. Nos ensimismamos. Nos establecemos en una insularidad. Así lo hicieron aquellas comunidades que se retiraron de la naturaleza y el nomadismo, y se concentraron en puntos de poder, en donde levantaron fuertes y ciudades. Parecía una manera brillante de sobrevivir, de atender las exigencias del presente radical. La especie humana optaba por la individualidad y la separación. A partir de allí creó conceptos como el de nación, autonomía, soberanía.

Otra forma de sobrevivir consistió en crear traslaciones y relaciones nuevas. Los seres humanos salieron a buscar nuevos recursos más allá de los límites del mundo conocido. Muchas narrativas nacieron de este modelo: la caza de animales en la selva feral, la conquista náuticobestial del orbe, el lanzamiento de la perra Laika a la luna, o la globalización, por decir. Además, el tiempo dejó de reducirse  al presente y se presentó a nuestros ojos como un vasto territorio elongado, en el cual sembramos de todo, desde planes quinquenales hasta cámaras criogénicas.

Pero tanto el modelo localizado como el expansivo tienen, cada cual, su cuota de problemas. Adicionalmente, cuando no se toman en cuenta el uno al otro, se enfrentan creando tensiones titánicas. El reciente debate constitucional en España, de cara a la Unión Europea, nos reveló un ejemplo fascinante de ello. O qué decir de los Estados Unidos, un país raleado por la deuda, desintegrado laboralmente, en un momento tangible como ninguno, pero a la vez con la necesidad abrumadora de repensar su futuro y economía abstracta a largo plazo. En Guatemala está planteada la cuestión de cómo vamos a inyectar nuevas corrientes de inversión sin hipotecar el país ni destruir nuestra integridad ecológica... (Continuará.)

             
(Columna publicada el 22 de septiembre de 2011.)

Como periodista, trabaja actualmente para los diarios locales El Siglo XXI y El Periódico, en donde desde el 2002 escribe una columna semanal (Buscando a Syd), y donde también trabajó durante varios años en la sección cultural. Asimismo mantuvo columnas permanentes de opinión de cine y literatura en los diarios El Quetzalteco y La República, y ha colaborado en diversas revistas, fanzines y publicaciones del medio.
 
Creative Commons License
Buscando a Syd by Maurice Echeverría is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0 Guatemala License.