'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







La sombra del héroe (2)

Muchos héroes sociales son seres respetables que han decapitado el régimen del miedo. El problema es cuando los héroes sociales se vuelven ya persecutorios.
           
Los Lannister son terribles y merecen ser derrocados. Pero los Sparrows no es que sean corderos de sacras intenciones. Son iguales de fregados, políticos y mediáticos que aquellos, quizá peores, en el sentido que van irregulados por la vida, mientras visten todas sus acciones de reforma y decoro, y un aura pietista de autoridad.

Podemos decir que el efectismo está en todos lados, en estos días. Con un encuadre inteligente y cierto tono solemne se pueden obtener resultados sorprendentemente brujos. La vieja táctica de pasar la brasa y contemplar cómo arde la ciudad. Los timelines se pueblan de insultos y agresiones y burlas y una sed anatémica de esquinar (y claro que hay presiones, precondenas y preguillotinamientos, aún si no ocurren directamente en el espacio jurisdiccional).
           
Luego se alegran de las vidas destruidas: es el “paseo de la vergüenza”.

A eso se agrega la atmósfera conspirada, grávida de derivas paranoicas, reforzando el propio machote crístico, lejos del matiz, del contexto, también de la gradación (todas las transgresiones son puestas sin distinción en un mismo espacio de repudio).
           
Ah, los Sparrows. Lo miran todo en blanco y negro y siempre creen estar en el lado correcto de la calle. Su marca es la intolerancia con quienes no comparten sus valores, su fe y su ilusión (de hecho reprueban cualquier forma de desilusión).
           
Por supuesto, una auténtica metafísica de la corrupción no permite interpretaciones tan maniqueas y simplistas, a la larga de–responsabilizadoras. Alguien –que por cierto hoy trabaja en la CICIG– me dijo una vez: no hay bombillo de este lugar que no sea dinero del narcotráfico (nos encontrábamos en un edificio de apartamentos). Fue una gran sabiduría para mí: ¿qué tan limpia está nuestra pretendidamente impoluta realidad?, ¿qué luz te está alumbrando, Justo? En el budismo se habla de interdependencia: todo se encuentra en mística connivencia, y de ahí se desprende que todos somos responsables de todo. ¿Puedo asegurar que la batería de mi teléfono no fue construido con trabajo infantil? ¿Qué mi plástico no fue el que mató esa ballena? Bajo esa óptica, todos tenemos algo de Lannister.
           
Así como de hecho todos tenemos algo de Sparrow. Y no es una cosa a tomar a la ligera. En verdad, el Arquetipo del Héroe o Redentor es, de todos, el más peligroso. Especialmente aquellos que tienen su relato de elegidos hasta el techo deben tomarse la molestia de explorar sus zonas oscuras, y eso incluye a medios varios, plazistas, francotiradores de Facebook, movimientos tales, y empleados del mismo eje MP/CICIG. Yo he venido advirtiendo de esto desde hace rato: el mito formador ciudadano también formula oscuridad: no verla es destruirlo, destruir su energía creativa, atrayendo polarizaciones imperiales. La meditación y la prudencia son de todo punto aconsejables.         
           
La verdad es que toda esa alineación institucional, ciudadana y mediática que hemos estado viviendo me da como escalofríos. En tanta alineación hay una cierta alienación. Creo que hoy más que nunca se necesita el valor del antihéroe: el que practica la libertad cromática, más allá de las posiciones fijas, y no está definido ni por los Lannister ni por los Sparrow. Por supuesto, unos y otros te harán sentir extremadamente inadecuado, por no estar afiliado con cada cual.

Pero hay un derecho: el derecho al pensamiento independiente.


(Buscando a Syd publicada el 23 de junio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (1)

La CICIG da, semana a semana, sus golpes de férula, con autoridad talmúdica. Recientemente estas investigaciones tocaron al señor Erick Archila, quien había estado a la cabeza del Grupo A, consorcio mediático.
        
Me atañe, porque yo trabajo en uno de los medios del consorcio mencionado. Y en vistas del presente affaire, escribí unos posts en los días pasados en mi página de fb, para rendir mi posición.
        
Uno decía:
        
“En Contrapoder –que considero una notable plataforma periodística– yo siempre he sentido que trabajo para mi querida editora, María Marta Sandoval, y para Juan Luis Font, por quien pongo las manos al fuego. Del señor Erick Archila nada puedo decir, porque no lo conozco. Una vez me lo encontré en el ascensor del edificio de Contrapoder, y no hablamos, según recuerdo bien. Tal y como está la situación, en este momento, me parece que es dable compartimentalizar las cosas, y sostengo mis lealtades laborales. Otra cosa me parecería indigna y sin carácter. Pero estoy viéndolo todo, claro. O como dijera el maestro zen: ya veremos.”
        
Luego, al ver la metralla que estaban recibiendo los colegas de la revista, escribí nuevamente:
        
“Aquí trazo la raya, y me pongo del lado de los colegas de Contrapoder. Al carácter vindicativo del    chapín –crea Cristos para después crucificarlos– yo agregaría su ingratitud infinita, que disfraza de una rectitud fantástica y didascálica. Es la clase de rectitud que no solo olvida, en un post automático, los sudores, batallas y talentos de los periodistas del caso, además no matiza nada y todo lo tuerce a conveniencia. Así es como los persecutores se transforman en eso mismo que persiguen: unos abogados del criterio único, con teas a gusto, para que puedan verse con precisión los cadáveres bermejos de los múltiples quemados. Pero mi experiencia es que, con rascar un poquito, uno pronto encuentra la mierda, de ellos: los Irreprochables, los Probos, los Héroes del Asco.”
        
Por supuesto, cualquier periodista, sin excepción, es susceptible de fiscalización y crítica. Pero por crítica yo entiendo la crítica honrada, no monolítica, agendosa, rencorosa, envarada, filetera ni alienada. De la crítica estoy hablando, no de la destrucción del trabajo de aquellos que han puesto el pellejo en la línea de fuego democrático.
        
Lo cual a menudo requiere entrar al ámbito real del poder. He dicho antes de los medios que no se atreven a ingresar a la política editorial viva y las gredas del marketing. Lo cual está muy bien, siempre y cuando no compensen su pretendida pureza con oportunismo mediático, chivatazos adolescentes y notas facilonas de like. Y siempre y cuando no caigan en la interpretación de machote, el reduccionismo de agenda, el narcisismo redentorial, y un cierto sentido de superioridad periodística. Hay que verlos cómo paran el culo.
        
En lo personal, admiro mucho los medios que agarran con arrojo los nutrientes que necesitan de la tierra circundante, incluso con riesgo de contaminarse. Si no hicieran eso, simplemente no podrían crecer y ser secoyas, es decir tremendos proyectos que benefician una diversidad de seres y sistemas. Los otros son lindos, en su bonsaidad, son lindos, así en maceta, pero crean menos de lo que consideran, y siempre se terminan congestionando, de un modo u otro, en su personalidad guarecida, superpersonal y endogámica. Y menos prístina de lo que creen. O quieren hacernos creer.  


(Buscando a Syd publicada el 16 de junio de 2016 en El Periódico.)

Crónicas parlamentarias


He visto en la televisión española a los diputados ibéricos darse en la madre. Es todo un espectáculo. 
           
Ahora, con el rollo de la disolución de las Cortes, y subsecuentes reelecciones en España, la cosa promete ardores shakespeareanos.
           
Pero siempre ha sido así. Eso rapidito lo comprende uno al leer el libro Crónicas parlamentarias de Manuel Vicent, un libro que El País sacó en 2012. Ya antes había leído estos textos clásicos, en la web del periódico citado, pero recientemente los descubrí en libro digital en Amazon, por solo $2.99.
           
Aparte de ser un hermoso ejercicio de periodismo literario, un reporte de los años fundacionales del parlamentarismo español en su fase democrática, una joya oracular de análisis político, aprecio la manera en que esta obra reseña la conducta y vida verbal del legislador, a menudo con un deje de sorna, sardonismo fino y recalcitrante frescura.
           
La selección de columnas está de todo punto conseguida en tanto que refleja cómo se buscaba, en aquel plenario de finales de los setenta, una Constitución de arduo parto, mientras que simultáneamente refiere tópicos muy propios de la época (por ejemplo la anticoncepción o la pena de muerte), contendidos en tensiones y señalamientos histriónicos por los partidos y esferas del caso.
           
También nos da sucesivos insights sobre los agentes y personalidades que marcaron aquella era, no sé, un Manuel  Fraga, un Felipe González, un Tierno Galván, aquella clase congresista que puso en la mesa ciertos modos de pactar, y estilos de oratoria. Es así como Vicent describe y disecciona la discursividad de estos seres, sus inspiraciones, sus graves comicidades, sus articulaciones, que fluctúan de la dialéctica a la delación.
           
Adicionalmente, lo que Vicent hace, virtuosamente, con humor y poder observador, es transferirnos los ambientes, tanto oficiales como paralelos, del poder parlamentario, sobre todo en tiempos tan delicados (“Los diputados hacen Política como si jugaran al baloncesto con un delicado jarrón de dinastía Ming”). Ahí van en alud las leyes, los tecnicismos, las negociaciones, los entrampamientos.
           
El reseñista legislativo, testigo avanzado, se inscribe en una noble tradición que en suelo español incluye a plumas tan pesadas como Azorín, Pla, y al propio Vicent (a quien tuve el honor de escuchar cuando Luis Aceituno lo entrevistara personalmente hace ya unos años, si no estoy mal cuando Son de mar ganó el Alfaguara).
           
Faltaría, como yo lo veo, un cronista así de afilado en nuestro propio cónclave, que contara las cosas como son: cada frase suya debería ser como una bomba en el hemiciclo, para tanta cafrería, para tanto padre de la patria que no legisla, para tanto funcionario que no observa ninguna gravedad senatorial, para tanto oportunista que cree que el Congreso es una empresa, y no el lugar donde se decide con nobleza el destino de una nación.  


(Buscando a Syd publicada el 9 de junio de 2016 en El Periódico.)

Un traidor afán

Seguir la vocación de escritor –por muy auténtico que sea el “llamado”– no garantiza nada, no significa que uno vaya a ser feliz.
           
Hay quienes creen que sí, pero eso es pensamiento mágico.
           
No hay que descartar los momentos de plenitud. Pero tampoco sería sabio olvidar la frustración.
           
Comprendan que este brete de la literatura lo crucifica a uno incontables veces. Me gustaría decírselo a quienquiera esté considerando volcarse a tan traidor afán.  
           
Lamentablemente, y dado que hoy la escritura gana popularidad en el universo de los oficios, se multiplican los ingenuos que creen que van a encontrar en la literatura el divino shangrilá.
           
Yo le recomendaría vivamente a la mayoría de las personas que consideran dejar su trabajo para dedicarse a eso de redactar cuartillas que lo piensen un par de veces. Puede que algún día amanezcan en un cuarto sucio y sin un riñón en el costado. Es un asunto de prudencia.
           
El caso es distinto para aquellos que de veras son escritores. Esos no pueden no escribir. No cuentan con el lujo de escoger. Su maldición será, para siempre, la de Quemarse Con La Palabra. Es, por seguir a Capote, el látigo que Dios les dio.
           
En 2003, ingresé al universo inestable de la redacción independiente.  Fue la última vez que tuve un trabajo de veras fijo, con la sola excepción de un brevísimo período en una agencia de publicidad, en donde laboré sin gloria por razones económicas.
           
Tomar la decisión de renunciar a un trabajo solido para dedicarme al naipe vaporoso de la redacción no fue de ningún punto de vista fácil. En la distancia, lo veo con cierto humor, pero en aquel momento había un abismo rojo y real debajo de mis pies.
           
Que sigue estando ahí.      
           
Es cierto que he logrado hasta el día de hoy –esto es: trece años más tarde– mantenerme a flote, gracias a la redacción corporativa, el periodismo de opinión y cultural, esporádicamente gracias a uno que otro proyecto creativo.
           
Pero Dios sabe lo que eso ha costado. Cristo santo. Pienso en los innumerables correos que nunca recibieron respuesta… En la angustia de no tener a nadie a quién venderle un artículo… Soñando con la clase de oportunidades literarias que solo se dan en el país de los unicornios…
           
En verdad ser escritor no es cosa de soplar y hacer botellas. Para empezar, uno tiene que encargarse de toda la enchilada: generar negocios, malabarear con los flujos de trabajo, flirtear con los clientes, perseguir a los morosos, la difusión y todo el resto.

En ciertos momentos la vida se vuelve una pesadilla de deadlines: es un trabajo infinito para un cheque de nada. Luego otras veces la onda se torna glacial: nadie nos contrata, nadie reclama nuestro talento.
           
Será porque es un talento muy dudoso...
           
¿Que si ha valido la pena la cosa de la escritura? Podría decir, con el replicante de Blade Runner, que he visto cosas que ustedes no creerían. Pero también podría decir, siguiendo el parlamento, que todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.


(Buscando a Syd publicada el 2 de junio de 2016 en El Periódico.)

Una vida

A los cuarenta con la piña.

1. Hoy cumplo cuarenta años. Es un evento energético –un umbral– que tiene alguna importancia para mí.
           
Y no solo para mí: los cuarenta son percibidos culturalmente como un lugar de transición. Es de eso pues –de la transición, del movimiento de la vida– de lo cual quiero hablar en la presente columna. Yo soy de la idea de que el desarrollo de una vida no debiera ser una cosa involuntaria. Yo creo, más bien, en la vida consciente.
           
Lo cual quiere decir vivir direccionadamente, de acuerdo al modelo que mejor le convenga a cada quien. Por supuesto, hay muchos modelos que se pueden aplicar. En lo personal, conozco uno que es sencillo: el que va de la nada a la indeterminación; de la indeterminación a la búsqueda; de la búsqueda al encuentro; del encuentro a la integración; de la integración al gozo; y del gozo a la muerte. 
           
A la muerte, que es la nada.

           
2. De la nada no podemos decir mayor cosa. Mejor pasemos de una vez a lo que he llamado indeterminación, que también podemos llamar caos. Es un mundo de salvajes esfínteres aún no domesticados; de retazos perceptuales sin orden ni concierto; de terrores profundos en lo profundo de la noche; de precarias estabilidades y vergazos muy seguros. Es cierto que poco a poco el infante empieza a juntar alguna clase de equilibrio. Pero el ego, en su primera formación, es tan vulnerable, que apenas nos ayuda a sobrevivir en el patio del colegio. Los padres hacen lo que se les da la gana con nosotros. No tenemos las condiciones ni los recursos materiales e interiores para gerenciar la propia existencia. Lo cuál es muy frustrante. Terminamos metidos en el ático, rumiando malas vibras, y cada vez que salimos un poco, para socializar un tanto, resulta que solo emanamos torpezas, por las cuales nos odiamos otra vez. Y odiando a los otros que, como es sabido, son todos unos cabrones. En ese desconecte, empezamos a tirar patadas para todos lados, y a consumir cocaína pésimamente cortada, hasta caer en la frenética cuneta.
           
Con alguna suerte entendemos que no hay por qué quedarse ahí. Así empieza un proceso de expansión. Hay un llamado a encontrarse a uno mismo, una curiosidad intensificada hacia el prójimo, y en términos generales un impulso a navegar en ese cuarto vasto y proteico llamado mundo, con todas sus amplias fractalidades. Es la etapa de investigación. Por supuesto, es muy posible que uno termine incluso más perdido en tanta búsqueda, extraviado en una superabundancia de referencias.
           
Sin embargo en algún momento podemos empezar a distinguir lo que funciona de lo que no funciona. Y lo que funciona mejor de lo que apenas funciona. Podemos empezar a tomar decisiones, amasando así una identidad clara.
           
Pero ojo: una identidad clara, un mapa preciso, no bastan. Hemos comprendido algo, es cierto, pero eso tiene que dar lugar a una práctica, a una fase de metabolización. El aprendizaje teórico aquí pierde poder. Siempre se sigue aprendiendo, por supuesto, pero uno ya no es dependiente de ese  aprendizaje, porque la madurez es la capacidad de generar conclusiones propias y de enhebrar sistemas propios de realidad. También hay una poderosa toma de responsabilidad, en todos los niveles.
           
La practica es una cosa que sigue hasta el final, pero eventualmente hay que alargar la mano y tomar los frutos. Para eso están ahí. Es lo que llamo gozo. Gozo, aclaro, no es ausencia de dolor, sino comunión con el dolor. En este lugar, el proceso de transfiguración alcanza una claridad notable. Y como expresión de ese gozo, compartimos con los demás las “buenas nuevas”:  vivir es concebible, posible y deseable.
           
El peligro está en no querer soltar tantísima beatitud. Pero de hecho lo orgánico es renunciar a ella. Las señales de que es hora ya de retirarse están ahí. La energía cae. La próstata se enferma. Los amigos mueren. Y nosotros también. Algunos quisiéramos quedarnos así, bien muertos, hasta el fin de los tiempos, pero eso es demasiado cómodo. El baile ha de recomenzar, porque tal es la naturaleza del baile.  
           

3. Por supuesto, puesto así, la vida resulta como esquemática y sobreimpuesta. En realidad, es importante que permanezcamos abiertos a las corrientes naturales y los ritmos orgánicos de la existencia (cada etapa tiene su duración, aspecto, contenido, respectiva intensidad). Y aunque de hecho podemos rastrear todas las fases en nuestro propio devenir, en la práctica la vida es mucho más sucia e imprevisible. De hecho muchas personas ni siquiera ingresan formalmente  a lo que podemos llamar una lógica de desarrollo. En cuanto a los que sí consiguen hacerlo, no todo es tan suave como parece:  hay retrocesos a etapas anteriores, saltos prematuros a etapas futuras, inercias graníticas. Luego agregar que la vida suele ser muy compleja, en cuanto a que hay una simultaneidad de estadios –nada, indeterminación, búsqueda, encuentro, integración, gozo, muerte– en un mismo momento y de hecho en todos los momentos de la biografía. Ninguna etapa nace o se agota completamente. Son como olas que van y vienen y ya no se sabe donde empieza una y termina la otra. Para colmo, no hay una sola línea de desarrollo dentro de un mismo ser humano, sino muchas, y cada una se encuentra en su propio período o mixtura de períodos. Esas líneas de desarrollo están interconectadas a las líneas de desarrollo de los demás y de todas las cosas del universo, en una notable trama evolucionaria. Vivir, se ve, no es exactamente una cosa sencilla. Es tan complicado, que algunos dicen que la vida carece de orden y programa. En cierto modo, tienen razón. La vida, en su complejidad, termina destruyendo todos los modelos, pareciera. El desarrollo de esta cuenta se quimeriza. Todo este movimiento es un juego nomás en la bruma del infinito.


(Buscando a Syd publicada el 26 de mayo de 2016 en El Periódico.)

The Paris Review (2)


Doy una importancia perra a eso de seguir un protocolo o secuencia de trabajo, a la hora de escribir. No soy –aunque de hecho lo fui en alguna época– de los que escribe sin agenda o dirección, en plan lo que salga.
           
Como yo lo veo, en todo protocolo escritural, debiese existir alguna clase de segmento preparatorio. Puesto así: escribir es prepararse para escribir: es escribir preparado. Y no hay mejor forma de prepararse a escribir un texto que leer una entrevista del Paris Review. Ahí el interesado encontrará inspiración y docto savoir faire.
           
Esos diálogos directos –introducción y cuerpo– son algo más que entrevistas a escritores: son signos literarios en sí mismos, que nacen de una reverencia profunda hacia la palabra.
           
Tantas entrevistas. Y todas tan puñeteramente buenas. Algunas muy conocidas, como aquella de Capote. Y como esa, otras múltiples, lo mismo de reveladoras. Es un navío solido de intercambios que data de los años cincuenta, captando a los escritores en su concepción y conducta, en lo retórico y lo vital.
           
Ahí encontraremos las intrigantes preferencias y manías de esos preclaros autores, así como sus profundas tomas de consciencia respecto al oficio de escribir.
           
Hace muchos años, se comunicó conmigo un escritor emergente, y le di el mejor consejo literario que he dado jamás a nadie: le dije que si quería ser escritor leyera todas las entrevistas del Paris Review.  
           
Ignoro si lo hizo, pero yo sigo haciéndolo. Ha resultado ser mi fuente formadora más grande. Y para alguien como yo, que viene del Boom endogámico, el Paris Review resultó ser una puerta hacia una sensibilidad gramático–cultural muy distinta, dándome pronto un poderoso punto de empalme con las angloliteraturas contemporáneas y con las globales.
           
Aprendí más de esas entrevistas que lo que aprendí en cuatro años de estudios de Filosofía y Letras. Por cierto, si yo fuera catedrático de universidad diseñaría un curso exclusivo alrededor de estas conversaciones, bajo el entendido que es más fácil repertoriarse a uno mismo como escritor cuando escucha a otros escritores repertoriarse a sí mismos, y más por supuesto cuando son así de eminentes y relevantes. 
           
Las entrevistas han sido agrupadas –en el website del Paris Review– en cuerpos temáticos como la ficción, la poesía, la crítica, el periodismo, el diario, la memoria, el ensayo, etcétera. También están ordenadas por año.
           
No todas las entrevistas están disponibles online, pero sí la gran mayoría. Si alguien quisiera leerlas en un libro directo, podría comprar uno de los cuatro volúmenes de The Paris Review Interviews, y mejor si todos.
           
Últimamente, y por razones de un proyecto en el cual estoy a punto de comenzar, he leído los intercambios correspondientes a The Art of Biography, con autores como Leon Edel, David McCullough, Michael Holroyd o Hermione Lee. Y bueno, he aprendido toda clase de cosas sobre el arte de biografiar.
           
Escribir, en definitiva, es seguir aprendiendo; es seguir aprendiendo a escribir.


(Buscando a Syd publicada el 19 de mayo de 2016 en El Periódico.)

The Paris Review (1)


Desde hace algún tiempo, quería yo dedicarle una columna al que fuera –y es– uno de los proyectos culturales menos decepcionantes del siglo XX. Me refiero a la revista The Paris Review.  
           
Por décadas, The Paris Review nos ha venido ofreciendo, ritual, estacional y cíclicamente, un festejo literario tras otro. Es ilusión para muchos comprar el último número de esta mítica–mística publicación: no hay mejor manera de leer materiales altamente curados, y estar enterado del pulso de las letras del mundo.
           
No importa si se trata de la edición más reciente o uno de sus back issues: The Paris Review es por “su perfil alternativo y al mismo tiempo conservador” (Rodrigo Fresán) un objeto de colección y de revelación material e intelectual. Con una consistencia extraordinaria, The Paris Review siempre ha cumplido en su tarea titánica de consagrar a los autores conocidos, mientras presenta a su vez a autores inéditos que luego formarán parte del canon.
           
Aparte de su autoridad y su frescura, esta revista resalta por ser un reservorio de conocimiento, por su conferido cuidado, por su abundante producción, por su absoluta entrega, su curiosidad impenitente, por su lealtad invicta al mapa de las letras, por su talento atractivo y su elegancia, así como por su sensibilidad verbal (pero además visual, puesto que siempre supo darnos un vínculo esencial con el arte y el poder gráfico y fotográfico).
           
Y claro, por su heroicidad y por su gesta, que ha venido desenvolviéndose desde 1957, desde que la revista fuera fundada por Harold L. Humes, Peter Matthiessen y George Plimpton. Por cierto, si quieren saber algo de ese momento mágico cuando comenzó todo, les recomiendo que lean un texto hermoso de William Styron –otro de los iniciadores de la dicha saga– que se llama  Born in Montparnasse, disponible por demás en el sitio web de la revista.
           
Plimpton, como se sabe, fue el editor de toda la vida de la revista, hasta su muerte, en 2003 (felizmente alcanzó a dejarnos, antes de la misma, ciertas antologías notables). Murió Plimpton, pero la revista siguió, y sigue, en una nueva reencarnación y con un nuevo editor (Lorin Stein). The Paris Review se ha adaptado a los tiempos actuales. Hoy tiene una preciosa actividad en las redes sociales; un blog, The Daily, de mucho interés; y un website que es una cueva de diamantes.  
           
Particularmente en el mismo nos deberá llamar la atención el archivo de entrevistas. Es decir todo ese cuerpo de diálogos que ha venido conociéndose como Writers at Work. Muchas de las mejores y más icónicas frases que dijeron los mejores escritores del mundo salieron de esos intercambios verbales.  
           
Así es. Geniales entrevistadores haciendo geniales entrevistas a geniales entrevistados. Que son incontables. Sea suficiente nombrar a algunos, como Norman Mailer, Kurt Vonnegut, James Ballard, Don DeLillo, Murakami o William Gibson…


(Buscando a Syd publicada el 12 de mayo de 2016 en El Periódico.)

Basura

1. La basura de una persona es la muerte de otra. La semana pasada, varios guajeros murieron soterrados en una avalancha de residuos, en el llamado relleno sanitario.  

           
2. Al escribir esto, contemplo el basurero enano que está a la par de mi escritorio, ahora clínicamente vacío. Que esté vacío no quiere decir que yo no genere basura, por supuesto. Quiere decir que tengo una manera muy conveniente de deshacerme de mi propia inmundicia, de mis propias acumulaciones y excedencias. Como la gran mayoría, me deshago raudamente de la basura, poniéndola, como se dice, debajo de la alfombra.
           
Es decir en el basurero de la Zona 3.    

           
3. Soy un productor consuetudinario de basura y mis hábitos residuales no son los más conscientes. Si fueran conscientes no compraría, por caso, esas gaseosas que vienen en botellas de plástico –así llamado– desechable.
           
Tampoco es que sea una persona groseramente consumista. Por lo menos en comparación con otros, que compran como si no hubiera mañana y solo muladas. Inclusive procuro reusar y reducir. Por ejemplo, llevo al súper mis propias bolsas, para que no me empaquen todo en plástico.
           
Pero aún con esta u otra práctica, no me salvo de amontonar una cuota respetable de residuos domésticos. Como otros, yo también vivo en una cultura del desperdicio.
           
Y como otros, soy pródigo en echarle la culpa a la Municipalidad. Es una de las tantas convenientes maneras que tenemos los urbanitas de circunvalar el hecho de que esa basura es, de hecho, nuestra basura. (Otro tanto ocurre con el tráfico: me quejo del tráfico estando en el tráfico, como si mi carro no fuera parte del problema, no fuera parte del tráfico.)
           
Con eso de la basura, la usual indignación y el usual choteo antigobierno no terminan de funcionar. No estoy diciendo que no haya que exigir resultados y transformaciones de fondo a las instituciones del caso. Pero si no estoy dispuesto a modificar mis hábitos íntimos, y extraerme pues de mi zona de confort, entonces alegar de esta forma solo constituye otro hit, otro hit para mis Grandes Éxitos Fariseos.
           

4. Por supuesto, funciona igual a la inversa. 
           
Nos damos cuenta que los pequeños esfuerzos personales o comunitarios encallan si no hay una infraestructura, un marco jurídico panorámico y una economía seria que pueda absorberlos.
           
Y por economía seria quiero decir economía clara, porque el sistema de basura actual es un negocio turbio que beneficia a un montón de personas, desde las estructuras de guajeros (que son menos inocentes de lo que se piensa, y a quienes también hay que pedir responsabilidad) hasta el último cuadro municipal, pasando por los extractores, que tienen cooptado el negocio.  
           

5. En mi casa utilizo dos basureros grandes, uno para los desechos orgánicos y otro para los no orgánicos. Es un acto de fe: en términos reales ignoro si este esfuerzo es terminante, si esto que separo va a terminar revuelto de todos modos en la Zona 3. A lo mejor le va a hacer más fácil la vida a algún guajero, que sonreirá antes de terminar aplastado por un alud de polución.
           

6. Hora de bajar la basura. Tomo el ascensor hasta llegar al sótano, en donde hay un cuarto en donde los residentes del edificio en el cual vivo depositan su porquería. Por lo general, hay una estimable y nada biótica cantidad de desperdicio, aún si se retira con ritmo regular y varias veces por semana. En ciertos momentos del año, como en la Navidad, la basura alcanza dimensiones pantagruélicas.
           
En un momento se intentó introducir en el edificio un programa de reciclaje, para lo cual se instalaron los clásicos ecobasureros: para vidrio, para plástico, para desechos tecnológicos, etcétera.
           
Al principio, los residentes semi–utilizaron los basureros. Pero a la larga la iniciativa murió, y los basureros terminaron a un lado, inoperantes.

Es así: una cultura de reciclaje y de producción consciente de basura demanda un significativo esfuerzo formador, que casi nadie está dispuesto a asumir en nuestra sociedad.
           
No se puede poner unos basureros de reciclaje y esperar que, de pronto, todos los involucrados sean de la noche a la mañana ecológicamente conscientes. Todo eso debe venir acompañado de una educación.


7. Un dron nos revela desde el aire el relleno sanitario de la zona 3. ¿Cómo gestionar toda esa agria basura? A veces siento cierta empatía por el sistema, tan varado en sí mismo. Entiendo que hay condiciones objetivas cristalizadas, que no pueden moldearse como si fueran Play–Doh. Pero de otra parte también reconozco el profundo derecho que tenemos a exigir al sistema –y a sus representantes– mayor creatividad en prácticas y procesos.
           
                       
8. En cierto modo, todos vamos a morir soterrados por nuestra propia basura. La humanidad toda terminará hundida debajo de esa foca cósmica de residuos. Solo los Dioses Zopes, solo ellos nos sobrevivirán.


(Buscando a Syd publicada el 5 de mayo de 2016 en El Periódico.)

Yo medito



Mi historia meditacional es un arco que va del degenere al regenere. Cuando empecé a meditar estaba hecho un desastre. Pero luego con los años todo mi sistema biopsíquico se fue ordenando (sin perder por ello creatividad, limimalidad y un filo ocasional de caos). No estoy diciendo que soy un ser humano cocinado, por supuesto. Estoy diciendo que se ha dado una transformación reconocible. Si alguien no lo cree es porque no me conoció antes. 
           
Yo tuve un contacto con la meditación desde la infancia. Mi abuela estaba metida en todo aquel rollo de la teosofía, el esoterismo, la magia, la espiritualidad alternativa, aunque no existiera el término como tal en esa época.     
           
En mi adolescencia primera, segunda y tercera, mi meditación fueron todas esas drogas, con sus estados alterados. Especialmente los enteógenos y algunos preparados químicos como el LSD me rompieron uno a uno los esquemas de la existencia consensuada.
           
Tomé hongos múltiples veces. Más de veinte años después, sigo procesando aquellas experiencias en psilocibina. Los hongos me mostraron que todo eso que me habían dicho –y yo había creído– sobre la realidad, con sus convenciones de tiempo, espacio, objetividad y causalidad, no era más que una mentira, o una verdad extremadamente limitada.
           
Como era de esperarse, las drogas me terminaron metiendo en un carrusel extremadamente volátil y peligroso. Fueron capas y capas de autodestrucción alquitranada.
           
Eventualmente, me retiré a mis cuarteles de invierno, dejé las drogas,  empecé el proceso de regeneración, que me llevó directamente a esa habitación luminosa y respetable llamada meditación. Fueron añadiéndose innumerables guías y libros sobre el tema (. También visité algunos centros espirituales y fui a múltiples retiros. La pura lujuria dármica, espiritual, me llevó a meditar lo indecible y a explorar innumerables tipos de disciplina interior. Tengo en mi haber una colección interesante de experiencias meditativas.
           
En un momento, tomé el refugio budista (sigo siendo budista hasta la fecha). La vipassana –una forma de meditación ubicua en todos los budismos– me obsesionó, pero no fue la única. En el budismo tibetano encontré un vasto registro de técnicas meditacionales, desde las básicas y concretas hasta las esotéricos y místicas. La sofisticación contemplativa del budismo es apabullante. Muchas de las meditaciones tibetanas son largas composiciones psicoespirituales, tejidos altamente complejos.
           
Hoy llevo unos diez años de ser un meditador formal. En realidad no es mucho tiempo, y comprendo plenamente mis límites como meditador. Por otro lado no puedo negar que he meditado como un animal, y ya tengo un estilo yóguico que podemos llamar personal. En efecto, la meditación es algo que hay que apropiarse.
           
¿Quiere decir eso que soy un meditador realizado? No. Para eso tendría que ser como esos meditadores que se encierran en un retiro oscuro durante meses y años y no hacen más que meditar, ni siquiera duermen, por estar meditando. Son como atletas profesionales. Yo no soy más que un atleta aficionado, que hace deporte una hora al día. Lo cual de veras es insignificante.  


(Buscando a Syd publicada el 28 de abril de 2016 en El Periódico.)

Hedor

Los cambios trascendentales no vendrán de un colectivo abstracto. Vendrán de un puñado de individuos con talentos especiales para la arquitectura social y el efecto de cambio. Por supuesto, cuando me refiero a “un puñado de individuos con talentos especiales para la arquitectura social y el efecto de cambio” no estoy hablando de esos caraduras, los diputados.
           
Por mi parte no tengo ningún problema con insultar una y otra vez a esa recua de carteristas. Es cierto que a un nivel individual no todos los diputados merecen ser llamados así. Pero luego a un nivel gremial los mal llamados Padres de la Patria merecen cada gramo de ostracismo que han recibido por parte de la ciudadanía despabilada, que preferiría ser designada Bastarda antes que legitimar una representación política que solo ha traído vergüenza y carroña a la vida nacional. Hay que ver el hedor que emana de esa cofradía de cainitas.
           
La política del país se ha parlamentarizado lo indecible. En este caso, hablamos de una parlamentarización negativa, ilegible, experta de un lado en romper las continuidades estatales, en vez de cohesionarlas; y experta por el otro en eternizar la agenda legislativa como ganancia política y reditual. Que los focos más recientes de indignación provengan del hemiciclo no ha de extrañarnos. Para mientras la gente enferma sufre en los pasillos enfermos de un hospital enfermo. Nada sana, en este país.
           
No es que seamos los únicos en vivir este flagelo: en casi cualquier punto del planeta encontraremos focos de infección congresil y senatorial. Si aquí por ejemplo son los desplantes verbales de este o aquel diputado, en España son los privilegios de aforamiento y en Brasil las cábalas plenarias, en donde la democracia es asesinada por un grupo de pactistas, más interesados en la politiquería subterráquea y ofídica que en una agenda real de rendición de cuentas, que por supuesto debe darse.
           
El asunto de Brasil es particularmente bochornoso: esa atmósfera fársica, circense, tercermundista, ignorante, provincial, que hubiera puesto a don Jorge Amado de bastante mal humor. Un artículo publicado en El País el lunes (“Dios tumba a la presidencia del Brasil”) lo decía así: “Los parlamentarios recordaban a los telespectadores de Xuxa, que aprovechaban su participación en directo en el programa para saludar eternamente a su madre, a su marido, a su amante, al primo, al nieto, a su vecino, a sus amigos y al portero”.
           
Es la infantilización de la política. Los hemiciclos han perdido toda gravedad y profundidad a favor de un programa tetón de demagogia y espectáculo, encubriendo el cabildeo más vulgar.                
             
La política es una señorita muy disputada por la trampa, el populismo y la burocracia. No contentos con tener que soportar los procedimientos oblicuos que atestan el intercambio privado, tenemos que soportar ese mismo tinglado de maniobras y bricolajes dudosos en la esfera parlamentaria. Para que después tengamos que aguantar los sermones vacíos y bromas idiotas del Presidente y encima atestiguar cómo se criogenizan nuestras aspiraciones profundas de justicia.  
           
Está de la gran puta.


(Buscando a Syd publicada el 21 de abril de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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