'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







De la impaciencia

El último editorial–encíclica de Plaza Pública me ha dejado perplejo. Un medio que uno ha admirado en el pasado por su frescura y su energía y por atizar la vida social, ahora alertando vaticanamente contra la concupiscencia de la prisa y las tentaciones de la desesperación, con un optimismo moralista que saca un poco de onda. Y saca un poco de onda acaso porque nos recuerda la clase de paciencia crística que nos piden constantemente los propios políticos, cuando se suben al podio de prensa.
           
No es que se esté en completo desacuerdo con PzP, no es que no respetemos su punto de vista: está claro que hay compulsividades que lejos de sumar, intoxican, boicotean; así como está claro que la vasija pública es un proceso que requiere tiempo y construcción, o de otro modo se nos va a descalabrar a la primera. Vísteme despacio que tengo prisa, dice el adagio. Pasa es que el editorial, atemperador, y hasta puritano, se queda manco en cuanto a que no sabe apreciar los poderes de la precipitación.
           
No nos impacientemos por sacar la impaciencia del escenario. Podemos elogiar la roja urgencia y la velocidad acuciada, incluso la explosiva desesperación, como modo de abertura. Vivimos en tempos que exigen, también posibilitan, mayor celeridad. ¿Quién sabe? A lo mejor llegará un momento cuando sincronía y diacronía se fundan en una sola singularidad, lo cual será más pronto que tarde.  
           
No está mal obrar de acuerdo a nuevos ritmos, más díscolos, en una era en donde esos ritmos ya son viables, y ya ni siquiera optativos. Lo que antes tomaba nueve meses para nacer, hoy toma tres. ¿Por qué compararnos a antiguos referentes de transformación, incluso inmediatos? Si es gracias a ellos que podemos movernos más rápido: movámonos más rápido, pues. Ciertamente el enemigo, en su amplio bestiario, lo está haciendo, de su lado. ¿Cómo no honrar la impaciencia, vamos, cuando los enfermos están dejando el pellejo en los hospitales, los ciudadanos en las calles? ¿No hay motivo allí para picarle? La entropía es un crudísimo hecho, y muchos realistas así lo atestiguan y difunden, y no todos para establecerse en un pesimismo seguro o prestigioso, como sugiere, al vuelo, Plaza Pública. Si no planteamos una imagen crítica y escaneadora de las protestas, lo más seguro es que estas terminarán irrevocablemente durmiéndose o burocratizándose en su propio idealismo amniótico, hasta caer en una atonía lerda, de beata esperanza. Tan importante como dar luz es dar sombra.
           
Menos mal que han existido en la historia, y existen hoy, y mañana, los urgentes, los desesperados. Sin pudrición no hay regeneración. La desilusión, el desencanto y la desesperanza son ingredientes vitales para el cambio: es una cosa que he aprendido de aquellos sabios budistas y de múltiples adictos que han conseguido salir del círculo vicioso de la droga. Por demás, grandes pesimistas han contribuido a hacer grandes transformaciones, porque, de hecho, hay una clase de pesimismo que es culturalmente creativo, no ornamental o estatuario.  

Al final, por supuesto, no es cuestión de ser optimistas o brutalmente realistas, sino de abrirse a ambas atmósferas, incluso al mismo tiempo. Se recomienda  ralentizar e introspeccionar, y hasta quedarse callado (callado como una bomba, diría la canción) como también se recomienda meterle locamente al pedal (con la sorpresa de que en ese fuego es posible hallar un enfoque y una calma). En combinar ambas posibilidades está, nos parece, el arte del cambio social.



(Buscando a Syd publicada el 25 de junio de 2015 en El Periódico.)

Las Américas

El otro día que fui a El Periódico me di cuenta que en Las Américas habían puesto semáforos. Una era ha terminado, pensé.
           
Pero la verdad es que esa era había terminado desde mucho antes. Hace rato que la Avenida de Las Américas ha dejado de ser esa rosa vial, elemento dominguero de serenidad burguesa, para convertirse, especialmente en la hora pico, en una auténtica patada en los riñones. El crecimiento inmobiliario y la explosión del skyline, pero además el hecho de que Las Américas es cada vez más un conducto dinámico a zonas poblacionales densas y semisatelitales, contribuyen a su tráfico creciente.  
           
Tanto carro no ayuda a mantener la grave mística de aires liberales que se quiso allí implantar, para celebrar el espíritu panamericano. Tampoco ayudan ciertos detalles semisurrealistas, ya ballardianos, como el viejo avión anacrónico de la Fuerza Aérea y, en su momento, inclusive, un platillo volador.
           
Visto desde una perspectiva, la Avenida de Las Américas tiene mucho de cómica. Alguna vez escribí un artículo que reseñaba con suficiente ironía sus plazoletas, monumentos, bustos. Un recorrido que arrancaba desde ese pequeño falo –ese falito– que es nuestro Obelisco, hasta la estatua engasada de Juan Pablo II.
           
Mi historia personal –que es la historia también de cierta clase social– está unida a esta avenida y sus sitios de ocio. Sitios como Pops, o el cine Las Américas. Aquel era el paraíso edilicio y arbolado de mi infancia. A Hardee´s iba yo con mi madre, mientras otros se subían a los caballitos de carne y hueso, que iban dejando tristes regueros de caca. A mi hermana la pasábamos a recoger, creo recordar, a la heladería Scribona, que era el lugar mamón donde se juntaban los teens de la época. ¿No había un restaurante famoso, el de Vittorio? Innumerables cosas que antes existían –no sé, un videoclub, un parque de diversiones, una pista de patinaje, un bar llamado Danny´s– ya no existen, ya no son.  
           
Más tarde hice mucho skate en Las Américas y alrededores, y me emborraché y drogué perdidamente en sus plazas, como lo hiciera igualmente en tantos lados de la ciudad. Noto que la gente hoy en vez de chupar en Las Américas, más bien sale a correr y saca a los chuchos. Y es que, con todo, Las Américas sigue guardando una atmósfera de seguridad, de confort, de paseo burgués, aunque no ha escapado por ello al crimen, al hurto, al propio sicariato.

En fin, estas cosas venía pensando, mientras el semáforo me miraba con su ojo rojo.


(Buscando a Syd publicada el 18 de junio de 2015 en El Periódico.)

Criterio mutante


Buscando a Syd regresa con nuevos aires y upgraded, tras haber sido secuestrada por una interminable serie llamada Gt.
           
Concibo a Buscando a Syd como una columna abierta al cambio, y a lo largo de sus ya casi quince años de vida ha pasado por toda clase de metamorfosis, en fondo y forma.
           
Bien podría llamarse Caitlyn.
           
Pero aún con todos esos cambios, su esencia ha permanecido la misma. Me refiero a eso de rendir un criterio mutante de las cosas públicas y privadas, con táctica creativa y verbal.
           
Esa táctica es especialmente importante ahora. En tiempos de grandes saltos hay que hacer parkour con las palabras. Y mejor si es en contra de los esbirros, los mercachifles, los mierdas usuales, que siempre buscan quedarse con el mundo.
           
El humor ayuda. Reconozco que últimamente he estado un poco seriecito. Mea culpa. Pero sepan que nada me horroriza más que la solemnidad. Sosa solemnidad propia de tantos columnistas que se pasan la vida pontificando en tonalidades napoleónicas mientras se dedican a marrar tiros editoriales en los polígonos del aburrimiento a la hora en que a nadie más le importa.
           
Yo no quiero que Buscando a Syd se convierta en una de esas rígidas–adocenadas colaboraciones.
           
Volveremos al humor y volveremos a los márgenes. Después de todo, Buscando a Syd nació en las orillas, en las periferias de este diario. No vamos a traicionar esa marginalidad suya, que es decir su naturaleza extraña, insecta.
           
Entiéndase: no traicionar para nada quiere decir quedarse quieto. Aquí el compromiso es huir hacia delante, y abrirse paso virilmente –y hembrilmente– entre la selva. Siete machetes me acompañan. Van bien afilados.


(Buscando a Syd publicada el 11 de junio de 2015 en El Periódico.)

Gt (66)

Termino diciendo que lo ideal sería ahora buscar una manera de llevar esta plataforma teórica a la práctica. Pero esos, como se dice, son otros veinte pesos.    
           
Para hacer el presente trabajo me inspiré en el Eneagrama (que no es psicología barata y pop, como puede pensarse, sino un método muy elegante y muy serio de reconocimiento de egotipos), también en la Teoría de los Arquetipos, en el Modelo Integral, en la Dinámica Espiral, y un poquito en los Doce Pasos. Por otro lado, mucho de mi trabajo tienen que ver con hacer plataformas de marca para organizaciones y empresas, y eso ayudó bastante a diseñar Gt.
           
Quiero disculparme por la tonalidad a veces tan didáctica, quizá incluso directorial, de este pequeño estudio (procuré motearla a ratos de ironía, a efectos de que se sintiera menos). Y sin embargo quiero decir que era fundamentalmente necesaria. Este cariz pedagógico está vinculado a una inocencia: la de volver a lo más básico, y empezar de allí, empezar de cero, como en el kínder. Volver a lo básico, al origen, es algo que de hecho tenemos que hacer cada cierto tiempo, o de lo contrario nos perderemos en toda clase de laberintos nacional–conceptuales. Pero luego resulta que esa misma inocencia o apertura es un llamado a que la claridad y dirección aparezcan. No puede surgir el niño sin que surja a la vez a su alrededor cierto energía orientadora, pedagógica. Son dos cosas que van naturalmente de la mano.  
           
Lo que espero que haya quedado claro, al final, es que no se trata de cambiar nuestra cultura, sino de sanearla. No se trata de ser otra cosa, sino de ser lo que somos, sanamente. Ser lo que somos sanamente es lo que debemos ser, y es lo que nos permitirá ser más de eso que ya somos, de forma mejor. 


(Buscando a Syd publicada el 4 de junio en El Periódico.)

Gt (65)

También quiero advertir que no debemos construir una nacionalidad para apartarnos del otro. ¡Cuidado con la retroterritorialidad! Tenemos completo derecho de identificarnos con cualquier expresión cultural del planeta sin ser linchados por ello, independientemente de lo que dicta el dpi. ¡Porque mientras sigamos pensando que nuestra identidad localizada tiene más peso que nuestra identidad global, seguiremos fragmentando y creando bunkers tectónicos de paranoia cultural!
           
Voy en contra de la falacia del compromiso local exclusivo: formar parte de una realidad local en ningún modo exime a nadie de su ciudadanía regional y global (y cósmica). De la misma manera que es sagrada obligación interesarnos en los asuntos de nuestro país también lo es el mostrar un genuino interés en cualquier conflicto que ocurra en cualquier parte del planeta, y comprender que en un mundo interdependiente cualquier crisis en cualquier latitud afecta por igual a todos, todo el tiempo. La distancia geográfica y cultural no debe y no puede ser bajo ningún criterio un pretexto para alejarnos del llamado otro. Con toda nuestra fuerza moral e intelectual trataremos lo mejor que podamos de investigar y comprometernos con las realidades íntimas pero también con las remotas, bajo el entendido de que todas son irrevocablemente nuestras.
           
Por demás, ocurre con frecuencia que la misma proximidad con un conflicto impide a aquellos que lo viven tan de cerca generar soluciones objetivas o fuera de la caja, en cuyo caso el observador distante bien puede ser el único chance que tienen de encontrar una salida. Se hace evidente aquí que no hay que utilizar el argumento de la responsabilidad planetaria para crear escenarios gratuitos de intervención violenta.


(Buscando a Syd publicada el 28 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (64)

En cuanto a los valores que propuse para el país, para mí lo ideal es que sean propagados: no impuestos, sino explicados. No es cuestión de crear borregos guatemaltecos, sinos seres morales inteligentes al servicio de nuestra comunidad nacional. Además, comprendiendo que los valores no son reglas dogmáticas y cerradas al servicio de un crudo volksgeist, sino energías abiertas, que por tanto ofrecen muchas posibilidades.
           
En teoría, un valor será siempre el más adecuado, más relevante para tratar con cierta situación determinada, y el arte es saber cuál. Pero en realidad raramente una situación demanda un valor único. Por lo general requiere acordes específicos de valores, esto es: combinaciones customizadas para el reto en desarrollo.
           
Es importantísimo captar que cada característica genérica de la personalidad guatemalteca tiene muchos registros y matices y niveles y tonalidades y por ende se manifiesta de muchas maneras concretas y sutiles. Además posee innumerables aspectos sombra y aspectos luz. La cosa se hace más difícil cuando nos damos cuenta cómo esa característica se combina con otras características nacionales que son también extremadamente sofisticadas y complejas, formando un todo vertiginoso y fractal.
           
Por demás, incluso dentro de un mismo esquema colectivo de funcionamiento, los distintos guatemaltecos pondrán a jugar el aparato axiológico genérico nacional de distintas maneras, según sus inclinaciones y posiciones en el tablero. Hablo en Gt del guatemalteco como sujeto imbuido de colectividad guatemalteca, a sabiendas que cada guatemalteco elije una coordenada íntima dentro de la vasta personalidad nacional, una coordenada que será más o menos fluida, según el caso particular.
           
Y aún hay que agregar otra complicación: los guatemaltecos individuales deberán contar con sus propios valores personales, independientes de los del chumul, y luego ponerlos a jugar con los valores generales nacionales aquí propuestos. A veces tendrán que ceder un poco ante los valores colectivos, otras veces deberán poner los suyos primero, incluso enfrentando aquellos.
           
Por demás es posible que el país tenga un sistema primario de tendencias arquetípicas y valores, pero eso no niega que hayan subsistemas axiológicos, para enfrentar determinadas situaciones. Eso es ya más embrollado e imposible de abordar en este espacio.


(Buscando a Syd publicada el 21 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (63)

Gt fue un proyecto publicado en mi columna Buscando a Syd, a lo largo de un año y medio. ¿Demasiado largo? Como yo lo veo, Buscando a Syd es la clase de espacio editorial que autoriza esta clase de desproporción o desmesura. De otra parte, en ningún otro lado sino en Guatemala y en El Periódico podría uno publicar una seguidilla temática de más de sesenta columnas sin que nadie –ni un editor, ni un solo lector– ofrezca una palabra de disentimiento. Pero eso, de hecho, es lo hermoso de Guatemala y de El Periódico: tenemos una forma personal de hacer las mierdas.
           
Sé que el trabajo fue medio pesado para un lector de columnas, que evita en ellas la maldición de lo inacabable. Y eso que procuré conservarlo sintético (en realidad estas columnas no han sido sino notas para un hipotético ensayo, de más ambición, que será o no escrito más adelante).      

La verdad es que muchas de las descripciones no pasaron de ser suscintas pinceladas. Así pues, pude haber dado algo más extenso, más monstruoso. Pero el jovial abuso tenía que detenerse en algún lado. Por demás, traté de hacer que el trabajo rimara con el formato columnístico, por tanto que cada sección del ensayo pudiera ser leída como una columna individual. Muy a menudo tuve que cortar las secciones respectivas para que cupieran en 1,700 caracteres, que son los caracteres que tengo disponibles en Buscando a Syd. Por cierto, todo el trabajo –con sus secciones ya completas– fue subido a un blog cuya dirección es estoesgt.blogspot.com.
           
Diré que no es lo mismo leerlo de poco en poco que de una vez y por completo: invito al lector a que lo haga también de esta manera. Por demás, dudo que haya alguien que haya seguido la secuencia entera hasta aquí, jueves a jueves.
           
Si me tomé la libertad de escribir un proyecto así de dilatado para un formato de columnas fue porque el tema me pareció trascendental: el de nuestra identidad guatemalteca. A los ocasionales lectores extranjeros ojalá les haya servido para conocer algo más del llamado chapín, y mejor aún, para hacerse preguntas sobre su propia idiosincracia. La verdad es que no sé si este trabajo en realidad ayudará a alguien, alguna vez; a mí en todo caso me hizo mucho bien tratar de entender esto que, a mucha honra, soy.

Por ningún lado he visto un acercamiento de veras estimulante a lo que es ser guatemalteco, y sobre todo a lo que es ser un guatemalteco sano. Naturalmente, las conclusiones a las que arribé no están escritas en piedra. Invito encarecidamente a otros a que saquen las suyas.
           
Este fue un trabajo que hice, como se dice, por amor a mi país. De más está decir que estas conclusiones fueron hechas con el objetivo de privilegiar el conjunto de guatemaltecos, no para beneficiar ninguna agenda particular (por ejemplo política o publicitaria) que no contribuya con la Espiral Nacional.


(Buscando a Syd publicada el 14 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (62)

En efecto, las viejas estructuras–diques de las naciones–estados están siendo fracturadas y rebasadas por los retos planetarios. Por tanto necesitamos una nueva forma de pensar capaz de unir puntos en el espacio, en el tiempo y en la consciencia. Eventualmente, una federación geopolítica global será necesaria, una federación que, sin castigar los rasgos diferenciadores y particularidades materiales y culturales, emita un nuevo rostro paratribal. Aquí ya es una cuestión de trazar e integrar sinfónicamente macrosistemas y súpercomunidades; de conectar espirales discretas en totalidades cada vez mayores, con lo cual la complejidad y el sentido de interdependencia crecen exponencialmente, hacia un gran mosaico.   
           
Hay que añadir que en los momentos más altos de la Espiral accedemos a niveles transpersonales que emanan espontáneamente meta–redes al servicio de la conexión universal y el orden cósmico. Es el reinado de la co–creación y el entendimiento holónico. De momento, no hace falta extenderse mucho en ello, o se me acusará de fumar hierbas veleidosas, cosa que no he hecho en exactamente trece años. Se ve que la tentación aquí es subir y subir y ya no bajar. La fórmula correcta es: alas y raíces. No podemos dejar de trabajar en función de las condiciones concretas de cada sistema. ¿Para qué perder el tiempo en modos de desarrollo desarraigados e impracticables, cuyas implicaciones son solo teóricas?
           
Termino esta sección diciendo que una de las cosas más impecables que nos sugiere el modelo de la Espiral es que todos tenemos derecho a ser lo que somos y a estar donde estamos, sin embargo reconociendo la posibilidad, la necesidad, y la realidad evolutiva.


(Buscando a Syd publicada el 7 de mayo de 2015 en El Periódico.)

Gt (61)

Saneando y sirviendo la Espiral como totalidad, diseñamos orgánica y naturalmente los programas y condiciones de vida precisas para que se den saltos emergentes y estratificados que “trasciendan e incluyan” (Wilber) fases previas en el despliegue del sistema.

Hay que comprender que siempre está la posibilidad regresar a etapas más densas de la Espiral, si las condiciones de vida nos sujetan a ello. Por tanto necesitamos que la inteligencia de cada nivel psicocultural esté de hecho siempre disponible. No es cuestión de superarlo en el sentido de dejarlo atrás. De hecho, y como yo lo veo, eso es imposible. Cada sistema memético anterior pervive, siquiera como narrativa histórica o simbólica, pero más aún reencarna siempre en desarrollos más complejos. Está claro que todas las plataformas culturales –una vez despiertas– coexisten con sus estructuras precursoras, así lo deseen o no. Estas últimas no deberán ser negadas, aplastadas, ridiculizadas o fagocitadas. Tampoco dirigidas con una mentalidad fría, dominadora, elitista, condescendiente, sobresimplificadora, reduccionista, uniformadora o eugenésica. O de otra parte codependiente. Todos estos modos de ingeniería social solo traen –a la corta o a la larga– más y más confusión y problemas.
           
Cuando la Espiral nacional sane, podrá contribuir de una manera decisiva al orden planetario. Nos damos cuenta que en este mundo globalizado y multidimensional hay una constante colisión y migración caótica de memes y humanos, que requiere ser comprendida y administrada desde una metaperspectiva superior y una mística unitiva concreta.


(Columna publicada el 30 de abril de 2015.)

Gt (60)

No me proclamo experto en Dinámica Espiral, pero lo que entiendo del modelo resuena muy fuerte con intuiciones personales que he tenido desde siempre. Para mí enterarme de su existencia fue algo así como llegar a casa. En realidad es un modelo que viene de los años setenta, pero ya saben lo lento que migran las ideas a este país, incluso en la era global.
           
El modelo de la Dinámica Espiral nos enseña que no es cuestión de renunciar a las etapas de expresión más densas de un sistema cultural (que de hecho sostienen a las más espaciosas, sofisticadas y sutiles) sino más bien de asistirlas, por medio de arquitecturas y sinergias elegantes, para que puedan trascender su bloqueos, crisis y trampas nucleares. Todo ello desde una perspectiva más amplia, y en pos de una mayor libertad, salud, integración y fluidez del sistema todo. El gran error es ingresar a una determinada dimensión cultural y negar o devaluar la relevancia de las anteriores (e. g. el sujeto de mentalidad científica que cree que todos los creyentes somos unos pendejos) o la relevancia de las posteriores (e. g. el legalista que cree que la ley es la última frontera de la armonía social).
           
Cada mentalidad cultural posee una función y fundamento en la Espiral potencial y manifiesta, y en determinados momentos es clave para resolver un problema propio de ese u otro nivel memético. Eventualmente lo que queremos es no quedarnos atrapados en ningún código particular, sino movernos espontánea y sistémicamente en todos, personal o impersonalmente, según lo demande la situación.

A estas alturas de la Espiral, estamos hablando de la clase de inteligencia que se siente muy cómoda gestionando polaridades y niveles paradojales de realidad, y va subiendo y bajando en la Espiral allí donde se le necesite, creando los equipos y contextos de trabajo que se requieran para ello. Coordina y establece jerarquías, pero no jerarquías clausuradas, sino jerarquías condicionales que sirven para arreglar problemas puntuales dentro de la Espiral. Son jerarquías a las cuales se les ha delegado un poder y un nivel de liderazgo supeditado a la salud total del sistema, y que jamás lo exceden. En algunos casos, si ya no son requeridas, se descristalizan y se retiran de nuevo a un sano anonimato.


(Columna publicada el 23 de abril de 2015.)

Gt (59)

Empezamos a entender que el asunto aquí consiste en integrar distintas perspectivas sin imponer burdamente alguna sobre las demás, mentalidad que nos tiene en el atolladero en el que estamos.
           
La lógica esto–o–aquello simplemente ya no funciona. Todas las verdades son parciales y deberán ser complementadas con otras verdades, en pos de un enfoque completo: un enfoque esto–y–aquello, uniendo lo individual con lo colectivo, y lo horizontal con lo vertical.  
           
Se requiere de esa cuenta activar una cualidad observadora, mimética y ecualizadora, que consiga adaptarse naturalmente a las distintas estrategias o inteligencias culturales residentes en el país y en el mundo, que pueda hablar sus lenguajes particulares, para luego ponerlas a bailar en conjunto. El problema no es esencialmente político, económico, racial, religioso, de género, etcétera... El problema es memético.
           
Estas inteligencias culturales son auténticos metasistemas de valores (o grandes memes, más bien llamados v–memes) y conforman una espiral ascendente y dinámica que se vuelve más compleja y vasta conforme va subiendo. La idea es darle énfasis al tono memético (o grupo de tonos meméticos) que mejor salvaguarde, sincrónica y diacrónicamente, la integridad de la espiral toda, con sus códigos y visiones globales. Se infiere que la cantidad, naturaleza e intensidad de las perspectivas aplicadas dependerá de la situación concreta del sistema que se busca sanear, en caso requiera ser saneado.
           
Este elegantísimo modelo, hoy llamado Dinámica Espiral, nació del cerebro de Clare W. Graves y nos ha sido explicado por brillantes epígonos suyos como Christopher C. Cowan y Don Beck (uno de los genios detrás la reconciliación en Suráfrica, para lo cual hiciera en su momento más de sesenta viajes a esa región). Me dicen que Don Beck ya estuvo en Guatemala; ignoro si algo concreto surgió de ello.
           
Es un modelo transformacional –lo mismo descriptivo que prescriptivo– que implica todas las dimensiones y grados de complejidad de un sistema. A veces es presentado como un modelo bio–psico–socio–espiritual.

Para un mago de la Dinámica Espiral, la siguiente pregunta es nuclear: ¿cómo debe quién liderar a quiénes a hacer qué, y cuándo?


(Columna publicada el 16 de abril de 2015.)

Gt (58)

Solo al trascender estos y muchos otros escollos, podremos de verdad seguir con el trabajo peludo de abrir la caja de pandora de las voces y las creencias y las convicciones y las opiniones y las diferencias. Está claro que a estas alturas y ya metiditos en el siglo veintiuno, no podemos mantener una identidad o narrativa monolítica de país. El trabajo es sencillamente coral.
           
Esta coralidad no cancela la disensión, sino la protege. Así pues, lo ideal es que las masas organizadas practiquen la disidencia (productiva), la crítica (informada), la oposición (afirmativa), la resistencia (práctica), el disentimiento (digno), la ironía (sabia) y por veces la desobediencia (consciente) en relación a cualquiera de las plataformas patológicas de la administración y cultura dominantes. En suma, legitimar y estimular la lucha honesta, inteligente y sensible como ciudadanía deseable.
           
Coralidad tampoco quiere decir arreglarlo todo a fuerza de mesas redondas y debates públicos y negociaciones. Comprendamos que estas estrategias incluyentes y conversacionales no siempre son las mejores (¡oh, apostasía!). No caigamos en la autocracia del consenso. A veces la acción no consensuada es, de hecho, la más efectiva.
           
Agrego que la coralidad incluye los reinos animal, vegetal y mineral. No se puede repetir lo suficiente eso de la agenda ecológica. Antes a los que se preocupaban por la ecología los llamaban eco–histéricos. Pasadas las décadas, el término ya no se escucha en columnas y diarios locales. Cualquiera que aún sostenga que la destrucción del medio ambiente es una doctrina paranoica quedará como un imbécil. La única prosperidad posible es aquella que está consciente de que vivimos en un mundo limitado, con los recursos contados. Actuemos en consecuencia, en sana distribución, de acuerdo a las necesidades pendientes. No admitamos soluciones ambientales decorativas. Tampoco importemos modelos voraces y entidades explotacionales que solo traen miseria y destrucción a nuestro medio.


(Columna publicada el 9 de abril de 2015.)

Gt (57)

Así vamos pecando todos... Nunca faltan los peones progres, enmielados e ingenuos, que nos hinchan a todos los huevos con sus pequeños discursitos chapoteantes, en donde no se ve por ningún lado la lectura o la experiencia… Los que terminan sustituyendo el genuino ethos político por un lirismo barato, beato e inconsecuente, cuando no idiótico... Los que pierden el tiempo con blancos fáciles, seguros… Los que se extravían en inocuas abstracciones… Que hablan desde la pura fantasía doctrinaria, y residen en un perfecto cuento de hadas, de hadas y ogros… Los que, en su dogmatismo blanco y negro, nunca saltan al otro, por mucho que se llenen el hocico de grandes palabras como diálogo, como pluralismo... Casi tan desagradables como esos que creen que tienen algo demasiado importante y trascendental que heredarle a las futuras generaciones... Piensan que lo están cambiando todo y no están cambiando un carajo… Los que, no bastándoles el presente, quieren apropiarse del porvenir, como ya lo hicieran del pasado... Los paranoicos irremediables... Los que queriendo ayudar, ensucian, empeoran... Los agitadores de facebook, que revientan o pontifican, pero eso sí, en la perfecta entelequia de su mullida poltrona…. Y aquellos propagandistas que alegan por todo, por ejemplo en la sobremesa, pero nada hacen, nada resuelven, no aportan genuina información ni claridad orientadora, no plantean soluciones concretas más allá de las decorativas, no accionan, no participan realmente, no lideran, no dan el ejemplo, no sirven y de nada sirven, solo hacen ruido, insultan a todo el mundo, se burlan de cada quien, y escriben sus posts en mayúsculas, siendo unos mocosos descalificadores, desdeñosos, envarados y condescendientes, que ignoran las reglas de la comunicación elemental. En suma: unos léperos ideológicos. Todo lo anterior aplica por igual a activistas de izquierda y derecha. En términos generales, sin su preciosa indignación, muchos críticos de uno u otro signo se quedarían sin razón de ser (y algunos sin changarro) y por tanto lo peor que les podría pasar es que el sistema de veras se arreglase. Hablaremos en ese sentido de una indignación u oposición cómplice, que de hecho mantiene al statu quo por medio de la polarización inmovilizadora. Es muy sutil, y puede ser consciente o inconsciente.


(Columna publicada el 26 de marzo de 2015.)

Gt (56)

Definitivamente, me parece que hay que cuidarse del relativismo mórbido, esa horizontalidad circular en donde ya no hay lugar para la autoridad o la jerarquía o la verticalidad, y más que nada, en donde ya no hay lugar para lo sagrado, y aquí se entiende lo sagrado por supuesto en su acepción abierta.

En términos prácticos, el desconfiar de la jerarquías y el no saber cristalizarlas hace que las organizaciones demasiado horizontales se vuelvan inoperantes, deslideradas, incapaces de movilizar recursos y personal, o de proveer inspiración de calado que no sea lateral y endogámica.

No es infrecuente que los activistas grassroots sean incapaces de montar proyectos de largo plazo y de envergadura. Especialmente cuando les gusta la vida relajada, alejada y alternativa en un pueblo en el interior...
           
Si no son ateos rematados, y si tienen alguna tendencia al optimismo sutil y místico, van mezclando su lucha con lugares comunes sobre el amor universal, mientras fuman unos purotes de buena yerba, y se meten uno que otro enteógeno, al lado de algún cuerpo lacustre. Luego terminan perdidos en alguna secta chamánica, contando mantras hasta el infinito.
           
Estoy bromeando, más o menos. Lo cierto es que no tengo nada en contra de la simplicidad voluntaria ni la vida retirada, muy al contrario, y yo mismo, en cierto modo, la practico. Siempre y cuando no se convierta en un modo conveniente de evadir las complejidades del momento crítico que estamos viviendo, en lo íntimo y en lo social.
             
Tampoco es que no existan frentes muy serios de compromiso en el país. Abundan ejemplos de organizaciones y redes de solidaridad muy concretas y disciplinadas, con personas extremadamente formadas e informadas, de mucho carácter y de muy notable alcance, dispuestas a hacer el trabajo sucio.
           
No quita que existan otros idealistas completamente incapacitados para crear cambios en las metaestructuras, especialmente porque al desconfiar del universo del poder y los ambientes jurídicos, no se meten a esas aguas, cuando solo allí podrían ganarse ciertas batallas.
           
A veces hace falta un poco de realpolitik para conseguir resultados. Un problema es que sobran aquellos que no quieren mancharse las manos. Por lo mismo no desean entrar a un mismo cuarto con sus antípodas políticos: semejante conversación les mancillaría su precioso e inmaculado discurso. Dejando así a acolmillados o advenedizos en completa libertad de ocupar las plazas clave de poder.
           
La verdad es que quieren (o queremos, debería de decir) permanecer puros y héroes en la propia torre de cristal ideológica, hablando de política, pero fuera del fango.

Y sin embargo es imposible salvar el culo y las apariencias al mismo tiempo.
           
Y sin embargo el culo hay que mojarlo.



(Columna publicada el 19 de marzo de 2015.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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