'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Lengua (2)

Distingo dos tipos de personas: los que escriben serote con ce y los que escriben serote con ese. Si aún no han ustedes entendido, yo soy de los segundos.
             
Yo soy de los que escriben serote con ese, pero claro, siempre hay más de un serote que te dice que serote no se escribe así. Y luego procede a dar las explicaciones que ya todos sabemos.
           
Esas explicaciones son racionales, y a ese nivel no tengo ningún problema con ellas. El problema es que toda esa racionalidad (que en realidad a veces es procedente y otras veces no es más que pseudoracionalidad) mata el idioma: al pretender informarlo lo deforma.
           
Esa continua domesticación asesina la creatividad de las palabras.
           
Yo respondo siempre a estos gendarmes del idioma lo mismo:
           
1) En primer lugar, que me hagan el cabrón favor.
           
2) Luego, que yo uso la palabra serote para acentuar la condición lazarilla e insurrecta de la palabra. Que si existe una palabra que merece no obedecer las reglas y regulaciones es esa.
           
3) Que en términos generales no seré yo quien vaya a ser secuestrado por los legalismos semánticos del DRAE. Que sus minutemen me tienen sin cuidado (y por favor, no me vayan a poner cursivas a la palabra minutemen, solo por venir del inglés, me la desnaturalizan). Que ni Dios ni el DRAE tienen dominio absoluto en mi manera de usar las palabras, abierta a toda clase de innovaciones e influencias culturales, más allá de cualquier lectoescritura autorizada y casticista y a menudo castradora.
           
4) Que escribir bien no es por fuerza escribir como lo dicen los artefactos léxico–sintáctico–ortográficos, que por demás siempre están cambiando, de acuerdo a las autoridades de turno. Que pasa que hay muchas personas que saben y aplican perfectamente los dictámenes consensuados pero igual escriben con el culo. Lee uno sus textos y resulta que son los más sosos y olvidables del mundo: no poseen magia, porque están encorsetados en un sistema de valoración que encierra y asfixia las palabras y no les permite volar. Y que en cambio hay otros que se saltan todos esos controles, animados por un espíritu verbal libertado, y escriben gloriosamente, hacen frases que son pájaros gloriosos, pues se atreven a expandir y jugar con la forma y fondo de las palabras.
           
5) Que en realidad no escribo serote con ese siempre. Solo cuando me da la gana. No me interesa caer en un dogmatismo inverso. Sé bien que romper sistemáticamente el canon de la lengua produce un nuevo canon, una nueva rigidez, un nuevo tedio.
           
6) Por último, que los invito a que lean el texto de José Joaquín Blanco (por antiguo, no menos acertado) llamado La chida pureza del dese, perteneciente a su libro Un chavo bien helado, encontrable en la web, y en donde entre otras cosas dice que la sociedad no tiene por qué hablar con la Voz del Amo.


(Buscando a Syd publicada el 28 de enero de 2016 en El Periódico.)

Lengua (1)

El lenguaje es un organismo cultural vivo, que ha experimentado majestuosas, luminosas transformaciones.
           
Y sin embargo habrá tenido una incepción muy oscura y densa. Surgiera acaso desde el fondo de nuestra fisiología profunda como un puro grito, un mecanismo basal de sobrevivencia, una forma primigenia contra la aniquilación. ¿Por qué otros animales no parieron un lenguaje, un universo simbólico tan sofisticado como el nuestro? Hay que atribuirlo a condiciones ambientales, proteínicas y neurofisiológicas particulares.

En todo caso, ese grito, al principio desnudo, bárbaro, simiesco, enseguida fue adquiriendo propiedades más asombrosas: un instrumento para comunicar con la naturaleza e invocar sus favores. Relación mágica que de hecho se fue tecnificando: manipulando el signo verbal, se afectaba la cosa y el ente, sobre el cual se podía ejercer alguna clase de dominio.
           
Ni decir que esto dio inicio a un proceso de instrumentalización de la realidad, que de esa cuenta pasó a ser ordenable, habitable e intersocial. Es decir comunitaria. Toda comunidad es lo cierto una comunidad verbal.
           
Por supuesto, no estamos hablando de una mera comunidad verbal, sino de muchas, poblando las extensiones y los tiempos. El lenguaje tiene esa propiedad babélica: se fragmenta en lenguas y hablas. Sobre el espejo babélico, el lenguaje se habría quebrado, dando como resultado una multiplicidad de dominios lingüísticos insulares.
           
Las cruzadas imperiales buscaron poner fin a esa atomización. Por supuesto, toda dominación imperial exige la unificación mayor de la lengua. El orden concebido de la polis depende directamente de la regularidad de la misma, y esa regularidad requiere de gramáticos y verbalistas, que la uniforman y cristalizan. Todas las grandes lenguas pasan por procesos de regimentación y moralización. Sin esos procesos no podríamos de hecho entendernos, nos perderíamos en un laberinto de dialectos.
           
Claro, el problema de la codificación excesiva de la lengua es que la vuelve rígida, la osifica y le corta sus corrientes creativas. Semejante sistematización apela a menudo a una pretendida pureza. Y ya se sabe que cuando se buscan mucho las purezas, surgen pronto los fascismos.       
           
En un contexto como este, rebelarse contra los consensos de la lengua es aconsejable. Es una rebelión eterna. Aquí citamos al poeta argentino Juan Gelman, quien en su discurso de recibimiento del Premio Cervantes dijo:
           
Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si este fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran "lastimándolo" desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice "siempre mañana y nunca mañanamos" agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.”


(Buscando a Syd publicada el 21 de enero de 2016 en El Periódico.)

Distancia, a distancia



Aquí, como cada año, emocionado con la temporada de premios de cine, que culminan en los dorados Oscar.
           
Claro, estaría más emocionado si Ixcanul hubiera quedado nominada como mejor película extranjera.
           
Pasará mucho, mucho tiempo antes de que se vuelvan a reunir las causas y condiciones apropiadas para que un largometraje local tenga una oportunidad real en los Oscar. Quizá dentro de veinticinco vidas podré ver un filme nuestro en los Oscar. Solo que en esa vida ya no seré guatemalteco: seré africano.
           
No es que Ixcanul sea menos sin esa nominación, por supuesto. Pero tampoco hay que desdeñar lo que un premio como ese puede ofrecer: visibilización.
           
Visibilización del cine hecho en el país, y, en el caso de Ixcanul, visibilización del mundo indígena y campesino que retrata. Quizá no exista película guatemalteca que lo haya hecho mejor hasta la fecha.  
           
Pero no hemos de pensar que es la única película de ficción que aborda el tópico indígena. Pensemos ya en Distancia (2011), de Sergio Ramírez, cuya trama sencilla nos habla de un campesino que va a Nebaj a conocer a su hija, perdida en el contexto de la guerra. Es así cómo se va dando un filme en clave de road movie, que es la historia de un encuentro, de una consumación, de un cierre que es una apertura y un principio.  
           
Distancia, sin recibir la atención que recibió Ixcanul, es una película relevante. Entre otras razones, porque propone una intimidad con el mundo rural, una conexión que hoy es prácticamente inexistente, incluso en el seno de ese mismo mundo rural.   
           
Tenemos algunas críticas. La primera es que Ramírez hubiera podido entregar una narración más excitante, más lírica, más enlaberintada, más cruel. Y luego también nos faltó el humor, ese humor que sin embargo Ramírez posee y nos mostró de hecho en su encantador cortometraje Hoy sí. 
           
Como película, Ixcanul es superior a Distancia, acaso porque es más visceral, menos programática. Distancia, con su voluntad memorialista (empieza literalmente en una exhumación) y su agenda, demasiado explícita, de exhibir un drama nacional –casi ideológicamente nacional– resulta más rígida y morosa de planteamiento.
           
No es que ese drama nacional no sea importante, obvio. Más ahora, cuando la reciente captura de varios militares vinculados a crímenes de lesa humanidad, nos re–catapulta a ese sector de nuestra historia, mismo que Distancia aborda. Lo que pasa es que sentimos que el drama del filme es vicario, externo, que se ha tomado prestado de la Historia con mayúscula, y no surge desde la interioridad del guión mismo, que no presenta conflicto nativo.  
           
Pero hay que darle un crédito a Distancia, y es que ya contiene mucho de los elementos que luego fueran celebrados en Ixcanul: el idioma maya, la ruralidad profunda, el desprecio ladino, la fragmentación intraindígena. Parece importante destacarlo.

             
(Buscando a Syd publicada el 14 de enero de 2016 en El Periódico.)


Allí donde hay orden


Soy uno de esos que se organizan. Ah cómo no. Eso tanto en mis asuntos personales como laborales.
           
Eso explicaría entonces las cuatro pizarras de marcador que tengo en mi estudio, cada una con una particular función ordenadora. Explicaría las dos agendas que uso cada año. Los folders perfectamente sistematizados en la compu. Explicaría el uso meticuloso que hago del calendario. Las secuencias vigiladas que voy estableciendo en cada regular día de mi existencia.
           
Y los horarios rigurosos y las incesantes repeticiones. En efecto, yo hago las mismas cosas todos los días, a la misma hora, sea ejercicio, comer, trabajar, hacer la siesta o meditar. Soy una persona muy neurótica en ese sentido. CL6 ya me conoce los modos, y me los tolera, y hasta los ama, en cierto modo, salvo cuando no. No debe ser fácil para mi esposa vivir con Sheldon.
           
Si tuviera que dar una justificación inteligente a mi reticulada personalidad citaría el monólogo undécimo de Criaturas del aire, de Fernando Savater, en donde Phileas Fogg nos dice: “Un espíritu verdaderamente observador, imaginativo y sensible a la variación inagotable de la vida, prefiere moverse dentro de un marco idéntico sobre el que destacan las delicadas oscilaciones de lo real”.
           
Por supuesto, el orden es muy importante para el escritor. Abordo cada texto desde un protocolo preciso, que ya a estas alturas tengo muy bien cocinado. Allí donde hay orden, musas y ángeles se presentan puntuales.
           
No caigo en el mito exagerado del arrebato romántico, ni tampoco en el de la automaticidad surrealista, y menos en el de la avanzada caótica pura. Escribí varias cosas desde estos procederes en algún pasado, y hasta quedaron bien, pero realmente lo que termina ocurriendo en la mayoría de casos es que el texto encalla en callejones muertos y faux pas, y escribir nos toma muchísimo más tiempo.            
           
Especialmente si se trata de una novela en donde hay que conjuntar tantos elementos (tramas y subtramas, técnicas narrativas, pautas de estilo, temas, personajes, escenas, descripciones, diálogos,  etcétera). Es mejor tener una claridad de lo que se va a escribir y propiciar con ello una configuración, un esqueleto, un diseño previo, aunque después se agarre para otro lado. Porque la idea no es matar la poesía, la deriva y la irracionalidad. Es al juntar lo estructurado y lo inesperado que ocurre el milagro.
           
En el caso de un freelancer como yo, es importante contar con un mecanismo que vaya eficientizando todas las esferas del oficio (comunicación con los clientes, cobro de trabajos y todo el resto). Si de algo me siento orgulloso es de mi sistema de organización laboral, que se fue marinando con los años, y que hoy goza de esa siempre extraña, de esa mutante cualidad: la funcionalidad. Funcionalidad que luego exijo a mis contrapartes laborales.
           
Un freelancer desorganizado es, como diría mi cuate el cuidador de carros, “morro al agua”. Lo único que tiene uno es su talento y su palabra. ¿Sin palabra, que sería del escritor? El deadline deberá ser cumplido.
             

(Buscando a Syd publicada el 7 de enero de 2016 en El Periódico)


Eso que no pasa y no pasa (2)

Por fin he llegado a la Tienda, en donde toda clase de productos se aprietan unos con otros, como refugiados sirios. Compro mi empanada de manjar.
           
Me la voy comiendo de regreso a casa. Tiene exactamente el mismo sabor de aquellas empanadas de la infancia, lo cual me pone a pensar que si bien es cierto que todo cambia, es al mismo tiempo como si nada hubiera cambiado. Que si bien he aprendido toda clase de cosas, toda esa experiencia acumulada no traduce ninguna traslación fundamental.
           
En mi caso, esa inercia se refleja simbólicamente en mi modo de vestir. Siempre uso la misma ropa, las mismas prendas, los mismos tennis (acaso nací con ellos, en 1976). Tengo la misma tablet premoderna de hace años. La obsolescencia planificada no aplica a mi persona. Soy como un reptil.
           
Y como los reptiles, vivo en una especie de des–ahora. El pasado, ya concluso, nada tiene que ver conmigo. Estoy abierto a la actualidad, pero también tengo entendido que la actualidad no es más que una ilusión manufacturada por los think tanks, los medios de comunicación, los cuadros mercadotécnicos. Del porvenir no espero mayor cosa, y aquellos Proyectos Esenciales y Ambiciosos que solía tener ya no me interesan: ya los soñé y ya los cumplí y los seguiré, tediosamente, soñando y cumpliendo. 
           
Pero incluso podemos ir más allá: no es solamente que el pasado ya está quemado: es que de hecho no existe, como de hecho no existe el futuro. Y el presente, ni hablar. Uno de los peores fiascos recibidos del marketing espiritual es el fiasco del “vivir en el ahora”. El ahora no existe.
           
Si el tiempo no existe, ¿qué es lo que nos da esta sensación de continuidad? ¿El cuerpo, la consciencia? ¿Pero en qué medida puedo decir que el cuerpo o consciencia de este adulto de casi cuarenta años es el mismo de aquel niño que callejeaba cerca de La Terminal? ¿Sin en el superglue artificial de la memoria, y el sentimiento vicario de anexación que produce, queda algo?
           
Algo queda, pero no es exactamente algo. Previo a los recuerdos, previo al fluir plural y pluvial de los contenidos, hay una sensación cognitiva básica, una especie de inmediatez o radiación fundamental, que ya ni siquiera tiene que ver con ese fantasma llamado Maurice, y que está más allá del pasado, del presente situacional o del enjoyado o sombrío futuro. Pasado, presente y futuro se mueven, aparentemente, pero se mueven en algo que es por completo ajeno al movimiento. El ser toca la biomente y se refracta analógicamente en tiempo y distancia, que son estructuras básicas de sentido.
           
Una vez comprendido eso, una vez comprendida y deconstruída la duración, soy libre de identificarme con la misma o no, de elegir el juego de la temporalidad o simplemente de reconocerme como eso que nunca nació y que nunca morirá. También me es dable vivir en el tiempo y fuera del tiempo… al mismo tiempo.
           
Mientras ingreso la llave en la cerradura de la puerta de mi departamento, doy la última mordida a la empanada, que ha regresado de esa cuenta a ese vacío de donde nunca se había ido para empezar.


(Buscando a Syd publicada el 31 de diciembre de 2015)

Eso que pasa y no pasa (1)

El hecho es que tengo ganas de una empanada. O sea: una de esas empanadas dulces, que llevan manjar adentro.
           
Ya con los zapatos puestos, salgo del apartamento, me subo al ascensor, que tiene un espejo, y en el cual puedo ver mi rostro, que ha envejecido notablemente.

No lo digo con lástima: desde un punto de vista por ejemplo estético me da igual envejecer, afearme. Esas arrugas, manufacturadas en la obligada usina del tiempo, son recibidas con alguna cómoda indiferencia.
           
Salgo a la calle, en donde me espera no un frío ártico pero sí un calor gordito (parece marzo) y me doy cuenta que otro año termina y que con cada año que termina pues yo también estoy terminando. Aunque si bien hay una percepción aguda de mi temporalidad también siento, por otro lado, que cada vez me vuelvo más atemporal, más insolente.
           
A ratos me da por pensar en estas cuestiones. Es el caso cuando me dirijo a comprar una de esas deliciosas empanadas de manjar, que vengo comiendo desde siempre. Muy niño las compraba sí con el dinero que me daba mi abuela, que en paz descanse. Recuerdo el sentimiento inextinguible de libertad, el pronóstico de que todo iba a estar bien, mientras enfilaba por la calle aquella de la zona 9 (había un salón de belleza de esos de barrio) rumbo a la Tienda.
           
Últimamente, recuerdos ectoplásmicos como el anterior me han estado visitando. No es que les de mucha atención, porque, como ya expliqué en columna reciente, no soy una persona nostálgica. Si percibo el paso del tiempo, yo diría, es sobre todo porque el cuerpo me lo recuerda, con su inevitable entropía, sus bloqueos bioquímicos, sus irritantes externalidades, sus contra–contribuciones, sus achaques y exigencias. Este proyecto orgánico empieza a dar tonos inequívocos de desorganización.
           
Tampoco quiero dar un escenario decadente del paso de los años. Más allá de lo arriba mencionado –así como del hecho de cada día soy más insoportable (y de que correlativamente soporto menos a los demás)– me doy cuenta que hay cosas estimulantes en eso de envejecer. Puedo hablar por ejemplo de una especialización de todas mis facultades. Puedo decir que soy una persona más integrada. Que escribo, puede ser, mejor. Que ya no soy esa entidad confusa y como enlutada que fui en otra parte de mi vida. Decir que he aprendido algunas cosas sensibles, y que ahora puedo realmente ponerlas en práctica. Puedo incluso imaginar que algún día esas cosas darán bellos frutos de alguna clase.
           
De otra parte, también he sido testigo de muchos eventos interesantes, uno o dos relevos generacionales concretos, prodigiosas migraciones tecnológicas, verdaderos, inapelables despertares culturales… Y yo mismo estoy sumergido en todo ese proyecto líquido, en toda esa actualidad, en ese ímpetu diferenciado de formas y de nombres. No es como que me estoy quedando particularmente atrás. En raros momentos visionarios, incluso me adelanto. Pero ya me está saliendo el insoportable.


(Buscando a Syd publicada el 24 de diciembre de 2015.)

Hablemos Esperanto

Voy caminando rumbo al Esperanto –el Espe, como le dicen los mamones– que es mi bar y el bar de mi barrio.

A esta horas, las calles están vacías, y no son ya ese manglar de carros y motos de hace unas horas, esa cosa tipo Madrás, en donde todo el mundo le saca a todo el mundo la madre, zumbido de destrucción total.
           
En la banqueta me recibe el grupito de conocidos que fuman y refuman. Hace años se fumaba adentro, y el Esperanto, que es un huevito, se saturaba de un humo caliginoso, cuyo olor se le quedaba a uno prendido a la ropa.
           
Luego de intercambiar bromas con estos y con aquellos, entro al bar propiamente, cálido como siempre. Saludo a un viejo amigo, entre la alegre penumbra, que come muchos nachos, bebe muchas micheladas, legendarias del lugar.
           
Sigo mi trayecto, y no es una larga marcha hasta la barra iluminada, donde pido a Víctor –tata del sitio– algo de tomar, sin alcohol. Víctor, y su mano derecha, el sonriente Lester, siempre me tratan con algún cariño.
           
Mientras Víctor me confecciona esa bebida no alcohólica insisto en observar las paredes, decoradas con las mismas fotos y posters de hace tantos años. Y sin embargo no es que Esperanto pueda ser calificado como un bar del pasado, ya que siempre se está llenando de nuevas caras y vibraciones. Jamás podría ir a un bar por nostalgia. Soy la persona menos nostálgica de este mundo.

De otra parte, es cierto que Esperanto tiene cosas que se repiten: rolas, rostros, lealtades, representada sobre todo por un racimo serial de personas que son los de siempre.

Pero a la par de los de siempre (para qué mencionarlos, si ya todos sabemos quiénes son) están esos otros que fluctúan, y que sin embargo, a su modo, también han estado allí toda la vida.
           
Uno y otro grupo –cautivos y flotantes– coexisten, sin problema. Entre los que formamos parte de la llamada Generación X (y algunos previos, que apenas encuentran bares para gente de su edad en Guatemala, y menos bares inteligentes) y ahora los millennials de segunda y tercera emanación (o postmillnennials, también llamados, por mi persona, “emoticones”) hay gradaciones intermedias.
           
Así pues, estamos hablando de edades que oscilan laxamente entre los veinte y los cincuenta. Lo interesante es que no es un mero bar de artistas, sino hay muchas otras profesiones también, entremezclándose, y eso salva al bar de la endogamia.
           
Este encuentro es de lo más rico de Esperanto, sobre todo en una ciudad en donde cada día es más difícil interseccionar, con todo y móviles y plataformas sociales.
           
Ciertas cosas de plano no te las da el Tinder.
           
Como sea, todos estos clientes aman Esperanto. Hasta sirven tragos, detrás de la barra. De igual manera, son a menudo los mismos clientes los que ponen la música, todo un detalle.

Hoy es martes de jazz, y el bar está un poco más lleno de lo que me gustaría, lo cual de otro lado me gusta.
           
Algunos jazzistas han encontrado aquí una auténtica casa, se inclinan a sus escalas arquitecturadas y fractalizantes, con feeling y entrega.

Otro día serán los genios de Dr. Tripass. O Primocaster. O el Leke o Dub Selector poniendo el sonido. La música siempre destaca en Esperanto, no es esa mierda auditiva que ponen en otros lugares nocturnos, herederos del peor gusto.
           
Por cierto que muchos de esos lugares ya ni existen. Son bares–polillas. De corta vida. Sin longevidad. Sin mística. Esperanto ha vivido (y ha vivido relativamente bien, especulo) durante varios años ya, y eso porque es un bar orgánico –no busca adaptarse a ningún estilo, salvo al suyo, que no es particularmente el de nadie– y porque siempre está ahí para sus clientes, más allá de las ganancias, sin huirle a estas. 
           
Conozco a Esperanto literalmente desde que abrió. Es más: el primer texto que alguien escribiera de ese lugar lo escribí yo. (En esa época la idea era sentarse en las mesas, y oír música de unos audífonos colgantes, y la cosa no funcionó, por supuesto, porque lo que uno quiere en un bar como Esperanto es oír música con –y través de– los otros).
           
Afuera de Esperanto me quedé tirado no una sino varias veces, de la pura intoxicación. Luego dejé de beber, y ya no regresé en muchos años al sitio, pero el año pasado empecé a frecuentarlo de nuevo.
           
Ya sin quedarme tirado enfrente, entonces. Quedaron atrás esos tiempos en donde los bares eran mi fascinación y escribía poemas de los bares y lo único que conocía de los bares eran los retretes, pues en los retretes me la pasaba peinando, eternamente, eternos pases, y leyendo, sin esperanza, pobres pintas.
           
Actualmente no salgo mucho que digamos, pero de salir, salgo a La Erre, o salgo a Esperanto. Son escasos los bares actuales en donde se encuentra una casaca decente, y Esperanto es uno de ellos.

En efecto, he tenido buenas conversaciones allí (desde luego, aburridas también). Yo, que no socializo, socializo en Esperanto.

También es uno de los pocos bares en donde uno, siendo abstemio, no se siente incómodo entre bebedores, y no es presionado a beber, ni por los que allí trabajan ni por los que allí consumen. Tampoco hay beodos insoportables, descalabrados, grasientos, testosterónicos, transilvánicos, lábiles, junkies o malacopas.
           
Dicho esto, es seguro y será cierto que mañana algunos de los circunstantes se levantarán de goma, y les costará ir a trabajar. “El trabajo es la maldición de las clases bebedoras”, ha dicho Oscar Wilde.
           
En la banqueta, la mara platica o conecta, intercambia criterios y narrativas. Cada cual cuenta (y es) una historia, mientras bebe una cerveza, un gin, un vino, un tequila, cualquier cosa. En términos de comida y tragos, no encontrará el interesado ninguna oferta de veras interesante. Pero lo poco que tiene Esperanto lo da con genuino afecto, y eso lo convierte posiblemente en el bar más valioso de la Zona Viva, en mi opinión. Los bares cumplen con una función social y cultural muy importantes. Muchos, tristemente, no cumplen su función.
           
Viene más gente, y ya un poco ahogado de socialización, me despido sumariamente, y procedo a reingresar a la calles vacías de la ciudad, que mañana por la mañana se llenarán de comanches.


(Buscando a Syd publicada el 17 de diciembre de 2015.)

27 puntos

Ya sentada en el food court, recordó la sangre y los alaridos y cómo se tropezó con algún juguete cuando fue a buscar la toalla blanca al baño. Después se la puso a Mateo en la cabeza y la toalla se puso roja, roja y más roja.
           
Pobre Mateo: estaba jugando con Torre, el viejo rottweiler de la familia, en el jardín. Luisa estaba dentro cuando escuchó los gritos colosales de su hijo, y corrió y encontró a Mateo allí pálido, casi ausente, pero histérico: Torre lo había mordido la cabeza. 
           
Pablo también había escuchado los llantos, y en un segundo ya estaba allí, él y luego la Silvita, la muchacha, que se quedó quieta, en shock, como si le hubieran dado un millón de quetzales.
           
Lo bueno es que Pablo sabe manejar una crisis, y rápido encerró a Torre en el cuarto de la lavandería, subió a todos al carro, rumbo a la Emergencia, en donde Mateo fue cosido.
           
27 puntos.
           
Ya de regreso en casa, pasado el susto mayor, pidieron una pizza, para beneficio de Mateo, a quien le encanta la pizza.
           
Luisa estaba dudosa de si llamar a sus padres y decirles que ya no iban a ir a la cena de Nochebuena, pero Pablo terminó convenciéndola de que lo mejor era seguir con el plan original. Sería solo una cuestión de volver temprano a la casa, argumentó. La verdad es que Mateo, a pesar del susto, está aguantando bien, continuó diciendo –y no ir con los abuelos en plena Nochebuena de verdad lo mataría.
           
Entonces Luisa recordó que hacía falta comprar unos regalos y se lo comentó a Pablo y ambos decidieron que ella iría a comprarlos y él se quedaría pues con el pequeño Mateo.
           
Ya en el centro comercial, Luisa compra los regalos en ciertas tiendas clave (y un regalo extra para Mateo, tanto se lo merece) y por fin se sienta en el food court a tomar un café a descansar. Hay un ambiente de urgencia a su alrededor, y las luces navideñas parpadean indiferentes. Luisa piensa en Torre.
           
Vuelve a casa, y Mateo está jugando Playstation, de lo más campante, con la cabeza inflamada, como la de un pequeño Frankestein.
           
Más tarde todos se arreglan para ir a la cena de Nochebuena, incluida la Silvita. Ya en la casa de los abuelos, todos, tíos, primos, escuchan el relato de lo ocurrido en la mañana; horrorizados, abrazan a Mateo. Después llega Santa, y todos convienen que está mucho mejor que el Santa del año pasado. La Silvita está inmensamente feliz de reunirse con la Roberta –la muchacha de los padres de Luisa. En el cielo estallan poderosos fuegos artificiales. También llega el momento de la cena, pero antes dan las gracias al Señor por el pavo (y en ese momento es que Luisa recuerda la sangre, la toalla) y las gracias porque Mateo ha salido bien de su accidente.
           
Termina la cena, vuelven a casa –temprano, como quedó dicho. Mateo va dormidito en el asiento de atrás, al lado de la Silvita, y al llegar Pablo le deposita en su camita, y después va a sacar a Torre del cuarto de la lavandería, en donde se había quedado todo el día encerrado, y Torre está de lo más feliz y juguetón. Luego Pablo se dirige al dormitorio. Luisa lo ha estado esperando.
           
–Hay que ponerlo a dormir –dice ella.
           
–Le puse la pijama y ni abrió los ojos –contesta Pablo.
           
–Me refiero al chucho.
           
A lo lejos estallan más cuetes.


(Buscando a Syd publicada el 10 de diciembre de 2015.)
            

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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