'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Acelera

Edificios.– Hombres construyendo edificios, en el doliente mediodía, creando ciudades descaradas, en donde han de vivir los cínicos del futuro. 

La envenenada.– Él me está envenenando. Quiere quedarse con todo. Lo sé por la manera en que extiende el plato de comida: con una mixtura de nerviosismo y desdén, irrupción y cálculo. Ayer estuve vomitando toda la noche, con anormal insolencia. Alcancé a notar –lo noté en sus auxilios impostados– una sonrisa taimada; reconocí en su alma un ave oscura. Sé que no tengo tiempo, y tampoco fuerzas tengo (ya ni consigo cerrar el puño), pero hoy en la noche huiré, entre los jardines y la niebla. Huiré de quien dice darme medicinas y me da venenos. 

Octubre.– Octubre es otro mito y el mañana no es. 

Caliente carretera.– Te agarran –son dos: gordo uno, sequito el segundo– en la ya ardiente carretera. Fuiste muy descuidado. Tan descuidado. Ahora querés convencerlos con dinero, palabras facilonas. Primer escenario: te llevan a un lote: te disparan en la cabeza. El segundo escenario es bastante parecido al primero. 

Acelera.– Tu responsabilidad moral es atropellarlos a todos. Ellos no son tus iguales. No son tus hermanos. El carro es tu arma. Tu bendición. Acelera. 

El corazón.– A esta hora, los muertos, ellos, se ponen a meditar, para ello abren la cortina que da a la larga avenida. ¿En qué meditan? Meditan en el corazón que palpita debajo de las tristes banquetas, y que lo sufre todo, cuando los vivos respiran. 

Practicalidades.– ¿Dónde pongo el cadáver? ¿Le coloco encima una flor? ¿Cuántas lágrimas derramo? ¿Qué se hace luego con el arma? 

Golondrinas y gaviotas.– Golondrinas y gaviotas caen en el lugar en donde quisimos el otro día arreglar las cosas. Sabes bien que te paraste y te fuiste; y que yo no salí a buscarte. Quedé viendo las golondrinas y las gaviotas, gritando rotas a mi alrededor.

Callar.– Te están rastreando, porque no admiten el sudor de lo libre. Entiendo que quieres gritar, mas no seas vano, no pidas una cruz. ¿Qué hay en el martirio, sino flagelo? Lo táctico de momento es callar. Ya vendrá nuestra gloria. 

Cruzar la calle.– ¿Cuántas veces he cruzado ya esta calle? ¿Cuántas veces calculado las distancias? ¿Cuántas veces esperé el momento correcto, hasta por fin animarme, entre carros y motos, aprovechando las breves ausencias e intersticios del tráfico incondicional, eterno, inacabable? ¿Cuántas veces di un paso en falso, me aventaron, me dejaron cojeando, malherido, con los intestinos de fuera, sangrando, para terminar sin pulso? ¿Cuántas veces estoy condenado a repetir esto? 

El maíz amanece podrido.– El maíz amanece podrido. Los perros hambrientos rodean la casa. Mi esposa está demente. Mis hijas ya no saben hablar. No pasa un día sin que aparezca un fanático o un violador. ¿Volverá el antiguo orden, los días cuando comíamos tortillas de oro? No.


(Buscando a Syd publicada el 24 de mayo de 2018 en El Periódico.)

Vudú

Contraespionaje.– Estamos espiando a nuestros vecinos, los espías. Para mientras, ellos nos están espiando a nosotros. A veces nos juntamos para espiar a los de enfrente. 

Skyline.– Me asomo a la ventana.Ahí está el skyline, tan emocionante, tan artístico. El skyline,que hemos visto un millón de veces, en aéreas tomas.No hay nada de purulento en este momento, salvo el hecho que estamos cayendo,que el avión está y seguirá cayendo.Me pregunto qué configuraciónadoptará cuando colisione,y cómo afectará nuestras formashumanas. 

Pelea.– Nuevamente, el vecino de abajo le está pegando a su esposa. Son golpes poderosos, telúricos, seguidos de gritos vencidos. Objetos masivos caen, se quiebran, en la contienda sulfurada. Si no estuviera tan bueno el partido, llamaría a la policía. 

Tarde.– Ya es como tarde. Todo se está quemando. Las selvas se están quemando. Las manos se deshacen en el fuego, tratando desesperadamentede salvar algo. Nada salvarán. Para mientras, alguien entra a una tienda de conveniencia, compra unos Doritos. 

Vudú.– La vieja invoca la vieja deidadoscura, pues oscura es, la vieja. ¡Venga desdicha, venga muerte! Dice. Poniendo los alfileresen las coordenadas atroces.Del otro lado del pueblo,alguien muere, en medio de muy sórdidos dolores. Es la voluntad de Dios, dicen los supersticiosos,explican los ignorantes. 

Loca, muerto.– Pudimos estar juntos, pero ahora estás locay yo muerto. Pudimos asistirnosen la noche,pero ahora estoy tieso, sin tu beso y tu homilía, y vos seguís corriendo, en un camino de pastillas,tan inmóvil y tan sentada. He aquí el disparo en mi cráneo convexo, he ahí el vacíoen el tugurio de tu rostro.Hicieron mal en separarnos. 

Te tardaste demasiado.– Te tardaste demasiado.El crematorio ya quemó el cuerpo. La violada ya fue violada. Los rehenes ya fueron decapitados.El puñal ya está metido. Crucé la esquina. 

Mi hija está enferma.– Mi dulce, dulce niña. Tu vientre es un agosto de gusanos. Creíamos que era nada al principio,pero resultó ser lo peor, lo más profano. Fuimos a todos los consultorios, imploramos a todos los médicos. Uno de ellos nos dio el horrible diagnóstico. Mi dulce, dulce niña. ¿Cómo no odiar al Señor?Allí donde pongo la mirada, ahí está, entero, su Olvido. El único regalo que nos daes un nuevo examen, cada día,una nueva sonda, otra clínica. Tal es su portento. No otro su milagro. Mi dulce, dulce niña: el solo milagro eres tú.

La doncella se explica.­– Fue en la noche de los coribantes. En la noche lateral de las máscaras. En la noche de los cínicos impíos.Ya habíamos perdido todo decoro y recitábamos sonetos impúdicos. Nos friccionábamos mutuamente.Un sucio ser y menudo y traviesoapareció, yo diría de ningún lado,y me cantó una canción de cuna. Luego metió lo suyo en mi embocadura y acto seguido me dejó gestante. 


(Buscando a Syd publicada el 24 de mayo de 2018 en El Periódico.)

Reply

Reply

El opaco.– Pobre hombre opaco. Peor que él hay otros. Pero eso no lo hace menos pobre, no lo hace menos hombre, y menos opaco, no.

Todo habré de pagarlo.– Las auroras que no vimos juntos, los alquitranes que te metí a la boca, las veces cuando debí echarte de menos. Decías la palabra agua, mientras nada bebías, y la sed era como una artesanía en tus manos, que se iba agrietando. Si también te grité, un pájaro lento me sacará, infernalmente, los ojos. ¿O es que siempre me quedaba callado? No siempre, no; pero es cierto que a veces no decía palabra, y eso es otro crimen que los policías y los perros habrán de investigar. Que investiguen. Que busquen bien. Todo está perdido. Solo fue vida la vida a tu lado. 

Reply.– Voy a añadir, solo para explicitar lo obvio, que no me agradás, y sobre todo que no me agradás lo suficiente para explicarte por qué no me agradás.

Maestro.– Flotas, maestro, en una bolsa amniótica de conocimientos y datos y referencias. ¿Cuándo vas a cortar la bolsa, y dejar que todo ese plasma se desparrame? ¿Cuándo vas a convertirte en un verdadero maestro, maestro? 

La Secta.– Una palabra lenta y larga sale de la garganta de todos, en un lenguaje ignoto. Cuando preguntas el significado del Vocablo, te miran con una mezcla de horror y reprimenda. «Nadie tiene derecho a preguntar esas cosas», responden.

Crooby.– Estás rodeado de tus amigos de coloresCrooby, y sin embargo te lamentas por lo de siempre: que los gritos tienen que ser más agudos, reclamas, que los riñones no son buenos ni suficientes. Oh Crooby: tú siempre tan perfeccionista. 

¿Cuántos años llevamos trabajando juntos?.– Un montón. Tantos que ya no sé si tú haces el trabajo o lo hago yo. Nuestras manos son ya la misma, socio, y nuestras fortunas y nuestras derrotas también. Algún día morirás, o bien moriré yo, pero el muerto seguirá trabajando –con sus virtudes y sus traiciones– en el vivo. 

Pequeños placeres.– Observar la manera en que un ave dulce se deposita en el balcón; pulverizarla. 

Anoche soñé que se la chupaba a un hombre.– Se trataba de un cantante famoso, que no es gay, y yo tampoco. Sostuve su verga durísima con mi mano derecha, su verga que se parecía un tanto a la mía, y le pregunté si tenía SIDA. Me dijo que no. De todos modos te voy a poner un condón, le aclaré. Pareció estar de acuerdo. Luego se la chupé. Se sintió bien. 

Trifoliar.– ¿Quieres dormir? Nosotros podemos ayudarte. No tardes demasiado, no obstante: tu enfermedad va ganando terreno. ¿Fácil? No, nunca es cosa fácil. Y así como puede que pases la prueba, bien puede que no. Entiende que no somos charlatanes. No nos gusta dar falsas expectativas. Empero, tenemos mucha experiencia. Y nos encantaría escuchar tu caso. Todo lo que necesitas saber está en el trifoliar. 

El auto.– Continuas buscando el auto en el parqueo, por horas y horas, por vidas y vidas.¿No te has detenido a considerar que a lo mejor el auto no existe? 


(Buscando a Syd publicada el 17 de mayo de 2018 en El Periódico.)

El cuarto

El cuarto.– Es un cuarto colmado de infinitos cuartos.De todos ellos sales tú al mismo tiempo.En todos yo me quedo. 

La excesiva noche del mar.– El faro está ahí para arrojar luzsobre la excesiva noche del mar.Y agreguemos que esta nocheno es más que la densa sustancia de mentiras que nosotros, los deformados, hemos venido tejiendo por siglos. De felicidad, de progreso, hemos disfrazado tantos crímenes, tantas ubres arrancadas. La luz del faro está temblando.  

Viento y miedo.– Te llamé demente.Te llamé irracional. Hubo esa clase de soberbia. Cuántas veces no apostillé tus historiascon un deshonroso desprecio escéptico. Másel demente he sido yo, y mi locura ha consistido en no ver lo que sin embargo estaba siendo visto. Ese algo o ese alguien que conoce todas mis indecisionesy advierte uno a uno mis descensos y temores. En la plúmbea noche me transfiere con su grito hacia las regiones más heladas. No: no volveré a burlarme de ti o de tus extraños reportes. Viento y miedo son una misma cosa.

Un hombre es dos hombres.– Soy un hombre anciano, y me pueden llamar iracundo. A la manera de los que no tienen por qué vivir, digo cosas que lastiman. Y sin embargo digo cosas piadosas, a la vez. Si todo fuera tan fácil, si pudiéramos partir a las personas, apartar lo bueno de lo pésimo… Pero al decir que un hombre es dos hombrestambién digo que dos hombres son uno mismo. Y que uno mismo es un hombre anciano.

Los Junkies–Reyes.– ¿Cómo terminamos en este lugar, en este cementerio blanco?La ciudad es es como un gran tórax que se pudre. Pipa, encendedor, vacío, pipa, encendedor, vacío… ¿Recuerdas lo bellos que éramos, recuerdas, antes del desierto?Éramos los Junkies–Reyes, cantábamos entre mirlos de ceniza. Las bestias venían a lamer nuestras manos. ¿Por qué tiemblas, por qué echas espuma por la boca?

Estás loco si crees que podrás salir de esta casa.–De esta casa nadie verificadamente ha salido nunca:habitantes más inteligentes que tú ya lo intentaron, por todos lo medios, y he aquí que fueron tragados por sus muros cancerosos, muros que cada noche se centuplican y se agrandan y son como megalitos oscuros, pasillos incoherentes por donde oscuras tribus de bestias circulan,buscando la sangre de sinceros incautos como tú. Estás loco si crees que podrás salir de esta casa. 

Perdido.–He ido demasiado lejos. Pronto mi cuerpo offline se deshidratará, entrará en convulsiones. Quedaré atrapado en esta bruma, en este sueño virtual. 

Road movie.– Manejen, manejen furiosamente por las carreteras. Cada cierto tiempo detengan el carro y miren el petróleo rojo y agrio salir de la tierra sublunar. Entren a una cantina y coman grillos secos. No tienen por qué unirse a la orden de los cenobitas. Simplemente sigan manejando. Y tengan un poco de maldito respeto por los mausoleos, por muy humildes o ridículos que sean. Ustedes podrán ser libres pero eso no quiere decir que tengan que ser irrespetuosos. Respeten los mausoleos, respeten el karma, respeten la carretera y respeten las ovejas que ahí mueren.  


(Buscando a Syd publicada el 10 de mayo de 2018 en El Periódico.)

El femicida

Relájate.– Serás acogido por los ligamentos del infierno: esa seguridad puedo darte. Lo irregular seríaque te salvaras, que pasaras a un mundo más delicado –a un paraíso–luego de todo lo que hiciste. Evidentemente así no funcionan las cosas. Por tanto es mejor que te relajes. Arderás. 

Calle a calle.– Calle a calle, la ciudad de tu cuerpo,con sus riberas obscenas, se borra. Los cajeros automáticos,los infames parqueos, tu luna llena, entre edificios vacíos:todo desaparece.Los rótulos, las cantinas, los car wash. He querido a veces asir tus esquinas húmedas,disparar en la nochede tus avenidas. He querido, mas solo un poco. La verdad es que estoy empezando a sanar. Te olvido. 

Diluvio.– Solo el grito de los ahogadosdirá ya el tamaño de nuestro crimen.Ha venido el diluviocon su agua infinita,a llevarse los íconos,a incinerar las úlceras de todos los litorales. Al final solo quedarán unos dientes, en las arenas tan borradas, y la sensación de que se vivió por gusto. 

Vida narco.– Al único que alcancé a reconocer entre el sangrerío es a Rubén. Los demás ya ni rostro tenían. Este es el trabajo.Esta es la vida narco.

Náufrago.– Líneas que nadie leerá, que yo sigo escribiendo. Copas rotas de antemano, tigres dibujados en el aire, señas errantes que un locolanza a una concurrencia perfectamente inexistente.Del otro lado de los mares, náufrago canta, en isla vacía. 

Brandy.– Esto no es como una de esas películasen donde alguien tiene un brandyen una mano y dice algo rítmicoyominoso y justo antes de matarte. 

El latido.– El viejo mago construyó un latido, pero al latido le faltaba un pecho.En el cementerio el nigromante encontró un cuerpo, ahí puso la delicada, la sutil palpitación. El cuerpo se alzó, entre figuraciones violentas, caminó unos pasos, cayó desplomado. El latido, huérfano de nuevo, se inmoló en el aire. 

El femicida (1).– He pensado en matar. He pensado en tomar un palo con clavosy estrellarlo contra la frente de una desconocida. He vuelto a pensar en su cuerpo arrastrándosepor el piso, hasta el corazón anónimo de su desesperación.He vuelto.  

El femicida (2).–Soy el que te está viendo, el que está viendo tus cosas de carne, mientras tú, la que no sabe, no ves. Con una piedra cruel en la mano, y una rata inteligente en el bolsillo, me apego a tus horarios, protocolos, a tus inocentes, recurrentes pasos. La fuerza mayor que te intercepta en el parqueo, sí. Tu cárcel, soy tu cárcel. 

El femicida (3).–A manera de disculpa diré que estaba drogado, que la pistola parecía de mentira y ella un juguete, algo de plástico, algo que no muere.

L.– Había algo de enfermo y lumbar en la manera en que L trabajaba. Aunque su cuerpo necesitase agua, L no bebía nada; solo tecleaba. Su abogado constantemente lo llamaba al celular, para aclarar su testamento. Pero L no pensaba en su testamento. Cada cierto tiempo un hilillo de sangre bajaba de su nariz. L lo ignoraba. 


(Buscando a Syd publicada el 3 de mayo de 2018 en El Periódico.)

Moscas

Moscas.– Formaremos una banda. Y será una llamada a las armas. En este pueblo tosco todo es gris y pixelado. Las moscas quieren meterse en nuestras bocas cosidas. Pero queda siempre la posibilidad de descoserse la boca. Y espantar las moscas con nuestras canciones de fuego. Y de transmutar a los hijos de los explotados. A todos esos tantos que nacieron sin mañana. 

Posesión.– No te queremos asustar, pero hemos detectado que un ente hegemoniza tu fluido biopsíquico, o dicho de otra manera: amigo, estás poseído. Eso explicaría por qué ibas ayer por la calle tan contento matando a mucha gente. No te queremos asustar, pero la entidad colonizanteno es una entidad menor, sino del último orden. Ahora estás en remisión, pero ingresarás otra vez a la modalidad cooptada, y muy pronto empezarás a vomitar nuevamente la substancia tan negra. Hacemos un llamado para que no pierdas sin embargo toda esperanza. Haremos lo que esté en nuestras manos para deshabitar el ángel oscuro, con la ventaja nada desdeñablede que ya lo hemos identificado. Considéralo un momento épico en tu vida tarada y mediocre.

Otra Cosa.– Primero fue el hilillo de sangre en la nariz, en el ascensor.Hacia el mediodía empecé a regurgitar incontrolablemente. A lo cual siguió una antología de síntomas muy extraños. Por ejemplo la uña: se me cayó una uña, luego otra más. Lo peor fueron esas formas moviéndose debajo de la piel. Como no parecían quedarse quietas, decidí extraérmelascon un cuchillo. Lamento decir que no funcionó del todo. Es muy obvio que me estoy transformando en Otra Cosa. No me inquieta: ¿puedo ser más horrible de lo que Ya Soy? 

El cuarto de los ojos.– Has entrado al cuarto de los ojos. Y son millones y millones de ojos. Y lo único que hacen es mirarte. Y sientes una densa, una amarilla, una abrumadora vergüenza.Por esas cosas que nunca confesaste. Pronto buscarás una viga y una soga. 

La venganza.– Que fuiste engañada, dices, amiga. Que te tendieron una trampa, aseguras.  Y dices bien. Y aseguras correctamente. Lo sé porque fui yo el responsable de tu desgracia, el que te trajo, paso a paso, hasta este oscuro desenlace. Incluso el giro más insignificante, más pálido, dentro de esta trama fatídica, se cocinó durante muchas horas,en este cerebro mío, tan críptico y tan metódico.Fueron innumerables detalles, lenta, milimétricamente diseñados, conjuntados para que tu vida toda cayera a pedazos. Y tu vida toda a pedazos cayó. Y por fin supiste lo que era la desesperación. Y ahora estás aquí, implorando de rodillas. Lo cual es inútil. Lo cuál es muy inútil. Este Dios es un Dios antiguo, y no ofrece compasión. 

El mánico.– No tomaré esas pastillas. ¿Qué saben ustedes, graduales, de este fuego súbito? No estoy enfermo. Ángeles vigorosos me susurran, al oído, el diagrama infinito, la última configuración. ¡Yo vivo en una ópera cósmica! ¡Ustedes mueren en su insignificante rutina! 


(Buscando a Syd publicada el 26 de abril de 2018 en El Periódico.)

Operativo

Más sangre.– Creo que en esta escenahace falta más sangre, dice, con voz fornida, el director de cine, luego de asesinar a su cameraman.

En este pueblo.– Las antiguas historias se deshacen en el polvo de los costillares. Lo único relevante son las jetas de los ancianos,sus grotescas máscaras de arrugas,raíces de un árbol inútil. ¿Qué es un recién nacido, cómo se teje? Lo saben dos, en este pueblo. Tres, a lo sumo. Pero lo saben de una forma lejana, nebulosa. El porvenir, para ellos, es más como un olvido. El propio Dios, conociéndolo todo, desconoce si esta tierra permanece; ignora que es, todavía, una porción de su Reinado. Dichosos los que supieron irse, antes de la gran sequía, antes de la gran petrificación, antes de que aparecieran los mares de la ceniza, para sorber las últimas ceremonias. Venturosos quienes tuvieron la opción de ser mortales en otro lado. 

El día.– El día ata los eventos, con el sol. Su mano traza las jornadas de los infelices y de aquellos que creen ser felices también. Abre y cierra puertas, para que así los perros encuentren otras realidades. El día trae el pan y el cordón umbilical. Trae los pelotones votivos. Trae las tramas. Y desde luego trae la noche. 

Operativo.– Nuestras armas son muy poderosas. Nuestros instrumentos tan sutiles. El enemigo nunca podrá percibirnos. Nos moveremos como sombras nocturnas. Como una manada de gacelas transparentes. Eso sí: morderemos como leones iracundos, para liberar lo que tenga que ser liberado, sustraer lo que tenga que ser sustraído, matar a quien tenga que ser muerto: las estructuras caerán. 

El mundo será diferente.– Los edificios, como solíamos conocerlos, ya no existirán. Una moda consistirá en comer placenta. Las personas tomarán sabáticos para vivir como mendigos. Habrá un gravamen para quienes hagan mal el amor. Leeremos las emociones del otro con guantes inteligentes. Nadie habrá con recuerdos, porque todos vivirán en el ahora. Los códigos digitales se moverán como densas nubes de insectos. Nueve niños y nueve torres y nueve ópalos administrarán el mundo. Los enloquecidos (nosotros) serán puestos en bunkers enormes.

Una chica sola.– Estás tú. Y está él. Ni decir que empieza a ponerte nervioso su rostro raudo, invisible en la oscuridad.Todo esto tiene algo de lugar común: una mitología vista mil veces en películas suficientemente baratas. Hablo de esa chica sola en la estación, en la noche,y del desconocido que se arrima despacio, y con paso seguro, a ella. Parece una película barata, pero verdaderamente se está acercando a ti. O no. Puede que todo sea al revés. Puede que seas tú la que se está aproximando a él. Que seas tú la que lo está acuchillando. 

Todo se está encogiendo.– El plato. La ventana. El horizonte. Todas las cosas buenas se encogen. Se hacen chiquititas, después desaparecen. Sería triste, si no fuera porque las otras cosas, las malas, también se están encogiendo. Los errores, las agonías. Tú. 


(Buscando a Syd publicada el 19 de abril de 2018 en El Periódico.)

Génesis

Juegan al fútbol.– Juegan al fútbol con la cabeza de un compadre, orbitalmente, en la cárcel sobrepoblada. La cabeza macheteada del compadre es el super–balón. Al final del partido, la cabeza queda siempre irreconocible, blanda. Queda blanda, queda fea: juegan al fútbol. 

Los sabemos culpables.– Ustedes han traído esta maldición a esta tierra. Ya los semáforos han dejado de funcionar, y pronto la angustia caerá sobre nosotros como un tiburón turbio y vivo. Todas las respuestas se apagarán una a una, como se apagan las bombillas de los postes en el alba de los muertos. La sangre se cubrirá de hierba negra, y todo lo demás quedará sin vocación. Es por su cuenta que corre esta cuenta regresiva. Ustedes dicen que no. Pero es inútil: los sabemos culpables. 

Génesis.– Se dice que Eva fue concebida de tal o cual costilla. Falso. Eva sacó de su vagina una pequeña serpienteluminosa y la colocó, delicadamente, sobre su mano derecha. En la otra mano, la izquierda, escupió, y de ese escupitajo fue nacido Adán. ¿Qué ocurrió luego? Adán destruyó la serpiente luminosa y destruyó a Eva. 

El mutante.­– Todos esos leprosos que vienen a lamer mi mano no saben. Jamás sabrán. De vez en cuando aplasto uno, o dos, cuando estoy harto, o cuando el asco es excesivo. Me aburro mucho, aquí, entre todas estas ruinas, que antes fueron edificios. Me aburro destruyendo. No hay nada más tedioso que la fuerza, o solitario. Estoy solo, en mi poder. Y mi poder está solo en mí. 

Ciclovía.– Es de verlos, tan atléticos y designados, en sus bellas bicis de última generación. ¿A dónde, si Roma arde?

El tahúr.– En lo que concierne a mis actividades, todas siempre se reducen a una: apostar. Algo se afirma en mí cuando veo esos caballos vencer y no vencer. Hablo de esos ángeles crinados que rigen mi existencia, y la hacen sangrar. Con ellos me encuentro en un plano casi abstracto, por poco místico. Sin embargo, no hay nada más concreto y carnal que un caballo contra la mañana dura de los perdedores, destruyendo, con sus cascos de fuego, la tierra de la pista y los minuciosos tapices del azar. Este es uno de esos domingos del mes en donde siempre desespero. Cuando hablo de desesperar, no estoy hablando de descuidar las supersticiosas lecciones que acompañan a todo tahúr que se precie de serlo. En efecto, cuando aposto lo hago siempre de cierta específica manera: no vaya a ser que la mala racha empeore. Dicho esto, siempre empeora: el otro día mi esposa me prohibió ver a mi hija y mi arrendador me echó del cuartito donde dormía. ¿Que dónde duermo, por estos días? En cualquier lugar en donde el alba recomiende; el alba, que siempre sepulta algo en mí, y en todos los de mi dramática raza. Pero como digo, no descuido los protocolos, los rituales. Son costumbres sagradas y benignas. Todas, salvo una: no llorar, cuando nunca gano.

Blues del drogadicto.­– Jerusalén es una jeringa. Aunque me pusiera todos los abrigos del mundo no dejaría de temblar. Tengo sed, socio: ¿no ves que se acabó el azúcar? 


(Buscando a Syd publicada el 12 de abril de 2018 en El Periódico.)

Alien

Alien.– Pusimos en tu vientre una semilla sucinta, una pequeña pupila de nuestro complejo material genético. Esta larva sagrada crecerá en ti y eventualmente saldrá de tu cuerpo para poblar la tierra de ustedes. Puedes sentirte muy privilegiada, María. 

Encerrado.– Estás encerrado. Ya conoces todos los rincones de esta cárcel, con su penumbra monótona, su hedor, su vieja fiebre. Eres el Dios del Tedio. Coronado de días borrados, ya no sabes ni moverte. Cabezazos irracionales, formas abruptas de inconformidad, dan constancia de ello. Tus uñas rascan, glaciales, el muro: y nada sienten. 

Contracara.– Aquella bella cara que solías tener –patronal, sublime, magnética– ya no existe. Tu cara ahora es una contracara, algo que todos evaden, que no ansían reconocer. ¡Hay perros macheteados más tolerables que tú! ¡Cualquier gusanera da menos asco! Aquí solo cabe por tanto una pregunta: ¿de veras quieres seguir viviendo con semejante semblante? Bueno, que así sea, deforme. Pero déjame advertirte lo siguiente: dondequiera que te presentes los niños mostrarán su miedo, los varones querrán lincharte, las mujeres sentirán lástima. Así es como se establecen las historias de horror, comprende. Si fuera tu espejo, me cortaría las venas. 

Insomnio.– La noche es día: no duermes. Perro ladra afuera. Las esquinas, jamás inocentes, susurran, histéricas. Debajo de tu cama hay algo: tu alma, ese jardín grotesco. De lento barro eléctrico están llenas las cosas, las cosas esas del insomnio.

La duda.– Saltes o no saltes, no dudes, porque dudar es el cáncer. ¿O no?  

Las cucarachas salen a manifestar.– ¡Ya estamos hartas que nos vean con repugnancia! ¡Que nos destripen sin misericordia, en una cocina cualquiera!  ¡Tal es nuestra lucha, compañeras! ¡Tenemos hambre; tenemos derechos! ¿Hasta cuándo el genocidio? ¡Nos miran como si fuéramos el mal mismo! ¡Repitan conmigo: las cucarachas no son fachas; los fachos son los simios!

El buscador de oro.– El buscador de oro busca en ríos y riberas malditas la piedra ardiente. Entre cráneos vencidos, entre yelmos esclavos del tiempo, busca el oro crudo, que más tarde será anillo, trofeo, objeto heráldico, lingote, trono, odontología. Digamos que no son los precios evanescentes los que mueven su cuerpo, o su batea. Es otra cosa que lo asiste a bajar por hondas quebradas –siguiendo dulcísimos rumores. Furia. Locura. Fiebre, sí. Los días pasan. La cantidad recogida es ninguna. Escasas pepitas de pirita, adornando su orgullo... Los nativos lo observan hacer, divertidos. Y sin embargo hay algo de muy triste ahí: un hombre barbado, con hongo en las uñas, enfermizo y violento, loco por las propiedades químicas de un mineral. Triste es nunca encontrar nada; andar por aldeas fantasmales, que antes fueron promesas. Una vez, nomás, encontró algo valioso: otro buscador de oro.


(Buscando a Syd publicada el 5 de abril de 2018 en El Periódico.)

Los Seres–Pájaro



Bajo el cielo ultraquímico.– Ya hasta los ángeles son ceniza. Ciudad cuyo centro era diamante continuo, ciudad que fuiste la reina del insomnio, ¿cabe pensar que hoy estás vacía, bajo el cielo ultraquímico? En una tarde de palomas apocalípticas, una boca de franca furia se abrió, y el alma de todos fue barrida, y los pies de la vida fueron cortados. Solo quedaron el polvo y la gelatina. Y los pedazos de espejo de los tigres del olvido. Hoy nadie recorre ya tus calles, que son ayeres. Y sin embargo, si ponemos atención, nos daremos de cuenta de un aparecer, allá, en lo lejos: el Nómada.

Habla el racista.– Entiéndelo: tu luna y la nuestra nunca serán iguales. Aunque camines mil veces estas calles, ni hoy ni mañana serás como nosotros. Tienes esa sonrisa, la inocente, la tan beata: ten por seguro que te haremos padecer. Somos seres pacíficos, no pugnaces, mas no creemos en tu destierro, en tu venir de otra parte. Maldito el día en que tocaste nuestras costas. Maldito el día en que comiste nuestras carnes. Maldito el día en que contemplaste nuestras casas. Por tu bien te decimos: cierra bien la puerta de tu habitación. Y cuida bien a tus lentos hijos, pues no tienen gloria, ni ojos azules. Por los nuestros, te escupimos, ramera oscura.

Las ciudades.– ¿A qué ciudades fueron los que huyeron de las ciudades? ¿A qué guaridas fueron los que huyeron de las guaridas? ¿Dónde estás, animal hombre? Cada uno de tus mapas te ha traicionado.

Suelta el arma.– Amigo: estás en ese sitio en donde pasado y futuro se bifurcan. ¿No es un lugar encantador? Lo es, ciertamente. Y estoy de acuerdo: es un enorme privilegio poder equivocarte de nuevo. Entiendo que es una sensación inclusive intoxicante. Tal privilegio no durará para siempre, es lo malo. Tomando en cuenta, bueno, que estás rodeado. Y tomando en cuenta que en este momento hay siete miras, todas dirigidas a tu cabeza. A lo mejor intento decirte –en este momento precioso, en este precioso presente– que soltar el arma puede, a su modo, ser también un privilegio.

Los Seres–Pájaro.­– Hoy es una de esas noches: alguien va a terminar donde los Seres–Pájaro. Al morir esta hora angustiada, un Ser–Pájaro vendrá de lo rojo, y alguno de nosotros será recogido, como ha sido desde siempre. Nadie sabe a donde los llevan... Si aún viven... Si ya son Seres–Pájaro, ellos también... Nadie sabe nada. Y por supuesto que da miedo. Da mucho miedo. Pero a veces me pregunto si no es de hecho mejor estar allá, entre los Seres–Pájaro, que aquí, entre los Seres–Serpiente.

La gota que rebalsó el vaso.­– Algo cae. Es la gota. El mundo acaba.

El círculo.­– El escritor acumula otra página en blanco. Los esposos vuelven a dar el drama sabido. Los zapatos son atados con idéntico nudo. La sangre se desplaza por el mismo circuito. La rueda de Chicago continúa su tedio de siempre. Las aves emprenden su migración circular. Abres el periódico.

Un robot está solo.– Un robot está solo. No sabe del llanto, pero está solo. ¿Por qué no hablas un poco, robot, aunque sea con nadie?


(Buscando a Syd publicada el 22 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Hay futbol

Agua.– El mundo es agua. No raíz: agua. Triste agua infinita. Es lo que toca: remar, nadar.

Alguien que quieres.– Alguien que quieres, o que no quieres, ha fallecido, y ahora tienes que viajar a su funeral. Es alguien que quieres, o no, pero como sea es importante que empaques y te subas al avión, para la ceremonia. Importante –tan importante– que cumplas con los irritantes protocolos del desplazo. Que corras entre sábanas de incomodidad, en los pasillos fugaces de este febril aeropuerto, que aún detestas, todavía. Y sentir la brasa de la prisa, y la prisa de la brasa, mientras ráfagas de recuerdo inundan tu cerebro. La quieres, sí, o puede que no, pero es absolutamente necesario que atiendas su funeral, pues resulta que esta persona es parte esencial de un relato del cual ya no puedes, ni podrás, escapar, del cual ni su misma muerte podrá liberarte. 

Bailan.– Bailan torturados. Bailan los vencidos. Bailan ya sin boca. Bailan en el Sur.

El espejito.– Tengo un espejito que atrapa a las personas. Lo único que hago es ponerlo delante del referido. En un segundo, este queda del otro lado, como dentro de un sueño. Ni decir que a estas alturas el espejito ya guarda una sensible muchedumbre. No es que todos estén juntos, revueltos, en un mismo sitio, no. Cada cual tiene su propia cárcel de espejo. Cada uno está atrapado en su propio reflejo.  Sé que te cuesta creer en la magia de mi espejito. No te costará entonces echarle un vistazo…

Remake.– Terminado el remake, se fueron dando cuenta, no sin cierta perplejidad, no sin alguna vergüenza, que la película original jamás había existido...

Entre las ruinas de la ciudad.– Entre las ruinas de la ciudad, un perro deambula. Está perfectamente solo. Y su alma es perfectamente libre. No necesita de filosofías o hexámetros. Su único trabajar es comer lo que los humanos dejaron. ¿Dónde están los humanos, por cierto? Solo sabemos que una luz rubia baña los muros caídos.

Hay futbol.­– Eso queremos: mirar el futbol. Sus formas, sus pedazos brillantes. Te amamos futbol, lenguaje. Hay lentas, pálidas cuentas. El hongo de la enfermedad. Madrugar –ser exprimido. Gente muy fea, allá afuera. Hay afanes, sí, hay frío. No somos de llorar, pero hay mucho frío. Pues bien: cuando de la pura desesperación nos mordamos un dedo, hasta arrancarlo, recordemos algo muy pronto: el futbol está ahí para grabar en nosotros sus jornales de gloria. El futbol es el sueño bonito de la pesadilla. El pájaro sobre una ciudad de ruina y sangre. Del futbol brota el intenso poema. Lo grande. Lo que no debiera ser insultado.  Me verás viendo el futbol y entenderás que, en esta orina, en este excremento, algo no es mercenario. Hay miseria, sí. Pero hay futbol.

El hijo perfecto.– Mi hijo era perfecto, antes de matar a todas esas personas. Siguió siendo perfecto, al momento de matarlas. Y ahora que están muertas, mi hijo es más perfecto que nunca.


(Buscando a Syd publicada el 15 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Hormigas



Soltaré mi halcón.– Soltaré mi halcón. Volará por la planicie eterna, con inteligencia, con elegancia, y muy pronto reconocerá a su víctima. Entonces bajará con increíble rapidez, acercándose fluida a su propia sombra. Su propia sombra, ya sobre ti. Así es: tú eres su víctima. Tú eres mi víctima. Mi halcón te sacará los ojos.

Lamento del manco.– Vuelve. No te vayas. No me dejes solo. Osa no retirar tus cinco ansias de aquí. Regresa a este muñón que dibuja un hambre sin forma. Tú eres mi mano. Además la derecha.

Mujer caminando en la playa.– Una mujer en la playa camina sobre la arena derramada. Todo lo que se diga de ella, de la arena, es bastante insuficiente, y todo lo que se diga asimismo de la mujer. La mujer: no queremos palabrearla excesivamente. ¿Y sin embargo cómo no hacerlo? Vamos a decir que su andar es limpio, que sus pasos se posan sobre el instante tendido, con radiante elegancia crepuscular. A la vez diremos que parece triste, como exiliada de alguna región que jamás la mereció. Ya acarreados por la poesía, diremos que es como si la tarde se negara a cerrar el acta, eso con tal de acompañarla un rato más. La mujer es a todas luces excepcional. En quince minutos será asesinada.

El invisible.– El terror no es que te vean a escondidas. El terror es ver desde lo oculto, y jamás ser visto.

Los cruzacalles.– Nadie contravenga el orden dinámico de los cruzacalles. Nadie se atreva a quedarse parado en el paso cebrado. No es que los cruzacalles sean esencialmente malignos. De hecho pueden ser incluso deferentes, en su frialdad. Y son extremadamente eficientes, eso quien lo duda: conocen cosas esenciales respecto al tiempo y el espacio. Lo intrigante, sobre todo, es su manera de funcionar: como un solo organismo inteligente. Cada cruzacalle es la sílaba fluyente de un lenguaje colectivo. Eso sí: que a nadie se le ocurra permanecer inmóvil en medio la calle. Porque entonces será arrollado, y luego destruido a mordiscos.

Hormigas.– Me di cuenta que tenía un agujero en la mano. Del agujero adicionalmente salían hormigas. Observé lo gordas, grandes y diligentes que eran. Ni decir que el asunto todo me pareció fascinante. Lo mismo que estar en una película surrealista.

Hule.– Tu amor es de hule, tus dedos. La refrigeradora es de hule. De hule las ventanas. Y las vacas, las gallinas. Los parquímetros, de hule. El emblema es hule puro. El polvo es polvo de hule. El acordeón, hule también. El hule, un hule especial, que se enrosca en el hule. Los ayeres, todos de hule. Las albas. Las puertas. Mi madre es de hule. Tu torso es de hule. Los ríos son de hule. Todo lo demás es plástico.

El cuarto.– Dentro de tu cuarto hay un pequeño cuarto, y dentro de ese cuarto hay un cuarto tercero. Ahí te encuentras y te cuesta mucho respirar. Y eso es porque en el cuarto de al lado, ya estás muerto.

La espada perfecta.– Hoy he forjado la espada perfecta. Es capaz de dividir los días y los soles. Poderosa y vitriólica: ligera como un ala. Por fin cortaré este cordón umbilical.


(Buscando a Syd publicada el 8 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Tiempo de aire

El ciego.–  Y ahora entiendo que al mundo vine a escuchar tus ojos.

Espacio negro en llamas.– Estos somos nosotros, más bien ardiendo. Estos nuestros largos dedos que se están quemando.  Incluso el espacio negro es un diamante en llamas. ¿Fuimos nosotros quienes empezamos este fuego, este total insomnio? Viudos de nuestra piel, gritamos.

El viajero.– Corres a la terminal del aeropuerto, y vas como un loco, jadeando tu miseria. Aunque tienes hambre, y aunque tienes sueño, no te detienes, te apuras, continúas corriendo, para no perder así el avión. Y llegas, pero el avión no está ahí. Y no solo no está ahí: ni siquiera existe. No existe el avión, y tampoco la terminal, ni el mismo aeropuerto. No hay viaje, como tal. Lo cuál sería aceptable, si no fuera por el hecho que tampoco hay viajero.

Famoso.– Todos me miran. Soy famoso. Nadie me mira.

Nomás un segundo.– El ascensor asciende o desciende pero tú no puedes bajar del ascensor. Los otros sí, por cierta razón. Se bajan del ascensor y se suben sin duda. Unos vienen sin ojos (un pájaro se los habrá quitado). Otros tienen el pelo largo, larguísimo, como un juramento inacabable. Cuando intentas jalarlo se deshace en tus manos. También los hay quienes llevan puestas horribles camisas hawaianas. El ascensor se llena, sí, hasta el punto en que no se puede respirar. Entonces es como un vagón de judíos, rumbo a un campo de concentración. Otras veces el ascensor está perfectamente vacío. Estás tú nomás, y junto a ti flota un corazón de perro, del cual descienden minuciosas gotas de sangre. A veces está tan vacío que ni siquiera estás tú: solo tu rumor, tu posibilidad. Pero la mayor parte del tiempo sí estás ahí, y por tanto gritas. Cuando gritas se detiene un segundo el ascensor. Es como si el ascensor pudiera oírte.

Tiempo de aire.– La chica, la única que ha escapado del asesino, consigue por fin una señal, en su celular. Lamentablemente su tiempo de aire ha terminado.

El mar no tiene calles.– Un náufrago calcinado, engavetado por el mar. Flotando con un tablón, en el abismo de las olas. Cintilan o fosforescen las olas sin cesar. Ciegas en la noche, sordas en el día.  Y sobre ellas un náufrago, su magra plegaria. ¿Hay más allá, más abajo, raudos pueblos de tiburones? Hay. Si le dieran un plato de comida envenenada, lo devoraría en el acto. Si pudiera poner su pesada angustia en un baúl, se hundiría en su interior. Es una imposibilidad, claro: el mar no tiene calles. El náufrago, purificado por la sal, entiende claramente su posición en el universo.

Violencia doméstica.– Hubo de salir corriendo: el vestido desgarrado, la nariz en sangre, el dedo roto. Él quedó en la sala, machacada la yugular, por un pedazo de espejo. ¿Y qué otra cosa iba a hacer: permitir que le siguiera pegando, abusando de ella, como cada noche? Mientras da explicaciones al oficial, llora. En secreto, más bien ríe.

Luz.– La lámpara alumbra la lector, deslumbrado por el libro.


(Buscando a Syd publicada el 1 de marzo de 2018 en El Periódico.)

Estamos cayendo

Allá en los desiertos.– Allá en los desiertos hay hombres rudos, rudos de tedio, pensando en los pasos que algún día los sacarán del desierto, y los llevarán más allá del furor del polvo. Son pasos que no existen, por supuesto, y si existen serán pronto calcinados por el sol, cuya sola poesía es la sed. No existen los pasos ni tampoco los caminos, que son cosas decorativas, prácticamente inexistentes. Allá en los desiertos, lo único que de veras existe es la sombra del grito del ave, sobre el viejo signo borrado.

La hoja.–  Nunca la hoja supo en qué momento se desprendió del árbol. Tic.

Balada del conductor nocturno.– Mi vida no es otra cosa sino manejar, en las noches viudas, en una ciudad cuyo nombre es como tocar un gigante insecto desdichado, y que siempre va al Sur, porque el Sur es su peso incesante. ¡Oh ciudad, que eres dos ciudades, ambas oscuras! Eres como una pistola inocente, ebria de posibilidades, llena de vida. A tus calles ofrezco mis caminos. A tus perros inmutables. A tus señales raspadas. A tus tibias prostitutas. A tus árboles de moscas. Al ajedrez de tus semáforos, con sus ritmos tan místicos y precisos. El día que no pueda rodar más por tus orillas bravas, me colgaré como una res de unos ganchos, frente a un restorán chino.

Western.– Este es mi espacio. No, es mi espacio. Es mi espacio, te digo. Pum. Saca de mi espacio tu asqueroso cadáver.

Especial.– Qué persona más especial eres. Si digo una cosa, me haces sentir como un imbécil. Si digo lo contrario, me haces sentir como un imbécil lo mismo. Seré un imbécil, no importa lo que diga. Tú en cambio puede decir cualquier cosa. Y mejor si es en la mesa, enfrente de todos. En la mesa dirás lo humillante, lo impiadoso, lo no circunscrito. Y yo nunca olvidaré tus palabras. De hecho las repetiré, hasta la náusea, en incontables sesiones psicoterapéuticas, en infinitas reuniones de Doce Pasos.

Fresas.– Amamos las fresas. En esta casa amamos las fresas. Cómete las malditas fresas.

Los secretos del mago.–  Los secretos matarán al mago. Lo irán comiendo de a poco, en un cruce de ansiedades y paranoias. El mago ya no podrá dormir, y ya no podrá comer, por cuidar sus secretos. El problema es que los secretos no conocen la gratitud: son malignos y son calculadores. Los secretos se ocultarán del propio mago, y el mago, al no poder encontrarlos, se tirará obcecadamente desde un lugar alto. Y entonces los secretos serán de veras secretos.

Estamos cayendo.– Estamos cayendo; es una sensación angustiante y pura, horrible y transparente. ¿El objetivo de caer como lo estamos haciendo? No hay. Simplemente caemos. Es muy superficial. Y sin embargo es profundo, como profundo es el abismo.

La fiesta.– Es una alta fiesta. Una fiesta sin márgenes, absoluta. Es creíble que vaya a morir esta noche. Quizá ahogado en la piscina. Quizá de asfixia erótica. Quizá de sobredosis. No tiene importancia. Treinta segundos aquí valen treinta años afuera. Todo lo que no es placer es mentira. En una bandeja, una larva.


(Buscando a Syd publicada el 22 de febrero de 2018 en El Periódico.)

Selfie

«Le Sang d´un Poète», de Cocteau

Selfie.– Pretende, como siempre lo haces, que tu años, los encalados, no vienen a menos. Miente sobre lo mucho que te gusta abrazar a tu perro. Aparenta que el atardecer te provoca aún un asombro. Y convéncete que viajando se te quitará la tristeza. Que tus amigas te quieren, y que tú las quieres a ellas. Finge (nuevamente) que conocerás al Sacerdote de tus sueños. Que los naipes guardan para ti una verdad singular. Simula que tu cara no está cortada, que tus párpados no están tatuados con el sino del tedio. Sigue repitiendo tan vieja mentira: que todavía le quedan capítulos excitantes a esa chirajo desesperado que llamas vida... Luego tómate una selfie.

Has llegado a casa.– La fiesta hace rato que perdió brillo y emana incontables signos de decadencia, pero te resistes a salir de ella, porque no estás listo para regresar a casa, así que deambulas entre penumbras, en los pasillos, llevando una rosa de asco en la mano, y los seres son como islas de risa y maldad, y sientes que algo muy malo te va a pasar, si no escapas pronto de ahí, así que tomas un Uber, y como otras veces el conductor intenta iniciar una conversación contigo, que encalla inevitablemente en puerilidades, y termina en completa retracción, lo cual es entendible, sobre todo a estas horas, cuando todavía no es de día, aunque muy pronto lo será, y te gustaría que nunca lo fuera, porque las luces de los semáforos se reflejan en las calles tan mojadas y la verdad te gustaría continuar en este vehículo, manejado por un completo extraño, circulando por avenidas desertadas, te gustaría nunca llegar a casa, pero no llegar no es factible, el carro se detiene delante de tu puerta, que abres, luego de buscar por un rato la llave, la correcta, y al presionar el interruptor de luz, tu pequeña sala emerge, eminentemente vacía, tu mirada navega el espacio, que es tuyo, pero anónimo, y sobre una bandeja hay restos de comida, que aún no estás preparado para tirar.

Las estatuas.– Las estatuas callan a coro, alargando la luz abandonada. Son, más que estatuas, preguntas, preguntas que siguen o se quiebran. Descubrí muy tarde en la vida las estatuas. Hoy quiero verlas hasta que ellas me vean a mí.

Pastillas.– Cierto tipo de pastillas me dan calma. Pequeños jardines en donde un rey mata a su esposa histérica con un cetro. Me oigo llorar, pero no siento nada. Son quinientas horas de paz. Consideren que he vuelto a cenar con los demás. Afirmo que sus miradas ya no tienen efecto. Cierto que los relojes se borran un poco. Los marcos de las puertas. No tiene importancia. Es química. Es gelatina. Oso no sentir.

Quema tu aldea.– No dejes un rincón de tu aldea sin arder. Húndela en la extensa tiniebla del fuego. Mírala hacerse humo y alimentar el cielo. El polen de la ceniza cubrirá los caminos. Quema a tus hermanos y sus animales. ¿Qué hicieron ellos por ti, alguna vez? Que griten, que griten sus alas egoístas. Que sus gritos se arrastren sobre lo negro. Al modo de un Dios, quema este lugar, que no te perdonó que fueras tú mismo.


(Buscando a Syd publicada el 8 de febrero de 2018 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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