'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Balance

Balance.­– No es tanto que sea muy listo ni que sepa cosas de filosofía; no es que tenga dinero, en un sentido realmente notable; no es que pueda cantar el blues, hasta donde yo sepa; y tampoco que sea un gran caballero de aquellos; no tiene idea de cómo arreglar el lavamanos; y ni siquiera es tan bueno en la cama; no percibo que pueda protegerme; su familia es realmente patética; en cierto modo es un inútil; tiene miedo a los perros; y de guapo nada tiene; no está iluminado; es un pelele; un nadie. Pero algo; algo hay en él; una especie de luz; una forma de sonreír; la gente cambia a su lado; las cosas de pronto suceden; siento que puedo ser yo misma; circunstancias emergen de la nada; y todo toma un aire divertido y cómico; y ese tedio, ese asco, esa ilusión de morirme; ese elefante vasto que me atropella por dentro; ese pesado aceite en donde se ahogan mis pájaros; todo se borra y da lugar a una pequeña sensación infinita; y los leones que antes dormían ahora nos lamen las manos. 

Todos bebieron anoche.­– Todos bebieron anoche. Y cuando digo todos, quiero decir todos. El mundo entero. Se vieron hombres esnifando el vómito de otros hombres. Mujeres corriendo en llamas en las inagotables mansiones. Ah, los buenos ratos. Terminada la fiesta, quedó una gran resaca, y el calentamiento global. 

Varón.– Aunque te has venido preparando para este momento, esta angustia está situada más allá de todas las fuerzas y todos los cálculos. Todos entenderás si caes, varón. 

Estás loca.– ¿Cuál es tu enfermedad de hoy? ¿Cuál es tu paranoia de hoy? ¿Cuál tu obsesión, mujer? Estás completamente loca. Lo cual no sería tan grave, y no sería así de catastrófico, si yo no estuviera crazy también. 

El hombre nuevo.– Aquel que llenaba la entrada de tu casa de estiércol, aquel que regaba las cenas familiares con bilis, aquel que terminaba siempre cubierto en sangre, ha cambiado. He cambiado. La lluvia me ha limpiado. Ya sé que no me crees. Pero eso es porque eres una bruja maldita.  

No es tuya la vida.– Ellos triunfan. Tú, hermano, fumas un cigarro, en el balcón fatídico, o vas a sentarte debajo de la vieja ceiba –tan cancerada– a comer un helado, otro. ¿Te gusta eso? ¿No estar en llamas? Pues sí, pues un poco. Es inútil pretender que vas a elegir eso que de todos modos otro ya eligió por ti. No es tuya la vida: eso tienes claro. Así que sé agradecido. Muchos no tienen tanta claridad. Muchos creen que esta relación les pertenece, que julio es factible. Ni julio es factible, ni hay respuestas, solo rayos sinápticos en un cerebro implorando sentido. Julio. Balcón. Helado. Esta desolación, este balada para nadie, para ninguno, también es una forma de ganar. 

Fuego fuiste.­– Es extraño eso de que hayas querido ser incinerado. ¿Por qué el fuego querría ser quemado? Tan fuego fuiste que tenemos miedo que el mar arda cuando tiremos en él tus cenizas. Así de colosal fue siempre tu llama. 


(Buscando a Syd publicada el 26 de julio de 2018 en El Periódico.)

Paseo

Esto es el circo.– Los caballos avanzan soberbios, animados por el vitoreo camarada de la muchedumbre amniótica. No es el caso de todos, pero son varios los aurigas que padecen el rigor de la caída, y los otros fracasan sin remedio, salvo uno. Él será celebrado por la familia de este recinto oval y delirante. Él será llevado en los hombros por la masa esclava, pero feliz. Pan, feroz circo –para el pueblo. 

No quiere hablar.–  No quiere hablar. Juega con su perro. No quiere hablar. Y sin embargo sabemos que algo ha ocurrido. Sabemos que ha sangrado por algún lado. Furia y secreto hay en su mirada. Furia y secreto. Lava el carro. Juega con su perro. Sus labios a su silencio cosidos. No quiere hablar.

Una de esas fiestas.– Estás tratando de encontrar tu lugar final, tu lugar definitivo, en la fiesta. Te imaginas en un rincón, a gusto, cubierto de lirios negros. Hay rincones vacíos. Otros mojados y furiosos. Rincones donde hay niñas con rostro de caballo. Caminas por cuartos y cuartos, peregrinaje infinito. El mismo mesero, con su sonrisa brillante, te sigue ofreciendo esa inasible bebida. Pasa una mujer alta como una ciudad. Un albatros se retuerce en la piscina: alguien lo ha golpeado, con alguna escultura de mármol. Sigues al anfitrión, pero es un invitado. Suena una melodía dislocada, al lado de un albino. Miras por un agujero los cuerpos. Sientes sus médulas. Los otros ocurren, pero en realidad no puedes conectar con ellos. Alguien corta las rayas de coca con un naipe de tarot (del costado le salen unas larvas tiernas, tiernas). Desde hace un rato te acompaña un enano. Es atroz y sofisticado. Es tu guardián. Rojo y seno y risa y cuadro. Noche y espejo y sangre y beso. Los hermanos, de traje impecable, ya han salido. Afuera un balazo, dos balazos. Todos callan un segundo. Luego siguen hablando. Es una de esas fiestas. 

El director recibe un premio.– El director acomete por el pasillo del teatro, entre los muchos aplausos y las miradas busconas de la audiencia embelesada. Sube las raudas escaleras sin todavía creer que él –un donnadie, realmente– haya ganado semejante premio. Recibe la estatuilla con azoro, y contempla la carnal masa de expectantes devotos. A punto está de dar su agradecimiento cuando el director, el verdadero, pues, el que está sentado junto al cameraman, exclama “¡Cooorte!”, y procede a regañarlo de nuevo, con esa voz tan fiera y tan chillona. Es la doceava vez que repite la escena, el muy tarado. 

Paseo.– Continúa andando, por el bosque. No mires hacia atrás; mira enfrente. Toda esa belleza que se abre ante ti. Todo este atardecer, tan nuestro. Deberías de estar agradecido. Pronto llegaremos, tú y yo, al viejo trapiche. Es un lugar crepuscular, muy idílico. Ahí es donde te voy a pegar un tiro. 

Los esclavos.– Los esclavos, inderrumbables, pelearon la impensable batalla. Nacieron para ese momento limpio, que les permitió romper sus cadenas. Ya libres, se pusieron a trabajar por su cuenta; ahora son esclavos de otras cosas. 


(Buscando a Syd publicada el 19 de julio de 2018 en El Periódico.)

Zanate

Zanate.– En la ciudad reglamentada y caótica, hay zanates. Listas aves, los zanates. Buscan su sustento con un sentido de oportunidad, una velocidad urbana, un tino, un flow, que ya quisieran tenerlos idiotas de nuestros vecinos y nuestros congéneres. Esos pequeños lazarillos están pendientes de todo: los carros, la rumba de los peatones, la pequeña lluvia acariciando las banquetas, deshaciendo los once jeroglíficos, lavando la pezuña. Pues fíjense: sobre un árbol, hay uno, un zanate, despierto, negro, lucido. Lucido y negro, vigila un pedazo de pan –lejano ahora, pero ya suyo. Y espera. Espera que el hombre termine de matar al hombre (son tres disparos infinitos) en las calles alacranadas. Luego baja, calmamente, toma el pan, lo lleva a una tierna cornisa de un templo sin nombre, lejos de las ratas.  

El grito.– A esos pequeños epígonos, tan pequeños y tan tuyos, tendrías que llevarlos al patio, en la mañana,y quemarles a todos el pico, con un soplete, para que produzcan un grito ya de ellos, propio, incontenible, verdadero: un grito que nadie nunca pueda copiarles. 

El maestro zen.– Nada: el maestro zen está otra vez borracho, y amenaza con cortar el cuello de unos de sus estudiantes. En la mirada del maestro zen hay un fuego que es a la vez risa y batalla. Al final, logran apaciguarlo, y suelta al estudiante. Se va quedando dormido sobre el zafu. El maestro zen está en todo. 

Un cuento.– La viva imagen de tu madre, dijo ella sin malas intenciones. Y yo pensé en la casa en donde mi madre había vivido, la vieja casa decrépita que, si tuviera los medios, botaría, y que no había visitado en tantos años justos y contados. Por cierto, no puedo expresar el mucho asco que me dio que me dijera eso, debió haberlo notado pues se despidió con cierta prisa, y para mientras yo recordaba a mi madre fornicando inequívoca, desdeñosa en la mesa del comedor, con alguien que no era pues mi padre. También recordé que tenía un galón de gasolina en el garaje. 

La sirena llama.– Deja que el agua te sorba, hermoso. ¿No estás cansado ya de vivir en ciudades que son basurales? ¿De traficar máscaras cada eterna medianoche? No hay monstruos aquí abajo, no krakens. Puedes deshacerte de todos tus pedernales. Serás acogido por mis amigas sutiles. Toca mi húmedo pezón. 

La sed de la bruma.– Hay un pueblo. Se llega a él por medio de sinuosas carreteras, y túneles tercos. Es un pueblo de vivos pero sobre todo de fallecidos, de sustraídos, de ausentes. Eso quiere decir que estás tomando un café en la plaza con alguien y no sabes si su carne es carne, y si le podrás hacer el amor, más tarde. Riesgo es enamorarte de un muerto o muerta, porque entonces estarás condenado a buscarlo por las callejas de piedra, en la sed de la bruma, y eventualmente terminarás arrojándote de uno de los puentes, por donde giran las anchas ruedas de las carretas vacías, cruzando la noche sin pies. Triste, porque ahora serán dos los muertos buscando. 

No es para tanto.– Vamos, no llores. No es para tanto. Es solo un dedo. Es seguro que tu mujer lo guardará cuando lo reciba.


(Buscando a Syd publicada el 12 de julio de 2018 en El Periódico.)

Grabación

Gloriosa.–  La mujer se levanta de la mesa. Todo el mundo ya la ha visto, ha visto su fulminante silueta, anotado su reverberante minifalda, y también los sofisticados tacones, su halo, su risa, su juventud. Todo el mundo de hecho la sigue viendo, mientras ella cruza, con aplomo natural, garbo, gracia, el fino restaurante de autor. Es gloriosa. Una quimera. La mujer ingresa al baño, se mete a una de las cabinas, en donde procede pulcramente a vomitar. 

El último hombre.– No mueras. Lucido hombre: no mueras. El esmog es más denso que nunca, y las teologías del mercado ya han sido combinadas. ¿Quién dirá la Decencia si mueres? ¿Quién nos recordará lo que se puede hacer con un muñón? La noche es violante, es velluda. Después de ti solo las ratas. 
  
Todas tus palabras.– ¿Puedes hablar más alto? No, no te puedo escuchar. Veo sí tus labios moverse, pero no te puedo escuchar. No escucho. Soy una isla. Difunta para tus sonidos. En una época podía oírlos y creía todo lo que decían. Pero tus mentiras han matado, una a una, todas tus palabras. 

¡Suenen, suenen tambores!.– Era una película porno decididamente extraña. El soldado confederado  desvistiendo al oficial de la unión, en la sórdida cabaña. Y la negra milf que se les anexa al cabo, configurando un threesome formidable. Hasta ahí seguí viendo con algún interés. Todavía llegué a presenciar, más adelante, la escena anal de la bayoneta, junto al río. Incluso soporté la orgía con los muertos, en el campo de batalla. Fue cuando la niñita blanca se puso a recitar ¡Suenen, suenen tambores! de Walt Whitman (a la vez que se masturbaba, más bien frenéticamente, sobre una bandera sangrienta), fue en ese momento cuando la cosa ya me pareció excesiva. Cerré el browser, salí a caminar. 

Un pueblo precisa ser Defendido.­– Un pueblo precisa ser Defendido de los asquerosos, de los repugnantes, de los pseudo–hombres, de los oro–junkies. En respuesta a la linfa repugnante que sale de sus bocas, en respuesta a la típica lepra de sus uñas ambiciosas, hemos venido. No somos ni siquiera diez, y ni siquiera justos somos, pero creemos que la muerte viene con ciertos códigos que aún nosotros, tan mezquinos como somos, respetamos. Venimos a retomar este lugar, con la bendición del Gran Maquinista. Los canallas morirán en nuestra trigonometría de balas. Estos insolentes caballos beberán vuestra sangre. 

Grabación.– Una banda graba una canción. Y la canción es sobre una banda que graba una canción. La canción es buena, los vuelve considerablemente famosos. Fama y dinero, dinero y sexo, sexo y drogas: todo el circo. Como es usual en estos casos, la banda es incapaz de lidiar con tanta presión y notoriedad, y bueno, termina separándose. Gastados los rencores, la banda vuelve a juntarse, años más tarde, para grabar una canción. ¿La última, la primera?

Cristo camina en el desierto.– Es como una cucaracha perdida en las arenas. Y sin embargo es el mismísimo Cristo. De manera que sus pasos dejan ríos. Y sin embargo es solo un hombre, con sed. 


(Buscando a Syd publicada el 5 de julio de 2018 en El Periódico.)

El durmiente del desierto

El durmiente del desierto (variante para un poema de Rimbaud).– Es un agujero desértico en donde el agua no existe, y que enreda desquiciadamente en los cactos harapos de fuego; en donde el cénit, de la sierra cruel, calcina: es un vasto agujero donde sangra el día. Un joven migrante hondureño, el hocico abierto, sin gorra ya, y la nuca rasgada por las espinas amarillentas, duerme: tendido en el polvo, bajo el cielo abierto, pálido en su lecho, donde la luz tortura. Con los pies en los arbustos secos, duerme. Sonriendo levemente, como lo haría un niño enfermo, sueña: desierto, dale un poco de frío: está hirviendo. Ya no siente los olores; duerme al sol, la mano en el pecho, tranquilo. No tiene dos agujeros rojos en el costado izquierdo, es cierto –pero ya un Cazador lo tiene en la mira. 

Papel.– El techo está hecho de papel. La rasuradora está hecha de papel. El desayuno está hecho de papel. La engrapadora está hecha de papel. Los colegas están hechos de papel. El autobús está hecho de papel. El apartamento está hecho de papel. La televisión está hecha de papel. Tú eres de sangre. 

La condición.– Discúlpenme, hablaré de mi condición. Entiendan que no es fácil para mí –uno de los paladines de Carlomagno, excelso desarrollador de Manhattan, rock star diamantino, Dalai espiritual– comentar de esto tan poco primaveral que le acontece a mi verga. ¡Mi bella, recia verga, condenada a una situación tan infamante! He considerado terminar mi existencia con somníferos, o arrojarlo, mi cuerpo, desde la inmensa terraza, o bien pegarme un tiro primigenio, colgarme en un hotel. Así de confundido, desesperado estoy. No piensen que no he buscado ayuda. Ya lo probé todo. Hoy en la noche me segaré el miembro. 

El espía.– Sabemos bien que la estás espiando –de día y de noche y al amanecer–. Al estilo de los peores monstruos, examinas todos sus movimientos. La pantalla de tu ordenador refleja el rostro obseso de hierro vengativo. Estás calculando cómo acabar con ella, cómo reducir su vida a puros escombros. ¿Que cómo sabemos todo esto, preguntas? Como tú la ves a ella, nosotros te vemos a ti. Donde tú estás, nosotros estamos. Pero nosotros estamos más profundo. 

Mi estado interior.­– Te diré algo acerca de mi estado interior. Es viscoso, al mismo tiempo rugoso, y ciertamente tiene algo, tiene eso de ácido. Pasa con mi estado interior que pronto empieza a reclamar sangre. Me meto a algún zaguán, intento pacificarlo. Es inútil; pronto estaré descuartizando a un vagabundo. Esto ha durado meses y meses, quizá años. Estoy cargado de una angustia que no cesa. Es mentira que mi estado interior sea mío: mi estado interior respira por su cuenta. 

Trans.– Eso que tú quieres que yo sea, no soy. Mi raíz está en otro lado. Mi savia es otra savia. Mi árbol es otro sol. Lo que en tu país es ciego, aquí mira: mira todo mi esplendor. 


(Buscando a Syd publicada el 28 de junio de 2018 en El Periódico.)

El vivo

Esta es la historia.– Esta es la historia de una comarca y un hombre que la quiso para sí; y los medios abominables que usó para obtenerla; y su locura ulterior. Esta es la historia de tres hechiceras y una profecía en las nobles tierras de Escocia, de un indigno asesinato y la bruna servidumbre del poder. Esta es la historia de un hombre –y también la historia de una mujer susurrando larvas en su oreja repugnante y tumorosa. Esta es la historia de una estulticia, de un pecado condenado a repetirse, de unas manos, de sangre perpetuas. Esta es la historia, no otra, la misma: es la eterna historia de una traición. 

La trampa.– Te acercas a la trampa –tímidamente al principio, resueltamente después– y permites que se cierre violentamente. Ya atrapado, el dolor te impide recordar que tú mismo la colocaste ahí. 

Me gustas.– Me gustas. Me gusta la perla que empujas con la lengua hasta el mar. El modo sellado en que observas la almena en la tarde. La mujer roja que llevas en tu corazón de carne, mujer. Verte recoger lirios mutilados y tirarlos en la piscina. Oírte recitar poemas de Baudelaire (ese del albatros). Y que entregues un puñal a los ancianos de las avenidas. Cómo no permites que el frío entre en tu apartamento. Me gusta el sello imperial que cuelga de tu cuello corriente. Hacerte furiosamente el amor sobre las sábanas de pan. Cantas y me gustas, porque las pezuñas vibran.Toda esa espuma dulce que sale de tu herida relajada. Me gusta tu canario, tu esquina, tu vientre, tu apellido. Me gustas, sí. Pero no tanto. 

Lo Tercero.­– Ya están aquí. Vinieron en eso. ¿Es daño lo que traen? ¿Traen salvación? ¿Nos harán sirvientes? ¿Nos darán caminos? No sabemos. Ellos son lo Tercero. 

Desde la cafetería lo vi todo.– Desde la cafetería lo presencié todo. Cómo se bajaron dos sicarios y lo dejaron tendido, en el impudor de su sangre. En esa sangre una anciana mojó su pan. Para mientras, un pájaro negrísimo le sacaba la billetera. A la vez que un sacerdote le susurraba una condena en el oído. Él no estaba muerto, todavía, así que lo presenció todo. Y me presenció a mí presenciarlo todo, y pedir tranquilamente otra taza de café. 

El Presidente y el Guardaespaldas.– El Guardaespaldas matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que pretenden matar al Presidente. Igual, el Presidente matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que busquen matar al Guardaespaldas. Presidente y Guardaespaldas se aman. Y pronto se lo dirán al mundo entero. 

El vivo.– Sobre el cerro de cadáveres, queda uno vivo. 

¿Dónde está tu padre, bastardo?.­– ¿Dónde está tu padre, bastardo? ¿Dónde está ese hombre modélico que te mostró, con infinita paciencia, a decir gracias? ¿A limpiarte el culo? ¿A cortar la carne fresca del venado? ¿Caminar en la sombra de los caminos? ¿Acaso me estás diciendo que no sabes? ¿Que eres, de hecho, un bastardo? ¿Es que no sabes que los bastardos no son bienvenidos en este lugar? 


(Buscando a Syd publicada el 21 de junio de 2018 en El Periódico.)

El juicio

Limpiar la casa.– Quizá lo que corresponda sea limpiar la casa. La casa, que es un caos. Es por culpa de las arañas, que secretan largas tiras de material viscoso. Y por los horribles fantasmas, que meditan en los rincones. Además están los muros, de los cuales brotan tensos alfileres. Y luego están todos esos teléfonos celulares, rotos en la tina. Un antílope expira en el cuarto. No estás. 

Llévame al río cimero.– No te echo ninguna cosa en cara, ni espero de vos ya nada mejor que lo que siempre me diste, que siempre fue muy poco.Tengo apenas un deseo, desde este cuarto duro: llévame al río cimero, a toser toda esta sangre. Esta sangre, que toso y toso. 

Nido.– Hoy en la noche dormiré en un nido de palomas cortadas. 

Grito.– Me has gritado. Me has dado uno de tus gritos clásicos, uno de esos gritos que das como queriendo cortarlas ventanas con tu grito. Y ese grito tuyo se me ha metido en el corazón. Y no sale. Y yo creo que será la causal de nuestro divorcio.

Duerme, viejo rockstar.– Duerme, viejo rockstar, ya no tienes mucho que decir. Tus lágrimas están secas, y no eres el vidente de otros tiempos. Ríete, si quieres, pero suelta la vieja negra golondrina: no sirve ya. Sabes en el fondo que tus canciones recientes son exactamente como las primeras –excepto que las primeras nunca fueron polvo– y que el piano, el pseudopiano, es solo una excusa para no estar entonces muerto. De modo que duerme, viejo rockstar, y si lo deseas duerme para siempre. Es lo justo para ti. Es lo justo para todos. 

El juicio.– Yo soy la oca oscura, y ellos los cerdos quehan venido a juzgarme. Siguen ahí, vertiendo su esputo silencioso. Soy hombre cabal, pido justicia. ¿Pero qué justicia puede venir de ese hato de educadores, moralistas sin relámpago? Una vez estemos solos, mi calabozo y yo, clamaré a Dios, para que los destruya. 

Otra vez más.– Sea tuyo o mío el sueño, alguien está soñando.Por ese tubo digestivo que va de vos a mí, por ese tubo digestivo que va de mí a vos, caminan pequeñas tristezas, muy menudas. Lo cual es más o menos soportable, pero luego el tubo digestivo se rompe, y la presencia roja de lo deshabitado inunda nuestras largas almas–insectos. Ahora la noticia es que estamos tristes, pero, además de tristes, estamos solos. De no ser porque esto es un sueño, tuyo o mío, nos cortaríamos las venas, sería extremadamente conveniente. Pero como esto es un sueño, cada uno camina como un loco –evitando orquídeas de piel enferma, tiradas en el piso– sin nunca arribar a un lado. Despertaremos otra vez juntos; y otra vez tomaremos el café.

La bruja.– La bruja ha tomado un poco de su propia sombra, y la echa en el caldero, que suelta un grito volcánico. Su ayudante se ha puesto una máscara riente, y comenta palabras breves, atropelladas e ininteligibles. «¿Es que vas a callarte alguna vez?», amonesta la bruja. Hay una que otra gotera, pues la lluvia es tempestuosa, en esta tarde que pronto será noche, y más tarde muerte. 


(Buscando a Syd publicada el 14 de junio de 2018 en El Periódico.)

La máscara

¿Quién te hizo esto?.– Hijo, ¿quién te hizo esto? ¿Quién te causó tantas heridas? ¿enterró en ti tantos puñales? ¿quién rompió la elegía de tu pecho? ¿extrajo de ti la sangre interminable? Ay, hijo, tu rostro es el mar de lo irreconocible. Estás abierto como una fruta maldita. Preferido mío, ¿qué ron, qué mujer, qué noche, qué naipe, qué pacto, qué pandilla te redujo a esta condición?

La máscara.– Con esta máscara podrás caminar en las calles. No es cuestión de ir por ahí mostrando tu rostro orgánico, tu acero o tu piedad. Nadie quiere ver tus arrugas cuajadas, tu piel sucia. Con esta máscara –máscara práctica, livianísima– podrás pedir trabajos y tener citas sexuales. Está cargada de las cosas que los otros siempre consienten. Es perfecta porque solo enseña el perfil necesario, el cubículo de tu ser que es requerido, nada más. Quítatela y serás linchado.

Desde el bus.– Desde el bus veo las otras vidas. No sé si son vidas indispensables, pero son las otras vidas, las vidas de los otros, las vidas de los que no están muriendo en esta precisa vida que es mi vida, mi vida epóxica, carbónica, patibularia, no convivencial. Siempre que vea las otras vidas desde la ventana del bus, sentiré que mi propia vida tiene alguna especie de sentido, y el sentido consiste en imaginar eidéticamente que esas vidas ajenas, ortogonales, son superiores. Las imagino, las edito, les doy formas limpias, nunca amarillas. Las convierto en prefecturas perfectas, sin cicatrices, sueños rectos, sinfonías. Mi plan consiste en nunca salir de este bus, nunca hablar con esos otros. Porque entonces me enteraría de sus infecciones, de sus muertes, de sus contratos, de las medusas que viven en sus gargantas, de sus emulsiones, de sus credos, de sus conscripciones… No estoy listo para saber que los otros son yo mismo. 

El niño.– Vi un niño en la calle el otro día, flotando en un río–banqueta. Lo saqué de ahí y le di un pan, porque llevaba uno conmigo, y porque el cielo se llenó de altos reyes, de torres y de ángeles. El niño comió el alimento; pude ver un vasto pueblo en sus ojos. Luego se fue caminando, pero antes besó el botón de mi camisa. Fue lo que pasó el otro día. No he olvidado al niño, pero lo haré. 

Oirás Sus Gritos.– Por favor, por favor, por fav… ¿Es que no puedes decir otra cosa que no sea por favor? Estamos aquí, y violaré a tu esposa. Es un hecho. Estás amarrado, y te seguiré golpeando. Es un hecho. ¿Qué sentido tiene que sigas diciendo por favor? Te guste o no, Oirás Sus Gritos. Tú, yo, ella: y nadie más. ¿Acaso no sabes que estamos en la mitad de la nada? Oh sí, conozco muy bien este desierto. Conozco este desierto largo y cirrótico,como el hígado de mi padre. Pero no quiero hablar de mi padre y de lo que me hacía en esta misma choza. De lo que quiero hablar es de lo que estoy a punto de hacerle a tu esposa. A tu linda, a tu bonita esposa. 


(Buscando a Syd publicada el 7 de junio de 2018 en El Periódico.)

Acelera

Edificios.– Hombres construyendo edificios, en el doliente mediodía, creando ciudades descaradas, en donde han de vivir los cínicos del futuro. 

La envenenada.– Él me está envenenando. Quiere quedarse con todo. Lo sé por la manera en que extiende el plato de comida: con una mixtura de nerviosismo y desdén, irrupción y cálculo. Ayer estuve vomitando toda la noche, con anormal insolencia. Alcancé a notar –lo noté en sus auxilios impostados– una sonrisa taimada; reconocí en su alma un ave oscura. Sé que no tengo tiempo, y tampoco fuerzas tengo (ya ni consigo cerrar el puño), pero hoy en la noche huiré, entre los jardines y la niebla. Huiré de quien dice darme medicinas y me da venenos. 

Octubre.– Octubre es otro mito y el mañana no es. 

Caliente carretera.– Te agarran –son dos: gordo uno, sequito el segundo– en la ya ardiente carretera. Fuiste muy descuidado. Tan descuidado. Ahora querés convencerlos con dinero, palabras facilonas. Primer escenario: te llevan a un lote: te disparan en la cabeza. El segundo escenario es bastante parecido al primero. 

Acelera.– Tu responsabilidad moral es atropellarlos a todos. Ellos no son tus iguales. No son tus hermanos. El carro es tu arma. Tu bendición. Acelera. 

El corazón.– A esta hora, los muertos, ellos, se ponen a meditar, para ello abren la cortina que da a la larga avenida. ¿En qué meditan? Meditan en el corazón que palpita debajo de las tristes banquetas, y que lo sufre todo, cuando los vivos respiran. 

Practicalidades.– ¿Dónde pongo el cadáver? ¿Le coloco encima una flor? ¿Cuántas lágrimas derramo? ¿Qué se hace luego con el arma? 

Golondrinas y gaviotas.– Golondrinas y gaviotas caen en el lugar en donde quisimos el otro día arreglar las cosas. Sabes bien que te paraste y te fuiste; y que yo no salí a buscarte. Quedé viendo las golondrinas y las gaviotas, gritando rotas a mi alrededor.

Callar.– Te están rastreando, porque no admiten el sudor de lo libre. Entiendo que quieres gritar, mas no seas vano, no pidas una cruz. ¿Qué hay en el martirio, sino flagelo? Lo táctico de momento es callar. Ya vendrá nuestra gloria. 

Cruzar la calle.– ¿Cuántas veces he cruzado ya esta calle? ¿Cuántas veces calculado las distancias? ¿Cuántas veces esperé el momento correcto, hasta por fin animarme, entre carros y motos, aprovechando las breves ausencias e intersticios del tráfico incondicional, eterno, inacabable? ¿Cuántas veces di un paso en falso, me aventaron, me dejaron cojeando, malherido, con los intestinos de fuera, sangrando, para terminar sin pulso? ¿Cuántas veces estoy condenado a repetir esto? 

El maíz amanece podrido.– El maíz amanece podrido. Los perros hambrientos rodean la casa. Mi esposa está demente. Mis hijas ya no saben hablar. No pasa un día sin que aparezca un fanático o un violador. ¿Volverá el antiguo orden, los días cuando comíamos tortillas de oro? No.


(Buscando a Syd publicada el 30 de mayo de 2018 en El Periódico.)

Vudú

Contraespionaje.– Estamos espiando a nuestros vecinos, los espías. Para mientras, ellos nos están espiando a nosotros. A veces nos juntamos para espiar a los de enfrente. 

Skyline.– Me asomo a la ventana.Ahí está el skyline, tan emocionante, tan artístico. El skyline,que hemos visto un millón de veces, en aéreas tomas.No hay nada de purulento en este momento, salvo el hecho que estamos cayendo,que el avión está y seguirá cayendo.Me pregunto qué configuraciónadoptará cuando colisione,y cómo afectará nuestras formashumanas. 

Pelea.– Nuevamente, el vecino de abajo le está pegando a su esposa. Son golpes poderosos, telúricos, seguidos de gritos vencidos. Objetos masivos caen, se quiebran, en la contienda sulfurada. Si no estuviera tan bueno el partido, llamaría a la policía. 

Tarde.– Ya es como tarde. Todo se está quemando. Las selvas se están quemando. Las manos se deshacen en el fuego, tratando desesperadamentede salvar algo. Nada salvarán. Para mientras, alguien entra a una tienda de conveniencia, compra unos Doritos. 

Vudú.– La vieja invoca la vieja deidadoscura, pues oscura es, la vieja. ¡Venga desdicha, venga muerte! Dice. Poniendo los alfileresen las coordenadas atroces.Del otro lado del pueblo,alguien muere, en medio de muy sórdidos dolores. Es la voluntad de Dios, dicen los supersticiosos,explican los ignorantes. 

Loca, muerto.– Pudimos estar juntos, pero ahora estás locay yo muerto. Pudimos asistirnosen la noche,pero ahora estoy tieso, sin tu beso y tu homilía, y vos seguís corriendo, en un camino de pastillas,tan inmóvil y tan sentada. He aquí el disparo en mi cráneo convexo, he ahí el vacíoen el tugurio de tu rostro.Hicieron mal en separarnos. 

Te tardaste demasiado.– Te tardaste demasiado.El crematorio ya quemó el cuerpo. La violada ya fue violada. Los rehenes ya fueron decapitados.El puñal ya está metido. Crucé la esquina. 

Mi hija está enferma.– Mi dulce, dulce niña. Tu vientre es un agosto de gusanos. Creíamos que era nada al principio,pero resultó ser lo peor, lo más profano. Fuimos a todos los consultorios, imploramos a todos los médicos. Uno de ellos nos dio el horrible diagnóstico. Mi dulce, dulce niña. ¿Cómo no odiar al Señor?Allí donde pongo la mirada, ahí está, entero, su Olvido. El único regalo que nos daes un nuevo examen, cada día,una nueva sonda, otra clínica. Tal es su portento. No otro su milagro. Mi dulce, dulce niña: el solo milagro eres tú.

La doncella se explica.­– Fue en la noche de los coribantes. En la noche lateral de las máscaras. En la noche de los cínicos impíos.Ya habíamos perdido todo decoro y recitábamos sonetos impúdicos. Nos friccionábamos mutuamente.Un sucio ser y menudo y traviesoapareció, yo diría de ningún lado,y me cantó una canción de cuna. Luego metió lo suyo en mi embocadura y acto seguido me dejó gestante. 


(Buscando a Syd publicada el 24 de mayo de 2018 en El Periódico.)

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El opaco.– Pobre hombre opaco. Peor que él hay otros. Pero eso no lo hace menos pobre, no lo hace menos hombre, y menos opaco, no.

Todo habré de pagarlo.– Las auroras que no vimos juntos, los alquitranes que te metí a la boca, las veces cuando debí echarte de menos. Decías la palabra agua, mientras nada bebías, y la sed era como una artesanía en tus manos, que se iba agrietando. Si también te grité, un pájaro lento me sacará, infernalmente, los ojos. ¿O es que siempre me quedaba callado? No siempre, no; pero es cierto que a veces no decía palabra, y eso es otro crimen que los policías y los perros habrán de investigar. Que investiguen. Que busquen bien. Todo está perdido. Solo fue vida la vida a tu lado. 

Reply.– Voy a añadir, solo para explicitar lo obvio, que no me agradás, y sobre todo que no me agradás lo suficiente para explicarte por qué no me agradás.

Maestro.– Flotas, maestro, en una bolsa amniótica de conocimientos y datos y referencias. ¿Cuándo vas a cortar la bolsa, y dejar que todo ese plasma se desparrame? ¿Cuándo vas a convertirte en un verdadero maestro, maestro? 

La Secta.– Una palabra lenta y larga sale de la garganta de todos, en un lenguaje ignoto. Cuando preguntas el significado del Vocablo, te miran con una mezcla de horror y reprimenda. «Nadie tiene derecho a preguntar esas cosas», responden.

Crooby.– Estás rodeado de tus amigos de coloresCrooby, y sin embargo te lamentas por lo de siempre: que los gritos tienen que ser más agudos, reclamas, que los riñones no son buenos ni suficientes. Oh Crooby: tú siempre tan perfeccionista. 

¿Cuántos años llevamos trabajando juntos?.– Un montón. Tantos que ya no sé si tú haces el trabajo o lo hago yo. Nuestras manos son ya la misma, socio, y nuestras fortunas y nuestras derrotas también. Algún día morirás, o bien moriré yo, pero el muerto seguirá trabajando –con sus virtudes y sus traiciones– en el vivo. 

Pequeños placeres.– Observar la manera en que un ave dulce se deposita en el balcón; pulverizarla. 

Anoche soñé que se la chupaba a un hombre.– Se trataba de un cantante famoso, que no es gay, y yo tampoco. Sostuve su verga durísima con mi mano derecha, su verga que se parecía un tanto a la mía, y le pregunté si tenía SIDA. Me dijo que no. De todos modos te voy a poner un condón, le aclaré. Pareció estar de acuerdo. Luego se la chupé. Se sintió bien. 

Trifoliar.– ¿Quieres dormir? Nosotros podemos ayudarte. No tardes demasiado, no obstante: tu enfermedad va ganando terreno. ¿Fácil? No, nunca es cosa fácil. Y así como puede que pases la prueba, bien puede que no. Entiende que no somos charlatanes. No nos gusta dar falsas expectativas. Empero, tenemos mucha experiencia. Y nos encantaría escuchar tu caso. Todo lo que necesitas saber está en el trifoliar. 

El auto.– Continuas buscando el auto en el parqueo, por horas y horas, por vidas y vidas.¿No te has detenido a considerar que a lo mejor el auto no existe? 


(Buscando a Syd publicada el 17 de mayo de 2018 en El Periódico.)

El cuarto

El cuarto.– Es un cuarto colmado de infinitos cuartos.De todos ellos sales tú al mismo tiempo.En todos yo me quedo. 

La excesiva noche del mar.– El faro está ahí para arrojar luzsobre la excesiva noche del mar.Y agreguemos que esta nocheno es más que la densa sustancia de mentiras que nosotros, los deformados, hemos venido tejiendo por siglos. De felicidad, de progreso, hemos disfrazado tantos crímenes, tantas ubres arrancadas. La luz del faro está temblando.  

Viento y miedo.– Te llamé demente.Te llamé irracional. Hubo esa clase de soberbia. Cuántas veces no apostillé tus historiascon un deshonroso desprecio escéptico. Másel demente he sido yo, y mi locura ha consistido en no ver lo que sin embargo estaba siendo visto. Ese algo o ese alguien que conoce todas mis indecisionesy advierte uno a uno mis descensos y temores. En la plúmbea noche me transfiere con su grito hacia las regiones más heladas. No: no volveré a burlarme de ti o de tus extraños reportes. Viento y miedo son una misma cosa.

Un hombre es dos hombres.– Soy un hombre anciano, y me pueden llamar iracundo. A la manera de los que no tienen por qué vivir, digo cosas que lastiman. Y sin embargo digo cosas piadosas, a la vez. Si todo fuera tan fácil, si pudiéramos partir a las personas, apartar lo bueno de lo pésimo… Pero al decir que un hombre es dos hombrestambién digo que dos hombres son uno mismo. Y que uno mismo es un hombre anciano.

Los Junkies–Reyes.– ¿Cómo terminamos en este lugar, en este cementerio blanco?La ciudad es es como un gran tórax que se pudre. Pipa, encendedor, vacío, pipa, encendedor, vacío… ¿Recuerdas lo bellos que éramos, recuerdas, antes del desierto?Éramos los Junkies–Reyes, cantábamos entre mirlos de ceniza. Las bestias venían a lamer nuestras manos. ¿Por qué tiemblas, por qué echas espuma por la boca?

Estás loco si crees que podrás salir de esta casa.–De esta casa nadie verificadamente ha salido nunca:habitantes más inteligentes que tú ya lo intentaron, por todos lo medios, y he aquí que fueron tragados por sus muros cancerosos, muros que cada noche se centuplican y se agrandan y son como megalitos oscuros, pasillos incoherentes por donde oscuras tribus de bestias circulan,buscando la sangre de sinceros incautos como tú. Estás loco si crees que podrás salir de esta casa. 

Perdido.–He ido demasiado lejos. Pronto mi cuerpo offline se deshidratará, entrará en convulsiones. Quedaré atrapado en esta bruma, en este sueño virtual. 

Road movie.– Manejen, manejen furiosamente por las carreteras. Cada cierto tiempo detengan el carro y miren el petróleo rojo y agrio salir de la tierra sublunar. Entren a una cantina y coman grillos secos. No tienen por qué unirse a la orden de los cenobitas. Simplemente sigan manejando. Y tengan un poco de maldito respeto por los mausoleos, por muy humildes o ridículos que sean. Ustedes podrán ser libres pero eso no quiere decir que tengan que ser irrespetuosos. Respeten los mausoleos, respeten el karma, respeten la carretera y respeten las ovejas que ahí mueren.  


(Buscando a Syd publicada el 10 de mayo de 2018 en El Periódico.)

El femicida

Relájate.– Serás acogido por los ligamentos del infierno: esa seguridad puedo darte. Lo irregular seríaque te salvaras, que pasaras a un mundo más delicado –a un paraíso–luego de todo lo que hiciste. Evidentemente así no funcionan las cosas. Por tanto es mejor que te relajes. Arderás. 

Calle a calle.– Calle a calle, la ciudad de tu cuerpo,con sus riberas obscenas, se borra. Los cajeros automáticos,los infames parqueos, tu luna llena, entre edificios vacíos:todo desaparece.Los rótulos, las cantinas, los car wash. He querido a veces asir tus esquinas húmedas,disparar en la nochede tus avenidas. He querido, mas solo un poco. La verdad es que estoy empezando a sanar. Te olvido. 

Diluvio.– Solo el grito de los ahogadosdirá ya el tamaño de nuestro crimen.Ha venido el diluviocon su agua infinita,a llevarse los íconos,a incinerar las úlceras de todos los litorales. Al final solo quedarán unos dientes, en las arenas tan borradas, y la sensación de que se vivió por gusto. 

Vida narco.– Al único que alcancé a reconocer entre el sangrerío es a Rubén. Los demás ya ni rostro tenían. Este es el trabajo.Esta es la vida narco.

Náufrago.– Líneas que nadie leerá, que yo sigo escribiendo. Copas rotas de antemano, tigres dibujados en el aire, señas errantes que un locolanza a una concurrencia perfectamente inexistente.Del otro lado de los mares, náufrago canta, en isla vacía. 

Brandy.– Esto no es como una de esas películasen donde alguien tiene un brandyen una mano y dice algo rítmicoyominoso y justo antes de matarte. 

El latido.– El viejo mago construyó un latido, pero al latido le faltaba un pecho.En el cementerio el nigromante encontró un cuerpo, ahí puso la delicada, la sutil palpitación. El cuerpo se alzó, entre figuraciones violentas, caminó unos pasos, cayó desplomado. El latido, huérfano de nuevo, se inmoló en el aire. 

El femicida (1).– He pensado en matar. He pensado en tomar un palo con clavosy estrellarlo contra la frente de una desconocida. He vuelto a pensar en su cuerpo arrastrándosepor el piso, hasta el corazón anónimo de su desesperación.He vuelto.  

El femicida (2).–Soy el que te está viendo, el que está viendo tus cosas de carne, mientras tú, la que no sabe, no ves. Con una piedra cruel en la mano, y una rata inteligente en el bolsillo, me apego a tus horarios, protocolos, a tus inocentes, recurrentes pasos. La fuerza mayor que te intercepta en el parqueo, sí. Tu cárcel, soy tu cárcel. 

El femicida (3).–A manera de disculpa diré que estaba drogado, que la pistola parecía de mentira y ella un juguete, algo de plástico, algo que no muere.

L.– Había algo de enfermo y lumbar en la manera en que L trabajaba. Aunque su cuerpo necesitase agua, L no bebía nada; solo tecleaba. Su abogado constantemente lo llamaba al celular, para aclarar su testamento. Pero L no pensaba en su testamento. Cada cierto tiempo un hilillo de sangre bajaba de su nariz. L lo ignoraba. 


(Buscando a Syd publicada el 3 de mayo de 2018 en El Periódico.)

Moscas

Moscas.– Formaremos una banda. Y será una llamada a las armas. En este pueblo tosco todo es gris y pixelado. Las moscas quieren meterse en nuestras bocas cosidas. Pero queda siempre la posibilidad de descoserse la boca. Y espantar las moscas con nuestras canciones de fuego. Y de transmutar a los hijos de los explotados. A todos esos tantos que nacieron sin mañana. 

Posesión.– No te queremos asustar, pero hemos detectado que un ente hegemoniza tu fluido biopsíquico, o dicho de otra manera: amigo, estás poseído. Eso explicaría por qué ibas ayer por la calle tan contento matando a mucha gente. No te queremos asustar, pero la entidad colonizanteno es una entidad menor, sino del último orden. Ahora estás en remisión, pero ingresarás otra vez a la modalidad cooptada, y muy pronto empezarás a vomitar nuevamente la substancia tan negra. Hacemos un llamado para que no pierdas sin embargo toda esperanza. Haremos lo que esté en nuestras manos para deshabitar el ángel oscuro, con la ventaja nada desdeñablede que ya lo hemos identificado. Considéralo un momento épico en tu vida tarada y mediocre.

Otra Cosa.– Primero fue el hilillo de sangre en la nariz, en el ascensor.Hacia el mediodía empecé a regurgitar incontrolablemente. A lo cual siguió una antología de síntomas muy extraños. Por ejemplo la uña: se me cayó una uña, luego otra más. Lo peor fueron esas formas moviéndose debajo de la piel. Como no parecían quedarse quietas, decidí extraérmelascon un cuchillo. Lamento decir que no funcionó del todo. Es muy obvio que me estoy transformando en Otra Cosa. No me inquieta: ¿puedo ser más horrible de lo que Ya Soy? 

El cuarto de los ojos.– Has entrado al cuarto de los ojos. Y son millones y millones de ojos. Y lo único que hacen es mirarte. Y sientes una densa, una amarilla, una abrumadora vergüenza.Por esas cosas que nunca confesaste. Pronto buscarás una viga y una soga. 

La venganza.– Que fuiste engañada, dices, amiga. Que te tendieron una trampa, aseguras.  Y dices bien. Y aseguras correctamente. Lo sé porque fui yo el responsable de tu desgracia, el que te trajo, paso a paso, hasta este oscuro desenlace. Incluso el giro más insignificante, más pálido, dentro de esta trama fatídica, se cocinó durante muchas horas,en este cerebro mío, tan críptico y tan metódico.Fueron innumerables detalles, lenta, milimétricamente diseñados, conjuntados para que tu vida toda cayera a pedazos. Y tu vida toda a pedazos cayó. Y por fin supiste lo que era la desesperación. Y ahora estás aquí, implorando de rodillas. Lo cual es inútil. Lo cuál es muy inútil. Este Dios es un Dios antiguo, y no ofrece compasión. 

El mánico.– No tomaré esas pastillas. ¿Qué saben ustedes, graduales, de este fuego súbito? No estoy enfermo. Ángeles vigorosos me susurran, al oído, el diagrama infinito, la última configuración. ¡Yo vivo en una ópera cósmica! ¡Ustedes mueren en su insignificante rutina! 


(Buscando a Syd publicada el 26 de abril de 2018 en El Periódico.)

Operativo

Más sangre.– Creo que en esta escenahace falta más sangre, dice, con voz fornida, el director de cine, luego de asesinar a su cameraman.

En este pueblo.– Las antiguas historias se deshacen en el polvo de los costillares. Lo único relevante son las jetas de los ancianos,sus grotescas máscaras de arrugas,raíces de un árbol inútil. ¿Qué es un recién nacido, cómo se teje? Lo saben dos, en este pueblo. Tres, a lo sumo. Pero lo saben de una forma lejana, nebulosa. El porvenir, para ellos, es más como un olvido. El propio Dios, conociéndolo todo, desconoce si esta tierra permanece; ignora que es, todavía, una porción de su Reinado. Dichosos los que supieron irse, antes de la gran sequía, antes de la gran petrificación, antes de que aparecieran los mares de la ceniza, para sorber las últimas ceremonias. Venturosos quienes tuvieron la opción de ser mortales en otro lado. 

El día.– El día ata los eventos, con el sol. Su mano traza las jornadas de los infelices y de aquellos que creen ser felices también. Abre y cierra puertas, para que así los perros encuentren otras realidades. El día trae el pan y el cordón umbilical. Trae los pelotones votivos. Trae las tramas. Y desde luego trae la noche. 

Operativo.– Nuestras armas son muy poderosas. Nuestros instrumentos tan sutiles. El enemigo nunca podrá percibirnos. Nos moveremos como sombras nocturnas. Como una manada de gacelas transparentes. Eso sí: morderemos como leones iracundos, para liberar lo que tenga que ser liberado, sustraer lo que tenga que ser sustraído, matar a quien tenga que ser muerto: las estructuras caerán. 

El mundo será diferente.– Los edificios, como solíamos conocerlos, ya no existirán. Una moda consistirá en comer placenta. Las personas tomarán sabáticos para vivir como mendigos. Habrá un gravamen para quienes hagan mal el amor. Leeremos las emociones del otro con guantes inteligentes. Nadie habrá con recuerdos, porque todos vivirán en el ahora. Los códigos digitales se moverán como densas nubes de insectos. Nueve niños y nueve torres y nueve ópalos administrarán el mundo. Los enloquecidos (nosotros) serán puestos en bunkers enormes.

Una chica sola.– Estás tú. Y está él. Ni decir que empieza a ponerte nervioso su rostro raudo, invisible en la oscuridad.Todo esto tiene algo de lugar común: una mitología vista mil veces en películas suficientemente baratas. Hablo de esa chica sola en la estación, en la noche,y del desconocido que se arrima despacio, y con paso seguro, a ella. Parece una película barata, pero verdaderamente se está acercando a ti. O no. Puede que todo sea al revés. Puede que seas tú la que se está aproximando a él. Que seas tú la que lo está acuchillando. 

Todo se está encogiendo.– El plato. La ventana. El horizonte. Todas las cosas buenas se encogen. Se hacen chiquititas, después desaparecen. Sería triste, si no fuera porque las otras cosas, las malas, también se están encogiendo. Los errores, las agonías. Tú. 


(Buscando a Syd publicada el 19 de abril de 2018 en El Periódico.)

Génesis

Juegan al fútbol.– Juegan al fútbol con la cabeza de un compadre, orbitalmente, en la cárcel sobrepoblada. La cabeza macheteada del compadre es el super–balón. Al final del partido, la cabeza queda siempre irreconocible, blanda. Queda blanda, queda fea: juegan al fútbol. 

Los sabemos culpables.– Ustedes han traído esta maldición a esta tierra. Ya los semáforos han dejado de funcionar, y pronto la angustia caerá sobre nosotros como un tiburón turbio y vivo. Todas las respuestas se apagarán una a una, como se apagan las bombillas de los postes en el alba de los muertos. La sangre se cubrirá de hierba negra, y todo lo demás quedará sin vocación. Es por su cuenta que corre esta cuenta regresiva. Ustedes dicen que no. Pero es inútil: los sabemos culpables. 

Génesis.– Se dice que Eva fue concebida de tal o cual costilla. Falso. Eva sacó de su vagina una pequeña serpienteluminosa y la colocó, delicadamente, sobre su mano derecha. En la otra mano, la izquierda, escupió, y de ese escupitajo fue nacido Adán. ¿Qué ocurrió luego? Adán destruyó la serpiente luminosa y destruyó a Eva. 

El mutante.­– Todos esos leprosos que vienen a lamer mi mano no saben. Jamás sabrán. De vez en cuando aplasto uno, o dos, cuando estoy harto, o cuando el asco es excesivo. Me aburro mucho, aquí, entre todas estas ruinas, que antes fueron edificios. Me aburro destruyendo. No hay nada más tedioso que la fuerza, o solitario. Estoy solo, en mi poder. Y mi poder está solo en mí. 

Ciclovía.– Es de verlos, tan atléticos y designados, en sus bellas bicis de última generación. ¿A dónde, si Roma arde?

El tahúr.– En lo que concierne a mis actividades, todas siempre se reducen a una: apostar. Algo se afirma en mí cuando veo esos caballos vencer y no vencer. Hablo de esos ángeles crinados que rigen mi existencia, y la hacen sangrar. Con ellos me encuentro en un plano casi abstracto, por poco místico. Sin embargo, no hay nada más concreto y carnal que un caballo contra la mañana dura de los perdedores, destruyendo, con sus cascos de fuego, la tierra de la pista y los minuciosos tapices del azar. Este es uno de esos domingos del mes en donde siempre desespero. Cuando hablo de desesperar, no estoy hablando de descuidar las supersticiosas lecciones que acompañan a todo tahúr que se precie de serlo. En efecto, cuando aposto lo hago siempre de cierta específica manera: no vaya a ser que la mala racha empeore. Dicho esto, siempre empeora: el otro día mi esposa me prohibió ver a mi hija y mi arrendador me echó del cuartito donde dormía. ¿Que dónde duermo, por estos días? En cualquier lugar en donde el alba recomiende; el alba, que siempre sepulta algo en mí, y en todos los de mi dramática raza. Pero como digo, no descuido los protocolos, los rituales. Son costumbres sagradas y benignas. Todas, salvo una: no llorar, cuando nunca gano.

Blues del drogadicto.­– Jerusalén es una jeringa. Aunque me pusiera todos los abrigos del mundo no dejaría de temblar. Tengo sed, socio: ¿no ves que se acabó el azúcar? 


(Buscando a Syd publicada el 12 de abril de 2018 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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