'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Gt (57)

Así vamos pecando todos... Nunca faltan los peones progres, enmielados e ingenuos, que nos hinchan a todos los huevos con sus pequeños discursitos chapoteantes, en donde no se ve por ningún lado la lectura o la experiencia… Los que terminan sustituyendo el genuino ethos político por un lirismo barato, beato e inconsecuente, cuando no idiótico... Los que pierden el tiempo con blancos fáciles, seguros… Los que se extravían en inocuas abstracciones… Que hablan desde la pura fantasía doctrinaria, y residen en un perfecto cuento de hadas, de hadas y ogros… Los que, en su dogmatismo blanco y negro, nunca saltan al otro, por mucho que se llenen el hocico de grandes palabras como diálogo, como pluralismo... Casi tan desagradables como esos que creen que tienen algo demasiado importante y trascendental que heredarle a las futuras generaciones... Piensan que lo están cambiando todo y no están cambiando un carajo… Los que, no bastándoles el presente, quieren apropiarse del porvenir, como ya lo hicieran del pasado... Los paranoicos irremediables... Los que queriendo ayudar, ensucian, empeoran... Los agitadores de facebook, que revientan o pontifican, pero eso sí, en la perfecta entelequia de su mullida poltrona…. Y aquellos propagandistas que alegan por todo, por ejemplo en la sobremesa, pero nada hacen, nada resuelven, no aportan genuina información ni claridad orientadora, no plantean soluciones concretas más allá de las decorativas, no accionan, no participan realmente, no lideran, no dan el ejemplo, no sirven y de nada sirven, solo hacen ruido, insultan a todo el mundo, se burlan de cada quien, y escriben sus posts en mayúsculas, siendo unos mocosos descalificadores, desdeñosos, envarados y condescendientes, que ignoran las reglas de la comunicación elemental. En suma: unos léperos ideológicos. Todo lo anterior aplica por igual a activistas de izquierda y derecha. En términos generales, sin su preciosa indignación, muchos críticos de uno u otro signo se quedarían sin razón de ser (y algunos sin changarro) y por tanto lo peor que les podría pasar es que el sistema de veras se arreglase. Hablaremos en ese sentido de una indignación u oposición cómplice, que de hecho mantiene al statu quo por medio de la polarización inmovilizadora. Es muy sutil, y puede ser consciente o inconsciente.


(Columna publicada el 26 de marzo de 2015.)

Gt (56)

Definitivamente, me parece que hay que cuidarse del relativismo mórbido, esa horizontalidad circular en donde ya no hay lugar para la autoridad o la jerarquía o la verticalidad, y más que nada, en donde ya no hay lugar para lo sagrado, y aquí se entiende lo sagrado por supuesto en su acepción abierta.

En términos prácticos, el desconfiar de la jerarquías y el no saber cristalizarlas hace que las organizaciones demasiado horizontales se vuelvan inoperantes, deslideradas, incapaces de movilizar recursos y personal, o de proveer inspiración de calado que no sea lateral y endogámica.

No es infrecuente que los activistas grassroots sean incapaces de montar proyectos de largo plazo y de envergadura. Especialmente cuando les gusta la vida relajada, alejada y alternativa en un pueblo en el interior...
           
Si no son ateos rematados, y si tienen alguna tendencia al optimismo sutil y místico, van mezclando su lucha con lugares comunes sobre el amor universal, mientras fuman unos purotes de buena yerba, y se meten uno que otro enteógeno, al lado de algún cuerpo lacustre. Luego terminan perdidos en alguna secta chamánica, contando mantras hasta el infinito.
           
Estoy bromeando, más o menos. Lo cierto es que no tengo nada en contra de la simplicidad voluntaria ni la vida retirada, muy al contrario, y yo mismo, en cierto modo, la practico. Siempre y cuando no se convierta en un modo conveniente de evadir las complejidades del momento crítico que estamos viviendo, en lo íntimo y en lo social.
             
Tampoco es que no existan frentes muy serios de compromiso en el país. Abundan ejemplos de organizaciones y redes de solidaridad muy concretas y disciplinadas, con personas extremadamente formadas e informadas, de mucho carácter y de muy notable alcance, dispuestas a hacer el trabajo sucio.
           
No quita que existan otros idealistas completamente incapacitados para crear cambios en las metaestructuras, especialmente porque al desconfiar del universo del poder y los ambientes jurídicos, no se meten a esas aguas, cuando solo allí podrían ganarse ciertas batallas.
           
A veces hace falta un poco de realpolitik para conseguir resultados. Un problema es que sobran aquellos que no quieren mancharse las manos. Por lo mismo no desean entrar a un mismo cuarto con sus antípodas políticos: semejante conversación les mancillaría su precioso e inmaculado discurso. Dejando así a acolmillados o advenedizos en completa libertad de ocupar las plazas clave de poder.
           
La verdad es que quieren (o queremos, debería de decir) permanecer puros y héroes en la propia torre de cristal ideológica, hablando de política, pero fuera del fango.

Y sin embargo es imposible salvar el culo y las apariencias al mismo tiempo.
           
Y sin embargo el culo hay que mojarlo.



(Columna publicada el 19 de marzo de 2015.)

Rencor


He venido haciendo aquí una interminable serie llamada Gt (que por demás ya pronto llegará a su fin), pero el día hoy le pongo pausa a la cosa para hacer un ligero anuncio de carácter personal.
           
Se trata de la presentación de un mi librito llamado Un rencor puro y perfecto, publicado por la editorial Alas de Barrilete, presentación a la cual quiero yo invitarles, por ser ustedes, o algunos de ustedes, amigos, algunos de ustedes lectores, y porque nada hay más triste que una presentación a la cual no llega nadie. 
           
Siempre he dicho que publicar es la compasión del escribir, y eso es porque en el publicar se da ese momento de resolución en donde todas las energías cumulativas del libro son finalmente liberadas.
           
Pero también porque publicar no tiene sentido sin el otro: es un acto que por medio de ese ejercicio que llaman literatura –habíase escrito, por error, o por feliz acierto, literaruta– busca elevar al prójimo.   
           
Es cierto que a veces se dan, en eso de publicar, intereses dinerarios o narcisistas, pero, en mi caso, dinero es todo lo que he perdido al escribir y autoimagen no digamos, así que al final con lo único que me he quedado es con las ganas de compartir mi prosa–arcilla, y con ella rozar un poco a alguien. En cuanto a Rencor, se trata de la novela que me hubiera gustado leer y por tanto terminé escribiendo, sobre un personaje oscurito y entrópico, como me gustan. 
           
La presentación del libro es hoy jueves 12 de marzo a las 18:00 horas en La Erre (Vía 6 2–60 zona 4), uno de mis espacios favoritos de la ciudad. Me acompañarán les necesarios Jessie y Juan, es decir Álvarez y Pensamiento.


(Columna publicada el 12 de marzo de 2015.)

Gt (55)

Para no perder el humor, ser políticamente incorrecto es completamente necesario.

El asunto es no pasarse. O bien pasarse, pero con sabiduría y diseño, para que luego no hayan secuencias y consecuencias estúpidas, perder la vida es un ejemplo. Ser irreverente no es ser inconsciente, irresponsable. Hay que ser responsable de la propia irreverencia. No podemos ser como los niños, y creer que nuestro humor flota por encima de los karmas.
           
Hace un tiempo escribí una columna en dos partes llamada Humores que matan (encontrable en este blog) y allí dije:
           
“La ironía patológica se vuelve a menudo conductora de un statu quo. Pasa por libre, sí, pero es reaccionaria, sirviendo agendas inconscientes, incluso conscientes, de agresión, defendiendo determinados centros fríos, en el interior de las personas y colectivos. Podemos aceptar un poco de guasa y bullying, siempre y cuando no sea gratuito, y surja en el contexto apropiado. Pero sin olvidar que, cuando todo haya sido milimétricamente ironizado, lo único que quedará es una gran risa retorcida, en un estéril osario.”

El posmodernismo trajo valores increíbles, pero también trajo un lado furiosamente narcisista e inmaduro a nuestras relaciones intersubjetivas. ¿Cómo es que, cuando los platos se quiebran, la culpa resulta siempre exclusivamente del otro, esto es: del Tirano, del Prelado, del Oligarca, del Comunista, del Presidente, del Narco, del Sicario, o quien sea la figura del momento en la cual estemos depositando nuestras frustraciones sociales?
           
Una posición cuyo locus externo no solo no quiere ver la propia responsabilidad en la estructura general del problema cultural a resolver, sino que además se vuelve convenientemente dictatorial en su modo de señalar culpables. No es cuestión por supuesto de eximir a estos sujetos sociales de toda culpa, cuando la haya, sino de preguntarse si no se necesitan dos para bailar el tango, o como se dice, si no tenemos el gobierno–realidad que nos merecemos.
           
A menudo tiramos la piedra y luego escondemos la mano, y además con el cartelito conveniente de la libertad de expresión colgado beatíficamente del cuello. La responsabilidad, no obstante, es interdependiente, y es universal.


(Columna publicada el 5 de marzo de 2015.)

Gt (54)

Equilibrio. En términos generales, es trascendental no sucumbir a cualquiera de las dos aristas patológicas del posmodernismo: inaguantable corrección política o desacralización compulsiva. A menudo ambas se sostienen y nutren parasitariamente, de tal manera que podemos hablar de un relativismo totalitario, o bien de un integrismo de lo relativo, de lo periférico, de lo insolente y de lo individual. ¿Cuántas veces no hemos visto cómo la vendetta progre y antiestablishment se torna en otra forma de congelación y de jihadismo?
           
Esto es importante: la liberación de las perspectivas trajo consigo una nueva reificación de perspectivas, una nueva oleada de concentraciones mórbidas. Irónicamente, muchos centros de idealismo posmoderno se vuelven persecutorios ya sea respecto a los antiguos amos discursivos pero también respecto a nuevos agentes transversales, que yacen alejados de los breviarios posmoideológicos de turno, sean por igual eurocéntricos o  descolonizadores. Cuando desconfiamos de esta neomarginalidad (que podemos llamar, más correctamente, marginalidad–siempre–emergente, o arreferencialidad radical) nos estamos perdiendo de una tremenda fuente de energía creativa.
           
Todos conocemos a una feminista rematada, a un defensor obcecado de los derechos animales (yo,  a menudo), a un babeante revolucionario, a un secularista insoportable, que por estar inmerso en su exclusiva zona de interés ya no percibe otras formas de ver y restaurar el mundo.
           
A veces las suyas decaen en formas de acerbo fanatismo, fervorosa intolerancia, idealismo agresivo, dogmatismo comunal, culpa social tóxica, autoimpuesta o impuesta al otro. También hay una tendencia al dramatismo o sentimentalismo trágico, en donde no ingresa ni una puta gota de humor, o en donde hay un falso humor.


(Columna publicada el 26 de febrero de 2015.)  

Gt (53)

La clave es servir sin caer en la indignación barata, chirriante: la clase de indignación que lo enruida todo. Peor cuando es una indignación abstracta, borrosa, que no sabe delimitar las situaciones ni acusar en concreto.
           
Hemos de reconocer que hay modos de oposición que no suman nada (a veces por el contrario restan, desmejoran la situación) y son una completa pérdida de tiempo y energía. Cuántas personas invierten su poder de resistencia en causas clausuradas o perdidas, sin percibir que otros sistemas más abiertos podrían beneficiarse de esa misma entrega.
           
Yo desconfío bastante del activismo intoxicado, irreal, quijotesco, hipersensible, etéreo. También del activismo que conlleva una apertura excesiva y enmielada hacia toda clase de agendas, desfigurándose en dispersión, no pocas veces en frivolidad, a menudo en frustración.   
           
La gran enemiga de los activistas sociales es por supuesto la frustración. Nos referimos a la frustración improductiva, habiendo también una frustración fértil, creadora. Empujemos el cambio, sí, pero entendiendo que la capacidad de cambio del mundo, y del propio país, es limitada, y que no siempre sirve ponerse convulsivos al respecto.
           
Personalmente creo que cada quien deberá escoger una o dos batallas realistas, y luego librarlas sin prisa y sin pausa, sin infladas expectativas, abandonando los frutos de la acción, como recomienda alguna escritura anciana.
           
Quienes no ceden los frutos de la acción están condenados a un pesimismo mórbido, cínico, resentido. Detestables personas que nos endilgan su cuita y desesperanza y que, cuando no respondemos a su versión encharcada del mundo, nos acusan de traidores, de indiferentes, de superficiales.
           
Una indignación equilibrada nos llevará muy lejos, en esta maratón interminable.


(Columna publicada el 19 de febrero de 2015.)

Gt (52)

Es con una vida más o menos integrada y feliz como mejor podemos ocuparnos de crear una vida comunitaria total: justa y consistente, igualitaria y pluralista (lo cual implica apertura hacia el reino animal, vegetal y mineral), sensible y solidaria, comprometida y dinámica.  

Puede que algunos estén cabeceando del sueño, o arrancándose los pelos de la irritación, mas sin embargo estas son todas nociones, por muy idealistas, importantes. Hay que pedir testimonio de una mejor conversación social, más segura, más calurosa, más armoniosa, más sana. La horizontalidad como principio superior. En este nivel de consciencia, el entendimiento comunal adquiere una autoridad sin precedentes.
           
Se entiende que las leyes y el orden son buenos sin son para todos, si representan el grueso de la población, y si no privilegian a unos sobre otros. Son horrorosos por ejemplo esos desalojos desalmados, a veces con muertos y siempre con golpes. El enfoque simple y básico es de igualdad. Todas las perspectivas son iguales en el sentido de que todas tienen derecho a ser, y de hecho, son.
           
Cuando decimos que las perspectivas son iguales no queremos decir que no haya lugar para la diferencia. Siendo iguales, somos distintos. Entra a jugar la tolerancia, que no es otra cosa que la aceptación de la diversidad. Siempre y cuando podamos celebrar esta diversidad sin caer en el lado bestial de lo políticamente correcto, estaremos más o menos bien. Una de las cosas sospechosas de la corrección política es que al deificar la diferencia crea escenarios fantasiosos de exclusividad –tan a menudo paternalistas o  maternalistas– que rebasan la mera compensación social. Y luego está esa corrección política que es muy aprovechada, pues vive literalmente del otro.
           
No es que beneficio y caridad no puedan ir de la mano. Por supuesto que pueden ir de la mano, y de hecho es lo recomendable, como ya expliqué en párrafos anteriores. Lo que no podemos tolerar son todas esas formas de explotación discursiva y material que se disfrazan de abnegación o responsabilidad colectiva, cuando en realidad están construyendo una monstruosa plataforma de dinero, gratificación y prestigio.
           
Contra tanta venalidad, hay una forma de sensibilidad que posibilita la libertad relacional verdadera. En su lado más activo, se traduce como lucha contra la indiferencia, por virtud de la entrega social, un valor sublime. En Guatemala hay muchos ejemplos de individuos desinteresados, con gran vocación de servicio, que no buscan mórbidamente pago o reconocimiento, y sirven minuciosamente su causa, sin desviarse.


(Columna publicada el 12 de febrero de 2015.)

Gt (51)

Por supuesto, la cultura autonómica del éxito y del dinero tiene sus riesgos y vicios y hay que subrayarlos: vicios como la explotación humana y ambiental, el grosero oportunismo, el negocio turbio, el manoseo de las legalidades, administrativas o gubernamentales, el fariseo régimen de las apariencias, la superficialidad rapaz, la motivación vacía, el materialismo, el trabajolismo y burnout, la búsqueda predadora de status, la alienación, la desconexión, frialdad social, el hedonismo descarriado.

Son muchos los agentes de este tipo de vida que observan además un insoportable, impaciente sentido de superioridad, pseudointeligente, pretensioso, esnobista, actitud que a todas luces les prohíbe compartir y apreciar al otro, y de veras mezclarse con él. Más bien se encierran en entornos–burbuja, en una vida ideológicamente fría, rechazante y abstracta, más y más lejos de la realidad circundante y sus vulnerabilidades.

Todo lo cual es, por decir lo menos, enfermizo. Porque hay cosas elementales en la vida. A nivel nacional, prioridades que no pueden ser circunvaladas, en la educación, en la salud, por ejemplo, y no solo en dichos sectores. Cada cual en sus términos y de acuerdo a sus propensiones, deberá colaborar con el desarrollo y fortalecer la esfera colectiva. Como se dice, nadie llegará a la meta hasta que lleguen todos por igual.

Es precisamente por ello que no podemos darle la espalda a la cultura del bienestar, que resulta ser una plataforma realista para el activismo comunal verdadero. En efecto, ¿qué vamos a dar si no tenemos nada?

Los activistas que trabajan en condiciones escasísimas descuidan a su sus familias, su fisiología, pronto se queman, al punto de terminar frustrados y resentidos ya no solo con los que disienten con ellos, sino a veces incluso con aquellos a quienes pretenden auxiliar. Si tan solo aprendieran un par de lecciones de esos mismos productores y empresarios a quienes tanto repudian, podrían crear modelos más arraigados y sostenibles de entrega, y además sin la mentalidad y autojustificación mártir.

Aprovecho aquí para decir que esta mentalidad mártir los pone en situaciones en donde no pocas veces reciben mucho daño, en donde incluso a veces dan, sin saberlo, o ya sabiéndolo, la vida. Decir que el sistema es el único culpable de ello es infantil: siendo responsable el sistema, lo es de modo equivalente el individuo. Estoy hablando de esas personas que en su ignorancia o en su temeridad subliman con idealismo rabioso su propio instinto autodestructivo y suicida. Es lo que en inglés llaman un death wish. Decir esto en ciertos círculos es más que tabú.


(Columna publicada el 5 de febrero de 2015.)

Gt (50)

¿Qué dicha hay reservada por ejemplo para aquel que vive en uno de nuestros barrios periféricos o ciudades satélite y está condenado a viajar cuatro horas de ida y cuatro de vuelta en un bus en donde muy precisamente se acaban de subir dos basuras muy maleados para basculear a cada uno de los pasajeros dejándolos una vez más en la premiseria y tanto y todo por ir nomás a trabajar y lo peor es que a menudo en bretes que ni un mismo orco de la Tierra Media soportaría y estaría en condiciones de aguantar?

De allí la importancia –antes de invitar a la gente a la gran orgía de la prosperidad– de asegurarse que hayan bases solidas de orden y seguridad que puedan sostenerla. De otra manera lo único que estamos ofreciendo es crueldad: un paraíso aparente, pero impracticable.

Ya con esas bases establecidas, la idea es fundar por todos los medios posibles fuentes fluidas y legítimas de movilidad social, que no se descalabren a la primera. Condiciones más atractivas de vida que no sean solo espejismos y no cedan fácilmente a la entropía. Necesitamos, sí, conductos para el esfuerzo inteligente y motivado, la iniciativa libre, la autonomía creativa, la ética personal, la libertad secular, el progreso liberal y técnico del individuo y de la sociedad pragmática. Estamos hablando de diseñar un nivel cultural inteligente en donde se reconozca la entrega apasionada, la competencia productiva y el propio poder explorante, para liberar así zonas crecientes de comodidad, acceso y conveniencia.

Un nivel cultural en donde tengan lugar el mérito independiente, la asertividad entrepreneurial, el pensamiento desregulado, la pulsión diferenciadora, el criterio cultural, la ambientación estética, la curiosidad racional, el humor informado, el oasis tecnológico e informacional. En corto: la satisfacción contemporánea.


(Columna publicada el 29 de enero de 2015.)

Gt (49)

Todo lo que dije en la sección anterior no es una invitación a caer en una jerarquía protocolaria, tradicionalista y asfixiante. No queremos conformarnos a un sistema gris, pesado y burocrático de regulaciones. Tampoco recomendamos el trip clanista y patriotero. No hay nada más hermoso que liberarse de las conexiones opresivas de la familia y el país, y empezar a encontrar en uno mismo una voz, una libertad propia, flexible, no tradicional, inclusive extraña (familias y sociedades que no respetan a los disconformes, a los excéntricos, a los solitarios, a los rebeldes y a los freaks observan la patología de lo convencional). No queremos limitarnos al corsé conservador y a la república milimétrica con su tinglado de leyes y creencias y presiones y castas sin fin. También hay que respirar, vamos. Relajarse. Vivir. Salir un poco de la retícula moralista, maniquea, literal, anatémica, marcial, rígida, sacrificial, ideológica, aburrida, solemne, remachona, mecanicista y punitiva. Urge gozar un poco de libertad. Elevar nuestra capacidad de interpretación y de crítica. Y luego: ¿a qué negar la cultura de lo agradable? Si algo necesitamos los chapines es placer, y no me refiero a un placer genital de bestias o violadores o alcohólicos, sino al placer refinado que solo puede rendirnos una cultura auténtica del bienestar, la plusvalía responsable, la abundancia y la prosperidad integrada. La clase de existencia que nos permite desarrollarnos físicamente; elevar nuestra conexión con la naturaleza y el medio ambiente; cultivar una sensualidad superior; trabajar en condiciones satisfactorias; mantener un ocio experimental y creador; nutrir una rica esfera de relaciones;  viajar y acumular nuevas percepciones; liberar nuestra creatividad y expandir nuestro horizonte estético y expresivo; potenciar nuestra educación tanto en las llamadas humanidades como en relación a los paradigmas científicos y tecnológicos; explorar la libertad intelectual y secular; pero asimismo la espiritualidad y la consciencia. Ahora bien, ¿quién puede disfrutar la vida cuando tiene que trabajar como bestia en las mazmorras del laberinto social?


(Columna publicada el 22 de enero de 2015.)

Gt (48)

Los sistemas administrativos deficientes asimismo deberán ser reformados con intrepidez, fiscalizados con furia. La fuerza institucional y los cuerpos de seguridad tienen que estar al centavo, si queremos poner en cintura los anarcopoderes emergentes o ya axiales, así el narcotráfico, y cortocircuitar los salvoconductos con los cuales se pretende hacer dinero fuera de la dinámica del trabajo, me refiero al honorable.

En términos generales, nuestra cultura cuenta con corrientes de decencia y dignidad, códigos de responsabilidad y propósito, legados axiológicos y principios espirituales que urge rehabilitar en casa, en el barrio, en el pueblo y en todo el país. Esto incluyo tener algunos malditos modales, y aprender a modular nuestra expresión (¿qué cosa es la libertad de expresión sin la responsabilidad expresiva?). La democratización es un evento apreciable, pero hay que entender que con ella también se democratiza toda suerte de vicios. Allí es donde entra el sentido moderno de orden y jerarquía, tan repudiado por el posmodernismo, me refiero al infantil. Siempre habrá un histérico que considere que cuando digo estas cosas estoy empujando alguna clase de agenda facho–jihadista, o que la presente es una invitación a saludar a la bandera (nunca ha sido mi estilo) cuando lo único que estoy diciendo es que las personas sin ningún sentido de jerarquía exterior/interior suelen tener problemas graves para generar otra cosa que no sea indignación o neurosis. A los cincuenta y sesenta años, siguen siendo incapaces de sostener un nivel serio, articulado, estable y funcional de compromiso y vida relacional profunda. Se toman por muy auténticos, pero rigurosamente carecen de toda médula –no tienen sustancia.

Una democracia no regulada, sin camino, sin razón, sin integridad, es una receta para el fracaso, y un caldo de cultivo para el populismo, me refiero al patológico. Por demás, será escandaloso para algunos lo que voy a decir, pero no puede ser mala idea crear mecanismos laicos y sensatos de control de la natalidad, con el fin de cuidar el equilibrio demográfico nacional, porque esto, sinceramente, se sale de control.


(Columna publicada el 15 de enero de 2015.)

Gt (47)

El riesgo por supuesto es que estos individuos se emborrachen de dinero, deseo,  poder, se transformen en crudas, caóticas criaturas, volátiles, narcisistas, violentas, abusadoras, transeras, explotadoras, encomenderas, corruptas y carniceras (e. g. un narcotraficante en oriente, un funcionario en liaison con el contrabando, un jefe de pandilla en un barrio marginal, un alcalde que pide mordidas descomunales a cambio de muy sencillos permisos, un elemento de la seguridad pública que dirige ejecuciones extrajudiciales, el consabido grupo de extorsionistas y su impuesto a las camionetas, un secuestrador operando desde la penitenciaría, un diputado haciendo sus huevos en el congreso, etcétera).

El riesgo, sí, es que estas personas, descubriendo su propia autoridad, asuman pues el papel de intolerantes finqueros o chafarotes impulsivos o caciques oscuros o linchadores ciegos o milicianos encapuchados en sus reinados contenidos, y funcionen paralelamente, al margen del imperio de la ley. A estos, por supuesto, hay que ponerles coto, pero ya. Un reto inmediato para el país es rectificar inteligentemente esta energía explosiva, así en la ciudad como en el interior.   

En efecto, no podemos renunciar al orden ni a la galaxia de la ley, sea jurídica, dármica o cultural, y por supuesto no podemos caer en algún combado libertinaje o delincuencia. Tampoco desacatar la propiedad privada, salvo en casos extremadamente precisos. Los códigos correctores –los límites– deben mantenerse e intensificarse aunque, eso sí, sin caer nunca en arbitrariedades represoras, sobreimposiciones legislativas, o bien en fundamentalismos irracionales de cualquier clase. A menos que estemos dispuestos a respetar y hacer respetar las arquitecturas propias del estado de derecho y los contratos de la gobernabilidad moderna, no tendremos oportunidad de escapar la entropía estatal. Pronto seremos (y ya fuimos) desbordados por las olas crecientes de abuso y corrupción, y el virus esclavizador de la impunidad.


(Columna publicada el 8 de enero 2015.)

Gt (46)

Habiendo reconocido la importancia de las mentalidades culturales atávicas que recorren nuestra esfera social, la invitación es a no quedarnos atrapados en una visión clausurada y labriega del mundo. De hecho, es fundamental dar con pasajes sociales facilitadores que permitan que los individuos guatemaltecos puedan liberarse de contextos tradicionales anacrónicos, claustrofóbicos, inertes, y adquirir competencias autonómicas asertivas.

Y sin embargo, hay tan pocos connacionales que están dispuestos a verificar ese salto al poder individual. Abundan por el contrario los individuos sumisos, complacientes y clónicos que repiten hasta la náusea las mismas costumbres religiosas, sexuales, laborales, cosmológicas, y las que fuere.

Ese momento cuando determinada persona o comunidad (o empresa u organización) descubre su propia fuerza dinámica, dominadora, su capacidad de someter y conquistar su entorno y circunstancias, y se hace respetar, es increíble. Cuando salta por encima de los patrones regresivos y desdentados, de las agendas e imaginarios crudos, sean incluso bienintencionados, y se agencia una forma eléctrica, distintiva y personal de hacer las cosas.

Quisiera decir aquí que estos poderosos enfoques particulares pueden ser de valor en ciertas situaciones en donde incluso el estado abstracto es impotente, en virtud de la acción enfocada y el mando discreto. Siempre deberá haber un espacio para aquellos personajes gloriosos que tienen el carisma y el ingenio, el sentido de oportunidad y el debido liderazgo, el coraje y la autoridad, el punk y las pelotas para crear entornos–subsistencias carismáticos y personales. Hay historias hermosas de seres bravos surgidos en este no man´s land.


(Columna publicada el 18 de diciembre de 2014.)

Gt (45)

Algo podemos aprender de nuestros antepasados respecto a como llevarnos bien con la naturaleza. En general, es importante conservar vivas las características arcaicas y mitos y códigos sagrados de los ancestros, con su visión milenaria del mundo, sus poderosos símbolos, su inocencia creadora y diáfana, su respeto por el entorno comunal, su conversación sentida con el universo natural y sus ritmos, sus lenguas térricas y delirantes, sus trajes intensos. No es mala idea darle un lugar a aquellas costumbres jurídicas y relaciones de lealtad y poder heredadas del mundo indígena que aún tienen relevancia. Exaltar nuestra herencia prehispánica y maya, no apenas como una pieza de museo, sino como una perspectiva–manantial que tiene algo muy importante que decirle a nuestro contexto presente, que está viva, y además en construcción permanente.

Pero no solo la herencia maya nos aporta riqueza: también hay un legado judeocristiano de enorme valor, en tantísimos ámbitos. Tengo amigos intelectuales, científicos y progresistas que están urgidos de defenestrarlo, enfatizando de un modo casi mórbido (y desde una cresta no pocas veces miope, agresiva o esnob) las sombras del cristianismo, e ignorando por completo su virtudes históricas y sociales, ya no digamos espirituales. Yo también fui uno de esos Tarsos modernos/posmodernos. No fue hasta que reconocí aquella sombra de mi propia perspectiva cultural que hice las paces con católicos y evangélicos. Lo cual de ningún modo significa renunciar a mi sentido común ni a mi estilo de vida, por demás muy independiente. Es importante que demandemos y exijamos a los cristianos una amplia y precisa rendición de cuentas, y además los esquinemos en cuestiones muy puntuales como el de la evolución, la contracepción, la pedofilia, los derechos gay, el rol de la mujer, por mencionar unas cuantas. También confrontarlos respecto a los excesos de credulidad y superstición.  
           
Y no solo a los cristianos: nunca falta el budista sabelotodo, por dar un ejemplo, alífero en burlarse de alguna fábula o leyenda cristiana, como aquella de Adán y Eva, pero dispuesto a creer, sin un ápice de escepticismo, en las más fantásticas historias de los Himalayas.
           
Lo que nos enseña el pensador integral Ken Wilber es que no es cuestión de cancelar el cristianismo, el judaísmo, el islam o cualquier religión (cosa como yo lo veo imposible) sino en convertir estas religiones en plenas religiones integrales del siglo XXI, facultando su evolución, bajo el entendido que las religiones, como todo, también están en tránsito de crecimiento. ¡No tirar el bebé con el agua sucia de la tina! Esto supone migrar tales religiones desde una posición congelada, mítica y prelógica, hasta una expresión transracional completa, colectando de paso todos los insights de la ciencia y de la sociedad pluralista. Con lo cual no se trata de renunciar a las fábulas fundacionales, sino de entenderlas justamente como eso: fábulas, mitologías, repositorios abiertos de sentido. ¿Es posible? Es totalmente posible, con las herramientas adecuadas, y más que nada es urgente y necesario.

Añado que así como hay en el país una cultura maya viva y lo mismo una cristiana, luego hay expresiones amestizadas que surgen de ambas, y que también emanan una potencia mágica intrigante.


(Columna publicada el 11 de diciembre de 2014.)

Gt (44)

De entrada, urge que magneticemos todas las fuerzas, recursos y voluntades disponibles para asegurar las necesidades primarias (alimentación, salud, abrigo, vivienda, educación) y podamos así salir de la pobreza extrema, el hambre crónica, la marginalidad profunda, sea rural o urbana o migrante. Mientras no resolvamos ese nivel basal de la realidad, todos nuestros intentos por evolucionar se quebrarán sin remedio, serán intentos malogrados, abortos.

Mientras unos se quedan sin vivienda a raíz de un deslizamiento causado por una simple lluvia, otros viven en mansiones–búnkeres de millones de dólares. Siempre está ese alguien cuyo estilo de vida niega escandalosamente el acolmillado subdesarrollo que lo rodea, o más satánico aún: que extrae sus privilegios de la miseria de otro. Es inaceptable.

Luego hay quienes pretenden que la caridad, el entusiasmo optimista, el turismo de la miseria, la responsabilidad social, o la repartición clientelar de canastas, son estrategias válidas para llenar los enormes agujeros negros del país. Pero estos intentos son escasos, incapaces, y a menudo, contraproducentes.

En principio porque no atienden las causas estructurales de los problemas, como ya se ha señalado hasta el hartazgo, pero además porque no enseñan a la gente, como se dice, a pescar. No pocos de esos enfoques implican, velada o abiertamente, alguna versión negativa de verticalismo cultural, que yerra siempre porque no comprende la lógica del nivel auténtico al cual los problemas suscritos pertenecen. Ocurre con frecuencia que las ayudas otorgadas no son orgánicas respecto a aquellas personas que padecen las grandes insuficiencias.

Quiero añadir que migrar de un contexto maligno de sobrevivencia al respeto incondicional por la vida (no solo humana) incluye una seguridad ciudadana básica, libre de todo temor intestino. También supone la regeneración y mantenimiento de la esfera biológica y los recursos naturales, para una ecología sostenible.


(Columna publicada el 4 de diciembre de 2014.)

Gt (43)

Viendo lo mucho que mi país no evoluciona, nació en mí un interés descomunal por el fenómeno del cambio: sus condiciones, sus posibilidades, su naturaleza. Una de las cosas que me di cuenta es que en Guatemala hay un mismo dogmatismo, con ideologías distintas. No nos ocupemos pues en un primer movimiento de las ideologías: ocupémonos del dogmatismo. Por demás, creo que tenemos muchas prerrogativas como país, y que no estamos tan mal como en otros lados. A veces decimos que somos la peor mierda en este gran mundo, pero ello no es más que arrogancia inversa.

Desde luego, me preocupa nuestra incapacidad de generar un mapa de entendimiento nacional. El reto es encontrar un esquema que nos permita salir de la carnicería de perspectivas en pugna que es actualmente Guatemala. La posibilidad de una nueva guerra civil no es descabellada. A menos que llevemos adelante una revolución –pero no una revolución monoideológica, sino integral­– esto se pondrá sinceramente horrible. El reto será encontrar los líderes que puedan funcionar dentro de este nuevo estadio de circulación cultural. De momento no existen, o apenas existen.

Hay múltiples agendas coemergentes que me interesa que mi país actualice, para que el mismo pase de ser un sistema clausurado y estanco a un sistema abierto y fluido. Un sistema abierto y fluido es un sistema que no privilegia una perspectiva sobre las demás, sino que las incluye todas, en un mismo campo de unidad dinámica. Inherentemente, ninguna perspectiva posee más jerarquía que cualquier otra. Eso no quiere decir que no se den jerarquías de funcionalidad. De ello hablaremos otro poco más adelante.

De momento, hagamos un viaje por estas distintas perspectivas, que también son en sí mismas programas generales de trabajo.


(Columna publicada el 27 de noviembre de 2014.)

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Pero nunca vamos a entronizar nuestra visión de país sin botar los antiguos esquemas de cambio. En efecto, todos los viejos esfuerzos por traer evolución al país no han conseguido darnos una vida nacional satisfactoria. ¿Por qué insistimos en ellos? Precisa salir de la negación. Rendirse y pasar –con honestidad y firmeza, apertura y disposición– a otra cosa, a otro cuerpo de posibilidades.

Porque de hecho hay otro cuerpo de posibilidades. De nada sirve adoptar una posición fetal, y hundirse en la pura decepción desmoralizada o atrabiliaria. Podemos confiar en que obtendremos los recursos para diseñar un país más funcional, si nos abrimos a ello. La primera condición para que el cambio se dé es que aceptemos la realidad del cambio, y en este caso estamos hablando del cambio a la cordura.

Por supuesto, un problema aquí es mezclar el nuevo vino con el viejo. Tenemos que aprender a reconocer el vino viejo como tal, y ser muy honestos al respecto. A veces decimos que queremos cambiar, pero la verdad es que no estamos dispuestos a limpiar la vasija, el odre, no hay disposición, no hay humildad. Estamos llenos de nuestro propio gelatinoso orgullo, de nuestras propios, rígidos, grumosos puntos de vista.

Para reestructurar nuestra sistema de posibilidades, vamos a tener que rectificar nuestras motivaciones, nuestra visión, nuestra conducta cultural toda. Y luego vigilar que no volvamos a caer en las antiguas maneras, en los mismos credos cerrados. Por otro lado, no se trata de crear una nueva fórmula estanca, sino de entender que el paradigma entrante de cambio deberá ser dinámico, siempre rastreando nuevos horizontes de funcionalidad.

Así pues, el trabajo no termina. Por mí, por el otro, por la galaxia entera de relaciones culturales del país, se precisa seguir trabajando.


(Columna publicada el 20 de noviembre de 2014.)

Gt (41)


Una aspiración, para mi país –también podemos llamarle propósito, horizonte. Aquí no importa mostrar un poco de idealidad o inocencia. Es precisamente lo que estamos buscando.

Es esto:

“Que Guatemala se transforme en un espacio avanzado de convivencia, que estimule la emergencia de individuos y comunidades libres, elevando la fuerza creativa de la vida, dentro y más allá de sus fronteras.”

Nuestra total intención es dar a luz –luego estabilizar– un estado maduro, una esfera pura de gobernabilidad, un entorno protegido y deferente que esté regido por relaciones de justicia y solidaridad, de respeto y altruismo, de proporción y fuerza, bajo un ideal integral de libertad.

La idea es que todos, todas podamos llevar con firmeza la realidad nacional a su punto de expresión más alto, completo y natural, en un proyecto de armonía sostenible, y con índices de felicidad evidentes.

En este proyecto nunca el colectivo deberá preceder al individuo; y tampoco el individuo preceder a la colectividad. Estamos buscando la completa ecuanimidad, en ese sentido.

De otro lado, elevar la fuerza creativa de la vida quiere decir que hay una dimensión inspiradora de verticalidad y un programa dinámico de evolución al que estamos sirviendo. 

Si al final de nuestra aspiración dijimos “dentro y más allá de sus fronteras” es porque estamos convencidos que nuestro país podría, si se quitara los pudores y los apocamientos, contribuir como catalizador intrépido de sensibilidad en el concierto global.

Siempre y cuando seamos auténticos, y aprendamos a reconocer nuestras sombras, y a trabajar con ellas, ascenderemos.


(Columna publicada el 13 de noviembre de 2014.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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