'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







El diseño cósmico



El filme colombiano El abrazo de la serpiente aborda temas cruciales como son los enteógenos, el chamanismo y la espiritualidad originaria.
           
El filme –realmente iniciático y de insights muy profundos– nos lleva de una antropología de las plantas a una botánica del espíritu, es decir a la enteogenia: el uso de sustancias vegetales psicotrópicas como forma de sanación e integración.
           
Los enteógenos son entidades–portales que nos abren a los recursos transpersonales más exaltados. Cuando el científico etnobotánico Richard Evans prueba la “yakruna” en la película, esta, que venía dándose en blanco y negro, cambia a colores, y los dibujos esenciales y primigenios del cosmos le son revelados.
           
No uso drogas de ninguna clase desde hace catorce años, pero en su momento tuve la oportunidad de experimentar (múltiples veces) con enteógenos, especialmente con la psilocibina. Hasta el día de hoy estoy procesando esas experiencias, que me mostraron rutas epistemológicas que no caben en nuestros modos de pensamiento: son impensables.
           
Por estos días son legión las personas que están buscando esta clase de senderos. Ayer eran el hongo y el peyote, hoy la ayuahasca y el DMT. Sea cual sea, quiero aquí ratificar la importancia de ritualizar estas experiencias, y darles un marco adecuado de experimentación. Ese parece ser uno de los mensajes más consistentes de El abrazo de la serpiente.
           
En efecto, la película es un recordatorio de lo importante que es mantener la cordura y el contenedor chamánico, a la hora de introducirse al universo de las drogas iluminativas. Hoy puede uno inclusive pedirlas por correo. Cualquier hijo del vecino organiza rituales de ayahuasca (lo cual da ayahuasco) cayendo además en modos ambiguos de extractivismo cultural y espiritual. Mucho histrionismo y superficialidad pero muy poco poder y altura interiores.
           
El reto por supuesto es conservar los linajes limpios, así como la disciplina de las prohibiciones y reglas sagradas. Esto significa conectar con guías legítimos que puedan brujulear de veras el viaje (en el caso del filme, se trata de Karamakate, “el que mueve los mundos”, suerte de GPS en este sueño que es la realidad). Decisivo pues discriminar entre un verídico hombre/mujer de conocimiento y un mero rockstar psicodélico, que piensa que por haber leído unas citas de Terence McKenna, y cruzado ciertos estados pseudonirvánicos, ya lo sabe todo de lo invisible.
           
Por parte del estudiante, se requiere de un deseo genuino de crecer y un respeto inconmesurable por la droga, naturalmente. A la vez, la obediencia al chamán es crítica. Así como la reverencia al mundo mítico y sagrado que nos presenta.
           
Cuando el chamán siente que este mundo no es tratado con deferencia, destruye los puentes que nos unen al mismo: destruye el camino chamánico. “Yakruma muere conmigo”, dice Karamakate, terminante, en un momento de El abrazo de la serpiente. Este suicidio espiritual es un acto de enorme decoro.
           
Adicionalmente, la sinceridad del viaje chamánico implica descargarnos de todo ese sobrepeso que de otro modo nos hundiría al fondo del río. Para nacer hay que morir y para morir hay que ceder. Tirar el mapa al río y seguir el sueño. Este es un viaje de desapego y conquista, de muerte y resurrección.
           
El abrazo de la serpiente nos habla con mucha poesía de todas estas nociones chamánicas, no por elementales, circunvalables. Las posiblidades del chamanismo, con todo y el masivo interés reciente del que ha gozado últimamente, a duras penas han sido exploradas y cartografiadas como espacio terapéutico radical. Para mientras, se ha dado una enorme caída chamánica: muchos conocimientos han degenerado, muchos maestros han muerto, muchas conexiones se han perdido. No hay mayor tristeza que la de un chaman que ha olvidado.
           
Dicho esto, siempre habrán personas interesadas en recuperar el itinerario chamánico auténtico, y oponerlo al contrachamanismo de la imagen y propiedad vacías. Siempre habrán personas interesadas en mantener vivas las transmisiones y los empoderamientos más precisos y rigurosos.
           
Parece claro que lo precioso hay que ir a buscarlo al final del río más oscuro y al fondo de la selva más intrincada. Si tenemos la suficiente integridad, llegaremos a la coordenada exacta en donde el diseño cósmico se abre en nosotros.


(Buscando a Syd publicada el 25 de agosto de 2016 en El Periódico.)

Pelearse en las redes (2)

Si he de ser sincero, yo no estoy tanto en las redes sociales por conectar con los otros, en el sentido exclusivo de socializar con ellos. Yo estoy más en las redes para expresarme, un enfoque muy distinto. Me sentiría mucho más cómodo si las “redes sociales” se llamaran “redes expresivas”.
           
Hay una diferencia abismal entre comunicar para socializar y comunicar para expresarse. Como no estoy en las redes sociales para hacer amigos, entonces no soy particularmente delicado con lo que digo. No soy delicado y me reservo el derecho a no serlo. No juego en el bando de la corrección política, de la “tolerancia”. De esa cuenta, a mí me da igual si una confrontación digital termina en un unfriend o en un blockeo.
           
Dicho esto, procuro no perder la elegancia. Creo que una sacada de madre o ridiculización siempre tienen que venir acompañadas de cierta categoría. Sin blanquear el insulto, celebro la sutileza. Es el arte de insultar.
           
Luego todo embate serio demanda cierto grado consciencia estética, me parece. A pesar de que todos mis posts siempre se hacen desde una suerte de urgencia, yo siempre busco en ellos alguna clase de efecto. Claro, ocurre a veces que el efecto mata la claridad. De igual manera, a veces la claridad mata el efecto. No hay fórmulas.
           
Que uno no quiera perder la distinción –en forma/fondo– no quiere decir que otros no lo hagan. Pero si otros deciden ponerse torpes, sucios y simios, al punto de llegar al agravio y la calumnia, eso está fuera de nuestro control. Aquí es donde un sentido de protección es recomendable. Hay un Sun Tzu de la guerra digital.
           
A veces es uno el que pierde la elegancia, contra las mejores intenciones. Es normal. Todos estamos perdiendo la elegancia todo el tiempo. La fricción es constante y es dolorosa. Una purga necesaria, mientras aprendemos a usar esta (relativamente) nueva modalidad cultural del intercambio internético. La verdad es que estamos en pañales. Aún si avanzamos a zancadas extraordinarias, apenas empezamos a entender cómo funciona esto de la comunicación web.
           
Hace unas décadas nomás, lo normal para la gente de a pie era sostener diálogos con un grupo limitado de personas en un espacio localizado. Hoy la transversalidad radical del internet nos permite comunicar con miles y hasta decenas de miles de personas al mismo tiempo, en todas partes. Nuestras palabras tienen resonancias inusitadas. Y, por supuesto, la desavenencia es mucho más intensa. El quinto chakra colectivo se abre, y eso es un proceso doloroso, un parto.
           
Pero de otra parte cada vez nos volvemos más inteligentes para emanar perspectivas en el cerebro global, y eso implica lidiar con la codependencia digital. La codependencia digital que se debate entre el linchamiento virtual y la sublimación viralizada, entre el cinismo compulsivo y la correctividad a ultranza, entre la entronización obcecada y el troleo cholero.
           
Aprenderemos.


(Buscando a Syd publicada el 18 de agosto de 2016 en El Periódico.)

Pelearse en las redes (1)

Vivo peleándome en las redes. Es una cosa de todos los días. A veces es divertido. Otras muy desagradable.  
           
No soy el único, por supuesto. Cualquier usuario solido de redes sociales conoce el nada sutil malestar que acompaña una buena pelea digital. Una dura contienda de comments. Un tuitvergueo.
           
Especialmente cuando se trata de una pelea de trincheras. Tras una de estas riñas, siempre anticipo un shock diabético o algo así. Más cuando no se trata de una mera pelea, sino de una seguidilla y con muchas personas simultáneamente. A veces inclusivo caigo en temporadas confrontacionales, alfaques les llamo yo. Termina uno con el sistema nervioso francamente pulverizado.
           
Es el infierno de la comunicación a escala. Desde hace décadas nos advertían los futuristas y los enterados que la nueva etapa cultural iba a venir con una presión informacional sin precedentes. Ahora nuestros sistemas nerviosos están viviendo un proceso delicado de ajuste, sin el cual no aguantaremos semejante tráfico masivo de data y criterios.
           
No faltan las personas que miran con nostalgia la vieja era. Y a quienes les gustaría regresar a una especie de orden pre/internético. Toda una fantasía, que consiste en edenizar aquellos tiempos previos a las discrepancias digitales. Pero eso es como querer volver al universo antes de los vehículos de transporte: un ensueño bonito, pero completamente infactible. Desaparecer en el anonimato del offline ya no es una opción.
           
Tampoco estoy en contra de hacer desintoxicaciones de redes sociales. He visto que muchas personas se van de las redes, por aquello de limpiarse de ellas. El problema es que cuando vuelven todo sigue igual. La desintoxicación ha resultado ser un paréntesis agradable, pero nada más. Al entrar de nuevo en contacto con la presión comunicacional, el malestar, la paranoia recomienzan.
           
Es mucho más valioso aprender a lidiar con los retos del diálogo virtual antes que circunvalarlos (aunque admito que hay conversaciones que son callejones muertos, de las cuales no queda otra opción sino retirarse). Es un aprendizaje perpetuo, de prueba y error. Por mi parte, algunos encontronazos los he resuelto con gracia, otros no. Pero de todos he aprendido.
           
No vayan a creer que me fascina la guerra. Contrariamente a lo que consideran muchas personas, nada me gusta entrar en controversia. Lo que sí me gusta es la claridad. De ahí mi proclividad al debate. Es por mi forma de ser: la confusión me repugna.
           
Por ejemplo, no es infrecuente que otro piense que yo pienso determinada cosa, cuando pienso algo enteramente distinto. Es un trabajo perpetuo de matizar y esclarecer. De más está decir que no puedo clarificar tanto como me gustaría. ¿Quién puede realmente? ¿Quién cuenta con semejante tiempo y energía?


(Buscando a Syd publicada el 11 de agosto de 2016 en El Periódico.)

Fornicio

Hoy me levanté temprano para seguir leyendo el libro de Forn, llamado El hombre que fue Viernes.
           
A Juan Forn lo he leído de vez en cuando, con gran placer, en Página/12, pero mucho mayor placer es leerlo en libro y de un tirón.
           
Entonces es un Fornicio.
           
Y en ese sentido uno se alegra uno de que hayan libros recopilatorios de Juan Forn (notablemente, los tres tomos ya plenamente adquiribles de Los Viernes).
           
Muy a diferencia de ese otro argentino –Fresán– que no se ha dignado a conjuntar sus artículos (lo cual es ya mezquino, puesto que verídicamente amamos esos artículos suyos, mucho más que sus novelas). Yo no era de la facción Bolaño, yo crecí con su apólogo Fresán, a quien cada cierto tiempo me digo que debería entrevistar y nunca entrevisto, a pesar de que alguna vez, hace ya varios años, intercambiamos una comunicación al respecto. Densidades impenetrables de la procrastinación.
           
En fin, Fresán y Forn son algo así como esos dos cerbataneros argentinos que hicieron milagros juntos, y que siguen haciéndolos, aunque ya cada cual por su lado.
           
Y yo, que solo redacto babosadas, como lueguito lo va a corroborar alguien en la sección de comentarios, tengo mucho que aprender de esa generación latinoamericana literario–periodística previa a la mía, en donde incluiría no solo a Fresán (1963) y a Forn (1959), sino todavía al mexicano Villoro (1956).
           
Uno puede leer las columnas de Forn –columnas les llamo yo– como cuentos. Porque al lado de la sapiencia cocha que los infunde (escrituras que son poslecturas: expresiones conmovidas del leer) y al lado del engasado encuadre histórico y biográfico, a veces autobiográfico, hay esa total atribución narrativa en sus derivas críticas, atribución que por supuesto también le ha llevado a novelas formales (Frivolidad). Forn compone, diseña y prosea. Y le salen cuentazos. Cuentazos críticos, con planteamiento, desarrollo, final. Cómo los resuelve a mí me deja con la boca abierta. Supongo que allí, en esa maestría artística innata y genética, está además todo ese expertise talleril y editorial que cosechó en el periodismo –Radar– y en las supercasas editoras en donde ha trabajado.
           
No textos para llenar páginas: esenciales textos que nos tocan el alma, y nos atraen además por el cuidado y equilibrio con el cuál han sido hechos, por su frescura nunca histérica, porque saben lo que dicen y no se prohíben la intimidad. Y porque nos trastocan algo dentro.
           
También porque celebran la épica del creador como personaje de un libro. El libro fascinante que Forn ha venido redactando, viernes a viernes, con regularidad inquebrantable. Forn ha traducido a los grandes no solamente en el sentido de llevarlos a otro idioma, sino el sentido de traducir y actualizar sus escarchas, sus heroísmos, sus excentricidades. 
           
Aquí una penúltima discreta para el maestro de las contratapas.


(Buscando a Syd publicada el 4 de agosto de 2016 en El Periódico.)

Marcas & empresas

Ando bien ocupado trabajando.
           
–Bueno, por una vez que trabaje.
           
No sea malo, lector. Yo he cumplido con mi cuota de negreo a lo largo de muchos idiotas años. Que ande laborando a menudo en cosas inútiles, indóciles, como libros narrativos, como poemas, como columnas subjetivas de opinión, eso es otra historia.
           
Pero luego resulta que también trabajo considerablemente en asuntos más aterrizados, que son los que de hecho me dan de hartar.
           
Les cuento: desde hace muchos años mi esposa y yo hemos construido haciendo una suerte de tándem laboral, volcado a la identidad corporativa y el diseño de marcas. Ella es definitivamente la experta aquí, con un background total en mercadeo, estrategia y comunicación. A lo largo del tiempo es ella quien me ha preparado y marinado en estas cuestiones. Hasta el punto de que hoy en día es frecuente encontrarme leyendo libros a los cuales antes jamás me hubiese acercado por principio ­–branding, marketing, diseño organizacional, etcétera.

Alguna cosa he ido aprendiendo.
           
Admito que no tengo estudios formales en mercadotecnia, publicidad o nada parecido. Estudié unos años (sin ni siquiera graduarme) filosofía y letras, eso es todo. Sin embargo, puede que el hecho de comparecer desde un ámbito totalmente ajeno al que he venido aludiendo me pone en una situación incluso original para entender las compañías y corporaciones. Quizá lo periférico de mi punto de vista ofrece, cada tanto, cierta frescura o claridad. Dicho así: es justamente porque no tengo especialización alguna en el presente territorio que puedo dar insights no convencionales al respecto. 
           
Por supuesto, esto no quiere decir que no esté absorbiendo la información del caso, de modo constante, en  mística autodidacta. El mero hecho de interactuar con tantas empresas, instituciones, proyectos, me ha dado un saber general que valoro bastante.
           
Todo esto parece menos resplandeciente –menos exultante– que el Bardo, pero de hecho resulta ser un cosmos bastante estimulante.  He dicho ya antes que, para mí, conceptuar y escribir una plataforma de marca, aún si no implica mayores derivas verbales, es de hecho tan interesante como redactar una obra literaria. El placer neural es, contra todo pronóstico, el mismo.  
           
Toda esta experiencia me ha servido para entender algo: que uno puede ser autor de muchas maneras, que aquellos que escribimos podemos relajar nuestros usual esnobismo e incurrir en zonas foráneas a la literatura pura, que los intelectuales pueden emerger sin pena de su reclusión contemplativa e impregnar perímetros laborales que a primera vista parecen contraintuitivos, pero que luego terminan siendo fascinantes.
           
Este lugar que yo juzgaba hace años ominoso –el de las empresas, el de las marcas– a lo mejor nos rinde una sorpresa. Hay personas que creen que es aquí donde reside el Boogey Man y por supuesto que hay razones de peso para así considerarlo –siendo yo el primero en consignarlas– pero lo cierto es que he visto igualmente en este mundo no poca generosidad y heroísmo.
           
Por tanto me revienta cuando algunas personas hablan de la totalidad de la clase empresarial como si fuera la barra de los Ayudantes de Satanás.
           
Matice, mi hermano, matice.


(Buscando a Syd publicada el 28 de julio de 2016 en El Periódico.)

Clavícula




1. A alguien se le ocurrió que yo debía ganar el Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. En realidad se le ocurrió a tres personas, que podemos saludar con entero respeto: la escritora local Carmen Matute, las mexicanas Aline Petterson y Rocío Cerón. Que todas sean mujeres es para mí algo, ya de entrada, mágico. Carmen Matute (1944) viene escribiendo desde los setenta, desde el Rin–78 y todo eso. Hay que entender cuál es la importancia de figuras como ella, que mantuvieron el hilo obligatorio de la poesía en un período además en donde escribir no era para nada obvio, a diferencia de ahora. Pero no me quiero referir a ella en pasado, porque está muy viva entre nosotros, y prueba de ello es que recientemente le otorgaron el Premio Nacional de Literatura. Aline Pettersson nació el 11 de mayo de 1938. Aparte de poeta, narradora. O quizá debí decir aparte de narradora, poeta. Una persona de trayectoria, como sea, bien publicada, con varios premios en su haber. Sus libros están en Sophos, atiendan. Rocío Cerón (un primer nombre sutil, un apellido fuerte) es una poeta ya de mucha presencia y total compromiso. Vendría a ser una poeta de mi generación, realmente, y me parece que es fácil encontrar los nexos y los nodos (y los nudos) de encuentro. Lo voy a poner así: leerla es mucho como estar en casa.
           
2. Al Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (establecido por la Embajada de México, y a quien de plano agradecemos su interés por los patrimonios poéticos) yo me había metido ya como dos o tres veces, no recuerdo exactamente cuándo. Perdí en ambas ocasiones. Así que para mí esto de ganarlo era ya un asunto, si quieren, personal. Curiosamente, la reciente edición sería la última vez en que iba a poder concursar, pues el límite de edad, más bien arbitrario, es de cuarenta años. He ganado algunos premios en prosa, pero han sido menos los de poesía, y en cierto modo el pegarle a este premio, que tampoco es un premio pishmico, diría yo, cumple como una legitimación externa de mi escritura propiamente poética. Puede ser una percepción falsa, pero siempre me he sentido un tanto menos considerado como poeta que como narrador. Y sin embargo es un oficio que he buscado mucho, y son a la fecha unos doce poemarios los que he escrito, si a alguien le importa.  
           
3. Del libro: se llama Clavícula. Una especie de dietario íntimo y ambiental, para cierto momento de mi vida. Me gustaría pensar que hay en él frescura, así como diversidad de espíritu y procedimiento. Lo releí hace poco y me di cuenta que posee cierto estándar de oscuridad, lo cual siempre es bueno. Sin embargo no se perdió, me parece, la elegancia del humor. Por demás es un libro muy impregnado de cine, y especialmente narrativo. Así como la poesía entró en el flujo de mi prosa (y Cardoza por cierto mucho tuvo que ver en ello) lo mismo ocurrió en sentido inverso. Cruzar géneros, hibridar. Es mi rollo. El libro según entiendo será publicado, no sé cuándo, por Editorial Cultura. Conociendo los ritmos de Editorial Cultura puede que salga el próximo siglo. Según yo, no iba a publicar más offline, pero, bueno, siempre termina apareciendo otro impreso por ahí. Justo cuando pensé que estaba afuera, etc.
           
4. Eso de los premios ha sido una dinámica interesante, pero para mí es hora de decirles adiós. Que otros los ganen y los pierdan.


(Buscando a Syd publicada el 21 de julio de 2016 en El Periódico.)

Leer menos

Leer es hermoso. Pero no siempre. A veces es malsano.
           
Muchos se sumergen en lo impreso como manera de confirmar una presunta identidad de personas sensibles, volcada a los frutos y divertimentos del espíritu. Nada causa mayor placer, a estos sibaritas de la consciencia, que sentarse en su sillón de leer y desde ahí acumular grasa psíquica.
           
Hay un cierto esnobismo en creer que acumular ideas y capital verbal es superior a amontonar posesiones materiales. Lo cierto es que leer también puede responder a una exigencia de seguridad desmedida, de tufillo burgués, a veces de contorno cúltico.
           
No hay por qué convertirse en un hoarder de libros. Como tampoco hay por qué convertirse en un seco ser ectomórfico –ya ectoplásmico– que no tiene capacidad de relacionarse con la vida más allá de las palabras, viviendo  en una esfera neuróticamente teórica.
           
Tampoco estoy invitando a dejar de consumir libros, por favor. De hecho, un problema frecuente es que las personas leen muy poco: subleen. Algunos (demasiados, en este país) porque no pueden leer. En tal sentido los que sí contamos con el privilegio de la lectura tenemos la obligación de asumirla con gratitud. Y sin embargo hay tantos que, sabiendo leer, no leen; o apenas leen; o maleen; es decir, leen un montón de mierda.
           
Lo cual es ya de sí criminal.  
           
Pero así como se puede subleer también se puede sobreleer. Algo que a mí me ocurre no poco. A veces leo hasta la indigestión (indigestiones gramaticales) o bien hasta vomitar.
           
La peor maldición para mí ha sido el 1–Click de Amazon. Para empezar porque es tan fácil olvidar, por medio de esta forma de transacción tan instantánea, que los libros de hecho cuestan dinero (con lo cual termino gastando toneladas de pisto que no tengo en libros que nunca leo). Y para seguir, porque los libros digitales, ya sin cuerpo físico, no ocupan espacio matérico, pero indigestan igual.
           
En mi caso, cuando compro un libro, siento que tengo que leerlo, de otro modo me da culpa. Bajo esta lógica dudosa, estoy obligado a leer los cientos de títulos en mi biblioteca a los cuales nunca me he acercado. La pregunta se impone: ¿por qué agregar más libros a mi lista de libros no leídos, entonces? ¿No son suficiente los que ya tengo?
           
Y eso sin contar los millones de terabytes disponibles en la web. Nos estamos adaptando bastante bien a la era de la información, pero eso no quiere decir que no suframos de patologías informacionales y overloads en nuestros cerebros. Por lo mismo, nuestra sanidad neural depende de la capacidad de editorializar nuestras lecturas, lo cual supone ir a las fuentes necesarias sin tragarse el océano entero. Ya no es necesario leer como un esclavo de la lectura. Leer en el siglo veintiuno debe ser una cosa a la vez aérea y puntual. Aérea: podemos sobrevolar los paisajes textuales sin necesariamente recorrerlos a pie, remachonamente, desde un estilo sufriente. Puntual: porque una vez nos interesa algo podemos descender como el águila y desgarrarlo.
           
Por supuesto, para leer así necesitamos sobre todo conocernos: saber quiénes somos y qué realmente nos eleva. No es leer a cien autores, sino a unos cuantos que nos hagan vibrar. Una vida es poco para leer a cinco autores, lo que se dice leerlos. Y bueno, ya no digamos diez o quince. Más de veinte es diletar.
           
Unos leen mucho para ser más inteligentes, pero a veces lo inteligente es leer menos.


(Buscando a Syd publicada el 14 de julio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (4)

El problema surge cuando normativizamos el desprecio y el ostracismo. De esta rabia acolmillada –con hilillo de sangre en la mejilla, mezclada con el color celeste y sublime de la patria– nadie dice nada. De lo resentidos y retrecheros que somos los chapines, que condenan, no una sino tres veces, nadie expresa cosa alguna. Ni modo: eso no se ve bien en el pic ciudadano, en la selfie histórica...
           
Eso puede recibir el nombre de negación. Si no veo en mí lo que estoy atacando –y aún proyecto mis propias contradicciones y distorsiones en el orden social– la cosa se puede poner muy delicada: lo único que aporto al ambiente colectivo es pegajosidad, confusión y desdén. Si yo lucho contra los demonios afuera de mí y no lucho contra esos mismos demonios dentro, entonces estoy practicando una doble, una fariseica moral.
           
(Por ejemplo, si soy un medio o institución que pido transparencia, pero yo mismo no soy transparente con la manera cómo recibo y gestiono la información o recursos, hay algo ahí que no rima.)
           
Pero luchar es un concepto a revisar: en el nivel más inteligente, no es cuestión de luchar con nuestros aspectos demónicos, sino de trabajar con ellos, para transformarlos e integrarlos.
           
Rehabilitar el Estado roto –y a quienes lo rompieron– es mil veces más avanzado y compasivo que alimentar la imagen de un Estado–Fénix. Eso de refundar el Estado (como si el Estado fuera una estructura de legos) es retórica de oportunistas y rupturistas por igual. Los oportunistas que andan buscando nuevos escenarios para establecer viejos patrones de conducta; y los rupturistas, que andan tras un Estado corre–y–va–de–nuevo, porque así no tienen que conversar, de veras conversar, con modalidades incómodas del ayer, que prefieren sepultar, aún cuando esas modalidades son el propio strata cultural sobre el cual su propio panorama descansa, guste o no.
           
No está bien visto decir que el pasado fue una condición evolutiva determinante para el cambio que hoy estamos viendo. Pero de hecho es exactamente el caso. Es por lo mismo que el pasado no es algo que puede encerrarse en un arcón.
           
Se requiere ir, no solo del pasado al futuro, sino también del futuro al pasado. Injusto juzgar a navaja las estructuras pretéritas con nuestras reglas, ambientes y herramientas discursivas actuales. Mañana nosotros mismos seremos juzgados por hacer cosas que hoy, no solo son culturalmente legitimadas, sino aplaudidas por el sistema. Y en ese sentido, me gustaría que los habitantes del futuro tengan alguna clase de consideración con nuestras limitaciones de consciencia presentes.
           
No hablo (¿pero es necesario aclararlo?) de indultar el pasado sino de darle el mayor contexto posible, y de comprenderlo en términos de evolución cultural, evitando, además del prejuicio, el postjuicio.
           
¿Qué hay del juicio a secas? Por supuesto, encontrar culpables es bueno –porque los hay, son muchos– pero sepan que no será suficiente con colmar las cárceles de culpables. En la culpabilización a ultranza dosis masivas de responsabilidad se extravían. Y sin embargo no hay nada que no sea nuestra responsabilidad.
           
Incluso los culpables son nuestra responsabilidad. Dicho de otro modo: un Estado sano es uno que se hace responsable de sus demonios, pero ya no dentro de una lógica binodal, nosotros–versus–ellos, lógica que invoca agresión, murmuro y polaridad, sino más bien como expresión completamente inclusiva, en el espacio y tiempo estatales.
           

(Buscando a Syd publicada el 6 de julio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (3)

La mucha luz arroja mucha sombra: no son aparte. De igual manera, el heroísmo ciudadano, por un lado admirable, también incluye áreas ciegas, inconscientes, algunas mefíticas.
           
Por ejemplo, hemos visto formas de intención ñoña y sublimatoria que, sin una visión panorámica auténtica, dan lugar a frankesteins causales. O bien es tal la autoabsorción en el propio relato vencedor que se omiten desarrollos y aspectos cruciales del mandala nacional.
           
Esta locura es muy contagiosa. Yo le llamo síndrome de la Plaza o folie à deux ciudadano. Los afectados por este síndrome mitologizan como que no hay mañana, sin atreverse a tomar posiciones marginales, incómodas o autónomas, que puedan afectar la narrativa paladina que creen estar viviendo.
           
Es obvio que necesitamos reformar. Pero todo reformador precisa –además de relajarse un poco– entenderse a sí mismo y su situación enteramente.
           
Un problema es cuando el citoyen o la institución proyectan un poder que en realidad no tienen del todo, cuando alucinan conocimientos y capacidades que no poseen a cabalidad. Y ahí los tienen cantando las glorias del pájaro de la transformación, pero resulta que este Albatros no vuela como tenían pensado.
           
O vuela para otra parte.

Dentro de este caldo cívico hay muchos tontos útiles que, en su creencia obcecada de que están sirviendo el bien, terminan sirviendo agendas ambiguas o programas ocultos de terceros (su propio trip heroico no les permite verlos). Un montón de jellyfish flotando en los diseños mediáticos y políticos de turno.
           
Los hay, en cambio, que se resitúan en una exterioridad intocable, desde donde señalan a todo el mundo, pero sin de veras poner un naipe real en la mesa.

Una posición demasiado cómoda. Incluso la Plaza es una extensión de este tipo de comodidad: una coordenada sin riesgo, salvo el riesgo de que te estallen los oídos, por las irritantes vuvuzelas. Lo que llamamos liderazgo social muchas veces no pasa de una manera sublimada de desidia.
           
(Algo similar pasa con algunos órganos de prensa, que de un tiempo para acá ya no generan ellos la conversación periodística, ni dirigen los insights mediáticos. Solo se limitan a responder pasivamente a los estímulos y encuadres que les ponen delante, desde una especie de circularidad enlatada. Algunos telenoticieros por ejemplo llegan al colmo de solo dejar correr la cámara en las audiencias, sin edición, comentario ni editorialización de ninguna clase. Así de inercial es su labor. No califica exactamente como periodismo de alto nivel. Para mientras, podría decirse que la CICIG tiene cooptada la vida noticiosa nacional. Es en verdad como si ya no hubiese noticias fuera de la CICIG.)
           
Una cosa es delatar el sistema en lógica espectadora y señaladora, y otra es tratar con sus energías reales –más grises de lo que estamos dispuestos a admitir. Sin exculpar a nadie de nada, creo que hacer política real, en la pura noria, demanda cimbreo. Cimbreo no quiere decir ocultamiento, ni falta de eticidad. Cimbreo quiere decir cimbreo. No podemos perder la intensidad estratégica ni la perspectiva de alcance.  
           
Un aspecto abominable del héroe es cuando en su ablución purgativa barre incluso con lo que es bueno. Esto se refleja de varios modos. Uno de ellos es que cualquier cosa que huele a poder personal, ganancia privada o diagonalidad es vista ya con desconfianza.
           
Y menos mal.
           
Pero menos mal hasta cierto punto. Lo más detestable de los corruptos y de los propugnadores de la casuística obscena es que arruinaron para todos la soteriología de la oportunidad y la mística del ascenso y gremial fluido. El empresariado, que nunca articula nada correctamente en este país, no ha sabido articular esto. Y sin embargo le corresponde.
           
Otro ejemplo de cómo se tira el bebé con el agua es cuando empezamos a dar signos de ingratitud molar con personas que han nos han servido y han servido en la ferretería democrática, de uno y otro signo. A veces ninguneándolos, a veces devaluándolos, a veces ya linchándolos.
           
De hecho, cuándo hablamos de nuestra luz social, de nuestra cruzada redentora, lo que no manifestamos es lo mucho que nos gusta demonizar y crucificar al otro, y verlo caer al fondo del abismo.


(Buscando a Syd publicada el 30 de junio de 2016 en El Periódico.)

La sombra del héroe (2)


Muchos héroes sociales son seres respetables que han decapitado el régimen del miedo. El problema es cuando los héroes sociales se vuelven ya persecutorios.
           
Los Lannister son terribles y merecen ser derrocados. Pero los Sparrows no es que sean corderos de sacras intenciones. Son iguales de fregados, políticos y mediáticos que aquellos, quizá peores, en el sentido que van irregulados por la vida, mientras visten todas sus acciones de reforma y decoro, y un aura pietista de autoridad.

Podemos decir que el efectismo está en todos lados, en estos días. Con un encuadre inteligente y cierto tono solemne se pueden obtener resultados sorprendentemente brujos. La vieja táctica de pasar la brasa y contemplar cómo arde la ciudad. Los timelines se pueblan de insultos y agresiones y burlas y una sed anatémica de esquinar (y claro que hay presiones, precondenas y preguillotinamientos, aún si no ocurren directamente en el espacio jurisdiccional).
           
Luego se alegran de las vidas destruidas: es el “paseo de la vergüenza”.

A eso se agrega la atmósfera conspirada, grávida de derivas paranoicas, reforzando el propio machote crístico, lejos del matiz, del contexto, también de la gradación (todas las transgresiones son puestas sin distinción en un mismo espacio de repudio).
           
Ah, los Sparrows. Lo miran todo en blanco y negro y siempre creen estar en el lado correcto de la calle. Su marca es la intolerancia con quienes no comparten sus valores, su fe y su ilusión (de hecho reprueban cualquier forma de desilusión).
           
Por supuesto, una auténtica metafísica de la corrupción no permite interpretaciones tan maniqueas y simplistas, a la larga de–responsabilizadoras. Alguien –que por cierto hoy trabaja en la CICIG– me dijo una vez: no hay bombillo de este lugar que no sea dinero del narcotráfico (nos encontrábamos en un edificio de apartamentos). Fue una gran sabiduría para mí: ¿qué tan limpia está nuestra pretendidamente impoluta realidad?, ¿qué luz te está alumbrando, Justo? En el budismo se habla de interdependencia: todo se encuentra en mística connivencia, y de ahí se desprende que todos somos responsables de todo. ¿Puedo asegurar que la batería de mi teléfono no fue construido con trabajo infantil? ¿Qué mi plástico no fue el que mató esa ballena? Bajo esa óptica, todos tenemos algo de Lannister.
           
Así como de hecho todos tenemos algo de Sparrow. Y no es una cosa a tomar a la ligera. En verdad, el Arquetipo del Héroe o Redentor es, de todos, el más peligroso. Especialmente aquellos que tienen su relato de elegidos hasta el techo deben tomarse la molestia de explorar sus zonas oscuras, y eso incluye a medios varios, plazistas, francotiradores de Facebook, movimientos tales, y empleados del mismo eje MP/CICIG. Yo he venido advirtiendo de esto desde hace rato: el mito formador ciudadano también formula oscuridad: no verla es destruirlo, destruir su energía creativa, atrayendo polarizaciones imperiales. La meditación y la prudencia son de todo punto aconsejables.         
           
La verdad es que toda esa alineación institucional, ciudadana y mediática que hemos estado viviendo me da como escalofríos. En tanta alineación hay una cierta alienación. Creo que hoy más que nunca se necesita el valor del antihéroe: el que practica la libertad cromática, más allá de las posiciones fijas, y no está definido ni por los Lannister ni por los Sparrow. Por supuesto, unos y otros te harán sentir extremadamente inadecuado, por no estar afiliado con cada cual.

Pero hay un derecho: el derecho al pensamiento independiente.


(Buscando a Syd publicada el 23 de junio de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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