'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







El contenedor

El otro día publiqué una columna de veta moralizadora (hélas, una veta que me persigue) sobre la importancia de comprometerse con algo, y ponía el ejemplo del escritor que en algún momento dado tiene que elegir un camino creativo y seguirlo a profundidad, o nunca conseguirá autointegrarse. Si me lo permiten, es algo de lo cual quisiera continuar hablando en la presente.
           
Lo veo muy claro conmigo. Cuando empecé a escribir, mi visión era escribir de todo. O sea convertirme en un 4X4 de la literatura. Y así fue: transité todos los géneros y redacté en todas las direcciones. Con lo cual se dio un interjuego de posibilidades retóricas muy divertido y exultante. El problema es que nunca logré armar un contenedor solido, pues entre tanto proyecto y tanta búsqueda la cosa se terminó dispersando en plurales itinerarios, algunos interesantes, pero ninguna carretera mayor.
           
Está sujeto a discusión, pero yo creo que la orientación concreta y sin intervalo es tu mejor aliada para hacer algo significativo, literariamente hablando, sobre todo cuando no sos un escritor de tiempo completo.
           
¿Y qué hay de todos esos grandes escritores que han cultivado toda suerte de movimientos, pregunta alguien? Pues sí. Por eso son grandes. Tienen ese alcance, esa capacidad de dotar a su obra, por muy diversa que sea, de un mismo espíritu magno, cohesivo y creador.
           
Pero no todos poseemos ese calibre.
           
En tal sentido, no me parece demasiado idiota elegir un estilo, un género, un proyecto, una topología escritural determinada, y dentro de eso ya desarrollarse.
           
¿Cómo escoger a dónde ir? Bueno, hay criterios pragmáticos, pero más que nada la cosa está en responder a nuestra propia autenticidad. Además, no hay mejor forma de honrar al lector.  Como bien dijo Polonio a Laertes: “Sé fiel a ti mismo y de eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser falso con nadie”.
           
Por supuesto, una frase como esa atrae toda suerte de preguntas difíciles: ¿qué es ser fiel a uno mismo?; ¿y qué pasa si ser fiel a uno mismo es ser fiel a muchas cosas? ¿si contengo multitudes, en plan Whitman? Sea. Pero en todo caso, lo valioso aquí es que ya estamos moviéndonos dentro de un enfoque unitivo y sinergizante. Cuando asumimos espiritual y operativamente una identidad literaria, terminamos con una obra hecha, en el sentido más poderoso de la palabra.
           
El riesgo obvio sería producir un cinturón de castidad, una maniobra verbal anquilosada. ¿De qué sirve hacer algo incluso bien definido pero sin corazón o tracción poética, muy resuelto pero sin salidas imaginativas?
           
Tenemos que asegurarnos que nuestra obra tenga y obtenga frescura e inspiración. Entiéndase: sostener a toda costa el contenedor, pero sin caer en una suerte de endogamia o parálisis reclusiva. En ello está la importancia de mantener siempre cierta otredad literaria: apertura y fluidez orgánica. El talento, podría entonces decirse, está en nuestra capacidad de crear algo muy delimitado y visible, pero que respire, que tenga poros.


(Buscando a Syd publicada el 24 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

Espacio

Estoy seguro que cada uno de nosotros puede encontrar aunque sea algo de qué sentirse agradecido. En mi caso son tantas cosas. Una de ellas es el espacio.
           
Cuando hablo del espacio no me refiero nomás al espacio físico. Aunque también. Por ejemplo, soy de la clase de personas que demanda mucha distancia –distancia concreta– de los demás. Nada qué hacer: así estoy cableado.
           
Me gustaría con todo referirme al espacio en un sentido más genérico. El espacio como eso acomodante. El espacio como fuente perpetua de potencialidades. El espacio como libertad.
           
Todos los seres necesitamos de espacio. Sin el mismo la vida sería una prisión.
           
Ese espacio puede manifestarse de muchas maneras. Por ejemplo puede manifestarse como aforo o capacidad material. Nadie puede negar que el dinero nos da cierto tipo de independencia, que el dinero es espacio en sí mismo. Sabina lo dice más bonito: dice que el dinero es poesía.
           
Por supuesto, de nada sirve el espacio que te da el dinero si no tenés un contexto para disfrutarlo. Alguien me dijo alguna vez que uno no es rico por el mero hecho de tener dinero: uno es rico por tener el tiempo y espacio para gastarlo.
           
Lo cual reafirma la idea de que tener un espacio personal es crucial. Es esa idea woolfiana de tener una habitación propia, que por supuesto no aplica solo a las escritoras y no meramente a las mujeres. Todas las personas precisan de un lugar contenido, un ámbito en donde no tengan que responder compulsivamente al estímulo externo, un área en donde puedan respirar y moverse y actuar a sus anchas, en donde puedan erigir un universo íntimo.
           
Por universo propio no queremos decir a puro tubo una suerte de claustro. Aquí estamos hablando de una habitación con vistas, por tomar prestado el título de Forster. Y todavía más lejos: estamos hablando de un espacio de vínculos, de un espacio de intercambios, de un espacio social. La habitación cerrada de pronto está abierta. Incluso puedo considerarse que el mundo como tal es la habitación. Pero ya en este contexto el mundo deja de ser algo opresivo y presionante, y se convierte en algo con lo cual yo puedo tener una relación creativa, y en donde de hecho me siento totalmente cómodo.
           
Lo es en buena parte porque en cualquier momento dado puedo aplicar distancia física y emocional respecto a cualquiera de sus personas o contenidos: puedo practicar el desapego. La noción de desapego es trascendental, dado que el espacio compartido es necesariamente un espacio de poder, un espacio político, por tanto uno muy quemante.
           
Me gustaría agregar que la única forma en que el espacio de intercambio puede permanecer como eso –como espacio– es en tanto que espacio de respeto. Respeto al otro y respeto a su propio espacio.
           
Asimismo respeto a su decir particular. Una vez se ha establecido el espacio fundamental de respeto, la libertad de expresión es posible. En cuenta la expresión ideológica. O bien la expresión creativa. Como escritor, valoro mucho el espacio sentido de la creatividad. Entiendo que un poeta o un pintor, por ejemplo, son criaturas que requieren mucho espacio.
           
También valoro mucho la libertad de pensamiento. Estoy hablando de establecer un territorio de amplitud para poder generar y desarrollar distintas perspectivas y formas de comprender la realidad. Y asimismo de una atmósfera para poder pensar y generar conexiones sinápticas.
             
Por último, me gustaría hablar de la importancia de tener un espacio para ser. Para ser lo que cada uno es relativamente y lo que todos somos en profundidad. Pero eso que somos en profundidad realmente no podemos no serlo. La verdad es que ese espacio de ser absoluto no puede ser obstruido por nada.
           
Cuando tenemos espacio, podemos dar espacio a otros. Consideremos que muchos no tienen el espacio que nosotros, afortunados, tenemos. De ahí la importancia de compartirlo. Solo así podremos empezar a formar un espacio colectivo amplio y digno.


(Buscando a Syd publicada el 17 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

Razones para un libro

Tengo escritos unos treinta libros hasta la fecha. ¿Por qué los he escrito? La escritura viene a ser una forma de servicio, pero definitivamente hay otras razones. Podría decirse que muchos de mis libros nacieron de un llamado oracular y superior (alguna visión literaria demandaba una partera, y la partera resulté siendo yo). Otros libros fueron escribiéndose desde la pura sincronicidad y el puro misterio. Eso que comúnmente llaman inspiración. A veces mis textos se constituyeron como el reflejo necesario para toda suerte de espejos profundos y afligidos. Instrumentos, entiéndanlo, para la catarsis y el exorcismo. Una manera de volver a conversar con esos demonios hiperreales. También los escribí para procesar o documentar una experiencia determinada, personal o colectiva, que requería carne de palabra. O para ver algo de cerca, explorar–investigar cierta zona de la realidad. Asimismo la literatura me ha servido para nivelar un tema, un razonamiento. Por supuesto, para cumplir con el llamado creativo, inventivo y poético –cumplir con el rasgueo. Experimentar, dar rienda suelta al play. Deambular en los barrios bajos del corazón y los afectos. Y amar y decir el amor –el negro amor. Cantar esas gráficas batallas perdidas... Ciertos manuscritos fueron el resultado de una necesidad literaria calculada y estratégica. Además hay libros que se dieron como actos de resistencia ante el mundo, bajo la bóveda feroz de los bombarderos. La expresa manera de lidiar con lo terrible y no meterse una escuadra en la boca y apretar el gatillo. Libros que son como un borracho que no sabe quién es y a dónde va, tantea las paredes, tumba todo. Otros libros se escribieron por disciplina y por inercia. Por el placer tetón de narrar. Están los que fueron escribiéndose solos y se construyeron sin esfuerzo, casi por accidente. Y están los que hice simplemente por dinero.


(Buscando a Syd publicada el 10 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

Comprometido

Ser buscador es una cosa hermosa. De veras que lo es. Pero también hay ese riesgo de quedarse atrapado en esa búsqueda, sea cuál sea. Búsqueda que luego empieza a tomar texturas laberínticas. Llega un momento en que si sigues buscando te empiezas a envenenar por dentro.
           
Otra cosa con la búsqueda compulsiva es que trae un resto de dispersión. Es como un niño que está corriendo hacia todos lados, pero de hecho no está corriendo hacia ninguno. En el caso de un niño es lindo, pero en el caso de un adulto hecho y derecho, tanta indecisión, tanto correr y derrapar, es triste. Si no queremos ser llevados por el viento, si no queremos convertirnos en entes fantasmales, hay que echar raíces.
           
Echar raíces no es así nomás. No es sencillo encontrar una tierra firme, buena y sana donde echarlas. De todos modos es necesario hacerlo. “Yo no busco, yo encuentro”, dijo, en su poderosa manera de decir las cosas, Picasso. Yo creo que buscaba un poquito, pero definitivamente encontraba.
           
Encontrar, qué proceso fascinante. Es como ser tocado por un relámpago. Realmente como enamorarse. Pero siendo un proceso tan exquisito, solo es el principio del asunto. Luego viene algo más profundo: el compromiso. En efecto, hay una diferencia muy palpable entre enamorarse de alguien y ponerle el anillo. Así como de hecho hay una diferencia rotunda entre ponerle el anillo y construir un hogar. No estoy escribiendo una apología al matrimonio. Es solo una metáfora. Aunque una muy poderosa.
           
El compromiso implica, para empezar, renuncia. Siguiendo la metáfora del matrimonio, para comprometerse con una mujer tengo que renunciar a las otras cinco. En vez de cavar un poquito en muchos lados, el asunto es cavar en un solo sitio con determinación: solo así encontraré agua.
           
Lo mismo podría aplicarse a otras áreas. Así por ejemplo la política: mi pensar es que conviene explorar a fondo las distintas posibilidades ideológicas, para luego tomar una posición clara. Otro ejemplo sería la religión: no puedo ser jainista y yoruba y protestante al mismo tiempo. Tengo que elegir o de otra manera caeré en una diáspora inoperante, en una suerte de promiscuidad o confusión de lo sagrado. Esto también aplica a la escritura. Como escritor, he explorado muchas posibilidades, lo cuál valoro enormemente, pero siento que he llegado a ese momento de mi vida en que tengo que comprometerme con una línea creativa. En mi forma de verlo, los únicos especiales serán los consistentes.
           
Igualmente como el compromiso demanda renuncia también demanda toda clase de afirmaciones: afectos, estructuras. Sin afectos y estructuras la promesa no vale nada. En esos afectos y estructuras hay una toma de responsabilidad, asumida libremente.
           
Las estructuras no tienen por qué ser convencionales. Por ejemplo, uno puede comprometerse con el matrimonio abierto –que es una estructura, y una muy admirable, muy difícil de mantener. El compromiso no implica en ese sentido ser conservador.  
           
Tampoco quiere decir rigidez. Podemos estar posicionados, sí, pero de todas maneras preservar la apertura, lo cual es siempre excitante. La rigidez es tremendamente aburrida... y peligrosa.  
           
Pero hay que insistir: no hay felicidad ni realización sin compromiso. La única forma de morir bien es habiendo vivido de veras. Y pregunto: ¿cómo vivir de veras sin comprometerse con la vida?                            


(Buscando a Syd publicada el 3 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

La escafandra

Respeto y admiro tanto la causa feminista, que me indigna lo que ciertas personas hacen a veces con ella, la forma en que la cooptan, el modo en que deciden quién y no puede opinar al respecto, o en su nombre. Siendo la pregunta de fondo: ¿por qué estoy obligado a practicar su causa pluralista –causa que también es mía– en sus términos no pluralistas?

Aquí tres cosas que escribí en Facebook sobre el tema:

1. Como todos nuestros relatos pluralistas, el feminismo ha ingresado a una fase espectacular de comoditización y de hipercirculación memética, y en ello hay pérdidas masivas de enriquecimiento, articulación y avanzada creativa. No hay mayor enemigo de una causa, sea feminista u otra, que una comunicación unidimensional. No permitamos que la lucha de género decaiga en lucha genérica. El feminismo es un arte.

2. Sería, es un error colocar los feminismos consensuales por encima de los feminismos desalineados o, como les llamo, de la solitariedad. Estos últimos son cruciales para mantenerse a una saludable distancia de todo feminismo demasiado religioso, excesivamente rígido, así como de todo mcfeminismo. También son cruciales para preservar la explosividad feminista auténtica y la creatividad, diversidad, divergencia y emergencia de la causa. Desde luego los feminismos consensuales de su lado son importantes para temperar algunas de las crudezas punkis, agresiones arbitrarias y narcisismos que ya sabemos, cuando de plano no tienen sentido. Son importantes para crear, en términos generales, pactos, ideologías y sistemas feministas. Y son importantes para formular sororidad y sensibilidad cultural. Los mejores diseños feministas son aquellos que saben combinar consensualidad y solitariedad de una manera práctica y artística. A veces lo conveniente es poner más consensualidad que solitariedad en la fórmula, y a veces, y a todas luces, lo inverso. Pero ambos ingredientes tienen que estar de hecho siempre presentes, o comienzan a manifestarse toda suerte de afecciones en la propia práctica feminista.

3. Lo que he visto en algunas de estas feministas (porque de hecho, y menos mal, no son todas, ni todos) es una rampante impunidad intelectual. He visto la urgencia con la cual están dispuestas a utilizar el tono más autoritario y la delación más atrabiliaria por encima de la claridad y el argumento. He visto el doble rasero, la ridiculez de endilgar al enemigo percibido los mismos defectos y agresiones que consistentemente emanan. He visto cómo luchan contra la normativización normativizando, y contra la exclusión excluyendo. He visto cómo caricaturizan a sus anchas pero ellas mismas no escapan a la caricatura. He visto su predilección por la persecución y el linchamiento colectivo (disfrazado de sororidad, con lo cual deforman una hermosa noción feminista). He visto cómo en el debate individual pareciera ser que ya no son tan poderosas como suelen autopresentarse en el hashtag, el videoclip o en la jauría endogámica. He visto cómo gestionan la calumnia, cómo presentan sistemáticamente al otro como algo que no es. He visto una incapacidad, me parece ya crónica, de parentetizar su propia identidad. He visto cómo viven en una escafandra sellada, un loop sin salida, un sistema paranoico de percepciones, uno que está armado de tal manera que siempre y sin falta se autoconfirma, y que en el presente caso no está dispuesto a recibir feedback crítico alguno. He visto, en resumidas cuentas, una falta preocupante de alteridad.


(Buscando a Syd publicada el 27 de octubre de 2016 en El Periódico.)

Azúcar

Blanda, blanquísima, negrificada azúcar. Desde algún subsuelo, los zombis de azúcar se levantan, no para comernos, sino para ser comidos. Y bueno, los comemos. Al comerlos nos volvemos zombis nosotros.
           
He corregido muchas hábitos malsanos y el azúcar definitivamente no es uno de ellos. Dejé el alcohol –que es azúcar– pero me quedé con el azúcar –que es alcohol, es droga–. No fumo pero fumo azúcar, esnifo líneas de cocacola, me inyecto sobreabundante helado de galleta, que me forja un hígado graso. Vivo consecuentemente asustado y al pie del pánico, porque sé que en la próxima curva me espera, por todo lo que reza el sentido común, una diabetes clásica, una diabetes Bogart.
           
El azúcar posee una jerarquía total en nuestras vidas. Es la droga para siempre legal que se ha incrustado en nuestros cuerpos y nuestras entrañas y que alimenta preponderantes y devoradoras colonias de bacterias que gritan al unísono: “¡Mueran los exámenes de glucemia!”
           
La semana pasada la OMS pedía un impuesto de 20% a las bebidas azucaradas, y a los sensatos nos pareció sensato. Y sin embargo tanta sensatez no impedirá que sigamos acarbonatándonos como los coches temerarios (e insensatos) que de plano somos, en perpetuo estado de apetencia. Cuando yo era chiquito los litros de gaseosa eran de a litro; luego fueron aumentando futurológicamente, y se volvieron de dos y tres litros; pronto vendrán normalizados e intensificados en potentes garrafones de cinco galones. ¡Te maldigo, Alejandro Magno, que trajiste y tus esbirros el veneno brujo de la India!
           
No voy a enumerar aquí los 76 peligros (según un webiste que tengo abierto) que ocasiona el azúcar a la salud. No quiero causar pánico. Pero de todas manera pareciera ser que no sirve de nada circular esta clase de informaciones (como el documental Fed Up) dado que seguimos hartándonos de azúcar, con pánico o sin él.
           
Y cuando procuramos ponerle límites al azúcar son algo así como líneas tipo Maginot, muy fáciles de circunvalar. Para mientras, lo que sabemos es que la gente del azúcar hace campañas redondeadoras y paternales, para manejar percepciones, frena leyes, paga atléticos estudios científicos, pone a tribunos y bloggeros esmaltados a dialectizar, y en suma nos envuelve en un cosmos de caries, adicción y necrodulzura.  
           
Es cierto que la cultura del azúcar está cambiando, como cambió la del tabaco, pero da la impresión que la cosa aún está en albor, y que no alcanza los protocolos correctivos necesarios. Es increíble constatar cómo el azúcar y sus suicidios–genocidios todavía se ocultan con relaciones públicas, cuando lo que se necesita es poner las cartas en la mesa, de una vez por todas. Así las cosas, la palabra clave es transparencia.
           
No puedo decir, en toda franqueza, que después de escribir esta columna podré reducir y desintensificar mis niveles compulsivos de azúcar. Pero espero de corazón que ustedes sí puedan hacerlo.


(Buscando a Syd publicada el 20 de octubre de 2016 en El Periódico.)

Mi hija la gata (2)

La gata sin comer. La gata emanando babas zombis desde su hociquito, por la ranitidina (150 mg / 10 mL). La gata buscando lugares apartados, oscuros y contraintuitivos para convalecer, lugares a los que normalmente ella nunca iría. La gata vomitando hardcore, con lo cual nos pasamos el día entero limpiando vómitos.

En la casa un olor a guaca & muerte.
           
Al día siguiente, llamamos nuevamente a la veterinaria y en el acto comprendimos que no estaban realmente comprometidos con la recuperación de Padme y que de plano no estaban intuyendo la urgencia de la situación.

En retrospectiva, me doy cuenta que fue un error llevarla a ese sitio, y solo de pensar en la torpeza y dilación con que gestionaron todo el asunto me da una rabia carbónica. El diagnóstico que nos dieron fue “gastritis por estrés”, pero lo cierto es que ella se estaba autoenvenenando por complicaciones renales (ligado a un problema de corazón) lo cual demandaba acción perentoria e inmediata. En lugar de eso, nos pusieron a platicar con una junior sin experiencia.

Por supuesto, la llevamos a otra clínica. No puedo ni empezar a explicarles la diferencia entre este lugar y el anterior, en términos de interés, seriedad médica, de calor y total empatía, de comunicación y vocación sanadora.
           
En la nueva clínica la internamos, después de que la doctora nos confirmara la delicadeza en que se encontraba. Tuvimos que dejarla, desolados. Y cuando volvimos, por la tarde, no tenía buen aspecto. Claudia le hablaba y le cantaba y decía cosas dulces, mientras el suero estoico bajaba a su cuerpecillo. Yo me limité más que nada a llorar. Ese llanto habría de durar muchos días.
           
Por la noche, bajé directamente a una oscuridad incalificable. Era mi infierno, pero era el de Padme, que yo podía sentir. Era un co–infierno.

En la mañana regresamos a la clínica. Le llevamos su comida favorita, con la esperanza de que el apetito volviera a ella.
           
Habíamos hecho el research y sabíamos que, con cuidados especiales, los gatos con enfermedad renal pueden sobrevivir algún tiempo. Estábamos comprometidos a darle a Padme todas las atenciones del caso.
           
También estábamos dispuestos a respetar su voluntad de morir. Tanto Claudia como yo avalamos la eutanasia, no solo en animales sino en humanos.
           
Y lo cierto es que Padme no quería seguir viviendo. En la tarde la volvimos a visitar, y para entonces estaba bastante desorientada, perdida en el trigo–caos de la confusión, mortuoriamente inmóvil. Era triste verla así, reducida a semejante estado desnucado, cuando ella siempre había sido, en espíritu, una gacela salvaje, aún en un ambiente tan urbano y domesticado como el nuestro. Pero el negro escorpión la había vencido. Decidimos ponerla a dormir, bajo la expresa recomendación de la doctora.
           
Mientras la doctora la inyectaba, yo decía un mantra del Buda de la Medicina, que sirve para sanar pero también para morir. Para morir bien. Y de hecho tuvo una buena muerte, gracias al amor total de Claudia y el profesionalismo de la doctora y quizá gracias al mantra del Buda de la Medicina. La sacamos de la jaula y la envolví solemnemente, con ceremonia y dignidad. Sabíamos que habíamos hecho lo correcto, porque en el ambiente se respiraba mucha serenidad...


(Buscando a Syd publicada el 13 de octubre de 2016 en El Periódico.)

Mi hija la gata (1)


La enfermedad es un hecho universal. Nadie puede patentar la enfermedad y decir: mía. Si hay algo democrático y connatural a todos los seres es la enfermedad.
           
En eso pensaba en la sala de espera del veterinario, a donde llevé la semana pasada a mi gata, porque había estado vomitando fatal y feo y sin parar. Yo no tengo hijos, así que en cierto modo mi hija es mi gata. Algunos arguyen que semejante perspectiva es perjudicial para el animal. Yo mismo soy el primero en advertir de los peligros de antroponormar las relaciones con las demás especies, incluyendo las especies domesticadas. Pero a la vez no puedo negar mi propia naturaleza humana, lo cual también sería una forma de violencia. Aquel humano que tenga un animal doméstico y diga que no experimenta algún sentimiento de filialidad hacia el mismo a lo mejor es un reptil.
           
Así pues, desde que adopté a mi gata –Padme, su nombre– consideré a esta dulce y salvaje criatura algo así como mi vástago. Y verla enferma (vomitando) y decaída (vomitando más) y sin comer ni tomar nada (vomitando toda esa bilis) no fue ninguna ni agradable experiencia.
           
Por supuesto, los gatos tienden a vomitar con alguna regularidad, dado que tienen en su interior bolas de pelos y tal, pero esto era de hecho distinto. Con lo cual procedimos, mi esposa y yo, a llevarla al vet, y ahí estábamos en la sala de espera, recibiendo ese aroma primal, caprino y animal que siempre olorece en toda sala de espera de toda clínica veterinaria que se respete.
           
Finalmente nos pasaron y fue el espectáculo de siempre. Ya de sí la gata estaba nerviosa, porque nunca sale de casa, salvo justamente para ir al veterinario (donde la pinchan y la medican y la manipulan, cosa que entendiblemente detesta). Mi gata ha sido toda la vida una gata de apartamento, verán. Una gata–burbuja.
           
Básicamente se puso como la gran puta. Y a repartir agresiones por doquier. Hasta que terminó quedándose quedita y saturnina, como emocionalmente esquinada, lo cual no dejó de partirle el hocico a mi corazón. Yo, como para evadir, para ir evadiendo, me puse a ver un poster en donde se consignaban todas clase de enfermedades oculares en perros, con las fotos del caso. Eran ojos blancuzcos, cataráticos; amargos ojos ya sin cromatismo, sub–ojos. Y pensé en mi padrastro, hoy ciego. Y luego pensé que un día me voy a quedar ciego yo también, de tanto escribir libros que nadie lee. Y como no tengo hijos humanos nadie podrá ayudarme y estaré solo en mi casa porque además ya para entonces mi gata estará muerta y lo estará mi esposa y lo estará el resto de la humanidad.
           
Lo cual no dejó de darme miedo, tengo que reconocerlo. Uno de esos miedos insondables, irracionales y putrefactos que le agarran a uno en cualquier entorno vagamente médico, y más a personas como yo, que somos tan miedosas. Uno de esos miedos.

Volvimos a la casa con la gata. Se dirigió a un rinconcito silente, a la vera de todo, y yo con la pena de que se me fuera a poner peor. Y entonces me agarró otra vez el miedo. Yo solo pensaba en aquel verso de Gonzalo Rojas: “El mundo se me empezó a morir como un niño en la noche”.
           
Yo no quería que la gata se me muriera, en la noche.


(Buscando a Syd publicada el 6 de octubre de 2016 en El Periódico.)

El brujo (2)

Hay toda una corriente revisionista en torno a Castaneda. Es lo normal, considerando que Castaneda se dedicó a borrar los límites consensuados entre la fábula y la realidad, algo que en la altiplanicie de la rendición de cuentas no es visto con tan buenos ojos que digamos. En este mundo ultra e intercorrecto, hay muy poco lugar para los magos, cuya labor es la de difuminar las fronteras entre lo ilusorio y lo concreto. 
           
Castaneda lo hizo espléndidamente, tanto en su vida como en su saga de sus libros. Lo comenzó a hacer además en el momento propicio, justo cuando el siglo XX estaba ampliando las fronteras de lo subjetivo a la vez que cuestionando los términos de lo pretendida y pretenciosamente objetivo.
           
Por supuesto, a mí nunca me engañó. Nunca por un segundo creí en la posibilidad de que alguien se convirtiera en un cuervo o hiciera saltos de decenas de kilómetros. Nunca tomé sus libros como una transmisión yaqui o tolteca. Castaneda podrá ser (y es) un maestro de la verosimilitud y del hoax, pero lo cierto es que sus libros dejan entrever inconsistencias, por ejemplo cronológicas. Es un hecho que Don Juan dice todo el tiempo cosas que narrativamente lo traicionan. Y aunque admitiéramos la explicación de que Don Juan es un ser proteico y capaz de toda suerte de identidades, un análisis literario relativamente simple nos permitiría ver que el informe de Castaneda no es otra cosa que un juego gonzo y un intrincado fraude en el terreno de la etnografía y la hagiografía. Sin contar que recoge toda clase de plagios.     
           
Eso sí: qué plagios. Qué manera de sintetizar conocimientos (gnósticos, tibetanos por ejemplo) y traducirlos a una visión y lenguajes propios. Castaneda era un ladrón muy inteligente. Inteligente en el sentido de de que sabía muy bien borrar sus huellas y luego inteligente en el sentido de que tenía una sabiduría real (así en los campos de la fenomenología y el esoterismo). A mí no me cabe la menor duda que, desarrollando su ficción, desarrolló un conocimiento muy comprometido y avanzado.
           
Por  tanto no veo del todo a Castaneda como un charlatán o impostor, por lo menos en el sentido usual de la palabra. Lo veo más como un trickster. El trickster es un arquetipo formidable, que siempre ha sido perseguido por la cultura de los buenos modales epistemológicos. El trickster nos hace ver que que la llamada objetividad genera toda clase de mitos y que recíprocamente la mentira y la metáfora producen cosas de hecho muy tocables, muy empíricas.
           
Baste ver el caso de la Biblia, que siendo un libro con tantas noblezas es una recopilación de absurdidades. Y sin embargo de tanto disparate ha surgido una consciencia, una cultura, un ambiente y un sistema. En suma, una realidad. En el caso de Castaneda, estamos hablando de una leyenda que, desde su propia pretensión de autenticidad, altera poderosamente la situación del lector (lo que Jodorowsky llamaría una “trampa sagrada”).
           
Termino diciendo que si alguien se toma la molestia de hacer un juego apócrifo así de sofisticado y secretivo, tengan por seguro que entrará en mi campo de interés, especialmente hoy, en la aburrida era de la información y transparencia, cuando el derecho a mentir es visto como el último crimen.  


(Buscando a Syd publicada el 29 de septiembre de 2016 en El Periódico.)

El brujo (1)


Entiendo que nació en Perú. Entiendo que nació en 1925. Quién sabe. Qué más da.
           
Otros se han dedicado a escudriñar la biografía de Carlos Castaneda (su paso por UCLA, sus viajes a México, sus inexistentes notas de campo, la tensegridad, el extraño círculo de mujeres que le rodeaban) y remitiré al lector interesado a esos magnos detectives.
           
Por mi parte me limito a mencionar dos o tres cosas de la biografía de Castaneda. Una es que sus libros empezaron a agarrar vuelo pasaditos los sesenta, década de expansiones culturales y aperturas de la consciencia, para exaltadas liminalidades.
           
Carlos Castaneda forma parte de una generación de autores y maestros espirituales configurados en los Estados Unidos, en los sesenta–setenta, que destacaron por pioneros, experimentales, controversiales, insolentes y pirados. Muchos de ellos están listados en las listas de cultos y sectas. Son los que más irritan a los escepticons (y lo adorables que son cuando están irritados) así como a los rectores verticales de las costumbres.
           
En ese panteón de extravagantes, Castaneda ocupa un lugar muy evidente, dado su éxito hipertrofiado. Pero siendo como lo fue un superventas y un fenómeno cultural (portada de Time de marzo 1973) nada se sabía de él. Este juego entre lo secretivo y lo público lo mantuvo toda su vida. Lo explica en sus propios libros: borrar los contornos de la biografía, colocarle una niebla alrededor.   
           
Sabemos que esconderse es parte del sendero de cualquier brujo que se respete. Biografía y ficción mezcladas en un mismo engrudo de ficción y biografía. El resultado es fascinante.
           
Hoy tenemos un resto de debunkers alrededor de la figura de Castaneda, zopiloteando. Lo malo es que luego hay que debunkearlos a ellos, porque dicen toda clase de cosas que objetivamente no nos constan y que no pasan del reporte personal. Ellos mismos son Castaneda, en cierto modo. Pero el asunto es que lo son vicariamente, como en emanación degradada.
           
A veces ofrecen algo más que un reporte personal, como es el caso de la documentación de Gaby Geuter, que captura a Castaneda hacia al final de su vida, en filme y fotos. Ese footage, más pueril de lo que se piensa, tiene en sí mismo algo de patológico, enervante y repugnante. Hay que estar un tanto enfermito para ir filmando y escaneando a alguien con semejante celo, desde el carro. Revelando una bigamia o poligamia que a mí me da lo mismo. Y luego haciendo, por supuesto, un libro vendible y ventajista con todo eso.
           
Así pues, después de la credibilidad y credulidad vino la desconfianza, pero curiosamente esa desconfianza trajo un nuevo interés por Castaneda, que después de todo es bastante interesante.
           
No digo que no haya una atmósfera pesada alrededor de Castaneda, que la hay. Las mujeres que vivían con él desaparecieron de un modo oscuro, luego de su muerte. Se dice que todas se suicidaron, en una especie de programa cúltico.           
           
Por qué no.
           
Eventualmente se encontraron los huesos de Patricia Partin, hija adoptiva y presunta amante de Castaneda, en un desierto (¿y en dónde más?) en Death Valley. Que nunca se encontraran esas osamentas habría quedado más misterioso y mitológico. Pero no hay mitología que no termine descosiéndose por algún lado.
           
La muerte del propio Castaneda (1998) no fue especialmente esotérica: murió de cáncer, como tantos otros llamados maestros. Lo cual siempre molesta a sus beatos creyentes, que hubieran querido que sus santos mentores se desintegraran en luz.  
           
Suckers. 


(Buscando a Syd publicada el 22 de septiembre de 2016 en El Periódico.)

PT (3)

¿Qué clase de contorno ofrece la discriminación transmoderna? Para empezar no se queda atrapada en una sola forma de entender la realidad, sino es receptiva a todas sus disímiles expresiones, cosa que el pluralismo convencional (o limitado) no consigue, especialmente el pluralismo tóxico (PT). ¿Por qué no lo consigue? Porque el pluralismo convencional solo está interesado en aquellas agencias de realidad que confirman su propia versión limitada de lo que es el pluralismo y su propia definición dualista de lo que es y no hegemónico.
           
Pero aquí estamos hablando de un liderazgo que sabe y puede ordenar las distintas metaperspectivas culturales (con sus propios sistemas de discriminación, en sus expresiones sanas) hasta crear conjuntos sociales integrados y fluidos. Una jerarquía funcional que no está dominada por ningún punto de vista exclusivo (sea inclusive el punto de vista del pluralismo) y no domina ninguno tampoco, pero que los respeta y utiliza todos, si es necesario.
           
Un liderazgo como este tiene la suficiente visión para discriminar entre lo que merece ser incluido y lo que merece ser excluido del proyecto intersocial. Pero tómese en cuenta que esta clase de discriminación (no regresiva) ya ha integrado la sensibilidad del pluralismo convencional. Lejos de lastimarlo, recoge su devoción comunal, y se aleja de toda agenda implosiva (y sin embargo –y esto es crucial– venerando las pasiones y competencias del sujeto individual).
           
Siendo en cierto modo fruto del pluralismo convencional, el pluralismo transmoderno lo sana y supera porque consigue amalgamar ciertas rutas de las cuales la cultura de la diversidad igualitarista desconfía. Y sin embargo son metodologías que, usadas desde esta nueva consciencia transmoderna, pueden aportar enorme coherencia a la cultura y el sistema. La discriminación transmoderna aprecia todos los sistemas de valores ya existentes a lo largo del espectro cultural (a la vez que incorpora nuevos). Los aprecia y los conoce y reconoce y sabe cuándo conviene utilizarlos y cuándo no. También sabe cómo y en qué grado mezclarlos. ¿Para qué? Para funcionalizar la integración y emergencia de un particular sistema cultural pero ya como parte de algo más grande que sí mismo. De esta suerte, se atiende y se incorpora íntimamente lo parcial pero siempre en función de lo panorámico y lo evolucionario.
           
Por supuesto, discriminar entre lo que merece ser incluido y lo que merece ser excluido del proyecto social presupone, para empezar, diferenciar la inclusión sana de la insana así como la exclusión saludable de la patológica. De otro modo, caemos en toda clase de aberraciones y eugenesias culturales. La clase de inclusión–exclusión de la cual estamos hablando es una altamente energética, altamente moral, altamente inteligente, altamente empática.


(Buscando a Syd publicada el 16 de septiembre de 2016 en El Periódico.)

PT (2)

Como ya escribí antes, el asunto con sacar la carta de la discriminación indiscriminadamente es que también viene a ser una forma de discriminación.       

Es un gesto de conveniente ceguera negar que hay nuevas formas de privilegios –privilegios discursivos– emanando del pluralismo. Mi punto de vista es que pueden ser buenos y necesarios como forma de nivelación material y cultural, pero que no podemos permitir que se reifiquen en pluralismo tóxico (PT).
           
La posmodernidad pluralista tóxica, en su autopercibida superioridad, considera cualquier crítica que no comulga con su visión del mundo como inferior, patológica y regresiva, introduciendo una tendenciosa discriminación.
           
Porque no hay que engañarse: el pluralismo tóxico practica la discriminación. Lamentablemente no la clase de discriminación que podría ayudarle a sanarse y autotrascenderse.
           
No es practicando la discriminación sectaria y unidireccional, ni tampoco evitando toda discriminación, como el pluralismo tóxico podrá trabajar su sombra.
           
¿Qué pasa cuando practicamos la discriminación sectaria y unidireccional? Generamos un escenario de tensiones sociales mórbidas. En el caso del PT, la discriminación negativa lo vuelve inconscientemente (o deliberadamente) autoritario, paradójicamente excluyente, y en su afán de normativizar, conservador. Cuando la diversidad tóxica partifica de modo compulsivo y rígido la realidad la reduce a astillas de lucha, que se agotan en sus particulares, fragmentadas e implosivas perspectivas. En este efecto acotador se da una desconfianza creciente hacia cualquier solución auténticamente panorámica. 
           
¿Es la solución evitar toda discriminación, por otro lado? No, claramente. Cuando evitamos toda discriminación el paisaje cultural se linfatiza, se vuelve una masa indiferenciada de criterios flotantes, se machotiza y achata: es el laberinto pluralista. La trampa de muchos pluralistas tóxicos es pensar que todos los puntos de vista son equivalentes. Lo cual los lleva a confundir la discriminación positiva (que separa y jerarquiza) con la discriminación negativa (que da un trato de inferioridad o sublima obcecadamente).
           
Si vamos a ayudar al posmodernimo a superar su narcisismo cultural deberemos reintroducir la noción de discriminación, pero ahora desde un enfoque transmoderno, como elemento creativo, lo mismo en la conversación privada como en la pública.
           
Para que quede claro, esto no es volver a las antiguas verticalidades agresivas, heredadas, estamentales u oportunistas. Tampoco es quedarse atrapado en la horizontalidad circular del pluralismo tóxico. La discriminación transmoderna celebra las diferencias horizontales y verticales, cuando son sanas y aportan coherencia y emergencia al espacio íntimo y social.

(Buscando a Syd publicada el 8 de septiembre de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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