'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Gt (43)

Viendo lo mucho que mi país no evoluciona, nació en mí un interés descomunal por el fenómeno del cambio: sus condiciones, sus posibilidades, su naturaleza. Una de las cosas que me di cuenta es que en Guatemala hay un mismo dogmatismo, con ideologías distintas. No nos ocupemos pues en un primer movimiento de las ideologías: ocupémonos del dogmatismo. Por demás, creo que tenemos muchas prerrogativas como país, y que no estamos tan mal como en otros lados. A veces decimos que somos la peor mierda en este gran mundo, pero ello no es más que arrogancia inversa.

Desde luego, me preocupa nuestra incapacidad de generar un mapa de entendimiento nacional. El reto es encontrar un esquema que nos permita salir de la carnicería de perspectivas en pugna que es actualmente Guatemala. La posibilidad de una nueva guerra civil no es descabellada. A menos que llevemos adelante una revolución –pero no una revolución monoideológica, sino integral­– esto se pondrá sinceramente horrible. El reto será encontrar los líderes que puedan funcionar dentro de este nuevo estadio de circulación cultural. De momento no existen, o apenas existen.

Hay múltiples agendas coemergentes que me interesa que mi país actualice, para que el mismo pase de ser un sistema clausurado y estanco a un sistema abierto y fluido. Un sistema abierto y fluido es un sistema que no privilegia una perspectiva sobre las demás, sino que las incluye todas, en un mismo campo de unidad dinámica. Inherentemente, ninguna perspectiva posee más jerarquía que cualquier otra. Eso no quiere decir que no se den jerarquías de funcionalidad. De ello hablaremos otro poco más adelante.

De momento, hagamos un viaje por estas distintas perspectivas, que también son en sí mismas programas generales de trabajo.


(Columna publicada el 27 de noviembre de 2014.)

Gt (42)

Pero nunca vamos a entronizar nuestra visión de país sin botar los antiguos esquemas de cambio. En efecto, todos los viejos esfuerzos por traer evolución al país no han conseguido darnos una vida nacional satisfactoria. ¿Por qué insistimos en ellos? Precisa salir de la negación. Rendirse y pasar –con honestidad y firmeza, apertura y disposición– a otra cosa, a otro cuerpo de posibilidades.

Porque de hecho hay otro cuerpo de posibilidades. De nada sirve adoptar una posición fetal, y hundirse en la pura decepción desmoralizada o atrabiliaria. Podemos confiar en que obtendremos los recursos para diseñar un país más funcional, si nos abrimos a ello. La primera condición para que el cambio se dé es que aceptemos la realidad del cambio, y en este caso estamos hablando del cambio a la cordura.

Por supuesto, un problema aquí es mezclar el nuevo vino con el viejo. Tenemos que aprender a reconocer el vino viejo como tal, y ser muy honestos al respecto. A veces decimos que queremos cambiar, pero la verdad es que no estamos dispuestos a limpiar la vasija, el odre, no hay disposición, no hay humildad. Estamos llenos de nuestro propio gelatinoso orgullo, de nuestras propios, rígidos, grumosos puntos de vista.

Para reestructurar nuestra sistema de posibilidades, vamos a tener que rectificar nuestras motivaciones, nuestra visión, nuestra conducta cultural toda. Y luego vigilar que no volvamos a caer en las antiguas maneras, en los mismos credos cerrados. Por otro lado, no se trata de crear una nueva fórmula estanca, sino de entender que el paradigma entrante de cambio deberá ser dinámico, siempre rastreando nuevos horizontes de funcionalidad.

Así pues, el trabajo no termina. Por mí, por el otro, por la galaxia entera de relaciones culturales del país, se precisa seguir trabajando.


(Columna publicada el 20 de noviembre de 2014.)

Gt (41)


Una aspiración, para mi país –también podemos llamarle propósito, horizonte. Aquí no importa mostrar un poco de idealidad o inocencia. Es precisamente lo que estamos buscando.

Es esto:

“Que Guatemala se transforme en un espacio avanzado de convivencia, que estimule la emergencia de individuos y comunidades libres, elevando la fuerza creativa de la vida, dentro y más allá de sus fronteras.”

Nuestra total intención es dar a luz –luego estabilizar– un estado maduro, una esfera pura de gobernabilidad, un entorno protegido y deferente que esté regido por relaciones de justicia y solidaridad, de respeto y altruismo, de proporción y fuerza, bajo un ideal integral de libertad.

La idea es que todos, todas podamos llevar con firmeza la realidad nacional a su punto de expresión más alto, completo y natural, en un proyecto de armonía sostenible, y con índices de felicidad evidentes.

En este proyecto nunca el colectivo deberá preceder al individuo; y tampoco el individuo preceder a la colectividad. Estamos buscando la completa ecuanimidad, en ese sentido.

De otro lado, elevar la fuerza creativa de la vida quiere decir que hay una dimensión inspiradora de verticalidad y un programa dinámico de evolución al que estamos sirviendo. 

Si al final de nuestra aspiración dijimos “dentro y más allá de sus fronteras” es porque estamos convencidos que nuestro país podría, si se quitara los pudores y los apocamientos, contribuir como catalizador intrépido de sensibilidad en el concierto global.

Siempre y cuando seamos auténticos, y aprendamos a reconocer nuestras sombras, y a trabajar con ellas, ascenderemos.


(Columna publicada el 13 de noviembre de 2014.)

Gt (40)

Qué cantidad de registros experienciales y alteridades ofrece Guatemala, lo cual da lugar, por supuesto, a muchos contrastes –a menudo violentos. El turista estaba hace un ratito nomás en un lugar muy cómodo e idílico y de pronto aparece hiperfluidamente en un paraje en donde es evidente que las cosas no cuadran, son tristes, son feas.

No hay porque esconder estas contradicciones, estos contenidos paradójicos: enzimas honestas de nuestra realidad que van trabajando al visitante. Lo bueno y lo malo, lo santo y lo nocturnal, lo significativo y lo moroso: no se enmascara nada. Es la rica tradición de lo real maravillo (y más: de lo repugnante maravilloso) de la cual Guatemala forma parte. Todo es a la vez onírico y completamente directo. Entonces el extranjero tiene acceso a un espacio, que siendo un espacio de huida, de imaginación y de magia, es angustiante como ninguno. Es una escapada, sí, pero una escapada a lo real propiamente. En medio de la evasión hay encuentro, y en medio del encuentro, ascensión profunda. En efecto, tiene eso de transformadora la condición humana, incluso y sobre todo la más incoherente y necesitada. No hablo de un zafio turismo de la pobreza –para nada– sino de algo de hecho más profundo, más digno, que no consiste en hacer de la miseria una fantasía, ni tampoco busca erigir en medio de la desdicha un parque temático. Evitar lo artificial es extremadamente importante. Que la experiencia sea incluso acerba, pero que no deje de ser genuina.

Guatemala bien puede ser para el amigo forastero una auténtica manera de perderse y de encontrarse. Si está dispuesto a ello, el peregrino está en posibilidad de recibir, de manera concentrada, revelaciones profundas sobre su propia identidad. ¿Un eslogan? Aquí está: viajar a Guate es viajar adentro.


(Columna publicada el 6 de noviembre de 2014.)

Gt (39)

Si yo tuviera que venderle mi país digamos a un turista potencial, o bien a un amigo extranjero, para que así viniera a visitarlo, ¿cómo lo haría? Empezaría diciéndole lo de siempre: que Guatemala, situada en el ábside de Centroamérica, es una experiencia cultural transformadora, sobre todo para aquellos visitantes que, más que unas vacaciones convencionales, desean algo que impacte su percepción de la realidad. Agregaría que otros destinos turísticos en otras partes del mundo ya sea ofrecen ambientes de realidad muy específicos, o bien ofrecen multiplicidad de posibilidades, pero a gran costo de recursos y tiempo. Guatemala tiene la enorme ventaja de localizar una multitud de experiencias en un espacio comprimido y accesible. Es un país portátil, un país–aleph. Por su posición única geográfica e histórica reúne condiciones y características muy especiales, que benefician esa implosividad o concentración cultural nuestra. El turista aquí es Alicia: entra por una madriguera diminuta y termina en un mundo vasto y cromático, con toda clase de expresiones texturadas y ricas, y tantos niveles de realidad. Colisión de historias y geografías, superposición de perspectivas y visiones del mundo, campo fértil de identidades. Podemos hablar de un palimpsesto único de temperamentos y temperaturas sociales, y de un rico surtido de cepas identitarias (con su complejidad de etnias, códigos lingüísticos, etcétera) difíciles de aprehender o tipificar en una sola totalidad. Climas y microclimas, mundos y micromundos, cosmos y microcosmos.


(Columna publicada el 30 de octubre de 2014.)

Gt (38)

Si tuviera que decir en corto lo que Guatemala es–debería–ser lo pondría así: una tierra sensible.

¿Pero cómo?, ya exclaman ellos, los críticos. Si hay alguna tierra en la faz del mundo que es insensible es Guatemala, resisten. Y por supuesto no dejan de tener la razón. Pero eso solo muestra lo mucho que estamos viviendo de espaldas a cualquier esencia o definición ideal, hasta el punto de vivir, más bien, en un limbo salvaje, una zona agresiva y espectral.

Tierra somos, según quedó explicado en secciones previas. En este preciso contexto conceptual, la tierra identifica rasgos muy firmes y contundentes.

La sensibilidad sintetiza de su lado nuestros rasgos más sutiles, receptivos, mullidos, procreadores. No queremos ser una tierra árida, un mero lote baldío. Al crear condiciones insensibles de vida estamos arrancando al guatemalteco su propia y profunda manera de ser. Eso califica, a mi modo de verlo, de genocidio cultural. El alma última del guatemalteco está siendo asesinada.

En nuestra identidad ideal, lo suave y lo duro se combinan e integran, y eso puede ser representado simultáneamente por símbolos finos y enérgicos. Es muy correcto decir que en nuestra vulnerabilidad está nuestra fuerza, y en nuestra fuerza, nuestra vulnerabilidad. Ya en síntesis, hablaremos de una vulnerabilidad fuerte (o, en tiempos malignos, de una fuerte vulnerabilidad). En nuestro estado natural, la rigidez es mitigada, y la delicadeza afirmada. Hay equilibrio. Los gemelos cerbataneros son delicados y poderosos a la vez.

Siempre que abandonamos este espíritu nuestro nos perdemos en un laberinto identitario.

Ya he dicho antes que mi enfoque no es esencialista, y sin embargo he propuesto, a todas luces, una esencia. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Hemos de comprender que esta esencia que propongo es una esencia abierta. En cuyo caso quizá sería mejor hablar de una apertura esencial. No digo que sea la única descripción posible, pero es una en todo caso significativa. Propone algo central y concreto (siendo lo concreto necesario, e imposible de circunvalar) pero a la vez se trata de algo suficientemente poroso y receptivo a interpretaciones, mutabilidades, apropiaciones y aplicaciones, como para no convertirse en una fórmula alienante, la idea siendo que surja como un ejercicio creativo de identidad.

Mi camino, como siempre, es el camino medio, el único que en términos realistas nos puede dar algún sentido de reconciliación y trascendencia cultural.


(Columna publicada el 23 de octubre de 2014.)

Gt (37)

Existen dos esferas de derecho y libertad que merecen ser reconocidas y expresadas. Ambas son distintas, y por tanto no es cuestión de uniformarlas en una sola, o de colapsarlas en una pálida medianía, pero sí de ponerlas a jugar dinámicamente, y hacer que ambas añadan a su agenda de afiliación particular una agenda integracional. Una agenda que no debe correr solo en ciertos momentos de apertura urgentes o privilegiados, sino de hecho debe correr siempre.

Muchos dicen estar por la paz y la avenencia, pero ello es solo del diente al labio. En el fondo o inconscientemente lo que desean estos doctrinarios psicorrígidos es mantener la guerra ideológica porque de ello depende su sentido de identidad política, una identidad que no están dispuestos a soltar ni a abrir, o de otro modo se quedarían vacíos, en una deriva para ellos insostenible.

Es desmoralizante ver cómo, por pudores sectarios, los distintos bandos no están dispuestos a empujar conjuntamente intereses nacionales que claramente benefician a todos. Tales espacios de posibilidad consensual no son pocos, contrario a lo que se cree. Pasa que, en este áspero modelo de izquierda y derecha, tan codependiente como egotista, no hemos desarrollado la capacidad de percibir estos espacios como oportunidades fluidas y reales de encuentro. ¡Una orografía no analizada de coincidencia!

También estamos hablando de algo más que un descafeínado ecumenismo político, al final inoperante. No habrá real coexistencia hasta que comprendamos en profundidad que debajo de nuestras expresiones y compromisos faccionados particulares hay una vasta y activa estructura transideológica de la cual nuestras perspectivas solo son instantes discretos.

Al final nos damos cuenta que la verdadera guerra no es entre clases sociales, sectores políticos, o roles ideológicos, como puede pensarse, sino más profundamente entre códigos de valoración de la realidad que en su delirio han caído en alguna forma de axiogonía exclusivista. La idea siendo descristalizarlos, para entonces ponerlos al servicio de una metaperspectiva superior. Pero de todo ello ya hablaremos más adelante, cuando hablemos con cierto énfasis del extraordinario modelo de la Dinámica Espiral.

Termino así de estudiar los valores que, en mi cruda opinión, pueden ayudarnos a expresar nuestra identidad nacional. Ahora una pregunta me desvela: ¿qué cosa es Guatemala?


(Columna publicada el 16 de octubre de 2014.)

Gt (36)

Como yo lo veo, la integridad toda de nuestra nación dependerá de nuestra aptitud para crear un movimiento de coemergencia en donde izquierda atávica se abra al futuro y derecha ahistórica se integre al pasado dando lugar a una suerte de interzona intrépida, un salto radical al otro. Solo un movimiento de esta naturaleza posibilitaría las condiciones para actualizar el proyecto de la conciliación nacional. Un movimiento que, ya sin la atmósfera programática de la firma de la paz, pueda adoptar dos rasgos esenciales: seriedad y confianza. Porque sin ellos, no seremos libres, y la guerra (que no ha terminado) jamás va a terminar.

Para mí la perspectiva pragmática y republicana de la derecha local es, en su expresión coherente (que la tiene), completamente válida y relevante, y no podremos sacar adelante este país sin su concurrencia. Como tampoco sin la concurrencia de una izquierda entregada y sensible que catalice la conversación social. Es una pena que ideólogos y columnistas de derecha sean muchos de ellos tan cerriles para comprender su propio capital moral y defenderlo con mayor nobleza, agilidad intelectual, rigor discursivo, y proyectando un sentido más audaz de rendición de cuentas. Como también es una pena que cierta izquierda no abandone la tonalidad púber y no esté dispuesta a reconocer ciertas complejidades inherentes del sistema, ni lo que está en juego más allá de su punto de vista, que a menudo decae en un romanticismo ideológico y una indignación infructífera, a la larga cómplice –más cuando se pone cínica– con el estado de las cosas.

Aparte de la pobreza material del país, hay otra pobreza que se manifiesta como ausencia radical de alteridad política, de uno y otro lado del péndulo.


(Columna publicada el 9 de octubre de 2014.)

Gt (35)

La libertad política anunciada por la derecha brota en cierto modo del corazón del individuo: la realidad privada como sistema compartido. Dependiendo de la idiosincrasia y nivel memético, puede enfatizar valores republicanos y conservadores tales como la responsabilidad, el respeto, el mérito y la obediencia (por ejemplo a la ley: la libertad como derecho de orden jurídico, que cuando se degrada puede convertirse en rigidez represora); o bien enfatizar valores mercantiles y competitivos tales como el intercambio, la autonomía mercantil, la oportunidad liberal y la pasión tecnocrática (todo lo cual puede dar rasgos piratescos, insensibles, libertinos, oportunistas y vesánicos). Con frecuencia –y como sabemos– ambas modalidades se combinan, genéticamente. ¿Qué más? La memoria y el resarcimiento histórico son vistos con amplia desconfianza (por ser un proceso social y materialmente oneroso, y desde luego porque hay no pocas colas machucadas) y percibidos por lo general como una brida innecesaria para el desarrollo, lo cual en algunos casos no deja de ser cierto.

Luego hay otra clase de libertad, aquella representada por la izquierda, en donde la ética colectica y social se vuelve horizonte. Ello tiende a centrifugar su locus político y económico: el sistema es aquí lo crucial, por tanto lo que pide el individuo de izquierda es un cambio de sistema. La izquierda entiende a menudo la libertad como un contexto de apertura,  o correlativamente, como ausencia de obstrucción, subordinación, prohibición, coerción, conformación o servidumbre. En cuyo caso se hablará, por dar un ejemplo, de la libertad sindical o de expresión. Este enfoque de libertad defiende, con toda la idealidad del caso, la emancipación del cuerpo gregario, y está basado en la oportunidad igualitaria (de vida, trabajo, educación y así sucesivamente) y el derecho natural, humano o civil. También se apoya en el insight cultural. Algunas veces, recurre a la desobediencia, ya sea ponderada o ácrata, lo cual enerva lo suficiente a las comisarías administrativas y las jerarquías económicas dominadoras de turno, que son las de siempre. Repetidamente cae en esta o aquella forma de victimismo, y en la nostalgia remachona, inmovilista, pero también propone formas verídicas, importantísimas de dignidad histórica.


(Columna publicada el 2 de octubre de 2014.)

Gt (34)

Si queremos ser un país heroico, hemos de convertirnos en un productor de libertades.

Hablar de libertad en un texto tan contenido como este es una completa estupidez, si uno considera cuántas fórmulas y nociones de libertad para empezar existen. Me arriesgaré a dar igual una definición cercana a mi forma de pensar. Para mí la libertad es todo espacio sostenible de creatividad que produce posibilidades vitales y conscientes para el individuo y su contexto. La auténtica libertad reúne y habilita la mayor cantidad de perspectivas disponibles en cualquier momento dado, y está siempre abierta a la perspectiva de reunir más. Allí lo tienen.

El mayor problema con tratar de definir la libertad, es que rapidito se encuentra uno con detractores de uno y otro lado. Por caso, el valor de la libertad visto desde la derecha no es igual al valor de la libertad visto desde la izquierda. Son dos libertades, dos sensibilidades genéricas tan distintas, que parecieran contradictorias. A menudo colisionan (un ejemplo ideológico habitual en nuestro país es el de libertad de locomoción versus libertad de protesta). Para las personas como yo, que no poseen en exclusividad ninguna de las dos membresías citadas, la cosa se pone desde luego muy delicada.

El enfoque al cual me adhiero –el kenwilberiano– establece que ambas posiciones son verdaderas, pero solo parciales, y por tanto deben complementarse. Di en el pasado mi entendimiento al respecto en una columna llamada Integral en donde escribí: “Todas las visiones políticas tienen en ellas, en su modalidad saludable, un valor y una razón legítima de ser. Solo podremos salir de esta crisis en la medida en que podamos honrar de modo simultáneo las múltiples perspectivas del paisaje del poder.”


(Columna publicada el 25 de septiembre de 2014.)

Gt (33)

La responsabilidad abre el camino a la autonomía y la libertad maduras, a la justicia y la rendición de cuentas, a la vigilancia y a la enmienda.  

Por supuesto, es un valor que siempre hace un poco de ruido. Es normal: hemos convertido la responsabilidad en la caricatura de la responsabilidad: el troquel parental es motivo de toda clase de sospechas.

Pero sería igual de sospechoso caer en el otro extremo: el de la irresponsabilidad, el de la negligencia, el de la desidia, el olvido, desorden, impunidad, y abandono. Todo eso que supone vivir al margen de los deberes, los cargos, las obligaciones, los compromisos, las equidades, los respetos, los ordenes, las atenciones, las leyes y los karmas, como no sea los inmediatos y los que nos convienen y los que nos permiten abusar endogámicamente del otro. ¿Quién ahora está pensando a cincuenta o cien años plazo?

La responsabilidad, como metavalor, trae consigo una miríada de responsabilidades subalternas, en tantísimos ámbitos: laboral, fiscal, ambiental, comunicacional, genital, etc.

Por demás, hay distintos órdenes de responsabilidad: para empezar está la responsabilidad individual, la responsabilidad familiar, comunal, nacional, global y, bueno, la universal. La cuestión de trabajar con vista a círculos crecientes de responsabilidad es crucial. Es decir que la responsabilidad limitada es peligrosa, y trae inevitablemente una guerra de perspectivas.       

Por tanto, cualquier responsabilidad local deberá ser comprendida en un orden más grande de responsabilidad y gobernabilidad; correlativamente, las responsabilidades abstractas deberán encarnar en lo inmediato.

La responsabilidad, siendo de todos, no puede ser comprendida en realidad sino como radicalmente propia. Es decir que no podemos pedir responsabilidad sin comprender que esa responsabilidad es más que nada nuestra (o seremos iguales a esos judíos revolucionarios de Monty Python en “La vida de Brian”, que solo hablan, se indignan, nada hacen). No podemos pedir responsabilidad sin dar el ejemplo de la responsabilidad.

Pero no caigamos en el moralismo, no caigamos en la rigidez, no en el legalismo, ni en la hiperestesia jurídica. Y mucho menos en el dogmatismo jihadista o violento. Tampoco caigamos en la codependencia: hacer por otros lo que estos son capaces de hacer por sí mismos.



(Columna publicada el 18 de septiembre de 2014.)

Gt (32)

Antes dije que tenemos una propiedad afable, amistosa, compañera. Me permito agregar que menos mal: de otra manera ya habríamos sido devorados por completo por la indiferencia, la rigidez, la aspereza, la crítica, la violencia parasitaria.

Aquí hablaré del valor relacional y suavizante de la sensibilidad, vinculado a otros valores como la humanidad, la deferencia, la empatía, la vestal delicadeza o la ternura. Sin educación no hay sensibilidad: la educación e información producen sensibilidad.

Es nuestra sensibilidad la que nos permite estar en conexión –abiertos y receptivos– con el entorno, no solo desde el punto de vista sensorial, sino además afectivo y cultural. Y desde luego sensibilidad también quiere decir imaginación. Consideremos que una sensibilidad plena siempre toma en cuenta la persona como la comunidad.

La sensibilidad social ha sido, en nuestro país, y en gran medida, patrimonio de la izquierda. Estamos hablando en corto de la solidaridad (que es femenina y horizontal) y los derechos humanos. Otro gran aporte de la izquierda nacional ha sido el de la sensibilidad en términos creativos. Así, por ejemplo, muchos de nuestros mejores escritores han sido –abierta o matizadamente– de izquierda. Si no fuera por esa esencial sensibilidad de izquierda, nuestra literatura y seguramente nuestro proyecto intelectual todo estarían en bancarrota.

Pero la derecha también tiene su propia sensibilidad, a veces; estamos hablando del respeto, por el individuo y estamental, una forma de sensibilidad quizá más vertical y masculina. Ese respeto se traduce políticamente como estado de derecho, que a mi modo de verlo es una agenda muy importante, a condición que no lleve una agenda escondida.

La sensibilidad es importante, pero a veces se manifiesta como debilidad en el tóxico sentido de la expresión. A veces somos demasiado blandos: no tomamos las riendas de nuestro destino histórico. A menudo pecamos de hipersensibilidad (por ejemplo, la hipersensibilidad septembrina, nacionalista) y pronto caemos en el folletón victimista. Tanta sensiblería y tanto drama no nos llevarán a ningún lado.


(Columna publicada el 11 de septiembre de 2014.)

Gt (31)

En otras secciones, hablamos del compatriota esperpéntico, irreverente, lúdico, pícaro, riente, energético, relajado, no morigerado, desacralizador, recursivo y juglar. Estamos hablando de lo chispudo en contraposición a lo aguambado.  

El ingenio es a no dudarlo un valor de los nuestros. Ya sublimado, es un valor que podemos llamar mejor así: creatividad. Por cierto, no negaremos que hay guatemaltecos lentos, gerontes, idiotas y subnormales, que se sienten en casa cuando están en un estado avanzado de sopor sináptico, pero eso no quita que exista una cepa colectiva de connacionales más  o menos agiles. No sé si seremos alguna vez un pueblo de sabios, pero podemos arreglárnoslas como comunidad artesanal de pequeños creativos.

Admito que estamos bloqueados la mayor parte del tiempo, pero es que todos aquí se pasan el valor del talento por el culo. No existen las estructuras ambientales conducentes a la libertad imaginativa, en los ámbitos técnicos o liberales, conceptuales y pragmáticos. No estimulamos, en las escuelas, la creatividad radical ni las conexiones fluidas de significado. No reconocemos ni elevamos las múltiples inteligencias humanas. Nuestra facultad de aprender y revelar nuevas penínsulas de realidad está completamente desamparada. Tampoco estamos listos para crear mecanismos de fertilización cruzada y menos a entrar en la lógica del open source.  

Sobre todo no sabemos separar la creatividad del campo de lo creativoso y lo chapucero. Es lo que yo he llamado antes la dictadura de la ocurrencia, notable en las redes sociales y las agencias de publicidad. Eso de  reducirlo todo a una degradada ingeniosidad, aérea o inoperante, o peor aún, a un chiste, a una completa chingadera.


(Columna publicada el 4 de septiembre de 2014.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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