'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Egológica (2)

Ego es una palabra indefinida y sobredefinida y maldefinida, en la cultura popular. A menudo se confunde el ego con ciertas aflicciones suyas, como el egocentrismo o el egoísmo. Y aún con la salvedad de que el egocentrismo y el egoísmo bien pueden ser respuestas naturales y sanas en determinadas momentos, situaciones y contextos. Así, por ejemplo, es hasta cierto punto normal que un niño muestre un fuerte impulso egoico en determinada etapa de su crecimiento. 
           
En la cultura de todos los días el ego se entiende como una suerte de superávit de autoestima. Esta clase de entendimiento no es necesariamente desdeñable, y puede quizá ayudar a moderar nuestra imagen personal.
           
Pero también puede hacerle no poco daño. A veces nos acusan, o acusamos a otros, de tener un ego grande. Y sí, hay egos grandes como grandes personas, pero no por grandes están dañadas, a menos que tengan algún trastorno de crecimiento.

Análogamente un ego grande puede ser grande y ser normal, a menos que tenga alguna suerte de hipertrofia o hinchamiento. Es decir que la cantidad de ego no necesariamente está vinculado a su calidad. Todo esto es por supuesto una metáfora ­–y una muy engañosa– puesto que un ego no es algo que ocurre en el espacio y por tanto no tiene medida. No es algo que podamos señalar y medir como si fuera un objeto. Esa espacialización del ego es bastante común.
           
Una definición un tanto más seria y clásica del ego es aquella que lo entiende como una suerte de mediador o zona intermedia entre lo impulsivo/instintual y los esquemas normativizadores de la psique. O como un umbral entre la experiencia organizadora interior y la experiencia somática y sensible –por tanto el mundo externo, en el esquema dualista clásico.   
           
Otra definición poderosa del ego es aquella que lo concibe como un posibilitador de identidad e individualización, en tanto que gesto separativo elemental. La manera como establece esta separación es diferenciándose a sí mismo, hasta el punto de considerarse una entidad autosuficiente. Distintas disciplinas, desde la cibernética al budismo, critican esta clase de pretensión ontológica.  
           
Lo cierto es que el ego es algo que podemos deconstruir con relativa facilidad. La meditación, por ejemplo, nos muestra que hay muchos egos burbujeando constantemente. Muchos egos no solamente porque hay muchas personas, pero además muchos egos en cada persona, cristalizándose y descristalizándose, instante a instante. Cada instante es un ego.
           
Con lo cual hemos pasado a temporalizar el ego, como antes lo estábamos espacializando. Pero al final el ego es menos un momento o una extensión que una función. En ese sentido, podría ser más claro hablar, no del ego, sino del egoizar, de una actividad egoificante, pues, con la particularidad de que esta actividad se substantiviza constantemente, ya que tal es su tendencia.
           
Al plantear el ego de esta forma, no queremos desestimarlo o anularlo. Si el ego es un factor de interlocución y una actividad reificadora tan significativa, seguramente no es sabio restarle categoría. Más bien se precisa reestablecer la relevancia de un ego fuerte y sano, capaz de dar al aparato biopsíquico estabilidad y seguridad, y de regular sus distintos niveles de experiencia, desde lo más orgánico y primal hasta lo más sofisticado y transpersonal. Sin el ego simplemente no podríamos funcionar.
           
Hay quienes miran un bebé o un niño pequeñito y dice: me gustaría tener su naturalidad y su libertad. Es usual valorar la libertad pre–egoica por encima de la libertad egoica, prestándole cualidades edénicas. Pero la verdad es que el ego nos permite hacer toda clase de cosas (y en términos de especie, nos faculta una enorme ventaja evolucionaria y estimula increíbles avances, aunque por supuesto ya enfermo el ego ha utilizado esa ventaja y esos avances para los peores fines). ¿Podemos comparar la libertad de un niño con la libertad de un adulto, realmente?
           
Por otra parte, en la espiritualidad se habla mucho de deshacerse del ego, pero lo cierto es que sin el ego seríamos incapaces de avanzar a estados sutiles y transegoicos. Podemos inclusive decir que sin el ego nuestra naturaleza absoluta sería incapaz de reconocerse a sí misma. El ego posibilita la devoción y el amor personal. Afirmamos la importancia de transcender el ego pero para poder transcenderlo necesitamos incluirlo en nuestro proyecto de trascendencia.
           
Todo esto nos hace ver el valor de tener un ego. La cuestión es aprender a distinguir entre un ego sano y un ego enfermo. Un ego enfermo es aquel que ya no se limita solo a responder a las inseguridades del caso, sino que, en un movimiento ulterior, las produce activamente. Lo cual puede verse como un mecanismo muy perverso por parte del ego. Pero hay que entender su ansiedad: para un ego no maduro, son las inseguridades y los placeres infinitos los que encumbran su función y su existencia. Desde luego, con un ego malcriado y sobreprotegido no se llega muy lejos en la vida. Lamentablemente, vivimos en una cultura –una egocultura– que tiende a deformar los egos.
           
Un ego completo y sano es uno capaz de relacionarse consigo mismo, con los demás y con la realidad como tal. Estamos hablando de un ego que se autoconoce y sabe regular sus propias pasiones. Que puede interrelacionarse con otros egos. Y que reconoce su posición en el orden y jerarquía de las cosas.


(Buscando a Syd publicada el 12 de enero de 2017 en El Periódico.)

Egológica (1)

Nos acusan, a los escritores, de tener un ego gigantesco. Como si ellos lo tuvieran más chiquito.
           
Si alguien te acusa de tener el ego hipertrofiado podés dar por seguro que el suyo es más o menos del mismo tamaño. En lo personal no ando negando el mío, ni ocultándolo en el gabinete de las calculadas discreciones. Más bien lo exhibo, para irritar a los de siempre. Hay quienes en cambio apelan a una hipocresía victoriana, ni muy siquiera efectiva, pues al final se les termina saliendo igual, ese ego decisivo, como la guaca le brota al bolo.
           
A lo mejor no es que los escritores tengan un ego más grande: es simplemente que lo esconden menos y expresan más. Es decir: un escritor  explicita toda clase de cosas, y entre las cosas que explicita, está su propio ego.
           
No vamos a refutar que hay muchos artistas que operan desde un narcisismo rampante y una clara egolatría. De veras creen que son seres especiales. Cuando realmente no lo son, porque ese talento que tienen, si lo tienen, ni siquiera es de ellos, en sentido estricto: es prestado. Otros, más triste aún, proclaman un talento que solo existe en su cabeza. Nos pasa a todos.  
           
De otra parte muchos de esos que desprecian el ego de artistas y criaturas afines no se ponen a pensar que a lo mejor estos necesitan de esa estructura egoica para proteger una sensibilidad que de otro modo sería destruida a machetazos. El ego en ese sentido tiene una razón de ser: funciona como un exoesqueleto. Un egoesqueleto.
           
En otra dirección yo creo que es responsabilidad del artista tener un poco de maldito ego. En lo personal, la clase de artistas que admiro siempre poseen alguna insolencia, actitud y asertividad. Triste es que se le busque a un artista las virtudes de un fraile franciscano.
           
Por supuesto, se les agradecería a esas personas que acusan a otras de tener un gran ego que se tomen la molestia de definirlo. Pues a menudo hablan del ego (y nunca del propio, por supuesto) sin ni muy siquiera saber qué es. Y sobre esa indefinición se montan como lampreas.
           
Y no es que el ego carezca de definición. Más bien lo contrario: hay demasiadas definiciones del ego, en el ambiente. Uno podría, por mera diversión, juntar unas veinte, en el habla común, la psicología, la filosofía, la espiritualidad. Al final ego significa tantas cosas que no significa ninguna. Es una palabra comodín.
           
Con frecuencia se asocia el ego a algo malo en la persona. El ego viene a ser algo así como una vaga enfermedad entre moral y venérea. Y así como antes se hablaba del pecado de alguien hoy se habla de su ego. Realmente es la razón por la cual la palabra ego es una de las palabras más sobreutilizadas del planeta: porque nos permite devaluar al otro a gusto y sin pena.
           
Y sin embargo no hay mecanismo más egoico que hablar del ego de los demás (y asumir que está más dañado que el de uno). ¿Hay que ser un genio para comprender que es el mismo ego el que habla del ego del prójimo? El ego del otro es entonces un problema del propio ego.
           
Agreguemos que realmente no existen instrumentos para medir el ego ajeno, aunque en ciertos casos, no vamos a discutirlo, la cosa es evidente.


(Buscando a Syd publicada el 19 de enero de 2017 en El Periódico.)

Amor prohibido

El año pasado, escribiendo un texto sobre Thomas Jefferson y la Declaración de Independencia, comprendí que tenía, he tenido siempre, una cierta fascinación por los Estados Unidos, por su historia, su geografía, su idiosincrasia, su canción y su gente.
           
Puedo estar viendo un Western, o leyendo a Edgar Lee Masters, o escuchando a Frank Zappa, o viendo ese dulce dulce filme llamado American Honey, y entonces siento que el mundo se empobrecería notablemente si borrásemos del mapa a ese intrigante país (y no, pendejos, esta columna no ha sido patrocinada por la Embajada).  
           
Decir todo lo que me fascina de Estados Unidos demandaría un libro entero, à la Baudrillard. No es improbable que la cultura estadounidense sea mi fuente primaria de cultura. Aún habiendo estudiado en un liceo francés, y viviendo en un país latinoamericano, me doy cuenta que muchísima de la información que consumo –por ejemplo cinematográfica, o espiritual– viene de los Estados Unidos, aunque por supuesto no es la única.
           
Y no es raro que así sea. Verdaderamente los Estados Unidos han neocolonizado y troquelado (lo siguen haciendo) el mundo entero, con su estilo de vida y sus sonidos y sus sueños de franjas y estrellas. Y por supuesto Guatemala está, ha estado incrustada –aprisionada podría ser a ratos la palabra– desde hace ya un tiempo en su radio de influencia cultural y geopolítica.
           
Javier Payeras decía eso de que la llegada del cable a su colonia fue como la llegada del hielo a Macondo. Y bueno, el cable no nos trajo juegos de cricket, nos trajo ESPN. Cuando yo era chiquito la cosa era ir a Miami, una ciudad que por cierto detesto. Amo, en cambio, Nueva York. Seguramente amaría otros lugares de los Estados Unidos, si los conociera. Es un país tan grande. Una espacio tan vasto. Y una historia también. Se dice que es una historia breve, pero eso es bastante relativo.
           
La otra vez escribí que Guatemala, más que el patio trasero de los Estados Unidos, ha sido su laboratorio frik. También escribí que podríamos darle sin pena a nuestra Cancillería el siguiente nombre: Ministerio de Asuntos de USA. Como se ve, tengo algunos sentimientos antiamericanistas marcados, que la realidad inmigracional vino a resaltar. He sido muy crítico con los Estados Unidos de América.
           
A veces le digo a mi mujer, mitad en broma y mitad en serio, que en la próxima vida renaceré como ciudadano estadounidense. No lo digo contento: los Estados Unidos promete convertirse en un lugar cada vez más convulso e intestinal, aparte de que siempre lo ha sido, y si no relean aquel relato nocturno de aquel nocturno sujeto llamado Bardamu, por tales tierras. El país en donde la libertad es una estatua, dijo Nicanor Parra. Su ferretera política exterior, su elefantiasis financiera, su moralismo encasquetado, sus barras vulgares gritando uesey–uesay, todo eso incuba en asco.
           
Pero eso no quiere decir que no ame a los Estados Unidos, que no tenga sentimientos, entonces, americanistas. No quiero sonar pueril pero he de decir que es un país que me ha regalado cosas increíbles. De este amor–odio deriva que yo haya escrito tantas cosas al respecto.
           
Eso de amar a los Estados Unidos es un amor prohibido, por ejemplo en ciertos corros xenófobos de izquierdas, o en ciertas cofradías soberanistas de derecha. Y ser fan de la cultura gringa está muy mal visto, pronto le miran a uno la jeta de mamón y de alienado.
           
Veo sus razones. También veo que los Estados Unidos es un país con taras meméticas reales. No es de negar que hay bolsas específicas de civilización pero su territorio es igualmente, y según determinan los recientes comicios, culturalmente vulgar, con instintos muy básicos, oleaginosas discriminaciones y paranoias simbólicas que dan pena.
           
Pero separemos un poco las cosas. Jamás caigo en el error de confundir a la globalidad de estadounidenses con sus gerencias y administraciones. Añadido a eso, podemos apartar a unos ciudadanos gringos de otros, porque la verdad hay gringos muy decentes y muy chileros. A la vez, convendría centrifugar sus expresiones culturales, separar lo burdo de lo angélico.
           
Este trabajo editorial por supuesto solo es posible hasta cierto punto. Lo cierto es que la dualidad es parte del volksgeist de los Estados Unidos, y negarla sería un error. Se ve muy clarito en su política. Nunca deja de extrañar, para un observador externo, lo vastas y árticas que son las diferencias políticas en los Estados Unidos. Harold Bloom o el finado Mailer sabrían darnos interesantes explicaciones al respecto. Yo de mi lado entiendo la secesión como resorte metafísico y perpetuo de los Estados Unidos. Así pues, los Estados Unidos nunca serán uno: siempre serán dos. Y es que el maniqueísmo continúa siendo el último espectáculo, y en un país como Estados Unidos siempre contará con dos perpetuos altares en pugna.
           
Pero en alguna carretera de un desierto norteamericano, el olor de la gasolina disuelve esa dualidad carnicera y nos hace sentir una especie de amor unitivo por lo gringo. Está bien amar a los Estados Unidos, por lo menos hasta su próxima contradicción y hasta su próxima cagada, que como sabemos está a la vuelta de la esquina.


(Buscando a Syd publicada el 12 de enero de 2017 en El Periódico.)

Medio en forma


Eso del ejercicio está bien pero tampoco tanto.
           
Por supuesto, hay una poderosa razón para hacer ejercicio y es la de mantener un cuerpo saludable. Como muchos, tengo la superstición de que si hago ejercicio no voy a descomponerme violentamente, sino de a poquito. Y sin embargo nadie, por mucho ejercicio que haga, está exento de la metástasis o de morir en un accidente vial o de que le caiga un piano encima, mientras cruza la calle. Por tanto no me clavo. Está bien cuidar el instrumento de la vida –el cuerpo– pero poco me interesa perder la vida cuidando el instrumento. Y desde luego está el hecho de que este cuerpo se va –sí o sí– de modo que invertir demasiado tiempo y energía en salvarlo me parece pírrico, a ratos estúpido. 
           
No quiero dar la impresión que no tengo amor propio. Lo tengo. Yo me amo. Yo me mimo. Un poco. Tengo ese momento en la mañana, antes de bañarme, y ese momento me lo regalo, a veces, a mí. Lo utilizo para hacer ejercicio y algo de chi kung. Nada estrafalario. Una calistenia básica, más bien ridícula, cosa de poner el cuerpo a funcionar, no abandonar completamente el corazón, afirmar ligeramente los músculos, no perder la flexibilidad, despertar la energía. Pero desde luego no soy un engasado. No como esas personas que jamás se pierden un solo mísero día de workout. Adelgazar, verse bien, se torna un compromiso inderrumbable. En lo personal siento que hay que autoamarse, cómo no, pero sin exagerar. Y es que además estar gordo no es ningún crimen. En mi caso, siempre estoy algo gordo, no mucho, solo algo. Y me vale. Si quisiera no estarlo, me quitaría el pan y ya. Mi cuerpo es así de noble. Pero no me quito el pan y no me quito el helado, aunque admito que órganos y silueta bien podrían apreciar el gesto.
           
Desde la ventana, los veo, a los corredores, tan mañaneros, tan respetables, en la ciclovía, que como se sabe va a dar al infinito. Son los privilegiados del sudor. Los que sudan por ocio, por salubridad y por mercado. En efecto, hay una vasta plaza económica para el fitness, que mezcla texturas motivacionales con una explosión de drogas corporales, creando una poderosa industria de retail y servicios. Y formulando lo que solo cabe llamar así: un culto. Así como se habla de iglesias religiosas o políticas hay iglesias musculares y cardiomusculares.
           
No es que quiera satanizarlos, a esos fitness freaks. La vida es dura. Si no estamos en forma, nos va a tumbar. Cada uno de nosotros tenemos retos personales, para los cuales necesitamos una ancha cuota de vitalidad y fibra. Y colectivamente, ya ni digamos. El 2017 va a ser impúdico y desgraciado, para todo el orbe. Es un hecho. Los conflictos van a ser delirantes. Una armada de zombis atacará los continentes. Salió en Wikileaks. Más vale estar un poco constituidos, digo yo. Y raparse, a lo Travis Bickle, el pirado de Taxi Driver. Pero de otra parte no es la primera vez que una armada de zombis ataca la humanidad: ¿qué sentido tiene pues el inmaculado six pack?  
           
Esta columna la he escrito para decirles que mi propósito para este año es ponerme medio en forma, pero no más.


(Buscando a Syd publicada el 5 de enero de 2017 en El Periódico.)

Elogio de la desesperanza

Hay belleza en la esperanza, y la esperanza es necesaria, si queremos alguna clase de sentido.
           
Pero luego también cabe señalar que la esperanza tiene eso de viscoso. Un problema con las expectativas es que se basan en la comunión espectral con lo que de facto no es. Así pues, en el compulsivo deber ser olvidamos lo que de veras somos, cuando lo que de veras somos es lo más real que tenemos. Visto de tal modo, la esperanza podría ser un verdadero obstáculo a la plenitud. Sin contar que muchas veces ponemos la esperanza en toda clase de tonterías. De la misma manera que se ha hablado ya de una compasión idiota, se podría hablar de una esperanza idiota, de un esperar bestial. Cuántas veces formulamos la esperanza a partir de nuestras interpretaciones torcidas de la realidad –quimeras floreadas de una mente neurótica. Pero más preocupante es que muchas veces estas esperanzas, estos psicodramas infinitos, estas narrativas delirantes, han sido implantadas ahí por una recua de transeros sin escrúpulos, milenaristas del desierto, persuadidos ideológicos y en términos generales por los fascistas de la esperanza, quienes tienen cuánto interés invertido en ello. Por supuesto, donde hay esperanza hay temor –dado que la esperanza y el temor son, como se dice, dos caras de la misma moneda.
           
Quizá la esperanza sea un pésimo punto de apoyo, en este viaje llamado vida. Pareciera ser que la desesperanza es una base mucho más solida y mucho más vigorosa. No nos engañemos: hay batallas que no se ganan. En ese sentido, rendirse es lucidez. Y en vez de sublimar la sed y el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, podemos comunicar con estas realidades esenciales y no superadas, sin laminarlas de espejismos. Admito que la palabra desesperanza es torpe: está más cargada de su propia sombra que de su propia luz. Se le asocia a la desesperación y al abandono. Por tanto tiene muy mala prensa. Pero en el contexto de esta columna es importante separarse de ese significado al uso. A lo mejor no debiésemos llamarle desesperanza, sino inesperanza. Como sea, el mensaje es que hay gloria y hay poder en la ausencia de expectación. En cierto modo se puede decir que no hay cruz más pesada que la cruz de la ilusión. Se viaja más ligero sin ese lento fardo de fantasías. Y pasa también que tanta anticipación reticula y aherroja nuestra realidad emergente, tornándola predecible y anorgásmica, destruyendo inclusive su espíritu creativo. Ha dicho Heráclito: “Sin esperanza se encuentra lo inesperado”. Por otro lado la desesperanza trae cinismo, energía crítica, divergencia. La desesperanza es un ingrediente vital del cambio.
           
Agrego que esta desesperanza no tiene por qué disminuir nuestra seguridad, nuestro sentido de confianza o compromiso. No hay razón para empantanarse entre las voces saduceas. Tenemos dos manos y un corazón, la capacidad de avanzar y hacerle frente a los cien matarifes. Somos perfectamente capaces de desplazarnos por la vida con alguna asertividad, si eso toca. Pero ya no movidos por la zanahoria de la esperanza, sino más bien empujados por nuestro contacto profundo con la realidad, tal cual es.
           
Sin esperanza y sin abandono, sin expectativa y sin miedo, sin participar en el vertiginoso intercambio dualista, podemos ubicarnos más allá del sentido. O más acá.


(Buscando a Syd publicada el 29 de diciembre de 2016 en El Periódico.)

La depresión

SYLVIE REUTER

Yo fui por muchísimo tiempo, y por definición, un deprimido. Lo fui por supuesto durante mi adolescencia, lo cual es hasta cierto punto normal,  pero se puede decir que yo lo fui anormalmente, de una forma nodal y ejemplar.
           
En efecto, estaba profundamente enamorado de la densidad, de la llaga inmaculada de la depresión. Era un estilo de ser, un sistema. Además estimulado por mis lecturas verlainianas, saturninas y otoñales. Llevaba esa esa fetalidad conmigo 24/7.
           
Fondos. Y fondos de fondos. Y fondos de fondos de fondos.
           
En algún momento me harté de ese zope que me hartaba día a día las entrañas. Así que comencé a formular un Proyecto de Remoción de Sufrimiento. Lo cual siempre es tricky, porque no se sale de la depresión programáticamente, como armar un mueble de Kalea. No es tan sencillo como leer libros para salir de la depresión y ya estuvo. Empezando por el hecho de que para leer esos libros uno tendría que estar precisamente más allá de la depresión. Pero la depresión le roba a uno todo interés y todo impulso. El impulso es lo primero que se cae, para un deprimido. Por otra parte, uno no puede abandonarse del todo, renunciar completamente al movimiento. Hay cosas que de plano hay que hacer, para salir de la depresión. Y sin embargo no hay que hacer nada: es más bien una cosa de residir en el fuego de esa oscuridad y dejarse consumir completamente por ella.  
           
Ni decir que la depresión es algo muy confuso, y extraerse de ahí implica mucho ensayo y mucho error. Es un tanteo que es una angustia.
           
Y sin embargo se sale, o por lo menos yo lo hice. Eventualmente conseguí amalgamarme, arterializarme, acreditarme de nuevo en la existencia funcional. Esa profiláctica aureola de muerte que me rodeaba fue perdiendo su intensidad, hasta desaparecer por completo. El proceso de recuperación fue lento, fue milimétrico, fue capilar, sin embargo se dio.
           
Fuera del infierno, la tentación es agarrar para el cielo. Ya saben, tomar martinis con los ángeles. Y eso fue lo que hice, básicamente. Me trasladé a los estados más gloriosos y sutiles y sagrados que puedan ustedes imaginar. Aquella fue una de las épocas más intensas, radiantes, impulsoras y visionarias de mi vida. Puro flow y evangelio. Un estado danzante de conducción y downloads hasta en la sopa. Los mundos inferiores me la sudaban por completo.
           
Sin embargo, hay que volver a la tierra, pues somos humanos, y ser humano es el destino que tenemos que cumplir. Ser humano quiere decir que no somos celestiales ni tampoco particularmente infernales.
           
Vivir en el justo medio puede parecer una existencia mema –ni muy cerca de la seda ni muy cerca de la llama– pero de hecho es bastante rica, repleta de hermosos claroscuros. Claro que hay momentos de la vida en donde uno vuelve a subir o vuelve a bajar. Esas posibilidades direccionales siempre están ahí.
           
Este año me tocó bajar, por ejemplo. Los signos clásicos: sensación de vacío, pérdida masiva de energía, de ánimo, de interés, incapacidad de generar orden o sentido, descuido, abandono, etcétera. Tampoco me hundí demasiado. Una depresión leve. De hecho ya me encuentro plenamente reconstituido. Hace tanto tiempo que no me ocurría, hasta me pareció estimulante.


(Buscando a Syd publicada el 22 de diciembre de 2016 en El Periódico.)

El Disminuido

Quien conozca al Disminuido, que le ofrezca un abrazo. Dios, que alguien abrace al Disminuido. Pero no servirá de nada.  El Disminuido está más allá de todo afecto. En el inventario, en el balance de su vida, solo hay una larga columna oscura. En una época todavía le veíamos caminar o realizar ciertas liturgias, pero luego una esfera de tedio, una tediosfera, penetró su corazón sin defensas, y perdió todos sus poderes. Los machos alphas y los proxenetas lo pateaban, en los callejones, lo ahogaban en algún río de entropía, incluso le cortaban los tendones. Por tanto, el Disminuido ya no sale más de la estación espacial en donde vive. Los clanes y las tribus, recíprocamente, ya no lo buscan. De su estado deplorable, de su chovinismo hipertrofiado, de su lógica torcida, de su amplia arrogancia, ya ni hablan. Y él se pasa las tardes leyendo a autores norteamericanos del siglo pasado, o hablando solo. Ahí lo tienen: el Disminuido. Hace meses que no termina una canción. Para él, todo es ya débris y todo eco. El Disminuido es menos siempre. Es menos más. Crecerán las flores, pero crecerán en la muerte. Crecerán más que nada en la locura, y no en la dulce, no en la sedante, sino en la irreductible, en la fractal locura del Disminuido, que por estos días se está quedando sordo. Pobre Disminuido. Su fluido vital se escapa por las rajas de sus dientes. Para el Disminuido ya todo es Cuesta Abajo. En su universo no existen los tónicos. Come lechugas podridas y amarillas. Eso explica porque da tanto asco a las felatrices. No tiene dinero, así que escucha la misma canción, la misma ranchera anciana que dura siempre lo mismo (2:56) y que lo va catabolizando milimétricamente. Para mientras, sus gónadas se van haciendo chiquitas, chiquitas. Sus años son como lotos desgarrados por los ácidos de la noche. El cadáver de la mano de su madre está en una prisión de legos. El Disminuido grita como un profesor loco, como un rey chalado y vanidoso y charlatán y castizo. Sus dedos explotan como errores. A veces escribe cosas en las paredes con un marcador que ya no pinta. Los guiones inacabados yacen y se historifican en su escritorio.  Entretanto la estación se cae a pedazos, como un tugurio abandonado, saturado de camarillas de cuervos y zanates navajeros, los eternos ocupantes, los genuinos herederos, que duermen y se amanceban y se matan entre ellos. Todas las esquinas del Disminuido están deprimidas, y si las tocan con un palo, emanan disonancias mefíticas y demónicas, braman oberturas frías, que matan todo inocencia, y atraen a los fantasmas/tacuazines. Pero eso qué le puede importar al Disminuido. El Disminuido sabe que su rostro será el mismo siempre, aunque lo desfigure a cuchillazos. Lo cierto es que el Disminuido ya revisó todos los rincones y para él la búsqueda ha terminado. El Disminuido nunca más será el Aumentado. No hay sol alguno para este invierno.


(Buscando a Syd publicada el 15 de diciembre de 2016 en El Periódico.)

Visión clara

En la sala de espera del oculista. Me vine a ver los ojos, porque de un tiempo para acá los ojos me han estado dando molestias y porque miro algo pero ya no igual.
           
Yo he sido choco de siempre, de niño, aunque mi madre tardó un tiempo en detectarlo. Cuando me pusieron anteojos la primera vez, sentí que un nuevo mundo se abría, exultante, lisérgico. De golpe un panorama tedioso y de sombras se transformó en una poderosa experiencia fenoménica: las hojas de los árboles cobraron una formidable individualidad; los rostros me ofrecieron rasgos bellos y precisos; las nubes se hicieron de pronto muy interesantes.
           
Eventualmente, terminé operándome ambos ojos con láser, una operación bastante exitosa. Con ello terminó todo un período de mi vida, e incluso una identidad: la resabida identidad del que usa lentes.
           
Pasaron muchos años sin yo tener problemas en la vista. Pero como ya dije de un tiempo para acá la miopía ha vuelta a manifestarse, cosa que a lo mejor es normal en estos procesos, después de un tiempo. No regresó como antes, pero ahí está, y aquí me tienen.
           
Mientras espero mi turno en la sala de espera, escucho con los audífonos un fascinante audiolibro sobre reorganización, un tema que me provoca suficiente interés últimamente. Este audiolibro en particular es tremendamente innovador y visionario. Visionario en el sentido que le da Swift a la visión: ese arte de ver lo que es invisible para otros.
           
Para mí escuchar esta clase de materiales es una manera de refinar mi mirada interior sobre el mundo y cómo funciona. Y es que así como uno es miope físicamente lo es también mentalmente. Helen Keller –que como se sabe era sordociega– dijo alguna vez que la persona más patética del mundo es aquella que tiene vista pero no visión.
           
Hoy más que nunca necesitamos aumentar nuestro poder visionario, tanto en lo privado como en lo público. La complejidad cultural ha tomado formas laberínticas, lo cual quiere decir que nuestros sistemas de navegación deben sofisticarse. De otra parte, es cada vez más obvio que las bases mismas de nuestra sobrevivencia están en juego –la red de la vida– y si no queremos terminar como mero débris en las playas del exterminio, tendremos que generar soluciones más avanzadas de cohabitación global. Lo cual demanda un resto de claridad. 

Para generar visión se precisa tener marcos funcionales de interpretación. A veces pasa que nos ponemos anteojos interiores (por ejemplo ideológicos) que de plano no funcionan. Más bien ensombrecen nuestra visión, lejos de arreglarla. A lo mejor son gafas anticuadas, que ya no responden a las necesidades actuales, que no engarzan con las posibilidades futuras. Hay que tomar en cuenta que las condiciones objetivas y socioculturales están cambiando constantemente, por tanto se requiere un continuo proceso de afinación de nuestra mirada.
           
Esas cosas pienso, cuando el doctor abre la puerta y me invita a pasar a su consultorio. Ya veremos, pues.
             

(Buscando a Syd publicada el 8 de diciembre de 2016 en El Periódico.)

Cambio

La realidad, fascinante como es, ciertamente. Pero también fascinante como podría ser. Estoy hablando del principio del cambio.
             
Quizá en un inicio lo único que resultaba evocativo, digno de mi curiosidad, era mi evolución personal. ¿Cómo sacarme los venenos? ¿Cómo sanar mis heridas? ¿Cómo empoderarme, en tanto que individuo?
           
Pero claro: imposible operar un cambio personal sin atender el ambiente y la cultura circundantes. Y es ahí donde empieza uno a interesarse ya no solo en el cambio limitado de sí mismo sino en el cambio de aquello que le rodea. Es el pollito rompiendo existencialmente la cáscara desde dentro.
           
Mientras el pollito rompe la cáscara existencialmente desde dentro, la gallina está presionando desde fuera. Y la gallina en este caso quiere decir la comunidad, que exige cambio del individuo, en aras de la misma comunidad.
           
Por supuesto, lo que el individuo y lo que la comunidad entienden por cambio muchas veces no coincide. ¿Cómo sinergizar ambos órdenes de movilidad? Un tema áspero y delicado. Toda comunidad –familiar, laboral, de intereses comunes– viene a ser un sistema cultural con reglas y condicionamientos determinados, no pocas veces reacio a cualquier creatividad específica. Toda suerte de tensiones deriva de ello.
           
Estas tensiones se presentan igualmente en la esfera nacional. ¿De qué manera generar cambios originales en ambientes ferozmente dogmáticos, que no aceptan el cambio o solo aceptan el cambio en sus propios perennes términos? Para mí esto viene a ser un tópico de extrema urgencia, en el país. Y uno especialmente candente esta semana, puesto que se habla de cambios –por tanto de intercambios– constitucionales.
           
Obviamente, el reto aquí es consolidar un modelo que logre combinar los cambios privativos con los cambios otrantes. Hablamos de un diseño relacional en el sentido verdaderamente amplio de la palabra: un diseño que logre transcomunicar sistemas enfrentados de realidad, sin congelarse en la noción de que un sistema es superior al otro. Antes bien, se trata de reconocer la sabiduría inherente de todos las posibilidades –su defecto, también– buscando armonizarlas de acuerdo a una arquitectura dinámica, orgánica e integral, lo cual va mucho más allá de una mera negociación de posiciones. Crear este contenedor, el de la perspectiva total, es algo que tomará mucho tiempo; más vale ir empezando.
           
Si hacer esto en el espacio nacional es suficientemente difícil, en el espacio planetario ya ni digamos. A ese nivel estamos hablando del trabajo fantástico de integrar naciones, culturas, macroredes de energía material y consciente. Es un trabajo que parece abstracto y exótico, ajeno a nuestras particulares competencias e intereses, y sin embargo no podemos circunvalarlo. ¿De qué sirve salvar al individuo, a la comunidad, al propio país, si todo el planeta está sangrando por innumerables costados? Así pues, las viejas esferas contenidas de responsabilidad simplemente ya no son suficientes.
           
Ver los árboles es importante, pero no podemos dejar de ver el bosque. A la vez, no podemos, por atender el bosque, ignorar los árboles.


(Buscando a Syd publicada el 1 de diciembre de 2016 en El Periódico.)

El contenedor

El otro día publiqué una columna de veta moralizadora (hélas, una veta que me persigue) sobre la importancia de comprometerse con algo, y ponía el ejemplo del escritor que en algún momento dado tiene que elegir un camino creativo y seguirlo a profundidad, o nunca conseguirá autointegrarse. Si me lo permiten, es algo de lo cual quisiera continuar hablando en la presente.
           
Lo veo muy claro conmigo. Cuando empecé a escribir, mi visión era escribir de todo. O sea convertirme en un 4X4 de la literatura. Y así fue: transité todos los géneros y redacté en todas las direcciones. Con lo cual se dio un interjuego de posibilidades retóricas muy divertido y exultante. El problema es que nunca logré armar un contenedor solido, pues entre tanto proyecto y tanta búsqueda la cosa se terminó dispersando en plurales itinerarios, algunos interesantes, pero ninguna carretera mayor.
           
Está sujeto a discusión, pero yo creo que la orientación concreta y sin intervalo es tu mejor aliada para hacer algo significativo, literariamente hablando, sobre todo cuando no sos un escritor de tiempo completo.
           
¿Y qué hay de todos esos grandes escritores que han cultivado toda suerte de movimientos, pregunta alguien? Pues sí. Por eso son grandes. Tienen ese alcance, esa capacidad de dotar a su obra, por muy diversa que sea, de un mismo espíritu magno, cohesivo y creador.
           
Pero no todos poseemos ese calibre.
           
En tal sentido, no me parece demasiado idiota elegir un estilo, un género, un proyecto, una topología escritural determinada, y dentro de eso ya desarrollarse.
           
¿Cómo escoger a dónde ir? Bueno, hay criterios pragmáticos, pero más que nada la cosa está en responder a nuestra propia autenticidad. Además, no hay mejor forma de honrar al lector.  Como bien dijo Polonio a Laertes: “Sé fiel a ti mismo y de eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser falso con nadie”.
           
Por supuesto, una frase como esa atrae toda suerte de preguntas difíciles: ¿qué es ser fiel a uno mismo?; ¿y qué pasa si ser fiel a uno mismo es ser fiel a muchas cosas? ¿si contengo multitudes, en plan Whitman? Sea. Pero en todo caso, lo valioso aquí es que ya estamos moviéndonos dentro de un enfoque unitivo y sinergizante. Cuando asumimos espiritual y operativamente una identidad literaria, terminamos con una obra hecha, en el sentido más poderoso de la palabra.
           
El riesgo obvio sería producir un cinturón de castidad, una maniobra verbal anquilosada. ¿De qué sirve hacer algo incluso bien definido pero sin corazón o tracción poética, muy resuelto pero sin salidas imaginativas?
           
Tenemos que asegurarnos que nuestra obra tenga y obtenga frescura e inspiración. Entiéndase: sostener a toda costa el contenedor, pero sin caer en una suerte de endogamia o parálisis reclusiva. En ello está la importancia de mantener siempre cierta otredad literaria: apertura y fluidez orgánica. El talento, podría entonces decirse, está en nuestra capacidad de crear algo muy delimitado y visible, pero que respire, que tenga poros.


(Buscando a Syd publicada el 24 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

Espacio

Estoy seguro que cada uno de nosotros puede encontrar aunque sea algo de qué sentirse agradecido. En mi caso son tantas cosas. Una de ellas es el espacio.
           
Cuando hablo del espacio no me refiero nomás al espacio físico. Aunque también. Por ejemplo, soy de la clase de personas que demanda mucha distancia –distancia concreta– de los demás. Nada qué hacer: así estoy cableado.
           
Me gustaría con todo referirme al espacio en un sentido más genérico. El espacio como eso acomodante. El espacio como fuente perpetua de potencialidades. El espacio como libertad.
           
Todos los seres necesitamos de espacio. Sin el mismo la vida sería una prisión.
           
Ese espacio puede manifestarse de muchas maneras. Por ejemplo puede manifestarse como aforo o capacidad material. Nadie puede negar que el dinero nos da cierto tipo de independencia, que el dinero es espacio en sí mismo. Sabina lo dice más bonito: dice que el dinero es poesía.
           
Por supuesto, de nada sirve el espacio que te da el dinero si no tenés un contexto para disfrutarlo. Alguien me dijo alguna vez que uno no es rico por el mero hecho de tener dinero: uno es rico por tener el tiempo y espacio para gastarlo.
           
Lo cual reafirma la idea de que tener un espacio personal es crucial. Es esa idea woolfiana de tener una habitación propia, que por supuesto no aplica solo a las escritoras y no meramente a las mujeres. Todas las personas precisan de un lugar contenido, un ámbito en donde no tengan que responder compulsivamente al estímulo externo, un área en donde puedan respirar y moverse y actuar a sus anchas, en donde puedan erigir un universo íntimo.
           
Por universo propio no queremos decir a puro tubo una suerte de claustro. Aquí estamos hablando de una habitación con vistas, por tomar prestado el título de Forster. Y todavía más lejos: estamos hablando de un espacio de vínculos, de un espacio de intercambios, de un espacio social. La habitación cerrada de pronto está abierta. Incluso puedo considerarse que el mundo como tal es la habitación. Pero ya en este contexto el mundo deja de ser algo opresivo y presionante, y se convierte en algo con lo cual yo puedo tener una relación creativa, y en donde de hecho me siento totalmente cómodo.
           
Lo es en buena parte porque en cualquier momento dado puedo aplicar distancia física y emocional respecto a cualquiera de sus personas o contenidos: puedo practicar el desapego. La noción de desapego es trascendental, dado que el espacio compartido es necesariamente un espacio de poder, un espacio político, por tanto uno muy quemante.
           
Me gustaría agregar que la única forma en que el espacio de intercambio puede permanecer como eso –como espacio– es en tanto que espacio de respeto. Respeto al otro y respeto a su propio espacio.
           
Asimismo respeto a su decir particular. Una vez se ha establecido el espacio fundamental de respeto, la libertad de expresión es posible. En cuenta la expresión ideológica. O bien la expresión creativa. Como escritor, valoro mucho el espacio sentido de la creatividad. Entiendo que un poeta o un pintor, por ejemplo, son criaturas que requieren mucho espacio.
           
También valoro mucho la libertad de pensamiento. Estoy hablando de establecer un territorio de amplitud para poder generar y desarrollar distintas perspectivas y formas de comprender la realidad. Y asimismo de una atmósfera para poder pensar y generar conexiones sinápticas.
             
Por último, me gustaría hablar de la importancia de tener un espacio para ser. Para ser lo que cada uno es relativamente y lo que todos somos en profundidad. Pero eso que somos en profundidad realmente no podemos no serlo. La verdad es que ese espacio de ser absoluto no puede ser obstruido por nada.
           
Cuando tenemos espacio, podemos dar espacio a otros. Consideremos que muchos no tienen el espacio que nosotros, afortunados, tenemos. De ahí la importancia de compartirlo. Solo así podremos empezar a formar un espacio colectivo amplio y digno.


(Buscando a Syd publicada el 17 de noviembre de 2016 en El Periódico.)

Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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