'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Seattle blues (1)


La muerte–suicidio la semana pasada de Chris Cornell nos dio la oportunidad de revisar uno de los más importantes episodios culturales de mi generación: el grunge, y el alternativo en general. Reconozco que es muy delicado hablar de un fenómeno cultural tan situado como este para hablar de toda una franja generacional. Pero no podemos negar que fue un fenómeno artístico que tocó una cuerda muy sensible en los noventa, ya no solo en Seattle, no solo en los Estados Unidos, sino en el mundo entero.
           
A veces me gusta pensar en las generaciones en términos de órganos corporales. Así por ejemplo, los baby boomers fueron el corazón, con sus legados pluralistas y reivindicaciones folksociales. Otro ejemplo sería el de los millennial, que asocio a un cerebro: en efecto, es una generación que procesa y genera formidables cantidades de data. La mía fue más bien la generación–hígado: rabiosa, cínica y visceral.
           
Al parecer, todas esas promesas civiles de los baby boomers, ya mutados a yuppies y gekkos en los ochenta, nunca se hicieron realidad. Real fue la paliza que le metieron a Rodney King un 3 de marzo de 1991, fruto de una década de fundamental republicanismo y rapacidad financiera que no habían dejado nada, salvo un colosal vacío. Y no había superavit que pudiera llenarlo, ese vacío, dado que este era el resultado del superavit mismo, de la gratuidad cubicular de la civilización. ¿Para qué subir? ¿Subir a dónde? Así era el spleen (¿o debiera decir liver?) de los genexers.

Todos esos padres divorciados no sabían qué hacer con sus hijos disfemistas, que eran hijos de una cultura mutante de tetas falsarias, por un lado, y emergente corrección política, por el otro. Nosotros mismos no sabíamos qué hacer con nosotros mismos. Ni siquiera podíamos realmente tocarnos, porque el SIDA nos tenía cooptado el sexo, y en ese entonces no había tal cosa como una red social, para distraerse y escapar.
           
La ironía permeó la cultura popular, y esos se ve obras hallmark de la época, desde Generation X (1991), de Coupland, hasta la archifamosa teleserie Seinfeld, pasando por el himno de los perdedores, la película indie Clerks (1994).

Pero a la par del humor, y como complemento brutal, a muchos nos acompañaba un sentimiento ratil de inadecuación, de inutilidad, de total implosión.
           
Lo interesante es cómo de toda esa implosión brotó reactivamente una respetable explosión de libertad creativa. Era una libertad con sabor a decadencia, sí, pero no la decadencia superficial de finales de los ochenta, sino había ahí una introspección y un inconformismo frescos. De la escena grunge brotaron muchas rapsodias para adolescentes densos y subjetivos, cuya alma era una morgue.
           
Era una inocencia oscura y una subcultura perdularia que, al principio, antes del label alternativo, fue cosa muy genuina, derivada de cosas muy honorables y muy underground (referencias personales para mí fueron Fugazi o Sonic Youth). Yo recuerdo haber leído una entrevista de Jani Lane, en la cual él mismo recordaba el día en que él y su banda llegaron a su compañía disquera, donde tradicionalmente había una foto de Warrant, y ahora había una de Alice in Chains. Caput mortuum. El soundtrack de nuestra vida había cambiado (muy literalmente: pensemos en las bandas sonoras de las películas clásicas de la época: Pump up the volume, Singles, Reality Bites).

Me pregunto si alguien recuerda la autenticidad que trajo el grunge al principio, en un momento cuando todo parecía inverídico y superficial. Hay que ver la música cochina, señorita, verdulera y fenicia que ponían en la radio antes del malaise del grunge. Era un flan muy desagradable, si me lo preguntan.


(Buscando a Syd publicada el 25 de mayo de 2017 en El Periódico.)

Play

Estoy haciendo lo más irresponsable, escribir poesía.
           
Lo estoy haciendo además en el momento menos apropiado, en el que menos puedo permitírmelo. Y sin embargo, es de todo punto necesario.

Verán: he estado amurado en estos días en una torre de ansiedad. Y escribir poesía es para mí una forma de deshacer eso.

O sea una manera de hacer algo (ya que hacer nada de hecho crea y produce más ansiedad) pero hacer algo imaginativo, espacioso y libre. Como cuando a los locos los ponen a pintar acuarelas. Qué mierdas de dibujos los que hacen, pero los mantiene como quietos, a los pisados.
             
En mi caso, no es cosa de acudir a pastillas y ansiolíticos rosados: me gustan demasiado. Así que recurro a otras formas de adelgazarme la pálida. Como la meditación (con sus párpados de ataraxia) o la escritura, como ya bien dije.

Bueno, cierto tipo de escritura, porque luego hay otros tipos de escribir que en cambio patrocinan aún más presión y depresión, y me van dejando con el sistema nervioso hecho pedazos y ya marinado para el rebonito.
           
Son muchos, muchos, quienes viven ciegos en el desván  bermejo y sucio de la ansiedad, entre ráfagas de terror, leyendo un libro puro de incertidumbre. Lo torpe es que responden a la presión presionándose más y cuando se relajan lo hacen desde un sentido fijo de obligación. Su play es exigencia, lo cual nunca funciona. ¿No dijo el chino que la rigidez es amiga de la muerte?
           
La otra vez me puse a ver, nuevamente, el documental sobre Ramírez Amaya llamado El Pájaro Sobreviviente. Y ahí el maestro dice en su momento: “Lo único que he hecho toda la vida es jugar y seguir jugando”. De los niños será el reino de los cielos. Follow your bliss, recomendaba Joseph Campbell.
           
Tampoco estoy invitando a tirar todos los compromisos por la ventana. Está muy bien aquella rola noventera que decía: porque yo no quiero trabajar, no quiero ir a estudiar, etc. Pero si va a tocar la guitarra, colega, por el amor de Dios tóquela con alguna consistencia. Ramírez Amaya juega, pero juega seriamente, juega hasta las últimas consecuencias, por ello le admiramos. La poesía demanda responsabilidad y estructura. Incluso en su modalidad más play, requiere dirección y compromiso.
           
Con un espíritu de relajación, pero alerta, uno se va curando las desesperanzas. Y quizá lo mismo aplique a la comarca entera. Los psicorrígidos quieren salvar el país con su cara perpetua de ano, pero la sola manera de salvar este país será jugando, poniéndonos liminales y creativos. Es el estilo aéreo de los cerbataneros. Como escribí en un texto alguna vez: “No son el tipo de superhéroe fornido, sacrificial o ideológico. Hay que percibirlos más bien compactos, ingeniosos, ágiles, medio cabrones y difíciles de timar, porque ellos mismos son los últimos timadores, los últimos tricksters”.
           
Son chingones, esos gemelos.


(Buscando a Syd publicada el 18 de mayo de 2017 en El Periódico.)

Payasos


Podríamos hablar de ese arquetipo poderoso: el payaso.
           
Hay payasos de espíritu muy noble, payasos productores de alegría, angelicales payasos –puro amor y candidez. Regalan perritos de globo mientras el sol de la tarde reverbera sobre la tierna cocacola, ya servida en vasitos de plástico. A esos payasos los queremos bastante.
           
O no. Hay mara que frikea con los payasos (en cuenta, si recuerdan, Kramer, de Seinfeld) y es porque hay algo de frikeante en ellos. Será porque el payaso representa, en su atuendo extravagante, lo Otro amenazante, portador de una magia oscura: el humor, portal a nuestros demonios más privados, a nuestras fatales menudencias, a nuestros sentimientos más intensos de inadecuación. ¿Nunca han estado en un circo rezando porque el payaso no los elija de entre el público? Yo sí.
           
La cultura popular no ayuda, pues abunda en referencias de payasos para nada solares, así por ejemplo el clásico Guasón, de Batman, o el payaso de It, del gran Stephen King. Cuando yo era adolescente escuchaba una banda de metal llamada Dangerous Toys. Y miraba con fascinación las portadas de sus discos, en donde aparecía un payaso extravagante y mala taza. Payasos de dientes podridos que han alimentado nuestras más sinceras pesadillas.
           
Ese payaso eterno de la noche, como sacado de una oscura teúrgia, y que, desde su macabra sonrisa, nos comanda y nos hipnotiza, y nos congela la voluntad. La única forma de lidiar con un payaso así es quebrándole una botella de vidrio e insertándole el chaye en la yugular, para que mane una ola de sangre, cosa que he hecho un par de veces.
           
De otro modo será el payaso quien nos liquidará a nosotros, y será él quien nos irá jalando de una pierna sin vida a través de algún pasillo oscuro, iluminado intermitentemente por los fogonazos de alguna tormenta. Así funcionan estas cosas.
           
Aparte de los payasos alegres o los que dan miedo, los hay que dan y destilan asco. Todos nos hemos encontrado alguna vez con un payaso bolo y sucio y tosiente y patético. ¿Nunca vieron esa película de humor negro, Shakes The Clown (1991)? Pues algo así.      
           
Payasos como esos son muy fáciles de encontrar en cualquier país del tercer mundo que se respete, por virtud de esos pequeños circos repugnantes y descosidos que lo van recorriendo (siempre hay un gazmoño que pretende sublimarlos). O payasos de la calle, como ese que vi la otra vez, el más triste que he visto en toda mi ramera vida. A lo mejor Arjona lo agarra y le da brete en su nueva gira, como a Panchorizo.
           
También están los payasos ridículos. Argumentará el listo del salón que esa y no otra es la intención de todo payaso: la ridiculez. Pero yo distingo entre la ridiculez virtuosa y la ridiculez involuntaria. En esta última categoría entra el Presidente, que inveteradamente recibe memes insaciables al respecto. Por muy serio, director y moralista que se ponga, por muy sermoneador y gendarme, ese mote de fantoche es que jamás se le quita. Como no se quita la percepción de que su gobierno es una broma de mal gusto.


(Buscando a Syd publicada el 11 de mayo de 2017 en El Periódico.)



Westerns decentes



Me ha dado por ver westerns. Aquí algunos que he visto últimamente.
           
Bone Tomahawk (2015). Visto en Netflix. Un western extraño, que se monta en un secuestro y en un rescate, con algo de horror/slasher. Sincretiza con caníbales radicales e inhumanos, con lo cual reposiciona el asunto de los indios de un modo muy mutante. Lo crudo contrapuntea con lo fino. Nos convencen los diálogos, interacciones y actuaciones de los implicados: Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox, Richard Jenkins, Lili Simmons y hasta un David Arquette. No digo más, salvo: chapeau.
           
In a valley of violence (2016). Personajes que atraviesan el desierto para llegar a un mejor destino, pero en el camino alguien les hace una maldad. Es como dice el sempiterno Corleone: justo cuando pensé que ya estaba afuera, me vuelven a jalar para adentro. Pobre el outlaw, que nunca puede serlo del todo. Una nueva vendetta lo tienta y lo reclama. Este es un western clásico, sobrio, sin desviaciones, en un pueblo en el culo del mundo, de mugrienta grey, y el sheriff es John Travolta. El héroe/antihéroe es Ethan Hawke, y me puse muy contento de que este rol fuera tomado por él. Hawke ha conseguido a lo largo de las décadas establecer una carrera que puede llegar a ser muy interesante, y que ya lo es y lo ha sido desde hace rato. Ti West, director, se rayó.
           
The Magnificent Seven (2016). Y los siete correligionarios son: Denzel, Chris Pratt, Ethan Hawke (de nuevo), Vincent D´Onofrio, Byung–hun Lee, Manuel Garcia–Rulfo, y Martin Sensmeir. Peter Sarsgaard es el malo de la película. Basada en Los siete sámurais, de Kurosawa, con las necesarias distancias, que no vamos a discutir. Las asumimos sin pedir demasiado, y aceptando el aura blockbuster. Hay que ver que las tensiones westernlógicas han sido respetadas; que la correlación entre los personajes, que no son escasas, funciona; que las peleas están bien coreografiadas y encuadradas. Nótese cómo Kurosawa jaló del género western para hacer historias de samurái, y cómo esta película jala de Kurosawa de vuelta al western puro.
           
Brimstone (2016). Una cosa que me gusta del western es cómo nos ofrece honorabilidad sin moralismo, y cómo logra extraer de las pulsiones inferiores, como la sobrevivencia, increíbles alturas. Con este comentario empiezo la reseña de Brimstone, otra perlita, y otra crudeza, que vi en las últimas semanas, y que relata una historia de opresión a una mujer, en una época y latitud que empezaba a maquillarse de orden, pero era muy bárbara. Yo la calificaría como una película feminista lograda. Si es tan lograda posiblemente se deba mucho a sus dos actrices, para un mismo personaje: Dakota Fanning, Carice van Houten. Si es tan lograda es también porque no se pone el retrato opresivo antes del producto narrativo. El némesis (que es como un T1000, y representado por Guy Pierce) es que da miedo: es un reverendo. Se nos olvida que el cristianismo también fue una cosa muy musulmanizada y sharianizada. También aparece Jon Snow.


(Buscando a Syd publicada el 4 de mayo de 2017 en El Periódico.)

Sencillez dinámica

A lo mejor eso que llaman “angustia” no es otra cosa que la tensión bifurcante que se da entre la diversidad y la integración en  todo sistema dado.
            
Sin diversidad e integración, sin emergencia y normalización, sin búsqueda y estabilidad, sin transcendencia y contenimiento, sin complejidad y sencillez, sin creatividad y rutina, sin transformación y ortodoxia, sin trascendencia y conservación, sin caos ni orden, la realidad muy sencillamente no sería factible. 
            
Es la coexistencia de estos dos principios globales –propiedades fundamentales e inteligentes de la experiencia– la que garantiza que las subjetividades, los organismos, las culturas y los sistemas puedan, entonces, ser. Por supuesto, ambos estados–cualidades no viven siempre en armoniosa sociedad. Sabemos que cada uno ama su propia idiosincrasia y compite por erigirla en el seno inagotable de la existencia.  
            
De una parte tenemos el principio de la complejidad, que busca amasar alternativas y conexiones. Su naturaleza es básicamente dinámica, exploradora, reorganizadora y vanguardista. El principio de la complejidad nos permite salir de medios clausurados y estancos, desmantelar las cáscaras muertas de lo real, cartografiar nuevos ambientes operativos, así como encontrar recursos y factores inéditos para enfrentar los retos interiores y ambientales, y en términos generales engendrar acción. Es un principio muy estimulante, aunque, a veces, sobreestimulante, lábil. En efecto, un exceso de complejidad emana caos y anula toda arquitectura. Y por supuesto hay que preguntarse: ¿de qué sirve estar en contacto con toda suerte de campos de información y comportamiento cuando no podemos enraizarlos y darles soporte alguno? 
            
El principio de la integración de su lado tiene aversión por esta clase de volatilidad. Su rol es más bien sustentador y centralizante. Por tanto nos permite adquirir seguridad y raigambre psicofísica y contextual, ofreciéndonos reinos rutinarios y coherentes reafirmadores y muy nutricios. También nos permite profundizar en una específica manera de ser y absorber a fondo determinados conocimientos y competencias. Por supuesto, la integración posee su propia patología, que deriva en una cualidad de repetición, quietismo, tedio, letargo. De modo que se corre el riesgo de que nuestro medio se vuelva congelado y endogámico y pierda oportunidades de apertura, de reciprocación, de liminalidad, de riqueza generativa. Y si bien nos permite profundizar y tunelizar en tal determinada dimensión, renuncia en cambio a la amplitud horizontal, y el dominio de las preguntas y las interacciones se reduce notablemente. 
            
Para que complejidad e integración puedan coexistir funcionalmente, sin fricciones represivas y contradicciones performativas de ninguna clase, debe darse un tercer principio mediador que sepa cuándo es más importante sofisticar el argumento y cuando es más importante simplificarlo. Entonces lo que surge es la sencillez dinámica o elegancia, garantizando una evolución armónica superior.


(Buscando a Syd publicada el 27 de abril de 2017 en El Periódico.)

Sala de espera

Estamos en una sala de espera, y espera hay, a manantiales.
           
Es como un cosmos, un universo contenido, una sala de espera. Con sus leyes, sus galaxias concentradas, sus almacenes de entropía y posibilidad, sus certezas y sus misterios.
           
En esta precisa sala de espera hay una interpenetración constante de personas, deambulando en el ambiente esperil, que emana eficacia aprovisionada y ascéptica. Las señoritas en el frontdesk son puras sonrisas e IT.
           
Alguna ternura me dan el esposo y esposa (son tan jóvenes) que se toman de la mano y Pálida les toma las manos a ellos.
           
Yo considero que deberían darles analgésicos y painkillers, no solo a los pacientes, sino también a los esperantes, a quienes no les queda otra que visitar compulsivamente las pantallas de sus celulares, o mirar la criatura de linfa que se ha adherido a uno de los muros del lugar.
           
¿Qué esperan los esperantes, por cierto? Esperan resultados de laboratorio, tomografías y cosas por el estilo. Esperan al doctor, que en este caso es un tipo comprometido y decente, no joven, pero no exactamente viejo, y damos gracias al doctor.  
           
Como no tengo plan de internet en mi móvil, me limito a ver los pacientes ser movidos, unos en pedazos y otros más o menos enteros. Me llama poderosamente la atención ese para nada poderoso anciano que está siendo trasladado en una cama con rueditas. Me pregunto cómo están sus nitritos, sus leucocitos, sus bilirrubinas. No muy bien, asumo, pues la Oblicua ya se está desplazando diagonalmente hacia él, con su cara larga y necrósica.
           
¿Y qué hay de ella, la chica tatuada? ¿Qué quistes, qué tumores la pueblan, qué neoplasias serosas papilares?
           
Es una cohorte de depricuerpos pasando en sillas de ruedas; han sido perforados, han sido cortados, han sido rebajados. Son, y somos, los simios patológicos, conscientes de su patología, y manifestando carcinomas por la vida.
           
Aparte de los pacientes, observo esos extraños pájaros de origami volar en círculo. Están hechos a partir de pólizas de seguro médico que no tengo, están hechos de cuentas impagables, están hechos de prescripciones imposibles.
           
A veces, es cierto, pasa un ángel, engendrando oleadas y poderes de esperanza ahí donde esta ya ni existe y campos súbitos de bendición.
           
Otra cosa que diviso es el discurso médico, tan solido y reificado, pero también a ratos tan poroso. Va en bata mostrando propiedades altaneras y alopáticas. No queremos minimizar el discurso médico, cuyos logros son críticos, imprescindibles. El discurso médico ha estudiado durante incontables horas, y es por eso que cobra como cobra lo que cobra. Cuando cobra, esto es, porque en países como este al discurso médico es que a veces lo tienen sin cobrar. 
           
Por tratarse de una sala de espera de hospital, lo que veo es gente esperando, y yo mismo espero, en angustia. Estoy lleno de ansiedad y cortisol, como un niño a quien le han pegado durante toda la noche, o como alguien que estuviera lleno de ampollas de vidrio vacías.
           
O llenas, pero de miedo.


(Buscando a Syd publicada el 20 de abril de 2017 en El Periódico.)

Un cuerpo es lo sagrado

Escúchenme: hay algo de eterno en la sangre que circula. Un cuerpo es lo que da cuerpo a lo absoluto.
           
No hay cuerpo, por muy fugitivo y elemental que sea, que no sea el centro mismo de lo divino. Todo cuerpo está preñado de inteligencia sublime y ternura tangible y de fundamental energía radiante. El cuerpo es una base de vanguardia incesante: sed pura.
           
Todo aquello que se corporeiza lo hace por afecto ciego, incondicional. ¿Por qué razón lo último se ha manifestado, se ha personificado, se ha hecho cuerpo e hijo? ¡Para poder contemplarse a sí mismo, para poder amarse a sí mismo, para poder reverenciarse a sí mismo! La religión convencional desprecia los cuerpos, pero el insight tántrico nos confiere la siguiente verdad: es exactamente el cuerpo lo que se ilumina, lo que se transfigura. 
           
No solo el cuerpo sano es sacro: el cuerpo enfermo también lo es. El cuerpo del yonqui, perforado por todas esas sucias jeringuillas, es, en su sufrimiento y oscuridad y catástrofe, gracia, plegaria viva. El cuerpo–detritus, el cuerpo–flema, el cuerpo–caca, el cuerpo–cáncer, es lo transparente, es lo energético y es lo numinoso. Cada célula es profunda y venerable, incluso si es maligna. Hay que matarla, es cierto, pero hay que matarla con amor, con gozo, con respeto sagrado. Los pólipos torcidos son minúsculos altares de lo indecible. Los peores cuerpos, los que arden en el Tártaro, son angelicales y brillantes, campos increíbles de información y armonía.
           
Donde se ve lo malagradecidos que somos es en la forma en que olvidamos y maltratamos los cuerpos, en que los damos por sentados. Como si un cuerpo no fuera el resultado de un proceso único, infinito, intransferible. Consideramos que los cuerpos son commodities, y por tanto ya no avalamos su sacralidad, su toque milagroso.
           
A menos que explotados o concupiscentes, a menos que baza de consumo o ventaja productiva, a menos que sirvan al deseo o la ambición, los cuerpos no interesan al sistema, que los hace picadillo en su máquina extraviada.
           
Pero los cuerpos –sus bazos, sus vesículas, sus ovarios, sus brazos y linfas y pericardios– están ahí para ser amados. El gordo soma del paisano que va delante de nosotros en la fila del súper es esplendente, pránico, geométrico, ambrosial. La invitación es a amar los cuerpos plurales que nos rodean, porque esos cuerpos han venido a darle densidad, forma, a esta experiencia de luz. No solo los cuerpos de la madre o hijo. Todos los cuerpos.
           
Aunque, claro, siempre hay un cuerpo más íntimo, más cercano y más consustancial, un cuerpo que vibra y sufre más con nosotros. Pensemos en ese cuerpo que duerme y respira a nuestro lado: no estará ahí para siempre. Cuando esté muerto, buscaremos palparlo, pero será ya el in–cuerpo. Sin ese cuerpo claro no podrá haber beso y voz, caricia o grito. Ese cuerpo compone nuestra posibilidad más luminosa de comunicar con lo ilegible: altísima tecnología primordial.

Si es tan difícil dejar partes del cuerpo o cuerpos enteros atrás, es porque los cuerpos, siendo así de residuales, torpes, excretantes, contraídos, son la poesía misma de lo abierto.


(Buscando a Syd publicada el 6 de abril de 2017 en El Periódico.)

Cansado

Cada día estás más cansado. Es una cosa muy seria esa de abrir los ojos, por la mañana, y sentir esa enfermedad siniestra en el cuerpo: el cansancio.
           
La idea era amanecer radiante, abrir la ventana, salir al jardín, si lo hubiera, y sentir las sílfides acariciarte la piel y, acto seguido, hacer ejercicios, pues todo el mundo sabe que haciendo ejercicios se llega al nirvana y se curan todas las enfermedades sociales…
           
Pero lo cierto es que cada día que pasa estás más cansado, y tus uñas se están cayendo del cansancio, y es como decir que tus dientes se están cayendo del cansancio, y el cansancio entonces te ablanda y te endurece.
           
Hoy tampoco harás ejercicio.
           
Vas al baño, y observas en el espejo tu rostro, tu rostro y sus arrugas como cicatrices, como costuras sin fuerza. Y te bañas, pero no de forma viril, invulnerable, más bien catatónicamente. Ablución debiera significar despertar, quitarse las modorras, los letargos de encima, las breas del dormir, pero en este caso es como si el agua te fuera cubriendo de una capa extra de fatiga, y te sientes como un loco en un manicomio, al cual estuvieran limpiando sin su consentimiento, pero también sin su indignación. Solo estás ahí, y mientras te enjabonas, inercialmente, te preguntas si el peso del jabón en tu mano no terminará siendo como ese yunque que te hunda en el lago–agotamiento, en la sopa–extenuación.
           
Cierras la llave del agua. ¿Podrás tú, el ultra–cansado, vestirte, ahora? ¿Hay motivo para pensar que podrás ponerte los calcetines? ¿Cabe siquiera pensar en la posibilidad de que te coloques el cincho? Es como si hubieran agarrado tu cuerpo físico, y tu cuerpo pránico, todos tus cuerpos, a batazos.
           
De alguna forma que no puede ser calificada sino de milagrosa consigues ponerte la ropa, pero en cambio el esfuerzo hace que te desmayes en el pasillo, al salir del baño.  
           
¿Cuánto tiempo transcurre? Es muy difícil saberlo. Por fin vuelves a la consciencia, y al principio no puedes ni moverte, es como si estuvieras dentro de un traje de látex sumamente incómodo y apretado. Con atroz dolor mueves tu dedo meñique, luego tu mano, luego un poco el brazo, luego el otro.
           
Y ahora te arrastras a la cocina (y pasas al lado de un antílope muerto, en la mitad de la sala) y cuando por fin llegas a la cafetera, después de un esfuerzo inconmensurable, tomas la jeringa y te inyectas el café.
           
El café te da la suficiente estamina para salir a la terraza, si la hubiera, y observar la ciudad mortuoria, sepultada ella también en consunción. Piensas en esos individuos que están todavía más cansados que tú y que se levantaron más temprano que tu propia persona para ir a cumplir con un trabajo que es más cansante que el tuyo. Uno de esos individuos ahora mismo se encuentra en un bus y está rezando: rezando porque un ladrón asalte el vehículo, y de paso le pegue un tiro, le quite ese maldito cansancio.   
Te pones triste por ese individuo, pero no mucho, porque estás demasiado cansado para sentir compasión, y el día apenas empieza.


(Buscando a Syd publicada el 30 de marzo de 2017 en El Periódico.)

El Jardín Azul


Caminando no poco en los pasillos de un hospital, y aguardando no menos en sus salas de espera, pensé mucho en el Buda de la Medicina y su esplendente reinado. 
           
La mitogonía budista ha dibujado un amplio panteón de seres superiores que residen más allá de los fastidios crudos de la existencia condicionada. De estos seres emanan Tierras Puras: paraísos si quieren, en donde se puede trabajar a gusto por el bienestar de todos los seres, porque las condiciones son espiritualmente excepcionales.
           
No quiero ignorar una de estas extraordinarias residencias, la de Bhaiṣajyaguru, el Maestro de la Medicina, cuyo fulgor lapislázuli difunde regeneración y libertad inconmensurables.
           
Si la Tierra Pura de Vaidūryanirbhāsa –tal es su nombre– es un lugar ubicable en el continuo espacio–temporal, o se trata más bien de una morada de otro orden, es algo a debatir. Como sea, está ligada mítica u objetivamente al Este. Desde un punto inefable –que en realidad es todos los puntos– nació y nacerá siempre el Maestro de la Medicina con su unción cicatrizante y su mandala magnífico.
           
Sentado sobre una flor de loto de tenues pétalos luminiscentes, este Buda es la matriz coemergente de la apariencia más pura y el inefable vacío. Su mano derecha sujeta una rama de la planta arura. Su concentrada mano izquierda levanta el néctar trascendental. Doce juramentos o votos nobilísimos comprometen al Buda–Médico con todos los seres.
           
Cuando las letras del mantra búdico giran, poderes insondables eflorecen de Bhaiṣajyaguru, que desde su formidable samadhi compasivo, beneficia a los transmigrantes de los tres tiempos y las diez direcciones. En virtud de su actividad prodigiosa, innumerables dolencias físicas son removidas. Pero el Rey de los Médicos no solo alivia la enfermedad tangible, sino además ofrece el amrita de la sabiduría, que remueve el veneno del samsara.  
           
La Tierra Pura del Gurú de la Medicina es un vasto y esplendente jardín balsámico compuesto por comunidades de maestros iluminados, ocupados en la sanación de todos los seres sintientes. Senderos geométricos, constelados de gemas curativas y cruzados por arroyos de aguas milagrosas. Plantas restauradoras que deconstruyen los cánceres de todos los universos. Animales cuya mera presencia y aliento rejuvenecen. Monjes–médicos que se dedican constantemente a poderosos rituales místicos y espagíricos, con el fin de reponer a los infinitos enfermos. Radiantes ángeles, reconstituyendo todo lo que está cortado. Edificios diamantinos custodiando incontables tecnologías medicinales. La Tierra Pura irradia bendición iluminada al espacio todo.
           
Ay, cuando pienso en la dura salud de nuestro país, y en los muertos que van quedando en este estero, en esta profunda gusanera, en este nido de gorgonas, imploro al Buda Lapislázuli: ven a cumplir con la promesa de tu planta, danos tu pan azul, limpia la escoria de nuestros cuerpos y la confusión de nuestras mentes, protege la vida. Que cualquiera que lea este texto pueda alcanzar la salud suprema.


(Buscando a Syd publicada el 23 de marzo de 2017 en El Periódico.)

Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
Creative Commons License
Buscando a Syd by Maurice Echeverría is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0 Guatemala License.