El hombre de las cavernas
Canetti, o el hombre de las cavernas. El hombre de los balbuceos sagrados. El vecino de lo indecible.
Aparte de haber escrito ese libro extraordinario, Masa y poder, Elías Canetti abrió con el fórceps de su incuestionable inteligencia el género aforístico, que en lo personal adoro.
Adoro el género del aforismo. Pero no sé muy bien qué es. Nunca lo he sabido.
El aforismo, en apariencia, tiende a la graficación de las ideas. Claridad, sencillez, estilo. Es un género práctico, en apariencia. Pero en verdad un aforismo es como un haiku: apenas la punta del misterioso iceberg.
El aforismo, último bastión del escritor antes de la carnicería del silencio.
El aforismo, género de los muertos.
Hay que tener dos grandes pelotas para escribir aforismos.
El aforismo requiere de una soledad absoluta.
Un edificio de aforismos es una construcción segura, tupida, un lugar para tirarse al vacío y suicidarse bien.
El poeta/intelectual, herido de muerte, espera a los soldados enemigos con una granada en la mano: una frase desnuda. Sabe que va a morir pero no sin llevarse antes a unos cuántos.
Hombres heroicos fueron La Rouchefoucauld, Nietzsche, Wilde, Lichtenberg, Cioran, Bufalino.
Y Canetti, por supuesto. Lo llamo el hombre de las cavernas, porque algunos de sus aforismos son como vastas grutas inagotables. Son rendijas que van a dar a espacios cósmicos, a sospechas sin fin. Parecen juegos de un niño, humoradas, pero en realidad son éxtasis del sentido y del contrasentido.
Canetti amplió el registro aforístico como ningún otro. Cultivó la ocurrencia, cómo no, pero hizo mucho más que ocurrencias.
Quiero saludar al hombre de las cavernas a cien años de su nacimiento. Quiero morir con un aforismo suyo en la mano.
(Columna publicada el 28 de julio de 2005.)
Aparte de haber escrito ese libro extraordinario, Masa y poder, Elías Canetti abrió con el fórceps de su incuestionable inteligencia el género aforístico, que en lo personal adoro.
Adoro el género del aforismo. Pero no sé muy bien qué es. Nunca lo he sabido.
El aforismo, en apariencia, tiende a la graficación de las ideas. Claridad, sencillez, estilo. Es un género práctico, en apariencia. Pero en verdad un aforismo es como un haiku: apenas la punta del misterioso iceberg.
El aforismo, último bastión del escritor antes de la carnicería del silencio.
El aforismo, género de los muertos.
Hay que tener dos grandes pelotas para escribir aforismos.
El aforismo requiere de una soledad absoluta.
Un edificio de aforismos es una construcción segura, tupida, un lugar para tirarse al vacío y suicidarse bien.
El poeta/intelectual, herido de muerte, espera a los soldados enemigos con una granada en la mano: una frase desnuda. Sabe que va a morir pero no sin llevarse antes a unos cuántos.
Hombres heroicos fueron La Rouchefoucauld, Nietzsche, Wilde, Lichtenberg, Cioran, Bufalino.
Y Canetti, por supuesto. Lo llamo el hombre de las cavernas, porque algunos de sus aforismos son como vastas grutas inagotables. Son rendijas que van a dar a espacios cósmicos, a sospechas sin fin. Parecen juegos de un niño, humoradas, pero en realidad son éxtasis del sentido y del contrasentido.
Canetti amplió el registro aforístico como ningún otro. Cultivó la ocurrencia, cómo no, pero hizo mucho más que ocurrencias.
Quiero saludar al hombre de las cavernas a cien años de su nacimiento. Quiero morir con un aforismo suyo en la mano.
(Columna publicada el 28 de julio de 2005.)



1 comentario:
Con Canetti tenemos una deuda terrible, el Hércules judío que cortó las cabezas de la hiedra. d.
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