El pellejo de las cosas
El agua sube y sube. No se nadar. Mi papa nunca me enseñó a nadar. Cierta vez le dije que me enseñara. Entonces entró en furia. Descolgó el cincho. Me pegó. Mi papá me pegaba, todo el tiempo. El cincho lo tenía colgado en la pared de la cocina. Me pegaba con el cincho. Pero a veces me pegaba con lo que tuviera enfrente.
La lluvia sigue cayendo sobre el pellejo de las cosas. Sobre la tierra. Sobre los caminos. El agua sigue subiendo. Me llega a los muslos.
¿Por qué me pegaba mi papá? Por todo y por nada. Si no terminaba el oficio a tiempo, me pegaba. Si no me acostaba temprano, me pegaba. Si no me despertaba temprano, me pegaba. Si estaba borracho, me pegaba. Y si no lo estaba, también.
Una vez agarró su largo machete negro.
La sangre virgen brotó de mi frente.
Talvez Dios se enojó con nosotros y es por eso que no para de llover. Es una lluvia limpia, honrada.
Otro día, me tiró a una de las pozas. Por suerte, allí estaba uno de los hombres que trabajan en la montaña; me rescató. Mi papá no se había dado cuenta de que aquel hombre estaba tan cerca. Mi papá quería matarme. El hombre le reclamó a mi papá. “Él solito se metió”, dijo mi padre, mintió mi padre.
El planeta se hunde bajo esta lluvia. El agua sube y sube. El agua me llega a la cintura.
También sucedió que mi papá llegó a hacer un escándalo a la escuelita. Ese día conocí la vergüenza.
Con el largo machete negro, así lo maté. O con el cincho de la pared de la cocina: lo azoté hasta el cansancio. Enterré a mi papá cerca de la poza: la misma poza de dónde me había rescatado aquel hombre.
El agua ya me llega hasta el cuello. Voy a morir. No se nadar. Mi papá me está agarrando la mano, me está jalando. Yo me sostengo con la otra, no voy a aguantar. Yo sé que es mi papá quién me está jalando para abajo.
(Columna publicada el 21 de julio de 2005.)
La lluvia sigue cayendo sobre el pellejo de las cosas. Sobre la tierra. Sobre los caminos. El agua sigue subiendo. Me llega a los muslos.
¿Por qué me pegaba mi papá? Por todo y por nada. Si no terminaba el oficio a tiempo, me pegaba. Si no me acostaba temprano, me pegaba. Si no me despertaba temprano, me pegaba. Si estaba borracho, me pegaba. Y si no lo estaba, también.
Una vez agarró su largo machete negro.
La sangre virgen brotó de mi frente.
Talvez Dios se enojó con nosotros y es por eso que no para de llover. Es una lluvia limpia, honrada.
Otro día, me tiró a una de las pozas. Por suerte, allí estaba uno de los hombres que trabajan en la montaña; me rescató. Mi papá no se había dado cuenta de que aquel hombre estaba tan cerca. Mi papá quería matarme. El hombre le reclamó a mi papá. “Él solito se metió”, dijo mi padre, mintió mi padre.
El planeta se hunde bajo esta lluvia. El agua sube y sube. El agua me llega a la cintura.
También sucedió que mi papá llegó a hacer un escándalo a la escuelita. Ese día conocí la vergüenza.
Con el largo machete negro, así lo maté. O con el cincho de la pared de la cocina: lo azoté hasta el cansancio. Enterré a mi papá cerca de la poza: la misma poza de dónde me había rescatado aquel hombre.
El agua ya me llega hasta el cuello. Voy a morir. No se nadar. Mi papá me está agarrando la mano, me está jalando. Yo me sostengo con la otra, no voy a aguantar. Yo sé que es mi papá quién me está jalando para abajo.
(Columna publicada el 21 de julio de 2005.)


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