Carrera presidencial
1829. Rafael Carrera toca su tambor. Sonríe. Sonríe, o a lo mejor no, pero su mueca tiene algo muy parecido a una sonrisa. Bah, qué importa. Mejor pongamos atención a lo que está haciendo Ramiro de León Carpio: se está tomando un whiskey; está en una reunión social; los vasos repican. Gabino Gainza pasa muy cerca de él, entre la gente; se dirige directamente a la puerta, y luego a su automóvil, y después a Esquipulas, en dónde Cerezo se ha juntado con otros gobernantes centroamericanos. En el camino, presenciará un choque: una camioneta, un trailer. Y al día siguiente, leerá la noticia en el periódico Editor Constitucional, de Pedro Molina, mientras escucha el llanto de un bebé: este bebé se llama Carlos Manuel Arana, es el año 1918. Gainza no es el único que está leyendo en la sala: también lo hace José Cecilio del Valle, con enconada paciencia. Está leyendo a ese poeta chileno que vino a dar una lectura hace poco. Incluso Ubico llegó a escucharlo. ¿Neruda, se llamaba? José Cecilio no recuerda. Mira por la ventana, pensativo. Afuera, en la calle, están fusilando a Morazán. Los soldados se cuadran. Los cadetes se cuadran. Castillo Armas se cuadra. Fusilan a Morazán, y de paso disparan al grupo de patriotas que gritan: “Muerte a Cerna”. Los están matando a todos. Justo Rufino Barrios cae, en Chalchuapa. Es todo muy confuso, pero la municipalidad, presidida por Alvaro Arzú, tendrá serios problemas mañana para quitar la sangre de las calles. Portillo aprovecha para huir por la Avenida Reforma, pero no la de Reyna Barrios, sino la de México. Casi atropella a Árbenz. ¿O es a Mariano Gálvez? ¿O es a Manuel Lisandro Barillas? Rafael Carrera sigue tocando el tambor. Graves signos revolotean en su cabeza, pero no sabe leerlos. Rafael Carrera no sabe leer.
(Columna publicada el 14 de julio de 2005.)
(Columna publicada el 14 de julio de 2005.)



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