Lluvia de Oriente
He venido corriendo desde mi habitación hasta una de las mesas –por demás techadas– que bordean la piscina del hotel: aquí escribiré mi columna. He corrido como loco porque, más que lloviendo, está diluviando, y no quería mojarme –aunque naturalmente me he mojado.
Los ríos de Zacapa han crecido de una manera alarmante, me dicen. Pero aquí se está bien: ha refrescado bastante; me he escapado de ese maldito aire acondicionado de la habitación; tengo en el i pod a Dylan; y para completar mi felicidad: estoy en Oriente.
Mi familia política es de Zacapa. Lo cuál agradezco. Antes de conocerlos, Zacapa no era más que un mito torpe en mi cabeza: un sauna desértico con pistoleros malencarados. Percepción bastante generalizada, muy imprecisa.
Zacapa en realidad es uno de los lugares más poéticos del país. Suya es la poesía del desierto (tunas, etcétera). Un desierto raro, amenazado todo el tiempo por la presencia del Motagua y bifurcaciones, así como por los ríos que bajan de la imponente y colindante Sierra de las Minas.
Hoy estuvimos dando vueltas en automóvil, nos introdujimos en caminos de puro esplendor. La lluvia ha hecho crecer todo: el llamado bosque espinoso.
La gente de Zacapa es gente (todavía) clara: sin tantos limbos, sin esos extravagantes purgatorios internos, como en otros partes de Guatemala, y a menudo sin medias tintas. Eso les da mucha fuerza. Poseen un poderoso ingenio de circunstancia, un cierto cinismo desacralizante, involuntario a veces, pero cultivado sin duda. Zacapa, aparte de un lugar geográfico, es una trama de anécdotas, historias, de relatos, que se sobreponen al lugar físico, amplificándolo.
La lluvia.
(Columna publicada el 7 de julio de 2005.)
Los ríos de Zacapa han crecido de una manera alarmante, me dicen. Pero aquí se está bien: ha refrescado bastante; me he escapado de ese maldito aire acondicionado de la habitación; tengo en el i pod a Dylan; y para completar mi felicidad: estoy en Oriente.
Mi familia política es de Zacapa. Lo cuál agradezco. Antes de conocerlos, Zacapa no era más que un mito torpe en mi cabeza: un sauna desértico con pistoleros malencarados. Percepción bastante generalizada, muy imprecisa.
Zacapa en realidad es uno de los lugares más poéticos del país. Suya es la poesía del desierto (tunas, etcétera). Un desierto raro, amenazado todo el tiempo por la presencia del Motagua y bifurcaciones, así como por los ríos que bajan de la imponente y colindante Sierra de las Minas.
Hoy estuvimos dando vueltas en automóvil, nos introdujimos en caminos de puro esplendor. La lluvia ha hecho crecer todo: el llamado bosque espinoso.
La gente de Zacapa es gente (todavía) clara: sin tantos limbos, sin esos extravagantes purgatorios internos, como en otros partes de Guatemala, y a menudo sin medias tintas. Eso les da mucha fuerza. Poseen un poderoso ingenio de circunstancia, un cierto cinismo desacralizante, involuntario a veces, pero cultivado sin duda. Zacapa, aparte de un lugar geográfico, es una trama de anécdotas, historias, de relatos, que se sobreponen al lugar físico, amplificándolo.
La lluvia.
(Columna publicada el 7 de julio de 2005.)


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