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Escapé a La Antigua. Lo necesitaba. Toda esa ira, esa frustración… Era preciso cambiar de atmósfera.
El cuarto de hotel: perfecto. Los cuadros, el cortinaje, la chimenea –y un olor eterno a madera. Me puse a inspeccionar las gavetas: una vieja costumbre. Vacías.
Salvo una. Adentro, una cámara digital. No pude resistirme: cuarenta y dos fotos almacenadas en el memory stick. Todas de La Antigua. Pero no La Antigua tal y como la conocemos: en las fotos aparecía completamente destruida, catastrófica, como sacudida por un violento terremoto. Una Antigua en ruinas. Y la catedral estaba en ruinas; el convento de la Merced estaba en ruinas; los hoteles estaban en ruinas; y los cafés, los restaurantitos, las escuelas de salsa: ¡las ruinas estaban en ruinas! Muy escalofriante.
“Bah”, terminé diciendo, “pura manipulación visual; la tecnología no tiene fronteras”.
Me eché a dormir. El fuego de la chimenea crepitó nerviosamente, toda la noche.
Al otro día, me levantó un gran escándalo: alguien tocaba a la puerta. Una mujer, según pude comprobar al abrir.
–¿En dónde está? –preguntó, zambulléndose en el cuarto.
No acerté a decir nada –aún estaba dormido.
–La Cámara –dijo–. ¿En dónde está?
Talvez era alemana. Parecía muy inquieta.
Molesto o sorprendido, le entregué el artefacto. Suspiró, aliviada:
–Hoy es el día. La Cámara nunca falla. Si fuera usted, me iría inmediatamente de este lugar. ¡Toda la ciudad será barrida! ¡Nada quedará en pie! Lo ha dicho la Cámara.
Luego, partió.
El resto del día, me la pasé admirando los parques, los dinteles, las extranjeras, las cúpulas. Regresé al hotel hasta la noche. Aticé el fuego de la chimenea. La ira, la frustración se habían esfumado. Dormí como un bebé.
(Columna publicada el 30 de junio de 2005.)
El cuarto de hotel: perfecto. Los cuadros, el cortinaje, la chimenea –y un olor eterno a madera. Me puse a inspeccionar las gavetas: una vieja costumbre. Vacías.
Salvo una. Adentro, una cámara digital. No pude resistirme: cuarenta y dos fotos almacenadas en el memory stick. Todas de La Antigua. Pero no La Antigua tal y como la conocemos: en las fotos aparecía completamente destruida, catastrófica, como sacudida por un violento terremoto. Una Antigua en ruinas. Y la catedral estaba en ruinas; el convento de la Merced estaba en ruinas; los hoteles estaban en ruinas; y los cafés, los restaurantitos, las escuelas de salsa: ¡las ruinas estaban en ruinas! Muy escalofriante.
“Bah”, terminé diciendo, “pura manipulación visual; la tecnología no tiene fronteras”.
Me eché a dormir. El fuego de la chimenea crepitó nerviosamente, toda la noche.
Al otro día, me levantó un gran escándalo: alguien tocaba a la puerta. Una mujer, según pude comprobar al abrir.
–¿En dónde está? –preguntó, zambulléndose en el cuarto.
No acerté a decir nada –aún estaba dormido.
–La Cámara –dijo–. ¿En dónde está?
Talvez era alemana. Parecía muy inquieta.
Molesto o sorprendido, le entregué el artefacto. Suspiró, aliviada:
–Hoy es el día. La Cámara nunca falla. Si fuera usted, me iría inmediatamente de este lugar. ¡Toda la ciudad será barrida! ¡Nada quedará en pie! Lo ha dicho la Cámara.
Luego, partió.
El resto del día, me la pasé admirando los parques, los dinteles, las extranjeras, las cúpulas. Regresé al hotel hasta la noche. Aticé el fuego de la chimenea. La ira, la frustración se habían esfumado. Dormí como un bebé.
(Columna publicada el 30 de junio de 2005.)


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