Ese pendejo Cicerón
Godoy perdió el ojo en el estadio. El presidente dijo, apenado: “Qué mala suerte”. Oh, la vida es tan voluble. Gaspar Ilom murió en una piscina. La gente de Senahú también: murió nadando en una tremenda piscina de lodo y advertencias desoídas, es decir de buenas intenciones (que sirven básicamente para hacer la mezcla de asfalto con que fabrican las supercarreteras que van derechito al infierno). Luego vino lo otro, ese sucio asunto: lo del Mariscal Zavala. La cereza del pastel. ¿Mala suerte? ¿Accidentes? No existen. A eso voy. Si toca, toca. Y en Guatemala toca más seguro. Te van a puyar en una camioneta; tu marido te va a desmantelar a trancazos; te va a corromper la política, la droga, el cinismo, la estrechez de miras; o vas a convertirte en el desayuno de la famosa Bandada de Zopilotes Depravados que cruzan los aires infectos de la Capital en busca perpetua de peatones malparados y usualmente malparidos. Nada de contingente, nada de accidental hay en estos sucesos. Por favor, decir tal cosa no es más que un tramposo denuesto. Esos sucesos forman, por el contrario, parte de una gran necesidad, y cuando digo necesidad lo digo en el sentido filosófico de la palabra. Necesario: lo que no puede no ser. Pero lo digo también en el sentido sórdido, digamos local de la expresión: hay necesidad, hay hambre, hay una miseria y una inseguridad malditas. Filosofar es aprender a morir, dijo Sócrates, luego Cicerón, luego Montaigne, y un resto de otras gentes sin oficio. En tal caso, en Guatemala todos estamos filosofando, y la mitad de la población es ya el equivalente a un Heidegger o un Wittgenstein. Con tanto genio, es obvio que los libros salen sobrando.
(Columna publicada el 23 de junio de 2005.)
(Columna publicada el 23 de junio de 2005.)



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