'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Egológica (1)

Nos acusan, a los escritores, de tener un ego gigantesco. Como si ellos lo tuvieran más chiquito.
           
Si alguien te acusa de tener el ego hipertrofiado podés dar por seguro que el suyo es más o menos del mismo tamaño. En lo personal no ando negando el mío, ni ocultándolo en el gabinete de las calculadas discreciones. Más bien lo exhibo, para irritar a los de siempre. Hay quienes en cambio apelan a una hipocresía victoriana, ni muy siquiera efectiva, pues al final se les termina saliendo igual, ese ego decisivo, como la guaca le brota al bolo.
           
A lo mejor no es que los escritores tengan un ego más grande: es simplemente que lo esconden menos y expresan más. Es decir: un escritor  explicita toda clase de cosas, y entre las cosas que explicita, está su propio ego.
           
No vamos a refutar que hay muchos artistas que operan desde un narcisismo rampante y una clara egolatría. De veras creen que son seres especiales. Cuando realmente no lo son, porque ese talento que tienen, si lo tienen, ni siquiera es de ellos, en sentido estricto: es prestado. Otros, más triste aún, proclaman un talento que solo existe en su cabeza. Nos pasa a todos.  
           
De otra parte muchos de esos que desprecian el ego de artistas y criaturas afines no se ponen a pensar que a lo mejor estos necesitan de esa estructura egoica para proteger una sensibilidad que de otro modo sería destruida a machetazos. El ego en ese sentido tiene una razón de ser: funciona como un exoesqueleto. Un egoesqueleto.
           
En otra dirección yo creo que es responsabilidad del artista tener un poco de maldito ego. En lo personal, la clase de artistas que admiro siempre poseen alguna insolencia, actitud y asertividad. Triste es que se le busque a un artista las virtudes de un fraile franciscano.
           
Por supuesto, se les agradecería a esas personas que acusan a otras de tener un gran ego que se tomen la molestia de definirlo. Pues a menudo hablan del ego (y nunca del propio, por supuesto) sin ni muy siquiera saber qué es. Y sobre esa indefinición se montan como lampreas.
           
Y no es que el ego carezca de definición. Más bien lo contrario: hay demasiadas definiciones del ego, en el ambiente. Uno podría, por mera diversión, juntar unas veinte, en el habla común, la psicología, la filosofía, la espiritualidad. Al final ego significa tantas cosas que no significa ninguna. Es una palabra comodín.
           
Con frecuencia se asocia el ego a algo malo en la persona. El ego viene a ser algo así como una vaga enfermedad entre moral y venérea. Y así como antes se hablaba del pecado de alguien hoy se habla de su ego. Realmente es la razón por la cual la palabra ego es una de las palabras más sobreutilizadas del planeta: porque nos permite devaluar al otro a gusto y sin pena.
           
Y sin embargo no hay mecanismo más egoico que hablar del ego de los demás (y asumir que está más dañado que el de uno). ¿Hay que ser un genio para comprender que es el mismo ego el que habla del ego del prójimo? El ego del otro es entonces un problema del propio ego.
           
Agreguemos que realmente no existen instrumentos para medir el ego ajeno, aunque en ciertos casos, no vamos a discutirlo, la cosa es evidente.


(Buscando a Syd publicada el 19 de enero de 2017 en El Periódico.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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