'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Rara avis

He presenciado la muerte de mis sagas personales con una sonrisa satisfecha. No importa si se trata del skating, las drogas, la ciudad, esta o aquella corriente ideológica, y todo el resto de caprichos y cabarets neocorticales que surcaron mis décadas: todo acabó derrumbándose. Lo cuál es perfecto: un recorte necesario para que la vida siguiera en pleno funcionamiento.

Recientemente me pasó con la literatura. Me levanté un día de la cama, y decidí que ya estaba hasta la coronilla de las letras.

Desde el punto de vista de la sanidad, escribir es una actividad sumamente degenerada. El escritor que se toma demasiado en serio a sí mismo está condenado a toda clase de atrofias físicas, disfunciones neurales y llagas psicoanómalas de orden diverso, además de una desoladora megalomanía. Ni el vitalista Hemingway pudo escapar a la enfermedad mental.

La cosa no termina con el escritor. La misma sociedad se empeña en crear fantasías y supersticiones en torno a la gramática. Se ha llegado a pensar, desde Diderot a nuestros días, que un libro es el vehículo perfecto de la libertad. De tantas religiones, la religión del libro es la peor, porque sus seguidores están convencidos de que no son religiosos ellos mismos, y de que no creen en un Dios barato, cuando la realidad es hartamente lo contrario.

Por fortuna, el internet ha democratizado la escritura y habrá más posibilidades de que el humano de a pie –no el pío intelectual que en las fiestas nos agota ducalmente a todos con mortales clasificaciones– al ponerse a escribir él también, comprenda por fin el fiasco inherente al procedimiento literario, y de una vez se pase por el culo los mandos editoriales, los museos, los pénsums, los centenarios, y el resto de plastilinas que ensamblan nuestro repugnante engreimiento cultural.


(Columna publicada el 19 de marzo de 2009.)

3 comentarios:

Alfonso dijo...

Al final la literatura es tan innecesaria como indeseable y perniciosa le es al mundo la humanidad, un libro y una camioneta son ambos vehículos hacia el engaño o la desilusión, ambos pueden ser igual de peligrosos y ambos echan humaredas molestas, como se ve el escritor y el chofer están hermanados

itizer dijo...

siii! me gusta cuando los escritores se dan cuenta de estas cosas, y al menos tienen el corage de decirlo. claro que decirlo puede ser solo otra pose, pero eso ya no me toca a mi juzgarlo.

Diego dijo...

Dos cosas: Hay cándidos que usarán este discurso para justificar su pobreza lectora. Otros agradecemos tu opinión. d.

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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