Viaje a Los Cuchumatanes
Realmente, ¿a quién se le ocurre ir a Los Cuchumatanes en helicóptero? Tanta belleza es preciso merecerla, conquistarla, ganarla kilómetro a kilómetro, en una cruzada criptoesotérica de interminables horas en automóvil.
Y sin embargo, henos aquí sobrevolando aristocráticamente la escarpada topografía nacional, sus pieles geológicas y sus cicatrices. La verdad, nada mal. Pero al llegar a nuestro destino, éste nos cobra con creces la falta de empeño, la poca mística, la comodidad, en fin…
Verán, Los Cuchumatanes es un lugar frío y extraño… Te castiga con su extrañeza. El viaje en automóvil te prepara de algún modo para esa extrañeza –especie de precalentamiento ceremonial o rito de pasaje– pero el viaje en helicóptero en cambio es tan breve y elíptico, que cuando bajas del aparato, el paisaje te revienta en la cara como una granada de mano.
Un lugar frío y extraño… El suyo es un idioma intraducible de rocas, espinas, planicies desoladas, arbustos alienantes, charcos, lodos, musgos, y caminos que se pierden en la niebla… Todo significa, no cesa de significar: nada tiene significado.
Talvez no es un lugar, propiamente, solamente un instante cambiante, fantasmal, brumoso, en los confines del ser…
En Los Cuchumatanes es muy fácil volverse loco. Desde luego, lo mejor es salir huyendo antes de que sea demasiado tarde. Pero siempre es demasiado tarde para huir de Los Cuchumatanes. Cuando te das cuenta de lo que está sucediendo, tu alma ya no es más tu alma, sino una roca o un maguey, o una lluvia tristísima cayendo del otro lado de la ventana… Y todo está lejos: las personas que quieres, la ciudad. Y un Duende, Ente, o Elemental, te espera en la montaña, para degollarte.
Realmente, ¿a quién se le ocurre ir a Los Cuchumatanes en helicóptero?
(Columna publicada el 2 de junio de 2005.)
Y sin embargo, henos aquí sobrevolando aristocráticamente la escarpada topografía nacional, sus pieles geológicas y sus cicatrices. La verdad, nada mal. Pero al llegar a nuestro destino, éste nos cobra con creces la falta de empeño, la poca mística, la comodidad, en fin…
Verán, Los Cuchumatanes es un lugar frío y extraño… Te castiga con su extrañeza. El viaje en automóvil te prepara de algún modo para esa extrañeza –especie de precalentamiento ceremonial o rito de pasaje– pero el viaje en helicóptero en cambio es tan breve y elíptico, que cuando bajas del aparato, el paisaje te revienta en la cara como una granada de mano.
Un lugar frío y extraño… El suyo es un idioma intraducible de rocas, espinas, planicies desoladas, arbustos alienantes, charcos, lodos, musgos, y caminos que se pierden en la niebla… Todo significa, no cesa de significar: nada tiene significado.
Talvez no es un lugar, propiamente, solamente un instante cambiante, fantasmal, brumoso, en los confines del ser…
En Los Cuchumatanes es muy fácil volverse loco. Desde luego, lo mejor es salir huyendo antes de que sea demasiado tarde. Pero siempre es demasiado tarde para huir de Los Cuchumatanes. Cuando te das cuenta de lo que está sucediendo, tu alma ya no es más tu alma, sino una roca o un maguey, o una lluvia tristísima cayendo del otro lado de la ventana… Y todo está lejos: las personas que quieres, la ciudad. Y un Duende, Ente, o Elemental, te espera en la montaña, para degollarte.
Realmente, ¿a quién se le ocurre ir a Los Cuchumatanes en helicóptero?
(Columna publicada el 2 de junio de 2005.)


1 comentario:
jajajajajajajajajajaja!!!!!! por Dios, me duele mi estómago de la risa!! jajajajaja!!!
Lo mío fue una experiencia estética, ahh, un bus con muchas gallinas agitando sus alas, plumas por todos lados, olor a sobaco, viejos escupiendo, señoras vomitando, todo en un bonito trayecto desde Huhuetenango hasta Cuchu, en fin... tres horas para llegar a un sitio donde estaríamos la semana entera buscando ovnis en el cielo (vimos uno, eso sí).
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