July
Una nerviosidad pero una parsimonia: una delicadeza pero una indignación: una fragilidad pero un desencanto: Julio Mendizábal (July, le pusimos de apodo los amigos, transponiendo su nombre al inglés) vivió a menudo estos contrastes. Si los supo sortear, no lo sé. La última vez, lo vi en la calle: que había terminado un libro, me dijo, una novela, creo, pensaba publicarla en Magna Terra, me parece.
En otras épocas, nos frecuentábamos bastante. Fueron noches y noches de juerga. Alimentaba una vida secreta: era un hombre callado. O talvez yo estaba tan loco y tan absorbido por mí mismo que no le puse verdadera atención. Acaso esas confesiones que me comunicó, esas intimidades que lo trabajaban por dentro, se perdieron en las sucesivas borracheras. A menudo, simplemente se iba a deshoras: se iba solo.
¿En dónde lo conocí? ¿Fue en la Landivar? Eso creo. Él también leyó a Umbral, de eso hablábamos. Una película le despertaba inquietudes, emociones; una banda; tal libro. En La Jacaranda, desfilaban los litros de Gallo. Estando a mil, librábamos discusiones encendidas. Era muy callado, y siendo así de tímido, a la vez opinaba, descalificaba, disentía: otro de sus irremediables contrastes.
Como yo, terminó en el periodismo: en el periodismo cultural. Tenía su columna: “Ciudad Despierta”. La suya es otra historia urbana: murió asfixiado en su apartamento de la zona 1. Es mejor que morir de un cáncer del colon.
Cómo cuesta escribir de los amigos muertos: un día serán tantos, no podré hacerlo más: estaré muerto yo también.
Compartimos nuestra buena dosis, nuestra buena dosis de risas: éramos un grupo de amigos muy unido. Los buenos momentos: también ésos están allí: pájaro glorioso de cenizas.
(Columna publicada el 9 de junio de 2005.)
En otras épocas, nos frecuentábamos bastante. Fueron noches y noches de juerga. Alimentaba una vida secreta: era un hombre callado. O talvez yo estaba tan loco y tan absorbido por mí mismo que no le puse verdadera atención. Acaso esas confesiones que me comunicó, esas intimidades que lo trabajaban por dentro, se perdieron en las sucesivas borracheras. A menudo, simplemente se iba a deshoras: se iba solo.
¿En dónde lo conocí? ¿Fue en la Landivar? Eso creo. Él también leyó a Umbral, de eso hablábamos. Una película le despertaba inquietudes, emociones; una banda; tal libro. En La Jacaranda, desfilaban los litros de Gallo. Estando a mil, librábamos discusiones encendidas. Era muy callado, y siendo así de tímido, a la vez opinaba, descalificaba, disentía: otro de sus irremediables contrastes.
Como yo, terminó en el periodismo: en el periodismo cultural. Tenía su columna: “Ciudad Despierta”. La suya es otra historia urbana: murió asfixiado en su apartamento de la zona 1. Es mejor que morir de un cáncer del colon.
Cómo cuesta escribir de los amigos muertos: un día serán tantos, no podré hacerlo más: estaré muerto yo también.
Compartimos nuestra buena dosis, nuestra buena dosis de risas: éramos un grupo de amigos muy unido. Los buenos momentos: también ésos están allí: pájaro glorioso de cenizas.
(Columna publicada el 9 de junio de 2005.)


No hay comentarios:
Publicar un comentario