Autorretrato
Esta fiebre que no me abandona. He muerto millones de veces. Soy un hombre insatisfecho. ¿Es acaso eso algo tan inconfesable? He cruzado el continente entero de la miseria mental como un beduino abnegado, un mercader del desierto con nada que vender, salvo unos signos en la arena. Y a mis veintinueve años (que hoy cumplo) me considero un veterano en estas cuestiones. ¿Aún demasiado joven, dice Vd.? Es verdad: un tracto intestinal es algo muy largo.
Pero ya que estamos sentimentales, y siendo hoy mi cumpleaños, les quiero comentar un secreto: soy un buen vecino, que no se mete con nadie, salvo con aquellos que se me quedan viendo, en la calle. ¿Qué mierdas están viendo, me pregunto yo? Alguien les tiene que sacar los ojos. Más allá de eso, soy un tipo bastante tranquilo. No me gusta la compañía, no contesto el teléfono. Tengo los pies bien puestos sobre la madre tierra.
La consigna es: no cristalizar; colonizar mi propio cerebro; morir como un hombre. Pero para morir como un hombre, hay que vivir como un hombre.
Tengo otra confesión: he querido leer muchas veces Hombres de maíz, y nunca paso del cuarto párrafo. Ese libro es ilegible.
Soy un guatemalteco de categoría inestable que no se cansa de su metrópoli contradictoria, y por ella se cortaría las venas. Hay venas que nos llevan a otras venas que nos llevan a otras venas que no llevan a ningún lado. Lo cuál es hermoso.
Son pocos los que me quieren, pero esos pocos me quieren mucho.
Me levanto todos los días a las seis de la mañana. Soy agnóstico, y a veces ateo, y a veces creyente. Tanta indecisión no me acompleja: me hace especial. Contrariamente a lo que varios piensan, no tengo dinero. Publico cada jueves un pequeño epitafio. Los epitafios, a la hora de los plomazos, son los primeros en salir corriendo.
(Columna publicada el 26 de mayo de 2005.)
Pero ya que estamos sentimentales, y siendo hoy mi cumpleaños, les quiero comentar un secreto: soy un buen vecino, que no se mete con nadie, salvo con aquellos que se me quedan viendo, en la calle. ¿Qué mierdas están viendo, me pregunto yo? Alguien les tiene que sacar los ojos. Más allá de eso, soy un tipo bastante tranquilo. No me gusta la compañía, no contesto el teléfono. Tengo los pies bien puestos sobre la madre tierra.
La consigna es: no cristalizar; colonizar mi propio cerebro; morir como un hombre. Pero para morir como un hombre, hay que vivir como un hombre.
Tengo otra confesión: he querido leer muchas veces Hombres de maíz, y nunca paso del cuarto párrafo. Ese libro es ilegible.
Soy un guatemalteco de categoría inestable que no se cansa de su metrópoli contradictoria, y por ella se cortaría las venas. Hay venas que nos llevan a otras venas que nos llevan a otras venas que no llevan a ningún lado. Lo cuál es hermoso.
Son pocos los que me quieren, pero esos pocos me quieren mucho.
Me levanto todos los días a las seis de la mañana. Soy agnóstico, y a veces ateo, y a veces creyente. Tanta indecisión no me acompleja: me hace especial. Contrariamente a lo que varios piensan, no tengo dinero. Publico cada jueves un pequeño epitafio. Los epitafios, a la hora de los plomazos, son los primeros en salir corriendo.
(Columna publicada el 26 de mayo de 2005.)


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