Idiotas mundos perfectos
Algunos dislocados de la cabeza aún piensan que los niños son menos que seres humanos, es decir: que son seres humanos en potencia. Así los miran: deformes. Exentos de forma. Nebulosos, flácidos, lechosos. Para estos insensatos los niños son organismos diarreicos que es preciso encaramar al retrete antes de que la civilización se caiga a pedazos, y entienden la niñez como una suerte de barro que hay que informar, endurecer, y de todo ello sacar vasijas. Cuando la vasija ya está bien dura (luego de franquear el horno llamado “Escuela”, cuyas altas temperaturas purificadoras incineran todo asomo de espontaneidad) entonces la rompen con un martillo, escolásticamente.
Pues no. Un niño es como nosotros, es un ser humano. Entre otras cosas, merece literatura seria. Ariel Ribeaux puso sus servicios narrativos a la orden de la literatura infantil, lo cual resulta en suma heroico, considerando que es a menudo un género mal visto, un género que los ignorantes –la gran mayoría, es decir– osan llamar menor. Ariel no escribió, por fortuna, para la gran mayoría, sino para la pequeña mayoría: para los niños. Quiso darle a la literatura infantil autonomía y rigor literarios. Cierta vez me dijo que todo aquello que ya se había utilizado en la literatura para adultos –técnicas audaces, rutas movedizas y novedosas– estaba por trasladarse aún a la literatura infantil. Ariel abogaba por estrategias narrativas que estuviesen, en el fondo –y en la forma–, en sintonía con la inmensa vitalidad cerebral de los chicos. Cuentos e historias nada complacientes con el happy end, es decir, que no pintan idiotas mundos perfectos, entelequias y arcoiris de colores.
Porque en el mundo real, a los escritores de literatura infantil los bajan a tiros en la calle.
(Columna publicada el 19 de mayo de 2005.)
Pues no. Un niño es como nosotros, es un ser humano. Entre otras cosas, merece literatura seria. Ariel Ribeaux puso sus servicios narrativos a la orden de la literatura infantil, lo cual resulta en suma heroico, considerando que es a menudo un género mal visto, un género que los ignorantes –la gran mayoría, es decir– osan llamar menor. Ariel no escribió, por fortuna, para la gran mayoría, sino para la pequeña mayoría: para los niños. Quiso darle a la literatura infantil autonomía y rigor literarios. Cierta vez me dijo que todo aquello que ya se había utilizado en la literatura para adultos –técnicas audaces, rutas movedizas y novedosas– estaba por trasladarse aún a la literatura infantil. Ariel abogaba por estrategias narrativas que estuviesen, en el fondo –y en la forma–, en sintonía con la inmensa vitalidad cerebral de los chicos. Cuentos e historias nada complacientes con el happy end, es decir, que no pintan idiotas mundos perfectos, entelequias y arcoiris de colores.
Porque en el mundo real, a los escritores de literatura infantil los bajan a tiros en la calle.
(Columna publicada el 19 de mayo de 2005.)


No hay comentarios:
Publicar un comentario