Listerine
Me aparto: salgo a caminar.
Los pelícanos cruzan el cielo, como aviones nazis. Las olas parecen olas de Listerine. Voy dejando huellas, pero el mar, envidioso, las borra, inopinadamente.
Me detengo: eso largo y quieto es un pez muerto en la arena. Es gigantesco. Por la herida del animal florecen tiernas vísceras. Son hermosas; el mar las ha pulido bastante, y azulean; es como si les hubiese pintado Monet.
Sigo caminando hasta llegar a Monterrico. Una comunidad sin nombre se ha apoltronado al borde del mar. La peripecia del ocio. Niños, gordos, embarazadas, ancianos, adolescentes, padres y asesinos. Hoy es domingo.
Camino un poco entre la gente, luego tomo asiento en la arena. Los veo, están felices. Me gusta su felicidad. Pero no soy igual a ellos. Nunca me he sentido igual a ellos. Ni a ellos ni a los otros.
Después de un rato, me dan ganas de irme. Pero a la vez tengo ganas de quedarme. No sé qué hacer. No saber qué hacer es una forma de hacer algo.
Al fin me levanto.
En un momento, volteo: la gente ha quedado lejos.
Me encuentro con un pez muerto, pero no es el mismo de hace un rato: es otro pez. Éste pez no es tan largo, y no está roto como aquél. Éste pez es muy raro: está cubierto de espinas, como un puercoespín. Es para defenderse. Pero está muerto.
Antes de llegar al chalet, titubeo: puedo imaginarlos a todos en la piscina, tomando cócteles, hablando de películas. Me cansa. No quiero estar allí. Por otro lado, tengo sed, me gustaría tomar algo. Es tonto.
El mar hace gran bulla, revolcando sus fetiches ocultos. Me gustaría sumergirme allí dentro. El mar hace gran bulla.
En efecto, están todos en la piscina, tomando cócteles, hablan de películas. Voy directo al baño, sin saludar. Me lavo bien la boca. Con Listerine.
(Columna publicada el 12 de mayo de 2005.)
Los pelícanos cruzan el cielo, como aviones nazis. Las olas parecen olas de Listerine. Voy dejando huellas, pero el mar, envidioso, las borra, inopinadamente.
Me detengo: eso largo y quieto es un pez muerto en la arena. Es gigantesco. Por la herida del animal florecen tiernas vísceras. Son hermosas; el mar las ha pulido bastante, y azulean; es como si les hubiese pintado Monet.
Sigo caminando hasta llegar a Monterrico. Una comunidad sin nombre se ha apoltronado al borde del mar. La peripecia del ocio. Niños, gordos, embarazadas, ancianos, adolescentes, padres y asesinos. Hoy es domingo.
Camino un poco entre la gente, luego tomo asiento en la arena. Los veo, están felices. Me gusta su felicidad. Pero no soy igual a ellos. Nunca me he sentido igual a ellos. Ni a ellos ni a los otros.
Después de un rato, me dan ganas de irme. Pero a la vez tengo ganas de quedarme. No sé qué hacer. No saber qué hacer es una forma de hacer algo.
Al fin me levanto.
En un momento, volteo: la gente ha quedado lejos.
Me encuentro con un pez muerto, pero no es el mismo de hace un rato: es otro pez. Éste pez no es tan largo, y no está roto como aquél. Éste pez es muy raro: está cubierto de espinas, como un puercoespín. Es para defenderse. Pero está muerto.
Antes de llegar al chalet, titubeo: puedo imaginarlos a todos en la piscina, tomando cócteles, hablando de películas. Me cansa. No quiero estar allí. Por otro lado, tengo sed, me gustaría tomar algo. Es tonto.
El mar hace gran bulla, revolcando sus fetiches ocultos. Me gustaría sumergirme allí dentro. El mar hace gran bulla.
En efecto, están todos en la piscina, tomando cócteles, hablan de películas. Voy directo al baño, sin saludar. Me lavo bien la boca. Con Listerine.
(Columna publicada el 12 de mayo de 2005.)


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