Gore TV
Quemaduras, úlceras, cisuras, lívidos cadáveres, organismos en estado de putrefacción, rostros magullados, sangre en abundancia, órganos en directo... La programación nos suministra una bella dosis de descomposición y muerte.
Sobre la mesa, el cadáver ostenta un magnífico rigor mortis. Costras y pústulas lo cubren mayormente, y en el costado, reconocemos una viciosa herida, un espectáculo sanguinolento. Esto es la televisión, por estos días. Cualquiera diría que nos estamos transformando en aves carroñeras.
No nos perdemos un capítulo de CSI. Ya saben: ese programa sobre investigaciones forenses, que ocupa un sitial de honor en la programación del canal Sony. Claro que nos gusta la meticulosidad, genio y virtuosismo con el cuál son resueltos los casos, pero también nos atraen todos esos cuerpos tiesos y azulosos, excesivos y crispados. Hace treinta años, tanta sangre y piel corrupta hubiese despertado en nosotros una legítima angustia situacional. Hoy nuestra resistencia a este tipo de imágenes se ha robustecido notablemente, hasta el punto en que necesitamos mayores dosis cada vez o de lo contrario el hastío se abre muy pronto en nosotros, como una araña inquieta. El teleespectador es un necrófago consuetudinario.
Hace mucho que la televisión se había vuelto un manantial de finados, pero ahora se les ha puesto encima a éstos una lupa muy generosa y precisa para que así podamos agraciarnos con todos los detalles, los más íntimos, los más escabrosos, los sobre todo plásticos detalles. Pronto tendremos en nuestras pantallas un programa de realidad que transcurra todo en una morgue, a no dudarlo: para que así podamos invitar la muerte a nuestra casa, y tenerla allí, tibia, colindante, familiar, como la abuelita, y más amena todavía.
(Columna publicada el 5 de mayo de 2005.)
Sobre la mesa, el cadáver ostenta un magnífico rigor mortis. Costras y pústulas lo cubren mayormente, y en el costado, reconocemos una viciosa herida, un espectáculo sanguinolento. Esto es la televisión, por estos días. Cualquiera diría que nos estamos transformando en aves carroñeras.
No nos perdemos un capítulo de CSI. Ya saben: ese programa sobre investigaciones forenses, que ocupa un sitial de honor en la programación del canal Sony. Claro que nos gusta la meticulosidad, genio y virtuosismo con el cuál son resueltos los casos, pero también nos atraen todos esos cuerpos tiesos y azulosos, excesivos y crispados. Hace treinta años, tanta sangre y piel corrupta hubiese despertado en nosotros una legítima angustia situacional. Hoy nuestra resistencia a este tipo de imágenes se ha robustecido notablemente, hasta el punto en que necesitamos mayores dosis cada vez o de lo contrario el hastío se abre muy pronto en nosotros, como una araña inquieta. El teleespectador es un necrófago consuetudinario.
Hace mucho que la televisión se había vuelto un manantial de finados, pero ahora se les ha puesto encima a éstos una lupa muy generosa y precisa para que así podamos agraciarnos con todos los detalles, los más íntimos, los más escabrosos, los sobre todo plásticos detalles. Pronto tendremos en nuestras pantallas un programa de realidad que transcurra todo en una morgue, a no dudarlo: para que así podamos invitar la muerte a nuestra casa, y tenerla allí, tibia, colindante, familiar, como la abuelita, y más amena todavía.
(Columna publicada el 5 de mayo de 2005.)



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