Epifanía de infancia
Leyendo a George Steiner, más bien por compromiso, pues me aburre. Steiner es un genio, sí: pero aburrido. Steiner relata el momento cuando su padre le regala su primer libro de Homero: “Puede que el resto”, dice, “no haya sido más que una apostilla a aquel momento”. Yo también tuve mi epifanía de infancia. Así voy a llamarle, a partir de ahora: epifanía de infancia. Puedo decir que lo que vino después de mi epifanía de infancia no es sino un largo, moroso, a veces feliz, pero sobre todo moroso, cuando no convulso, muy extraño, pie de página. Mi epifanía de infancia fue un tanto más vulgar que la epifanía de infancia de Steiner. Mi padre nunca me regaló un libro de Homero. En ese entonces, yo no tenía padre, de hecho. Pero sí madre, y ella me hacía, los domingos, sándwiches, en el pequeño tostador. Un domingo en especial, ella preparaba los sándwiches, la televisión estaba prendida. En la televisión había un partido de béisbol. Cómo adoraba yo esos partidos de béisbol. No entendía nada, pero me gustaba verlos. Y me gustaba escuchar al narrador, porque me mantenía en vilo, con sus comentarios. Dios mío, qué pasión para describir un home run. Yo no entendía el juego muy bien, lo he dicho, pero sabía que algo trascendental sucedía porque el narrador se exaltaba, se apasionaba, y yo me apasionaba con él, y el sol entraba por la ventana, con una pureza espesa, amarilla, y la pelota cruzaba el estadio hasta hundirse victoriosamente en la multitud. Un ángel –era un ángel celeste– desplegaba sus alas de oro en la cocina de mi casa de la zona 9. Ahora leo a Steiner. Es así cómo pretendo estar vivo. Cuando lo que realmente quiero es volver... Dios mío, qué pasión para describir un home run.
(Columna publicada el 20 de abril de 2005.)
(Nota: Una columna para Abdón Rodríguez, padre de Celeste.)


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