Pornoblog
Cierro mi blog luego de casi un año de tenerlo abierto. Me entero a las pocas semanas que alguien más ha tomado la dirección (www.mauriceecheverria.blogspot.com), ya vacante, y se ha servido de la misma para hacer un sitio porno.
¿Es una broma? Más bien creo que la industria sexual se está aprovechando de los blogs clausurados, apoderándose automáticamente de sus direcciones: un modo de reciclar un público más o menos cautivo. El spam pornográfico sofistica sus redes, y tiene a su disposición a personas muy hábiles para ello.
El uso de la pornoweb es, a estas alturas, muy generalizado. Serios doctores, brillantes abogadas, ciudadanos respetables, se encorvan por las noches delante de un coágulo esotérico de píxeles, que se parece bastante a una niña rumana de doce años, o a una japonesa que está a punto de ser penetrada por catorce de sus compatriotas, o a un inmenso miembro masculino completamente aglutinado, y no faltan las ancianas sadomasoquistas con proclividad a la tensión eléctrica, y otras joyas.
El acceso al porno ya no representa ninguna dificultad. Cuando yo tenía trece o catorce años, conseguir un video sucio era una proeza. Pero hoy cualquier niño de diez fosforece frente al google sin problema.
He visto matrimonios romperse en cuestión de meses por culpa del cibersexo.
Parece reaccionario todo lo que aquí digo, pero me parece que, con eso de la explotación sexual, es preciso tener posiciones claras. Alguien dirá: lo que yo decida ver es mi asunto y mi problema. Pero justamente no: es asunto de una industria multimillonaria y un protectorado magnánimo que se dedica sistemáticamente a jugar con el cerebro de las personas, y los abusados no son solamente aquellos que se dejan grabar, son también (y talvez son sobre todo) los consumidores.
(Columna publicada el 24 de noviembre de 2005.)
¿Es una broma? Más bien creo que la industria sexual se está aprovechando de los blogs clausurados, apoderándose automáticamente de sus direcciones: un modo de reciclar un público más o menos cautivo. El spam pornográfico sofistica sus redes, y tiene a su disposición a personas muy hábiles para ello.
El uso de la pornoweb es, a estas alturas, muy generalizado. Serios doctores, brillantes abogadas, ciudadanos respetables, se encorvan por las noches delante de un coágulo esotérico de píxeles, que se parece bastante a una niña rumana de doce años, o a una japonesa que está a punto de ser penetrada por catorce de sus compatriotas, o a un inmenso miembro masculino completamente aglutinado, y no faltan las ancianas sadomasoquistas con proclividad a la tensión eléctrica, y otras joyas.
El acceso al porno ya no representa ninguna dificultad. Cuando yo tenía trece o catorce años, conseguir un video sucio era una proeza. Pero hoy cualquier niño de diez fosforece frente al google sin problema.
He visto matrimonios romperse en cuestión de meses por culpa del cibersexo.
Parece reaccionario todo lo que aquí digo, pero me parece que, con eso de la explotación sexual, es preciso tener posiciones claras. Alguien dirá: lo que yo decida ver es mi asunto y mi problema. Pero justamente no: es asunto de una industria multimillonaria y un protectorado magnánimo que se dedica sistemáticamente a jugar con el cerebro de las personas, y los abusados no son solamente aquellos que se dejan grabar, son también (y talvez son sobre todo) los consumidores.
(Columna publicada el 24 de noviembre de 2005.)


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