'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







El placer de estar mal

¿No puede decirse que somos prisioneros de ciertos conflictos? ¿Y no cabe decir que la razón por la cuál no hemos establecido líneas de consenso respecto a ciertos temas es porque en el fondo no nos interesa resolverlos? Tales conflictos nos dan placer.

Nos gusta, por lo tanto, manosearlos (como manosearle los senos a una mujer muy vieja, ya en el vértice de la degradación) y también irritarlos (como irritar un panal de abejas con un palo). Es el caso tópico de los anticonceptivos. Oh, esa vieja mano de chimpancé, monárquica y amarilla, cubierta de arrugas/argumentos. Los argumentos son fáciles de inventar, pero no sirven de nada. No importa si son argumentos teológicos, o más bien económicos (las farmacéuticas): no sirven de nada. Párrafos para la gran novela (de caballerías) de la inercia. Sepulcros del sentido.

Estar conscientes de nuestros vejámenes no hace ninguna diferencia profunda y ni siquiera hablar de ellos (incluso desde el púlpito de Catedral) cambia en verdad la estructura del conflicto. Más bien lo refuerza.

Nada cambiará mientras sigamos usando las mismas tácticas de oposición, las mismas palabras, y sigamos siendo los mismos actores dando la misma sentencia, con la misma interfase axiológica, la misma diagramación de valores, delineando las mismas redes neuronales, enquistadas sempiternamente alrededor de lo Mismo.

Con reaccionar solamente nos limitamos a zanjar más hondo en lo que desde ya llamaremos la morbodialéctica, ese diálogo torpe, sucio, inoperante, paranoide, con el cuál nos condenamos a seguir falsificando nuestra ilusión de “crítica democrática”. Sepulcros, ya lo dijimos. Nichos, esfínteres. Zonas erógenas discursivas que –y aquí la ironía del asunto– poco a poco van perdiendo su sensibilidad, hasta quedar completamente secas.


(Columna publicada el 1 de diciembre de 2005.)

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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