Maniquí
Fortalezas, fuertes, castillos. Los centros comerciales son baluartes –permítanme la expresión– neofeudales: adentro la corte del rey murmura, y afuera el pueblo habla con una papa, es decir con una mazorca, en color Goya profundo.
Esos parques temáticos llamados centro comerciales. Los conozco, los he visto. Los hay de todos tamaños y aspectos. Algunos son minimalistas y serenos como el agua, más bien aburridos. Otros bulliciosos, insoportables. Y algunos (pocos) son magistrales.
Sí; los he visto. Desde nuestro sencillo Montúfar (y yo recuerdo que íbamos con mi mamá a comer donas cuando yo era chiquito, lo cuál era la felicidad más grande del universo, y había una gran rueda de carreta colgada en la pared) hasta el previsible Dadeland de Miami, o el KeDeWe de Berlín (sus minucias de chocolate) o las Galeries Lafayette, en París, en dónde sufrí un ataque de claustrofobia.
Y ya ustedes estarán diciendo: “¿Pero qué nos importa a nosotros en qué tiendas ha estado este canchito mierda?”. Y tienen razón. Pero la verdad es que no me gustan mucho los centros comerciales, y no compro tanto: los frecuento más bien por obligación conyugal, o asombro sociológico. El verdadero arte consiste en hacer rimar ambos estados de conciencia, para hacer la experiencia soportable, incluso placentera. Por supuesto, hay ciertas cosas siempre atrayentes a la vista, por ejemplo los maniquís, tan olvidados: han provocado siempre en mí una honda fascinación.
Ahora que todos andan taloneando regalos en Las Majadas o en Pradera Concepción, yo invito a las masas sintientes y consumidoras a que pongan atención a los maniquís. Quién sabe, a lo mejor les sucede lo que a mí, un día: un maniquí me dio unas palmaditas en el hombro, con cierta lástima.
(Columna publicada el 8 de diciembre de 2005.)
Esos parques temáticos llamados centro comerciales. Los conozco, los he visto. Los hay de todos tamaños y aspectos. Algunos son minimalistas y serenos como el agua, más bien aburridos. Otros bulliciosos, insoportables. Y algunos (pocos) son magistrales.
Sí; los he visto. Desde nuestro sencillo Montúfar (y yo recuerdo que íbamos con mi mamá a comer donas cuando yo era chiquito, lo cuál era la felicidad más grande del universo, y había una gran rueda de carreta colgada en la pared) hasta el previsible Dadeland de Miami, o el KeDeWe de Berlín (sus minucias de chocolate) o las Galeries Lafayette, en París, en dónde sufrí un ataque de claustrofobia.
Y ya ustedes estarán diciendo: “¿Pero qué nos importa a nosotros en qué tiendas ha estado este canchito mierda?”. Y tienen razón. Pero la verdad es que no me gustan mucho los centros comerciales, y no compro tanto: los frecuento más bien por obligación conyugal, o asombro sociológico. El verdadero arte consiste en hacer rimar ambos estados de conciencia, para hacer la experiencia soportable, incluso placentera. Por supuesto, hay ciertas cosas siempre atrayentes a la vista, por ejemplo los maniquís, tan olvidados: han provocado siempre en mí una honda fascinación.
Ahora que todos andan taloneando regalos en Las Majadas o en Pradera Concepción, yo invito a las masas sintientes y consumidoras a que pongan atención a los maniquís. Quién sabe, a lo mejor les sucede lo que a mí, un día: un maniquí me dio unas palmaditas en el hombro, con cierta lástima.
(Columna publicada el 8 de diciembre de 2005.)


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