Felinismo
¿Y qué hay de esas maravillosas criaturas, los gatos? Divinos y frágiles, a la vez. Domésticos y oscuros. Podría decirse que los gatos son muy humanos. Pero a decir verdad son más que humanos. Hay que verlos techear, es decir tejadear, es decir azotear, es decir terrazear, es decir pasearse, superiores, por encima de nosotros y nuestras cabezas y nuestras ideas torpes de la realidad, en flânerie metafísica. O apoderarse lentamente de nuestros apartamentos, con esos brujos aromas de orín. Que quede bien claro: los gatos son dueños de uno, y no uno de ellos. Dice Bourroughs: “Como todas las criaturas puras, los gatos son prácticos”.
Los gatos constituyen uno de los tomos más interesantes en la biblioteca de las especies. Yo antes pensaba que eran panegiristas, hipócritas, y portadores de extrañas enfermedades. En suma, yo pensaba que se parecían a los escritores. Por suerte no. No soportamos el garbo insoportable y bello de los gatos, porque somos envidiosos. Pero un gato es un animal moralmente limpio. Francisco Umbral y mi mujer y por supuesto la gata Mimish se encargaron de cambiarme la percepción equivocada que yo tenía de los gatos, y de los animales en general. Ahora me declaro felinista a morir. No hay insomnio más triste que poner a dormir a un gato.
De la Mimish diré que sacudió las paredes criptohúmedas de mi corazón como ningún otro animal lo ha hecho antes. Entre otras cosas, extrañaré: 1) la manera en que me ordenaba que le diera de comer; 2) su letargo cósmico; 3) su forma no contradictoria de estar en el mundo; 4) su hociquito conmovedor, sus bigotes; 5) su enfermedad del riñon, sus ojos ciegos; 6) no puedo más, estoy llorando.
A algunas personas les pasa que se les muere el gato, y se mueren luego ellas también. Yo como que las entiendo.
(Columna publicada el 15 de diciembre de 2005.)
Los gatos constituyen uno de los tomos más interesantes en la biblioteca de las especies. Yo antes pensaba que eran panegiristas, hipócritas, y portadores de extrañas enfermedades. En suma, yo pensaba que se parecían a los escritores. Por suerte no. No soportamos el garbo insoportable y bello de los gatos, porque somos envidiosos. Pero un gato es un animal moralmente limpio. Francisco Umbral y mi mujer y por supuesto la gata Mimish se encargaron de cambiarme la percepción equivocada que yo tenía de los gatos, y de los animales en general. Ahora me declaro felinista a morir. No hay insomnio más triste que poner a dormir a un gato.
De la Mimish diré que sacudió las paredes criptohúmedas de mi corazón como ningún otro animal lo ha hecho antes. Entre otras cosas, extrañaré: 1) la manera en que me ordenaba que le diera de comer; 2) su letargo cósmico; 3) su forma no contradictoria de estar en el mundo; 4) su hociquito conmovedor, sus bigotes; 5) su enfermedad del riñon, sus ojos ciegos; 6) no puedo más, estoy llorando.
A algunas personas les pasa que se les muere el gato, y se mueren luego ellas también. Yo como que las entiendo.
(Columna publicada el 15 de diciembre de 2005.)


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