Cosas de trabajo
El hombre –conocido, temido, admirado, envidiado, odiado ciertamente por cada subalterno del cuartel– abre la puerta y entra sin mediar palabra y ninguna observación sale de su boca y la suya es la misma seriedad de un loco que ha visto a Dios. Observa y estudia al detenido. Sus ojos son azules, son ideales.
El detenido no puede ver al hombre de ojos azules, no puede ver ya lo que está pasando a su alrededor, por los golpes que los soldados le han propinado desde hace (pero no podría decirlo a ciencia cierta, ha perdido la noción del tiempo) un par de horas. En todo caso, el detenido lo presiente: que algo maligno y deshonroso, una presencia corrupta ha ingresado al cuarto: un genio de la indiferencia, de los abismos, de las palabras oscuras se ha posesionado de la atmósfera.
Los soldados, que antes bromeaban, reían, como si en lugar de torturar a un prisionero estuvieran despachando cigarros en una tienda de conveniencia, ahora se han quedado callados, ante el hombre de los ojos azules. El detenido sabe (lo sabe de la manera más visceral que se puede saber algo) que este silencio es el principio del infierno, que ningún sueño noble que ha producido la humanidad ha sobrevivido más de un minuto en un sucio lugar como éste, que existen países civilizados, en dónde la sangre no decora las paredes de las prisiones, pero que esos países no están ni remotamente en este planeta, que demasiados hombres han muerto en manos de otros hombres por la eternidad de los siglos. Su cuerpo se tensa, se encoge, se politiza.
El sol se pone. El hombre de ojos azules abraza a su hija: a su hija de ojos azules. Ella está resentida con él porque no estuvo presente el día de la Navidad. Pero papá le explica que tenía cosas muy importantes qué hacer ese día. Cosas de trabajo.
(Columna publicada el 22 de diciembre de 2005.)
El detenido no puede ver al hombre de ojos azules, no puede ver ya lo que está pasando a su alrededor, por los golpes que los soldados le han propinado desde hace (pero no podría decirlo a ciencia cierta, ha perdido la noción del tiempo) un par de horas. En todo caso, el detenido lo presiente: que algo maligno y deshonroso, una presencia corrupta ha ingresado al cuarto: un genio de la indiferencia, de los abismos, de las palabras oscuras se ha posesionado de la atmósfera.
Los soldados, que antes bromeaban, reían, como si en lugar de torturar a un prisionero estuvieran despachando cigarros en una tienda de conveniencia, ahora se han quedado callados, ante el hombre de los ojos azules. El detenido sabe (lo sabe de la manera más visceral que se puede saber algo) que este silencio es el principio del infierno, que ningún sueño noble que ha producido la humanidad ha sobrevivido más de un minuto en un sucio lugar como éste, que existen países civilizados, en dónde la sangre no decora las paredes de las prisiones, pero que esos países no están ni remotamente en este planeta, que demasiados hombres han muerto en manos de otros hombres por la eternidad de los siglos. Su cuerpo se tensa, se encoge, se politiza.
El sol se pone. El hombre de ojos azules abraza a su hija: a su hija de ojos azules. Ella está resentida con él porque no estuvo presente el día de la Navidad. Pero papá le explica que tenía cosas muy importantes qué hacer ese día. Cosas de trabajo.
(Columna publicada el 22 de diciembre de 2005.)


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