El lugar equivocado
Rubén había dejado su machete, antes de dormir, muy cerca de la hamaca, y por la mañana lo encontró al lado de la cama. A la siguiente noche, lo dejó sobre la mesa, pero en cambio apareció tras la puerta. Un misterio.
Y así cada día. Dijo a su mujer: “¿Por qué pisados me estás moviendo de lugar el machete?”. Su mujer negó–renegó. Rubén, ya entenebrecido, le soltó un cachimbazo. “Ajá, ponéte a llorar ahora”, le dijo a su mujer, que era gorda, pero casi bella, y casi nunca lloraba, pero hoy sí.
Rubén se levantó más temprano; por supuesto, el machete no estaba dónde lo había dejado: hora y media después, lo halló: en el techo para ser exactos. ¡En el techo! Mandó a llamar a sus dos hijos, a sus tres hijas. A los cinco les partió el hocico.
El machete siguió desplazándose de un lado a otro, enigmáticamente, por las noches. Incluso ya no era el mismo machete el que hallaba al día siguiente: a veces era más corto, a veces más largo; a veces la hoja era oscura, y a veces bien clarita; a veces el metal estaba como viejo, en ocasiones tenía filo; a veces estaba caliente–caliente, y otras frío–frío.
Por precaución, se congregó en la iglesia evangélica. Le dijeron, en el templo: “Es el Maligno”.
Rubén dejó de beber, por si las dudas, dejó de buscar el tierno escarnio del aguardiente, la sofocada contemplación del guaro. Dejó de tocarle las nalgas a las señoritas. Sólo reservó para sí el derecho de pegarle a los suyos, de agarrarlos, por ejemplo, a leñazos, de cambiar de humor, como un saltimbanqui rechoncho que cambia de trapecio.
Pero el machete seguía apareciendo siempre en el lugar equivocado.
Hasta que Rubén resuelve ponerlo debajo de la almohada. Al otro día, lo tiene metido en la panza, y su mujer, sus hijos, lo miran, divertidos.
(Columna publicada el 29 de diciembre de 2005.)
Y así cada día. Dijo a su mujer: “¿Por qué pisados me estás moviendo de lugar el machete?”. Su mujer negó–renegó. Rubén, ya entenebrecido, le soltó un cachimbazo. “Ajá, ponéte a llorar ahora”, le dijo a su mujer, que era gorda, pero casi bella, y casi nunca lloraba, pero hoy sí.
Rubén se levantó más temprano; por supuesto, el machete no estaba dónde lo había dejado: hora y media después, lo halló: en el techo para ser exactos. ¡En el techo! Mandó a llamar a sus dos hijos, a sus tres hijas. A los cinco les partió el hocico.
El machete siguió desplazándose de un lado a otro, enigmáticamente, por las noches. Incluso ya no era el mismo machete el que hallaba al día siguiente: a veces era más corto, a veces más largo; a veces la hoja era oscura, y a veces bien clarita; a veces el metal estaba como viejo, en ocasiones tenía filo; a veces estaba caliente–caliente, y otras frío–frío.
Por precaución, se congregó en la iglesia evangélica. Le dijeron, en el templo: “Es el Maligno”.
Rubén dejó de beber, por si las dudas, dejó de buscar el tierno escarnio del aguardiente, la sofocada contemplación del guaro. Dejó de tocarle las nalgas a las señoritas. Sólo reservó para sí el derecho de pegarle a los suyos, de agarrarlos, por ejemplo, a leñazos, de cambiar de humor, como un saltimbanqui rechoncho que cambia de trapecio.
Pero el machete seguía apareciendo siempre en el lugar equivocado.
Hasta que Rubén resuelve ponerlo debajo de la almohada. Al otro día, lo tiene metido en la panza, y su mujer, sus hijos, lo miran, divertidos.
(Columna publicada el 29 de diciembre de 2005.)


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