Mixiones (II)
Me sucede. Escribía y me quedé de pronto sin nada en la cabeza, levemente, vagamente hastiado, un momento en apariencia insignificante, casi precioso. Quería seguir escribiendo; no tenía energías. En estos casos conviene dejar el asunto en paz. Encendí el televisor: nada. De pronto pensé que estaba aburrido. Antes, en la infancia, creo, el aburrimiento era un sentimiento más bien horrible, un poco sórdido. Yo quería agotar las posibilidades, pero las posibilidades estaban simplemente agotadas. La tarde borrándose; capitulando; era domingo; al día siguiente había que ir al colegio...
El otro. Lejos, casi a tiempo, un hombre preocupado dice para nadie una palabra íntima. Esa palabra o su ruido es el primer pájaro; en su manera de nacer chocan innumerables olas. Nadie lo sabrá lo suficiente, posiblemente nadie nunca lo sabrá, pero el pájaro vuela hasta desangrarse –como si apenas tuviese importancia, como si flotando en la nada, que es el aire que Dios respira, nada tuviese importancia–. Y lo hace sin tomar en cuenta el juicio de las constelaciones, el majestuoso equilibrio del sapo, la calle, el otro hombre.
El mercenario. Hay personas con ideas nobles, valores, amor genuino a su país, respeto a ciertas instituciones, la familia, etc. Yo a veces llevo semejante equipaje, pero sólo a veces, es decir cuando me conviene. Soy un mercenario: me vendo al mejor postor. Lo único que me interesa es quedarme con una tajada del pastel, con un momento del tesoro, y aquí se entiende que hablo del tesoro de la poesía. Es cierto que en ocasiones la belleza está en el centro mismo de la moral, pero no siempre es así. De hecho, muchas veces resulta mejor sacrificar el sobrepeso ético para poder ascender hasta los confines aéreos de la belleza, esas parcelas increíbles y raras.
(Columna publicada el 29 de mayo de 2003.)
El otro. Lejos, casi a tiempo, un hombre preocupado dice para nadie una palabra íntima. Esa palabra o su ruido es el primer pájaro; en su manera de nacer chocan innumerables olas. Nadie lo sabrá lo suficiente, posiblemente nadie nunca lo sabrá, pero el pájaro vuela hasta desangrarse –como si apenas tuviese importancia, como si flotando en la nada, que es el aire que Dios respira, nada tuviese importancia–. Y lo hace sin tomar en cuenta el juicio de las constelaciones, el majestuoso equilibrio del sapo, la calle, el otro hombre.
El mercenario. Hay personas con ideas nobles, valores, amor genuino a su país, respeto a ciertas instituciones, la familia, etc. Yo a veces llevo semejante equipaje, pero sólo a veces, es decir cuando me conviene. Soy un mercenario: me vendo al mejor postor. Lo único que me interesa es quedarme con una tajada del pastel, con un momento del tesoro, y aquí se entiende que hablo del tesoro de la poesía. Es cierto que en ocasiones la belleza está en el centro mismo de la moral, pero no siempre es así. De hecho, muchas veces resulta mejor sacrificar el sobrepeso ético para poder ascender hasta los confines aéreos de la belleza, esas parcelas increíbles y raras.
(Columna publicada el 29 de mayo de 2003.)


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