Alguien toca
Imposible no reconocer en él una grandeza. La suya fue una vitalidad volcánica, que se distribuyó en diez mil proyectos vivos. Juan Pablo II se atrevió a salir de la poltrona papal y nos regaló un rostro y una fatiga.
Desde un punto de vista estrictamente laico, es preciso reconocerle dos créditos: se disculpó, al menos, por varios de los errores cometidos por la Iglesia a lo largo de su escandalosa historia; y defendió un cierto diálogo interreligioso (lo cuál posee un mérito humanista más que cristiano), no del todo profundo, es verdad, pero al menos había en ello una cuota de buena voluntad y valentía (se corría el riesgo de pronunciar la diáspora cristiana).
Pero es esa mezcla suya y rara de conservadurismo y expansión –más letal que un conservadurismo a secas– la que nos parece sospechosa. Esa ambigüedad es una suerte de camuflaje muy resbaladizo.
Lo malo no estriba en que la Santa Iglesia no reconozca las virtudes del anticonceptivo. O que no legitime a los homosexuales. Cada cuál en lo suyo. Si la Iglesia no acepta todo eso, pues está en su completo derecho, y es su completo problema. Pero lo que sí nos parece criminal es que invierta tanto tiempo/dinero/energía en satanizar tanto a homosexuales como anticonceptivos. Porque entonces ya no se trata de una mera opinión en el universo de las creencias: es ya una política agresiva de captación de conciencias; y ya no es una mera convicción sino una ideología con visos totalitarios.
Casi imposible generar una crítica al Papa Juan Pablo II en este clima de universal reconocimiento y complacencia hacia su persona, pero la realidad llama a la puerta. Y no precisamente la puerta del cielo. ¿Escuchan?
(Columna publicada el 7 de abril de 2005.)
Desde un punto de vista estrictamente laico, es preciso reconocerle dos créditos: se disculpó, al menos, por varios de los errores cometidos por la Iglesia a lo largo de su escandalosa historia; y defendió un cierto diálogo interreligioso (lo cuál posee un mérito humanista más que cristiano), no del todo profundo, es verdad, pero al menos había en ello una cuota de buena voluntad y valentía (se corría el riesgo de pronunciar la diáspora cristiana).
Pero es esa mezcla suya y rara de conservadurismo y expansión –más letal que un conservadurismo a secas– la que nos parece sospechosa. Esa ambigüedad es una suerte de camuflaje muy resbaladizo.
Lo malo no estriba en que la Santa Iglesia no reconozca las virtudes del anticonceptivo. O que no legitime a los homosexuales. Cada cuál en lo suyo. Si la Iglesia no acepta todo eso, pues está en su completo derecho, y es su completo problema. Pero lo que sí nos parece criminal es que invierta tanto tiempo/dinero/energía en satanizar tanto a homosexuales como anticonceptivos. Porque entonces ya no se trata de una mera opinión en el universo de las creencias: es ya una política agresiva de captación de conciencias; y ya no es una mera convicción sino una ideología con visos totalitarios.
Casi imposible generar una crítica al Papa Juan Pablo II en este clima de universal reconocimiento y complacencia hacia su persona, pero la realidad llama a la puerta. Y no precisamente la puerta del cielo. ¿Escuchan?
(Columna publicada el 7 de abril de 2005.)


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