El círculo y la espiral
Ninguna justicia le ha hecho Mario Vargas Llosa a Jean Paul Sartre en uno de sus recientes artículos periodísticos. Si al menos el peruano fuese –pero no lo será nunca– un gran parricida.
En verdad Vargas Llosa no es muy talentoso para el desdén: un recio sentido del equilibrio se lo impide, con regularidad hebdomadaria. Vargas Llosa está enfermo de sano juicio. Cuando pretende lo contrario, sus artículos ladran. Ladran en el sentido de que ladran y no muerden, en el sentido de que muestran un cierto colmillo demagógico. No seré yo quién niegue los errores políticos de Sartre. Pero emparedarlo, a estas alturas…
En cierta ocasión, comenté que yo no estaba de acuerdo con las ideas de Norman Mailer, pero que Norman Mailer me enseñaba a tener ideas. Lo mismo puedo decir de Sartre. Un pensador no genera solamente contenidos, genera formas, y allí, acaso, habremos de encontrar su genuina libertad.
Es la diferencia rotunda que hay entre un círculo y una espiral, pero a esa diferencia Vargas Llosa le llama “prestidigitación retórica”. Siempre que alguien quiere destruirte lo primero que hace es regatear tu lenguaje.
Sartre es un buen interlocutor en el sentido de que te regala los medios intelectuales para refutarlo.
Está de moda decir que Sartre está pasado de moda. Vargas Llosa no escapa a esta tendencia. Dice que su obra literaria ha envejecido. En lugar de releerlo, optan por recaricaturizarlo. No hay mérito en ello: Sartre es el pensador más fácilmente caricaturizable del siglo XX.
En verdad Vargas Llosa no es muy talentoso para el desdén: un recio sentido del equilibrio se lo impide, con regularidad hebdomadaria. Vargas Llosa está enfermo de sano juicio. Cuando pretende lo contrario, sus artículos ladran. Ladran en el sentido de que ladran y no muerden, en el sentido de que muestran un cierto colmillo demagógico. No seré yo quién niegue los errores políticos de Sartre. Pero emparedarlo, a estas alturas…
En cierta ocasión, comenté que yo no estaba de acuerdo con las ideas de Norman Mailer, pero que Norman Mailer me enseñaba a tener ideas. Lo mismo puedo decir de Sartre. Un pensador no genera solamente contenidos, genera formas, y allí, acaso, habremos de encontrar su genuina libertad.
Es la diferencia rotunda que hay entre un círculo y una espiral, pero a esa diferencia Vargas Llosa le llama “prestidigitación retórica”. Siempre que alguien quiere destruirte lo primero que hace es regatear tu lenguaje.
Sartre es un buen interlocutor en el sentido de que te regala los medios intelectuales para refutarlo.
Está de moda decir que Sartre está pasado de moda. Vargas Llosa no escapa a esta tendencia. Dice que su obra literaria ha envejecido. En lugar de releerlo, optan por recaricaturizarlo. No hay mérito en ello: Sartre es el pensador más fácilmente caricaturizable del siglo XX.
En un texto llamado Cómo alimentar una musa y conservarla, Bradbury, un maestro, dice una frase magnífica: “Y nunca he abjurado de las cosas que me alimentaron ni les he vuelto la espalda”.
(Columna publicada el 14 de abril de 2005.)



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