Los puentes flotantes
Los capitalinos somos una recua de egoístas. Somos tan egoístas que pensamos que Guatemala ciudad es Guatemala a secas. Apenas consideramos a nuestros compatriotas del llamado “interior de la República”. Y cuando por fin lo hacemos, lo hacemos con lástima: una gorda lástima de poltrona, una lástima king size. Hay que ver cómo son de cómodos esos almohadones, repletos de blanda conmiseración. Desde tan excelso lugar, pontificamos: decidimos qué conviene o no conviene para el resto del país. El único problema es que no vivimos en el resto del país.
Pero al decir esto ya hemos caído en otra trampa, que consiste en enmascarar nuestro resentimiento, disfrazarlo de virtuosismo.
Por ejemplo: nos acordamos de la miseria de nuestros paisanos, en el transcurso de una conversación, pero sólo para salir airosos de la misma. La idea es generar en nuestro interlocutor una dosis de culpa social, culpa social que ya hemos trabajado incesantemente en nosotros mismos luego de previos, largos, plañideros, oh tan chirriantes, monólogos mentales. Es decir que nuestra relación con el llamado “interior de la República” es puramente intelectual y nada más. Ya saben de qué hablo: ese socialismo de sobremesa, esa predicación inoperante.
Queremos a veces que otros nos perciban como Entelequias Conscientes de la Pobreza Ajena. Pero no queremos admitir que la pobreza ajena es únicamente nuestra pobreza, y que hablar de la misma no es relacionarse con ella. Estamos incomunicados con nosotros mismos. Hay que salir a ver el resto de la casa. En términos políticos, hablaríamos, exactamente, de descentralizarnos. El huracán Stan ha puesto en evidencia el vicio de la concentración de los recursos. Todos los puentes que unen la ciudad son con el “interior de la República” son frágiles, se los lleva el río.
(Columna publicada el 3 de noviembre de 2005.)
Pero al decir esto ya hemos caído en otra trampa, que consiste en enmascarar nuestro resentimiento, disfrazarlo de virtuosismo.
Por ejemplo: nos acordamos de la miseria de nuestros paisanos, en el transcurso de una conversación, pero sólo para salir airosos de la misma. La idea es generar en nuestro interlocutor una dosis de culpa social, culpa social que ya hemos trabajado incesantemente en nosotros mismos luego de previos, largos, plañideros, oh tan chirriantes, monólogos mentales. Es decir que nuestra relación con el llamado “interior de la República” es puramente intelectual y nada más. Ya saben de qué hablo: ese socialismo de sobremesa, esa predicación inoperante.
Queremos a veces que otros nos perciban como Entelequias Conscientes de la Pobreza Ajena. Pero no queremos admitir que la pobreza ajena es únicamente nuestra pobreza, y que hablar de la misma no es relacionarse con ella. Estamos incomunicados con nosotros mismos. Hay que salir a ver el resto de la casa. En términos políticos, hablaríamos, exactamente, de descentralizarnos. El huracán Stan ha puesto en evidencia el vicio de la concentración de los recursos. Todos los puentes que unen la ciudad son con el “interior de la República” son frágiles, se los lleva el río.
(Columna publicada el 3 de noviembre de 2005.)



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