El Premio Nacional de Literatura
Cada vez se hará más difícil encontrar a un candidato sólido y formal para el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias.
Quiero decir que los buenos escritores ya han sido premiados, más o menos. Faltarán algunos, pero no se me ocurre a quién van a galardonar en el 2015.
El Premio Nacional de Literatura irá adelgazando, hasta morir de inanición. El producto (y el producto aquí es el autor) escasea. Localmente, el llamado hombre de letras es más bien un ave: un ave que no se reproduce, un ave en extinción.
Como apenas hay escritores qué premiar, este año premian a un casi escritor: a un antropólogo. Hablo de Carlos Navarrete.
La verdad me he puesto contento por él. Es un tipazo. Pero en cambio me he puesto triste por el premio. Hoy premiando a antropólogos. A lo mejor mañana certificaremos a abogados (en su bibliografía encontraremos todas las escrituras legales que han redactado en vida), a economistas, y a biólogos marinos.
Vamos, la obra literaria de Navarrete –por lo menos la visible– es casi inexistente (aunque tiene esa novela brillante, Los arrieros de agua). Y no se le puede dar el Premio Nacional de Literatura por su obra antropológica. (A lo mejor Navarrete percibe en el fondo lo mismo, y por ello ha aceptado el premio en nombre de su generación.)
Tampoco quiero decir que hay que quitar el Premio, como lo proponen los más prácticos idiotas. Al contrario. Bien por aquellos que lo hacen posible. Es un esfuerzo noble por legitimar la figura del escritor en un país que siempre ha considerado al mismo como un comensal incómodo y liquidable. Pero más importante que premiar la obra hecha es circunstanciar la obra por venir, asegurarse que en el futuro habrá aún literatura, lo cuál, digámoslo de una vez, no es nada evidente.
(Columna publicada el 10 de noviembre de 2005.)
Quiero decir que los buenos escritores ya han sido premiados, más o menos. Faltarán algunos, pero no se me ocurre a quién van a galardonar en el 2015.
El Premio Nacional de Literatura irá adelgazando, hasta morir de inanición. El producto (y el producto aquí es el autor) escasea. Localmente, el llamado hombre de letras es más bien un ave: un ave que no se reproduce, un ave en extinción.
Como apenas hay escritores qué premiar, este año premian a un casi escritor: a un antropólogo. Hablo de Carlos Navarrete.
La verdad me he puesto contento por él. Es un tipazo. Pero en cambio me he puesto triste por el premio. Hoy premiando a antropólogos. A lo mejor mañana certificaremos a abogados (en su bibliografía encontraremos todas las escrituras legales que han redactado en vida), a economistas, y a biólogos marinos.
Vamos, la obra literaria de Navarrete –por lo menos la visible– es casi inexistente (aunque tiene esa novela brillante, Los arrieros de agua). Y no se le puede dar el Premio Nacional de Literatura por su obra antropológica. (A lo mejor Navarrete percibe en el fondo lo mismo, y por ello ha aceptado el premio en nombre de su generación.)
Tampoco quiero decir que hay que quitar el Premio, como lo proponen los más prácticos idiotas. Al contrario. Bien por aquellos que lo hacen posible. Es un esfuerzo noble por legitimar la figura del escritor en un país que siempre ha considerado al mismo como un comensal incómodo y liquidable. Pero más importante que premiar la obra hecha es circunstanciar la obra por venir, asegurarse que en el futuro habrá aún literatura, lo cuál, digámoslo de una vez, no es nada evidente.
(Columna publicada el 10 de noviembre de 2005.)


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