El muerto
Me he topado con un muerto. ¿Conocen la pasarela que está a la altura de las Capillas Señoriales, sobre el Bulevar Liberación? Pues allí. No exactamente allí, pero cerca. Es decir que yo caminaba sobre la pasarela, contemplando el fornido brazo de carros, abajo. Es una pasarela más que necesaria: cruzar ese segmento del bulevar por la pura calle no es humanamente posible. Viendo el tráfico, muy contento, me di cuenta que allá, en la acera, había un hombre, no durmiendo, pero casi, y ya lo habían tapado. ¿Qué pasó? Pregunté. Parece que le dio un infarto. Me respondió un joven, que abrazaba a su novia, como si la escena fuese romántica. En la pasarela, todos contemplaban el suceso. Continué mi camino. Pasé al lado de la señora indígena que pedía limosna. No tenía dinero para darle, pero aún sin dinero, me sentí incómodo por no poder dárselo. Es un asunto mío muy enfermo, llamado culpa. Con la señora había un niño, presumiblemente su hijo, y el hijo de la señora jugaba, es decir corría, y los mocos, qué bellos mocos le brotaban de la nariz, al patojo. Me alejé de la señora, del niño, y del muerto.
Cuando venía de regreso, el muerto seguía allí. Y un par de policías. Esos policías que sólo cabe definir como guatemaltecos. Y un cascabillo. Es decir que lo habían matado, al pobre infeliz. En efecto, al día siguiente leía yo que fue asesinado por resistirse a un atraco. El cascabillo estaba allí, en el suelo, con toda su honra de cascabillo. Sólo quisiera hacer notar que el cascabillo no miraba al muerto. Que el muerto no me miraba a mí. Que yo no miraba a la señora indígena que estaba pidiendo limosna en la pasarela. Que la señora indígena pidiendo limosna no miraba a su hijo torvo, sucio y sonriente, pero su hijo, ése sí, nos miraba, de algún modo, a todos. A todos.
(Columna publicada el 11 de agosto de 2005.)
Cuando venía de regreso, el muerto seguía allí. Y un par de policías. Esos policías que sólo cabe definir como guatemaltecos. Y un cascabillo. Es decir que lo habían matado, al pobre infeliz. En efecto, al día siguiente leía yo que fue asesinado por resistirse a un atraco. El cascabillo estaba allí, en el suelo, con toda su honra de cascabillo. Sólo quisiera hacer notar que el cascabillo no miraba al muerto. Que el muerto no me miraba a mí. Que yo no miraba a la señora indígena que estaba pidiendo limosna en la pasarela. Que la señora indígena pidiendo limosna no miraba a su hijo torvo, sucio y sonriente, pero su hijo, ése sí, nos miraba, de algún modo, a todos. A todos.
(Columna publicada el 11 de agosto de 2005.)


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