Celulares
El celular es el breakthrough de los objetos espectaculares de las últimas décadas. Su valor es tan estimable como el de la televisión, acaso. Sobre todo, teniendo en cuenta que se trata de la actualización de un antiguo objeto espectacular, el teléfono a secas.
El teléfono celular promete a su vez sucesivas reinvenciones, como soporte duradero de diseño de masas, y cualquier sistema de comunicación del futuro será una refundición posiblemente del celular tal como lo conocemos ahora. El Internet, lejos de arrebatarle feligresía al celular, sólo parece ampliar su habilidad mágica. Es un hecho conocido que los distintos objetos espectaculares se relacionan y encumbran mutuamente, hoy.
Un celular nos invita a la ubicuidad (pero en realidad es a la vigilancia) y a la globalización (pero en realidad es al enjaulamiento). Un celular modela el ideal de la expansión. En un mundo cada vez más atiborrado, apretado, es preciso dar la ilusión de una salida: la teletransportación. Porque mientras el consumidor tenga viva en él la sensación de desplazo, no habrán revoluciones; mientras el consumidor crea que el mito de la carretera sigue vigente –ahora en ondas celulares– entonces no exigirá cambios. Mientras él se sienta Dios, no tendrá razón alguna para destruir a Dios. El cristal teléfono celular está diciendo: soy poder; me muevo en el espacio; devoro extensiones. El teléfono celular también da el sentimiento de comunidad, de congregación, de religión (cuando en realidad adelgaza la comunicación). Los consumidores de teléfonos celulares forman parte de una secta gigantesca. Para que exista un teléfono celular tienen que haber por lo menos dos personas, por eso el celular dice: uníos.
(Columna publicada el 18 de agosto de 2005.)
El teléfono celular promete a su vez sucesivas reinvenciones, como soporte duradero de diseño de masas, y cualquier sistema de comunicación del futuro será una refundición posiblemente del celular tal como lo conocemos ahora. El Internet, lejos de arrebatarle feligresía al celular, sólo parece ampliar su habilidad mágica. Es un hecho conocido que los distintos objetos espectaculares se relacionan y encumbran mutuamente, hoy.
Un celular nos invita a la ubicuidad (pero en realidad es a la vigilancia) y a la globalización (pero en realidad es al enjaulamiento). Un celular modela el ideal de la expansión. En un mundo cada vez más atiborrado, apretado, es preciso dar la ilusión de una salida: la teletransportación. Porque mientras el consumidor tenga viva en él la sensación de desplazo, no habrán revoluciones; mientras el consumidor crea que el mito de la carretera sigue vigente –ahora en ondas celulares– entonces no exigirá cambios. Mientras él se sienta Dios, no tendrá razón alguna para destruir a Dios. El cristal teléfono celular está diciendo: soy poder; me muevo en el espacio; devoro extensiones. El teléfono celular también da el sentimiento de comunidad, de congregación, de religión (cuando en realidad adelgaza la comunicación). Los consumidores de teléfonos celulares forman parte de una secta gigantesca. Para que exista un teléfono celular tienen que haber por lo menos dos personas, por eso el celular dice: uníos.
(Columna publicada el 18 de agosto de 2005.)



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