Dos mentiras
Un problema complejo. Por un lado, se corre el riesgo de justificar a los mareros, diciendo que ellos hacen lo que hacen por las condiciones en que nacieron, que ellos no tienen la culpa de ser quiénes son. Se les sublima por medio del falso argumento de los orígenes y la interpretación beatífica de la causalidad social, y así, por medio de ese determinismo –decimonónico, naturalista– aún adjudicado a las periferias, que no lleva sino a la idolatría de la marginalidad, es como los victimarios se transforman en víctimas. Era mi posición hace unos años. Me parece insostenible a estas alturas. Incluso si nos salimos de la esfera de la culpa, no podemos salirnos de la esfera de la responsabilidad. Esto dejó de ser un problema de autoestima cuando empezó a correr la sangre. Estamos hablando de una red panamericana de infinitos recursos delincuenciales, organizada en células y (esto no se ha estudiado lo suficiente) de claros visos religiosos.
Por el otro lado, existe un peligro aún mayor: la tentación de la represión. “Que los maten a todos; que se maten entre ellos”. Una frase así no es una frase de circunstancia: es una clara invitación al genocidio. Y de paso una forma de suicidarse, puesto que los mareros somos todos nosotros. Los mareros no son insectos molestos revoloteando en las afueras del cuerpo público. Ya no podemos seguir arrastrando a cuestas una mentira semejante. Ya no podemos seguir viéndolos como agentes foráneos, alienígenas, como un virus venido de quién sabe cuál latitud extraña, de quién sabe cuál desierto social (como si no supiéramos lo que en verdad está pasando en Guatemala). Los metemos en las cárceles, con la intención de separarlos de nosotros. Pero en verdad el odio que ellos sienten y nosotros sentimos es el mismo, porque lo que ellos son, nosotros somos.
(Columna publicada el 25 de agosto de 2005.)
Por el otro lado, existe un peligro aún mayor: la tentación de la represión. “Que los maten a todos; que se maten entre ellos”. Una frase así no es una frase de circunstancia: es una clara invitación al genocidio. Y de paso una forma de suicidarse, puesto que los mareros somos todos nosotros. Los mareros no son insectos molestos revoloteando en las afueras del cuerpo público. Ya no podemos seguir arrastrando a cuestas una mentira semejante. Ya no podemos seguir viéndolos como agentes foráneos, alienígenas, como un virus venido de quién sabe cuál latitud extraña, de quién sabe cuál desierto social (como si no supiéramos lo que en verdad está pasando en Guatemala). Los metemos en las cárceles, con la intención de separarlos de nosotros. Pero en verdad el odio que ellos sienten y nosotros sentimos es el mismo, porque lo que ellos son, nosotros somos.
(Columna publicada el 25 de agosto de 2005.)


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