El indio
Por si las dudas, decide darle otro latigazo al indio. El indio, por décima vez, cae. Pero vuelve a levantarse. Es un indio macizo.
–Degenera, muere –le dice a la cosa, al indio.
Y otro latigazo.
–Abominación, impureza.
Y otro latigazo.
El indio masculla, sangra, suplica, calla. El encomendero aprovecha el espectáculo para reír.
–Te cortaré las orejas.
Dice el encomendero. Pero una cierta pereza abstracta lo refrena de hacerlo. Recoge una de las piedras, en cambio. La más grande, de hecho. Una piedra gigante, sí, pensativa. Que deja caer, morosamente, sobre la cabeza del esclavo.
El indio por fin se desmaya. Un relámpago de oscuridad lo ha sacudido. Hasta que un bastonazo lo hace abrir, de improviso, los ojos. Es hora de hacer la fila. Una fina lluvia desciende. Durante todo el día, trabaja, junto a los otros, con miedo de perder la vida. Pero eso lo preocupa menos que el gélido frío que le roe minuciosamente los huesos. De vez en cuando se observa los dedos gangrenados.
Los SS gritan, pontifican, usufructúan el silencio de la muerte. Hablan con grandes gestos teatrales. Gritan todo el tiempo. Tienen los dientes muy limpios. Uno de ellos se aproxima al indio (sólo que en realidad ya no es del todo un indio, ahora es más bien un judío polaco) y lo levanta con una mano, lo levanta del cuello, mientras le dice cosas, cosas terribles.
El SS aprieta y aprieta. El polaco apenas alcanza a formar dos o tres sonidos, tres vagos gorgoteos. Poco a poco, el rostro del SS se enturbia, se oscurece.
Cuando despierta, el sol desciende vertiginosamente sobre él –un sol ya civilizado, un sol de pleno siglo XVI. La piedra está allí, todavía pensativa, si bien dramática, por la sangre. El encomendero está sonriendo. Sus dientes están sucios.
(Columna publicada el 1 de septiembre de 2005.)
–Degenera, muere –le dice a la cosa, al indio.
Y otro latigazo.
–Abominación, impureza.
Y otro latigazo.
El indio masculla, sangra, suplica, calla. El encomendero aprovecha el espectáculo para reír.
–Te cortaré las orejas.
Dice el encomendero. Pero una cierta pereza abstracta lo refrena de hacerlo. Recoge una de las piedras, en cambio. La más grande, de hecho. Una piedra gigante, sí, pensativa. Que deja caer, morosamente, sobre la cabeza del esclavo.
El indio por fin se desmaya. Un relámpago de oscuridad lo ha sacudido. Hasta que un bastonazo lo hace abrir, de improviso, los ojos. Es hora de hacer la fila. Una fina lluvia desciende. Durante todo el día, trabaja, junto a los otros, con miedo de perder la vida. Pero eso lo preocupa menos que el gélido frío que le roe minuciosamente los huesos. De vez en cuando se observa los dedos gangrenados.
Los SS gritan, pontifican, usufructúan el silencio de la muerte. Hablan con grandes gestos teatrales. Gritan todo el tiempo. Tienen los dientes muy limpios. Uno de ellos se aproxima al indio (sólo que en realidad ya no es del todo un indio, ahora es más bien un judío polaco) y lo levanta con una mano, lo levanta del cuello, mientras le dice cosas, cosas terribles.
El SS aprieta y aprieta. El polaco apenas alcanza a formar dos o tres sonidos, tres vagos gorgoteos. Poco a poco, el rostro del SS se enturbia, se oscurece.
Cuando despierta, el sol desciende vertiginosamente sobre él –un sol ya civilizado, un sol de pleno siglo XVI. La piedra está allí, todavía pensativa, si bien dramática, por la sangre. El encomendero está sonriendo. Sus dientes están sucios.
(Columna publicada el 1 de septiembre de 2005.)


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