El loco
He tomado el avión que va de Londres a Manchester. He echado un vistazo por la ventanilla: un espectáculo a la vez fascinante y aburrido. El suelo es tan plano como una cancha de fútbol, carece de accidentes geográficos, y ha sido recortado, distruibuido, segmentado con regularidad maniaca: parches y parches de de terreno que se ordenan dentro de un rompecabezas nítidamente compuesto.
En las ciudades, es en realidad lo mismo. Hábitats secuenciados, recintos psicourbanos perfectamente higiénicos, vigilados por la inercia institucional. Es todo perfecto y eterno.
Eso, por supuesto, hasta que a alguien se le ocurre poner una bomba.
Digamos que una bomba, ya de sí, es un episodio excepcional, brutalmente mágico y no ordinario. Pero colocada en medio de una sociedad administrativamente neurótica, el efecto es doble. No es lo mismo poner una bomba en Madrás que poner una bomba en Londres, en dónde los accidentes sociales –como en el campo los geográficos– han sido reducidos a una expresión previsible.
La consecuencia de los terrorismos es similar a los que puede causar un fenómeno como Katrina: un desprendimiento violento de lo racional hacia las profundidades oníricas del poder: su parte animal, no legislada.
Se suspende el orden cotidiano: seguridad social, blockbusters, bestsellers, pasos zebrados, y todos los códigos adyacentes al logos posmoderno, se fisuran en un instante extraordinario y caótico: la civilización tiene un encuentro cercano con el loco que lleva dentro.
(Columna publicada el 15 de septiembre 2005.)
En las ciudades, es en realidad lo mismo. Hábitats secuenciados, recintos psicourbanos perfectamente higiénicos, vigilados por la inercia institucional. Es todo perfecto y eterno.
Eso, por supuesto, hasta que a alguien se le ocurre poner una bomba.
Digamos que una bomba, ya de sí, es un episodio excepcional, brutalmente mágico y no ordinario. Pero colocada en medio de una sociedad administrativamente neurótica, el efecto es doble. No es lo mismo poner una bomba en Madrás que poner una bomba en Londres, en dónde los accidentes sociales –como en el campo los geográficos– han sido reducidos a una expresión previsible.
La consecuencia de los terrorismos es similar a los que puede causar un fenómeno como Katrina: un desprendimiento violento de lo racional hacia las profundidades oníricas del poder: su parte animal, no legislada.
Se suspende el orden cotidiano: seguridad social, blockbusters, bestsellers, pasos zebrados, y todos los códigos adyacentes al logos posmoderno, se fisuran en un instante extraordinario y caótico: la civilización tiene un encuentro cercano con el loco que lleva dentro.
(Columna publicada el 15 de septiembre 2005.)


No hay comentarios:
Publicar un comentario