El gringo
Cruzo la calle a toda velocidad –humillado por la prisa de no ser atropellado. Un tipo sale de la nada:
–Hey.
Sigo caminando.
–Hey, you.
Me hago el loco.
–My friend.
Volteo.
Es uno de esos cuates que sonríen y sonríen. Delgado, bajito, orejas enormes.
–My friend.
Exclama en un inglés dudoso.
–Hablo español –respondo.
–Yes, please.
–Hablo español –insisto.
–How are you?
–Soy guatemalteco.
–Where are you from?
–Soy de aquí.
–Welcome to Guatemala.
–Soy de Guatemala.
–Welcome to my country.
No hay caso. Él quiere que yo sea extranjero. No puedo evitar montar en cólera:
–¿Estás completamente drogado o simplemente sos un imbécil? Te digo que soy guatemalteco. No hablo inglés.
Por fin ha entendido. Está visiblemente decepcionado: soy guatemalteco. Se le ha caído la mitología del canchito.
–Ok, man –dice todavía, como por inercia.
El tipo cruza la calle, molesto (aunque también humillado por la prisa de no ser atropellado). Dos hombres sacan unos muebles a la acera, para exhibirlos. Una escolar uniformada carga una lonchera como quien carga a un muerto. Más allá, un padre y su hija (o su amante) caminan abrazados. Un centro naturista anuncia remedios contra la artritis, la caída del cabello, la impotencia sexual.
Una vez que el tipo de las orejas enormes está del otro lado de la calle, a una distancia diríamos prudencial, me grita:
–¿No que tan macho, pues?
Y aún añade:
–Gringo mierda.
(Columna publicada el 2 de febrero de 2006.)
–Hey.
Sigo caminando.
–Hey, you.
Me hago el loco.
–My friend.
Volteo.
Es uno de esos cuates que sonríen y sonríen. Delgado, bajito, orejas enormes.
–My friend.
Exclama en un inglés dudoso.
–Hablo español –respondo.
–Yes, please.
–Hablo español –insisto.
–How are you?
–Soy guatemalteco.
–Where are you from?
–Soy de aquí.
–Welcome to Guatemala.
–Soy de Guatemala.
–Welcome to my country.
No hay caso. Él quiere que yo sea extranjero. No puedo evitar montar en cólera:
–¿Estás completamente drogado o simplemente sos un imbécil? Te digo que soy guatemalteco. No hablo inglés.
Por fin ha entendido. Está visiblemente decepcionado: soy guatemalteco. Se le ha caído la mitología del canchito.
–Ok, man –dice todavía, como por inercia.
El tipo cruza la calle, molesto (aunque también humillado por la prisa de no ser atropellado). Dos hombres sacan unos muebles a la acera, para exhibirlos. Una escolar uniformada carga una lonchera como quien carga a un muerto. Más allá, un padre y su hija (o su amante) caminan abrazados. Un centro naturista anuncia remedios contra la artritis, la caída del cabello, la impotencia sexual.
Una vez que el tipo de las orejas enormes está del otro lado de la calle, a una distancia diríamos prudencial, me grita:
–¿No que tan macho, pues?
Y aún añade:
–Gringo mierda.
(Columna publicada el 2 de febrero de 2006.)


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