El Frío
Como ya saben, cayó el Frío. Cayó el Frío en la ciudad como una especie de brujería. Las monedas se pusieron muy heladas en los bolsillos. Los lectores de devedés dejaron de funcionar. Las alcantarillas colapsaron. Los refrescos se convirtieron en puro hielo en los Super 24. Los mocos de los niños se congelaron. A Jaime Viñals se le cayeron los dedos de las manos y los pies. La planta nuclear subterránea que funciona debajo del basurero de la zona 3 (fue puesta allí por una superpotencia en los años ochenta, cualquiera es libre de comprobar su existencia) entró en código rojo. Estalactitas maquiavélicas cuelgan del Edificio de Correos, y los vendedores de shucos ahora son estatuas duras adornando las calles. Quizá lo único hermoso de todo esto son los bellos glaciares lentos que se han formado por doquier (recomiendo especialmente el que está ubicado en la colonia San Rafael), dando espectáculos imprevistos, de azules intensos, y brillos maravillosos. El esperma de los varones se ha convertido en una piedra mate en los escrotos. Entretanto, en las grandes tiendas, este fenómeno se ha traducido de una manera nefasta: por ejemplo, en Cemaco los consumidores se apuñalan por los calentadores eléctricos. Bueno, cuando digo que se apuñalan lo digo metafóricamente: en realidad se agarran a plomazos. En los centros comerciales se han formado trincheras con alambre de púas y todo. Los peor del asunto es que la creatividad se ha helado ella también, y por lo tanto a nadie se le ocurre cómo arreglar esta situación. Y por si fuera poco, toda escala axial de valores humanitarios y espirituales se ha solidificado, dando rienda suelta a una marejada de crímenes de naturaleza diabólica. A unos metros del Portal, jateaditos, los cuerpos, las orejas, las manos, todo frío…
(Columna publicada el 12 de enero de 2006.)
(Columna publicada el 12 de enero de 2006.)


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