Chinerío
La gente por una vez iba tranquila por la calle, con las manos en los bolsillos, silbando es decir. El cielo era de un azul ya estrafalario, y yo planeaba mis futuros bestsellers, cuando distinguí, noté y advertí cómo un carro (una Prada masiva, poco amigable) saliendo de la nada, rompiendo la serenidad que reinaba un segundo antes, se dirigía a mí, a velocidad sónica… ¡y sobre la banqueta! ¡Un chino de ojillos diabólicos, sin código vial alguno! Tuve que tirarme a un lado para no ser arrollado. Y los otros también. Si algo no hemos perdido los guatemaltecos son los instintos de sobrevivencia…
Primero lo insulté, sí… Protervo explotador de maquilas… Gusano de las marcas corporativas… Ya saben, esa clase de insultos. Luego se me fue pasando. Al fin lo perdoné. ¿Cómo no perdonarlos? A los chinos, quiero decir.
Cuando digo “chinos” lo digo en el sentido popular, generalizador, y fascistoide de la palabra. Por supuesto, no voy a ocultar que me da un poco de vergüenza no poder distinguir a un chino de un japonés de un coreano de Fujimori. Me da tremenda vergüenza no poder a primera vista (y muchas veces a segunda y a tercera) separar Ciertas Nacionalidades Asiáticas, no sólo tan distintas sino a menudo en guerra.
La verdad es que les tengo cariño. En el edificio dónde vivo vive un chinerío… Y tan educados… Además de trabajadores… Parecen hormigas… Todo lo guardan… Hace unos días tiré una computadora vieja a la basura. Al poco tiempo, allí estaban, alrededor del basurero, tres chinos, llevándose la pantalla, los cables, el printer… La computadora era más vieja que una Remington de los años 30, pero eso no los detuvo. Los miré conmovidos, mientras ellos me saludaban, inclinando la cabeza una y otra vez. A lo mejor uno de ellos era el chino de la Prada, pero ¿cómo saberlo?
(Columna publicada el 19 de enero de 2006.)
Primero lo insulté, sí… Protervo explotador de maquilas… Gusano de las marcas corporativas… Ya saben, esa clase de insultos. Luego se me fue pasando. Al fin lo perdoné. ¿Cómo no perdonarlos? A los chinos, quiero decir.
Cuando digo “chinos” lo digo en el sentido popular, generalizador, y fascistoide de la palabra. Por supuesto, no voy a ocultar que me da un poco de vergüenza no poder distinguir a un chino de un japonés de un coreano de Fujimori. Me da tremenda vergüenza no poder a primera vista (y muchas veces a segunda y a tercera) separar Ciertas Nacionalidades Asiáticas, no sólo tan distintas sino a menudo en guerra.
La verdad es que les tengo cariño. En el edificio dónde vivo vive un chinerío… Y tan educados… Además de trabajadores… Parecen hormigas… Todo lo guardan… Hace unos días tiré una computadora vieja a la basura. Al poco tiempo, allí estaban, alrededor del basurero, tres chinos, llevándose la pantalla, los cables, el printer… La computadora era más vieja que una Remington de los años 30, pero eso no los detuvo. Los miré conmovidos, mientras ellos me saludaban, inclinando la cabeza una y otra vez. A lo mejor uno de ellos era el chino de la Prada, pero ¿cómo saberlo?
(Columna publicada el 19 de enero de 2006.)


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