Tristeza, a estas alturas
Cuando vivió en Panajachel, conoció a un iraquí, tipo duro, tabernero de sepia, dueño de uno de esos bares que se mantienen en Pana sin pena y sin gloria. Nunca fueron amigos, porque de hecho Sánchez nunca tuvo amigos cuando vivió allí. Más bien, desconfiaba de todos. Fue una época de desconfianza, cuando no de franca paranoia. Es cierto que se juntaba con los extranjeros y algunos locales; es cierto que los saludaba al cruzar la avenida Santander; es cierto que tomaba con ellos a veces algunas copas, intercambiaba diferencias, ocurrencias, las calculadas astucias de la personalidad: pero desconfiaba.
Se recordó del iraquí, no de su nombre, pero se recordó del iraquí al ver por la televisión el cielo negro de Basora obturado por las luces de bengala. Se recordó más que todo de su persona al ver al Ministro de Información de Irak, tan parecido a él, casi él, leyendo un mensaje de Hussein en el cuál afirmaba que la guerra era una gran oportunidad, un honor, una prueba de Alá, que aquel que muera en guerra contará con la bendición de Dios, y otras sandeces. Y entonces decidió ir a buscarlo al lago.
Inútil búsqueda, por lo demás. Ya no vivía allí. El bar ahora lo había tomado un brasileño, un brasileño suave, musical. Sánchez inquirió sobre el paradero del antiguo dueño:
–Sí, sí. Estaba desesperado por volver a su país. Dijo que quería ver a su esposa, abrazar a sus hijos –explicó el brasileño.
Sánchez sintió una ligera autoindulgencia, un principio de melancolía, que lo sacó de sus casillas. “Tristeza, a estas alturas”, pensó. Nunca fueron amigos con el iraquí; le caía bien, es todo. No sabía que tenía mujer, o hijos. Sánchez imaginó la familia: la mujer fija, abnegada y suficiente, y los hijos, que podían pasar fácilmente por guatemaltecos, como de hecho un buen número de irakís… Nos parecemos demasiado, concluyó Sánchez.
(Columna publicada el 3 de abril de 2003.)
Se recordó del iraquí, no de su nombre, pero se recordó del iraquí al ver por la televisión el cielo negro de Basora obturado por las luces de bengala. Se recordó más que todo de su persona al ver al Ministro de Información de Irak, tan parecido a él, casi él, leyendo un mensaje de Hussein en el cuál afirmaba que la guerra era una gran oportunidad, un honor, una prueba de Alá, que aquel que muera en guerra contará con la bendición de Dios, y otras sandeces. Y entonces decidió ir a buscarlo al lago.
Inútil búsqueda, por lo demás. Ya no vivía allí. El bar ahora lo había tomado un brasileño, un brasileño suave, musical. Sánchez inquirió sobre el paradero del antiguo dueño:
–Sí, sí. Estaba desesperado por volver a su país. Dijo que quería ver a su esposa, abrazar a sus hijos –explicó el brasileño.
Sánchez sintió una ligera autoindulgencia, un principio de melancolía, que lo sacó de sus casillas. “Tristeza, a estas alturas”, pensó. Nunca fueron amigos con el iraquí; le caía bien, es todo. No sabía que tenía mujer, o hijos. Sánchez imaginó la familia: la mujer fija, abnegada y suficiente, y los hijos, que podían pasar fácilmente por guatemaltecos, como de hecho un buen número de irakís… Nos parecemos demasiado, concluyó Sánchez.
(Columna publicada el 3 de abril de 2003.)


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