Mixiones (I)
Calles. Salgo afuera, a caminar, como un hechicero de otra rabia urbana. El mundo, ¿está allí? Podrían pasar delante de mí seis niñas en kimonos, cantando una canción de Bob Dylan, y seguramente no sabría todavía si el ser, si el ser en esta noche de ausencias, ha optado por cambiar, por reorganizar su criterio lluvioso, tentacular, cerebral, y crear otra cosa: otro ser. La característica vital de la ciudad es lo imposible.
Cuarto. Todo regado. Son libros y son pequeñas extravagancias y son tantas cosas, carentes de dirección y concierto: el menú de algún restaurante, un ticket de bus, un manojo de flores metálicas, homúnculos encerrados en frascos de vidrio, meses desperdiciados, arrodilladas cartas de amor, el cadáver de Dalí, una llama que baila sediciosa en una esquina, un beso arrugado, un lenguaje maya olvidado, una pila de periódicos inútiles, una fotografía de un niño rubio sentado en un Mcdonald´s… Sustancia impar, sucia de elementos, diáspora reunida a fuerza de muchas demencias, mesas rotas, puñetazos, posters desgarrados, pestañas perdidas, y café en todos lados, como un cuarto de hotel de otro rockstar fogoso y anónimo. Pero el ojo afinado sabrá reconocer, tras el caos aparente, una consigna secreta, un rigor, talvez. En la otra habitación, más allá, no puse nada. La uso para sentirme más vacío: las paredes blancas, el piso desnudo.
Beeper. Me levanta el sonido insistente del beeper. Lo que busco es su ligera fosforescencia, lo que busco es el paquete de cigarros, lo que busco es una coordenada en la mitad de este cuarto revoltoso. El interruptor. La luz inunda el cuarto, y la dimensión gravosa de las cosas adquiere una consistencia un tanto sartreana. Encuentro el beeper finalmente, y leo: El mundo ha muerto. Me acuesto, me duermo.
(Columna publicada el 1 de mayo de 2003.)
(Nota: mixión, mix, remix, miscelánea, micción, remixxión…)
Cuarto. Todo regado. Son libros y son pequeñas extravagancias y son tantas cosas, carentes de dirección y concierto: el menú de algún restaurante, un ticket de bus, un manojo de flores metálicas, homúnculos encerrados en frascos de vidrio, meses desperdiciados, arrodilladas cartas de amor, el cadáver de Dalí, una llama que baila sediciosa en una esquina, un beso arrugado, un lenguaje maya olvidado, una pila de periódicos inútiles, una fotografía de un niño rubio sentado en un Mcdonald´s… Sustancia impar, sucia de elementos, diáspora reunida a fuerza de muchas demencias, mesas rotas, puñetazos, posters desgarrados, pestañas perdidas, y café en todos lados, como un cuarto de hotel de otro rockstar fogoso y anónimo. Pero el ojo afinado sabrá reconocer, tras el caos aparente, una consigna secreta, un rigor, talvez. En la otra habitación, más allá, no puse nada. La uso para sentirme más vacío: las paredes blancas, el piso desnudo.
Beeper. Me levanta el sonido insistente del beeper. Lo que busco es su ligera fosforescencia, lo que busco es el paquete de cigarros, lo que busco es una coordenada en la mitad de este cuarto revoltoso. El interruptor. La luz inunda el cuarto, y la dimensión gravosa de las cosas adquiere una consistencia un tanto sartreana. Encuentro el beeper finalmente, y leo: El mundo ha muerto. Me acuesto, me duermo.
(Columna publicada el 1 de mayo de 2003.)
(Nota: mixión, mix, remix, miscelánea, micción, remixxión…)


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