El acomplejado inteligente
Si me consultan, yo digo que lo más apreciable de Monterroso fueron sus complejos, eso de sentirse por debajo de la propia estatura, lo cual en su caso preciso ya es decir algo. La zona de los complejos es la zona más interesante en cualquier escritor, porque el escritor hará todo lo que está en sus manos y usará todo el talento a su disposición para resolverlos en la escritura. Nada más valioso que un autor incómodo en el marco de su individualidad, y no obstante con el aplomo vital y sinceridad suficientes para librar batalla con ello en una página. El escritor intentará una manera de decirse decorosamente, y si tiene el talento necesario, lo hará por medio de un estilo, el estilo que talvez no posee en su cotidianidad nerviosa.
Estoy ahora mismo en el banco, y hay una fila entre resignada y revuelta, mucho calor y tantas personas que quieren cobrar su cheque para tener su dinerito el primero de mayo, día cuando el guatemalteco hace honor a su pereza. Pienso que a Monterroso la inseguridad lo salvó de la presunción, del heroísmo sagrado de la cultura y de los cuentos de vaqueros. Y al resto nos abrió un camino, pues ahora sabemos, gracias a él, que no hacer novelas como las de Thomas Mann no tiene por qué ser un pecado literario; que no formular La Comedia Humana no debe hacernos desistir de la literatura; que no por fuerza se debe escribir La Iliada; que una ocurrencia veloz es equivalente a una gran idea. La grandeza cabe en un metro sesenta. Para mí la grandeza es que te lea alguien en la fila de un banco y que se ría sin valladares, sin considerar el rictus exasperado de los demás, de los que no consideraron llevar un libro de Monterroso para sobrellevar la espera, es decir la vida.
(Columna publicada el 8 de mayo de 2003.)
Estoy ahora mismo en el banco, y hay una fila entre resignada y revuelta, mucho calor y tantas personas que quieren cobrar su cheque para tener su dinerito el primero de mayo, día cuando el guatemalteco hace honor a su pereza. Pienso que a Monterroso la inseguridad lo salvó de la presunción, del heroísmo sagrado de la cultura y de los cuentos de vaqueros. Y al resto nos abrió un camino, pues ahora sabemos, gracias a él, que no hacer novelas como las de Thomas Mann no tiene por qué ser un pecado literario; que no formular La Comedia Humana no debe hacernos desistir de la literatura; que no por fuerza se debe escribir La Iliada; que una ocurrencia veloz es equivalente a una gran idea. La grandeza cabe en un metro sesenta. Para mí la grandeza es que te lea alguien en la fila de un banco y que se ría sin valladares, sin considerar el rictus exasperado de los demás, de los que no consideraron llevar un libro de Monterroso para sobrellevar la espera, es decir la vida.
(Columna publicada el 8 de mayo de 2003.)



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