Limpio
Les dio por moderarse, o diluirse en las onegés, construir una cierta paz doméstica, varios optaron por la política (más de uno viró a la derecha), y demasiados, Sánchez por ejemplo, se dedicaron a beber. Todos esos años de vagancia que siguieron a la firma de la paz encallaron en una misma cita sorda a la orilla del vaso. Una década perdida y una turba de dipsómanos. Se pasaron los años noventa bebiendo en las cantinas, las anónimas, las reputadas cantinas, bebiendo los más vulgares venenos, virilmente bebiendo hasta la inconsciencia y hasta la sangre, retozando en el trapecio y sin red visible abajo.
Eso era la derrota. Eso era perder la guerra. La costumbre del abuso de la conspiración de la memoria. La memoria, contemporánea de todo lo que hace daño. Y para colmo de los colmos, ni siquiera hacía falta recordar, sólo bastaba con abrir el periódico. Muchas razones para trocearse el hígado. Como lo de Myrna Mack. Hay una suerte de resaca preelectoral en el ambiente. Entre otras cosas, es preciso sellar antiguos pactos para forjar otros. Saldar viejas deudas para contraer nuevas. Una cuestión de ritmo y de agenda. El ritmo lo tienen pésimamente aprendido, porque son malísimos en la cama, son políticos pequeños, políticos que prefieren el dinero al poder, con lo cual nunca van a pasar a las grandes ligas, pero eso sí, con sangre fría y dosis respetables de descaro.
Muchas razones para trocearse el hígado. Pero Sánchez se armó de valor, el suficiente en todo caso para un buen día, un día honrado, dejar de tomar. “Si nos están envenenando, no podemos además envenenarnos nosotros por cuenta propia”, moralizó. Aunque habían razones menos sublimes para dejar de tomar. No ha vuelto a llenar el vaso.
(Columna publicada 15 de mayo de 2005.)
(Nota: Cada 12 de mayo celebro un año más de abstinencia.)
Eso era la derrota. Eso era perder la guerra. La costumbre del abuso de la conspiración de la memoria. La memoria, contemporánea de todo lo que hace daño. Y para colmo de los colmos, ni siquiera hacía falta recordar, sólo bastaba con abrir el periódico. Muchas razones para trocearse el hígado. Como lo de Myrna Mack. Hay una suerte de resaca preelectoral en el ambiente. Entre otras cosas, es preciso sellar antiguos pactos para forjar otros. Saldar viejas deudas para contraer nuevas. Una cuestión de ritmo y de agenda. El ritmo lo tienen pésimamente aprendido, porque son malísimos en la cama, son políticos pequeños, políticos que prefieren el dinero al poder, con lo cual nunca van a pasar a las grandes ligas, pero eso sí, con sangre fría y dosis respetables de descaro.
Muchas razones para trocearse el hígado. Pero Sánchez se armó de valor, el suficiente en todo caso para un buen día, un día honrado, dejar de tomar. “Si nos están envenenando, no podemos además envenenarnos nosotros por cuenta propia”, moralizó. Aunque habían razones menos sublimes para dejar de tomar. No ha vuelto a llenar el vaso.
(Columna publicada 15 de mayo de 2005.)
(Nota: Cada 12 de mayo celebro un año más de abstinencia.)


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