El pantano (II)
Una anotación: los responsables de la guerra están de un lado y otro, y cabe decir que el discurso de guerra de Sadam Hussein fue tan asquerosamente religioso y moralista como lo fue/es el de George W. Bush. Por un momento, uno puede pensar que el encargado de hacerle los discursos a Bush y a Hussein fue el mismo, y que sólo cambió aquí y allá ciertas palabras imprescindibles. Lo cuál es un obstáculo extra para el analista: las partes del conflicto se parecen demasiado.
Se parecen demasiado o no se parecen para nada. Si el parecido es irreprochable, también lo es la diferencia. El maniqueísmo es la plaga más grande de la conciencia pública. Si las guerras son –tácticamente, moralmente– guerras de posiciones, ¿cómo diferenciar una posición intelectual de una posición pedestre, vulgar, marcial? Pero incluso, admitamos que mi posición es honrada, es individual: ¿lo es lo suficiente como para no carecer de vigor y coherencia? Pues en una guerra como la de Irak, no se puede tomar partido sin contradicción, y no se puede asimismo dejar de tomar partido sin contradicción. El asunto es delicado.
El individuo tiene que evitar a toda costa caer en lo que podemos llamar “el pantano de la opinión pública”. Esta guerra es una guerra mediática, como lo fue la de Kosovo y antes la Guerra del Golfo en 1991. Tanto que hoy el tratamiento de la noticia de la guerra es noticia en sí. Hay un exceso de criterios de segunda mano en el ambiente, y todo se confunde. Todas esas palabras inútiles ahogan las palabras de aquellos que pretenden sortear con originalidad el dilema. Los pensadores han sido sustituidos por comentaristas llanos y periodistas apenas descriptivos. Ello se traduce en apatía de pensamiento. Con el aval de varias potencias del globo y buena parte de la llamada civilización, Irak ha sido brutalmente derribado.
(Columna publicada el 24 de abril de 2003.)
Se parecen demasiado o no se parecen para nada. Si el parecido es irreprochable, también lo es la diferencia. El maniqueísmo es la plaga más grande de la conciencia pública. Si las guerras son –tácticamente, moralmente– guerras de posiciones, ¿cómo diferenciar una posición intelectual de una posición pedestre, vulgar, marcial? Pero incluso, admitamos que mi posición es honrada, es individual: ¿lo es lo suficiente como para no carecer de vigor y coherencia? Pues en una guerra como la de Irak, no se puede tomar partido sin contradicción, y no se puede asimismo dejar de tomar partido sin contradicción. El asunto es delicado.
El individuo tiene que evitar a toda costa caer en lo que podemos llamar “el pantano de la opinión pública”. Esta guerra es una guerra mediática, como lo fue la de Kosovo y antes la Guerra del Golfo en 1991. Tanto que hoy el tratamiento de la noticia de la guerra es noticia en sí. Hay un exceso de criterios de segunda mano en el ambiente, y todo se confunde. Todas esas palabras inútiles ahogan las palabras de aquellos que pretenden sortear con originalidad el dilema. Los pensadores han sido sustituidos por comentaristas llanos y periodistas apenas descriptivos. Ello se traduce en apatía de pensamiento. Con el aval de varias potencias del globo y buena parte de la llamada civilización, Irak ha sido brutalmente derribado.
(Columna publicada el 24 de abril de 2003.)



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