El pantano (I)
Cierto criterio no muy reconfortante insiste en destazar iraquíes como vacas en el rastro. Una cantidad de hospitales improvisados han proliferado a lo largo de Irak. El país es ya un granero de sangre, polvo, escombros; un ejemplo de progresiva, clínica y eficaz dominación; y un laboratorio rentable de opinión pública.
A esta descripción escandalosa es difícil agregar algo más. Incluso, es difícil agregar un veredicto, y esto por varias razones importantes.
En principio pues sabemos que nuestro juicio sobre la guerra no afecta mayormente su curso y ello aumenta en cada uno de nosotros la frustración (miles de manifestantes en todo el orbe han sido lujosamente desoídos por aquellos que empujan el conflicto hasta sus límites bestiales).
Porque las razones de la Coalición nos parecen evidentes, y evidentemente malas: ni tan disimuladas, ni tan rigurosas, ni tan hipócritas, ni tan defendidas como quisiéramos. Nada hay más claro que su forma de actuar: “nosotros tenemos la razón, y además no le estamos preguntando”. Eso no es encubrimiento, es todo lo contrario. Entonces los intelectuales, que piensan que su tarea es precisamente “desencubrir” se ven de pronto huérfanos de su método.
Es a la vez muy difícil opinar por otra razón: el discurso moral ha sido secuestrado por aquellos que son responsables de la guerra. Ellos han monopolizado públicamente (o al menos tienen para sí un buen pedazo del pastel) los términos “bueno” o “malo”. Para el crítico es difícil generar opiniones sin confundirse con aquellos que está tratando de criticar, sin caer él mismo en el mismo juego. Es una trampa concertada, no hay que dudarlo, sutil pues está ubicada en el centro mismo del discurso y del lenguaje.
(Columna publicada el 10 de abril de 2003.)
A esta descripción escandalosa es difícil agregar algo más. Incluso, es difícil agregar un veredicto, y esto por varias razones importantes.
En principio pues sabemos que nuestro juicio sobre la guerra no afecta mayormente su curso y ello aumenta en cada uno de nosotros la frustración (miles de manifestantes en todo el orbe han sido lujosamente desoídos por aquellos que empujan el conflicto hasta sus límites bestiales).
Porque las razones de la Coalición nos parecen evidentes, y evidentemente malas: ni tan disimuladas, ni tan rigurosas, ni tan hipócritas, ni tan defendidas como quisiéramos. Nada hay más claro que su forma de actuar: “nosotros tenemos la razón, y además no le estamos preguntando”. Eso no es encubrimiento, es todo lo contrario. Entonces los intelectuales, que piensan que su tarea es precisamente “desencubrir” se ven de pronto huérfanos de su método.
Es a la vez muy difícil opinar por otra razón: el discurso moral ha sido secuestrado por aquellos que son responsables de la guerra. Ellos han monopolizado públicamente (o al menos tienen para sí un buen pedazo del pastel) los términos “bueno” o “malo”. Para el crítico es difícil generar opiniones sin confundirse con aquellos que está tratando de criticar, sin caer él mismo en el mismo juego. Es una trampa concertada, no hay que dudarlo, sutil pues está ubicada en el centro mismo del discurso y del lenguaje.
(Columna publicada el 10 de abril de 2003.)


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