Transparencias
Están los ingenuos que hablan, desde hace por lo menos una década, de que Guatemala no es la de antes, y aún más de democracia. Son las nieblas del optimismo. El episodio que recién tuvo que vivir José Rubén Zamora, aparte de deleznable, es el esperado tour de force de los poderes ocultos, en el sentido de que a tales poderes ya no les interesa de hecho conservarse ocultos. Por un momento, vivieron voluntariamente bajo el auspicio de una simulación democrática, pero cuando esa simulación se vuelve inversa a sus propósitos, la rasgan sin complejos, como siempre lo han hecho. Un tajo nítido, un mensaje, un corte. El propósito del tal corte es que carezca de coartada, justamente: es que sea visible.
Sin duda, el agravio al director de El Periódico es el suceso más brutal y escalofriante en lo que va del año en términos políticos, por ser el menos hipócrita, el más transparente. (Que yo utilice el término transparencia en este contexto puede desconcertar a alguno, y es entendible: pensábamos que era un término solamente aplicable a una realidad democrática, y no a la instigación política. Otro efecto virtualizador propio de la posguerra.)
Incluso la resolución en los juzgados del caso Mack se enmarcó dentro de un grado de fingimiento, por suceder dentro de un marco aparentemente legal. Hubo cabalmente menos transparencia, más ambigüedad en todo el asunto. De ninguna manera justificable, pero el punto es que cuando a una mente criminal ya no le interesa mantener la cortesía de las formas, por muy falsa que sea dicha cortesía, es que ha tomado una decisión. Puede ser una decisión fría o puede ser una decisión de pánico. En ambos casos (tanto si se trata de una serena autosuficiencia o de un apuro antidemocrático), el peligro asoma. Cuando la violencia llana ha sustituido la sutil ingeniería social, algo va peor.
(Un abrazo a José Rubén.)
(Columna publicada el 26 de junio de 2003.)
Sin duda, el agravio al director de El Periódico es el suceso más brutal y escalofriante en lo que va del año en términos políticos, por ser el menos hipócrita, el más transparente. (Que yo utilice el término transparencia en este contexto puede desconcertar a alguno, y es entendible: pensábamos que era un término solamente aplicable a una realidad democrática, y no a la instigación política. Otro efecto virtualizador propio de la posguerra.)
Incluso la resolución en los juzgados del caso Mack se enmarcó dentro de un grado de fingimiento, por suceder dentro de un marco aparentemente legal. Hubo cabalmente menos transparencia, más ambigüedad en todo el asunto. De ninguna manera justificable, pero el punto es que cuando a una mente criminal ya no le interesa mantener la cortesía de las formas, por muy falsa que sea dicha cortesía, es que ha tomado una decisión. Puede ser una decisión fría o puede ser una decisión de pánico. En ambos casos (tanto si se trata de una serena autosuficiencia o de un apuro antidemocrático), el peligro asoma. Cuando la violencia llana ha sustituido la sutil ingeniería social, algo va peor.
(Un abrazo a José Rubén.)
(Columna publicada el 26 de junio de 2003.)


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