Mixiones (III)
Ateísmo. No defender el propio ateísmo con jactancia, sino con serenidad. Desconfiar de los ateos orgullosos.
Pavese forever. Me llamo Pavese. Escribo esto, y no en verdad por despedirme, nada de eso, todo salvo eso: es sencillamente lógico que un escritor escriba también, entre otras cosas, su muerte. Se vive tantas muertes, creo, al día, por noche, tantas y que no han sido nunca redactadas, allí finalmente en el papel, que la más cierta de todas, la definitiva, merece exclusiva atención, merece afecto. Estoy habitado de muerte: lo moral es morirse. Es un acto. Como escribir estas líneas de despedida. Un gesto.
Identidad. Estoy confinando a un raro rincón, a una extraña manera de ser guatemalteco.
Ataque. Es más difícil en mi caso la ofensa a la defensa. ¿Debilidad? Sí, hay algo de eso; como un cansancio. Pero entonces hay que organizar. Mis impulsos deberán ser orientados en una primera y fundamental instancia a conseguir nuevos haces de energía; mi radio de poder deberá aumentar hasta el grado de la suficiencia de agresión. Y debo preservarme así, pues la defensa reactiva y permanente debilita mi sensación de firmeza en el mundo.
Dedos. Me puse a tocar objetos, a tocarlo todo con los dedos, a reflexionar sobre mis dedos. Sobre el trueno, los dedos delicados, los dedos sobre el palpado universo. Todo empieza siempre con los dedos, el mundo, el otro, una torre. Los dedos se trenzan con la vida, tibia y canalla, la vida. Los dedos descubren el íntimo fragor de la existencia. Mudos y largos, extasiados y proféticos dedos, dedos absortos ante la inmensa catedral de cosas, que no alcanzan a tocar entera. Los dedos se sumergen en la grandiosa imparidad del mundo, y la dibujan.
(Columna publicada el 3 de julio de 2003.)
Pavese forever. Me llamo Pavese. Escribo esto, y no en verdad por despedirme, nada de eso, todo salvo eso: es sencillamente lógico que un escritor escriba también, entre otras cosas, su muerte. Se vive tantas muertes, creo, al día, por noche, tantas y que no han sido nunca redactadas, allí finalmente en el papel, que la más cierta de todas, la definitiva, merece exclusiva atención, merece afecto. Estoy habitado de muerte: lo moral es morirse. Es un acto. Como escribir estas líneas de despedida. Un gesto.
Identidad. Estoy confinando a un raro rincón, a una extraña manera de ser guatemalteco.
Ataque. Es más difícil en mi caso la ofensa a la defensa. ¿Debilidad? Sí, hay algo de eso; como un cansancio. Pero entonces hay que organizar. Mis impulsos deberán ser orientados en una primera y fundamental instancia a conseguir nuevos haces de energía; mi radio de poder deberá aumentar hasta el grado de la suficiencia de agresión. Y debo preservarme así, pues la defensa reactiva y permanente debilita mi sensación de firmeza en el mundo.
Dedos. Me puse a tocar objetos, a tocarlo todo con los dedos, a reflexionar sobre mis dedos. Sobre el trueno, los dedos delicados, los dedos sobre el palpado universo. Todo empieza siempre con los dedos, el mundo, el otro, una torre. Los dedos se trenzan con la vida, tibia y canalla, la vida. Los dedos descubren el íntimo fragor de la existencia. Mudos y largos, extasiados y proféticos dedos, dedos absortos ante la inmensa catedral de cosas, que no alcanzan a tocar entera. Los dedos se sumergen en la grandiosa imparidad del mundo, y la dibujan.
(Columna publicada el 3 de julio de 2003.)



No hay comentarios:
Publicar un comentario