Las piedras en el camino
Cada cuatro años, un grupo de hombres se dedica a pintar de colores las piedras desperdigadas y yacentes que bordean las rutas y los senderos, en una suerte de cíclica ceremonia que se ha venido realizando desde tiempo atrás.
¿Qué empresa mágica es ésta…? ¿Tendrá fines religiosos, celebrará el advenimiento de algún fenómeno telúrico…? Se sabe que las piedras han sido utilizadas en viscerales liturgias, así los celtas en Stonedge, o aquellas que sirven para lavar las prendas de Maximón. Acaso son teñidas para promover un propósito terapéutico, como lo dicta la gemoterapia, en otro sentido el arte.
No, por supuesto.
Simplemente es año de elecciones.
El país es un manto electoral punteado por miles y miles de piedras pintadas con los colores de los partidos políticos. A lo largo de caminos y carreteras, las piedras son los mejores soportes publicitarios y proselitistas, los soportes gratuitos que la naturaleza ofrece a candidatos ávidos de anegar el país en una atmósfera electoral más o menos irrespirable, como las aguas del Villalobos anegó carros y hasta un bebé el otro día. Es un viejo recurso.
De un día para otro aparecen pintadas las piedras. Talvez es cierto que hay hechicería de por medio.
Recuerdo que hace unos años a alguien se le ocurrió pintar unas piedras en Carretera a El Salvador, pero no para suscitar simpatías hacia ningún presidenciable, sino sólo porque sí, para embellecer. Como era de esperar, le pintaron muy luego encima: al principio una publicidad de esas que ofrecen curar enfermedades venéreas y más tarde el sello fatídico de cualquier partido. De esa manera la política termina comiéndose la religión, el arte, todo, y las piedras electorales están por doquier.
Son nuestras piedras en el camino.
(Columna publicada el 10 de julio de 2003.)
¿Qué empresa mágica es ésta…? ¿Tendrá fines religiosos, celebrará el advenimiento de algún fenómeno telúrico…? Se sabe que las piedras han sido utilizadas en viscerales liturgias, así los celtas en Stonedge, o aquellas que sirven para lavar las prendas de Maximón. Acaso son teñidas para promover un propósito terapéutico, como lo dicta la gemoterapia, en otro sentido el arte.
No, por supuesto.
Simplemente es año de elecciones.
El país es un manto electoral punteado por miles y miles de piedras pintadas con los colores de los partidos políticos. A lo largo de caminos y carreteras, las piedras son los mejores soportes publicitarios y proselitistas, los soportes gratuitos que la naturaleza ofrece a candidatos ávidos de anegar el país en una atmósfera electoral más o menos irrespirable, como las aguas del Villalobos anegó carros y hasta un bebé el otro día. Es un viejo recurso.
De un día para otro aparecen pintadas las piedras. Talvez es cierto que hay hechicería de por medio.
Recuerdo que hace unos años a alguien se le ocurrió pintar unas piedras en Carretera a El Salvador, pero no para suscitar simpatías hacia ningún presidenciable, sino sólo porque sí, para embellecer. Como era de esperar, le pintaron muy luego encima: al principio una publicidad de esas que ofrecen curar enfermedades venéreas y más tarde el sello fatídico de cualquier partido. De esa manera la política termina comiéndose la religión, el arte, todo, y las piedras electorales están por doquier.
Son nuestras piedras en el camino.
(Columna publicada el 10 de julio de 2003.)


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