El nombre impronunciable
La señora que viene a limpiar la casa de Sánchez se llama Esperanza. Esperanza, además del nombre de esa mujer, es asimismo una de las tres virtudes teologales. Visto de una manera menos expositiva, esta noción se asocia a la confianza en el porvenir, a la perspectiva de un mundo venidero y mejor.
Esperanza, la mujer Esperanza, parece un reflejo claro de su propio nombre, de su nombre propio. Es cordial y es feliz, y ella misma esperanzadora. Los nombres son portadores de esencias y propiedades, medita Sánchez. Impregnan a sus portadores. Hay nombres fuertes y nombres débiles, nombres que fortalecen y nombres que debilitan. También hay nombres enigmáticos –el arcano Tetragrámaton de los cabalistas.
Pero si es cierto que el nombre impregna al portador, también pasa que el portador transfiere a su nombre algo de su propia forma de ser. Algunos cambian la naturaleza interior de su nombre dotándolo de luces y revelaciones, y otros de tierra que se pudre y gravosas telarañas.
Por estos días, hay un nombre que está en todos los periódicos: Efraín Ríos Montt.
Sánchez se llama Efraín, como el General, lo cual lo pone de mal humor.
El nombre de Efraín Ríos Montt encierra visiones que no cabe aquí nombrar. Tanto que Sánchez por las noches se levanta de repente, salpicado por el rocío oscuro de alguna pesadilla, recuerda a dos o tres amigos que ya no están, llora un poquito. Lo tiene nervioso esto de la candidatura de Ríos Montt. Hay personajes históricos que dan un sablazo histórico, y luego se retiran a un rincón pacífico a regodearse en privado de su maldad. Y hay otros que simplemente insisten. Es increíble la tenacidad maligna con la cual Ríos Montt se aferra al poder. No lo detendrá ni un cáncer, ni nada.
“Habrá que cambiarse de nombre”, considera vagamente Sánchez, mientras mira a Esperanza barrer el patio.
(Columna publicada el 17 de julio de 2003.)
Esperanza, la mujer Esperanza, parece un reflejo claro de su propio nombre, de su nombre propio. Es cordial y es feliz, y ella misma esperanzadora. Los nombres son portadores de esencias y propiedades, medita Sánchez. Impregnan a sus portadores. Hay nombres fuertes y nombres débiles, nombres que fortalecen y nombres que debilitan. También hay nombres enigmáticos –el arcano Tetragrámaton de los cabalistas.
Pero si es cierto que el nombre impregna al portador, también pasa que el portador transfiere a su nombre algo de su propia forma de ser. Algunos cambian la naturaleza interior de su nombre dotándolo de luces y revelaciones, y otros de tierra que se pudre y gravosas telarañas.
Por estos días, hay un nombre que está en todos los periódicos: Efraín Ríos Montt.
Sánchez se llama Efraín, como el General, lo cual lo pone de mal humor.
El nombre de Efraín Ríos Montt encierra visiones que no cabe aquí nombrar. Tanto que Sánchez por las noches se levanta de repente, salpicado por el rocío oscuro de alguna pesadilla, recuerda a dos o tres amigos que ya no están, llora un poquito. Lo tiene nervioso esto de la candidatura de Ríos Montt. Hay personajes históricos que dan un sablazo histórico, y luego se retiran a un rincón pacífico a regodearse en privado de su maldad. Y hay otros que simplemente insisten. Es increíble la tenacidad maligna con la cual Ríos Montt se aferra al poder. No lo detendrá ni un cáncer, ni nada.
“Habrá que cambiarse de nombre”, considera vagamente Sánchez, mientras mira a Esperanza barrer el patio.
(Columna publicada el 17 de julio de 2003.)



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