Elogio del suicidio
De vez en cuando me entran ganas de matarme. Puede que esto responda a un motivo cualquiera, o biológico. No tiene importancia, en realidad. A lo que voy es que tengo por todos los suicidas del mundo una simpatía y una particular conmiseración: creo entenderlos. Muchos son los que piensan que los suicidas son unos enfermos y unos egoístas. Mi hermana siempre se escandalizaba cuando mi padre (biológico, una vez más) le decía (y todavía le dice, creo) que el suicidio es un acto respetable, y un derecho. Mi padre es un efectista, porque hasta la fecha no se ha matado. Así como hay que desconfiar de los ateos orgullosos, también hay que desconfiar de los suicidas que no se matan. Yo desconfío de mí mismo.
El suicidio es un derecho, pero bajo ninguna circunstancia un deber, como dijo algún cretino. Eso también lo tengo muy claro.
Otras cosas que tengo claro: 1) que no hay que hablar mal de aquellos que ya no pueden defenderse, y que talvez nunca pudieron hacerlo; 2) que es conmovedor en especial cuando una mujer se mata (la Woolf que escribió “Soy anormalmente consciente de las circunstancias”, ¿cómo no iba a matarse?); 3) que los suicidas efectivamente son unos enfermos y unos egoístas; 4) que acaso debería de leer el libro de Halfon sobre Valenti; 5) que hay suicidas vitales, por decirlo así, como Gabriel Ferrater (anunció que se iba a matar a los cincuenta años y eso fue efectivamente lo que hizo); 6) que una sola vez he llamado la línea para prevención de suicidio y no me contestaron, y me reí tanto de la ironía que decidí ya no matarme; 7) que nunca entenderé el suicidio como una cuestión de honor o prestigio teológico (suicidio épico versus suicidio lírico); 8) que el suicidio es, a todas luces, un lugar común.
(Columna publicada el 24 de julio de 2003.)
El suicidio es un derecho, pero bajo ninguna circunstancia un deber, como dijo algún cretino. Eso también lo tengo muy claro.
Otras cosas que tengo claro: 1) que no hay que hablar mal de aquellos que ya no pueden defenderse, y que talvez nunca pudieron hacerlo; 2) que es conmovedor en especial cuando una mujer se mata (la Woolf que escribió “Soy anormalmente consciente de las circunstancias”, ¿cómo no iba a matarse?); 3) que los suicidas efectivamente son unos enfermos y unos egoístas; 4) que acaso debería de leer el libro de Halfon sobre Valenti; 5) que hay suicidas vitales, por decirlo así, como Gabriel Ferrater (anunció que se iba a matar a los cincuenta años y eso fue efectivamente lo que hizo); 6) que una sola vez he llamado la línea para prevención de suicidio y no me contestaron, y me reí tanto de la ironía que decidí ya no matarme; 7) que nunca entenderé el suicidio como una cuestión de honor o prestigio teológico (suicidio épico versus suicidio lírico); 8) que el suicidio es, a todas luces, un lugar común.
(Columna publicada el 24 de julio de 2003.)


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