Sobremesa
Rigoberto Vásquez, periodista retirado, comenta con Sánchez los sucesos de la semana pasada, bromea, apostilla. Ya no ejerce el oficio, pero sabe todo lo que hay que saber acerca del entorno nacional.
–Yo creo que eso de que te retiraste es una pantalla. Creo que estás trabajando en un periódico secreto, y por eso estás enterado de todo –ríe Sánchez.
No hay una mesa vacía en el restaurante, todos los comensales están hablando, muchos acaso están hablando del general Efraín Ríos Montt. Es grato percibir así el rechazo colectivo como un acuerdo aplicado y contiguo, flotando responsablemente entre las mesas, custodiando el repicar de los vasos y los tenedores.
–En incontables ocasiones me he sentido más solo –expone el periodista a Sánchez en un momento de la charla–. Solo ante el poder, quiero decir. Un cuerpo a cuerpo absurdo. Mi cuerpo de periodista malnutrido y borracho contra el cuerpo exagerado de la corrupción en Guatemala. Por lo menos lo de la semana pasada fue más cómodo, porque la sociedad hizo notar su indignación, hizo notar su presencia. Me sentí acompañado, hasta cierto punto. A estas alturas, cualquier detalle es un paso gigante.
Sánchez llevó la conversación a otro lado:
–Lo que me pregunto es cómo reacciona el general ante tanta objeción. ¿Con indiferencia? ¿Con resentimiento? ¿Qué tipo de emoción puede suscitar un cráneo tan senil y torcido como el de Ríos Montt? Talvez en las noches se encoge como un niño, y se pone a llorar, recordando una pinta en la calle: “Ríos Montt asesino”. Y arma un berrinche, pero su berrinche consiste en mandar a un grupo de vándalos a las calles para armar el caos.
–Como el ciudadano Kane y su trineo –replica Vásquez.
–Como el ciudadano Kane, pero criollo, y además bruto –completó Sánchez.
(Columna publicada el 31 de julio de 2003.)
–Yo creo que eso de que te retiraste es una pantalla. Creo que estás trabajando en un periódico secreto, y por eso estás enterado de todo –ríe Sánchez.
No hay una mesa vacía en el restaurante, todos los comensales están hablando, muchos acaso están hablando del general Efraín Ríos Montt. Es grato percibir así el rechazo colectivo como un acuerdo aplicado y contiguo, flotando responsablemente entre las mesas, custodiando el repicar de los vasos y los tenedores.
–En incontables ocasiones me he sentido más solo –expone el periodista a Sánchez en un momento de la charla–. Solo ante el poder, quiero decir. Un cuerpo a cuerpo absurdo. Mi cuerpo de periodista malnutrido y borracho contra el cuerpo exagerado de la corrupción en Guatemala. Por lo menos lo de la semana pasada fue más cómodo, porque la sociedad hizo notar su indignación, hizo notar su presencia. Me sentí acompañado, hasta cierto punto. A estas alturas, cualquier detalle es un paso gigante.
Sánchez llevó la conversación a otro lado:
–Lo que me pregunto es cómo reacciona el general ante tanta objeción. ¿Con indiferencia? ¿Con resentimiento? ¿Qué tipo de emoción puede suscitar un cráneo tan senil y torcido como el de Ríos Montt? Talvez en las noches se encoge como un niño, y se pone a llorar, recordando una pinta en la calle: “Ríos Montt asesino”. Y arma un berrinche, pero su berrinche consiste en mandar a un grupo de vándalos a las calles para armar el caos.
–Como el ciudadano Kane y su trineo –replica Vásquez.
–Como el ciudadano Kane, pero criollo, y además bruto –completó Sánchez.
(Columna publicada el 31 de julio de 2003.)



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