Mitin
Sánchez contaba:
–Dos tipos; uno alto y otro bajo, nada teutónicos. Agarraron al señor y se lo llevaron. Después volvieron a la muchedumbre y siguieron controlando.
–¿Pero cómo es posible? –preguntó Martín.
Martín era un joven inquieto, posiblemente hombre, pero cómo saberlo: con estos niños del siglo XXI ya nunca se sabe. A veces y casi siempre Sánchez era muy conservador en este aspecto. Martín por cuenta propia encontró a Sánchez. Quería conocerlo. Lo admiraba.
–¿Y qué hacía usted en el mitin, señor Sánchez?
–Estaba cerca. Hay que estar cerca del enemigo.
La penumbra del vestíbulo reveló a Martín un posible despacho, vagamente, al fondo. Sánchez hablaba:
–Todos gritaban a favor, como es de suponer. Y nos les dan ni siquiera agua. La actividad más relevante del guatemalteco es ser tratado muy mal. ¿A usted le gusta que lo traten mal, verdad?
Martín no entendió la broma, y de todos modos estaba muy embebido con la historia. Prosiguió Sánchez:
–El señor (no sé por qué son siempre valientes en las circunstancias más equivocadas) estaba gritando: “asesino, asesino”. Y entonces aparecieron científicamente los dos tipos, avanzaron entre la gente, y se lo llevaron. Por cierto, no me diga Sánchez, dígame Efraín. No es ironía, así me llamo.
Martín asintió. Sánchez sintió una inmensa confianza de pronto, y soltó arriesgadamente:
–Tengo amigos; se dedican a colocar infiltrados en las asambleas de todos los partidos. En las concentraciones propagandísticas es donde mejor se estudia la estructura y los corredores de poder de un partido, aunque no me lo crea. Allí brotan los beneficios y los errores y toda la psicología de un partido aparece. Sólo es cuestión de saber leerla.
Y agregó, circunspecto:
–Me da la impresión que a usted le gusta leer.
–Dos tipos; uno alto y otro bajo, nada teutónicos. Agarraron al señor y se lo llevaron. Después volvieron a la muchedumbre y siguieron controlando.
–¿Pero cómo es posible? –preguntó Martín.
Martín era un joven inquieto, posiblemente hombre, pero cómo saberlo: con estos niños del siglo XXI ya nunca se sabe. A veces y casi siempre Sánchez era muy conservador en este aspecto. Martín por cuenta propia encontró a Sánchez. Quería conocerlo. Lo admiraba.
–¿Y qué hacía usted en el mitin, señor Sánchez?
–Estaba cerca. Hay que estar cerca del enemigo.
La penumbra del vestíbulo reveló a Martín un posible despacho, vagamente, al fondo. Sánchez hablaba:
–Todos gritaban a favor, como es de suponer. Y nos les dan ni siquiera agua. La actividad más relevante del guatemalteco es ser tratado muy mal. ¿A usted le gusta que lo traten mal, verdad?
Martín no entendió la broma, y de todos modos estaba muy embebido con la historia. Prosiguió Sánchez:
–El señor (no sé por qué son siempre valientes en las circunstancias más equivocadas) estaba gritando: “asesino, asesino”. Y entonces aparecieron científicamente los dos tipos, avanzaron entre la gente, y se lo llevaron. Por cierto, no me diga Sánchez, dígame Efraín. No es ironía, así me llamo.
Martín asintió. Sánchez sintió una inmensa confianza de pronto, y soltó arriesgadamente:
–Tengo amigos; se dedican a colocar infiltrados en las asambleas de todos los partidos. En las concentraciones propagandísticas es donde mejor se estudia la estructura y los corredores de poder de un partido, aunque no me lo crea. Allí brotan los beneficios y los errores y toda la psicología de un partido aparece. Sólo es cuestión de saber leerla.
Y agregó, circunspecto:
–Me da la impresión que a usted le gusta leer.
(Columna publicada el 9 de octubre de 2003.)


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