La felicidad entonces
Hay una tristeza en el hecho de sentirse feliz, pues como todos sabemos la felicidad sólo es tal en la medida en que está en riesgo, en la medida en que es imposible o se acaba. La felicidad se encuentra en el borde mismo de la felicidad. Hoy por ejemplo pude sentirla casi en mí, y eso justamente: soy feliz porque no lo puedo ser del todo. Es todo el truco.
Habrá que preguntarse si cada emoción humana no se basa por entero en este principio. Habrá que preguntarse, ejemplo, si con el odio no pasa lo mismo, si con la angustia...
Todo lo indica así. Son sentimientos bellos, profundos, en su potencialidad. Una vez realizados son sólo la caricatura de sí mismos, de sí mismos un dibujo atrofiado y terrible, un mero... resultado. El humano es perfecto porque no se clausura. El hombre se postula sin cesar, se persigue, hay mil psicologías a su disposición, en un entorno de porvenir. Un hombre es dos hombres: la persecución es lo que lo hace hermoso o espiritual. Me refiero –y vuelvo al principio de este texto– a una potencialidad trunca, que nunca sucumbe al acto. El huevo nunca llega a ser gallina. Si efectivamente existiese la gallina, no cabría su representación, o sea: eso mismo que la hace hermosa.
Yo diría que la felicidad es lo que he sentido cuando alguna vez me ha conmovido una canción. La canción me ha prestado una plenitud, pero por la vía de la ausencia. En un cuento lo he puesto de mejor manera: “Una buena rola es un paraíso presentido. Por eso lleva consigo siempre una tristeza: la tristeza de saber que algo ajeno, hermoso, quizá imposible, existe.”
Una canción bella sugiere lo bello, pero nunca lo concreta. Por eso es bella. Las consecuencias teóricas de esta afirmación son epigráficas, innombrables.
(Columna publicada el 13 de noviembre de 2003.)
Habrá que preguntarse si cada emoción humana no se basa por entero en este principio. Habrá que preguntarse, ejemplo, si con el odio no pasa lo mismo, si con la angustia...
Todo lo indica así. Son sentimientos bellos, profundos, en su potencialidad. Una vez realizados son sólo la caricatura de sí mismos, de sí mismos un dibujo atrofiado y terrible, un mero... resultado. El humano es perfecto porque no se clausura. El hombre se postula sin cesar, se persigue, hay mil psicologías a su disposición, en un entorno de porvenir. Un hombre es dos hombres: la persecución es lo que lo hace hermoso o espiritual. Me refiero –y vuelvo al principio de este texto– a una potencialidad trunca, que nunca sucumbe al acto. El huevo nunca llega a ser gallina. Si efectivamente existiese la gallina, no cabría su representación, o sea: eso mismo que la hace hermosa.
Yo diría que la felicidad es lo que he sentido cuando alguna vez me ha conmovido una canción. La canción me ha prestado una plenitud, pero por la vía de la ausencia. En un cuento lo he puesto de mejor manera: “Una buena rola es un paraíso presentido. Por eso lleva consigo siempre una tristeza: la tristeza de saber que algo ajeno, hermoso, quizá imposible, existe.”
Una canción bella sugiere lo bello, pero nunca lo concreta. Por eso es bella. Las consecuencias teóricas de esta afirmación son epigráficas, innombrables.
(Columna publicada el 13 de noviembre de 2003.)


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