Adiós a Don Mario
El cielo despiadado ha decidido hoy exhibir su autoridad. Con eficacia ha organizado nubes negras como tropas, ha condensado fuerzas, y soltando rayos impetuosos, avisos de guerra, ruge furioso. Unos primeros goterones caen. Luego, el diluvio.
El jueves pasado estuve con Monteforte, en la funeraria. Parecía un rey muerto después de un reinado justo y severo. Era únicamente cuestión de poner una espada encima del cuerpo y así establecer la imagen completa. Pero su espada no era ningún objeto tangible; la suya más todavía era la perpetua espada de los humanistas, perpetua y poderosa. Monteforte lo fue todo, fue el hombre al fin total: guerrero, poeta, y sacerdote. Un sacerdote laico y ateo, claro está, detalle que por lo demás no tomaron en cuenta en la funeraria, si nosotros tomamos en cuenta el Cristo blanco que dominaba la escena mortuoria. Quizá la familia así lo dispuso. El Congreso también dispuso lo suyo. Todo el mundo dispone cuando uno está muerto. Es la revancha de las instituciones sobre el individuo. Pero Don Mario parecía en paz.
–Parece un rey muerto como sacado de El Señor de los Anillos –le dije en un momento a un amigo periodista.
Una ocurrencia.
Poca gente. Es decir: bastante gente, pero yo esperaba más gente todavía. Si a las exequias de Monteforte acudieron relativamente pocas personas, en las mías sólo habrá aire vacío. O talvez estoy exagerando, como siempre, y en realidad la sala estaba toda colmada de amigos de Monteforte. Pero es que en mi imaginación yo visualicé muchedumbres. Una vez Monteforte me dijo que amigos son aquellos que están en las presentaciones de libros y en el propio funeral. O que los amigos sólo llegan a las presentaciones y al propio funeral. No recuerdo bien, me gustaría preguntarle, pero ya ven, no puedo.
(Columna publicada el 11 de septiembre de 2003.)
El jueves pasado estuve con Monteforte, en la funeraria. Parecía un rey muerto después de un reinado justo y severo. Era únicamente cuestión de poner una espada encima del cuerpo y así establecer la imagen completa. Pero su espada no era ningún objeto tangible; la suya más todavía era la perpetua espada de los humanistas, perpetua y poderosa. Monteforte lo fue todo, fue el hombre al fin total: guerrero, poeta, y sacerdote. Un sacerdote laico y ateo, claro está, detalle que por lo demás no tomaron en cuenta en la funeraria, si nosotros tomamos en cuenta el Cristo blanco que dominaba la escena mortuoria. Quizá la familia así lo dispuso. El Congreso también dispuso lo suyo. Todo el mundo dispone cuando uno está muerto. Es la revancha de las instituciones sobre el individuo. Pero Don Mario parecía en paz.
–Parece un rey muerto como sacado de El Señor de los Anillos –le dije en un momento a un amigo periodista.
Una ocurrencia.
Poca gente. Es decir: bastante gente, pero yo esperaba más gente todavía. Si a las exequias de Monteforte acudieron relativamente pocas personas, en las mías sólo habrá aire vacío. O talvez estoy exagerando, como siempre, y en realidad la sala estaba toda colmada de amigos de Monteforte. Pero es que en mi imaginación yo visualicé muchedumbres. Una vez Monteforte me dijo que amigos son aquellos que están en las presentaciones de libros y en el propio funeral. O que los amigos sólo llegan a las presentaciones y al propio funeral. No recuerdo bien, me gustaría preguntarle, pero ya ven, no puedo.
(Columna publicada el 11 de septiembre de 2003.)



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